exteriormente en la forma y disposición de los edificios privados
y públicos; del propio modo que la naturaleza salina de un asiento
terrestre asoma por defuera en visible eflorescencia. La estructura
material de una ciudad es la cristalización de sus costumbres; y así
la arquitectura viene á ser el comentario perpetuo de las evoluciones
sociales que constituyen, con sus capas sucesivas, la masa histórica
nacional. Que el Perú, mucho más que la Argentina y el mismo Chile,
resistió cuanto pudo la intrusión del espíritu moderno, bastarían á
demostrarlo—sin acudir á los datos confirmativos de cien documentos
escritos—el desarrollo precario ó nulo de las instituciones exóticas
que implantaron en Lima el esfuerzo administrativo ó el mero
prurito de imitación. Y no me refiero, por cierto, á muchas ciudades
importantes del interior, como Cajamarca ó el Cuzco, donde se vive en
pleno «indigenado», sino únicamente á la capital que puede, además,
considerarse como una gran población litoral.
Es inútil decir que, poseyendo en abundancia oro y plata, guano y
nitrato, no podían faltarle los iniciadores del progreso moderno:
los Meiggs y Dreyfus, los Grace y sus «compañías» tenían que acudir,
numerosos y voraces como los lobos marinos en la bahía del Callao. De
ahí, los ferrocarriles en despeñadero, los vapores subvencionados,
los sindicatos mineros, fabriles, agrícolas; de ahí también, los
empréstitos usurarios y, como consecuencia, los pocos pero muy costosos
edificios de utilidad ú ornato que disuenan en la histórica ciudad.
Estas muestras de flamante civilización han quedado sin digerirse,
como cuerpos extraños en el organismo colonial. Las calles de asfalto
y macadam vuelven á su estado primitivo por falta de compostura;
la higiene urbana queda como antes confiada en gran parte á los
gallinazos ó zopilotes; el peregrino va en tranvía vacío al palacio y
magníficos jardines de la «Exposición», donde ha de encontrar á cuatro
forasteros. La imponente Penitenciaría, construída por un paisano
de Meiggs—naturalmente—sobre el modelo de la de Filadelfia, está
administrada á usanza de los antiguos presidios. Hay un admirable
monumento al «Dos de Mayo», cuyo grupo inferior—creo que de
Carrier-Belleuse—es probablemente la obra escultórica más bella de la
América española: lo han relegado á una plaza lejana donde nadie lo ve
...
Es porque todo ello, lo repito—y multiplicaríanse los ejemplos
indefinidamente—representa un conjunto de elementos adventicios y
pegadizos que el pueblo no pedía antes ni aprovecha después. Lejos
de embellecer á Lima, estas nuevas importaciones le quitan algo de
su armonía. Hasta la animada cuadra de _Mercaderes_, con su fila de
tiendas pseudo parisienses, sería una disonancia chillona, si sus
inevitables «_Villes de Paris_» no se hallaran incrustadas entre
rejas y balcones del buen tiempo. La verdadera Lima, la auténtica y
genuína que queremos mirar y admirar, es la de las cincuenta iglesias,
conventos y beaterios; la de los viejos caserones esculpidos, con sus
rejas voladas y sus labrados balcones de vidrieras y celosías; la
de las recobas y portales con su vaivén de tapadas, y sus grupos de
cesantes que evocan recuerdos de licenciados famélicos y covachuelistas
del virreinato; la de la Plaza de Toros y la Alameda de Acho, donde,
al caer de la tarde, los árboles sombríos parecen esperar aún á las
parejas enamoradas; la del «Paseo de Aguas» y de la Perricholi, cuyos
descendientes vagan alrededor de los escombros señoriales sin sospechar
su gloria de opereta; la Lima, por fin, de la historia y la leyenda, de
las «tradiciones» que no sean gacetillas, de la poesía que no haya sido
diluída en verso asonantado ni en novela por entregas.
