desplome, se asentaba en una base deleznable. Tan poco serias son las
investigaciones históricas de Wyse, que ha ignorado—por confesión
propia—el nombre y la obra de su predecesor más benemérito. Sus
estudios de 1878, sobre el terreno, que han decidido la ejecución
del canal á nivel, han durado tres semanas y pertenecen á Reclus.
¡Tres semanas para estudiar el trazado, las nivelaciones, los
sondajes, el levantamiento de ochenta kilómetros, con obras de arte
inauditas, insensatas!—¡como ese proyectado túnel de 43 metros de
luz!—Entretanto el teniente Wyse negociaba en Bogotá la concesión,
que era lo principal del asunto. Después de demostrar en un primer
libro, perversamente escrito en todo sentido, que el canal á nivel
era el único aceptable, afirma ahora, en otro libro, que fué aquello
una exigencia colombiana,—cuando consta que la modificación que
persiguió entonces é hizo anular ¡se refería á un canal de esclusas!
Todo ha seguido ese giro científico. No ha existido jamás un trazado
definitivo, completo, fundado en estudios geológicos y topográficos
minuciosos: la Compañía del ferrocarril ha suministrado las distancias
y niveles vagamente aproximativos, como que la línea dista mucho de
costear el canal. El famoso congreso reunido por Lesseps no ha tenido
más elementos de examen y discusión.
Entonces entró la aventura en su faz financiera y ejecutiva; y no
tengo que volver á sacudir esos trapos cenagosos. Hoy mismo, y para un
transeunte como yo, la sensación de desorden y despilfarro persiste y
domina el cuadro. Fué el estreno de Wyse comprar el _Panama Railroad_
á razón de 800.000 francos por milla: y todo rodó por esa pendiente
«uniformemente acelerada», como se dice en mecánica. _Après nous le
déluge!_—Para cebarse en paz, los gordos daban parte á los chicos.
En París sólo han conocido el manipuleo francés: se ignora la tarifa
local, la cuenta pasada por el patriotismo colombiano. Ingenuamente,
Bonaparte Wyse insiste sobre la «estatua» que el congreso de Bogotá le
ha votado, como á un padre de la patria; ello es apenas suficiente:
para ese grupo dirigente y _digiriente_ ha sido, no un padre, ¡sino una
nodriza!
He visto las villas de los Lesseps en Colón; he ido á la de Dingler
por la vía del Corozal, cortada á pico en la montaña, para evitar á
la familia del director la humillación del camino común de la Boca,
que pasa á cincuenta metros ... Lo fantástico de esas y otras obras de
lujo, no es su ejecución sino su precio, apuntado en los libros de la
Compañía. Todo ello ha sido dicho y repetido al tanteo por Drumont y
otros—por los mismos informes oficiales con bastantes atenuaciones.
Pero algunos rasgos hay que no pueden ser tomados sino en el sitio,
con el vivo color de la realidad. He aquí un rápido croquis de un
contratista francés, socio de Lesseps _junior_, el cual, no teniendo
nada que ver con el asunto financiero, disfruta tranquilamente en
París sus millones pescados en los pantanos del istmo. Hace unos
doce años, él caía en Lima, sin un cuarto, medio maquinista, medio
vagabundo, y desertor por añadidura. Entró en un ingenio azucarero
y, como tuviera la mano ligera,—ó pesada,—un buen día acogotó á un
pobre _culí_ chino. Su situación se tornó desagradable, no tanto por
la justicia peruana, cuanto por los compañeros del muerto, quienes,
dos ó tres veces, estuvieron á punto de suprimir al asesino. Al
fin, tuvo que fugarse de noche para salvar su interesante pellejo.
El patrón, apiadado por sus lágrimas de _bonne crapule_, como diría
Zola, le hizo embarcar en el Callao: él mismo me refería el hecho, en
el ingenio donde sucedió. Llegado á Panamá, el aventurero enérgico y
audaz ascendió muy pronto; pasó del simple merodeo y la coima garitera
á las proveedurías de río revuelto, descolgando á la postre pingües
contratos, con participaciones anónimas. Volvió á París millonario. Al
principio quisieron molestarle por su travesura militar; pero entonces
ni los presidios ni las compañías argelinas de disciplina estaban
hechos para los forbantes del Panamá ...
