En esta magnífica tarde de junio, la ciudad nueva despide una como

alegría infantil. Vago por las anchas avenidas que lucen su follaje

primaveral, y apunto de paso algunos rasgos de la vida callejera que

muy pronto dejarán de llamar mi atención: mujeres en bicicleta ó

conduciendo _buggies_, pregoneros y _sandwichmen_ exhibiendo reclamos,

procesiones cívicas y profesionales, carteles con anuncios gigantescos

y fórmulas exuberantes de ingenuo cinismo—y donde quiera el roce

brutal de la muchedumbre que nos codea, maltrata y lleva por delante

con la inconsciencia de un rebaño de paquidermos, pero que no nos da

tiempo para irritarnos, pues, á poco andar, nos sentimos desarmados y

casi enternecidos por la complacencia inagotable y cordial con que un

afanoso empleado, un transeunte de prisa, un rudo trabajador satisface

nuestras preguntas de forasteros. Desde el anochecer quedan cerradas

las tiendas y demás casas de comercio, pero, alumbradas por dentro,

lucen sus escaparates y prestan animación á los barrios centrales. La

brisa fresca me recuerda que está el mar á pocas millas. Las aceras

rebosan de transeuntes, hombres y mujeres con traza de artesanos

domingueros. En la esquina de _North Main_ y _Arcadia street_, miro

pasar en una cencerrada carnavalesca de voces, guitarras y panderetas,

una compañía del Ejército de Salvación, guiada por una tía coloradota,

y seguida, á guisa de apéndice convencido y convertido, por un viejo

borracho que dibuja eses en la estela evangélica ...

Empieza á hacérseme largo el tiempo hasta la salida del tren para San

Francisco. En _Spring street_, delante de un _Concert Hall_, vuelvo

á encontrar á mis vascos infieles, que no quisieron acompañarme al

Jardín Zoológico—una maravilla de plantas y flores raras. Mientras

yo comía pasablemente en el restaurant Nadaud y corría el albur

de un _champagne_ californiano que sabe á falsificado chablis, el

camarada Esteban se obstinaba en descubrir una fonda vascuence que

le recomendaron en Méjico. Gracias á su inglés pintoresco ha dado al

fin con un _dining-room_ dependiente de una sociedad de templanza,

donde le han servido rosbif regado con té claro á guisa de valdepeñas;

quédale el consuelo de afirmarme que «lo sabía», como el Pontsablé

de _Madame Favart_.—Aquí nos alcanza de nuevo el destacamento del

_Salvation Army_, siempre seguido de su beodo inextirpable. Asistimos á

la pequeña representación bajo la luz eléctrica del _Hall_ pecaminoso.

La «capitana» fulmina su proclama, interrumpida por las chuscadas del

auditorio; sin inmutarse, ella misma se rie con los fisgones ó vuelve

las tornas á la rechifla truhanesca; por fin, viéndose desbordada,

entona su cántico gangoso con acompañamiento de silbidos y tamboriles.

He comprado á una «Miss Helyett», llena de costurones escrofulosos, un

número de su periódico: un bodrio de declamaciones añejas mezcladas con

reclamos infantiles, en prosa y verso,—el Apocalipsis de Bertoldo.

¡Se cree soñar recordando que el conocido sombrero de paja con cintas

moradas, tendido como una escudilla, se llena con los cuartos del

grueso público, y que esas comparsas de parásitos cuentan, para

desenvolver por el mundo sus farándulas bufas, ¡con un presupuesto

de cinco ó seis millones de dollars!—Don Esteban, que no pierde

la ocasión de instruirme, me desliza al oído: _¡Son espiritistas!_

Seguramente el neófito aquel del bamboleo enérgico confirma el juicio

de mi compañero, y puede jurar con toda sinceridad que posee la _doble

vista_, pues sin duda ve bailar al són de la guitarra todas las mesas

redondas del vecino _Hall_ ...

El paisaje del día siguiente, sin carecer de «belleza económica», es

mucho menos decorativo que el de la víspera. El _cañón_ se ensancha

ahora en una vasta llanura que ondula hasta la Sierra Nevada. Los

grandes cultivos de cereales y los _ranchos_ de ganado han sucedido

á los viñedos y verjeles. En cada estación tomamos viajeros de facha

rica, familias con canastos de frutas y flores que vuelven de un paseo

campestre y anuncian la aproximación de la _Queen City_ del Pacífico.

