La posada en que he parado, por recomendación de mi compañero de viaje,

es una abominable barraca, y la noche es cruel en mi hamaca de tortura,

librando hasta el alba descomunal batalla con los mosquitos. Al fin

me han vencido; y cuando entra á las ocho mi yucateco, más que nunca

entusiasta de su Mérida «para él dulce y sabrosa», necesito verdadera

magnanimidad para ponerme á su nivel. Con todo, no resisto á enseñarle

mis manos entumecidas—¿por qué será que la _toilette_ matinal incita

á la chacota?—diciéndole con gravedad: «Sabe usted cómo llamamos

los sabios á este mosquito?»—«No, señor».—«¡Es el mosquito de

cascabel!»—Confiesa que no lo sabía, y recoge el dato científico para

su hija, que tiene escuela.

Después de una hora de espera en la estación, nos anuncian que el

tren no saldrá porque el de Progreso ha descarrilado en la mitad del

camino. El administrador me colma de datos y atenciones; pero cuando

le hablo de despachar inmediatamente un tren de socorro y trasbordo,

me mira con estupefacción: «¡Ah! no, señor; hasta mañana no se podrá.»

Pero, ¡hay un tren á las cuatro, por otra línea, más larga!... Hablo de

tren expreso, de coche, de caballo: todo es imposible. Y veo, en un

segundo de sombría perspectiva, el vapor en marcha para Veracruz; mi

equipaje tirado en el resguardo, abierto, saqueado; y yo, esperando una

semana en esta dichosa Mérida al vapor de Cuba, con dos ó tres libras

en el bolsillo por todo capital, cual otro Judío errante ... Dirijo

una rápida mirada á mi acompañante; pero tiempo há que le medí: como

decimos allá, por el Salado, ha de ser «penca de poca grana». ¡Siquiera

fuera yo jugador de monte, y de «mucha suerte» como él! Maquinalmente,

palpo mi reloj en el bolsillo. ¡Pobre viejo compañero mío, si habrá de

rematar sus correrías en uno de los numerosos empeños de Mérida!...

Me dirijo al telégrafo, un tanto mohino y cabizbajo. No había calado

mal á mi compañero. Por el camino me viene prodigando los consuelos

platónicos: ¿qué importa una semana? tendré tiempo de conocer la

ciudad, etc., etc. Le interrumpo, exasperado: «¡Pero no tengo plata,

ni ropa, ni nada, todo ha quedado á bordo!» Á los tres minutos, mi

buen compadre descubre que está muy apurado: le han brotado de golpe

«un porción de quehaceres urgentes» que le obligan á dejarme. Sin

saber cómo me entra súbitamente un acceso de risa tan incoercible

y comunicativa, que él mismo se ríe también. «¡Vengan esos cinco

yucatecos!»,—y nos separamos entre los arpegios de carcajadas que

nunca se podrá explicar, ni con el auxilio de su hija, la maestra de

escuela.

¡Incauto merideño! hubiera salvado la honra y atrapado otro buen

almuerzo con esperar cinco minutos más. La agencia de Progreso me

contesta que, por la marejada, el _Engineer_ no concluirá su descarga

hasta la tarde. ¡Respiro! Y me encamino solo á la «Lonja» hospitalaria.

Pero ¿cómo matar este terrible día, bajo un sol que á cada instante

raja las pesadas nubes preñadas de tempestad? No es posible almorzar

durante cinco horas. Y vago por las calles achicharradas, en mi calesa

de latón, zurrando sin piedad á mi cochero. Visito la Catedral, Santo

Domingo, que tiene pinturas sorprendentes, aun después de todo lo que

he visto en Sud-América, me apeo en las _sorbeterías_, en una «Librería

meridiana» cuyo nombre así puede derivar de «siesta» como de Mérida

... ¡llego hasta comprar una _Historia y geografía del Yucatán_: me

siento capaz de todos los excesos. Me meto por una escuela cuyo salón

de estudio tiene por mobiliario un pizarrón, una tinaja y dos docenas

de ganchos embutidos en la pared, para las hamacas. Vuelvo á caer

fatalmente á mi «Lonja» de partida. Allí encuentro á un estudiante de

quinto año, mestizo mofletudo, con un libro en la mano izquierda y una

copa de «cognac» en la derecha. El libro es la _Química_ de Pelouze

y Frémy. Como el colegio no tiene laboratorio, parece que el alumno

practica sus análisis en el mostrador. Recojo algunos datos respecto

del personal docente, el plan de estudios, los sueldos. Doy un grito

de admiración al saber que ¡cada catedrático percibe 200 pesos! Pero

tengo luego que envainar mi entusiasmo: son 200 pesos anuales, por diez

meses de lecciones diarias ¡20 $ al mes! ¡Y faltan brazos para enfardar

henequén!

