su pequeñez, de esa energía sajona que el yankee puro ha heredado
y conservado sin degeneración. Allí aparece desnuda la raíz del
árbol poderoso que ha esparcido por el mundo su fecunda simiente,
fertilizando los yermos más lejanos y desafiando todos los climas: es
la raza colonizadora por excelencia, porque adondequiera transporta
consigo el dón precioso de bastarse á sí misma, gracias á la virtud
alegre y sana de la familia, á la ayuda fortalecedora del hogar y
al cordial inagotable de una religión que no vive del culto externo
sino del sentimiento individual. Este primer esbozo de civilización
esporádica en el desierto contiene tanta enseñanza como el espectáculo
de las ciudades populosas y nuevas que luego encontraré—y que eran
ayer lo que esto es hoy. Comparo en mi imaginación lo que asoma apenas
de esta dispersa apropiación social, con las estaciones análogas de
nuestras provincias argentinas; recuerdo cinco ó seis entre Quilino y
Frías, todas parecidas entre sí: en que el empleado, joven ó viejo,
casi siempre soltero, exhibe al paso del tren su leonera en desorden,
amueblada con una montura, dos ó tres botellas, un catre que sirve
de percha y de baúl, y donde dormirá la siesta abrumadora entre una
jugarreta y una parranda con _chinas_ abrutadas ... No es por arriba
sino por abajo que los pueblos se clasifican mejor: no por el estrecho
vértice de la pirámide, muy semejante de aspecto en todas partes, salvo
la diferencia de altura, sino por la ancha base popular que soporta el
edificio entero.
Aparte esas rápidas perspectivas, adivinadas más que entrevistas,
confieso que mis primeros experimentos del nuevo medio social son tan
afligentes como su paisaje. Nuestro _Pullman-car_ está obstruído con
maletas y equipajes de formas tan extraordinarias como las heteróclitas
figuras de sus dueños: dominan los rostros glabros y enjutos de los
colonos y demás gentecita rural de Tejas; visten arreos pintorescos y
representan á los auverneses ó saboyanos de los Estados Unidos—digamos
los _collas_ de la frontera jujeña, para hacernos entender—pero
unos rústicos que no sospecharan el encogimiento. Se despatarran en
los asientos, con sus botas en el respaldo, al nivel de sus narices,
escupen en todas partes, por el colmillo, á causa del chicote que
mascan; los que han dejado el _chewing_ nacional apestan el fumadero
con sus cigarros de Virginia, levantándose á cada rato para absorber
grandes vasos de agua helada. No entiendo palabra de lo que conversan
entre sí ó con los _waiters_ negros, á quienes tratan familiarmente,
y lo propio les pasa á ellos cuando intento chapurrar mi escocés del
_Engineer_.—Esto, por otra parte, me acompañará hasta Chicago ó más
allá. El hombre del pueblo—sobre todo el odioso negro que se aprende á
detestar en razón directa de su insolencia—no quiere entender, salvo
en caso de propina, más que su _slang_ gangueado con el acento del
terruño y cortado por elipsis ó fórmulas locales: imagináos á nuestros
cocheros parisienses ó á nuestros aldeanos de provincia, dirigiéndose á
nosotros en su argot callejero ó rural. Me acostumbraré bastante pronto
al inglés culto pronunciado correctamente, pero mucho me temo que
abandone los Estados Unidos sin comprender á los negros ni á los _boys_
de las aceras.
Después de mi primer ensayo en el coche de fumar, tengo que batir en
retirada, algo corrido y mohino. Al recogerme á mi asiento, tropiezo
con una cara de pascua que se sonríe debajo de una boina azul, y
me invita en español á ganar un departamento reservado, desde cuya
ventanilla me llama otra boina azul, blandiendo una botella de
Jerez. Son dos vascos españoles; el común aprieto nos ha aproximado
instintivamente, y, á los pocos instantes, se sella la intimidad sobre
recuerdos familiares de las glorias vizcaínas y navarras: Gayarre,
Aramburu,—sobre todo los famosos pelotaris que han valido más que cien
agencias de emigración en esas provincias: el _Manco_, Elicegui, el
_Chiquito_, y ese terrible Portal, fuerte como un turco y sutil como su
pala.
