Á la tarde tomo un carricoche y me largo por la ciudad. La posesión

inglesa se revela en todos los detalles de la población, desde el

aspecto reglamentario de las oficinas en la Court House y la amplia

residencia del Gobernador, hasta el cuartel militar, los hospitales y

los asilos: todo ello confortable, macizo, reglamentado. En contorno

del puerto, con frente al mar, las casas de comercio, los depósitos y

barracas se levantan entre arboledas. En el río que atraviesa la ciudad

se apiñan los barcos cargados de caoba y campeche, ó los que van á

cambiar por estas esencias forestales, hasta la frontera del oeste,

sus mercancías europeas. Á esta hora crepuscular una vasta serenidad

envuelve la tierra. Cruzo lentamente por las calles espaciosas,

enarenadas, en que el carruaje se desliza sin ruido como sobre musgo. Á

uno y otro lado de las avenidas las villas de los residentes ingleses,

rodeadas de jardines, alzan sus amplias galerías circulares con las

verdes celosías festoneadas de enredaderas. Se entrevén al pasar

hamacas y mosquiteros, muebles de color claro sobre las esteras, los

grandes cortinajes contra el sol ardiente y deslumbrador: el _home_

británico, tranquilo y confortable, bien acolchado de comodidad

material y de egoísmo. Entre las flores, en los céspedes de terciopelo,

los niños juegan y rien. Por todas partes, los inmensos cocoteros

rayan con sus abanicos obscuros el cielo pálido; las palmeras reales

dominan los techados con sus alas cruzadas como aspas de molino; los

bananeros encorvan sus enormes plumas verdes; los cachús de follaje

deliciosamente tierno columpian á la brisa sus frutas redondas,

semejantes á mangles purpurinos. En una _verandá_, sobre el balcón

donde se retuercen las orquídeas caprichosas, una joven juega con un

mono suelto.

En las veredas, en los umbrales, alrededor de las casillas de tablas

invadidas por la vegetación y la humedad, los negros pululan:

jamaiqueños robustos, trabajadores, militares y marinos que afectan

ya la tiesura inglesa bajo el rojo capillo del soldado ó el casco de

corcho del _policeman_. Los vuelvo á encontrar á orillas del mar, en

una larga faja verde donde, antes del baño, juegan frenéticamente al

_cricket_. Á las cuatro de la tarde todas las casas de comercio cierran

sus puertas, y los empleados, blancos, negros, mulatos, se arrojan á la

playa.—Si á la aptitud colonizadora y al prestigio autoritario juntase

el pueblo inglés el sentimiento generoso y humano del latino, acaso

lograría hacer hombres con estos negros jamaiqueños, quienes, por otra

parte, son en todo sentido superiores á nuestros «compatriotas» de la

Martinica y Guadalupe.

Salimos de la población y atravesamos una verdadera selva, por un

camino umbrío y musgoso que me trae recuerdos de Fontainebleau. El

silencio crepuscular es completo, imponente, religioso: tan absoluto,

que un imperceptible rumor en la zanja vecina atrae mi atención, y

diviso un enorme langostín azulado que arrastra en los juncos sus

patas de lisiado. Cerca de una cabaña una negrita está pescando en una

acequia: al verme, arranca bruscamente su anzuelo con un grito: _fish!_

en una carcajada que dibuja una faja de marfil en su jeta de caoba. Me

río del gracioso ademán, y queda contenta como una cómica aplaudida.

Asoman las primeras estrellas; la luna nueva dibuja hacia el oeste su

fino creciente de oro que, bajo el vago globo ceniciento, remeda una

pestaña rubia orlando un cerrado párpado. En toda la noche quisiera

yo salir de estos senderos sinuosos, de estas bóvedas sombrías,

llenas de calma y encantamiento; pero mi cochero da señales visibles

de inquietud por el extraño viajero que lleva, y hay que volver á la

población,—donde no tengo nada que hacer, nadie á quien ver, fuera del

alemán «carambolero».

Son las ocho de la noche; no me queda siquiera el recurso de comer,

habiendo almorzado á las cuatro. Voy á mi cuarto, enciendo una lámpara

de petróleo y empiezo á tomar apuntes en mi cartera; pero, á los cinco

minutos, las mariposas nocturnas acuden á la luz, lloviendo en mi

cabeza como copos de nieve, y el zumbido de los mosquitos me amenaza ya

con una noche toledana. Hay que cerrarlo todo y salir: _fiant tenebræ_!

