Se tiene ahí, no hay que dudarlo, una manifestación, elocuente en

su pequeñez, de esa energía sajona que el yankee puro ha heredado

y conservado sin degeneración. Allí aparece desnuda la raíz del

árbol poderoso que ha esparcido por el mundo su fecunda simiente,

fertilizando los yermos más lejanos y desafiando todos los climas: es

la raza colonizadora por excelencia, porque adondequiera transporta

consigo el dón precioso de bastarse á sí misma, gracias á la virtud

alegre y sana de la familia, á la ayuda fortalecedora del hogar y

al cordial inagotable de una religión que no vive del culto externo

sino del sentimiento individual. Este primer esbozo de civilización

esporádica en el desierto contiene tanta enseñanza como el espectáculo

de las ciudades populosas y nuevas que luego encontraré—y que eran

ayer lo que esto es hoy. Comparo en mi imaginación lo que asoma apenas

de esta dispersa apropiación social, con las estaciones análogas de

nuestras provincias argentinas; recuerdo cinco ó seis entre Quilino y

Frías, todas parecidas entre sí: en que el empleado, joven ó viejo,

casi siempre soltero, exhibe al paso del tren su leonera en desorden,

amueblada con una montura, dos ó tres botellas, un catre que sirve

de percha y de baúl, y donde dormirá la siesta abrumadora entre una

jugarreta y una parranda con _chinas_ abrutadas ... No es por arriba

sino por abajo que los pueblos se clasifican mejor: no por el estrecho

vértice de la pirámide, muy semejante de aspecto en todas partes, salvo

la diferencia de altura, sino por la ancha base popular que soporta el

edificio entero.

Aparte esas rápidas perspectivas, adivinadas más que entrevistas,

confieso que mis primeros experimentos del nuevo medio social son tan

afligentes como su paisaje. Nuestro _Pullman-car_ está obstruído con

maletas y equipajes de formas tan extraordinarias como las heteróclitas

figuras de sus dueños: dominan los rostros glabros y enjutos de los

colonos y demás gentecita rural de Tejas; visten arreos pintorescos y

representan á los auverneses ó saboyanos de los Estados Unidos—digamos

los _collas_ de la frontera jujeña, para hacernos entender—pero

unos rústicos que no sospecharan el encogimiento. Se despatarran en

los asientos, con sus botas en el respaldo, al nivel de sus narices,

escupen en todas partes, por el colmillo, á causa del chicote que

mascan; los que han dejado el _chewing_ nacional apestan el fumadero

con sus cigarros de Virginia, levantándose á cada rato para absorber

grandes vasos de agua helada. No entiendo palabra de lo que conversan

entre sí ó con los _waiters_ negros, á quienes tratan familiarmente,

y lo propio les pasa á ellos cuando intento chapurrar mi escocés del

_Engineer_.—Esto, por otra parte, me acompañará hasta Chicago ó más

allá. El hombre del pueblo—sobre todo el odioso negro que se aprende á

detestar en razón directa de su insolencia—no quiere entender, salvo

en caso de propina, más que su _slang_ gangueado con el acento del

terruño y cortado por elipsis ó fórmulas locales: imagináos á nuestros

cocheros parisienses ó á nuestros aldeanos de provincia, dirigiéndose á

nosotros en su argot callejero ó rural. Me acostumbraré bastante pronto

al inglés culto pronunciado correctamente, pero mucho me temo que

abandone los Estados Unidos sin comprender á los negros ni á los _boys_

de las aceras.

Después de mi primer ensayo en el coche de fumar, tengo que batir en

retirada, algo corrido y mohino. Al recogerme á mi asiento, tropiezo

con una cara de pascua que se sonríe debajo de una boina azul, y

me invita en español á ganar un departamento reservado, desde cuya

ventanilla me llama otra boina azul, blandiendo una botella de

Jerez. Son dos vascos españoles; el común aprieto nos ha aproximado

instintivamente, y, á los pocos instantes, se sella la intimidad sobre

recuerdos familiares de las glorias vizcaínas y navarras: Gayarre,

Aramburu,—sobre todo los famosos pelotaris que han valido más que cien

agencias de emigración en esas provincias: el _Manco_, Elicegui, el

_Chiquito_, y ese terrible Portal, fuerte como un turco y sutil como su

pala.