El inmenso y magnífico hospital de la Compañía ha sido otro negocio,
pero algo largo de contar. Nada más pintoresco y lujoso que esos
pabellones aislados, en la falda de la colina Ancón, en medio de
parques y jardines llenos de esencias y flores espléndidas, entre
grutas y juegos de agua. Aquello es realmente suntuoso, y por cierto
que no exigían tanto los pobres calenturientos. Todos los pabellones
están vacíos; sólo recorren los parques y jardines «principescos»
algunas docenas de huérfanas guiadas por las Hermanas de caridad, y que
viven con desahogo en la fastuosa villa Dingler, también abandonada.
Y en la tarde apacible que pasé por allí, era un cuadro de infinita
tristeza esa bandada de muchachitas pálidas y finas, de suerte más
sombría que sus vestidos de luto, al cuidado de esas hermanas de cofia
blanca que les hablaban francés con su voz dulce, vagando unas y otras
sin destino por esos esplendores desiertos: aquellas maravillas del
arte y de la naturaleza que son el resumen y residuo de tantas miserias
sufridas, de tantos esfuerzos para siempre jamás inútiles ...
* * * * *
¡Ah! no escasea el material de construcción ni la maquinaria, á
lo largo de la línea férrea que me llevaba esa mañana de Panamá á
Colón—ni tampoco ¡las poblaciones enteras de villas, barracas,
casillas y _chalets_ vacíos! Debo decir que los talleres y campamentos
de la Boca están bien cuidados y en orden perfecto—esperando á las
visitas. Pero los otros—los que los viajeros entrevén rápidamente
entre dos estaciones—tienen aspecto menos consolador. Las ruinosas
fábricas, enmohecidas por el desuso y la intemperie, destrozadas por
los huracanes, ostentan su esqueleto desvencijado, sus aparatos á
medio desmontar, con el material sembrado á la rastra, ya roído por
la herrumbre, ya invadido por hongos y musgos que remedan una lepra
vegetal. Dragas, remolcadores, motores, mecanismos de todas clases y
tamaños se hunden en el cieno, junto á las improvisadas poblaciones
cuyo maderaje desarticulan y pudren las lluvias torrenciales del istmo.
El _krach_ de allá repercutió aquí como cataclismo. Ante el desastre
y el _¡sálvese quien pueda!_ de la obra humana, la reconquista del
desierto y la selva cobró no sé qué airada violencia de desagravio. La
impetuosa avenida forestal terraplenó las zanjas, niveló á toda prisa
los taludes, cual si la naturaleza se afanase por borrar sus estigmas
y cicatrices, en tanto que los indios buscadores de caucho y los
negros _tagueros_ se albergaban en los chalets traídos para ingenieros
y contratistas ... Nos pinta Virgilio el asombro de los labradores
romanos al desenterrar con sus arados las armas y despojos de las
edades heroicas ¡con qué extrañas reliquias tropezarán los campesinos
colombianos del siglo veinte, si la humedad no ha conseguido destruir
hasta entonces su último vestigio!