Á la tarde, empiezan á espejear algunos charcos en las cañadas;

luego, hacia el noroeste, uno que otro mástil afilado raya de negro

el claro horizonte: de repente, á una milla del tren, aparece un

jirón de la bahía. En seguida, interminablemente, desfilan terrenos

baldíos, inmensos depósitos, montones de casillas y cobertizos que

no representan aún sino una «nebulosa» del futuro arrabal. Un enorme

_ferry-boat_ toma el tren entero en su monstruosa espalda cubierta de

rieles, de carros enganchados, de _rotisseries_ y _saloons_, de mesas y

bancos donde se apila el cargamento humano que no queda en los coches.

Después de veinte minutos de travesía y viento helado, á pesar de la

estación, la ancha proa del bote colosal se suelda á la ribera, y bajo

una bóveda sombría se cae en la infernal batahola de los reclutadores

de viajeros que, alineados contra la pared, aullan infatigablemente

los nombres de sus hoteles. Estamos en San Francisco. Un agente de

_Express_ nos da su tarjeta en cambio de nuestro boleto de equipaje;

pronunciamos: _Palace Hotel_, y asunto concluído. Nos dirigiremos

al hotel sin otra preocupación y, después de comer descansadamente,

encontraremos el equipaje en nuestros cuartos.

Los yankees, cuya existencia es un perpetuo viajar, han resuelto con

superioridad práctica este problema: tener los mejores hoteles y trenes

del mundo—_the best in the world_—y sobre todo, suprimir el enojo

de los _impedimenta_, esas batallas con los odiosos parásitos de los

embarcaderos, que son en otras partes la real fatiga del viaje y el

suplicio del viajero.

San Francisco.

De mis quince días de estancia en San Francisco—la verdad ante

todo, aunque sea vergonzosa,—la gran impresión que queda dominante

y persistente es la del bienestar físico. Después de tanto choque

ó rozamiento sufrido desde Buenos Aires, después de tanto camarote

estrecho con catre dudoso, de tanta fonda y albergue mortificante,

desde la nevera de Las Cuevas hasta los sudaderos malsanos de Colón y

Veracruz, confieso ingenuamente que he saboreado el amplio confortable

y el lujo flamante del _Palace Hotel_, con su despliegue de aseo

deslumbrador, sus muebles y telas de matices claros, sus camas inmensas

y elásticas, el aire, la luz, el agua á profusión con pirámides de

toallas frescas y su santa divisa central: _Clean hands and pure

heart!_ Y todo ello, en el ambiente tónico y salado del mar, cuya brisa

fresquísima en este principio del verano llama de nuevo el apetito

robusto y el olvidado humor de la retozona juventud, en esta atmósfera

moral de independencia y libre aventura, tan oxigenada como la física

... Bien saben mis pacientes lectores que no desdeño la naturaleza,

ni la historia, ni la poesía: pero en este _Frisco_ bullicioso me he

dedicado ante todo á la prosa vil, á la _guenille_ burguesa—al casco

material ¡qué bien necesitaba de este calafateo y carenaje!

