tendrían explicación análoga. En la cifra del comercio anual, que
alcanza á 150 millones de pesos, ocupan el primer rango, en los
artículos de exportación, los metales preciosos explotados por
compañías inglesas y _yankees_, y el henequén que el Yucatán despacha
á Nueva York ¿qué tiene ello que ver con el gobierno de Porfirio Díaz?
Sería tan lógico abonarle en cuenta ese desarrollo comercial, como
responsabilizarle por la baja reciente del henequén ó la diminución
en 39% del valor de la plata, que era la principal exportación del
país, y cuya baja reducirá las cifras comerciales á lo que fueran
antes de la dictadura.—Instintivamente habréis comparado como yo esos
guarismos totales á los correspondientes entre nosotros. Si prolongara
el paralelo sería todavía más instructivo. Aun teniendo en cuenta el
valor bastante superior de la moneda, esos guarismos son inferiores
á los nuestros. Méjico constituye uno de los territorios más ricos
del mundo, y su población alcanza á unos 11.600.000 habitantes. Ahora
bien, entre esa masa hay 11.000.000 de indios puros ó mestizos. Este
dato demográfico basta por sí solo á dar razón de la historia, de
la dictadura, del estado general del país—y hasta de esa singular
ilusión óptica, que les hace creerse ricos porque producen y gastan
proporcionalmente menos que la mayoría de los pueblos americanos.—No
me cansaré de insistir en la importancia de este doble dato demográfico
correlativo en las regiones hispano-americanas: las cifras absolutas
del elemento europeo y del elemento indígena. Ello da la clave del
resto. La latitud y, como consecuencia, la afluencia europea, por
una parte; la ausencia de grupo indígena compacto: he ahí la doble
condición del progreso americano. La raza inferior autóctona es un
obstáculo tanto más poderoso, cuanto más numerosa y relativamente
«civilizada» haya sido al tiempo de la conquista y durante la era
colonial. «No se pone vino nuevo en odres viejos». La palabra de Cristo
significaba que los judíos estaban más distantes del cristianismo
que los gentiles; y puede repetirse, con idéntico alcance y absoluta
exactitud, para demostrar que los pueblos americanos, embarazados
de fuertes poblaciones aborígenes y productos mestizos, vagaran más
de «cuarenta años» en el desierto bárbaro antes de divisar la plena
civilización. Las únicas naciones que no han pactado con el indígena,
que lo han barrido al desierto donde se extingue lentamente, son las
extremas del continente. Con instrumentos y resultados todavía muy
desiguales, han asumido ó asumirán la hegemonía—repitamos lo que
es bueno repetir—de su respectivo grupo continental, realizando
á despecho del anticuado criollismo lugareño el trasplante de la
civilización europea en América.
* * * * *
Á las seis de la mañana, alzada la cortina de mi «alcoba», miro pasar,
desde la camilla del Pullman, el grato y reposado paisaje mejicano. La
campaña está densamente poblada; por todas partes los dorados trigales
cubren el suelo, prolongando los setos de sus límites hasta el esfumado
horizonte, y la rubia llanura de Guanajuato se extiende como un inmenso
y rayado zarape en el telar. Se almuerza en Silao, á las 7.45; es el
«plan» americano que se inicia. El almuerzo, de cinco ó seis platos
regados con té, al levantarse; la comida, muy parecida, á la una; por
fin la cena, más y más idéntica, á las seis. No se consigue nada en
los intervalos: el viajero no come cuando tiene apetito; debe tener
apetito cuando es hora de comer. Hasta para el estómago es el viaje
una provechosa disciplina: el déspota de la vida regalada pronto se
vuelve un esclavo obediente y elástico; y nunca me he sentido más sano
que bajo este régimen pasivo y reglamentario. Naturalmente, el humor
anda al compás del estómago; fuera de algunas rachas inevitables
de melancolía, estoy dispuesto, sufrido, casi alegre. _Mens sana in
corpore sano._ La sola satisfacción de ver, estudiar, comprender
aspectos nuevos del universo, llena todas las horas de cada día. He
escrito en mi cartera, leo y practico con la posible exactitud esta
máxima profundamente filosófica: «Es inútil irritarse contra las cosas
...» Ahora bien, los reglamentos, los empleados, los guardafrenos,
los _waiters_ negros ó yankees,—y agregad una docena de etc.,—son
«cosas» que con vuestro enojo pasajero no lograréis modificar en lo más
mínimo. Una vez clavada esta idea racional en el cerebro, todo marcha á
maravilla. Estoy seguro—y satisfecho—de haber dejado en todas partes
una impresión de bonachonería; afirmo que, junto á mi cuenta saldada,
cada «hotelero» ha debido de escribir irresistiblemente en sus libros
este certificado de buena conducta y exactísima filiación: «viajero
español; buen apetito; tranquilo, paciente, conversador».