En la estación, encuentro á mi cantorcita del vapor con su inseparable

guitarra. Pero ¡basta ya de guitarras, y de tonadas mayas, y de

vestigios de Mérida! En el tumulto de la tormenta que se ha desplomado

y del granizo que bate redobles en los techos de zinc, me arrincono en

el vagón y me hundo en la lectura de mi tratadito de marras. ¡Ahora no

se dirá que descuido la geografía! La aprendo con frenesí; el Yucatán

es mi cabeza de turco: conozco sus bellezas naturales de Chacsinkin

á Maxcamú; hasta me atrevo á afirmar que las «hazañas espartanas»

(página 60) de los hijos de Tiximin y aun de Toxkokob ya no tienen para

mí muchos secretos ...

Continúa la lluvia, el tren se arrastra jadeante y, á boca de

noche, hago en Progreso mi entrada poco triunfal. El furioso viento

norte levanta la arena húmeda que me azota el rostro. La agencia ha

despachado ya su último bote con la correspondencia; el _Engineer_

tiene izado su gallardete de leva. Por otra parte, me aconsejan no

embarcarme con este temporal. ¡Quedarme una semana en el Yucatán, sin

tener siquiera los medios de organizar una excursión á las admirable

ruinas de Uxmal! Prefiero arriesgar el bulto. Encuentro en el muelle á

un botero que me exprime á su gusto; pero fleto el bote y, por sobre

las embarcaciones amarradas que bailan alegremente, llego á nuestra

cáscara de nuez. El patrón se sienta á la caña, el muchacho empuña una

gafa y nos empezamos á mover. Hay marejada, pero la cosa no me parece

tan fiera. Estoy sentado al viento, en el canto de la borda y, en són

de broma, pregunto al patrón si será caso de volcar. «¿Quién sabe?»

contéstame mal humorado; y luego para infundirme valor me cuenta ¡que

_una vez_ fué á bordo con peor tiempo! El muchacho va á alzar la vela

y me grita: _¡agárrese, señor!_ Siento un formidable _flic-flac_ de

la lona en su amura vibrante, una brusca sacudida que tumba el bote

á la banda; embarcamos un paquete de mar que me baña de la cabeza á

los piés, y comenzamos á correr con una velocidad vertiginosa. El

muchacho me amarra en un gran pedazo de lona, como un salchichón; y

así, estribado contra la borda, la espalda á la ola, pudiendo apenas

respirar y sudando la gota gorda bajo mi capucho, me dejo llevar á

donde quiera Dios. Bajo el viento de través, el bote se recuesta más

y más, rozando el agua como golondrina de tormenta y embarcando á cada

segundo. Por una rajadura de la lona, alcanzo á ver con un ojo una

punta de remo que espero agarrar á tiempo, y un listón de mar obscuro,

orlado de blanco, que pasa con frenética rapidez. Siento que el viento

arrecia á medida que entramos en el golfo desamparado; cada racha,

ahora, salpica en el bote; y á ratos una ola mayor rompe en la borda

con un rumor profundo, al que sigue un sordo crugido: doblo el espinazo

bajo el derrumbe que me sacude hasta hacerme perder pie. Reina un breve

silencio con sensación de parada brusca. Pero la barquilla se recobra

y sigue volando, ladeada como ave herida. Confieso que me aburro un

poco debajo de mi envoltura que apesta á pescado y alquitrán. ¿Cuánto

hará que desaferramos? ¿diez minutos, dos horas?... De repente, la voz

tranquila del patrón: _¡Échale un cabo!_ Me sacudo y asomo la cabeza:

el _Engineer_ surge á diez brazas, negruzco, enorme, en las tinieblas

lívidas. Ya están bajando la escalera; el capitán se asoma á la borda

para espiar la ascensión; dos marineros quedan en el descanso para

arponearme. La atracada está algo enojosa; el bote baila sin tregua

arriba ó abajo del primer escalón, rebota contra la cadena y, cuando

voy á asirme de una mano tendida, ya está á tres metros. No me gusta

la maniobra y la yerro dos veces en la obscuridad. El capitán grita:

_Allow him to come up alone!_ (¡Dejadle subir sólo!) Prefiero eso; me

dejan libre y escojo el buen momento para engraparme en la cadena,

_alone_! Llego á la cubierta con trazas de perro mojado, aguardando un

fuerte jabón del capitán, por la demora. Me muele la mano de un apretón

y me lleva á comer: _A slice of bacon, sir?_—y de puro asustado trago

el tocino sin mascar ...