Me siento en el mirador que domina la calle. Enfrente del hotel, en

un marco de altísimas palmeras, una iglesia gótica yergue su masa

aguda; me la han nombrado ya: es _Saint-Mary’s Parish_, de la comunión

episcopal. Está iluminada y la campana llama al oficio. ¡Toma! he aquí

un programa; precisamente hace ya algún tiempo que no he oído vísperas

ni sermón. Creo que en estas alturas no debo reparar en pelillos

ortodoxos, y, aunque católico, espero que esta función episcopal me

será abonada en cuenta. Voy á la _church_.

* * * * *

Una larga nave obscura que las lamparas de petróleo no alumbran

distintamente sino hacia el fondo, como en el escenario de Bayreuth;

el interior está desnudo, pintado de blanco, salvo la bóveda de caoba;

en el extremo opuesto á la entrada una reja de madera, ahora abierta,

deja ver un altar muy sencillo, dominado por un alto crucifijo de

ébano. Á la derecha, un reloj de pared señala, además de la hora, la

nota del falso gusto nacional y burgués. Á la izquierda, un órgano

de pedal, abierto, con la lección del día en el atril. Todo el resto

del templo está ocupado por filas de bancos con asientos numerados,

dejando en medio una calle estrecha. Me siento en el fondo, bajo una

lámpara, y me pongo á leer la hoja impresa de los cánticos. Lentamente,

en largos rosarios silenciosos, los fieles se deslizan y ocupan los

asientos. Abundan, naturalmente, las negras grotescas, con sombreros

de flores y trajes de carnaval. Aquí y allí, algunos negros cansados

se acomodan para descabezar un sueño. El clero hace su entrada por

una puerta lateral: un sacerdote inglés, joven y robusto, con estola

y sobrepelliz—de aspecto casi católico;—y luego, otros clérigos

subalternos, diáconos mulatos de mala estampa y solapada catadura.

Juntas con éstos, sin duda para marcar la jerarquía social, entran

también algunas damas blancas, dos ó tres niñas, mujeres é hijas de

residentes ingleses; por fin, dejando una estela luminosa en la obscura

muchedumbre, una joven alta y elegante, de vestido blanco, sombrero y

guantes negros, se dirige hacia el altar y se sienta delante del órgano.

He admirado por detrás su silueta airosa; y ahora sigue dándome la

espalda, pronta para preludiar. De su cuerpo no distingo más que la

nuca blanca y los rizos dorados debajo del sombrero _Gainsborough_.

Y gusto de figurármela muy bella, muy extraña á este medio vulgar;

rechazo el pensamiento de que pueda pertenecer á ese pertiguero,

gangueador de responsos anglicanos. Así, á la distancia, posando sus

manos blancas sobre el teclado de marfil, basta para la ilusión de una

hora. ¡Oh! ¡que no se vuelva, que no me enseñe el perfil ingrato y seco

de una mujer de pastor!

Con una breve entrada del órgano principia la ceremonia: el instrumento

me parece bueno y, por supuesto, la ejecutante eximia. Á poco, las

frases amplias y solemnes de los cánticos ingleses, que podrían ser de

Haendel, desenvuelven hasta la bóveda sus lentas ondulaciones, cual

espirales de un incienso místico. Las negras no chillan ni desafinan;

en pos del órgano sonoro arrastran su murmullo vergonzante, tímidas y

humildes hasta en la oración. Y el pobre rebaño obscuro, condenado á la

servidumbre después de la esclavitud, balbucea esos cantos de esperanza

y libertad, como si para él existiese en parte alguna, antigua ó nueva,

la engañosa tierra de Promisión:

_A land of sacred liberty

And endless rest..._

El ministro se adelanta, robusto y corpulento; recuesta en la reja su

espalda y, con voz fuerte y acento convencido, pronuncia su sermón,

evidentemente dedicado á la parte «decente» del auditorio. Lo que

logro entender de paso, por entre las repeticiones y las anticuadas

formas oratorias del púlpito, revela siempre al insular emprendedor,

al colono conquistador del mundo. Su Providencia, seguramente inglesa,

maneja el mundo como una inmensa factoría. Lejos de descansar después

de la labor de los seis días, ella es quien fomenta el progreso humano

con su eterna actividad. Y el orador enumera esos progresos modernos:

