La fonda—_the leading hotel_, dice mi guía yankee—da sobre la Plaza

mayor, que es también el paseo público, enfrente de la catedral.

Rebosa de follajes y flores, y su contorno rectangular está enlosado

de mármol: es el lujo y el orgullo de la población, el «Santa Lucía»

de Veracruz. Los «veracrucificados», hombres y mujeres, habituados

al cascote de su empedrado, no pueden agotar la sensación deliciosa

de resbalar en esas losas: es una moda elegante caminar ahí encima

arrastrando los pies, como quien patina;—y desde mi cuarto abierto,

después de media noche, seguiré oyendo la enervante resbalada. Á la

tarde, los buitres aportan en bandadas y se forman en filas sobre la

cúpula y los campanarios, como canónigos en cabildo: su espesa franja

negra cubre balaustres y cornisas. Otras aves obscuras silban, pían,

graznan insoportablemente en los follajes; no se percibe una nota

dulce, un arrullo de tórtola. No parece sino que en Veracruz cualquier

belleza natural se presentase desviada, degenerada, pervertida. ¡De

las flores abiertas, de las verdes espesuras se escapan los efluvios

de fiebre y el miasma mortal! Las aves, que en otras partes son la

nota alegre y juvenil de la naturaleza,—algo así como la obra inútil

y encantadora del séptimo día,—no están aquí representadas sino por

sus especies innobles ó displicentes: mirlos y urracas, que parodian el

canto del ramaje, cuervos y zopilotes repugnantes: ¡los _croque-morts_

de la ornitología!

Después de dos ó tres vueltas en la plazuela, quedo varado en un

banco,—tan enervado por la volátil cencerrada, que veo llegar sin un

estremecimiento la banda municipal, blindada de cobre, cubierta de

galones y entorchados ... Por supuesto que, para hacer juego con los

demás, debería de ser intolerable. De ningún modo: su desafinar no es

intermitente, como el de otras bandas pretenciosas, sino homogéneo y

diré metódico; los ritmos se alargan con languideces criollas que, para

un programa de _palomas_ y _zapateados_, están en situación. El mismo

repertorio es una muestra de gusto relativo, en esta latitud: temía

«selecciones» italianas ó «perlas de salón».

El «Todo-Veracruz» ha invadido la Alameda, á remolque de los trombones;

se desarrolla lentamente en torno de los naranjos y magnolias, bajo

la cruda luz que enternece los follajes. Damas y caballeros visten

telas claras, llevan flores en el ojal, en el seno, en el cabello;

se respira un ambiente capitoso de jazmines. Muchos jóvenes parecen

raquíticos, achaparrados; al verlos arrastrar la pierna me ocurre que,

para algunos, el patinar en la losa puede ser el esquema elegante de

un vago reumatismo ó de la ataxia próxima. Las muchachas son menudas y

frágiles, no feas en general ni mal emperejiladas, merced á la ausencia

de imitación «parisiense»; algunas, bonitas, á despecho de su busto

liso y su espalda estrecha donde cae una trenza maciza; un encanto

mórbido se desprende de su pintada palidez. No pocas, sin duda, están

convaleciendo y, después de la desmayada siesta, han recobrado para la

noche un poco de vida facticia y _falote_ alegría.

Todo este pequeño mundo enfermizo ríe y juega durante una hora en

los perfumes y la música. Los grupos tararean ó esbozan la habanera

ejecutada, desbordantes de entusiasmo: ¡con razón la guía señala esta

función al aire libre, entre los _characteristics_ de Veracruz![13]

Pero lo que arrebata al público, es la _Marina_ sentimental y cursi

que la concurrencia entona á media voz. Oigo este grito irresistible

y farmacéutico en una boca de mujer: _¡Qué jarabe!_—Son sinceros;

experimentan ante ese ideal para horteras y esa tristeza de romanza la

misma sensación estética que otros ante el _allegretto_ de la séptima

Sinfonía. Siendo el efecto idéntico, aunque procedente de causas tan

diversas ¿quién decidirá en cuál hay mayor dosis de convención?... Y,

desde mi alcoba, por la abierta ventana donde la velada luna llena

me rememora el tragaluz del camarote, sigo las voces jóvenes que

suavizan y _algodonan_ las quejas desgarradoras de un pistón frenético:

_En las alas del deseo-¡mi ilusión la ve flotar!..._ Me duermo á

medias en mi catre de lona, al compás de la mecedora canción; y, no

sé cómo, atraviesa mi sueño el afeitado espectro de esa Inés de las

Sierras, evocada y fijada por Teófilo Gautier en uno de sus esmaltes

inalterables:

_Nodier raconte qu’en Espagne

Trois officiers, cherchant un soir

Une venta dans la campagne..._

El Anáhuac.