VII

DE VERACRUZ Á MÉJICO

Después de otros dos largos días de mar,—desde Progreso y

Mérida,—cuando el capitán del _Engineer_ me enseña en la punta de su

anteojo, un poco al sud de la proa, el festón gris perla que remata en

el nevado pico de Orizaba y es el estribo de la gran meseta de Anáhuac,

cuéstame algún trabajo recordar que _vuelvo_ á tocar en Méjico. ¡Son

tan poco mejicanos esos bravos yucatecos que (sin desgarramiento)

acabo de dejar! En hora prevista y acaso próxima, junto con el primer

crugido del bastidor constitucional que disimula apenas la dictadura

de Porfirio Díaz, bastarále al Yucatán condenar el paso estrecho que

por Tabasco le sujeta á la fábrica federal: quedará suelto, á manera

de un pabellón aislado—de arquitectura un tanto original. Más que á

Méjico, es á Guatemala á quien se adhiere fuertemente, como el Río

Grande al Uruguay. Entre Mérida y Veracruz no hay por ahora más vía de

comunicación que la marítima. Ahora bien, como vínculo de nacionalidad

tal conexión es en extremo laxa y deficiente. En sociología, lo mismo

que en física, el agua es mala conductora del calórico.

Los griegos confundían _istmo_ y _estrecho_ bajo una sola designación.

No tenían el concepto vasto de la nacionalidad: un archipiélago

no forma una patria. No llegó nunca á la unidad la misma Grecia

continental, con sus costas acuchilladas por senos y promontorios, sus

golfos obstruídos de sirtes é islas múltiples, centinelas avanzados

de las rivalidades y dialectos locales. El líquido elemento, tan

complaciente para el tráfico y las colonizaciones, conserva las

distancias y se opone á la intimidad política. Las provincias no

están reunidas, sino separadas por el mar: _Oceano dissociabili_,

decía Horacio. El canal de San Jorge ha influido más que otras causas

históricas,—acaso dependientes de la física,—para que Irlanda quedase

infinitamente menos inglesa que la asimilada Escocia. Á despecho de

la proximidad y las tradiciones, la Sicilia no responde plenamente al

estremecimiento nacional italiano: permanece siciliana, y el estrecho

de Mesina es una solución de continuidad. Así entre nosotros: con

hallarse á diez horas de Buenos Aires, Montevideo es otro mundo, el

_extranjero_, á pesar del antiguo y siempre activo intercambio de los

destierros políticos. Si en las horas de fiebre aventurera, hubiésemos

echado un ferrocarril sobre Abra Pampa y la Quiaca, el sud de Bolivia

sería hoy más argentino que la Banda Oriental. Lo que articula, en

efecto, y emparienta á los grupos humanos, es el suelo resistente:

el vertebrado esqueleto terrestre que guarda como una adquisición

definitiva el rastro de cada progreso realizado, y donde cada nueva

etapa de la caravana puebla un desierto ó terraplena un hueco de la

civilización.

Por otra parte, el Yucatán no es mejicano, ni por la raza,

probablemente tolteca, ni por la lengua local—maya—ni por la historia

antecolombiana ó moderna. Siempre conquistado, nunca asimilado, se ha

valido de cualquiera tentativa unitaria del gobierno central para

cortar la amarra federativa y hacer rumbo aparte. Á ratos, suele

salir al mundo que poco se cuida de ello, una república de Yucatán,

cuya existencia legalmente comprobada duró una vez hasta ocho años

¡lo que es sin duda edad provecta en estas Américas centrales![10]

Hasta sucedióle al dicho y dichoso país considerarse muy vasto

para una sola nación. Según la conocida ley de reproducción de los

organismos inferiores, la república se escindió en dos, sin dolor:

el Estado independiente de Campeche, tan ilustre en la tintorería,

se puso también á intentar su ensayo leal, aovando á toda prisa

su correspondiente constitución «campechana» ... ¡Dios mío! qué

interesante y ameno sería todo ello, ¡visto de cerca y estudiado

con amor! En Mérida, con estos ojos que la muerte cerrará, he

recorrido—¡oh! ¡rápidamente!—una _Historia política del Yucatán_,

en dieciseis volúmenes compactos y todavía inconclusa, ¡faltando lo

mejor! Pero ¿dónde está el Meilhac iniciado y erudito, el Grosclaude

convencido y formal, digno de cantar épicamente la Gatomaquia de estas

democracias hispano-calientes?