Todo la evoca ante la imaginación, todo la vuelve presente y resucita
tangible por sugestión omnipotente. Los edificios en otra parte más
prosáicos, los que pudiéramos llamar «vulgares por destino»—como
se dice de ciertos inmuebles por ficción legal,—se ostentan aquí
ennoblecidos de historia ó iluminados de tradición. El actual Palacio
de gobierno era la casa de Pizarro: allí fué asesinado el rudo y atroz
conquistador, procurando besar antes de morir la cruz pintada con
su propia sangre en el pavimento;—y salieron los asesinos de esta
casa que tenéis á la espalda, en el portal de Bodegones y Botoneros.
La Cámara de diputados es el antiguo claustro universitario de San
Marcos, de cuyas aulas pedantescas se volaban anualmente bandadas
de bachilleres y licenciados, llevando en el pico, en vez de gajo
verdeciente, una astilla de enjuta escolástica. El recinto del Senado,
en la plaza de la Inquisición, es la propia sala de consultas del
Santo Oficio, que funcionó en Lima mucho tiempo después de no ser en
España sino un recuerdo aterrador: el magnífico artesonado de nogal,
maravillosamente tallado, fué regalo del Consejo central á su sucursal
indiana más meritoria. Otra página sombría—moderna, esta vez—en el
mismo vestíbulo: el ex-presidente Pardo—el hombre superior de su
generación—entonces presidente del Senado, pasaba delante del piquete
que le presentaba las armas; de repente, el sargento le descargó su
fusil en la espalda: cayó mortalmente herido, en una losa del patio que
se señala siempre ... Muchas iglesias son de gran riqueza y estilo,
como las de San Pedro, de San Francisco, de Santo Domingo con sus
airosas torres y fachada romano-moriscas y su claustro más opulento
aún. Y cada monumento, además de ser bello, enseña en la perspectiva
del pasado su noble vetustez, como por entre una larga avenida de
recuerdos. La catedral famosa, con sus tres naves inmensas y sus altas
bóvedas ojivales, ostenta un tesoro material en su altar mayor, y un
tesoro artístico, mucho más raro y valioso, en su vasto coro capitular
de innumerables asientos tallados en cedro, con su figura de alto
relieve esculpida en cada respaldo monumental.
Después de recorrer su riqueza ostensible y, si tenéis en ello interés,
examinar sus relicarios, no abandonéis aún la ornamentada basílica:
en una cripta de piedra, debajo del altar mayor, os mostrarán, en su
féretro de cristal, el esqueleto momificado de Pizarro, con la puñalada
aún visible que le rompió la clavícula derecha. Este espectáculo os
deja pensativo: deseáis, queréis estar seguros de su autenticidad—á
pesar de no haber sido demostrada oficialmente sino por arqueólogos de
Ateneo—y, por un momento, la imaginación reviste de carne esa máscara
agestada y chata para devolverle el duro perfil del conquistador. ¡Qué
sueño espléndido, rutilante de oro y sangre, fué su destino! Pero
¿quién sabe si lo sintió y midió como nosotros, y si no es nuestra
fantasía más bella que la realidad?—Lo que no era ilusión, en todo
caso, era el temple de esas almas de acero en sus cuerpos de bronce.
Pizarro, después de todo, ha sido aún más valiente que cruel, más
ávido de batallas que de suplicios;—y el poeta historiador que él no
ha tenido hasta ahora, vacilará tal vez en decidir si la púrpura que
envuelve al imperial aventurero es la del verdugo ó la del triunfador
...
Aunque nuestra moderna «economía política» nos permitiera invertir
sumas tan cuantiosas y existencias enteras de artistas en tales obras
arquitectónicas ¿cómo podrían jamás rivalizar nuestras fábricas
advenedizas y flamantes con esos testimonios solemnes de la historia
secular? Es conveniente, es necesario desdeñar la nobleza y los
pergaminos; y digo que es necesario, porque, á no ser así, habría fuera
de Lima y en todo este mundo nuevo, demasiada gente mal entretenida en
perseguir un intangible ideal ...
