paso ante paso, respetando el descanso de su cochero y mayoral. Las
afueras de la ciudad se muestran ya invadidas por la vegetación
tupida, espléndida, inquietante, que exubera y chorrea savia nutricia.
En la bóveda rebajada del cielo gris, la espesa colgadura de nubes
se desprende á trechos, como cortina mal fijada, mostrando parches
de lapislázuli. Se respira un tufo de sudadero romano, un denso
vapor caliente, saturado de miasmas y fragancias vegetales que se
arrastran por el suelo, entre los charcos de la lluvia de ayer y la
atmósfera cargada y ya húmeda de un chaparrón cercano. Ya se desploma,
circunscrito y local, en tanto que, acá y allá en torno nuestro, sigue
el sol derramando sus cascadas de fuego. Sin un rumor, sin un hálito
de brisa, las gruesas gotas tibias se aplastan en el camino, quedan
en glóbulos de cristal sobre las anchas plumas verdes de los bananos.
Junto á sus ranchos ó bohíos de bambú techados de palma, algunas
mujeres y muchachos, sin inquietarse por el aguacero que gotea en su
hamaca suspensa de una enramada, dejan correr la lluvia en su cutis
de bronce. «Si va á pasar ... ¡Quién se toma el trabajo!...» ¡Sabia
economía criolla del esfuerzo, religiosamente observada en Sud-América!
Volvemos á los barrios centrales; me bajo del tranvía para andar más á
prisa. Visito la catedral de «estilo» jesuítico-español, cuyo frente
cuajado de molduras y rosetones encubre un interior suntuosamente
lúgubre; el colegio monumental y despoblado; el palacio episcopal,
advenedizo y cualquiera. En la plaza de San Francisco, una estatua del
presidente Rocafuerte—¿por Aimé Millet?—parece montar la guardia
delante del convento. Esta capilla es parecida á sus congéneres de
Santiago ó Lima, sencilla é interesante en proporción de su relativa
desnudez. En la penumbra de la nave rectangular, tres ó cuatro mestizas
arrodilladas forman un grupo confuso tras de una joven que reza,
con la cabeza envuelta en su mantilla. La veo salir, bajo la plena
luz del atrio, y quedo estupefacto ante su esplendor, que contrasta
maravillosamente con todas las caras pálidas y marchitas que hasta
ahora he visto en esta tierra envenenada. Rubia, fresca, de esbelta
robustez, esta legítima flor ecuatoriana tiene el pelo de oro y los
ojos azules de una wili, con la carnación divinamente transparente
de la _Santa Catalina_ del Correggio. ¡Extraño misterio, que en
todos los pasajeros del _Imperial_ producirá el mismo asombro! pues
será nuestra compañera de viaje hasta Panamá, con su marido, rico
comerciante francés que vuelve á la patria ¡extenuado por este clima
fatal! Ella evoca el recuerdo de esas espléndidas orquídeas de las
selvas natales, cuya mágica florescencia extrae frescura y brillo de
una atmósfera de fuego. Con su pobre marido carenado por una estación
en Vichy, la volveré á ver en París, indiferente y pasiva en los Campos
Elíseos lo mismo que en el atrio de San Francisco, irradiando su
belleza inalterable y fría como una gema,—á manera de esos témpanos
cristalizados que su Cotopaxi arroja á la distancia, y son trozos de
hielo salidos del cráter en ignición.
Al cruzar la plaza, leo en una pared blanca, con letras enormes como de
muestra comercial, el nombre de un diario guayaquileño, y recuerdo que
traigo una carta de Lima para su director. Falta una hora para levar
anclas: aprovechémosla, puesto que viajo para instruirme.
En un cuarto bajo y blanqueado con cal, delante de la clásica mesa de
redacción, más revuelta que un cuévano de trapero, me recibe un joven
esbelto y pálido, de modales corteses y aspecto simpático; parece
convaleciente, como casi todos los indígenas. Al ver mi carta, que
viene de un antiguo dictador—ó poco menos,—el periodista me considera
afiliado á su liberalotismo de oposición y me encuentro lanzado en
plena corriente de política ecuatoriana, en las polémicas de campanario
y las batallas liliputienses del papel—misterios todos que conozco
al igual que los combates de los trogloditas. Felizmente, mi amigo
flamante—«¡Cuente usted con un amigo!»—es otro pequeño Cotopaxi
oratorio: escucho el desfile previsto de la vida y milagros del déspota
del día—idénticos á los del déspota de ayer, y aun de antes de ayer.