Mis nuevos amigos abandonan á Cuba, después de labrar su fortuna en

veinte años, pero conservan sus casas de negocio y sus haciendas en la

Habana y Matanzas. Dan una gran vuelta de recreo, tomándose vacaciones

por primera vez en su vida, antes de volver al nido natal, colgado en

un declive de los Pirineos.

Salieron de él casi niños, sin una peseta ni oficio alguno en las

manos, como los que vienen al Plata, pero buenos para todo, con su

salud robusta, su flexibilidad laboriosa y honrada, y su brincadora

agilidad de gamuza pirenáica. Han logrado lo que buscaban—tener

dinero—porque han sabido no querer sino una cosa y perseguirla sin

tregua por el camino recto.—En tanto que otros soñadores vienen á

América tras del ave azul que vuela de rama en rama, y envejecen,

naturalmente, antes de alcanzar su ilusión: los que han nacido para

emigrar—los vascos, en primera fila—prosperan casi siempre en la

emigración. ¡Bah! ¡la vida no merece tantos desvelos! Todo acaba en lo

mismo; concluída la jornada, nos despedimos con la misma voltereta:

buenos y malos, necios y sabios, pobres y ricos, nos disolvemos todos

en el mismo olvido. El oro es tan vano como la gloria y el poder,—y

lo que llamamos arte, que no es sino una convención; y lo que llamamos

ciencia, que no es más que un paso adelante en un callejón sin salida.

_Omnia vanitas._ Emprendemos todos el mismo corto viaje de condenados

á muerte. ¿Quién decidirá si es más sabio ceñirse los lomos desde el

amanecer para ponerse en marcha por el camino trillado, bajo el sol

y la lluvia, sin una hora de tregua en la etapa, con el único fin de

encontrar á la tarde comida y albergue en el mesón; ó si tanto vale

extraviarse en los senderos, saboreando la excursión como un paseo,

gozando con los accidentes del camino y de las perspectivas, á trueque

de cenar con las zarzamoras del cercado y dormir en campo raso?...

Don Pedro, el menor de mis dos compañeros, raya en los cuarenta años;

es un admirable ejemplar de esa raza fuerte é ingenua que se ha

esparcido en el Plata, hasta formarse aquí una segunda patria,—lo

compruebo al oirle hablar de Buenos Aires y Montevideo como de un

emporio vascongado,—llevando consigo y conservando siempre su frescura

simpática y robusta, como un reflejo del paisaje montañés. Éste es un

coloso con sonrisa de niño, hermoso como un roble, tranquilo como un

buey de labor, bueno «como un pedazo de pan» según el dicho campesino;

y así como el clima de las Antillas no ha mellado su complexión de

atleta ni alterado su tez florida, tampoco el roce del mundo y la

fortuna le han hecho soltar su boina azul. Nos queremos en seguida, él

tan sencillo y yo tan complejo, sin duda en virtud de la ley de los

contrastes, y gracias á mi precaución habitual de llevar siempre la

charla al terreno que mi interlocutor conoce mejor que yo. Me habla de

Cuba, y las horas se deslizan sin sentir ...

Su compañero, don Esteban, es menos atrayente: averiado, temoso,

porfiado y disputador, hasta el punto de contradecir con la mano

mientras el asma le sacude, ha barnizado con pretensión burguesa su

primitiva ignorancia cerril, y la exhibe al primero que llega, á

guisa de albarda sobre su lomo de borriquillo. Domina al bonazo de

don Pedro á fuerza de cansarle; también le da cierto prestigio actual

el haber pasado algunos meses en Nueva York hace treinta años, y

chapurrar cuatro palabras de inglés que, por otra parte, pronuncia

como una «vasca» española. No sabiendo nada de nada, puede hablar de

todo con igual autoridad; y ¡abusa de su derecho!—Después de toser,

es su principal ocupación contradecir á troche y moche, al tanteo.

Nos fastidia, nos carga hasta el exceso, y él mismo lo sospecha en

sus momentos lúcidos. Bajo el pretexto de que el humo le incomoda,

don Pedro y yo nos instalamos en el _smoking-room_, y nos despachamos

docenas de exquisitos habanos ¡recuerdo personal del propio fabricante!

Pero don Esteban se aparece y comienza por rectificar uno de sus

últimos traspiés, que nadie recordaba: «Tenía Vd. razón: el que

asesinaron en el teatro no fué Grant, sino el «general» Lincoln». Y

en el acto vuelve á entrar en liza: «¡Qué hombre, ese Hernán Cortés!