Mis nuevos amigos abandonan á Cuba, después de labrar su fortuna en
veinte años, pero conservan sus casas de negocio y sus haciendas en la
Habana y Matanzas. Dan una gran vuelta de recreo, tomándose vacaciones
por primera vez en su vida, antes de volver al nido natal, colgado en
un declive de los Pirineos.
Salieron de él casi niños, sin una peseta ni oficio alguno en las
manos, como los que vienen al Plata, pero buenos para todo, con su
salud robusta, su flexibilidad laboriosa y honrada, y su brincadora
agilidad de gamuza pirenáica. Han logrado lo que buscaban—tener
dinero—porque han sabido no querer sino una cosa y perseguirla sin
tregua por el camino recto.—En tanto que otros soñadores vienen á
América tras del ave azul que vuela de rama en rama, y envejecen,
naturalmente, antes de alcanzar su ilusión: los que han nacido para
emigrar—los vascos, en primera fila—prosperan casi siempre en la
emigración. ¡Bah! ¡la vida no merece tantos desvelos! Todo acaba en lo
mismo; concluída la jornada, nos despedimos con la misma voltereta:
buenos y malos, necios y sabios, pobres y ricos, nos disolvemos todos
en el mismo olvido. El oro es tan vano como la gloria y el poder,—y
lo que llamamos arte, que no es sino una convención; y lo que llamamos
ciencia, que no es más que un paso adelante en un callejón sin salida.
_Omnia vanitas._ Emprendemos todos el mismo corto viaje de condenados
á muerte. ¿Quién decidirá si es más sabio ceñirse los lomos desde el
amanecer para ponerse en marcha por el camino trillado, bajo el sol
y la lluvia, sin una hora de tregua en la etapa, con el único fin de
encontrar á la tarde comida y albergue en el mesón; ó si tanto vale
extraviarse en los senderos, saboreando la excursión como un paseo,
gozando con los accidentes del camino y de las perspectivas, á trueque
de cenar con las zarzamoras del cercado y dormir en campo raso?...
Don Pedro, el menor de mis dos compañeros, raya en los cuarenta años;
es un admirable ejemplar de esa raza fuerte é ingenua que se ha
esparcido en el Plata, hasta formarse aquí una segunda patria,—lo
compruebo al oirle hablar de Buenos Aires y Montevideo como de un
emporio vascongado,—llevando consigo y conservando siempre su frescura
simpática y robusta, como un reflejo del paisaje montañés. Éste es un
coloso con sonrisa de niño, hermoso como un roble, tranquilo como un
buey de labor, bueno «como un pedazo de pan» según el dicho campesino;
y así como el clima de las Antillas no ha mellado su complexión de
atleta ni alterado su tez florida, tampoco el roce del mundo y la
fortuna le han hecho soltar su boina azul. Nos queremos en seguida, él
tan sencillo y yo tan complejo, sin duda en virtud de la ley de los
contrastes, y gracias á mi precaución habitual de llevar siempre la
charla al terreno que mi interlocutor conoce mejor que yo. Me habla de
Cuba, y las horas se deslizan sin sentir ...
Su compañero, don Esteban, es menos atrayente: averiado, temoso,
porfiado y disputador, hasta el punto de contradecir con la mano
mientras el asma le sacude, ha barnizado con pretensión burguesa su
primitiva ignorancia cerril, y la exhibe al primero que llega, á
guisa de albarda sobre su lomo de borriquillo. Domina al bonazo de
don Pedro á fuerza de cansarle; también le da cierto prestigio actual
el haber pasado algunos meses en Nueva York hace treinta años, y
chapurrar cuatro palabras de inglés que, por otra parte, pronuncia
como una «vasca» española. No sabiendo nada de nada, puede hablar de
todo con igual autoridad; y ¡abusa de su derecho!—Después de toser,
es su principal ocupación contradecir á troche y moche, al tanteo.
Nos fastidia, nos carga hasta el exceso, y él mismo lo sospecha en
sus momentos lúcidos. Bajo el pretexto de que el humo le incomoda,
don Pedro y yo nos instalamos en el _smoking-room_, y nos despachamos
docenas de exquisitos habanos ¡recuerdo personal del propio fabricante!
Pero don Esteban se aparece y comienza por rectificar uno de sus
últimos traspiés, que nadie recordaba: «Tenía Vd. razón: el que
asesinaron en el teatro no fué Grant, sino el «general» Lincoln». Y
en el acto vuelve á entrar en liza: «¡Qué hombre, ese Hernán Cortés!