En los tiempos de sus caravanas libertinas, la región era pobre y

rendía poco jugo en el trapiche federal. Las cosas han cambiado

merced al henequén, cuya fibra es incomparable para la cordelería. Su

exportación se ha decuplicado en pocos años; en el próximo pasado, los

Estados Unidos han absorbido por diez millones de dollars del textil

yucateco, destinado principalmente al engavillado del trigo en el

Far-West. Pero tal éxito ha despertado la infalible competencia. Mis

amigos no dudan del triunfo y miran con desdén las jarcias y maromas

de Bahamas ó Filipinas. Parece, en efecto, que la pita yucateca deriva

su excelencia de la misma aridez del suelo: á ser así, no hay peligro

inminente ¡siempre que nuestro Santiago no entre en la lid!

La administración paternal de Porfirio Díaz no podía asistir impasible

á este empelechamiento de «Cendrillón». Al momento ha decretado

derechos enormes _contra_ la exportación del henequén: es su manera

de alentar la industria nacional. Después de sendas protestas los

contribuyentes han tenido que ceder y pagar, según costumbre de los

pueblos libres. Pero, si la población yucateca estaba ya cansada con el

yugo azteca, no parece que el nuevo impuesto tenga la virtud de hacerla

descansar ... Aztecas, toltecas, yucatecas: bien sospecho que para mis

lectores toda esta micrografía ha de quedar algo confusa, fundiéndose

los matices en la riqueza del consonante. Pero deben creerme bajo

palabra: un abismo separa á unos y otros,—un abismo que he cruzado en

dos días de navegación.

Con este preámbulo sólo quise explicar por qué, al desembarcar en

Veracruz, parecíame que, como mi predecesor Hernán Cortés, pisaba por

vez primera el suelo mejicano.

Veracruz.

Para ser justo, habré de decir, desde luego, que Veracruz lleva á Colón

una ventaja enorme: la de ser, en lugar del principio, el término

definitivo de mi accidentada travesía; por lo demás, tan repelente y

siniestro como aquél,—con la decrepitud por añadidura, y algo que

revela no sé qué convicción mayor, qué arraigamiento más incurable en

el abandono pantanoso y la incuria malsana.

Al paso que vamos entrando en la rada abierta y casi vacía, la famosa

fortaleza de San Juan de Ulúa emerge de su islote madrepórico. Los

españoles la declararon «intomable»: sin duda habrán mudado de parecer

desde que ha sido tomada por todo el mundo. Da lástima su estado

de deterioro actual, y nos preguntamos qué fragmento sólido de esa

ruina podría dar pretexto á otro bombardeo. Una tierra baja, hacia

el sud, es la isla de Sacrificios: el «Jardín de aclimatación» de la

intervención francesa que pobló su cementerio más copiosamente que

todos los sacrificios humanos de la barbarie azteca. La «Villa rica de

la Veracruz» alarga en la playa arenosa y palustre sus casas de azotea

y desteñidas cúpulas. El primer aspecto es mezquino y desmedrado,

pero el segundo es peor.—En mi desdén francés de la geografía, me

imaginaba á la ciudad histórica con su puerto de fama secular, como

á otro Valparaíso, ó, por lo menos, un Callao en plena actividad

comercial, á pesar del clima insalubre: me encuentro con cinco ó

seis buques fondeados[11], delante de una población húmeda y casi

silenciosa. Las estadísticas más veracruzanas declaran un tráfico anual

que es la sexta parte del de Montevideo: es este y por mucho el primer

puerto de Méjico, que cuenta doce millones de habitantes. La marina

de guerra está representada aquí por dos avisos de modelo anticuado,

_Independencia_ y _Libertad_ (¡naturalmente!), que se herrumbran en el

fondeadero, con su cañoncito á popa, arremangando la nariz. Su aspecto

de incuria hace sonreir á nuestros oficiales ingleses. Á pesar de la

corneta que prodiga sus toques de llamada, tres ó cuatro desbragados

marineros se persiguen en la cubierta del _Independencia_, juegan á

empujones. Esta pequeña escena abre perspectivas sobre la disciplina de

á bordo ...