Cuando pienso que fué por aquí á fundar á San Francisco!»—Entonces,

sobre todo, ¡es cuando tengo ganas de mandarle á Bilbao!—Por lo demás,

es buen hombre en el fondo este pobre don Esteban, y no me costará

mucho soportarle hasta San Francisco,—fundado por Cortés,—donde nos

separaremos con grandes apretones. Sólo necesito dejarle desbarrar á

su gusto. El primer día tuve el candor de rectificar sus sandeces:

era la guerra declarada.—Cualquiera discusión es inútil, pero la que

aceptamos con un necio nos rebaja de golpe á su nivel. ¿Á qué emprender

gratuítamente la educación de aquel transeunte que no sacará de ello

provecho alguno y al contrario nos guardará rencor? Recuerdo haber

estallado una vez—hace una docena de años—porque en una mesa redonda

de Lisboa, un médico brasileño sostenía que había hecho en ferrocarril

el trayecto del Rosario á Montevideo: era joven entonces y me faltaba

filosofía. ¡Cuánto más satisfecho me siento por haber escuchado en

Colón, sin pestañear, hace algunas semanas, las variaciones delirantes

de un francés corredor de avisos, respecto de la República Argentina,

y especialmente de Tucumán que apenas conozco! Era el más fantástico

de sus _boniments_ profesionales: no he protestado, me ha encontrado

amable y nadie ha perdido nada con la bola—ni siquiera Tucumán.

El inmenso desierto monótono se arruga y matiza al paso que nos

aproximamos al extremo oeste; ya verdean algunos matorrales y parches

de hierba en las depresiones del suelo; de trecho en trecho se alzan

algunas chozas de pastores; una vaca rojiza, un hato de esbeltas

cabras salpican alegremente la tierra gris. Llegamos á Yuma, estación

importante en la frontera del Arizona y California. El río Colorado

arrastra delante de nosotros sus ondas amarillentas, entre los altos

ribazos bordados de vegetación. El fresco encantador de una mañana de

primavera se junta á las primeras sonrisas de la Arabia feliz. En la

cantina regamos con té y leche un almuerzo compuesto de rosbif, patatas

hervidas y confitura—todo servido á un tiempo en el mismo plato. Los

últimos indios apaches—_the last of the Mohicans!_—arrollados en

un zarape multicolor, con sus gruesos mechones lacios cayendo como

correas sobre sus enormes rostros angulosos, seriotes, todos nariz y

mandíbulas, cual esculpidos por un leñador en un tronco de _hickory_,

vienen á vender arcos y flechas que no han servido nunca y parecen

salir de un bazar. Cada mujer trae cargada en la espalda á su progenie,

arrollada con bandeletas en un cuévano angosto que semeja una vaina

de momia. Las criaturas hacen blanquear allí dentro sus ojuelos de

lagartija—y, como la mañana, también aquí conserva la infancia algo de

su gentil frescura de inocencia é inconsciencia,—¡estoy por encontrar

casi bonitos esos mamoncitos apaches!

Pero ha llegado un viejo violinista yuma para obsequiarnos con una

serenata arizoniana. Al principio, no es fácil desenredar lo que quiere

decir el venerable anciano con su rechinamiento agudo y como resinoso.

Cuando don Esteban arroja un grito—seguido al punto de un violento

ataque de tos ¡en la carraspera del _crincrín_ ha reconocido el canto

de las Provincias! Sí, no hay duda posible: es el _capela gorria_ lo

que el piel-roja desuella con una impasibilidad de antiguo escalpador

... ¿Por medio de qué _avatar_ misterioso, de qué extraña ironía

del color local, ha venido ese llamamiento de las bandas carlistas

á transformarse en aire de danza californiano? Tal es el «secreto

de la sabana» que nuestro compañero procura vanamente arrancar al

curtido _minstrel_, quien, completamente embrutecido, sordo además

como una colección de tapias arizonas, contesta invariablemente:

_yes, sir_, á cualquier pregunta, y para no romper el hechizo de las

monedas de diez _cents_, sin detener su arco las coge con sus labios

entreabiertos cual hendedura de alcancía. Pero don Esteban protesta

con solemnidad—_¡Debryan bisaya!_—que el viejo ha de saber el

castellano, puesto que toca un canto vascongado; le asedia á preguntas

estrambóticas, le explica el gran levantamiento de boinas del año 33

por el primer don Carlos; por fin, desafiando el asma que le acecha,

se resuelve á enganchar su voz de herrumbrada cerradura al zumbido de

cigarra de la prima y, batiendo palmas para marcar el compás, se pone á

cantar:

_¡Don Cárlos gureá,

Don Cárlos maiteá!