* * * * *
¡La devoción, la codicia, el amor! Ha subsistido durante dos siglos
y más, á orillas del Rimac, á tres mil leguas de la madre patria,
una pequeña España criolla, semejante á la originaria bajo las tres
faces características de su idiosincrasia. Pero era esta una colonia
tropical, es decir una reproducción allegadiza, un injerto exuberante
que abría sus flores bajo un cielo sin lluvias ni escarchas, y extraía
la savia vital, no del mismo suelo nutricio, sino del tronco indígena
á que la conquista lo adhirió. Por eso degeneró la fibra primitiva; y
faltó á la hija indiana de los reyes el rasgo profundo y persistente
del patriotismo vivaz, que completa y explica á la España caballeresca.
Más que una Toledo ó una Burgos semicastellana, fué Lima una Granada
mitad incásica, como la otra quedara mitad morisca, á pesar de las
conversiones y los destierros. Y en sus feudos, más ricos y sumisos
que los de Castilla y la misma Andalucía, la trasplantada aristocracia
levantó iglesias opulentas, palacios y casas solariegas, derramó
pródigamente el oro y la plata de sus minas repletas, resucitó en la
tierra de los virreyes la vida de lances y torneos, de procesiones
y amores, de corridas de toros y autos de fe que caracterizan á
la España de la dinastía austriaca. Fué aquello la fiesta secular
del virreinato—con breves intermedios de sublevación indígena que
completaban la ilusión de la reconquista morisca. Las generaciones
de siervos quedaban tendidas en las selvas y las minas, á guisa de
espesa capa del humano mantillo que era necesario para que la Lima
aristocrática y voluptuosa pudiera deslumbrar y florecer. Al lado de
la nobleza de la sangre, surgía otra nobleza del oro, más fastuosa
que la otra: una veta nueva pagaba la flamante ejecutoria. Á pesar de
las precauciones y distinciones recelosas, en el misterioso crisol de
la raza se mezclaban y fundían elementos heterogéneos: al modo que
la ambición de los primeros conquistadores había creado una nobleza
mestiza, más tarde los amores de los virreyes y magnates dejaban
una aristocracia criolla, y tal cual chola picaresca hacía cepa de
marqueses ...
Todo ello á la distancia, iluminado por la leyenda y la fantasía, forma
un conjunto deslumbrador: tan fascinante y seductivo que al artista
enamorado de lo bello casi le falta valor para hundir su mirada en
las miserias y ruinas futuras que se encubrían debajo de aquellos
esplendores; tan colorido y real para la imaginación, que el cuadro
primitivo persiste aún después de tamaños trastornos y descalabros.
Al pasar delante de esas mansiones señoriales de patios inmensos, de
balcones calados como encajes, de grandes escaleras esculpidas, se
espera vagamente ver salir á la marquesa de Guadalcázar ó á la condesa
de Chinchón—la de la cascarilla—en sus largos vestidos de terciopelo
henchidos por el guardainfante bajo la basquiña recamada de seda y oro.
Al penetrar en el maravilloso palacio de Torre-Tagle, cuya fachada
primorosamente labrada con sus dobles balcones, cerrados y tallados
como cofres orientales ó cristianos relicarios, sugiere la idea de un
santuario que fuera también un harén,—se busca en el poyo de piedra
del espacioso portal á los lacayos de librea que os anunciarán á Su
Excelencia. Por la mañana, ó más bien al caer de la tarde, en los
antiguos barrios silenciosos «de la gente», todo conspira á preservar
vuestra ilusión. De las calafateadas ventanas bajas, con su reja volada
que permite ver sin ser visto, se escapa un cuchicheo femenino; una
forma esbelta, rebozada en la manta negra, sale de un zaguán vecino;
no habéis entrevisto sino algunos rizos de azabache sobre una frente
de nieve, y el rápido espejeo de una mirada juvenil: basta para que
la aparición furtiva traiga reminiscencias de citas amorosas, en esa
alameda sombría á orillas del Rimac, ó en el atrio profundo y más
discreto aún de una iglesia ... Pero ¿qué mucho? si en cualquier
esquina, la realidad palpitante y viva se alza para solidificar vuestra
ilusión.—Pasaba cierta noche con un amigo limeño por el Estanque
de Aguas que el virrey Amat hizo construir, para que su Perrichola
tuviera ese juguete de Semíramis debajo de sus ventanas; mi compañero
me enseñaba la casa misma de la favorita, el teatro de esa pasión
senil que fué un verdadero hechizamiento. Yo evocaba en el silencio la
extraña figura de esa comedianta criolla que la parodia no ha podido
vulgarizar y que el agudo buril de Mérimée adivinara mucho mejor que
el esfumino de los «tradicionalistas» de oficio. De la esquina misma
una sombra se destacó, y mi _cicerone_, tocándome el codo murmuró: «Es
Amat, el bisnieto de la Perrichola ...»
