en los fastos locales ¡la fiesta de los bomberos! La ciudad entera
está de pascua. Encuentro al Intendente de la provincia—hombre de
mundo, inteligente y cordial—de gran parada, con la banda roja y
blanca bajo el frac. Todas las compañías de bomberos están sobre
las armas; hay cinco ó seis que rivalizan en lujo de uniformes
guerreros, de estandartes multicolores, de cascos resplandecientes.
Chilenos disfrazados de yankees, italianos de _bersaglieri_, ingleses
de _horse-guards_, alemanes con cascos de punta y anchas barbas de
Gambrinus, se disputan la palma de la actividad entusiasta. Pero
todos se eclipsan ante los dálmatas. Rasgo curioso: estos esclavones
forman aquí un grupo compacto y obstruyen, con su inevitable _vich_,
las muestras de la ciudad. Han pedido y obtenido el privilegio
de sustituir el pendón austriaco por su vieja bandera provincial
cruzada de emblemas, y, con orgullosa satisfacción, la despliegan
al viento, blanca y triangular, cual vela levantina. Vamos á la
iglesia en corporación; las bandas estallan al mismo tiempo que las
campanas echadas á vuelo. En seguida, bajo un rajante sol de montaña,
que nos deja helar en la sombra, todos los notables—de que formo
parte—rodeando al Intendente, apoyados en la baranda del palacio de
tabla, asistimos á los ejercicios y al desfile de los bomberos.
Después de trepar á las escaleras y repetir infatigablemente las
mismas maniobras, pasan al frente de las autoridades, tiesos,
marciales, combando el pecho, enganchados á sus bombas relumbrantes,
satisfechos y gloriosos como el regimiento de Madrucio[3].—Hasta estos
últimos años, Antofagasta, como el resto del litoral, no disponía sino
del agua destilada: naturalmente, quedaban sus habitantes reducidos á
la «porción congrua». La institución languidecía, poniéndose sombría
la vida. Pero tanto se forcejeó que se dió con el agua. Una compañía
ha captado un arroyo en la montaña y lo trae al puerto, atravesando
treinta leguas de cañería. ¡Qué entusiasmo, entonces, qué febril
impaciencia, en acecho del primer siniestro que se hacía esperar! Y
cuando estalló por fin ese incendio providencial ¡qué irrupción de
salvamento, cuánta bomba en batería, cuánta agua! _Que d’eau!_ ...—Lo
mismo sucede en Santiago y en Valparaíso; pululan las compañías de
bomberos voluntarios: es una vocación irresistible. Conviene agregar
que cumplen valientemente con su deber, sin hacerse esperar ni quedar
alardeando en las aceras. Bastante los he visto en función, allá, donde
regularmente se producía un incendio por noche—¡á veces dos!
¡Al fin, solos! El Intendente arroja sobre un sofá su frac y su banda
oficial; el capitán del puerto—un teniente de navío, instruído y
amable—desabrocha espada y charreteras, y corremos al almuerzo.
Dos buenas horas de charla. El Intendente, jovial y decidor, no
agota sus anécdotas sobre la revolución, los Estados Unidos, que
conoce á fondo, los _collas_ que, al apearse de sus cumbres, quedan
aturdidos y entusiastas ante el primer palmito blanco que les sale al
paso,—en cualquier «venta» que, semejantes á Don Quijote, «imaginan
ser castillo». Hacia el champagne, también el capitán acaba de
desabrocharse y me desliza _sub rosâ_ confidencias estupendas sobre el
reverso de la campaña congresista.
Pero ha pasado la hora del reembarco. Un empleado del Resguardo nos
avisa que el comisario del _Laja_ reclama la salida.—«¡Cómo, su
despacho! que espere el bote: saldréis con el señor, cuando concluya
...» Pasa otra hora; al fin, levantamos la sesión y me embarco en la
falúa de la capitanía, con una mar alborotada—así es casi siempre en
los puertos del Pacífico—que no mueve al vapor en su fondeadero. Y
ante los oficiales y pasajeros furiosos por el atraso, me guardo muy
bien de hacer alusión á mi calaverada bombo-gubernativa.
