régimen de verdadero parasitismo pedicular. Ahora bien, como remedio á
los males presentes y á las catástrofes futuras; como _Sursum corda_
generoso y varonil, enfrente de este descenso gradual de los espíritus
y las conciencias, los «pensadores» no preconizan el trabajo material,
la iniciación civilizadora, el deletreo paciente de la ciencia y
la filosofía modernas; sino la redondilla y la décima, en español
castizo.—Cuéntase que los bizantinos seguían discutiendo una regla
gramatical, en tanto que los turcos batían sus murallas; pero no dice
la historia que continuarán su tarea de eunucos después del saqueo y
la rendición ... En Lima se siente ahora como una recrudescencia de
la palabrería pedantesca y vacía. Funciona solemnemente una «Academia
de la lengua», sucursal de la que elabora en Madrid tan exquisito
diccionario. Para procrear una obra inspirada, para dar al fin con la
originalidad y la vida, estos «excelentísimos» se cuelgan del pescuezo
un abalorio y, puestos en cuclillas, formando rueda, teniendo cada
cual en la mano su diploma de la academia matriz ¡se calientan al
reflejo de una luna menguante! El achaque es epidémico y crónico. El
mismo gobierno—el ministro del ramo es académico—que no pudo mandar
á Chicago una sola muestra de las riquezas históricas y naturales del
Perú, ha costeado en Madrid, durante el concilio de la «Lengua», á su
correspondiente y distinguido defensor. Los resultados no pueden ser
más tangibles; el representante los comunica alborozado: «Después de
una descomunal batalla acerca del adjetivo de _inca_, quedaron fuera de
combate, _incásico_, _incano_ é _inqueño_, declarándose por quienes lo
saben bien, que _incáico_ es el derivado legítimo de los soberanos del
Cuzco y el único que, como tal, debe ceñir la _Mascaipacha_ y empuñar
el _Tupaccurí_ gramatical. ¡Victoria completa!»—Pobres victorias
peruanas! Entretanto, la enseñanza primaria y profesional, las escuelas
y colegios retroceden á un estado rudimentario y verdaderamente
_incáico_ ...
* * * * *
Todos esos rasgos son exteriores y parciales: podría en cierto modo
dudarse de que sean plenamente significativos y sintomáticos de un
estado general. Pero hay aquí, en mi sentir, dos estigmas profundos
que anuncian ó caracterizan la degeneración orgánica. Es el primero
el acceso libre y próspero de una raza inferior que, gradualmente, se
infiltra en el elemento nacional, aunque sea el más bajo y débil, para
debilitarlo más y rebajarlo aún. El segundo es la marcada superioridad
de la mujer sobre su compañero social: manifestación que parece también
un signo de atavismo regresivo propio de las razas envejecidas. No
necesito decir que si, como materia de observación, ambos rasgos son
interesantes y dignos de estudio, distan mucho de ser igualmente
atrayentes.
Después de la bastardía étnica, debida á la antigua mezcla indígena
y africana, el Perú está sufriendo ahora la del contacto asiático; y
ello, en un grado de intensidad que no admite comparación con el de
otras regiones invadidas. La colonia china de San Francisco, acaso
más numerosa y rica que la de Lima, no es ni será nunca un elemento
asimilado, ó sea un peligro nacional. La _China town_ es el _Ghetto_
de estos modernos judíos, que han sido tolerados como instrumentos
de cierto tráfico ó del trabajo vil. Á mas de que su residencia en
California se hace cada vez más precaria, no creo que haya ejemplo
de una unión contraída ni de un real compañerismo entre «celestes»
y terrestres. Permanecen allí como ilotas ó parias, aislados y
rencorosos.—En el Perú, los he visto risueños, contentos, cariñosos
como buenos perros domésticos. En las faenas del campo y de la ciudad,
se mezclan y confunden casi con los «cholos» de cualquier matiz,
hasta que logran desalojarles sin ruido de los oficios provechosos.