Cuando pienso que fué por aquí á fundar á San Francisco!»—Entonces,
sobre todo, ¡es cuando tengo ganas de mandarle á Bilbao!—Por lo demás,
es buen hombre en el fondo este pobre don Esteban, y no me costará
mucho soportarle hasta San Francisco,—fundado por Cortés,—donde nos
separaremos con grandes apretones. Sólo necesito dejarle desbarrar á
su gusto. El primer día tuve el candor de rectificar sus sandeces:
era la guerra declarada.—Cualquiera discusión es inútil, pero la que
aceptamos con un necio nos rebaja de golpe á su nivel. ¿Á qué emprender
gratuítamente la educación de aquel transeunte que no sacará de ello
provecho alguno y al contrario nos guardará rencor? Recuerdo haber
estallado una vez—hace una docena de años—porque en una mesa redonda
de Lisboa, un médico brasileño sostenía que había hecho en ferrocarril
el trayecto del Rosario á Montevideo: era joven entonces y me faltaba
filosofía. ¡Cuánto más satisfecho me siento por haber escuchado en
Colón, sin pestañear, hace algunas semanas, las variaciones delirantes
de un francés corredor de avisos, respecto de la República Argentina,
y especialmente de Tucumán que apenas conozco! Era el más fantástico
de sus _boniments_ profesionales: no he protestado, me ha encontrado
amable y nadie ha perdido nada con la bola—ni siquiera Tucumán.
El inmenso desierto monótono se arruga y matiza al paso que nos
aproximamos al extremo oeste; ya verdean algunos matorrales y parches
de hierba en las depresiones del suelo; de trecho en trecho se alzan
algunas chozas de pastores; una vaca rojiza, un hato de esbeltas
cabras salpican alegremente la tierra gris. Llegamos á Yuma, estación
importante en la frontera del Arizona y California. El río Colorado
arrastra delante de nosotros sus ondas amarillentas, entre los altos
ribazos bordados de vegetación. El fresco encantador de una mañana de
primavera se junta á las primeras sonrisas de la Arabia feliz. En la
cantina regamos con té y leche un almuerzo compuesto de rosbif, patatas
hervidas y confitura—todo servido á un tiempo en el mismo plato. Los
últimos indios apaches—_the last of the Mohicans!_—arrollados en
un zarape multicolor, con sus gruesos mechones lacios cayendo como
correas sobre sus enormes rostros angulosos, seriotes, todos nariz y
mandíbulas, cual esculpidos por un leñador en un tronco de _hickory_,
vienen á vender arcos y flechas que no han servido nunca y parecen
salir de un bazar. Cada mujer trae cargada en la espalda á su progenie,
arrollada con bandeletas en un cuévano angosto que semeja una vaina
de momia. Las criaturas hacen blanquear allí dentro sus ojuelos de
lagartija—y, como la mañana, también aquí conserva la infancia algo de
su gentil frescura de inocencia é inconsciencia,—¡estoy por encontrar
casi bonitos esos mamoncitos apaches!
Pero ha llegado un viejo violinista yuma para obsequiarnos con una
serenata arizoniana. Al principio, no es fácil desenredar lo que quiere
decir el venerable anciano con su rechinamiento agudo y como resinoso.
Cuando don Esteban arroja un grito—seguido al punto de un violento
ataque de tos ¡en la carraspera del _crincrín_ ha reconocido el canto
de las Provincias! Sí, no hay duda posible: es el _capela gorria_ lo
que el piel-roja desuella con una impasibilidad de antiguo escalpador
... ¿Por medio de qué _avatar_ misterioso, de qué extraña ironía
del color local, ha venido ese llamamiento de las bandas carlistas
á transformarse en aire de danza californiano? Tal es el «secreto
de la sabana» que nuestro compañero procura vanamente arrancar al
curtido _minstrel_, quien, completamente embrutecido, sordo además
como una colección de tapias arizonas, contesta invariablemente:
_yes, sir_, á cualquier pregunta, y para no romper el hechizo de las
monedas de diez _cents_, sin detener su arco las coge con sus labios
entreabiertos cual hendedura de alcancía. Pero don Esteban protesta
con solemnidad—_¡Debryan bisaya!_—que el viejo ha de saber el
castellano, puesto que toca un canto vascongado; le asedia á preguntas
estrambóticas, le explica el gran levantamiento de boinas del año 33
por el primer don Carlos; por fin, desafiando el asma que le acecha,
se resuelve á enganchar su voz de herrumbrada cerradura al zumbido de
cigarra de la prima y, batiendo palmas para marcar el compás, se pone á
cantar:
_¡Don Cárlos gureá,
Don Cárlos maiteá!