¡Sueño resplandeciente y embriagador! Así vivió, divertida y soñolienta
la población coqueta, mientras sus millares de esclavos traían á sus
piés las riquezas al parecer inagotables de sus montañas. Pasaban los
años; se desmoronaban los vetustos edificios coloniales, y ella creía
que bastaba cambiar el escudo de su palacio y reemplazar con un gorro
frigio su corona ducal. En tanto que en torno suyo todo se transformaba
y renacía; que los duros hijos del trabajo echaban ya, al pasar por
su lado, una mirada insolente á la sultana mecida en su hamaca, ella
se encogía de hombros y seguía durmiendo al rumor del festín. Con su
indiferencia de patricia, había dejado que se mezclasen y cruzasen
en sus haciendas y montañas todas las razas inferiores, produciendo
variedades más inferiores aún; los negros africanos después de los
indígenas, los chinos asiáticos por sobre los zambos, mulatos, mestizos
prietos y claros, cuarterones y «sacalaguas» de todo matiz. Y, después
de reir y cantar, de deslizar su vida entre fiestas y siestas,—en
una hora fatal sintió llamar rudamente á la puerta de su palacio: era
el chileno, sobrio y audaz, enérgico y aguerrido, escapado, como ella
decía con desprecio, «de ese antiguo presidio del sur»—¡era el chileno
que buscaba una presa! Y Lima entonces no encontró para oponerle sino
la multitud bastardeada de su imbele servidumbre; y como en los días
antiguos de Cajamarca y Túmbez, las tropas peruanas se rindieron al
conquistador.
II
En los vaivenes de la fortuna que constituyen su historia, casi
todas las naciones han conocido las humillaciones de la derrota y
los destrozos de la invasión. Casi todas también han reaccionado
y, después de un desfallecimiento pasajero, han podido recobrar la
fuerza y la salud. La pérdida de una provincia es una amputación; pero
las naciones se asemejan á esos organismos de vida descentralizada
y difusa que reconstruyen á la larga su miembro perdido. Cuando un
pueblo languidece para siempre después de tal mutilación, es porque se
hallaba de antemano herido en las mismas fuentes de la vida. Creo haber
mostrado anteriormente las causas generales de la decadencia peruana.
La catástrofe de la guerra chilena ha descubierto el mal latente y
precipitado su crisis—pero no lo ha creado. Así como la posesión de
Tarapacá no ha producido la prosperidad de Chile, su sola pérdida no
podía acarrear la ruina irrevocable del Perú. Desearía muy de veras
que esta revelación implacable del mal contribuyese á despertar de su
letargo á un pueblo que no se puede conocer sin cobrarle simpatía; y
por eso me atrevo á mostrarle á las claras el desarrollo creciente de
su decadencia.
Esa decadencia es por todas partes y bajo cualquier aspecto,
perceptible, patente,—temo que irremediable. No arranca la gravedad
del mal de los territorios perdidos, de Chorrillos y Miraflores
arruinados, de la marina y el ejército poco menos que aniquilados—ni
siquiera del erario indigente, de las industrias paralizadas y de las
fortunas particulares desvanecidas ó apocadas. La causa primera es
más profunda. Los accidentes terciarios y ya constitucionales de la
infección nacen en lo más hondo del organismo. El tejido celular de una
nación, es el mismo pueblo; pues bien, este tejido esencial es el que
está envejecido y enfermo en el Perú. ¿Dónde encontrar, entonces, el
punto de apoyo para una reacción salvadora y radical, capaz de devolver
al organismo postrado la elasticidad y el vigor de la juventud?