Insensiblemente, van invadiendo como una lepra los departamentos del
litoral y hasta del interior. No inspiran repugnancia á las criollas,
ni ellos la tienen en absoluto por las costumbres indígenas. Después
de algunos años se cortan la trenza,—la inmunda cola de lagarto que
trae reminiscencias de soga y látigo,—se hacen _kiu_ ó renegados, sin
tornarse abominables para los recién llegados. Muchos son católicos,
visten á la chola, se casan con mestizas y procrean abundantemente una
nueva variedad de peruanos que me han parecido—¡cosa terrible!—más
agraciados é inteligentes que los nativos de su condición. Son buenos
padres, excelentes maridos, laboriosos, económicos—y sus mujeres
viven felices. Ante esta adaptación perfecta, me siento inclinado á
creer que han dado con hermanos de raza, y me aproximo á la teoría
etnográfica que atribuye á una emigración asiática el poblamiento de
esta vertiente del continente americano. Así se explicaría lo de ahora
y lo de antes, y lo de más allá. En todo caso, esta fácil amalgamación
es profunda y tristemente significativa. Para que pueda realizarse
y ser fecunda esta nueva hibridación asiática, es necesario que las
anteriores hayan rebajado la raza indígena casi á su nivel. Ahora bien,
fuera de su destreza simiesca que sólo justificaría su colaboración
provisional en los países nuevos, el elemento chino representa la
parálisis evolutiva, la muerte de todo progreso, el opio difundido
en el organismo nacional.—Y ante todo, es un tipo deforme y feo, no
relativa sino absolutamente ¡la efigie divina se ha borrado de su
máscara bestial!
He visitado dos veces el barrio chino de Lima; y acaso, después de
conocer su colonia de San Francisco con sus teatros y bazares, vuelva
sobre este tema curioso y pintoresco. Aquí sus tiendas especiales y
puestos de comestibles ocupan un barrio entero, al rededor del mercado,
de donde casi han desterrado á los indígenas. Se les ve agitarse y
voltear sin ruido, en sus mesas de legumbres, carne, frutas,—ágiles é
infatigables como mujeres que no supieran chillar y alborotar.
Sentados en sus tabernas, delante de sus tazones hondos, manejando con
movimientos de ardilla sus palillos, como quien hace punto de media,
engullen rápidamente, envueltas en azafrán, comidas conocidas—cordero,
pollo, arroz—que me parecen nuevas, cosas limpias que me parecen
inmundas. Con sus muecas involuntarias en la palidez de cera vieja
de sus mascarones achatados y lisos, con sus divertidos ojillos
porcinos de «hombre que ríe» y sus dedillos flacos y exangües de
monos enfermos, parécenme caricaturales y grotescos, y hallo no
sé qué de repugnante y obscenamente senil en su parodia eterna de
nuestra humanidad. Por los callejones estrechos de sus refugios, en
las guaridas obscuras donde se apiñan en anaqueles de tabla, un olor
acre de opio y miasma os toma la garganta, y es necesario fumar todo
el tiempo para precaverse de la náusea. Hay cuartos de juego donde
mueven como prestidigitadores naipes grasientos y dóminos enormes,
apuntando con puñados de judías; talleres liliputienses de remendones,
sastres, costureros y planchadores de ropa,—rincones más inmundos
aún. Las cocinas apestan; las tostaduras de maní levantan el estómago.
Existe una gran piscina sombría para el baño común; y no sé por qué
este último detalle es más nauseabundo que los demás: me figuro
esos cuerpos obesos y pelados de batracios chapoteando en el agua
turbia ... Y en los pasadizos resbalosos y húmedos, cuyo vapor semeja
tufo visible, es un hormigueo de cosas y seres melosos, pegajosos,
horriblemente olorosos, que me traen el recuerdo de esos montones de
cucarachas tucumanas que hierven atascadas en un tarro de arrope ...