El gobierno actual es, por supuesto, una tiranía apenas disfrazada,
y el clericalismo más subido impera en la capital. Guayaquil es la
única ventana abierta sobre el mundo civilizado: aquí la mayoría
es independiente, liberal, radical. Está en elaboración la próxima
revolución, inevitable, triunfante, destinada á realizar todos los
ideales, todos los progresos,—probablemente en nombre de Alfaro ó de
Veintemilla, de quien creo que es pariente mi emancipador.—Poniéndonos
en lo peor, la ventana sirve también para decampar ... Por lo
demás—seamos justos—el tiranuelo actual, hombre de letras, no gasta
medios violentos; deja á los periodistas libres, en Guayaquil; ni
siquiera suprime los periódicos: se contenta con cortarles los pies,
como hacían los déspotas orientales con sus cautivos, permitiéndoles
arrastrarse por el suelo, en torno de su mesa. De acuerdo con el
obispado—¡foco del obscurantismo!—el gobierno se limita á confiscar
sin ruido todos los ejemplares de los diarios opositores que se envían
por correo. Como el «avaro Aqueronte», el buzón no devuelve su presa.
(¿Allí quedaría mi carta de marras?)—Pero todo está á punto de
concluir, de reformarse: la próxima constitución—anexa á todo vuelco
gubernativo—será perfecta y definitiva. Etc., etc ...
En tanto que el tórrido tribuno—sin duda, sincero—asesta en el vacío
su «ecuatorial», miro la susodicha estatua por la ventana abierta; y
aquella figura convencionalmente meditativa del caudillo guayaquileño,
evoca por asociación las de sus predecesores y sucesores, cuya historia
recorría á bordo, y no por cierto en autor adverso al tan hueco y
estéril cuanto celebrado liberalismo[5].
¡Lúgubre y carnavalesco desfile de revoluciones sangrientas, de pactos
y traiciones vergonzosos, de manotones «sorpresivos» y dentelladas
famélicas, con el acompañamiento repugnante de esa fraseología
jacobina, medio siglo después que en Europa ha sido arrojada á la
espuerta de la basura! Figuraos una opereta en cien actos cuyas escenas
trágicamente cómicas fueran reales, con asesinatos, envenenamientos,
saqueos y orgías de verdad: las peripecias del _Príncipe_ de Maquiavelo
puestas en acción, no por Malatestas y Castruccios, elegantes en su
misma corrupción y ferocidad, sino por mestizos lúbricos y ébrios, y al
compás de la bámbula ... Más sencillamente: imaginad nuestra anarquía
sanguinolenta de una década, prolongada por más de medio siglo—todavía
dura—y, en lugar de nuestra franca barbarie provincial de vincha
roja y chiripá, una parodia nauseabunda de constituciones deformes y
proclamas idiotas, que parecen eructos á la libertad[6]!—Cada capítulo
de esa historia repite el anterior con insoportable monotonía, tan
sólo amenizada por lo grotesco del estilo.—Los anales del Ecuador
ostentan la uniformidad abrumadora de su clima sin estaciones. Siempre
la violencia impulsiva en el pueblo, como el estío implacable en la
tierra; el atentado brutal ó la usurpación insidiosa para asaltar el
efímero poder, que de antemano justifican y atraen las anárquicas
represalias. Una sola década hace excepción en más de sesenta años:
la de García Moreno, cuya mano de hierro se enguantaba de terciopelo
clerical, y que fué bárbaramente sacrificado, no por su despotismo y
más ó menos justificadas crueldades, sino por su energía autoritaria
que creyó posible fundar el orden en el catolicismo intransigente. En
suma, aquella dictadura, con sus errores y violencias connaturales,
representa el único esfuerzo intentado para domesticar el anarquismo
ecuatoriano. Con ella la nave nacional, bien ó mal orientada, seguía
un rumbo fijo, en lugar de ser juguete de las olas embravecidas, como
antes y después de la famosa Constitución de 1869 ...