los ferrocarriles, el telégrafo, la navegación, etc. Describe á su

Dios omnipotente, con los atributos de un presidente ideal de compañía

_limited_ que tuviera en el cielo su asiento social. La voz se

hincha para celebrar la magna obra britana; en cada frase, las voces

_energy_, _struggle_, _victory_, _civilization_, retumban como los

¡quién vive! de un nocturno campamento. En este perdido rincón del

nuevo continente, ante este auditorio de aldea colonial, el orgulloso

_civis sum romanus_ estalla soberbiamente, y, acaso mejor que bajo las

bóvedas de Westminster, proclama el secreto de la grandeza nacional,

debida toda á la energía del individuo, á la sólida organización del

hogar,—más compacto cuanto más aislado,—y, sobre todo, á la fe

inquebrantable del ciudadano inglés en la solidaridad eficaz, en la

omnipresencia de esa madre patria, cuya égida gloriosa, en cualquiera

latitud, en el cantón más ignoto del mundo, le cobija y alumbra como el

sol!

Los negros se han dormido al runrún oratorio, y menean á compás sus

motas de astracán. Sus compañeras agitan perdidamente las pantallas

de palma. Por las abiertas ventanas de báscula entran mariposas

nocturnas, ráfagas de aire tibio cargadas con vagas armonías lejanas,

fragancias de jazmines y rosas que luchan con el petróleo de las

lámparas y el husmo indefinible de la concurrencia. Después del

retornelo indicador del órgano, un último canto se levanta, de una

amplitud imponente, de una dulzura infinita. Acaso bajo la influencia

de la hora, de mi situación, de los versos que leo en mi cuaderno y

me traen reminiscencias de la _Oración por todos_ de Víctor Hugo, me

invade un sentimiento extraño, mezcla de angustia y lasitud. Me siento

solo, abandonado como un náufrago en las soledades de la noche y del

mar, lejos, muy lejos de todo lo que amo y me pertenece. Paréceme que

una atmósfera disolvente y mórbida hubiera ablandado mi fibra viril, y

me anega el alma una tristeza de agonía.—¡Tan breve es la vida, tan

frágil, tan precaria! ¿Cómo se puede acortarla aún con la ausencia,

aventurar en un viaje incierto la ración de felicidad íntima que el

avaro destino nos depara, y tentar con la voluntaria separación á la

desgracia que nos acecha? _Solo, olo, solo en el vasto mar ..._ ¿por

qué con tanta porfía vuelve á mi mente este monótono sollozo del viejo

marinero inglés?[9] ¿Qué sér amado está muriendo lejos de mí á estas

horas, y me manda en algún magnético efluvio del alma su postrer adiós?

¡Oh! nunca, nunca más, sin duda, volveré á reirme y á ser feliz!...

El canto continúa, salmódico y adormecedor; parece que ahora despidiera

una como virtud confortante. Paseo una vaga mirada por la asistencia;

todos esos seres humildes y sacrificados están de pie, como si

arrojasen por una hora el fardo de su hombro magullado. Si ello fuera

cierto, su ingenua creencia sería legítima, y dejaría de ser vana la

oración. Pero ¿quién volverá el alma pródiga al hogar de la fe?—Y con

todo, las sectas groseras y estrechas, las huecas fórmulas nada prueban

en contra de la religión absoluta é inmortal. La impotencia eterna del

artista para realizar la obra perfecta, más que una negación de la

belleza suprema, es su eterna afirmación. ¿Qué saben nuestras miopías,

y los tanteos efímeros que llamamos leyes naturales, de lo que pasa

más allá? Si en algún planeta de nuestro sistema existen seres sin el

sentido de la vista, han de negar la existencia de las estrellas y del

cosmos inaccesible, con la misma lógica que nuestra ciencia positiva

y fragmentaria niega la categoría del ideal y arranca al inconsciente

universo su conciencia ignota é innominada ¡sólo porque nuestra

ignorancia le diera nombre y la llamara Dios! Y aunque fuera estéril la

plegaria como súplica candorosa á lo desconocido, sería acaso fecunda

como comunión espiritual y llamado «telepático» á las almas que con

nuestra alma palpitan, allá lejos, fuera del límite que nuestros

sentidos pueden salvar.—Prestaban nuestros padres al mundo visible una

figura elíptica: ¿quién sabe si no fué su ilusión un símbolo sublime, y

si en la tierra, para los seres distanciados, la transmisión más eficaz

no es la palabra alada que parte del foco íntimo, vuela hacia arriba

y, después de tocar cualquier punto de la bóveda ideal, desciende más

vibrante y tiende al otro foco conjugado su infalible vuelo?