Por fin, hay los dormitorios de opio—y esto es lúgubre. Sobre catres
de tabla, la cabeza contra la pared descansando en una tijera de palo,
bajo el papel rosado con sus tres signos negros que encierran una
fórmula propiciatoria—de dos en dos, en una promiscuidad que hace más
repelente sus formas hermafroditas: están fumando sus largas pipas
de madera encima de la lamparita llena de aceite de maní, que clava
una estrella rojiza en las tinieblas ambientes. Según el estadio de
la embriaguez, varían las actitudes, más ó menos embrutecidas. El que
comienza, sentado, aspira febrilmente el veneno por el tubo recto y
activa la combustión de la resina negra; el humo acre se escapa en
espiral blanquecina; otro, ya vencido á medias, despide bocanadas
intermitentes, los ojos extraviados, una vaga sonrisa idiota en los
labios blancos, la mano vacilante; por fin, hay los que han caído
intoxicados, inertes, con la faz exangüe y cadavérica, los ojos
vidriosos de la muerte, levantadas las costillas por un vago jadeo de
éxtasis que parece una agonía. Un silencio de sepulcro:—y contemplo
horrorizado ese columbario de bultos humanos, sintiendo mi alma
agobiada bajo un terror desconocido—con el estremecimiento de la duda
y del misterio. ¿Quién sabe si no hay cierta grandeza oculta en ese
voluntario embrutecimiento, cierto melancólico desdén de la vida en esa
obstinada prosecución del aniquilamiento? ¿Qué largo sufrimiento de la
raza envejecida habrá transmitido á las generaciones la desesperación
hereditaria é incurable, hasta el grado de sustituir al natural afán
de la existencia el tétrico deseo del no ser?—Acaso, por sobre las
repugnancias de la forma y las sordideces del medio material, no sea
este desprecio de la realidad humana, esta sed inextinguible del
ensueño, más que un inmundo remedo del gran desprendimiento terrenal en
que se aletargó nuestra Edad Media: _¡Beati mortui quia quiescunt!..._
* * * * *
Como carácter peculiar del grupo social peruano, he mencionado ese
rasgo curioso y significativo de la superioridad innegable de la
mujer. Este hecho se manifiesta, al contrario del anterior, en la capa
aristocrática del pueblo limeño. Todos los viajeros han celebrado la
belleza y la gracia de estas hijas del trópico; el brillo diamantino de
sus ojos negros; la frescura claustral ó la mórbida palidez de estas
flores delicadas, criadas en la sombra aunque nacidas al sol, y que
prefieren al aire libre la media luz crepuscular de la iglesia y del
salón. En su negro tocado tradicional, que tiene el atractivo supremo
del adivinado misterio y del contorno entrevisto, pasan esbeltas y
ligeras, batiendo el mármol de los atrios con su trotecito de pájaro, ó
huyendo, al caer de la noche, por la acera callada, con un roce y vago
aleteo de aparición.... No se ha celebrado bastante su fina elegancia
intelectual, la maravillosa fluidez de su dicción cantante, su perpétua
adivinación de lo que no pueden saber, la encantadora pedantería de
su discreteo de «preciosas» nunca ridículas. Basta una sola de estas
hechiceras para animar una tertulia de diez hombres, como basta un
ruiseñor para un jardín. Hasta creo que ellas mismas lo prefieren
así: devuelven el chiste, el epígrama, con una presteza y una soltura
admirables. La palabra se escapa, como el volante de una raqueta,
describe en el aire una curva graciosa y cae en el blanco sin vacilar.
Se expresan con una corrección, una propiedad pasmosas; se deslizan por
entre las asperezas de la «analogía», como la bolilla de marfil entre
las púas de un billar inglés. Triunfan, decididamente, en la sintaxis;
pero sin rigidez ni esfuerzo alguno. Son las hadas de la gramática.
Algunas han leído librotes para extraer de esos mamotretos un átomo de
miel que Vadius quisiera recoger en sus labios:
_Ah! pour l’amour du grec souffrez qu’on vous embrasse!..._
Positivamente, son instruídas, letradas—y me ha parecido ver, en la
punta de algunos dedos de rosa, una manchita de tinta. Han nacido
epistolarias; y en esas cartitas satinadas que van y vienen entre Lima,
Santiago y Buenos Aires, no sospecharíais que se agita el equilibrio
sudamericano, como paréntesis á una consulta sobre la supresión del
flequillo ó la vuelta del traje _imperio_ ... ¡Os digo que son únicas!
Y, con todo eso, altivas, enérgicas, conscientes de lo que en los días
luctuosos debía hacerse y no se hizo; soberbiamente vengativas por
las heridas nunca cicatrizadas de su orgullo patrio y la ruina de su
grandeza nacional. Todo esto lo saben los pobres vencidos de ayer:
lo confiesan y reconocen con una ingenuidad que reemplaza todas las
demostraciones ...