¡La juventud! Tal es la palabra sonora y mágica que aquí parece resonar

en todos los ecos y desprenderse de todos los actos colectivos,

de todas las actitudes y empresas de la atrevida población: la

juventud arrojada y azarosa, rebosante en esperanzas é ilusiones,

con el orgullo insolente de su breve pasado y la fe imprudente en su

ilimitado porvenir; y junto á ello, en vez de la pesadez maciza y

del _boasting_ grosero de Chicago, no sé qué gracia nativa y dichosa

alacridad de jugador confiado en la suerte, y cuya fortuna vertiginosa

ha comenzado llamándose _placer_. No necesito reseñar esa historia

fantástica del oro, que deja atrás todos los cuentos orientales y

cuyo comienzo, apenas viejo de medio siglo, parece perderse ya en las

brumas legendarias. Bret Harte, con real á par que poético colorido,

ha pintado el cuadro fascinador de esas batallas de la audacia y

la codicia, prestando vida insuperable á sus grupos violentos de

argonautas californianos; además, cien relatos locales conservan la

memoria circunstanciada de la rutilante aventura que arrojó á esta

playa, durante diez años, toda la población desarraigada y flotante

de las cinco partes del mundo: europeos, asiáticos, polinesios,

americanos del sud, _squatters_ é indios de las praderas, todos los

desesperados de la vida, todas las caravanas de Babel. Pero, acaso no

sea tan asombroso el espectáculo de ese sórdido delirio colectivo,

como el de la inmediata organización rudimentaria y progresiva que le

sucedió, hasta constituirse en veinte años la capital opulenta y el

emporio comercial del Pacífico, en el centro de la comarca agrícola más

floreciente de los Estados Unidos. La California actual es el triunfo

de la civilización americana y la prueba más acabada de su incomparable

potencia plástica. El organismo social que ha podido en tan breve lapso

asimilarse el salvaje campamento de Yerba Buena, que muchos vecinos de

_Market street_ recuerdan aún, y convertirlo en el San Francisco de

hoy, no sólo deslumbrante de lujo y magnificencia, sino civilizado,

tranquilo, lleno de bibliotecas y colegios—de moralidad igual, si

no superior, á la de las ciudades del Este, fundadas por puritanos y

cuákeros—merece la admiración y el respeto del mundo.

Con presentar San Francisco el aspecto general de las otras capitales

yankees y poseer todos sus órganos conocidos é invariables, conserva,

sin embargo, el sello visible de su especial origen y pintoresca

situación: algo de exotismo oriental recuerda al viajero que se halla

aquí más cerca del Japón que de Europa, á la vez que subsisten en las

gentes y sitios mil vestigios coloniales. De la Puerta de Oro (_Golden

Gate_) a _China Basin_, los blocks regulares, parcial ó completamente

edificados, ondulan sobre las primitivas colinas como en Valparaíso;

los tranvías suben y bajan las mismas pendientes antes surcadas por las

arrias de mulas con sus cargas de provisiones ó mineral; el _booming_

convulsivo ha logrado crear barrios enteros en las accidentadas

cercanías de _Golden Gate Park_ y el Hipódromo, pero los «huecos»

agrestes abundan, obstruídos de viejos ranchos mejicanos, y muchísimas

residencias vacías enseñan el melancólico _to let_ que llama en

vano al transeunte. Más que Chicago, Kansas City y otras «ciudades

hongos» (_mushroom cities_) del Oeste, ha conocido San Francisco las

crisis de crecimiento que, paralizando momentáneamente el organismo,

reducen el gasto de fuerzas hasta restablecer el equilibrio. Ahora

mismo se inicia el _krach_ de la plata, cuyas consecuencias generales

son difíciles de prever; con todo, puede anunciarse ya que aquí la

situación se desenvolverá sin grandes cataclismos, en razón de las

corrientes diversas y en cierto modo antagónicas que la California ha

dado á su actividad, á diferencia de otros Estados casi tributarios

de un solo producto ó industria. La plétora del metal blanco podrá

encontrar remedio en la colonización agrícola y el incremento del

intercambio asiático, ya tan considerable. En todo caso, el pánico

monetario de estos días pasados (junio de 1893) parece haberse calmado

sin repercutir profundamente en la vitalidad del Estado. Se ha

estrechado el crédito bancario, mejor dicho, la conversión y los pagos

en oro; pero las fábricas y haciendas siguen en plena actividad, con

excepción de algunas minas hacia el Nevada y el Colorado que empiezan

á restringir sus laboreos. Como otras veces, resistirá esta prueba la

California robusta y juvenil.