Un tanto hipnotizado por el runrún oratorio, he seguido mi pensamiento,
dejando vagar la mirada en torno de la estatua de Rocafuerte, ahora más
que nunca meditativo, pues por efecto del vibrante miraje, paréceme que
cabecea de pie. En un resuello de mi «amigo», murmuro distraídamente,
designando al presidente de bronce:
—García Moreno ¿era de Guayaquil?
El periodista liberal me mira estupefacto: leo la indignación y el
escándalo en su boca abierta, y aprovecho la coyuntura para esquivarme,
después de las «cortesías de estilo», como dicen los repórters
criollos: «¡Cuente V. con un amigo!».
Si escribiera para lectores europeos, no me sería perdonado el dejar
á Guayaquil sin hacer mención de los cocodrilos del Guayas. Podrían
servirme de disculpa mis sendas alusiones á los yacarés políticos ...
En puridad, nada tengo que reprocharme. Caudillejos aparte, y á pesar
del sol rajante (2° de latitud), habíamos fletado—seis ingleses y
yo—un vaporcito armado en guerra para remontar el Guayas hasta la
región de los saurios. Todo estaba pronto: provisiones, armas,—una
colección de spencers, winchesters, etc., con que despoblar el reino
de los caimanes,—hasta un aparato fotográfico, _ad perpetuam rei
memoriam_ ... El tiempo de entrar en mi camarote para cerrar mi baúl,
y ya los amables ingleses se habían marchado, capturando el bote como
un simple pedazo de Venezuela.—Por lo demás, este rasgo de forbantes
no les ha sido de provecho. Tres ó cuatro horas después volvían al
_Imperial_, trayendo á uno de los cazadores con una insolación. La
aventura, felizmente, no ha tenido mayores consecuencias, merced á la
intervención enérgica de la ciencia. El médico de á bordo, un mestizo
rechoncho con cabeza de batracio, acude al pronto, arremangándose con
convicción, seguido por el comandante cargado de frascos. Sinapismos,
compresas heladas, friegas á brazo partido ... ¡nada! El enfermo,
tendido en un banco sobre cubierta, no se movía: ya en camino, al
parecer. Por fin, el doctor destapa un frasco azul, murmurando:
_agua sedativa_, y echa una dosis en las manos del capitán puestas
en escudilla sobre el pecho desnudo del paciente ... ¡Doble rugido
del capitán que larga todo y del enfermo que recibe el chorro en el
estómago! Era ácido fénico. El efecto ha sido maravilloso, y quedará,
sin duda, como la curación más notable que haya perpetrado este
descendiente de los brujos incásicos. Con semejante médico á bordo se
puede viajar tranquilo: si se atreviere á nosotros el vómito negro
¡dará con la horma de su ojota!
* * * * *
Panamá.
La entrada de Panamá por el Pacífico es un encanto: parece una
reducción de la de Río de Janeiro; sólo que aquí conviene llegar al
alba, en tanto que la portentosa bahía brasileña necesita del sol
declinante para resplandecer en toda su gloria magnífica y teatral.
Desde la aurora estamos en pie—y no es mucho esfuerzo dejar cuanto
antes el sudadero del camarote.—Con lentitud y precaución, por entre
el dédalo invisible de los bancos de coral, el «steamer» da sus últimas
vueltas de hélice para fondear á pocos cables de la isla Tobago.
Á nuestra izquierda, los conos arbolados de Naos y Flamenco surgen
con deliciosa audacia del círculo espumante de los escollos. El viejo
Panamá,—sombrío y erizado de rocas abruptas, que fueron bastiones
y parapetos en tiempos de Morgan y Pointis,—y la ciudad nueva, un
poco al oeste, pintoresca y alegre cual estampa iluminada, se yerguen
contiguos bajo las puntas agudas del cerro de Cabras. Un oficial me
enseña las torres cuadradas de la catedral, de ese recargado estilo
hispano-colonial que no parece vulgar en este paisaje; la ensenada
del canal interoceánico en la Boca; al pie de la colina de Ancón, el
hospital de la Compañía, innumerable serie de pabellones elegantes,
lujosos, escalonados en la falda, como _chalets_ de recreo á la sombra
de cedros y naranjos. El sol naciente y tibio apenas alza su disco
sobre las islas verdes, arrojando en el paisaje el oro y la púrpura de
la mañana; por doquiera, una vasta erupción de follajes y flores que
alegran la vista y hasta rejuvenecen los arruinados terraplenes que la
menguante deja en seco; la brisa fresca nos trae rumores de campanas
entre ráfagas de fragancias forestales y perfumes de magnolias ... Y
bajamos á tierra con esta impresión de alegría y bienestar, después
de una pesada travesía. Todo parece arreglado para seducirnos, hasta
este privilegio de puerto franco, que nos ahorra el enervamiento
del equipaje trastornado por la inquisición aduanera. Estoy á punto
de encontrar que Panamá, ciudad y clima, es adorable: un verdadero
«paraíso terrenal», como lo llamaban los Wyse, Turr, Lesseps, Zavala:
todos los del reclamo gigantesco que cruzaron el istmo á vuelo de
buitre ...