Y después de pasar quince días al lado de estos seres exquisitos y
complicados, me embarcaré con el vago pesar de no haber encontrado el
talismán que volviera á este país la prosperidad perdida, á sus hijos
la energía reparadora y el esfuerzo viril—sin quitar á sus hijas la
gracia soberana, en ellas inseparable de la suprema distinción.
Pero algo más buscaré y por muchos días aún, tendida la mirada hacia la
costa peruana—algo que ya no encontraré sin duda en el largo viaje de
destierro y soledad: la casa amiga, llena de gorjeos infantiles, cuya
atmósfera tibia tuvo para mí la dulzura de un hogar; la cordialidad
sincera de una mesa argentina, el contacto de cada día, de cada hora,
con un espíritu de mi familia; la imanación refrescante del talento
juvenil, la hospitalidad practicada como un parentesco—los brazos
abiertos de García Mérou.
V
DE LIMA Á COLÓN
GUAYAQUIL.—PANAMÁ
Después de una quincena de gratísima estancia,—velada acaso por
la impresión de conjunto que me ha sido penoso formular,—tengo
que arrancarme de Lima, la muy noble y hechicera, que desprende el
encanto melancólico de la grandeza venida á menos. Presiento que tan
sólo ahora comienza para mí el verdadero y rudo viajar, es decir, el
extrañamiento, la soledad moral sin el paréntesis de las arribadas á
casas amigas: lo que en estrategia se llama «la pérdida del contacto».
¡Oh! ¡qué dura ha de ser esa larga abstinencia de charla familiar, el
eterno soliloquio del espíritu replegado sobre sí mismo! Nunca más
cierto que en la peregrinación el _Væ soli!_ de la Biblia: ¡Ay del
solo! que cuando cayere, no tendrá quien le levante ...
Hasta Lima había llegado, adelgazándose más y más al estirarse, el hilo
invisible que me ata á Buenos Aires: no sólo encontraba donde quiera,
en Chile y el Perú, una propagación de afectos ó relaciones fáciles,
sino que comprobaba personalmente la irradiación directa de la tierra
adoptiva. El hilo está roto. ¿Qué individualidad puedo yo esperar, allí
donde la Argentina parece mucho más desconocida y distante que en París
ó Londres? Tengo de ello una percepción inmediata, desde que piso la
cubierta del vapor _Imperial_, que me lleva á Panamá. _Once more upon
the waters!_ Pero esta vez, Childe Harold encanecido y sin lirismo, me
siento desorientado, aislado de veras, separado de mis cien compañeros
de cautiverio, menos aún por la falta de trato anterior que por la
ausencia de posible afinidad futura.
Desde que dejo de agitar el pañuelo hacia el grupo cariñoso que se
queda en el Callao, la brusca invasión del aislamiento cae en mi alma
como un gran silencio repentino; y en un ensayo de reacción infantil,
me pongo á leer dos ó tres pobres cartitas de «recomendación» para
Guayaquil y demás tierras calientes. Luego, semejante al medroso que
canta en las tinieblas, me doy á pensar que, en adelante, mi mejor y
fiel amigo hasta Méjico y California, mi interlocutor más sufrido en
esa vasta _terra incognita_, donde me tornaré al pronto tartamudo y
sordo á medias, será este cuaderno de papel blanco que he comenzado á
ennegrecer.
¡Triste paliativo para quien el escribir es tan tedioso! ¿Será
posible que exista un sér inteligente y delicado que, con toda buena
fe y espontaneidad, se entregue á este fastidioso enhebrar de frases
impotentes, desdeñando el noble deleite de imaginar á solas, sin lanzar
á la plaza pública sus confidencias? Ello parece tan inverosímil como
atribuir gustos de artista al ente subalterno que persigue mariposas
en la pradera, con el único afán de fijarlas, muertas y descoloridas,
en una caja de cartón ... Otra ha de ser la razón de los «apuntes de
viaje». Creo hallarla en el fondo de perversidad humana que descubre
especial fruición en el anhelo de lo vedado, ó, más generalmente, en la
inobservancia del deber ...