De Méjico al Paso del Norte, frontera de los Estados Unidos, hay
dos mil kilómetros que se recorren en sesenta horas. La cinta es un
poco larga, sobre todo mientras se cruza los desiertos y médanos de
Zacatecas y Durango. Tengo la impresión de la travesía entre el Recreo
y Frías; pero falta la charla de las estaciones, y el conductor que
solía allá dar la orden de marcha con esta fórmula desprovista de
severidad: «Cuando guste, don Pablo ...»
El trecho de Chihuahua rescata su aridez con lo pintoresco de sus
montañas mineras. Por sobre puentes y viaductos, el tren atraviesa la
región de los minerales famosos; los ramales se destacan para Sierra
Mojada, donde cinco ó seis grandes compañías explotan la plata.
Los ingenios de Santa Eulalia se yerguen en la áspera serranía,
acribillada de negras bocas de minas; y entre el velo azul del
crepúsculo, los blancos campanarios de Chihuahua se proyectan en la
falda, dominando la torre cuadrada de la Moneda, que fué cárcel del
patriota Hidalgo. Á la mañana siguiente se llega á Ciudad Juárez,
última población mejicana, separada de Paso del Norte por el río
Grande: cambio de tren, visitas aduaneras, etc. Pero todo se facilita
merced á las agencias.
Ciudad Juárez y El Paso, que se miran por sobre el río, presentan
inmediatamente la exacta medida del contraste sociológico entre los dos
países: á pesar de su antigüedad, la población mejicana, soñolienta
y estacionaria, ha quedado como un arrabal de la americana nacida
ayer. Cruzamos el río Grande; llegamos á la estación del Paso, donde
estaremos dos horas, esperando el tren de la _Southern Pacific_, para
Los Ángeles y San Francisco. Me meto en un inmenso _mail-coach_ tirado
por cuatro magníficos tordillos percherones: calles con alamedas,
_cottages_ flamantes con techo de listones, residencias de ladrillo
rojo con la gradería central y su parche de césped; una gran _church_
gótica que aplasta la vecina iglesia católica; _buggies_ manejados por
muchachas rubias; anuncios, carteles ciclópeos. En el _Hotel Pierson_,
donde almuerzo, encuentro en la mesa cinco ó seis señoras solas, de
bata blanca, bebiendo agua helada y comiendo choclos á mano limpia, con
un diario por delante. Miro por la ventana: la casa de enfrente tiene
una escalera recta con un anuncio patético por través de cada grada.
Primer escalón: _Have you a family?_—segundo: _God bless your family!_
etc., etc., hasta el piso superior. ¿Quién hisopea así á mi familia
lejana con tan sentida bendición? Es una compañía de seguros. No hay
duda posible ¡estoy en los dominios del tio Sam!
En el umbral yankee
Experimento una sensación extraña, del todo nueva para mí; es sin duda
sincera y espontánea, puesto que la encuentro apuntada en mi cartera,
en el momento mismo de haberse producido. Más exactamente: percibo
una sensación fundamental á la cual se juntan dos ó tres secundarias;
del propio modo que, con tocar una sola tecla del piano, despertáis
el séquito de la tercia, de la dominante y de la octava, que vibran
en acorde perfecto con la tónica. Las sensaciones secundarias—para
despacharlas de una vez—son meramente personales; el cambio brusco
de la lengua y de los hábitos centuplica al pronto la distancia: para
mí, entre El Paso y Ciudad Juárez, no media la estrechez del río
fronterizo, sino la inmensidad moral de un océano. Durante meses, como
una astilla flotante sobre las olas, paréceme que voy á ser traqueteado
por fuerzas contrarias y muy superiores á las propias. Tendré que
amoldarme á una vida nueva; deletrear laboriosamente un texto casi del
todo desconocido; balbucear con esfuerzo permanente una lengua que no
es la nativa, ni la que me he asimilado sin trabajo durante la fácil
y elástica juventud. Desde luego percibo el desgaste cerebral, la
tensión fatigosa del rudo aprendizaje, la tarea extenuante, continua,
proseguida de la mañana á la noche de cada día, de prestar atención,
no sólo á las cosas é ideas imprevistas, sino á cada expresión, á cada
palabra, á cada giro extraño, para comprender y hacerme entender. Me
incorporo á una columna en marcha, lanzada á galope tendido por la
llanura inmensa ¡y monto un caballo maneado!...