Por su aspecto exterior, la ciudad no difiere mucho de las antiguas
poblaciones peruanas; pero, sobre el antiguo fondo colonial, se
encuentra á cada paso el contacto de las dos influencias rivales,
yankee y francesa, que se han combatido ó yuxtapuesto. Muchos avisos y
muestras comerciales están en las tres lenguas. El tramway eléctrico,
el pavimento y las aceras de las calles centrales, la bonita plaza
de la Catedral—donde hacen buena vecindad el _Grand Hôtel_, la
Agencia del canal, el Banco del judío Ehrmann y el obispado; el
alumbrado público y hasta los uniformes modernos de la policía: todos
los adelantos materiales de la ciudad nueva son regalos más ó menos
directos de la opulenta Compañía. La era de las obras del canal ha
sido la edad de oro de esta provincia de Colombia, y, por rechazo, de
todas las otras.—El cochero negro que me hace dar mi primer vuelta de
Panamá me toma por un ingeniero, y me pregunta con vivo interés si los
trabajos no volverán á seguir. Le afirmo que sí ¡palabra de ingeniero!
Por lo demás, este paseo es encantador. Vamos rodando desde las
callejuelas de la ciudad vieja, con sus volados balcones de bastidores,
hasta las espesuras umbrías de la colina que desciende á la Boca. El
ambiente está delicioso: acá y allá, algunas gotas de lluvia, anuncio
de la primera tormenta que caerá mañana, como estreno de la estación
húmeda. Á derecha é izquierda del camino arenoso, en que las ruedas
abren susurrante estela como en el agua, los ranchos de cañas dejan ver
hamacas colgadas, catres de palo en los cobertizos; y en sus contornos,
mangos, cocoteros, plátanos, sandiares: la vida abundante y fácil para
la indiada ociosa y feliz. De éstos, muy pocos han quedado en los
cortes y terraplenes del canal,—¡fuera de los jamaiqueños conchavados
por centenares! Pero, como estos anónimos se enterraban en zanjones que
se rellenaban después, á estilo de la langosta saltona, sería injusto
achacarles mayor recargo en las estadísticas.
Todos los enterrados no han guardado el incógnito;—desde luego,
los «celestes». Acaso este cementerio chino, tan característico,
desprenda con su ínfima y muda protesta de los ignorados efímeros
contra el olvido, una melancolía más intensa que los otros. Hasta en
la tumba persiste la tendencia encogida y achaparrada de la chuchería
chinesca: los túmulos uniformes y microscópicos se componen de
piedrecitas verticales que rematan en una bola, en el lugar de nuestra
cruz, enseñando cada cual su extraño jeroglífico negro que parece un
coleóptero aplastado.
Visito después el cementerio francés, en muy buen estado, lleno de
árboles y flores que las Hermanas del hospital cuidan esmeradamente,
como un pedazo de patria. ¡Y cuántas hay de esas calles fúnebres, de
esas hileras de cruces, de esas piedras grises y tablas negras, en que
dos ó tres nombres van acolados al mismo apellido, como que encubren
una sola familia! Diríase el campo mortuorio de una poblacion entera.
Y de todos estos epitafios ingenuos y desconsolados, que ningún deudo
lejano leerá jamás, de todos estos nombres humildes de seres jóvenes,
heridos casi en la misma fecha, se alza un inmenso lamento sólo para
mi alma perceptible,—_sunt lacrymae rerum_,—acusando el rigor del
destino y el crimen de los hombres.—Bien sé que no eran ciudadanos
ejemplares, muchos de los terrajeros caídos en este suelo envenenado.