Después de las visitas reglamentarias, dos botes atracan á nuestro

_Engineer_. No soy rencoroso: prodigo los enérgicos apretones de mano

á mis carceleros (_A slice of bacon, sir?_), y me largo con mi petate.

En el trayecto, pregunto á mi botero—un gran diablo negro de piel

flácida y como acardenillada—¿si la fiebre amarilla sigue prosperando

en Veracruz? «¡Ah! no, señor, respóndeme consolante y satisfecho:

¡sólo hay vómito negro!...» Como se ve, la cosa varía de especie y

quedo muy tranquilizado. Desembarco en un pequeño muelle, entre una

docena de negros ó mestizos, sin mucha baraunda. Mi botero es también

esportillero, carrero, etc., con más oficios que faenas; se ofrece para

llevar mi equipaje á la estación, esta tarde ¡requisito indispensable

para poder tomar mañana el tren de Méjico! Mi carrero-piloto, al

ponerme al corriente, se expresa con admirable corrección, ¡acaso

superior á la de los _sacalaguas_ limeños! Ante este _cicerone_ con

aptitudes de Cicerón, tengo que velar sobre mi estilo y envainar mis

_vení_ y _ché_ argentinos. Cuando el purismo desaparezca de Salamanca,

volveremos á encontrarlo en el morro de un negro, bajo un portal de

Lima ó Méjico.

En el resguardo, tengo que esperar el beneplácito de un grueso

personaje que, en su uniforme descolorido y pasado, redacta su

correspondencia: mi baqueano me informa en voz baja que ¡ese es el gran

jefe! Al fin, se levanta el alto funcionario y preside personalmente á

la apertura de los baules. Es severo, meticuloso, inquisidor; sus manos

gordas atropellan mis ropas y papeles: un instante, se ha complicado

la situación, á causa de una botella de pisco ... Con gran trabajo

aplaco á mi galoneado cerbero; al cabo me deja libre de poner mis

cosas en orden, en la calle cenagosa y sin aceras. Ha llovido esta

mañana, lloverá esta tarde: en la atmósfera gris y mal enjugada, vagan

siempre algunas gotas disponibles que se asientan acá y allá. Me pongo

en marcha hacia el _Hotel Universal_, detrás de mi carriola: queda á

dos pasos, según me afirma mi guía; por otra parte, no se divisa un

carruaje en todo el malecón.

El aire acuoso y el cielo bajo forman un ambiente pesado que, desde

luego, fatiga el pecho y relaja los tejidos. Con aprensión invencible,

se cree, se siente que se respira el miasma y la anemia. Compréndese

demasiado cómo, después de algunas semanas, el debilitado forastero

ha de buscar, sin encontrarla, su pasada energía: ha descendido á la

miseria fisiológica del indígena, sin adquirir la relativa inmunidad

de aquél contra las endemias mortales. El enfermo ha de perder pie en

seguida, y el empobrecido organismo buscaría aquí, más vanamente que en

Panamá ó Guayaquil, la reserva de fuerza indispensable para la reacción

... Durante la intervención francesa, las guarniciones de Veracruz se

fundían como cera: hubo de apelarse á los africanos y criollos de la

Martinica.

El aspecto de la ciudad es miserable y decadente: ningún carácter

«propio»—sobre todo en el sentido francés de la expresión;—evoca la

parte más vulgar de otras conocidas poblaciones hispano-americanas,

algo así como el arrabal de Malambo en Lima, ó el de Ultra-Mapocho, en

Santiago. Al llegar al hotel, situado en una pequeña plaza sombreada

y enlosada, pregunto por el «centro» de Veracruz, el barrio elegante

y concurrido: estoy en él ¡es esto!—Las eternas casas con saliente

balcón de madera y ventanas de obscuras celosías, pero sin la nota

pintoresca del Pacífico: se sospecha que no hay nada detrás que merezca

ser visto, y que está puesto el enrejado á guisa de tupido velo sobre

una cara fea. Las calles en declive tienen su arroyo central lleno

de cieno y hierba. Las lepras de humedad se pegan en las paredes, en

los balcones, hasta en el papel de las habitaciones. Las inmundicias

llenan las calles y, por todas partes, de los techos, de las cornisas,

de los umbrales, nubes de buitres negros, de zopilotes enormes bajan á

la calle para llenar su oficio estercorario. Véselos abatirse, gordos

como rufianes, sobre los montones de basura, hundir en los detritos sus

inmundos cuellos pelados, para asentarse luego en la barandilla del

balcón donde, un minuto después, una mujer posará sus manos pálidas.