Y como en el acorde armónico,—¡oh! en modo menor, no hay que
dudarlo,—otras previsiones debilitantes y depresivas se suceden en mi
imaginación. Ese mundo donde penetro, no es solamente extraño y nuevo:
lo presiento hostil, antipático á mis gustos incurables de desterrado
artista soñador, á mis tendencias exasperadas y aguzadas por veinte
años de juicios absolutos y de soledad intelectual. Yo, que me hallo
desorientado en el París cosmopolita y frívolo de la «ribera derecha»,
de los bulevares y del _Figaro_ ¿qué vengo á ver en este reino del
industrialismo, de la fuerza brutal, de la vulgar democracia y de la
fealdad? El sordo acorde de las notas depresivas continúa así, durante
algunos minutos; me siento desalentado, abrumado, «muy chiquito», y
me arrincono en el ángulo del vagón, no pudiendo meterme debajo de la
banqueta y desaparecer como en su concha el caracol ...
Pero la reacción se produce muy pronto: la nota fundamental se levanta
vigorosa y plena, acallando desdeñosamente todas las otras, y, á poco,
tan sólo ella se deja oir.—El mundo actual está cumpliendo una de
sus evoluciones seculares, una de sus «épocas» históricas. _Magnus
sæclorum nascitur ordo._ Fuera pueril, á pretexto de preferencias
personales, desconocer lo evidente, y, á semejanza del niño que cree
producir la obscuridad cerrando los ojos, pensar que basta negar el
proceso inminente para que se difiera por una hora su ineluctable
advenimiento. La humanidad moderna ha sido nuevamente fecundada á
fines del pasado siglo: durante la centuria de su dolorosa gestación,
ha vagado por la tierra, en cinta del porvenir, incierta de la hora y
del lugar del alumbramiento, vacilando entre la Francia luminosa, la
Germania profunda, la misteriosa Eslavia, el Asia remota y tradicional
... No lo dudéis ¡es aquí donde ha procreado! El advenedizo caserío de
Belén ha sido preferido á la noble Jerusalén del templo histórico y de
los esplendores antiguos. Signos inequívocos así lo manifiestan en el
cielo y la tierra: una constelación reciente fulgura en el firmamento;
y he aquí á los reyes del Oriente que depositan ahora en el establo
predestinado, el oro, el incienso y la mirra de la consagración. No
reparemos tampoco nosotros en el pesebre originario, ni profiramos
la blasfemia farisáica, diciendo del recién venido: «¿No es ese el
hijo del carpintero?» Pues, en verdad os digo que los tiempos están
cumplidos: se ha abierto el Libro de los siete sellos, y, de pie en el
umbral del siglo veinte, la joven América inaugura la novísima etapa de
la errante y siempre ascendente humanidad.
Ahora bien, me toca en suerte estudiarla y acaso comprenderla en la
hora eficaz de la vida, en la plena madurez, cuando ya disipadas las
fumosas pasiones juveniles y antes de la decadencia física y mental,
goza el espíritu de su completa autonomía. ¿Y renunciaría á este
beneficio inapreciable, malbarataría esta ocasión única de ensanchar
para siempre mi horizonte intelectual, tomaría una actitud rebelde y
negativa, porque este mundo nuevo es diferente del viejo, y pertenezco
á una raza más fina y artística? No, seguramente: tal no ha sido mi
propósito y, Dios mediante, tal no será mi tentativa. Esa lengua nueva
que balbuceo apenas, la aprenderé, la sabré, agregando, como dice
Gœthe, un alma nueva á mi alma latina; y, además de la lengua que es el
instrumento preciso, estudiaré el múltiple organismo que surge, cual
otra Delos flotante, á la superficie de la civilización.
