vidrieras; un niño de tres años puede correr sin peligro de uno á
otro extremo. Dormitorios, restaurant, cuartos de _toilette_, agua
helada á discreción, mesas movibles delante de cada asiento, para
comer, leer, jugar: se vive como á bordo, y los pasajeros poco bajan
en las paradas. Cada _smoking room_ es, por supuesto, el charladero
central de su departamento. Sin fastidio ni timidez, me incorporo al
grupo nativo: aprendo, observo, juzgo sin entusiasmo ni prevención lo
que desfila ante mis ojos durante todas las horas de cada día. Ello,
por otra parte, es más laborioso que difícil. Lejos de sustraerse al
examen, el mundo yankee se brinda á la indiscreción: estamos en el país
del anuncio y de la _interview_. En Europa, fuera de la exuberante
España, la empresa de meterse con todos en las breves horas de un
viaje por ferrocarril, sobre exigir muchos sacrificios de amor propio,
tropieza con serios inconvenientes. Todo conversador es sospechoso
para el viajero de «primera», quien, al tomar su boleto, ha revestido
su «impermeable» de reserva glacial. ¡Cuidado con los contactos
peligrosos!—Aquí la igualdad circula tan libremente en el salón como
en la calle; es la atmósfera ambiente. Los ferrocarriles, desde luego,
materializan el sentimiento reinante, con la ausencia de «clases» en
los pasajes. El _Pullman-car_ no es sino una condición de los viajes
largos, y el tren _vestibuled_ es un síntoma exterior de la igualdad
social. Cada cual se coloca moralmente á nivel de su vecino; sabe que
puede dirigirle preguntas y entablar conversación; el fondo y la forma
de las ideas son _comunes_, en todos los sentidos de la palabra. Con
todo, sospecho que entre New-York y Boston ha de reinar un tono algo
menos campechano.
No por eso pretendo que sea todo malo en la reserva europea, ni todo
bueno en la «francachela» americana. Cuando, por ejemplo, el sirviente
negro bebe en nuestros vasos, se zabulle en nuestro lavabo y concluye
su horripilante _toilette_ á nuestra vista y paciencia, siento en
mi epidermis el roce brutal de tanta democracia. Todas las frases y
proclamas no me convencerán: para tolerarlo sobra cuando menos un
sentido—si no es la vista, es el olfato. Pero la explicación no se
hace esperar. Al lado mío, en el fumadero, se sienta el coronel L.;
enfrente, el señor W., senador de California; por fin, Mr. Ch., un
millonario, superintendente de las dos grandes compañías mineras del
Utah, y _chiqueur_ infatigable. Sin abandonar su cigarro, el coronel se
saca los botines, estira sus medias grises y alarga delicadamente sus
extremidades en el asiento opuesto, entre el millonario y el senador,
quienes siguen mascando, fumando y conversando con serenidad. Ahora
me doy cuenta de su indiferencia ante las maniobras del negro; está
evidente que sus membranas sensitivas son diferentes de las nuestras; y
me convenzo de que la semejanza es la base más sólida de la igualdad.
Estos pequeños y afligentes rasgos externos se hallan compensados
por el fondo realmente sano y cordial. Es, sin duda, mortificante el
espectáculo de un «gentleman» tachonado de joyas, que masca tabaco
sin descanso ó se suena las narices antes de sacar su pañuelo. Pero
no he venido á tomar ni dar lecciones de urbanidad, sino á estudiar
con atención imparcial—y, si es posible, con indulgencia—la probable
evolución social del siglo veinte en su mismo punto de arranque. Para
dicha época, si me es lícito volver á la imagen nasal, piensan los
yankees que el mundo entero se sonará como ellos; yo, menos pesimista,
creo que los yankees habrán aprendido á sonarse: pero estamos de
acuerdo en esperar que, en una ú otra forma, la armonía universal
se habrá restablecido. En este dintel del siglo, la lucha entre la
democracia vulgarizadora y la verdadera civilización se resolverá por
la alternativa de Hamlet: ser ó no ser plebeyos,—tal es la cuestión.