Después de una noche pasada en claro, bajo el ilusorio mosquitero,

estoy en pie al rayar el alba, impaciente por tomar el tren de Méjico.

En la sala de espera oigo protestar contra el madrugón: sin duda otros

poseen una «virtud dormitiva» que triunfa del calor y de lo demás.

Por mí, habríamos partido tres horas antes, perdiendo la vista de los

alrededores de Veracruz, con sus médanos y chaparrales salpicados

de infectos pantanos, donde algunos _jacales_ techados de palma me

traen recuerdos del Norte argentino. Bastaba abrir los ojos después

de Soledad, para saludar de paso el Camarón de gloriosa y patética

memoria[14]. El tren de la Compañía mejicana es bastante confortable,

con su lujoso Pullman americano,—sólo que no hay nada para comer

ni beber: almorzaremos en Esperanza, al filo de mediodía. La vía

está admirablemente construída, y el camino hace olvidar todas las

abstinencias: ¡es propiamente una maravilla!

La subida comienza á partir de Soledad; el ambiente se aligera, y,

en el júbilo universal de la mañana, la naturaleza tórrida oculta su

aspecto hostil para ostentar tan sólo su belleza. Cruzamos algunos

puentes sobre arroyos tributarios del Atoyac, vamos trepando por entre

la roca viva, con no sé qué prisa por escapar de los lazos de esas

«tierras calientes», cuyo abrazo es funesto como el amor de Circe. La

vegetación de la zona ardiente revienta aún en las quebradas, intacta

y omnipotente, á esta altura de 1500 pies; los cañaverales y cafetales

extienden sus cuadrículas de verde más tierno en los valles y laderas.

Alternan con los plátanos y las palmas comunes, los altos helechos y

los izotes de latas rígidas; todavía estallan las vistosas orquídeas

junto á los follajes obscuros de los guayacos y caobas, mezcladas á las

flores rojas de los tulíperos. Pero esta naturaleza excesiva parece

ablandarse para la despedida, y purifica su caricia malsana la brisa de

las montañas próximas.

Enfilamos el túnel de Chiquihuite y, en seguida, un puente metálico de

330 pies corta la pintoresca cascada de Atoyac. Aquí es donde principia

la ascensión, sobre rampas de cuatro por ciento, subiendo curvas que

parecen insensatas, por entre paisajes espléndidos. Un orgullo humano

me hincha el corazón delante de tanto prodigio realizado,—sobre todo

al recordar que esta parte de la línea ha sido construída en medio de

las revueltas, hace más de treinta años. En la delantera y trasera del

tren, acaban de uncir dos poderosas locomotoras Fairlie para trepar la

terrible escalera de Orizaba y Maltrata. Entusiasma verlas acometer la

ruda tarea con su jadeo formidable y rítmico, arrebatando por arcos

declivios de cien metros de radio, el tren articulado que retuerce sus

vértebras entre la muralla de granito y el abismo ¡se tiene gana de

aplaudir!

Subimos y giramos sin tregua alrededor del cambiante panorama. Primero

se contempla el paisaje en alta perspectiva, luego se lo corta á nivel,

para volverlo á ver todavía, desde el recodo superior, proyectado

horizontalmente á modo de relieve topográfico. Durante media hora el

mismo sitio se presenta sucesivamente como montaña, meseta y valle

profundo. Desde Atoyac hasta Córdoba, en veinte millas de trayecto, se

sube de 1500 pies á 2800 sobre el nivel de Veracruz. Continúa la subida

de la rampa abrupta por entre ese paisaje de hechizamiento. Cruzamos la

honda y ancha torrentera de Metlac sobre un puente de acero que forma

un cuarto de círculo de ciento veinte metros de radio y tres por ciento

de grado, á una altura de 92 pies sobre la sima. El valle encantador de

Orizaba, al pie de su pico nevado y resplandeciente, señala la entrada

en las tierras templadas. La ciudad, blanca y alegre, se divisa bajo

su velo matinal de jironada bruma, en su marco de espesa verdura,

donde los robles y nogales se mezclan ya con los últimos esplendores

del trópico. La lucha está empeñada entre ambas naturalezas; pero es

la nuestra, la buena y sana vegetación alpestre, la que está pronta á

vencer ... En la estación, me ofrecen mangles, pomarosas, granadinas

que saben á tunas demasiado fragantes ... No; basta decididamente: creo

que por algún tiempo no me harán falta ...