¡Ay, ay, ay, mutilac,
Capelac gorriac!..._
Y aquella escena inverosímil que nadie inventaría, ese improvisado duo
de un guipuzcoano y un apache, es de un efecto cómico amplio y humano
que ha conquistado en seguida todos los sufragios: viajeros yankees y
mejicanos, _waiters_ y guardatrenes, forman rueda entusiasta en torno
de los ejecutantes igualmente poseídos de su papel,—y hasta me parece
que los indios presentes tuviesen ganas de sonreir por vez primera de
su vida.
Pero cuando, dada la señal, el tren se pone en marcha, desde la ventana
don Esteban arroja con la peseta de despedida esta suprema explicación
á su acompañante, que ha quedado en el andén, reflexionando en la ganga
enviada al último sachém por el gran Manitú: «_¡No era este don Carlos,
sino el abuelo!_» Y ya se revuelve en su asiento, presa de un acceso
de tos incoercible. Yo también me revuelvo en el sofá del cuarto de
fumar, en tanto que el excelente don Pedro va y viene entre uno y otro,
atendiendo á su amigo con cara de circunstancias y volviendo hacia mí
para reirse á gusto. ¡Y me quejaba ¡ingrato! ¡de que fuese tedioso el
camarada aquél!
La pingüe y fértil California del sud comienza á desarrollarse
blandamente entre dos hileras de colinas; corremos á lo largo de un
vasto cañón, teniendo á _San Bernardino Range_ á la derecha y á _San
Jacinto_ á la izquierda, con la cornisa intermitente de la lejana
sierra Rocallosa ó Nevada entre la falda verde y el cielo azul. Las
olas de oro de los trigales maduros ondulan suavemente hasta el pie de
los collados, tapizados de viñas, praderas y follajes. Los _cottages_
rojos y blancos, las villas y quintas lujosas se levantan sobre un mar
de parques y verjeles. El paisaje todo ha revestido un gran aspecto
de riqueza y abundancia, sin perder nada de su belleza pintoresca.
Me aparece como una inmensa mesa puesta, el valle bíblico de la
Multiplicación, eternamente abierto á las caravanas del viejo mundo
que se juntan aquí: las de la cuna europea, militantes y civilizadoras
que ya tienen poblados y plasmados los Estados del este; las del Asia
antigua, derramadas por el pululante Oriente, y que llegan de isla en
isla por el incomensurable mar Pacífico, á manera del caminante que
cruza un vado á flor de agua asentando el pie en las rocas sucesivas.
Al contemplar lo que este pueblo ha sabido hacer con el territorio
desnudo que los mejicanos le entregaron, está el observador á punto de
imponer silencio á la voz de la conciencia que protesta en nombre de
la justicia absoluta y del «imperativo categórico», para reconocer que
la virtud del esfuerzo laborioso y la magnitud del resultado práctico
legitiman en cierto modo la conquista violenta.—Y es fuerza repetirse,
para formar un juicio cabal de la riqueza americana, que esta risueña
California no es sino una faja estrecha de la inmensa comarca bañada
por dos océanos que, bajo los múltiples aspectos de una producción
intensa, pero casi tan copiosa en otras partes, se despliega, más ancha
que la Europa toda, cuatro veces mayor que la Argentina, desde el
Dominion ártico hasta las Antillas tropicales, al través de todas las
maravillas físicas, de todas las variedades vegetales y minerales, de
todos los recursos agrícolas y fabriles que aseguran para diez siglos
el propio desarrollo de un continente independiente y completo.