¡Ay, ay, ay, mutilac,

Capelac gorriac!..._

Y aquella escena inverosímil que nadie inventaría, ese improvisado duo

de un guipuzcoano y un apache, es de un efecto cómico amplio y humano

que ha conquistado en seguida todos los sufragios: viajeros yankees y

mejicanos, _waiters_ y guardatrenes, forman rueda entusiasta en torno

de los ejecutantes igualmente poseídos de su papel,—y hasta me parece

que los indios presentes tuviesen ganas de sonreir por vez primera de

su vida.

Pero cuando, dada la señal, el tren se pone en marcha, desde la ventana

don Esteban arroja con la peseta de despedida esta suprema explicación

á su acompañante, que ha quedado en el andén, reflexionando en la ganga

enviada al último sachém por el gran Manitú: «_¡No era este don Carlos,

sino el abuelo!_» Y ya se revuelve en su asiento, presa de un acceso

de tos incoercible. Yo también me revuelvo en el sofá del cuarto de

fumar, en tanto que el excelente don Pedro va y viene entre uno y otro,

atendiendo á su amigo con cara de circunstancias y volviendo hacia mí

para reirse á gusto. ¡Y me quejaba ¡ingrato! ¡de que fuese tedioso el

camarada aquél!

La pingüe y fértil California del sud comienza á desarrollarse

blandamente entre dos hileras de colinas; corremos á lo largo de un

vasto cañón, teniendo á _San Bernardino Range_ á la derecha y á _San

Jacinto_ á la izquierda, con la cornisa intermitente de la lejana

sierra Rocallosa ó Nevada entre la falda verde y el cielo azul. Las

olas de oro de los trigales maduros ondulan suavemente hasta el pie de

los collados, tapizados de viñas, praderas y follajes. Los _cottages_

rojos y blancos, las villas y quintas lujosas se levantan sobre un mar

de parques y verjeles. El paisaje todo ha revestido un gran aspecto

de riqueza y abundancia, sin perder nada de su belleza pintoresca.

Me aparece como una inmensa mesa puesta, el valle bíblico de la

Multiplicación, eternamente abierto á las caravanas del viejo mundo

que se juntan aquí: las de la cuna europea, militantes y civilizadoras

que ya tienen poblados y plasmados los Estados del este; las del Asia

antigua, derramadas por el pululante Oriente, y que llegan de isla en

isla por el incomensurable mar Pacífico, á manera del caminante que

cruza un vado á flor de agua asentando el pie en las rocas sucesivas.

Al contemplar lo que este pueblo ha sabido hacer con el territorio

desnudo que los mejicanos le entregaron, está el observador á punto de

imponer silencio á la voz de la conciencia que protesta en nombre de

la justicia absoluta y del «imperativo categórico», para reconocer que

la virtud del esfuerzo laborioso y la magnitud del resultado práctico

legitiman en cierto modo la conquista violenta.—Y es fuerza repetirse,

para formar un juicio cabal de la riqueza americana, que esta risueña

California no es sino una faja estrecha de la inmensa comarca bañada

por dos océanos que, bajo los múltiples aspectos de una producción

intensa, pero casi tan copiosa en otras partes, se despliega, más ancha

que la Europa toda, cuatro veces mayor que la Argentina, desde el

Dominion ártico hasta las Antillas tropicales, al través de todas las

maravillas físicas, de todas las variedades vegetales y minerales, de

todos los recursos agrícolas y fabriles que aseguran para diez siglos

el propio desarrollo de un continente independiente y completo.