Seguimos la marcha, y á poco, en Maltrata, un enjambre de indiecitas

frescas nos invaden con ramilletes de gardenias y violetas, nos

cargan de canastillas llenas de peras, cerezas, albaricoques y fresas

perfumadas. Me arrojo encima, la boca llena de agua, cual delante de

un envío delicioso de la patria. ¡Qué desayuno! Se come más y más, se

compra todavía, se hace provisión de flores y frutas; las banquetas del

pullman se convierten en puestos de mercado ... Ahora, en la subida

que continúa, la montaña ostenta la riqueza agreste de los Alpes y los

Pirineos; erguidas encinas de calado follaje, olmos macizos, esbeltos

alisos, abetos obscuros, desplomados en los declives y, más arriba aún,

la pirámide aguda de un gigantesco ciprés. El aire fresco nos trae

efluvios resinosos y salubres. ¡Cuál se dilatan mis pulmones europeos,

lejos de esas travesías debilitantes, de esas emanaciones perversas

del ecuador! ¡Cómo se aspira la salud, el gozo de vivir, en el seno

reconfortante de esta naturaleza septentrional! ¡Es ésta la verdadera

madre de la humanidad civilizada, la nodriza robusta y dura,—y no esa

querida criolla, con sus caricias llenas de traiciones, sus siestas

lánguidas y enervantes, ladronas de virilidad!

Por todas partes: campos cultivados, aldeas de techos rojos en torno

de los pintados campanarios; vacas y ovejas manchan alegremente las

pendientes; los potros galopan en las praderas, la crin al viento: y

ante esa fiesta de la tierra fecunda, esa plácida y eterna geórgica de

la zona templada, un _Salve magna parens_ vaga en mis labios, que se

dirige á otras comarcas americanas, donde semejante espectáculo no es

un mero accidente,—las que reservan á la Europa del siglo veinte sus

campos de producción inagotable.

Prosigue la ascensión; franqueamos por instantes claros arroyuelos que

trazuman de las paredes de granito, cortadas á pico y ya jaspeadas de

musgo, con ramilletes verdes y azules en sus grietas húmedas. Ahora

empieza á sentirse frío; andamos por la nubes; la roca viva desgarra á

trechos el humus empobrecido. Pero la vida vegetal no desfallece aún:

lucha y se transforma antes de sucumbir. Los pinos y hayas tenaces se

engrapan en la piedra, se retuercen sobre los helados torrentes, como

para resistir al llamamiento vertiginoso del abismo. El espectáculo

reviste una grandeza indecible que aplastaría nuestra infimidad, si

no se mirara siempre la valiente locomotora casi humana que sigue

trepando, dominando la sojuzgada naturaleza, en su desdén soberbio de

las quebradas y precipicios que atraviesa sobre un alambre. Se siente

la embriaguez del libre espacio y de la altura, hasta que el próximo

túnel da breve tregua á la vista fatigada; pero, al pronto, una vaga

vislumbre de tronera flota como un nimbo sobre la máquina, crece

rápidamente, ahuyentando las tinieblas cual humareda, y el día claro

resplandece de nuevo sobre un leñador que hunde su hacha en un tronco,

un hato de cabras desgranado en la falda, un indiecito que arrea su

burro y nos mira pasar con sus ojos tranquilos. Con todo, los grandes

árboles se espacian más y más; la hierba rasa y los arbustos mezquinos

anuncian la vecindad de los nevados y volcanes. Ya parece que toda

fuente de vida vegetal esté agotada; cuando en Boca del Monte, cerca de

la cumbre, á 8000 pies, un último bosquete de coníferas colosales surge

á orillas de la vía, arrojando una suprema nota triunfal, á manera de

un _morituri_ de gladiadores que ostentan sus orgullosos músculos en el

instante mismo de sucumbir. Son las sorpresas de la sierra tropical.