Se tiene aquí por vez primera la sensación grandiosa y casi augusta
de una entrada en el vasto Canaán de la nueva promesa.—El más
vigoroso espíritu de la Francia contemporánea habla en cierto lugar
de los paisajes de Milton, que son «una escuela de virtud»[20]. Ahora
comprendo lo que ha significado. Ante esta radiante sonrisa de la
tierra americana, no sé qué júbilo generoso é impersonal me dilata el
pecho; una salve íntima, una efusión enternecida y cordial se remonta
á mis labios, derramándose como una bendición sobre este recuperado
paraíso, que parece estremecerse de gozo bajo la tibia caricia de la
mañana estival. Desnuda de historia, sin el prestigio de los recuerdos
seculares y las leyendas, llega esta Cibeles occidental á la soberana
belleza por el solo atractivo de su seno fecundo, donde quiera
impregnado de sudor humano: por el único encanto omnipotente de su
juvenil exuberancia y venturosa plenitud.
Ahora, á uno y otro lado de la vía, las plantaciones de todas clases,
los cultivos y verjeles se suceden interminablemente. Las residencias
campestres, los ingenios variados, molinos, lagares, destilerías,
fábricas de frutas conservadas, depósitos y embarcaderos, jaspean de
islotes rojos y blancos el archipiélago de verdura. Cada estación es
una ciudad ó una aldea, ganglio comercial de donde irradian ramales
y tranvías. Á partir de Redlands, los vagones de fruta obstruyen los
apartaderos de la línea—y es tal el hacinamiento, que por la vista
sola nos sentimos saciados de duraznos y albaricoques, de ciruelas y
melones—hasta de esas deliciosas naranjitas sin semilla (_seedless_)
que aquí se apellidan _Washington Navel_, aunque la variedad haya sido
importada de Bahía[21].
En Colton, risueña villa de tres mil almas, que nació ayer y ha
crecido más rápidamente que sus naranjales, se juntan las dos grandes
líneas del _Southern Pacific_ y del _California S. Railroad_. Nos
hallamos casi en el centro del maravilloso valle de San Bernardino,
oasis en otro oasis, cubierto hacia el litoral de _winter resorts_ y
sitios balnearios, y cuya cabeza de distrito se divisa á tres millas
por el norte; produce algunos de los mejores y más famosos vinos de
California; de aquí parten durante el verano los trenes especiales de
frutas que se distribuyen en todos los mercados de los Estados Unidos.
Las fábricas de conservas yerguen por todos lados sus altas chimeneas
empenachadas: la sola _Colton Company_ emplea quinientos obreros de
taller y despacha diariamente 4000 cajas soldadas. Por cima de la
falda y sus bosques de naranjos, algunos picos nevados añaden la
grandeza á la gracia de la decoración, trayéndome el recuerdo de la
Yerba Buena tucumana; mientras que un poco más lejos, en Cucamongo, ya
célebre por sus viñedos, veo surgir como un trasunto del pintoresco
valle de Santiago de Chile. Y así, por todas partes, las poblaciones
agrícolas amojonan de milla en milla el rico suelo de esta Arcadia
industrial, hasta Los Ángeles, donde llegamos esta tarde para volver á
marchar cuatro ó cinco horas después: Ontario con su colosal avenida
de palmeras y naranjos que se prolonga hasta el pie de la sierra;
San Gabriel y sus limoneros; Santa Anita sembrada de ranchos, donde
una sola hacienda (la de Baldwin) tiene plantados 60.000 acres de
viñedos—poco más ó menos la superficie total de caña dulce ó viñas
(1892) de toda la Argentina. Aquí y allá, en medio de los sonoros
nombres mejicanos—de tal suerte estropeados que los desconocerían
sus propios padres,—la fantasía cursi de los recién llegados ha
emperifollado este antiguo territorio de pueblos indios y tolderías con
apelativos mitológicos: Arcadia, Hesperia, Pomona, etc.; y no resulta
la mezcolanza barroca en demasía, en esta hora al menos ¡tan real es
la gracia bucólica del paisaje, tan diáfano el ambiente impregnado de
vegetal fragancia y eliseano frescor!
Los Ángeles.