* * * * *
Salvo esa obsesión invencible que para mí empaña y entristece el
paisaje, no puede imaginarse camino más pintoresco que el de Panamá á
Colón. No he experimentado sino en el Brasil, y acaso menos intensa,
esta sensación casi embriagadora del esplendor vegetal. Es como una
erupción frenética de árboles y lianas, de flores y follajes, que
estalla por doquier, en las faldas de los cerros, en las riberas del
Chagres y sus arroyos tributarios, hasta en el balaste de la vía. Por
momentos el tren se precipita por debajo de unos arcos triunfales de
ramajes entrelazados, de bóvedas tupidas y sombreadas que despiden
efluvios balsámicos, capitosos hasta dar vértigo. En el fondo de
algunas quebradas estrechas, la marea vegetal revienta en oleadas
y remolinos de verdura, evocando fantásticos aluviones de materia
orgánica súbitamente germinada y frondescente, como en la obra de los
seis días ¡tan imposible parece que esa flora exuberante haya brotado
por entero del suelo tropical! Los cedros y caobas gigantescos, los
preciosos palisandros y palos de rosa, los guayacanes de tronco en
ánfora, los rectos membrillos de flores purpurinas, los sándalos
amarillos, los gutíferos chorreando savia, los bongos enormes en que se
ahuecan piraguas de treinta toneladas: todos los colosos forestales,
cubiertos de enredadas lianas y deslumbrantes orquídeas como un
guerrero bárbaro de arambeles y pedrerías, atropellándose por alcanzar
el aire y la luz, estiran el tronco y las ramas casi verticales fuera
del ambiente estancado y perennemente tibio del humus negro en que
bañan sus raíces. Los euforbios lechosos y los desmayados plátanos
alternan con las esbeltas palmeras que yerguen al sol sus rígidos
abanicos; las hojas lustrosas del naranjo rozan el verde encaje de
los helechos arborescentes;—y, por todas partes, aras multicolores,
tórtolas azules, cardenales y colibríes, insectos de zafiro y esmeralda
hienden el espacio, revolotean en los ramajes, chillan y zumban en la
espesura, son la sonrisa y la gracia de esa magnificencia. Mariposas de
cien matices se posan en los cálices abiertos, como flores inquietas
sobre otras flores, y, por instantes, una ráfaga de brisa arrebata
del mismo arbusto alas y pétalos, que vuelan confundidos por el aire
... ¡Es la selva virgen del trópico en el fecundo hervor de su verano
eterno! Me siento perturbado, sofocado, aturdido por los perfumes y
fermentos de esa inmensa orgía de savia derramada; y, vagamente, sueño
con las épocas primitivas del mundo joven: cuando el loco ímpetu de
la vida elemental se desbordaba en la corteza blanda y humeante del
planeta, abortando organismos colosales apenas desbastados que se
enredaban en las selvas espesas, pobladas de árboles gigantes que
sobreviven en nuestros desmedrados arbustos de hoy; cuando reptiles
monstruosos surcaban los mares ó abrían en la atmósfera densa horribles
alas membranosas, esbozando torpemente el vuelo del ave futura ...
En la estación de Emperador, invade el único salón del tren una
caravana de negras, vistosas y chillonas como una bandada de
tucanes. Los hombres quedan en el balcón, haciendo muecas á través
de los cristales.—El negro ríe siempre, con un encanto de bobería
irresistible. Debajo de su tupida borra de betún, sus ojos de marfil
viejo y su jeta simiesca se rien provisionalmente, antes de causar
risa. Con su media lengua tartajosa, estorbada por el bezo, y su
perpetuo zarandeo, participa del niño y del cachorro. Para cobrarle
horror, es menester encontrarle en los Estados Unidos, pretencioso,
insolente ¡ciudadano! complicando su husmo natural con repugnante
perfumería. En cualquier otra parte nos divierte y le cobramos simpatía
como á una criatura inferior, grotesca y jovial. No así el indio: éste
es triste y taciturno, como que lleva el peso de su mortal decadencia,
de su degeneración creciente é invencible. Éste representa la prueba
malograda de un buen original; el negro es su caricatura. Por eso vive
robusto, resistente, satisfecho de su condición, ahora lo mismo que
antes.—Bajo el aparato melodramático del famoso y mediocre _Uncle
Tom’s Cabin_ hay mucha majadería. La pretendida sed de emancipación
de los negros fué una merienda de blancos. La paradoja de que sean
hoy menos útiles y felices que ayer es defendible. En cambio de las
plantaciones del sud arruinadas, se tiene ahora á los libertos,
sirvientes en Washington ó lustrando libremente, en todas las ciudades
de la Unión, las botas democráticas de sus conciudadanos. Puro ó
mestizo, el hombre de color untado de civilización adquiere un alma de
mulato. _C’est tout dire!_
Criada con soltura y lejos de las ciudades, la negrita joven es
graciosa. Delante de mí,—no demasiado cerca,—hay algunas monísimas,
en su género. Una, sobre todo, compondría un bonito bronce policromo,
enderezada y sosteniendo un candelabro al pie de la escalera. La
pañoleta punzó, sobre el vestido blanco de mangas muy cortas, deja
libre el ébano de los brazos y de la garganta; en la cabeza crespa
lleva un madrás amarillo enroscado en turbante, con enormes zarcillos
dorados en las orejas; y bajo este arreo estrepitoso revuelve sus
ojos blancos, se ríe con toda su dentadura deslumbradora que remeda,
en su hocico moreno, un tajo fresco en una nuez de coco. La «sapita»,
diría Voltaire, ha dado instintivamente con el perifollo y los colores
adecuados para parecer bella á su _crapaud_. Hasta su collar de cuentas
rojas es un hallazgo. Toda la gentil bestezuela está perfecta en su
coquetería criolla y montaraz: evoca escenas de _Pablo y Virginia_ ...