Presto atención, ahora, al canto de aquellos anónimos desheredados que,

sin embargo, tienen algo que dar; escucho y tal vez murmuro con ellos,

acompañándolas con un comentario interior, las palabras rimadas sin

arte, pero impregnadas de humana ternura y santa sencillez:

_Remember all who love thee

And who are loved by thee;

Pray, too, for those who hate thee,

If any such there be..._

«Recuerda á los que te aman y son amados por tí ...» ¡Ay! ¿cómo no

recordarlos, ahora más que nunca, cuando el corazón henchido de ellos

se desborda y gotea al menor estremecimiento como una copa llena?—«Ora

por los que te odian, si los hay ...» ¡Oh! no, eso me sería imposible,

aunque supiese orar. En el acto de pedir por nuestros enemigos, se

oculta el sentimiento más refinado del orgullo cristiano. Es más

humano el desprecio, el olvido. ¿Para qué recordarles que el odio es

casi siempre el disfraz de la envidia y la confesión más dolorosa de

la impotencia? El que sabe hacerse justicia olvida la ofensa junto

con el castigo, y no sabe odiar. Además, es una condición muy triste

de la vida el que casi nunca tengamos enemigos por el mal que pudimos

cometer: los que nos aman siempre son los que de veras hemos hecho

sufrir ...

Y termina la trémula plegaria, bajando el tono, hasta apagarse en

un murmullo casi inarticulado de vergonzante súplica, cual si no se

atreviera á pedir para sí propio el indigno pecador:

_Then, for thyself in meekness,

A blessing humbly claim..._

Sí, muy humildemente, pidamos para nosotros la bendición que nunca

merecemos, porque en la conciencia más honrada la suma del mal es

siempre mayor que la del bien. El demonio del egoísmo y del orgullo

habita nuestras almas y rige sus actos con tiránica ley: pidamos la

generosidad, la indulgencia, una comprensión cada día más lata del

mundo y de la vida que nos conducirá á la pacificación, á la serenidad,

raíz y flor de toda filosofía. ¡Oh! hombre, criatura de un día, ¿qué

tienes que no hayas recibido? Tu madre, tu mujer, tus hijos son dádivas

gratuítas de la naturaleza: _Ecce hæreditas Domini!_ Antes de la tarea

concluída has recibido el galardón: da las gracias por todo ello á la

Bondad eterna; levanta en el silencio tu plegaria efusiva, sea cual

fuere el templo en que te toque orar. No temas que tu súplica se pierda

en el vacío: si ha sido sincera, te digo en verdad que sin traspasar

tus labios ya encontró su ignoto destino. La meditación solitaria ha

ennoblecido tu pensamiento; tu oblación ingenua, derramada como una

abundancia, ha dejado tu alma limpia como una piedra de altar: has

orado en tu corazón purificado ¡y allí dentro está tu Dios!

Progreso.—Mérida de Yucatán.