Entretanto, me divierte esta prueba _avant la lettre_ de la humanidad
futura; encuentro curiosos y hasta simpáticos estos yankees ingenuos
y desabrochados. Discurren con desembarazo y sorprendente facilidad
sobre cualquier tópico de sus intereses materiales—divisándolos
siempre desde su punto de vista local ó personal. Revelan una
perspicacia y agudeza incomparables para la solución inmediata de los
problemas prácticos, sin divisar la doble perspectiva de las causas
ó consecuencias lejanas. Padecen—ó gozan—de miopía intelectual:
encuentro en mi _diario_ repetida hasta el fin esta impresión del
primer día. Ahora bien, para los objetos pequeños y cercanos, la
visión del miope es incomparable. Ignoran la ironía;—axioma que
parece una perogrullada, pues equivale á afirmar que los paquidermos
no sienten cosquillas. Por lo tanto, se contradicen unos á otros
sin enojo; discuten seriamente las cosas para ellos más serias: las
cosechas, la fluctuación de los precios del ganado y los cereales, el
«_booming_» paralizado de San Francisco; sobre todo la cuestión de la
plata. El senador está por la derogación de la ley Sherman; el minero,
naturalmente, por su mantenimiento ó su reemplazo por la acuñación
libre en cada Estado—remedio equivalente á combatir el dolor de
una muela careada con inyecciones diarias de morfina. El primero
es demócrata, el segundo republicano; éste emprende un panegírico
de Harrison, que el otro escucha sin pestañear. Ambos están á cien
leguas de una nota personal agresiva ó deprimente para la opinión y el
partido adversos: á igual distancia, también, de una idea general, de
una vista «nacional» respecto del asunto. Cada cual es exclusivamente
de su distrito, de su parroquia, de su profesión. Me incorporan á
la «cámara». «¿Tienen también ustedes minas _at home_?» Procuro, en
mi media lengua, expresar mi opinión «platónica»; me rebaten con
animación, sin aspereza; cada argumento empieza con un _Me parece (I
think ...)_, que hace oficio de cojinete; sobre todo, jamás una alusión
á mi incompetencia de forastero; el interés por sus cosas domésticas
confiere la ciudadanía. ¡Sus preguntas acerca de la República Argentina
y Chile harían sonreir á un parisiense! Me ofrecen su casa y sus
servicios con evidente sinceridad; y acepto la invitación de visitar
las minas de Park City, en el Utah. «¡Le acompaño á usted!» exclama el
coronel. Y como lo dijo, lo ha hecho. Esta reliquia de la guerra de
Secesión ha sido mi Virgilio en el viaje mineral. Y bien merecería su
inagotable facundia la apóstrofe dantesca:
_Or se’ tu quel Virgilio e quella fonte
Che spande di parlar sì largo fiume!..._
Son las diez de la noche y reina un fresco de serranía: ¡buena hora
para dormir! Encuentro el salón transformado en dormitorio, con un
estrecho pasadizo obscuro entre los dos tabiques del cortinaje. La
cortina fronteriza de la mía ondula como un mar de teatro, y percibo
crujidos de vestidos tras del telón. He pasado la noche en el fumadero
y no conozco á mi vecino. Me siento en el borde de mi catre, esperando
que se calme la oleada para emprender mi maniobra sin peligro de
carambola. Á poco oigo el esfuerzo de la ascensión: ¡upa! mi vecino ha
trepado y se estira horizontalmente. Veo una mano blanca que desliza
en el suelo, por bajo de la cortina, un par de zapatitos mordoré.
¡Hum! ¡tiene pie chico mi vecino! Y siento alguna aprensión por mi
_déshabillé_ al aire libre. En fin, voy á comenzar la operación, cuando
sale una voz de mujer del bastidor medianero:
—_Sir_, ¿podría usted decirme á qué hora pasamos por Virginia City?
—No lo sé, señorita (seguramente es soltera); pero voy á averiguarlo
...
En el cuarto de fumar, el coronel está librando un combate de _poker_
con un médico alemán, establecido en el Kansas hace cuarenta años y
más yankee que el tio Sam. Contestan juntos á mi pregunta: «á las
seis», dice el coronel; «á las ocho», responde el enterrador, y siguen
barajando. Vuelvo á mi cortina parlante:
—¡Señorita!
—¿Señor?...
—El coronel dice que á las seis y el doctor á las ocho ...
Oigo una risa ahogada encima de mi cabeza, en el piso superior, y otra
voz, hermana de la primera, interviene en el diálogo:
—Y usted, _sir_, ¿qué dice?
—Yo creo que los dos tienen razón ...
Una ráfaga de carcajadas, y luego un silencio de dormitorio monacal.