En Esperanza, estamos al borde del Anáhuac, cuya altiplanicie se

prolonga hasta Méjico. Los maquinistas desenganchan las locomotoras

Fairlie, y, durante el almuerzo, pienso que en seis horas hemos

recorrido la escala vegetal que va desde la zona tórrida hasta las

cumbres alpinas. También es aquí donde los trenes que se cruzan canjean

su escolta de seguridad,—¡pues es cosa muy sabida que el bandolerismo

no existe en Méjico desde el advenimiento de Porfirio Díaz!

Surcamos ahora la alta meseta de Anáhuac con su limitado horizonte que,

hasta Méjico, forma un circo moviente de serranías. Alrededor del alto

Popocatepelt, cuya nevada cumbre se esfuma en las nubes, los cerros

menores apiñan sus grupos parduscos, como un rebaño en torno de su

pastor. El tren sigue rodando hacia la montaña cercana sin alcanzarla

jamás, cual si transportara consigo la oblonga meseta. La extensa

llanura está muy poblada; á derecha é izquierda de la vía los caseríos

se suceden hasta las primeras ondulaciones de la falda; los campanarios

rompen la monotonía de los cultivos: centeno, maíz, cebada, legumbres.

Algunas haciendas alzan sus construcciones macizas, de gruesas

murallas grises coronadas de miradores, cuyo aspecto participa del

_bordj_ argelino y del castillo feudal. Los indios hormiguean en otras

labranzas, prontas para la próxima siembra. Á trechos, parches de aive,

verdes juncales en las cañadas que traen mi recuerdo á nuestra frontera

de Santa Fe ... Pero, ante todo, esta es la región del maguey: durante

leguas y leguas, el agave productor del pulque alarga interminablemente

sus hileras de dardos agudos, plantadas al tresbolillo.—No hablemos

ligeramente de esta bebida nacional, tan necesaria para el pueblo

mejicano como la cerveza para el germano, y tan simbólica como fuera el

soma para los antiguos arianos. Desde el distrito de Apam, el Munich

indígena, se lo despacha diariamente á Méjico en trenes especiales. Un

imponente cuadro de Obregón, más reproducido que la venerada imagen de

Guadalupe, consagra esta borrachera patriótica: desde su trono imperial

de alta gradería, el Gambrinus azteca, profusamente emplumado, apura

la primera copa del néctar divino: aquello se intitula LA INVENCIÓN

DEL PULQUE, como si dijéramos la «Invención de la Santa Cruz»;—y no

es para mí flaca satisfacción el que mi _gusto_ concuerde con el de un

pueblo entero, al declarar sin ambajes que la pintura es tan sabrosa

como la bebida—y recíprocamente.

* * * * *

La lluvia ha comenzado en Esperanza y seguirá hasta Méjico.

Naturalmente, me libro del polvo, que es el flajelo del Anáhuac; pero

el frío se acentúa, tanto más cuanto que desde Lima acostumbraba dejar

el sobretodo en el bagaje. No hay nada que ver entre la tierra obscura

y el cielo gris; nada que leer, fuera de un papelucho de Veracruz

que me sé de memoria desde el editorial hasta los avisos del montepío

... Dirijo la palabra á mi vecino más apetitoso: resulta ser un viejo

mejicano tartamudo, sordo á medias y «liberal» á enteras, que me toma

por español y se deja caer á brazo partido sobre los franceses de la

intervención. Me divierte infinitamente, y, por momentos, me temo que

lo sospeche. Me enseña el antiguo camino real que ahora costeamos,

donde un azteca de traje antecolonial camina descalzo tras de su

asno, y, con sonrisa entre infernal é idiota, me explica cómo pasó

por aquí de fuga el cuerpo de Lorencez, después de su derrota ante

Puebla.—El rechazo fué muy real; en cuanto á la fuga, es tan cierta

que, después de descansar dos días en los Álamos, casi bajo el fuego

del fuerte Guadalupe, esperando vanamente á los vencedores que no

intentaron salir, el general Lorencez estuvo á punto de recomenzar

el ataque. Pero ¡tiene razón el inválido, lo mismo que los otros:

5000 franceses llevando el asalto á una ciudad fortificada de 75.000

almas, defendida por los 12.000 hombres de Zaragoza, bien artillados y

parapetados tras de sus murallas: era partida igual y debíamos vencer!