Hemos embarcado en Belize á cuatro pasajeros para el próximo puerto de

Progreso, en el Yucatán: dos hondureñas, madre é hija, un yucateco,

física y moralmente redondo como una O, y, por fin, un viejo dentista

inglés, ciudadano americano y residente jamaiqueño, acorchado y

arrugado como una pasa, el cual recorre la América Central hace treinta

años, desquijarando á sus semejantes de cualquier pelo y matiz. Las

dos señoras mestizas hablan una jerga singular, mezcla de inglés,

español y maya, con una vocecita delgada y un acento lleno de equis que

asemeja su habla estridente á un canto de cigarra. Habitan una aldea

del interior, Orangewalk, y recuerdan de su pequeña patria con una

ingenuidad enternecida. El yucateco es mulero, mayordomo de hacienda

y sobre todo jugador al monte «de mucha suerte». Toda esa gente me

cuenta sus vidas y milagros con sorprendente naturalidad. Los cuatro

han traído apetito de náufragos; absorben el comistrajo de á bordo con

una voracidad insaciable. El equipaje de la muchacha consta de una

guitarra envuelta en sarga verde; y de noche, en la toldilla, tenemos

una pequeña sesión musical. Canta sin mucho desafinar, con su voz de

fonógrafo que parece llegar de la bodega, tonadas criollas y canciones

inglesas—sin que falte el inevitable _Home, sweet home!_—que la madre

acompaña á la sordina. Pero ¡hemos despertado al gato que dormía! Al

rumor de la música, el dentista ha abandonado una partida de poker con

el contador, para exhibirse como cantante de ópera. Su repertorio data

de medio siglo: lo adquirió en Méjico, durante la primera presidencia

de Santa Ana; pero la cruel naturaleza le ha dotado de una memoria

tan extraordinaria como su facultad para desafinar. Con voz cabruna

y acento indescriptible bala infatigablemente las arias y cavatinas

de _Don Pasquale_, del _Elisire d’amore_, de la _Sonnámbula_. Estoy

aterrorizado: no son más que las nueve y está en capilla el _Barbero_,

de Rossini. Pero, después del _Ecco ridente_, ya no resisto más. Á

grandes males grandes remedios: le corto el resuello en el umbral de

_Una voce poco fa_, para decirle resueltamente: «Vea usted, _dóctor_,

si ha de seguir cantando, más bien ¡sáqueme una muela!» Aunque se lo

digo en tono de chanza, me he hecho de un enemigo más; y el dentista

melómano no me dirigirá la palabra hasta Progreso, el próximo puerto de

Mérida del Yucatán.

Es Progreso un punto cualquiera de la costa, donde la casualidad ha

fijado el embarcadero comercial de la provincia; no tiene fondo ni

abrigo alguno contra las rachas del viento norte, que suelen ser

terribles. Tenemos que anclar á cuatro millas, y no hay otro medio de

comunicación que los botes de vela. El capitán me aconseja que no baje

á tierra; en todo caso, habré de estar á bordo al día siguiente antes

de las doce, hora en que «infaliblemente» se zarpará ... Vacilo un

momento; pero estoy tan cansado ya por mi régimen celular, y tanto me

pondera el yucateco las bellezas de Mérida,—una ciudad de cuarenta mil

almas, llena de lujo y de «comodidades»,—que resuelvo la expedición:

en suma, no son sino unas treinta millas de ferrocarril ...

El viaje de desembarco es un poco más largo que el de Belize: son las

once y llegaremos á las tres de la tarde, á buena hora para el tren.

Bajo el sol vertical, el mar reverbera insoportablemente; procuro una

ilusión de sombra bajo el ala de la vela latina: _sub umbra alarum

protege me_. Dejo colgar mi mano en el agua y de vez en cuando me

refresco la cabeza; pero el patrón me la hace retirar vivamente con

historias de tiburones. Al fin tocamos la playa arenosa; un muelle

estrecho está obstruído por los fardos de henequén; y en todas las

calles de la dispersa población, circulan las vagonetas _decauville_,

transportando el valioso textil. Es una «pita», pero de calidad

superior á la nuestra y aun á la de Filipinas, debido á la sequedad del

clima y la incomparable aridez del suelo.—Años atrás, era el Yucatán

el Estado más pobre de Méjico: en sus rocas calcáreas sólo alcanzaba á

vivir este agave de aspecto ceñudo y hostil, emblema de la desolación:

ahora se exporta anualmente por valor de diez millones de pesos oro.

¿Quién sabe si las pencas de nuestro pobre Santiago no serán algun día

plantas de bendición, más que esa caña dulce, de amarga memoria?