Los síntomas superficiales son meras indicaciones concurrentes para
guiar al observador; todos ellos conducen y convergen á esta pregunta
capital: ¿por qué? Después de doce años, la respuesta unánime de los
peruanos es siempre la misma: la guerra chilena. ¡Oh! sin duda, la
invasión ha revestido un carácter despiadado y feroz, tanto que en
algunos casos rayó en ridícula, con ser tan rencorosa y mezquina. Lo
he dicho ya y lo repetiré á su tiempo: el término de la campaña no
ha honrado al vencedor. Pero con todo, después del saqueo y de la
mutilación, el Perú disminuído ha quedado más rico, acaso más poblado
que Chile después de sus provechosas anexiones. Examinad de paso ese
marasmo persistente de una nación entera, en sus manifestaciones más
palpables y elocuentes, y decid, con la imparcialidad del testigo antes
simpático que adverso, si la respuesta del pueblo peruano es atendible
y si puede señalarse la invasión chilena como la causa de la ruina
general.
El aspecto todo de la vida limeña revela la pobreza ó la estrechez. El
único medio circulante es esa gruesa moneda de plata, cuyo martilleo
retumba en el mostrador de cada tienda ó almacén, como hace veinte
años en Tucumán ó Salta. Las principales casas importadoras se
sostienen escasamente; en cambio prosperan los «empeños», y es el
primero de todos una «joyería» dirigida por un judío alemán, gran
comprador de muebles y alhajas, vestigios de la pasada prosperidad.
Las liquidaciones caseras, día á día, son incesantes: por todas partes
os ofrecen cofres labrados, huacos, cuadros, aderezos, vestidos.
Para una capital de 130.000 habitantes, hay dos ó tres fondas de
tercer orden, amuebladas y servidas á la criolla. El único tranvía
urbano lucha por la vida. En una estadística reciente, veo que el
número anual de telegramas transmitidos por todas las oficinas de
Lima—incluyendo la de Palacio—es de 8163, que ha producido poco más
de 5000 soles. No hay teatros. He ido á la Plaza de Toros—inmensa,
pintoresca, con sus capeadores criollos á caballo:—habría mil personas
en los «tendidos» más baratos, entrando en cuenta un batallón de
línea con bayoneta calada. Los portales y recobas de la Plaza Mayor
hormiguean de día con un ejército de «cesantes», _vulgo_ ociosos,
como en la Puerta del Sol—pero sudando la pobreza, con levitas
negras que espejean como charol, sombreros atornasolados y fisonomías
de escribanos y alguaciles. De noche suelen tocar en dicha plaza
dos ó tres bandas de música, juntas ó alternando: la «sociedad» no
concurre, y el bajo pueblo, humilde y dócil, se sienta en la inmensa
gradería de la catedral, que llena la mitad de la cuadra. (¿Cómo no
recordar los bancos de mármol que allí faltan y adornan innoblemente
la plaza de Santiago?) La Exposición, con sus jardines y sus salas de
artes y antigüedades, es un paseo espléndido pero desierto. Allí he
admirado _huacos_ de trabajo finísimo, jarrones y ánforas dignos de
la civilización asiria ó etrusca; las telas de Merino y de Montero
sorprenden al que conoce las producciones pictóricas de Chile y la
Argentina. (El cuadro famoso de los _Funerales de Atahualpa_ carece de
vida en su conjunto: la actitud teatral y congelada de los personajes
recuerda una caída de telón de ópera, un final de tercer acto después
del _tutti_ infalible; los detalles son excelentes como carácter y
dibujo; Pizarro algo convencional, pero el Inca es admirable de verdad;
algunos monjes asumen una realidad sorprendente, y el colorido es
rico y armónico.) Los parques y macizos de flores, llenos de plantas
tropicales, están abandonados. He ido dos veces; no había diez
personas, incluyendo á nuestra comitiva de cinco ó seis. La magnífica
catedral está cerrada: el techo se viene abajo y faltan los fondos
necesarios á su reparación. La vida social es casi nula; las famílias
no salen sino á misa; los hombres hacen visitas los domingos, después
de almorzar, como mujeres. Salvo excepciones, una visita nocturna, de
improviso, sería casi una impertinencia: las señoras elegantes tendrían
que arreglarse á escape, encender las lámparas: un zafarrancho general.