Recorreré, después de tantos otros, regiones y ciudades; pero más
con el objeto de observarlas como síntomas externos, que con el
fin de presentar un cuadro, ya hecho diez veces, de su agrupación
material.—El libro de James Bryce, admirable análisis del organismo
político, quedará probablemente definitivo para veinte ó treinta años:
aunque se tuviera para ello fuerzas y tiempo suficientes, sería vano
rehacerlo. Lo que no se ha despejado hasta ahora de la estructura
política y del enorme laboratorio material de los Estados Unidos, es
el principio director, el _primum movens_, la célula vivificante de
la masa entera y, para decirlo todo en una palabra breve, el alma
_yankee_[18]. Iré á todas partes, viviré con ellos en los congresos,
en los teatros, en las calles, en las escuelas, en los templos, en
los talleres; me sentaré á su lado en el hogar,—y aquí es, sin duda,
donde más aprenderé;—hablaré con los hombres, las mujeres y los
niños: me haré uno de ellos. Todo lo anotaré y compararé, sin reparar
en repeticiones ó contradicciones; todo lo recordaré y expresaré
ingenuamente: el bien y el mal, lo grandioso y lo miserable, lo
grotesco y lo magnífico; y después, tal vez me sea dado poseer la
energía y la amplitud intelectual bastantes para ensayar, en veinte
páginas substanciales, la síntesis de esa alma dispersa y colectiva
que, según la expresión clásica, vivifica y agita la mole colosal.
¡Oh! bien sé de antemano que no podré prescindir, sobre todo en
estas páginas volantes, de escribir alguna vez con mis nervios
exasperados. No hay envoltura filosófica que no se raje por partes en
ciertos momentos, bajo el rudo contacto diario de hábitos y gustos
contrarios á los propios. Quiero dejaros de antemano prevenidos. Pero,
en esos mismos momentos nefastos, creo que no incurriré en error
positivo; hasta creo posible que esas pinturas _ab irato_ resulten
menos flojas y desteñidas que otras mías. «El arte, decía Delacroix,
es la exageración.» Entonces, el rayo visual llegará al objeto—ó
vice-versa, si preferís—pasando por el lente de la pasión; nada será
falsificado ni omitido; pero sí todo presentado con excesivo relieve,
y generalizado lo circunscrito. Preveo, no obstante, que esos momentos
serán raros. Y asimismo, se producirán en un medio moral de sincera y
real simpatía. El corazón me dice que voy á querer á esos cíclopes.
Ahora bien, la simpatía es condición necesaria para conocer á fondo;
Carlyle ha dicho esa palabra profunda[19]. Con el querer agregado á la
mente, acaso no resulten mis estudios del todo malogrados é ineficaces.
Toda grandeza despide algo de solemne y casi divino. Como lo dice el
título mismo de una obra monumental, que seguirá estudiándose después
que todas las de Spencer hayan sido substituídas: el mundo no es
únicamente una «representación», es también una «voluntad». Este cetro
de la voluntad es el que, según creo, ha pasado á manos del pueblo de
los Estados Unidos ...
Tal es el candoroso examen de conciencia que hago, al pisar los
umbrales del tío Sam.
X
CALIFORNIA
Por cierto que la entrada en los Estados Unidos, por Méjico y el Paso
del Norte, carece de atractivo pintoresco. Á despecho del _puff_
atronador alzado por los diarios y guías, de los ferrocarriles de
explotación y las agencias territoriales _ídem_, que de consumo
multiplican los gigantescos reclamos, este pobre territorio fronterizo
casi no encuentra comprador ni habitante. Dista mucho de pagar lo
que ha costado. El «lanzamiento» ó _booming_ del extremo sudoeste se
presenta tan laborioso como el casamiento de una muchacha fea y sin
dote, por más que, según sus tutores, ofrezca miríficas «esperanzas»
para el lejano porvenir. Ni la conquista yankee ni los subsiguientes
tratados de anexión han logrado modificar el aspecto del invencible
desierto que, para el viajero, se presenta siempre como una mera
prolongación de los estados mejicanos de Chihuahua y Sonora.