En todo caso, nada se nota aún en la vida exterior que revele el

malestar interno. Este magnífico _Palace Hotel_, que cubre una media

manzana—en el propio lugar donde, hace cuarenta años, mineros de

botas y camisa de franela con el revólver al cinto venían á comer

su _bacon and beans_,—tiene ocupados sus centenares de cuartos; y

sus rápidos ascensores suben y bajan desde el amanecer, llenos de

huéspedes un tanto abigarrados durante el día, pero de gran ceremonia

para la comida: los hombres de frac, las señoras rivalizando de rayos

y centellas con las lámparas Edison. A la tarde, en el espléndido

_Golden Gate Park_ hormiguean los carruajes y caballos de raza; la

elegante concurrencia se derrama en las avenidas; señoras y niños

forman vasto círculo á una excelente banda de música que, en este

momento, ejecuta una selección de _Mignon_; casi todas las jóvenes son

esbeltas y airosas, muchas bonitas, alternando el rubio tipo sajón

con la ardiente palidez criolla: el cuadro encantador es digno del

admirable marco de flores y verdura, en el apacible día primaveral.

Desgraciadamente, al llegar al _clou_ de la partitura, algunas de mis

encantadoras vecinas acompañan á media voz, en francés californiano, la

plañidera romanza:

_Conné-tiou la pays...?_

Y este desafinado murmullo, cuyo _crescendo_ se acentúa con la

impunidad, me trae recuerdos tan punzantes de Veracruz (coincidiendo

además, para ser franco, con la hora de comer), que levanto la sesión á

toda prisa, en el momento de estallar el grito delirante del cornetín

casi dominado ya por el coro de las paisanas y rivales de Sybil

Sanderson: _C’est là que je voudrais vi-i-vre!.._

Esa mezcla de franca alegría y pintoresco exotismo, que caracteriza

á San Francisco, se manifiesta en todos los detalles exteriores

de la vida colectiva—desde la fantasía de su edificación, hasta

la desenvoltura de su prensa y la índole de sus bibliotecas é

institutos[22]—pero prorrumpe, puede decirse, de noche en las

bulliciosas aceras comerciales, llenas de grupos cosmopolitas y

estrepitosos que se codean bajo los focos eléctricos, al rumor de las

músicas de los teatros y conciertos, en el perfume de las flores y el

centelleo de los escaparates, ostentando todos, bajo la diversidad de

las condiciones y procedencias, cierta unidad exterior en el lujo del

traje y el programa de fiesta.—La misma colonia china, que he visto

en Lima humilde y cariñosa, no oculta aquí su fuerza numérica y su

riqueza. Á fuer de primeros ocupantes, los «celestes», que pasan de

veinte mil, han quedado instalados en el centro activo de la ciudad

(como si dijéramos, en Buenos Aires, las diez ó doce manzanas en torno

del café de París); tienen templos, _restaurants_, teatros propios,

y se les ve ostentar por estas avenidas, con importancia canonical y

empaque mandarinesco, sus solideos eclesiásticos y sus roquetes de seda

azul, batidos por la larga trenza lacia. Debajo de sus rostros lampiños

y su obesidad hermafrodita, descubro la hostilidad desdeñosa de la

mirada, el odio encubierto de una raza de Shylocks, refractarios á la

civilización en que prosperan, y que se creen superiores á los que les

dominan con su ruda energía.