Háse conservado religiosamente la innoble tradición colonial que

delegaba en esos buitres «carroñeros» la limpieza urbana: un reglamento

los manda respetar, bajo pena de multa. Los zopilotes representan

una corporación, una institución municipal. ¡Y pululan! pareciéndome

su inmundo desparramamiento, su infección visible y semoviente, mil

veces peor que la inerte suciedad. Una _fadeur_ nauseosa de hospital y

cementerio se desprende de los edificios: un vaho de sutil podredumbre

que llena las calles, se insinúa en las casas, se infiltra en los

cuartos, penetra horriblemente las ropas y hasta las sábanas. Lo

arrastro conmigo por donde quiera, á pesar de toda mi agua de Colonia;

me repugna la fragancia de las flores en la Alameda, y ansío aspirar

una acre fumigación desinfectante, un ambiente de agua fenicada ...

Vago por los empedrados; visito, por descargo de conciencia, la «Casa

municipal», algunas iglesias, y hasta la estación del Ferrocarril

Mejicano. Faltan ¡ay! doce horas para el tren libertador. Un chaparrón

me arroja á una librería, compuesta de unas docenas de textos escolares

y novelas españolas con otras tantas pizarras. Descubro un ejemplar del

_Teatro crítico_, roído de moho—¡nunca tendrá más que el estilo del

autor!—y caigo en el conocido artículo de _Los españoles americanos_,

donde se explica que en ellos «amanezca más temprano el discurso, por

la mayor aplicación y continuada tarea de la juventud». ¡Excelente

Padre Feijóo!...

Enfrente de la tienda se alza una iglesia restaurada: «San Francisco!»

me dice el baratillero con satisfacción. Y cruzo la calle,—movido

acaso por la vaga reminiscencia inconsciente de otro San Francisco que,

ahora, comienza á irisarse en la memoria con el resplandor imaginativo

de lo pasado, de lo desvanecido, de «lo que pudo ser», como murmura con

tristeza inefable el simbólico é inquieto Rossetti:

Contémplame: mi nombre es _Pudo-ser_;

También me llamo _Nunca_, _Adios_, _Es-tarde_![12]

Desvarío aparte, compruebo que la iglesia es tan poco original como

su nombre. Es la sempiterna arquitectura recargada y pintorreada

del frailismo colonial, con sus capillas en escaparate, sus altares

relucientes de oropel. Dominando el retablo, un gran Cristo

sanguinolento comba en la cruz su torso magro, púdicamente envuelto

en un calzón de bordado terciopelo, y lleva, en contorno de su rostro

de yeso, bucles de doncella, «tirabuzones» de verdad, cortados en

una frente de veinte años y ofrecidos como _ex-voto_ de penitencia ó

gratitud.

El hotel está regido por españoles, pero servido por criollos:

naturalmente, rezuma incuria y desaseo. Tengo que librar batallas para

conseguir una silla entera, una toalla casi limpia, una almohada

al parecer intacta. Pero la mesonera acude en auxilio de su mozo y

me desarma en un pestañeo. En Veracruz—lo mismo que en Burgos ó

Toledo—nunca he podido resistir á la ingenua filosofía española: á la

patrona maciza y jovial que se para delante de mí, puesta en jarras, y,

sin inmutarse por mis protestas y «franchuterías», raja mi indignación

con esta ú otra salida: _¡Pero, hijo de mi alma, vamos á ver!..._ Quedo

aturdido y acabo por reir.—Como en el patio, pues es preciso comer, á

pesar de los zopilotes: un negro enjambre de moscas acribilla la mesa

y me espera de pie firme; no hay ademán ni arbitrio que las espante,

y caen en el sitio, como la guardia de Waterloo. Tomo el partido de

sepultar mi pan bajo el mantel, mi vaso bajo un plato y así, con ayuda

del mozo que esgrime una pantalla sin comprender tanto remilgo, pruebo

algunos bocados, sin mirarlos demasiado.

Del Plata al Niagara · 第 12 / 35 段