Pero con todo, encuentro harto dura la oración fúnebre colectiva que
les dedicaban algunos financistas repletos de París, al atribuir
los estragos que ya no podían ocultar, únicamente á la incuria, al
libertinaje, á los excesos de los trabajadores. Me ocurre—y tengo
datos para ello—que todas las víctimas no fueron la espuma y escoria
de nuestra población, y que más de un jornalero llegó con mujer é
hijos, impelido por la honrada pobreza y el deseo de mejorar la suerte
de los suyos. No son únicamente vagabundos y mujeres perdidas los
que duermen aquí, lejos de la aldea nativa, bajo una humilde piedra
de limosna, al lado del viejo de barba gris que primero sucumbió. ¡Y
entre tanto!—¡oh miseria é insensatez!—al rededor del vasto osario,
junto al gran campamento de la Boca, al pie de la costosa _Folie
Dingler_ y á cien metros del río Grande donde podían derramarse,—los
inmundos pantanos exhalando el miasma, apestando á fiebre y muerte, se
extienden todavía allí, intactos, sin haber recibido jamás una sangría
de drenaje, un ensayo de terraplén que, en cambio de algunas coimas
cercenadas, habrían salvado la vida á centenares de hombres!... «Y ¡en
estas condiciones de eterna primavera es como se concibe el paraíso
terrenal!» ¿Quién habla así? ¡Un Bonaparte[7], pues! Es el estilo
pastoso y enfático de esa familia de aventureros más ó menos coronados,
que nunca logró hablar de corrida la lengua de Voltaire.
¡Pobres aldeanos franceses!
He permanecido cinco días en Panamá y sobre el istmo, recorriendo
á caballo ó en bote las obras de la bahía de Limón, el río Grande
arriba de la Boca, y el resto del canal al rededor de la bonita isla
del Manglar hasta la Puerta Ebbé,—fuera de la parte análoga en la
vertiente del Atlántico. La excursión por agua, sobre todo, me ha
impresionado, en el silencio y la paz melancólica de esa gran esperanza
perdida. El ancho canal cortado en talud se alargaba á nuestra vista,
recto y profundo. Quería figurarme que se prolongaba así hasta muy
lejos, sin interrupcion, después de vencidos los obstáculos, tajado el
cerro de Culebra, embozado el Chagres brutal. Forjábame por instantes
la ilusión de la empresa concluída, después de tanto dinero derrochado,
llevada á feliz término por la ciencia aunada al patriotismo, é
inaugurándose al fin en una universal y gloriosa aclamación ...
Dejemos los ensueños y volvamos á la realidad. En cuatro ó cinco horas,
he recorrido la parte del canal definitivamente cavada; agregad un
trecho doble ó triple por la vertiente atlántica, y tendréis concluída
una tercera parte del trayecto en longitud, entrando en la cuenta las
bocas naturales utilizadas; pero en absoluto y como proporción de la
obra por realizar, apenas una fracción centesimal. Todo lo difícil y
problemático queda en pie, sin haberse decentado más que de trecho
en trecho y por vía de ensayo. El ingeniero en jefe que me acompaña
no cree, naturalmente, que la partida esté perdida. Está en su papel
profesional. Ha obtenido nuevos plazos en Bogotá, creo que con una
_enésima_ comisión de dos millones. La compañía futura tiene dos años
para constituirse y volver á proseguir los trabajos. Se preconiza hoy
el canal de esclusas que se atacaba diez años ha. El inevitable Wyse
demuestra ahora que es salvable y hasta utilizable la dificultad del
río Chagres. El _bief_ superior se alimentaría con las aguas de dicho
río, almacenado en el valle central. No se trataría ya más que de unos
500 millones de francos. Etc., etc.
No tengo opinión formada en la cuestión técnica. Me limito á
desconfiar de las demostraciones «matemáticas» que ocurren tarde, y
son diametralmente contrarias á las que se presentaban antes, como
el fruto de veinte años de estudios no menos matemáticos. Por otra
parte, si se encontrase el capital, es muy dudoso que el gobierno
francés autorizara la formación de una nueva compañía, que no podría
subsistir sino haciendo tabla rasa de la anterior. El proyecto se
estrella contra un doble _non possumus_ financiero y legal. Luego
vendría la cuestión internacional. Por un concurso de circunstancias
que ya no existen,—sin olvidar á Lesseps cuyo coeficiente personal
tenía importancia incalculable, hasta en Washington y Nueva York,—los
Estados Unidos soportaron hace veinte años lo que hoy combatirían
enérgicamente. El reciente pegamiento—ó pagamiento—de Bogotá ha
suscitado fuertes resistencias del lado yankee. Se ha logrado merced
al convencimiento general de que carece de alcance práctico, y con
ciertas reticencias que á todos aprovechaban: para el representante de
la compañía, era un éxito personal; para los agentes colombianos, dos
millones de francos al contado no son fruslería; por fin los Estados
Unidos ganaban una situación privilegiada ante la sucesión abierta.