Los que algo retienen de historia moderna, no han olvidado la grita que
levantó el partido nacional contra los «afrancesados» de Maximiliano,
al solo anuncio de la cesión de Sonora, consentida ú ofrecida al
gobierno francés. En el fondo, el regalo era mediocre. Á trueque de
la posesión inútil y precaria de una estación naval en el callejón
sin salida del golfo californiano, Francia hubiese adquirido, además
de algunas minas riquísimas que nunca han cubierto los gastos de
explotación, la más floreciente comarca de bandolerismo que exista en
el mundo. Los historiadores indígenas no se han aplacado á nuestro
respecto; después de treinta años transcurridos, suelen hablar aún con
amargura de la «avidez francesa». En cambio, no guardan mal recuerdo
de la brutal invasión que en pocos años puso la mitad de su territorio
en poder de los Estados Unidos, haciéndoles ceder por la fuerza ó
de mal grado (tratado de Guadalupe Hidalgo), además de Tejas, los
territorios de Nuevo Méjico y Utah, las vertientes del Colorado y la
opulenta California. Sin duda se consuelan con saber que todo ello es
una aplicación correcta de la sacrosanta doctrina de Monroe, y así se
dejan mutilar «por persuasión». Hoy más que nunca se enorgullecen con
la amistad del poderoso tío Sam: proclámanse sobrinos suyos, á la moda
de Bretaña—ó de Polonia—y no esperan sino la ocasión de otro congreso
pan-(y circenses) americano, para expresar su cumplida aquiescencia.
¿Quién dijo que á la cazada liebre poco le importa saber á qué salsa
habrá de aderezarla el cazador? ¡Error profundo! Los mexicanos quieren
la salsa yankee, sazonada con gruesa pimienta humorística; pues bien,
sin ser profeta, puedo asegurarles que, día más día menos, serán
_servidos_ á su paladar ...
Del Nuevo Méjico, que la línea férrea descantea por el sudoeste,
y del Arizona (_Árida zona_ ¡admirable bautismo!) que cruza en su
mayor anchura, no divisamos sino vastos desiertos de arena, cubiertos
de cactus enanos y espinosos brezos que se retuercen en el suelo,
acorchados por el sol, cual haces de sarmientos en el fuego. Faltando
en absoluto la humedad, cualquiera hoja de arbusto aborta en espina;
y echo de menos los montes de algarrobos y caldenes que arrojan una
sonrisa triste en nuestras más tétricas travesías de Catamarca ó San
Luis. Ni una habitación, ni un árbol frondoso durante leguas y leguas:
ningún vestigio de vida animal ó vegetal que no sea aquella maleza
descolorida—ni una mancha verde en que pueda la vista descansar. En
las cercanías de Dragoon Summit, el tren costea una interminable salina
reverberante, comparada con la cual la nuestra de Totoralejos parecería
un oasis. El implacable sol de junio enciende y hace vibrar la napa
cristalina de ese Mar Muerto, con un insoportable y ardiente espejeo de
hoguera, sin un matiz sombreado en la tierra ni un celaje de nube en el
cielo metálico. Siento que vaga en mis labios una fórmula propiciatoria
que bien pudiera ser la oración _ad petendam pluviam_. ¡Oh sí! fuera
una bendición, una hora de lluvia copiosa y fresca que haría brotar
mágicamente la savia invisible de los gérmenes por doquiera esparcidos
y desecados. Me vuelve á la memoria el himno encantador é infantil de
San Francisco de Asís al agua próvida, fecunda y casta ... ¡Qué bien
se concibe en esta travesía el viejo culto ariano por las fuentes y
los arroyos cristalinos! ¡Cómo se comprende que las tribus nómades del
mundo antiguo hayan divinizado el agua bienhechora, por ser el alma de
la tierra y, con el aire y el fuego, el principio de la vida universal!