Á pesar de ser ya toda una ciudad yankee, encuentro en Los Ángeles
ciertos vestigios aún muy perceptibles del indeleble origen criollo y
del invencible encanto español. Esta impresión inequívoca—que sentiré
en el mismo San Francisco—no está sugerida solamente por los nombres
de algunos sitios y familias. Á cada instante se descubren en los
arrabales, cruzados por el tramway eléctrico, reliquias materiales y
hasta sociales de la antigua población: por ejemplo, en el umbral de
estas casuchas de adobe, son, á no dudarlo, criollos mejicanos los
que están engullendo _tamales_, ó zangarreando la guitarra durante la
siesta. Han quedado familias Delvalle, Coronel, Pacheco, Sepúlveda,
que desempeñan cargos concejiles y poseen aún inmensas haciendas. La
fiesta anual de la «tribu» Delvalle es una solemnidad famosa en toda
la California; aquí los «notables» de ayer figuran todavía entre los
_prominent_ de hoy ...
Pero no son más que vestigios. La antigua misión de la «Reina de los
Ángeles», que el comandante Frémont tomó sin combate en 1847, no era
sino una pobre aldea de dos mil indios y mestizos, tan atrasados ó
indolentes que no se cuidaban de explotar los conocidos placeres
auríferos de sus arroyos. Los Ángeles es ya una hermosa ciudad de
60.000 habitantes, extranjeros en su mayoría, cuyo vuelo prodigioso
data de los últimos años: en 1880, no había triplicado aún la cifra
primitiva de sus pobladores; y lo demás en proporción. No pasando
de esa fecha los más importantes centros agrícolas del condado,
son naturalmente más nuevos aún los valiosos edificios públicos y
privados de la flamante ciudad, y todos los órganos materiales y
morales que constituyen, _ne varietur_, el progreso entendido á la
yankee.—Ya encontramos en Los Ángeles las gratas alamedas sombreadas,
con sus pintorescas residencias y chalets de _bay window_ y gradería
exterior; los enormes _buildings_ de ocho á quince pisos con fachada
de columbario; los bancos pseudogriegos y templos neogóticos,—toda
la fabricación al por mayor de la «arquitechería» americana. Desde
la California hasta el Massachusets, sin otros matices que un exceso
de pesadez ó riqueza decorativa en los emporios más advenedizos,
encontraréis reproducidos, en cada población, no sólo la misma
estructura material, desde el _Masonic Temple_ hasta el hotel _mammoth_
con sus bars y ascensores, sino los mismos órganos previstos de
la vida urbana, los mismos accidentes del grupo social: escuelas,
teatros, vagones, tramways con su invariable tarifa de cinco _cents_,
avenidas de enlosadas aceras donde la luz eléctrica recorta duramente
las siluetas, etc., etc. Es siempre la ciudad yankee, indefinidamente
reproducida, y sin más elemento diferencial que el costo y el
tamaño—es decir la cantidad. Los Ángeles es un fragmento de San
Francisco, Denver un pedazo de Filadelfia, Cincinnati una mitad de
Chicago. Hay más habitantes en la antigua capital de los puritanos
que en la reciente Sión de los mormones: por tanto, mayor número de
manzanas edificadas,—pero, _mutatis mutandis_, las construcciones
públicas y privadas son tan parecidas en una y otra, por dentro y por
fuera, como el _New York Herald_ al _Chicago Herald_, como el policeman
de capote gris y casco de punta, plantado en una esquina de Boston,
es idéntico al policeman de guardia en una esquina de Pittsburg. La
concreción urbana está vaciada en un solo molde: fuera de los sitios
naturales, los Estados Unidos son un monstruoso _cliché_. De ahí el
tedio profundo que se desprende de su masa gigantesca y uniforme para
el _turista_ superficial, que vaga de calle en calle y de hotel en
hotel sin nada sospechar del alma americana. En Europa, las cosas son
más interesantes que los hombres; acaece lo contrario en este mundo
en formación, mejor dicho, en fabricación. Aquí el producto humano
es tosco y primitivo, en proporción de su enorme magnitud—como ha
sucedido en el mundo orgánico;—la obra provisional es inferior al
obrero, no pudiendo aquélla interesar al filósofo sino en cuanto sea
indicio documentario y síntoma del espíritu que la realiza—y por esto,
precisamente, la mayor parte de las _Impresiones_ de tanto _commis
voyageur_ de la literatura se extasían con exceso ante los colosales
montones de hierro y ladrillo: celebran el volumen prodigioso del banco
de coral, haciendo caso omiso de la madrépora viva que lo levanta sin
tregua en el seno del mar.—Procuraré emplear otro procedimiento; y,
desde luego, pienso que me fastidiaré muy poco en esta pretendida
patria del fastidio.