Se tiene aquí por vez primera la sensación grandiosa y casi augusta

de una entrada en el vasto Canaán de la nueva promesa.—El más

vigoroso espíritu de la Francia contemporánea habla en cierto lugar

de los paisajes de Milton, que son «una escuela de virtud»[20]. Ahora

comprendo lo que ha significado. Ante esta radiante sonrisa de la

tierra americana, no sé qué júbilo generoso é impersonal me dilata el

pecho; una salve íntima, una efusión enternecida y cordial se remonta

á mis labios, derramándose como una bendición sobre este recuperado

paraíso, que parece estremecerse de gozo bajo la tibia caricia de la

mañana estival. Desnuda de historia, sin el prestigio de los recuerdos

seculares y las leyendas, llega esta Cibeles occidental á la soberana

belleza por el solo atractivo de su seno fecundo, donde quiera

impregnado de sudor humano: por el único encanto omnipotente de su

juvenil exuberancia y venturosa plenitud.

Ahora, á uno y otro lado de la vía, las plantaciones de todas clases,

los cultivos y verjeles se suceden interminablemente. Las residencias

campestres, los ingenios variados, molinos, lagares, destilerías,

fábricas de frutas conservadas, depósitos y embarcaderos, jaspean de

islotes rojos y blancos el archipiélago de verdura. Cada estación es

una ciudad ó una aldea, ganglio comercial de donde irradian ramales

y tranvías. Á partir de Redlands, los vagones de fruta obstruyen los

apartaderos de la línea—y es tal el hacinamiento, que por la vista

sola nos sentimos saciados de duraznos y albaricoques, de ciruelas y

melones—hasta de esas deliciosas naranjitas sin semilla (_seedless_)

que aquí se apellidan _Washington Navel_, aunque la variedad haya sido

importada de Bahía[21].

En Colton, risueña villa de tres mil almas, que nació ayer y ha

crecido más rápidamente que sus naranjales, se juntan las dos grandes

líneas del _Southern Pacific_ y del _California S. Railroad_. Nos

hallamos casi en el centro del maravilloso valle de San Bernardino,

oasis en otro oasis, cubierto hacia el litoral de _winter resorts_ y

sitios balnearios, y cuya cabeza de distrito se divisa á tres millas

por el norte; produce algunos de los mejores y más famosos vinos de

California; de aquí parten durante el verano los trenes especiales de

frutas que se distribuyen en todos los mercados de los Estados Unidos.

Las fábricas de conservas yerguen por todos lados sus altas chimeneas

empenachadas: la sola _Colton Company_ emplea quinientos obreros de

taller y despacha diariamente 4000 cajas soldadas. Por cima de la

falda y sus bosques de naranjos, algunos picos nevados añaden la

grandeza á la gracia de la decoración, trayéndome el recuerdo de la

Yerba Buena tucumana; mientras que un poco más lejos, en Cucamongo, ya

célebre por sus viñedos, veo surgir como un trasunto del pintoresco

valle de Santiago de Chile. Y así, por todas partes, las poblaciones

agrícolas amojonan de milla en milla el rico suelo de esta Arcadia

industrial, hasta Los Ángeles, donde llegamos esta tarde para volver á

marchar cuatro ó cinco horas después: Ontario con su colosal avenida

de palmeras y naranjos que se prolonga hasta el pie de la sierra;

San Gabriel y sus limoneros; Santa Anita sembrada de ranchos, donde

una sola hacienda (la de Baldwin) tiene plantados 60.000 acres de

viñedos—poco más ó menos la superficie total de caña dulce ó viñas

(1892) de toda la Argentina. Aquí y allá, en medio de los sonoros

nombres mejicanos—de tal suerte estropeados que los desconocerían

sus propios padres,—la fantasía cursi de los recién llegados ha

emperifollado este antiguo territorio de pueblos indios y tolderías con

apelativos mitológicos: Arcadia, Hesperia, Pomona, etc.; y no resulta

la mezcolanza barroca en demasía, en esta hora al menos ¡tan real es

la gracia bucólica del paisaje, tan diáfano el ambiente impregnado de

vegetal fragancia y eliseano frescor!

Los Ángeles.