Esa impresión de la primera hora se confirma para mí durante la

excursión que hago una noche á la _China town_, acompañado de un cónsul

extranjero y un _detective_, cuya presencia parece indispensable

para recorrer sin peligro la celeste leprería. Hemos venido por las

iluminadas aceras de _Market Street_—el _Broadway_ de San Francisco—y

bruscamente, á la altura de _Union Square_, donde se incorpora el

agente de seguridad, doblamos á la izquierda y penetramos en un

callejón obscuro y medieval, con sendas casuchas en desplome, de

cuyos dinteles cuelgan faroles de papel cubiertos de jeroglíficos que

nuestro cicerone traduce al paso: _Tin Yuk_, joya celestial, _Wa Yun_,

fuente de flores, etc., etc. Subimos, bajamos, torcemos á uno y otro

lado, por entre almacenes, tiendas, joyerías, boticas, lavanderías,

talleres de todo género, puestos de comestibles y drogas, en cuyos

escaparates, mal alumbrados por lámparas de aceite, alternan sandías y

caña dulce, abanicos y pastillas de opio ó betel, chucherías de marfil

y tabletas de _chewing-gum_; entrevemos en algunas tabernas grupos de

magotos descoloridos, sentados á la turca, fumando en pipas de tubo

recto, comiendo arroz con sus palillos como de _crochet_, jugando á una

suerte de morra, pero sin mezclar un grito á sus ágiles ademanes de

sordomudos: todo ello tan repelente y sórdido como lo visto en Lima,

con su mismo vaho nauseabundo que bastaría á evocar aquellas escenas ya

lejanas ... En estas tinieblas blanquecinas, surgen en torno nuestro,

de las cuevas inmediatas, bultos informes y callados cuyas túnicas

flotantes nos rozan como alas de murciélagos; y vuelve á mi memoria la

vagancia nocturna del poeta Gringoire por el laberinto de la Corte de

los Milagros, en _Nuestra Señora de París_ ...

De repente, un deslumbramiento: estamos en un verdadero palacio

oriental, resplandeciente de luces multicolores, de esculturas y

calados figurando adornos vegetales, de pintados tableros y canceles

de laca con incrustaciones de nácar, en que se entrelazan ramas de

durazno en flor, esbeltas cigüeñas de nieve volando entre guirnaldas de

crisántemos de oro. En la vasta sala donde estamos, no han quedado sino

una docena de comensales sentados en sillones de ébano; acaban de comer

en silencio, servidos por muchachos que van y vienen entre la mesa y

los aparadores cargados de fina porcelana, ágiles como clowns, con sus

babuchas de triple suela. Es el gran restaurant chino, adonde sólo

concurren los ricos traficantes y agentes comerciales de la colonia, y

por las puertas abiertas se divisan anchas escaleras labradas y otras

salas parecidas á esta....

Urgidos por la hora, no hacemos sino atravesar el vecino templo de

_Clay Street_—análogo al de Lima, con los mismos ídolos, adornos y

chucherías culinarias de un culto realista, á la vez pueril y senil—y

nos dirigimos al teatro donde da representaciones extraordinarias un

célebre comediante de Pekín. La sala, bastante obscura y de mediana

extensión, se compone de un patio para la mosquetería, á usanza de

los corrales españoles del gran siglo, rodeado de filas de bancos y

palcos para la celeste _high-life_; hay una como cazuela con aposentos

para mujeres; y de todos los puntos de la repleta sala se escapan

nubes de humo mezcladas con emanaciones complejas de tabaco, almizcle

y benjuí que nos obligan á encender también nuestros cigarros, en el

mismo proscenio donde, merced al prestigio consular, nos sentamos

entre los actores, delante de la orquesta que ocupa el fondo. La

escena no tiene telón de boca; los actores, vestidos de trajes

suntuosos y con el rostro grotescamente pintado, declaman con voz

aguda una monótona melopeya. Hemos entrado _in medias res_—detalle

insignificante, pues la pieza ha comenzado hace tres noches y durará

aún una semana—y asisto á una, para mí, pantomima, mezclada de bailes

y cabriolas, en que parece ser el nudo de la acción la eterna historia

de la muchacha novia de un vejancón y cortejada por un oficial ó

príncipe, más cubierto de púas y escamas que un dragón mitológico—el

_Barbero de Sevilla_. Entradas, salidas, sollozos, manotones, rugidos,

chillidos—y, naturalmente, comprendo menos cuanto más intenso es el

diálogo. El «Coquelin» en representación—cuya jira, me dice nuestro

guía, representa una fortuna—hace de Almaviva, y canta casi todo su

papel con acompañamiento de violines, gongos, flautas y tamboriles ...

¡y nada en el occidente puede dar una idea aproximativa de la zambra

sabática que se arma entre esos hijos de Han! Los duos de Almaviva y

Rosina, sobre todo, exceden en fantasía delirante á cuanto se pueda

recordar ó imaginar: al lado de ello parecerían suspiros de arpas

eólicas los apasionados coloquios y combatidos amores de veinte gatos

reunidos en el tejado de una calderería en plena actividad. Después

de unos veinte minutos de pesadilla, me levanto para salir cuanto

antes y salvar para siempre la muralla de esa China. Al atravesar

los bastidores, vemos á «Coquelin» acostado en un catre de tabla,

inmóvil, impasible bajo nuestras miradas curiosas, con la vista fija

en el techo—pensando tal vez en la casa de bambú, á orillas del río

Pé-Kiang, donde podrá fumar tranquilo su querido opio, gracias á esta

fructuosa excursión al país de los bárbaros occidentales ...