Ejemplo al caso; este deplorable oficio de «corresponsal» y futuro
autor de «impresiones», que tan de ligero me he impuesto, no tiene sino
una faz agradable: el no cumplirlo. Entonces se vuelve encantador. El
más insípido vagar cobra sabor de fruta prohibida. Decid al soldado
en campaña que su fatigosa requisición de víveres es libre merodeo,
¡y le veréis volar á la _corvée_! ¿Quién osaría comparar las delicias
de una «rabona» á la tibia satisfacción de un asueto legítimo? He
descubierto, pues, este remedio—que me permito recomendaros—contra
el pesado aburrimiento de las horas de viaje: el tener siempre por
delante un programa de trabajo que no se ejecutará jamás. Así, al
perder en cualquier chata partida, ó en la sola ociosidad, el tiempo
que se debiera «consagrar» á la escritura, se experimenta una sensación
de triunfo: «¡Otra que te raspé!» Este condimento del pecado es lo
que llaman los moralistas el «remordimiento». Reflexionad: en la
vida no hay más cosas buenas que las prohibidas,—las contrarias
á la convención social, á las reglas de la prudencia, á la salud.
La _obligación_—la misma palabra lo dice—es todo lo que _liga_
al hombre, coartando su independencia y soberbia altivez. La santa
Bohemia, ignorada de los burgueses y filisteos, sería en verdad la
tierra de promisión, si éstos no fueran los más fuertes y no nos
impusieran su ley.
Confieso, por otra parte, que esta filosofía de turista no sería
inatacable, considerada «bajo el prisma» de la pedagogía ortodoxa.
Pero ¡en viaje! Como el _Maître Jacques_ de Molière, que cada uno
de nosotros lleva consigo, trocaré mañana la sonrisa del escéptico
por el gesto convencido del educador, de «uno de nuestros más
autorizados educacionistas»! Aunque, en el fondo, no sabemos mucho
más respecto de la virtud de nuestra pedagogía, que los médicos acerca
de su terapéutica. Andamos á tientas: _obscuré cernimus_. Apenas si
comenzamos á sospechar que los preceptos del catecismo y los sermones
carecen de eficacia; y que la real educación del sér joven no modifica
perceptiblemente el elemento innato de la raza y el atavismo, sino por
la acción prolongada del medio, el choque diario de la experiencia, la
presión brutal de la necesidad que elabora las ideas útiles y crea los
poderosos hábitos ... Pero, queden para mañana los negocios serios!...
* * * * *
Guayaquil.
Reconocemos al pasar la histórica ruina de Túmbez, en su arenal, que
amojona la frontera peruana por el norte, y ya estamos en la bahía de
Guayaquil, remontando el amplio estuario. En esta hora matutina, la
costa baja parece encantadora, con su isla y aldea de Puná, abigarrada
de blanco y rojo, que se destaca netamente del verde intenso.—La
primavera, la aurora, la infancia: todo ello se muestra hechicero bajo
los trópicos: más tarde, muy pronto, la gracia se evapora con el fresco
cendal de la mañana, los rasgos se espesan ó se entumecen bajo el clima
disolvente y el sol abrasador.
Las riberas del caudaloso Guayas se aproximan lentamente; piraguas
afiladas, canoas y jangadas cubiertas huyen delante de nosotros,
traqueadas por el violento oleaje de nuestra singladura. Hacia el
nordeste, adonde vamos, lindas colinas arboladas se desprenden
del claro cielo, desenrollando hasta la ría sus tupidos vellones
de follaje. En torno de las cabañas brotadas entre los acuáticos
paletuvios, algunas vacas rojizas, potros airosos, dispáranse por la
fresca pradera, húmeda todavía del rocío nocturno que el sol naciente
absorbe en una hora. Garzas y cigüeñas blancas hunden en el légamo sus
zancos rígidos; loros y cotorras salpican su color vivo en el paisaje;
azuladas tórtolas revolotean en las esbeltas palmeras, se posan en las
gruesas raíces adventicias de los mangles, que, bañándose en el agua
inmóvil, remedan una imagen reflejada de su ramaje. Oigo cantar los
gallos en los vecinos cortijos; y esta alegre diana que hace un año
no escuchaba, transporta mi pensamiento muy lejos, á otras llegadas
matinales entre la algazara y la risa de los niños bajados del tren
medio dormidos: las temporadas de la estancia, los galopes á caballo
por aquellos bosques balsámicos y amigos, cuyas sanas emanaciones,
en vez de esta pérfida sombra tropical y su envenenada espesura,
traían efluvios tonificantes, devolvíanme con la reposada existencia
independiente la fuerza y la salud ...