Las obras por el lago de Nicaragua han quedado interrumpidas, debido
en parte á la presión de las grandes compañías ferrocarrileras. Con
todo y contra todo, se hará el canal interoceánico, acaso en Nicaragua,
más probablemente en Panamá. La influencia de la enorme república es
invencible en esta parte del continente. Sin esfuerzo ni violencia, por
la simple ley de la gravitación, se anexará á buen tiempo las regiones
útiles del Centro y «protegerá» las del Sud. Cogerá á Guatemala,
Costa-Rica, Cuba y el resto como peras maduras. El mutilado México
se siente ya en la esfera de fascinación del pueblo constrictor: la
era de anarquía, que infaliblemente sucederá á la dictadura actual,
le hará rodar por la pendiente yankee. En este mismo Panamá, los
americanos nos han reemplazado con admirable presteza, y lucran donde
nos arruinábamos. Detentan el ferrocarril, el telégrafo, la prensa, el
comercio de tránsito, que se reparten con los judíos sin detrimento
para unos ni otros. Se han instalado en el famoso _Hôtel Central_, cuyo
hall vió á Lesseps presidir banquetes tropicales en mangas de camisa;
del bar al oficio, todo es yankee. Nadie sabe palabra de francés ...
¡ni de español! Los libros comerciales, los anuncios, las listas, las
cuentas: todo está redactado en inglés ... Á propósito de judíos,
recojo de paso esta bonita prueba del latitudinarismo colombiano. Se
alza en la plaza el vasto palacio episcopal; como el obispo no ocupa
sino el piso alto, alquila el bajo á un sanhedrín israelita (¡muy caro,
para hacer obra pía!): de suerte que en medio de las cruces y emblemas
católicos de la fachada florece, _ad majorem Dei gloriam_, esta muestra
bancaria impregnada de modernismo: ISAAC AND CO—¡en grandes mayúsculas
de oro!
* * * * *
¡Oh! sí, decididamente, ¡la creo sepultada para siempre la empresa
francesa del Panamá! Es la impresión que del conjunto y de los
detalles recibía, cuando iba recorriendo el canal por última vez, al
descender el mudo crepúsculo. El material abandonado en la ribera,
las lanchas inmóviles, las gigantescas dragas anquilosadas en sus
posturas oblicuas: todo parecía aumentar el universal silencio, la
sensación melancólica de soledad y abandono irrevocable. Los animales
desalojados por los obrajes han reaparecido, y viven allí con toda
confianza. Garzas blancas y flamencos rosados exploran el cieno, bajo
los cangilones de hierro; y un caimán que sorprendemos al paso saca del
agua su hocico disforme, y, en vez de bucear, se arrastra sin apuro
hasta el vecino paletuvio, sobre sus patas en cartabón.
En resumen, de todo lo visto, oído y estudiado, resulta para mí la
convicción de que la obra nunca fué conducida como debiera,—como la
habría dirigido, sin duda alguna, en un espíritu de sano patriotismo y
amor de la gloria verdadera, ese noble y honrado Michel Chevalier, cuya
_Memoria_ profética es, aún hoy, digna de ser leída y meditada. Todo el
edificio del Panamá se ha construído en desplome, hilada por hilada.
El público confiaba en Lesseps—una leyenda; Lesseps se entregaba á
sus colaboradores ordinarios, politiqueros y arbitristas que concluían
por creer á medias en los propios _boniments_ que habían pagado; los
profesionales estudiaban el asunto por encargo, y, bajo la hipótesis de
un capital inagotable, concluían con un informe favorable; los sabios,
del Instituto ó de la Sociedad de Geografía, resolvían la cuestión en
abstracto, como un teorema, sobre la base de que los estudios de Wyse
merecían confianza absoluta ...