Pero ahora, con mis escrúpulos europeos, el desnudarme será tarea de
alto acrobatismo. Me meto en cama vestido, y en ese cajón de cómoda
me desprendo pieza á pieza, como don Quijote, con retorceduras de
hombre-serpiente: todo un ejercicio de desarticulación que me da
calambres y hace sonar mis conyunturas como castañuelas. ¡Uf! ya estoy.
Por una hendidura veo los zapatitos mordoré, erguidos en su tacón
agudo, como mirando con impertinencia mis gruesos botines de viaje,
que revelan el cansancio de su larga odisea desde Buenos Aires ...
Me estorban esos zapatos nuevos; y no es porque sean muy grandes, al
contrario; pero me incomodan, positivamente ...
Al día siguiente descubro que las voces pertenecen á dos hermanas de
Salem, maestras de escuela, jóvenes, rubias, ni lindas ni feas, y que
van solas desde el Oregón á la exposición de Chicago, para volver por
el Canadá. Pobres como ratitas blancas, limpias como espejos, alegres
como un _Christmas;_ disfrutan su mes de vacaciones, cruzando por estos
Estados Unidos como por el jardín de su colegio. Ya somos amigos; las
llevo á almorzar al restaurant, pues he tanteado las provisiones de
su canasto; y así paso el día entre mirar el paisaje, oirlas cantar
romanzas sentimentales y tomar lecciones de pronunciación inglesa con
mi vecina Miss Grace, que es «elocucionista» y me hace repetir un
cuento de Poe con una seriedad pedagógica. En un descanso le pregunto:
«Pero, ¿qué interés tenían Vdes. por saber el horario de Virginia City,
que queda á cuarenta millas de la línea?»—Me contesta muy gravemente:
«Era para Margaret, que lleva un diario del viaje».
Á medida que nos aproximamos al Utah, la campiña reviste un encanto
indecible; se cruzan arroyos que serpean entre verdes collados
cubiertos de álamos y encinas. Las praderas esmaltadas de flores, como
en Francia, alternan con los sembrados; de trecho en trecho, casitas
campestres y confortables chalets. La buena tierra materna derrama la
abundancia y el bienestar. Cerca de un _cottage_, semi-oculto como un
nido en el follaje, un joven robusto y esbelto persigue á un niñito
de siete años que huye como conejo por el campo de alfalfa: al fin le
alcanza y, riéndose de su desesperado pataleo, le carga en el hombro y
vuelve á la casa con él. El lento crepúsculo agrega su dulzura á ese
cuadro apacible. ¡Oh! sanidad de la vida libre, á la sombra tranquila
del hogar, cerca del suelo recién desmontado: robusta fatiga del
cuerpo, paz serena del alma, ¡reposo!—Cuando recordamos á los Estados
Unidos, es para evocar la idea de un inmenso taller, un hormiguero
de población jadeante y febril, que se agita en las minas, en las
fundiciones, en las veredas de Chicago ó de Nueva York; un pueblo de
frenéticos perpetuamente sacudidos por el baile de San Vito de la
especulación. Son pinturas de novela y descripciones de turistas que no
han pasado de las capitales del Este. El aspecto general del pueblo—en
la parte que hasta hoy conozco—es más bien indolente y flemático.
Por otra parte, los cuatro quintos de la población viven en pequeñas
ciudades, aldeas y alquerías que constituyen el vasto receptáculo de la
vida nacional.
Llegaremos mañana temprano al Lago Salado, y, sin duda por ser la
última noche, se arma en el fumadero un formidable _poker_. El coronel
pretende iniciarme; pero confundo _spades_ y _clubs_, y soy una causa
de perturbación desastrosa. Las maestritas, de camisola blanca, antes
de acostarse, hacen tranquilamente sus arreglos en el tocador, delante
de nosotros; se despeinan, se lavan, etc., con la mayor naturalidad.
Lo que es esta noche, me meto en cama con tanta comodidad y
despreocupación como en una cuadra de cuartel; y los famosos zapatitos
mordoré parecen conversar amistosamente con mis lanchas amarillas, como
en partida á cuatro.—Para completar mi educación yankee, me falta ver
en Chicago, entre muchas otras cosas, á las señoras que dejan el brazo
de su acompañante por cinco minutos, ó se levantan de la mesa, en pleno
restaurant, para volver en seguida tan frescas y risueñas ...