Y es por eso que el comandante Lefebvre, algunos días después, batía

_à plate couture_ al victorioso Zaragoza, cerca de Aculcingo, con el

regimiento 99 de línea, haciéndole mil prisioneros; y también que más

tarde, Bazaine,—de quien todo puede decirse, menos que no era valiente

hasta la locura—con dos regimientos y su 3º de zuavos que nunca le

abandonaba, puso el ejército de Comonfort en plena derrota, en San

Lorenzo, cerca de la misma Puebla ...

Esos tristes recuerdos de historia, y otros más trágicos aún, me

persiguen hasta la estación de Apizaco, donde arranca el ramal para

Puebla. La lluvia sigue cayendo; el tren se ha llenado de mejicanos.

Muchos jóvenes «decentes» visten el traje nacional: la corta chaqueta

de torero que deja ver el cañón del revólver, largo como un trabuco; el

ajustado calzón con su hilera de botones metálicos y el enorme sombrero

cónico con su grueso cordón plateado. Se disfrazan de «charros», al

modo que los porteños cuando volvían de la estancia con el poncho y la

bota, hace medio siglo. Instintivamente, me siento ante un anacronismo.

¿Será por ello que, al punto, me desagradan tanto esos falsos «piratas

de la sabana», de aspecto melodramático y aire de fachenda, que

soportan tan dócilmente á su don Porfirio?

El cielo bajo y anegado produce ya el crepúsculo en el vagón; me

envuelvo en el _zarape_ que he comprado á un buhonero y, desde mi

rincón, miro melancólicamente las charcas del camino, rumiando esa

lúgubre historia, esa «gran idea del reinado» que me hostiga sin cesar.

¡Han debido nuestros pobres soldaditos recibirlos más de una vez en

su espalda y en su rancho, estos aguaceros que traen la fiebre!—Y

sin que jamás un reflejo de gloria legítima, una llama de sentimiento

patriótico recalentase el vientre vacío y el cuerpo aterido:

_Petit pioupiou,

Soldat d’un sou,_

_Qu’as-tu rapporté du Mexique?..._

¡Qué cosa podía traer el soldado, de esta aventura ambigua, tan obscura

en su origen como en su real propósito, á no ser el hábito del merodeo

y del desorden, la tendencia funesta á desconfiar de sus jefes,—todo

lo que, más tarde, contribuirá á preparar el irreparable desastre!—El

ejército asistía á las desavenencias de las autoridades civiles y

militares: á las competencias codiciosas entre refugiados mejicanos

y agentes franceses; á esas organizaciones de «contraguerrillas» que

recogían bajo la bandera de la Francia la espuma de la filibustería

internacional; á esas cacerías matrimoniales de los Dano, Bazaine,

Saligny; á esa lucha de intrigas entre sus generales y los Almonte y

Labastida—clericales de salón y oficiales de antesala, dispuestos

á vender á sus aliados como entregaran á su país, y que empujaban á

Maximiliano por el camino fatal de Querétaro.

¡Pobre diablo de emperador en comisión, traído como un accesorio en

los furgones del ejército extranjero! Hoy nos parece imposible que

semejante empresa haya germinado en cerebros y corazones sanos, y todo

se achaca á la alucinación de Napoleón ó á la corrupción de Morny,

olvidándose que hombres como Michel Chevalier—una inteligencia y una

probidad—que conocían á fondo Méjico y los Estados Unidos, apoyaron

con vehemencia la funesta expedición.—He leído, en no sé qué casino ó

club del Pacífico, un artículo de Claudio Jannet[15] en que se emite

este pensamiento profundo bajo una forma un tanto romántica: Napoleón

III _releva le trône d’Iturbide sur la tête de Maximilien_. ¡Un trono

sobre la cabeza! Debía de ser muy incómodo, por momentos, y bastaría

á justificar su voluntaria abdicación. ¡Y eso, que no era sumamente

fuerte, esa cabeza de Maximiliano! Bueno, generoso, iluso, sin mucha

inteligencia ni carácter, era de esa semilla de archiduques y generales

áulicos que, desde Jemmapes hasta Sadowa, han dejado en la historia un

reguero de derrotas.