Á pesar de ser ya toda una ciudad yankee, encuentro en Los Ángeles

ciertos vestigios aún muy perceptibles del indeleble origen criollo y

del invencible encanto español. Esta impresión inequívoca—que sentiré

en el mismo San Francisco—no está sugerida solamente por los nombres

de algunos sitios y familias. Á cada instante se descubren en los

arrabales, cruzados por el tramway eléctrico, reliquias materiales y

hasta sociales de la antigua población: por ejemplo, en el umbral de

estas casuchas de adobe, son, á no dudarlo, criollos mejicanos los

que están engullendo _tamales_, ó zangarreando la guitarra durante la

siesta. Han quedado familias Delvalle, Coronel, Pacheco, Sepúlveda,

que desempeñan cargos concejiles y poseen aún inmensas haciendas. La

fiesta anual de la «tribu» Delvalle es una solemnidad famosa en toda

la California; aquí los «notables» de ayer figuran todavía entre los

_prominent_ de hoy ...

Pero no son más que vestigios. La antigua misión de la «Reina de los

Ángeles», que el comandante Frémont tomó sin combate en 1847, no era

sino una pobre aldea de dos mil indios y mestizos, tan atrasados ó

indolentes que no se cuidaban de explotar los conocidos placeres

auríferos de sus arroyos. Los Ángeles es ya una hermosa ciudad de

60.000 habitantes, extranjeros en su mayoría, cuyo vuelo prodigioso

data de los últimos años: en 1880, no había triplicado aún la cifra

primitiva de sus pobladores; y lo demás en proporción. No pasando

de esa fecha los más importantes centros agrícolas del condado,

son naturalmente más nuevos aún los valiosos edificios públicos y

privados de la flamante ciudad, y todos los órganos materiales y

morales que constituyen, _ne varietur_, el progreso entendido á la

yankee.—Ya encontramos en Los Ángeles las gratas alamedas sombreadas,

con sus pintorescas residencias y chalets de _bay window_ y gradería

exterior; los enormes _buildings_ de ocho á quince pisos con fachada

de columbario; los bancos pseudogriegos y templos neogóticos,—toda

la fabricación al por mayor de la «arquitechería» americana. Desde

la California hasta el Massachusets, sin otros matices que un exceso

de pesadez ó riqueza decorativa en los emporios más advenedizos,

encontraréis reproducidos, en cada población, no sólo la misma

estructura material, desde el _Masonic Temple_ hasta el hotel _mammoth_

con sus bars y ascensores, sino los mismos órganos previstos de

la vida urbana, los mismos accidentes del grupo social: escuelas,

teatros, vagones, tramways con su invariable tarifa de cinco _cents_,

avenidas de enlosadas aceras donde la luz eléctrica recorta duramente

las siluetas, etc., etc. Es siempre la ciudad yankee, indefinidamente

reproducida, y sin más elemento diferencial que el costo y el

tamaño—es decir la cantidad. Los Ángeles es un fragmento de San

Francisco, Denver un pedazo de Filadelfia, Cincinnati una mitad de

Chicago. Hay más habitantes en la antigua capital de los puritanos

que en la reciente Sión de los mormones: por tanto, mayor número de

manzanas edificadas,—pero, _mutatis mutandis_, las construcciones

públicas y privadas son tan parecidas en una y otra, por dentro y por

fuera, como el _New York Herald_ al _Chicago Herald_, como el policeman

de capote gris y casco de punta, plantado en una esquina de Boston,

es idéntico al policeman de guardia en una esquina de Pittsburg. La

concreción urbana está vaciada en un solo molde: fuera de los sitios

naturales, los Estados Unidos son un monstruoso _cliché_. De ahí el

tedio profundo que se desprende de su masa gigantesca y uniforme para

el _turista_ superficial, que vaga de calle en calle y de hotel en

hotel sin nada sospechar del alma americana. En Europa, las cosas son

más interesantes que los hombres; acaece lo contrario en este mundo

en formación, mejor dicho, en fabricación. Aquí el producto humano

es tosco y primitivo, en proporción de su enorme magnitud—como ha

sucedido en el mundo orgánico;—la obra provisional es inferior al

obrero, no pudiendo aquélla interesar al filósofo sino en cuanto sea

indicio documentario y síntoma del espíritu que la realiza—y por esto,

precisamente, la mayor parte de las _Impresiones_ de tanto _commis

voyageur_ de la literatura se extasían con exceso ante los colosales

montones de hierro y ladrillo: celebran el volumen prodigioso del banco

de coral, haciendo caso omiso de la madrépora viva que lo levanta sin

tregua en el seno del mar.—Procuraré emplear otro procedimiento; y,

desde luego, pienso que me fastidiaré muy poco en esta pretendida

patria del fastidio.

Del Plata al Niagara · 第 17 / 35 段