Salt Lake City.
Á las 8 de la mañana enfilamos en Ogden el ramal para Salt Lake City;
estamos en el valle central del Utah, en el país de los mormones.
Mis lecturas son fragmentarias y antiguas; lo que me figuro respecto
del Lago Salado es una blanca ciudad austera y fría, vagamente
puritana—sin perjuicio de la poligamia; con grandes casas desnudas y
un vasto silencio alrededor de un templo blanqueado á cal; un rumor de
oraciones gangueadas al compás de las máquinas agrícolas y fabriles,
que alzan también su plegaria al dios dollar; en suma,—ostento sin
pudor mi ignorancia,—algo así como un inmenso falansterio rural,
ribeteado de responsos bíblicos y poblado de enormes fariseos seriotes
y barbudos, entre multitud de «fariseas» huesudas, enemigas de la
gracia y la sonrisa,—menos barbudas quizá, pero no menos displicentes
que sus maridos á prorrata ... Tal me aparecía á la distancia la
aglomeración mormona.
El valle de la nueva Sión es un encanto. Desde Ogden hasta Salt Lake
se experimenta la sensación de penetrar en el rincón más nuevo del
Nuevo Mundo: la naturaleza ostenta frescura flamante y casi diría
infantil. El río sinuoso, sombreado de álamos, acaricia con blandos
«meandros» las fértiles riberas. La mañana es de una belleza, de
una frescura ideal. Flotan aún jirones de bruma, tenues cendales de
un gris azulado, que se descorren lentamente, enseñando las pingües
praderas llenas de ganado, las granjas y cortijos rodeados de cultivos,
los cottages y chalets confortables en sus marcos de arboledas, y,
por fin, hacia el oeste, la franja blanca de la sierra Wasatch que
festonea deliciosamente el claro cielo. Al pronto, hacia el este,
aparece el Gran Lago, en un horizonte incomparable, aunque desnudo
de vegetación. La sola luz resplandeciente, que baña las colinas
onduladas; los islotes del lago y su líquida napa adormecida, con
todos los matices tiernamente azules de la turquesa, bastan para la
fiesta de la vista maravillada. Los nombres evangélicos de la comarca
no han sido rebuscados: completan la evocación; así nos figuramos los
nítidos horizontes y los lagos de Galilea, en cuyas plácidas orillas
vagara la divina figura, aureolada de cabellos rubios que nuestra
adoración ha convertido en nimbo ideal de oro y de luz. ¡Oh! sin duda:
es espúrio el origen de esta secta mormónica; sus contornos materiales
constituyen una grosera parodia de la evangélica predicación; pero, si
olvidamos por un momento el repugnante aspecto de la doctrina y las
necias prácticas del culto, no podemos menos de encontrar el eterno
diamante de la fe debajo de las toscas exterioridades del fetiche.
Es el sentimiento religioso, el que ha derramado la fertilidad y
la abundancia en el árido valle del Utah; el hálito de la fe ha
transformado en veinte años un espantoso yermo en región de delicias, y
por la energía del símbolo en que se materializara, según las palabras
de Isaías, «la soledad se ha alegrado y ha florecido como el lirio».
La entrada en Salt Lake City es otra agradable sorpresa. Las calles son
anchas avenidas sombreadas por álamos soberbios, acacias de follaje
primaveral, arces frondosos (_maple-trees_) que derraman sus blancos
ramilletes en los rectángulos de césped húmedo que orlan las aceras.
La ciudad no cuenta mucho más de cincuenta mil habitantes, pero es
el centro de irradiación y convergencia de todo el valle copioso y
rico, del Utah entero, cuya población de agricultores, industriales y
mineros pasa de 230.000. El barrio central parece un fragmento de San
Francisco; sus grandes arterias de Main y Temple Streets ostentan las
altas y espaciosas construcciones de una capital americana: bancos,
fábricas, tiendas y almacenes monumentales; los edificios públicos,
de ladrillo y granito, reemplazarían con ventaja á muchos análogos de
Chicago. Los teatros y café-conciertos alternan con los colegios y las
iglesias de todos los cultos imaginables: episcopal, presbiteriano,
unitario, católico, israelita, etc., etc. En la acera del magnífico
hotel Knutsford, una capilla metodista comparte fraternalmente el
terreno con el Meeting Hall del ejército de salvación. Pero el gran
templo mormón domina la ciudad desde cualquier punto que se la mire:
todos los guías os dirán que su construcción duró cuarenta años y que
su costo pasa de diez millones de dollars ... Todo ello es más fácil de
indicar que el estilo arquitectónico á que pertenece: desde lejos su
masa granítica general y sus torres agudas parecen góticas: vista de
cerca la fábrica, no encontráis una sola ojiva, un haz de columnitas
ni una entrada central: es un baturrillo de pilares y torrecillas
rectilíneas, de arcos romanos y linternas del Renacimiento, con adornos
modernísimos, lámparas eléctricas, _clochetons_ chinescos, piletas
y accesorios del más refinado yankismo,—todo ello coronado por la
estatua colosal del ángel Moroni—hijo legítimo de Mormón—que toca
sin tregua á 222 pies del suelo la larga trompeta recta de _Aída_.