¡Pero en Matachín es donde los negrillos, escapados de los bohíos
de cañas, acuden y nos invaden como cucarachas! Nos ofrecen ramos
de jazmines y orquídeas fragantes; canastillos de palma llenos
de guayabas, mangos, bananas, _guabas_—que semejan algarrobas
enormes—chirimoyas, ananás,—y unas extrañas pomarosas que tienen
aspecto de huevos verdes; por fin, sabrosas pastelerías de leche con
miel. Con tanto ensordecernos, nos obligan á tomar su mercancía—aunque
sea para regalarla á sus congéneres de enfrente. Por otra parte, casi
de balde: todo ello superabunda en las cercanías ahora desiertas, y,
á lo largo de la vía férrea, los racimos de bananas se pudren en las
ramas, intactos.
Panamá conserva, á pesar de todo, su doble atractivo pintoresco é
histórico. El advenedizo Colón es franca y siniestramente vulgar.
¡Hago moción para que se le inflija ó se le devuelva para siempre su
nombre yankee de Aspinwall!—Bajo un cielo de estaño en fusión, en una
atmósfera de fuego que no deja un instante de tregua ni trae un hálito
de confortante frescura á las tres de la mañana, compone casi toda la
población un reguero de casuchas voladas sobre el malecón, con algunas
callejuelas llenas de pantanos, donde los sapos están de broma toda la
noche. Los huecos del gran incendio reciente han quedado abiertos, como
negros alvéolos de dientes caídos. La calle del puerto está ocupada
por agencias marítimas, depósitos, almacenes, _bars_. No se encuentra
una sola mujer en los portales—salvo negras: ninguna apariencia de
familia, de hogar, en este campamento de mercaderes cosmopolitas. Á
orillas del mar, las dos grandes villas de madera de los Lesseps se
levantan, lúgubres y vacías, rodeadas de altas palmeras que surgen del
ardiente arenal y parecen artificiales.
Corro á la agencia inglesa—todo aquí es inglés ó yankee—y pido
informes sobre el vapor cuya salida para Veracruz se anunciaba en
Panamá: es un _cargo-boat_, sin pasajeros, sin sombra de confort,
tan desprovisto que el mismo comandante se entremete con el agente
para que me devuelva el dinero y me deje embarcar por otro rumbo. Me
describe el itinerario: tendremos quince días de navegación, tocando
en infinidad de puertos imposibles, en Livingston, Belize, Progreso
... Acaba por confesarme que, á último momento, al alba, embarcaremos
un centenar de negros jamaiqueños—de grado ó por fuerza—que se
destinan á los terraplenes de Puerto Barrios. ¡He dado con un buque
negrero!—No importa: á pesar del aspecto fúnebre del vapor, de la
perspectiva inquietante, del furor sordo de los oficiales á quienes
voy á incomodar, y de los ojos furibundos del _steward_ que arroja
mi equipaje en el camarote que antes ocupaba,—me embarco en el
_Engineer_, de Liverpool, que leva anclas dos horas después,—porque,
desde Buenos Aires, he resuelto entrar en los Estados Unidos por Méjico
y California.