Varias compañías americanas han acometido la empresa de canalizar
ampliamente el río Grande, que cruza inútilmente esta región. La
solución teórica del problema es tan sencilla como costosa su práctica
realización. No es para nadie dudoso que á la larga el Arizona
«pagaría», como aquí se dice; pero ¿cuándo? _That is the question._
En estos países nuevos y febriles, hombres y cosas viven de prisa, y
los grandes capitales no suelen arriesgarse y correr el albur de los
resultados á plazos largos. No hay que contar con el apoyo del tesoro
federal, en forma de subvención ó garantía. ¡Pasaron los bellos días
de la plétora monetaria! El mensaje con que Cleveland ha inaugurado
su segunda administración no se parece en absoluto al que clausuró la
primera y le costó su reelección: ya no se trata de discurrir el mejor
empleo de los _superavit_ ni de conjurar el peligro de la obstrucción
metálica.—Por otra parte, estos lejanos territorios, que no han sido
aún incorporados á la Unión federal, representan casi el extranjero ...
Ahora bien, es un error pensar que los yankees tengan grandes capitales
disponibles para empresas exteriores. El canal de Nicaragua está
interrumpido, después de languidecer dos años á la espera de los medios
que no han llegado; ninguna línea férrea valiosa de Méjico se encuentra
en manos americanas; y en cuanto á sus obras importantes en el Perú,
sabido es que se han proseguido merced á concesiones ó garantías
fiscales, es decir, con dinero peruano. Son los ingleses los que tienen
el capital expansivo—como los franceses el ahorro crédulo ¡para correr
ingenuamente las peores aventuras!...
De trecho en trecho, una minúscula estación en este desierto inhabitado
sirve de pretexto á un alto breve y melancólico. ¿Quién es el náufrago
de la vida ó el incurable forjador de quimeras que ha podido dejar
á su espalda las praderas del Oeste, casi vírgenes aún, repletas de
recursos y esperanzas, para aceptar este destierro de jefe de estación
en la desconsolada soledad?—Y con todo, tal es la savia exuberante del
organismo americano, que desde su centro irradia al punto más extremo
algo de su virtud civilizadora. Merced al pozo cavado por la Compañía
del _Southern Pacific Railroad_: en torno de la casilla de «pintado
pino», juguete nuevo que no ha de salpicar nunca una mancha de barro,
se yerguen algunos arbustos en una huerta de un cuarto de acre; las
capuchinas y arvejas odoríferas se enredan en los postes y verjas de
abeto; pavos y gallinas pecorean acá y allá; una cabra retoza en un
cercado verde, poco más ancho que un paño de billar. Por la ventana
abierta, con sus cortinas de muselina, se entreven muebles de _pitch
pine_, esteras, un _rocking-chair_, diarios y _magazines_ sobre una
mesa: todo ello arreglado, sacudido, deslumbrante de orden y aseo—¡la
virtud nacional!—pronto para recibir á cualquier hora las visitas
que no vendrán jamás. La joven dueña de casa, de blanco delantal,
sube al andén y recibe su canasto de provisiones, levanta con largas
tenazas su trozo de hielo, hilvana con el maquinista ó el guardatren
un diálogo puntuado con risas y exclamaciones. Es su única _échappée_
diaria sobre el mundo exterior. Pero suena una campanada, un silbido
agudo rasga brutalmente la charla amistosa: «Vamos ... ¡hasta la vista!
_Good bye, Mrs. Paine!_» El tren se escurre, y hasta mañana quedará
cerrado el paréntesis. Éstos han traído la bocanada de viento de Nueva
Orléans, otros traerán luego la de San Francisco, y ello bastará para
no abandonarse y sentirse vivir.
Con el gran silencio de la tarde que cae, la estación vuelve á ser
presa del desierto inconmensurable. Pero la compañera fiel, enérgica
y dulce, alegra la casita, del propio modo que las enredaderas y el
césped sus cercanías. Como un faro en el mar, estrella la obscuridad
la lámpara del _home_ humilde, donde el padre lee los diarios y la
madre la Biblia, en el silencio ritmado por el tic-tac del reloj y la
respiración de los niños dormidos.—Más allá de Bowie, en el desierto
siempre, dos rosadas niñitas, vestidas del mismo percal rayado y
encaramadas en una potranca flaca, se acercan á nuestro _car_: se rien
sin descanso ni timidez, mostrando sus dientes blancos en sus graciosos
palmitos tostados y pecosos de durazno pintón. Acaso, dentro de cinco
ó seis años, les toque proseguir en Denver ó San Francisco la gran
aventura de la vida, y no les habrá perjudicado este rudo aprendizaje
de la primera edad. Les alcanzo naranjas por la ventana y me alejo con
el pesar de no abrazarlas ...