Ocupan otro costado de Temple square el insignificante _Assembly Hall_
y el enorme Tabernáculo, cuya negruzca bóveda elíptica se hincha á la
distancia sobre el mar de follajes como un lomo de ballena colosal ...
Bien, pero ¿dónde están aquellos mormones ceñudos y barbudos, tanto
más austeros por fuera cuanto más indulgentes y refocilados de puertas
adentro? No ha de ser difícil encontrarlos, puesto que, según las
estadísticas, representan más de la mitad de la población, si bien los
gentiles, «por mangas ó por faldas»,—probablemente por mangas,—acaban
de ganarles las elecciones municipales. Después del baño y el almuerzo
en el hotel Knutsford—¡plan americano!—tomo el primer tramway
eléctrico que pasa, tras la vaga esperanza de tropezar con alguna
ceremonia mormónica.
El clima es realmente primaveral; apenas si se siente el calor cuando
se camina al sol ó, de noche, el fresco húmedo cuando no se camina. Por
entre las magníficas alamedas, los trenes de cuatro ó cinco coches,
repletos de pasajeros, se deslizan suavemente, guiados por el hilo
central que prolonga su sonido cromático, como el del viento por una
rendija. Á una y otra parte del camino, las estereotipadas residencias
se suceden, confortables, lujosas, rodeadas de céspedes y flores; se
entreven interiores risueños y cuidados como _homes_ ingleses; en
las galerías entapizadas de enredaderas, algunas mujeres vestidas de
blanco leen un _magazine_, cerca de los niños que juegan ó de los
hombres que fuman, de espaldas en su «rocking-chair», y enseñando á los
transeuntes las suelas de sus zapatos alineadas en la barandilla. Por
momentos, en el gran silencio de las paradas, un piano invisible envía
una ráfaga de acordes. Se respira un ambiente de sanidad y quietud.
Todos los trenes que vuelven vacíos llevan el mismo letrero: TO THE
RACES; y ahora sé que la secta mormona me arrastra ... ¡á las carreras!
Encuentro que esta primera excursión carece de color local, pero acepto
el programa y llegamos al hipódromo.
Me trepo á la tribuna cuajada de espectadores. La concurrencia está muy
mezclada y, naturalmente, es menos elegante que en San Francisco. Entre
los hombres dominan los trabajadores y campesinos, como que es domingo.
Las mujeres también parecen en su mayor parte aldeanas; mal pergeñadas,
pero estrepitosas; casi todas rubias, frescas, con ojos grises y
dientes deslumbradores; algunas «morochas», de aspecto criollo, derrame
probable de California ó Nuevo Méjico. El circo es una pradera, junto
á una laguna azul; y se tiene por delante la coqueta ciudad, con más
árboles que casas, dominada por la falda suave de la sierra Wasatch,
donde se destaca el fuerte Douglas. Son carreras de trote sin mucho
interés. Presto mi programa á una muchacha que apunta las peripecias
con su lápiz. Apuesto contra ella unos cuantos centavos á no sé qué
casaca; gano, y tengo que pronunciar un alegato para demostrarle que
iba á otra casaca, que ha perdido. Al fin la mormonita embolsa mis
«chirolas», y con la conciencia limpia vuelvo á la ciudad.