VI
DE COLÓN Á VERACRUZ
BELIZE.—PROGRESO.—MÉRIDA DE YUCATÁN
El vapor _Engineer_, de Liverpool, en que he tomado pasaje para
Veracruz, es como dije un viejo _cargo-boat_ de excelentes condiciones
marineras, con un itinerario seductor: tocará en Guatemala, Honduras,
Yucatán ... Lleva bastante carga y, accesoriamente, hasta ciento dos
pasajeros de distinción: á saber, cien negros de buena tinta, el
negrero (don Juan Baranda) y, por fin, este pobre blanco vergonzante
que será el historiógrafo de la expedición. Por lo demás, nada falta á
bordo. Tengo mi catre con dimensiones de ataud, sin sábanas ni fundas,
en un camarote-estufa que se refresca de mañana al dulce gotear de la
cubierta. No tratándose sino de quince días de travesía entre Colón y
Veracruz, el hielo para la bebida ha parecido superfluo. En cambio:
tocino, carne salada, judías secas y agua caliente á discreción. Asisto
al embarco de mis compañeros de viaje: un hormiguero de jamaiqueños
lustrosos que cruzan el pasadizo, haciendo muecas á la baqueta del
«cómitre», y se apilan en el entrepuente. Nos ponemos en marcha á las
ocho de la mañana, bajo un sol de plomo derretido. Tocan la campana
para el almuerzo y me dirijo al comedor: un sudadero estrecho, con
atmósfera y luz de sótano.
La mesa está obstruída por enormes fuentes llenas de cosas formidables;
en una cabecera se sienta el capitán, en la otra, el primer oficial;
con el dedo, el _steward_ me enseña mi sitio, enfrente del negrero,
entre el contador y el maquinista cuyas uñas ostentan la insignia
profesional: gentes y guisos tienen caras de pocos amigos. El capitán
inicia la fórmula horripilante: _A slice of bacon, sir?_ ¡Tocino!...
¡yo que no sorportaba lo gordo de una chuleta! El primer oficial
pertenece al género «chusco»: me dirige dos ó tres frases de tanteo,
y, junto con mi primer resbalón en inglés, todos se sonrien, ¡hasta
el negrero! Empiezo á sospechar que el judío Ehrmann, venteando mi
antisemitismo, ha inventado este paquete para Veracruz....
¡Bah! á la larga cada piedrita hace su alvéolo. El viajar es una
escuela de filosofía.—En la vida las cosas nunca son tan buenas como
se las espera ni tan malas como se las teme. La existencia toda es una
transacción entre la dicha absoluta y la desgracia completa. Todo pasa,
todo se acomoda ó, lo que tanto vale, nos acomodamos á todo, y, como
dicen los arrieros, «la carga se compone en el camino».—Después de
desembarcar, creo que no guardaré mala memoria de este buque negrero.
Durante esta cruzada tórrida por el mar Caribe y el Seno Mejicano, es
lo cierto que no he sentido para nada mi humanidad, y que, con tocino
y todo, he digerido como un _ñandú_. Á los tres días de aclimatación,
ya me entraba como por mi casa en el cuarto del capitán; consultaba
sus libros y mapas, me interesaba por el derrotero y las maniobras;
chapurraba un inglés que causaba distracciones al mismo timonel, á
despecho del reglamento[8]; y los oficiales no distaban mucho de
tratarme como á igual ¡es decir como á inglés! La única nota sombría y
melancólica era la ración de pan como oblea, anegada en una tinaja de
té....
El mismo negrero no resultó tan negro; además de contarme su
accidentada vida, que recordaré alguna vez, poseía un ajedrez de marfil
vegetal con un tablero del tamaño de un naipe: y allí era el comernos
las piezas como «porotos», sobre un canto de cajón dispuesto en la
toldilla.
Salvo dos ó tres días de mar picada, las noches eran magníficas.
Tendido en la tijera de lona del segundo capitán,—mi enemigo del
primer día,—después de hundirse el sol de púrpura en las ondas
iluminadas, me dejaba mecer por el lento balance, evocador de recuerdos
lejanos; vivía de mi propia substancia, en esta Tebaida flotante tan
avenida á la meditación.—De vez en cuando, la soledad es buena; es
algo así como un retiro espiritual consagrado al examen de conciencia:
un alto reparador en la carrera del mal, cometido ó sufrido, que forma
la existencia más recta y más feliz. Á poco andar se extrae no sé
qué amarga dulzura de esta abstinencia del mundo: _cella continuata
dulcescit_, que dice la _Imitación_. Y así, hasta muy entrada la noche,
pasaban las horas iguales, picadas por la campana y el grito del vigía
en la proa,—_All’s well!_—tranquilas, uniformes, sin más accidentes
que los de mi sueño interior: á semejanza de esas olas silenciosas que
corrían á lo largo de la nave, sólo diferenciadas ellas tam por el
fleco de espuma fosforescente que es otra fugitiva ilusión ...