Tomo el tren de Mérida—¡nombre encantador que evoca por consonancia

versos bucólicos de Garcilaso!—y durante dos horas cruzamos por

una Arabia pétrea donde las hileras de henequén erizan sus puñales

verduscos. Por todas partes, los rieles estrechos costean los cercados

de piedra; una mula arrastra el diminuto tren de carga hasta la próxima

estación. Nada más tétrico que el aspecto de la árida comarca, con

su espinosa vegetación sin un asomo de humedad, sus habitaciones

de pedriza blanca cubiertas de paja entretejida, sus habitantes

chamuscados y curtidos como iguanas por la fiebre y el sol. Los indios

pululan en las estaciones, unos en busca de agua, otros vendiendo

tunas y pantallas. Los hombres visten el calzón blanco y la camisa

corta, con el ancho sombrero cónico de enorme cordón plateado que se ha

perpetuado desde los siglos de Palenque y Uxmal. Las mujeres macizas y

rechonchas, con la tez de ladrillo y la aguileña nariz tulteca, llevan

sobre el _huipil_ escotado y sin mangas el corto _fustán_ con franja

de colores, informe remedo de la romana clámide; retuercen el grueso

pelo lacio en dos enormes «porongos» laterales que el viento mueve como

boyas, al propio tiempo que pega la camisa flotante sobre su hidrópica

desnudez. Ello es horrible; y si, como dicen algunos, era de esta raza

y estampa la famosa Marina de Hernan Cortés, en verdad os declaro que

el «conquistador» no ha robado su gloria. Hablan una lengua gutural,

azotada de consonantes desgarradoras y sibilantes, que recuerda un

paseo por sus montes de pencas y abrojos, y en cuya áspera contextura

los nombres más dulces parecen estridentes chasquidos de platillos y

cobran un aspecto de ferocidad. Segun el _Arte del idioma maya_, que he

adquirido á peso de henequén: «amar» se dice _Ocobxhal_; la «querida»,

responde á este suave llamado: _Ixkakatnatzucil_—también ¡así será

ella!—y esa «Marina» de Cortés á quien antes aludí, se apellidaba

correctamente _Malintzín_.

* * * * *

Mérida es la ciudad del calcio, como Iquique la del nitrato, y

va de química. El suelo, las calles, las casas, las gentes, los

árboles escasos y desmedrados: todo desaparece bajo una capa de cal.

Si las mujeres usan albayalde, no tienen perdón de Dios. Me toca

recibir un aguacero al poco rato de llegar, y la lluvia transforma

los caminos cóncavos en charcos de leche caliza. Todo está blanco,

inexorablemente blanco; las desiertas calles se alargan como zanjas

de yesera; y tomo una reunión de escribanos y alguaciles, bajo los

arcos del cabildo, por una huelga de molineros. Recorro la ciudad

en una calesa forrada de latón, que me trae encontrados recuerdos

de cajón fúnebre y conserva alimenticia. El cochero que me arrastra

por las canteras parece impacientarse con mis indicaciones y,

viendo que no llevo bastón, me alcanza una caña, explicándome su

empleo tradicional. Es una incorrección y casi una ofensa mandar

de palabra al conductor: hay que tocarle el hombro con el bastón

en cada esquina; palo en el hombro derecho, y tuerce á la derecha,

etc. El método es tan sencillo como eficaz. Sin embargo, si llegara

á ser concejal de Mérida, propondría, como «amante del progreso»,

prolongar las riendas del jaco por entre las orejas del cochero.—En

los intervalos de esta paliza reglamentaria, observo la población

ingrata y monótona. Edificios públicos, iglesias, fondas, colegios:

todo es de una vulgaridad blanquecina y terrosa. Al fresco del reciente

chaparrón, algunos naturales sacan las cabezas por las caprichosas

claraboyas recortadas en forma de trébol en sus puertas y ventanas;

las mujeres parecen mestizas feas, rojizas ó desteñidas por el polvo

ambiente; me miran pasar con aire soñoliento, restregando sus ojos

hinchados por la siesta.—El recuerdo más curioso de mi excursión es

un dato antropológico que confirma una de las leyes transformistas:

la adaptación de un órgano á su nueva función. Aquí los aguadores y

esportilleros llevan la carga en la frente, en lugar de la espalda. No

teniendo que emplearla en pensar, lo que sería una sinecura, la cabeza

ha vuelto á ser para ellos una vértebra, como en su origen anatómico.

Traen en el cráneo, como el buey su yugo, una gruesa cincha de cuero de

cuyo extremo cuelga una tinaja de barro que les golpea las caderas, á

modo de cartuchera monumental. Ello es muy ingenioso, para yucatecos.

Se come bastante bien en una «Lonja» casi lujosa; y después de tanto

régimen sajón, la cocina española me sabe á maravilla. Allí trabo

relación con un «hortera» catalán que me lleva á Itzimná, una aldea

de paseo y romería, dotada con todos los encantos de la civilización:

rifas, caballos de palo, órganos de manubrio, etc. La vuelta en el

tranvía repleto no carece de amenidad: observo los perfiles, procurando

encontrar el rasgo diferencial que separa á «mestizos» y yucatecos

puros—pues mi amigo de á bordo se ofendía esta tarde cuando yo llamaba

«indios» á los primeros. Vano empeño: ni por el tipo y la lengua, ni

por el traje los puedo distinguir. Los vestidos blancos europeos tienen

el mismo corte que los «fustanes»; y el acento español de los mestizos,

con su _txin txin_ de grillo próximo á cantar, me produce el efecto del

maya más castizo.

Del Plata al Niagara · 第 11 / 35 段