Algunos amueblados son lujosos, todavía; pero las casas más ricas
permanecen cerradas; las gentes de fortuna están viajando por Europa
ó los Estados Unidos: en el grupo patricio hay un furor enfermizo de
expatriación.
¿De qué proviene esta decadencia general? De la guerra, se os contesta.
Pero la guerra no ha quitado definitivamente al Perú sino las
salitreras de Tarapacá, que no representaban, lo mismo que ahora, sino
la plétora perniciosa y malsana para el fisco nacional: es decir, los
medios de fomentar la corrupción política en sus peores formas. Con
ó sin estancos salitreros, hubiérase producido el empobrecimiento de
las minas mal explotadas, el envilecimiento de los productos agrícolas
confiados á la elaboración indígena ó china, á la dirección mercenaria.
¿Cómo admitir que el país entero se confundiese con la administración,
no siendo rico sino por la riqueza fiscal y quedando pobre con la
pobreza de aquélla?
La importación total durante el año de 1891 ha sido de 15 millones
de soles, y la exportación de 12 millones: la diferencia se salda
con liquidaciones, ventas, hipotecas usurarias. El presupuesto de la
administración alcanza á 7 millones de soles, merced á un sistema de
impuestos agobiador para las escasas fuerzas del país: supera la mitad
de la exportación nacional. Hace poco menos de veinte años que, por
vía de empréstitos, acciones y empeños, los gobiernos sucesivos han
enajenado las fuentes de recursos más valiosas del Perú. Los mismos
pastores han abierto la puerta del redil á los lobos de afuera. Algunos
gobernantes han recogido, en esas pobres cajas semi vacías, fortunas
escandalosas. En la actualidad, la suerte del Perú está fluctuando
entre el ex-dictador Piérola, que entregó á Lima y enriqueció á
Dreyfus, y el general Cáceres que perdió la última batalla y cedió á
Grace los ferrocarriles y las minas del Cerro de Pasco. Este candidato
es impopular en Lima y tiene en contra suya al Congreso; pero será
elegido porque no existen en el Perú ni partidos organizados, ni
elecciones, ni convenciones, ni cosa alguna que se parezca á vida
política: nada que no sea la vegetabilidad inconsciente é inerte de las
grandes postraciones.
Si después de daros cuenta de lo que es la actividad externa y social,
queréis penetrar en la intelectual os encontráis con la estagnación
ó el retroceso. La prensa está desarmada, más que por la mordaza
administrativa, por su propia insignificancia ó pusilanimidad. Hay
hasta dos diarios que no carecen de cultura y buena intención: lo que
se busca vanamente en sus columnas castizas, es el acento convencido,
la protesta dolorosa é indignada del patriotismo. Por lo demás,
pocos los leen y nadie los escucha. Actualmente tiene descolgada la
popularidad uno de esos pasquines virulentos y groseros que, para
nosotros, parecerían contemporáneos del padre Castañeda. Ha hecho
brotar una familia de «satíricos», cuya necedad sólo está superada por
su pedantería. La cuarteta es la forma habitual de la discusión, siendo
su fondo el retruécano sobre el apellido, la alusiones indecentes á los
actos privados, á la mujer, á la familia del que se ataca hoy—y es el
mismo á quien se abrazaba ayer y se adulará mañana. En todas partes los
versos pululan, de toda laya y complexión. Hombres más que maduros,
que han aspirado á estadistas, consumen los seis días de la semana en
este oficio de remendón. Habiendo envejecido sin sospechar nada de la
evolución moderna se sorprenden cuando, improvisados diplomáticos de
sonsonete, pasan por nuestras traviesas ciudades del Plata, dejando un
reguero de ridículo.