La alta barrera de los Andes ha prolongado la breve aurora ecuatorial;
pero, al punto de emerger el disco del sol sobre la cordillera,
derrámase el incendio sobre el paisaje bruscamente iluminado; parece
que el lejano Chimborazo estuviese en erupción de llamas y rayos
ofuscadores; á poco se agita y hierve el río Guayas, haciendo espejear
su epidermis resplandeciente, chapeada de escamas metálicas. En breve
espacio, casi sin transición, hemos saltado del alba al mediodía, del
clima templado al tórrido, del dulce floreal al ardiente termidor.
Á medida que penetramos en el puerto fluvial, Guayaquil desarrolla
su hilera pintoresca en la margen derecha. Por entre la caldeada
atmósfera, cuyo espejismo hace vibrar las barcas en el río y las
casillas de madera en sus orillas, cual si estuvieran en vías de
derretirse, las manchas verdes de las palmas y los inmensos penachos
de los plátanos distantes envían la ilusión de la frescura y de
la sombra. Las casas sobre pilotes, con sus altos en desplome, se
alinean interminablemente, confundiéndose con las balsas cubiertas
que obstruyen el puerto, y remedan una pequeña Venecia tropical—sin
historia ni monumentos.
Bajamos á tierra al medio día,—«en esta tierra, diría Tennyson, en
que es siempre medio día»[4];—recorro el malecón y la calle del
Comercio, en busca de la Casa de Correos. Encuentro una tienda obscura
y estrecha, amueblada con un mostrador; un mocito con cara de terciana
me vende una estampilla, y se retira tras de una mampara donde adivino
un catre tentador. Al notar que la estampilla no está engomada, esbozo
al paño un reclamo tímido. Sale una voz de la trastienda: «¡Ahí tiene
el tarro de goma!». Efectivamente, está un enorme tarro de cola sobre
el mostrador con un pincel descomunal. ¿En qué estaba pensando? Procuro
realizar la operación,—sin éxito, probablemente, pues del centenar de
cartas que durante esta media vuelta al mundo he de escribir, la de
Guayaquil, con tarro y todo, será la única que no llegue á su destino.
¿Será cierto que el servicio de correos es correlativo del estado de
civilización?
Echo á vagar por la ciudad. Casi todas las construcciones son de
madera, desde las iglesias recargadas de florones y pinturas hasta las
aceras de tablones escuadrados. Á la sombra de los portales en arcada,
adorno y refugio del malecón y calles adyacentes, el hormigueo de los
negros y mestizos, los puestos chinos con sus empalagosas emanaciones,
las carnicerías criollas, las pirámides de piñas y bananas, las cocinas
al aire libre, las tiendas con sus muestras vistosas tendidas en los
largueros: todo eso y lo demás, ya muy visto y conocido, rehace para
mí el cuadro sabido de memoria de todos los puertos tropicales. Ningún
movimiento, ninguna vida aparente en las habitaciones de los pisos
altos; ventanas y balcones tienen bajadas las celosías, como párpados
cerrados.
Fuera de estas calles próximas al puerto, donde se mueven las
exportaciones de caucho y cacao que convergen á Guayaquil, un vasto y
pesado silencio amortaja el emporio ecuatoriano: el reino de la siesta.
Entro en el principal bazar de la calle del Comercio: está vacío. Me
enseñan «curiosidades»: esculturas á cuchillo postizamente bárbaras,
adornos y chucherías de marfil vegetal, mamarrachos al óleo que remedan
el arte quiteño—indios mascando el _chonta-ruru_, etc.,—y que, desde
los quince pasos, huelen á baja factura italiana; y luego: pieles
de fieras, cocodrilos embalsamados, sombreros de jipijapa,—todo el
desembalaje cursi para turistas en demanda de color local ...