Y si aquí detengo estos apuntes sobre San Francisco, no piensen mis

lectores que mis visitas se hayan limitado al parque de _Golden

Gate_ y al barrio chino: he visto la ciudad y sus alrededores—sin

omitir la excursión á San José y al _Lick Observatory_ con su famoso

telescopio (_the largest in the world_); he recorrido concienzudamente

las universidades, bibliotecas, escuelas, mercados, bancos y demás

sucursales del _Monde où l’on s’ennuie_; he examinado con la debida

prolijidad el enorme é inacabado _City Hall_, menos notable por su

arquitectura achaparrada que por los manejos administrativos que

han presidido á su edificación poco edificante ... De todo eso y lo

demás pensaba dar informe circunstanciado, pero á medio borrajear he

descubierto que todo ello ha sido ya descrito y corre impreso. Me he

convencido de que, en estas notas de viaje, la única novedad á que

pueda aspirar provendrá de mi reacción personal en frente de las

cosas y sobre todo de las gentes. Ahora bien, un poco desorientado

por el estreno, sólo he visto de corrida á algunos funcionarios ó

comerciantes, fuera de la muchedumbre en los conciertos y teatros: no

he pasado en San Francisco de la envoltura superficial—y todo ello es

de muy pobre psicología ...

Por otra parte, voy comprendiendo que, en los Estados Unidos, para ver

lo mejor posible es necesario no ceder á la tentación de verlo todo

en pocos meses. El _turismo_ es el enemigo de la observación. Este

inmenso país tiene cuatro ó cinco grandes aspectos característicos,

condensados en otros tantos Estados y sus capitales: todos los demás

se funden en uno de los tipos genéricos. En este momento, sobre todo,

de la evolución sociológica, el grupo urbano que se debe estudiar

paciente y filosóficamente, es Chicago—no tanto por la Exposición en

sí misma, cuanto por las razones que han influído para que el magno

problema de la _World’s Fair_ se resolviese en su favor, contra todas

las pretensiones rivales. Chicago es en la hora presente el resumen

material y el exacto espécimen del mundo americano. El eje se ha

corrido hacia el oeste; ya no atraviesa New York, ni Filadelfia—mucho

menos la docta Boston, que antes se apellidaba precisamente el «cubo

de la rueda» (_the Hub_)—sino la ciudad de los ferrocarriles y la

carne—la ruda y potente capital de Pullman y Armour.

XI

SALT LAKE CITY

EL TRAYECTO.—EL UTAH.—LOS MORMONES

Media entre San Francisco y el Lago Salado una distancia de 870 millas,

que los trenes del _Southern Pacific_ deben recorrer teóricamente en

37 horas; resultan casi siempre 40, salvo error ó colisión. Es lo

que en la tierra llamamos un buen paso de carreta. No exageremos,

pues, la velocidad y precisión del servicio ferrocarrilero en los

Estados Unidos,—al menos en el oeste. Por lo demás, el trayecto es

interesante, y no deploro su relativa lentitud. Admiro el paisaje;

cultivo á mis compañeros de viaje, y procuro soportar á los negros del

servicio, no ocupándolos para maldita la escoba. No soy «esclavista»,

pero no puedo dejar de repetir que el negro liberto y ciudadano es la

mancha (negra, naturalmente) de la victoria republicana y el rescate

oneroso de la guerra de Secesión. La república de Liberia—significando

la devolución de estos africanos á su África,—era un pensamiento

genial. Pero no quieren volver á su tierra; y los «lynchamientos» con

que se procura convencerlos son argumentos de poca eficacia.

La faja californiana que alcanzo á divisar, hasta Sacramento, donde

cierra la noche, es casi tan rica y populosa como la zona del sud.

Cortamos la Sierra Nevada, bien digna de su nombre, pues á pesar de

la mediana altura y de la estación canicular, sus escarchadas laderas

blanquean vagamente en la obscuridad.

Del Plata al Niagara · 第 18 / 35 段