Por la gran distancia, no conocí Puerto Barrios de Guatemala ni
Livingston, donde descargamos nuestro «palo de ébano»—y, por
añadidura, también á dos pobres muchachos ingleses, émulos de
Robinson que se ocultaron en la bodega al salir de Liverpool: después
de hacerlos trabajar duramente en el viaje, se les abandonaba
ahora en esa playa insalubre, porque se arribaba á una posesión
británica. ¡Oh! esas iniquidades perpetradas con impunidad, esas
lágrimas del inocente vertidas en la sombra ¡cómo quisiera yo creer
que son recogidas por algún testigo del infinito, que las condensa
pacientemente hasta reventarlas algún día en tempestad justiciera y
rayo vengador!—Confieso que sentí vagamente ver partir al negrero con
su ajedrez. Parece muy probable que, á igual de su cutis, su conciencia
pasara de castaño obscuro; además hay que reconocer que poseía un
tablero más «endiantrado», como dicen en Lima, que la filiación de
su poseedor. Pero ¡que el Guatemala le sea tan propicio como á su
mercancía! Al cabo perdió sin chistar las dos últimas partidas: rasgo
elevado que me deja alguna esperanza para su reforma y salvación. Por
fin, se llamaba Baranda y esto mismo quizá contribuya á contenerle ...
Belize.
Á vuelta de otras gentilezas mías, Cané me dijo un día que, á fuer
de francés, tenía yo el derecho de no saber geografía. (Picante
coincidencia: precisamente era á propósito de la América Central.)
Confieso que respecto al Honduras, británico ó criollo, hasta el
momento de pisarlo había ejercido ese derecho en toda su plenitud. El
mismo nombre de «Belize» se refería en mi memoria á una «mujer sabia»
de Molière:
_Nous l’avons cette nuit, Bélise, échappé belle ..._
En sólo veinte horas de permanencia he logrado terraplenar esta laguna
de mi educación. Ahora sé que Belize, ilustre capital del _British
Honduras_, está situada en la embocadura del Old-River, que he cruzado
á mediodía sobre un puente de hierro incandescente; tampoco ignoro
que su nombre es la corrupción del de Wallace, un famoso pirata
escocés; podría deciros que, en su población de seis mil almas, las
negras superabundan en la misma proporción que entre los pasajeros del
_Engineer_: tengo datos acerca de su temperatura tórrida porque la
he sufrido, de sus mosquitos porque los he alimentado; de su parque
pantanoso porque casi me he quedado en él. Pero convendrá el mismo
señor Cané en que este método de aprender geografía es un tanto oneroso
...
Bajo á tierra á las doce del día, en un bote cuya vela gualdrapea á
ratos contra su palo de bambú; en este ambiente de fuego, las ráfagas
de brisa intermitente parecen suspiros de lasitud de aquella tierra
tropical que se divisa á dos millas, baja y arenosa en la playa,
sombreada de obscuras arboledas en su interior. Al cabo de tres horas
de ceñir el viento escaso y ayudarnos con los remos flojos llegamos á
la orilla y, como el portugués de la zarzuela, me entrego al primer
indígena que me brinda un parasol. El indígena resulta alemán y me
conduce á su hotel; una casilla de madera en forma de jaula, con
galerías en contorno, paredes de enrejado, puertas y ventanas de
celosías: todo ello abierto al sol, al aire, á las nubes de mosquitos y
sabandijas que acechan á sus víctimas.
Me pongo á comer en el mismo plato, pescado frío, estofado, patatas
hervidas y bananas fritas; todo lo encuentro delicioso porque hay
hielo. ¡Oh! ¡la casa está bien provista! Hasta consigo una botella de
cerveza, traída del almacén más próximo. Es el mejor hotel de Belize, y
su dueño se desvive por complacerme: ¡llega á proponerme una partida de
carambolas para esperar la bajada del sol!