Su muerte fué digna de una Habsburgo. Con todo malogró su salida, como

su entrada. Quisiéramos encontrar en ella menos resignación cristiana,

no sé qué resumen altanero y despreciativo que fuera un castigo y una

lección: un ancho escupido al rostro del traidor, un latigazo en plena

faz del indio que se vengaba como verdugo después de no pelear como

soldado: la palabra suprema y vengadora que acrecentara nuestro aprecio

sin atenuar nuestra piedad ...

De repente, el nombre de Otumba que suena en la noche barre todos

estos recuerdos contemporáneos, evocando otras imágenes más altas

y lejanas. ¡Hernán Cortés! No era la voluntad ni la energía lo que

faltaba al que se batió aquí, ha cerca de cuatro siglos! Con todo, su

alma heroica y ruda de conquistador había también sufrido la víspera

su hora de flaqueza humana. Cuéntase que lloró durante la agonía de la

_Nochetriste_, bajo el ciprés que la tradición enseña aún en Popotla,

por estas cercanías. Era fuerza partir, abandonarlo todo después de

tenerlo todo conquistado, escaparse en las tinieblas á raíz del inmenso

desastre, abriéndose la retirada á través del país sublevado. Entonces

el jabalí detuvo la fuga, hizo frente á la jauría furiosa y, á fuerza

de audacia y desesperada intrepidez, repuso su fortuna.—Y es un

privilegio fugaz del forastero, esta evocación de una lejana epopeya

bárbara, por la sola virtud de un nombre lanzado en la noche, durante

el _calderón_ de tres minutos de la locomotora ...

Á las ocho, en la noche cerrada y bajo la lluvia persistente, llegamos

á la estación central de Buena Vista. No reprocho á Méjico el carecer

de encanto en tales circunstancias. Estoy tiritando y casi rendido;

temo que el zarape de Puebla haya llegado algo tarde. Mi vecino, el

liberal galófobo, se despide de mí con esta advertencia siniestra:

_¡Cuidado con el tifus de Méjico!_—¿Cómo, todavía?

VIII

MÉJICO

No he trabado relación con el tifus de Méjico, pero sí traído de mi

cruzada por la meseta de Anahuac una bronquitis, complicada luego con

la ordinaria fatiga pulmonar que tan desagradablemente sorprende aquí

á los forasteros. Es un fenómeno de todo punto análogo al conocido

_soroche_ de la Puna boliviana, como que es debido á una causa

idéntica, es decir á la rarefacción del aire por la altura sobre el

nivel del mar. Méjico se halla á 2300 metros; con todo, me ha parecido

que el _apunamiento_ no guarda proporcion con la altitud absoluta: es

posible que, fuera de mi factor personal, como recién llegado de los

mares ecuatoriales, obren otros endémicos,—acaso los mismos que hacen

de esta antigua capital lacustre una de las poblaciones más malsanas

del mundo.

Antes de transcurrida la semana, todo había vuelto á su quicio; pero,

no pudiendo ser mucho más larga mi estancia, no he tenido tiempo para

recobrar todo mi entusiasmo anterior de viajero enamorado de historia y

leyenda. Creo que el mayor filósofo guarda rencor á los lugares donde

ha sufrido. Por otra parte, desde el primer momento, me he sentido

en la esfera de atracción de los Estados Unidos: malísima condición

para ser un buen observador. Positivamente, después de algunos días de

reclusión en el _Hotel Iturbide_, fueron mis _relevailles_ dirigirme

á una agencia y tomar pasaje para San Francisco. Pude reaccionar;

pero confieso que necesité cierto esfuerzo y no poco valor moral para

reconciliarme con mi deber y, al solo fin de no ignorarlo todo, dedicar

una semana de estudio á la capital de Hernán Cortés y Porfirio Díaz.

Á la verdad, no es mucho ni muy profundo lo que haya podido estudiar en

tan breve y mal comenzada estación; nada extraño será, pues, que este

capítulo salga á la vez más indigente y menos indulgente que otros—y

acaso sea lo segundo consecuencia de lo primero.

Del Plata al Niagara · 第 13 / 35 段