En el hotel me espera el coronel L., para llevarme al Gran Lago Salado,
donde la población se baña casi todo el año. Esas veinte millas de
ferrocarril, hasta la playa Garfield, son un paseo por entre arenales
y salinas, pero no desagradable, gracias á la pureza del aire y á la
disposición inteligente del tren: una serie de coches abiertos, alegres
y cómodos. Me encuentro ahora entre la verdadera sociedad de Salt
Lake; los hombres, casi correctos; las señoras parecerían europeas
si no llevaran tantos brillantes. Algunas son muy agradables; casi
todas, robustas y esbeltas; con una belleza de cabello y frescura de
tez incomparable; pero su talle de durmiente trae recuerdos desolados
de pampa sin ombú; muchas jóvenes llevan gorros, chalecos y corbatas
de hombre, afectan el desembarazo masculino, y, faltas de verdadera
gracia, no alcanzan sino á parecer muchachos flacos.
Por un largo terraplén y un alto muelle de madera, el tren penetra en
el Lago Salado hasta el pabellón de baños de Garfield Beach. Tiene
realmente el aspecto de un «Mar Muerto», con sus orillas cristalizadas
y los islotes prismáticos que emergen de sus ondas pesadas y plomizas,
tan saturadas de sal, que el menor choque, la arruga de la brisa, las
cubre de espuma blanca. Los botes excursionistas cortan penosamente el
denso líquido que parece estañar sus relumbrantes carenas. Alrededor
del vasto pabellón, los bañistas pululan, hombres y mujeres, con la
mitad del cuerpo fuera del agua, como tritones. Se concibe que, con
un poco de ejercicio, algunos de ellos, pródigamente dotados por la
naturaleza, podrían caminar sobre el agua, renovando el milagro de
Genesaret. Me he bañado esta mañana y no siento el menor deseo de
realizar el experimento; pero comprendo que causaré un gran pesar
al coronel si no me zabullo: cedo, pues, á sus instancias, como el
guillotinado por persuasión. El efecto es realmente curioso: el
cuerpo flota como corcho, y no es posible sumergirle.—Se dice que
la proporción de sal en disolución es de 15 por ciento, cinco veces
más que en el océano y casi tanto como en el lago Asfaltites. Ningún
pez soporta esta saturación; hasta ahora no se ha pescado más bicho
viviente que un langostín cuya carne parece llenar la boca de salmuera.
Algunas bañistas jóvenes, en el umbral de los camarotes, retuercen
á dos manos sus largas trenzas rubias; y sus carnes rosadas evocan
reminiscencias, á la vez mitológicas y culinarias, de infelices
nereidas á quienes Venus, irritada por sus formas «crustáceas»,
transformara en accesorios de su culto «semi mundano»—_en cabinet
particulier_.
En el inmenso restaurant del Pabellón, las familias ocupan las mesas
sin mantel; pero casi todas han traído su _lunch_ en canastos, y los
mozos vagan de huelga alrededor del mostrador monumental. En el piso
superior, una orquesta despabila el salón de fiestas, vasto y desnudo
como un templo metodista; el pino lustroso y flamante relumbra en el
techo, en las paredes, en el piso de _skating_, en los bancos del
circuíto. Las parejas se entregan ingenuamente al vals de tres pasos,
sin detenerse un instante durante veinte minutos, como que el baile
es un _sport_ de reacción después de la ducha. ¡Oh! todo ello sano é
higiénico, sin asomo del «vuelo lascivo» que inquietaba á Hugo, y las
muchachas sin travesura no gastan otra sal que la de los cristales
microscópicos que refrigeran castamente las puntas de su admirable
cabello.
Desde la terraza superior, todavía inacabada, se contempla el lago
entero, cuya tersa superficie de dos mil millas cuadradas, salpicada de
isletas rocallosas, se desenvuelve netamente en su marco de montañas.
El sol se pone tras un escollo negruzco y abrupto: un pico redondeado,
cuya forma humana, rodeada por una nube de blancas aves acuáticas,
remeda á un tostado guerrero africano envuelto en su flotante albornoz.
Hacia la ciudad, doblemente esfumada por las alamedas y el crepúsculo,
las islas de Antélope y Stansbury levantan á tres mil pies sus cumbres
pedregosas, centinelas del valle del Jordán que despliega, bajo el
obscuro velo de la tarde, sus ricas campiñas y alquerías. Y se
recuerda que, hace cincuenta años, el coronel Frémont descubría este
desierto de arena y agua salobre, y, por entre mil penurias, salía de
la boca del Weber River en un bote de seis metros, para plantar la
bandera estrellada en el árido escollo que hoy lleva su nombre y él
llamara la «Isla de la Decepción».