Al salir de la bahía de Antofagasta, doblamos la Punta Angamos, en
el extremo de una arista pedregosa. Á derecha é izquierda pelícanos
enormes, con su ancho pico de teja y su «coto repugnante», como diría
Musset, puntean el mar con sus manchas parduscas; vuelan torpemente,
rasando las olas y dejándose caer como piedras para asir el pez
entrevisto que se les ve engullir. Una asociación de ideas me recuerda
las sardinas de Caldera. Aquí fué capturado el _Huáscar_, después de
muerto el almirante Grau—¡doble desastre igualmente irreparable para
el Perú!
En esta guerra, los peruanos tuvieron á Miguel Grau, así como los
chilenos á su Arturo Prat. La diferencia entre uno y otro—aparte
los quilates personales de que no soy juez—consiste en que Prat fué
ante todo un ejemplo, un símbolo, mientras que el otro era una fuerza
efectiva: la mejor carta del Perú en esa desesperada partida. El
marino peruano fué grande por su vida, como el chileno por su muerte.
¡Invencible tendencia idealizadora de las muchedumbres! Arturo Prat,
cuyo supremo sacrificio—contra todas las versiones enemigas—debe
ensalzarse como un rasgo de heroísmo igual al del caballero d’Assas,
no tuvo más página saliente en su vida que su fin sublime. Con todo,
aparece más grande que su émulo quien, durante meses, bastó á detener
su patria en la pendiente del abismo. Prat es _simbólico_, y como tal
quedará en la imaginación popular, mucho después que el combate de
Iquique y toda la campaña estén casi olvidados.
Para apreciar la magnitud del desastre aquí sufrido, es menester
recordar que hasta hoy, entre las naciones del Pacífico, no existe
más camino que el océano: quien es dueño del mar se adueña de la
tierra. La campaña naval, pues, fué la base y condición de la guerra;
no pudiendo ser la terrestre más que su consecuencia y conclusión.
He ahí por qué el concurso de Bolivia—aunque fuera efectivo—tenía
que ser de escasísimo valor; y por qué también, en el caso de una
guerra argentino-chilena, las condiciones del triunfo serían del todo
distintas.—Á pesar de su ejército inferior y de la pérdida reciente
del _Independencia_ en Punta Gruesa, mientras el Perú conservó su
rápido monitor para proteger sus convoyes, atacar los de los chilenos
y forzar los bloqueos, pudo tentar la fortuna. Después de Punta
Angamos, el denselace era sólo cuestión de tiempo y de sangre vertida.
El ejército chileno podía elegir su hora, su punto de desembarco,
bombardear y saquear el litoral, sin temer una sorpresa ni que se
cortaran sus comunicaciones.—Todas las publicaciones especiales han
celebrado las atrevidas correrías de ese pequeño _Huáscar_, que vino
á ser un enemigo temible, debido á su agilidad y á la audaz pericia
de su comandante. Sorprendido, aquí mismo, entre los dos blindados
_Cochrane_ y _Blanco_, se defendió desesperadamente. Derribado y
muerto Grau en su torre de mando, por un obús del _Cochrane_, tres
ó cuatro oficiales le sucedieron en pocos minutos y cayeron á su
vez. El _Huáscar_ fué tomado en el momento de irse á pique, cubierto
de cadáveres y heridos ... Cuando se vuelve á ver el monitor ahora
chileno, tan menudo al lado de su enorme adversario, se admira al
vencido aún más que al vencedor. Saludemos con un recuerdo á los
valientes de uno y otro bordo, que cayeron entonces donde pasamos hoy.
Iquique.
Nadie sospecharía, por el aspecto, que estamos ya en
territorio legítimamente peruano, y otros que el enemigo
hereditario—_Erbfeind_—podrían engañarse de buena fe. Es siempre la
misma costa á la vista, árida y desierta entre dos puertos inmediatos,
sin una mancha verde en que pueda asentarse la errante fantasía. Todo
llega á cansar, hasta el mar sereno y el cielo azul; y tenemos gana de
pisar esa nitrosa arena de Tarapacá, cuya capital surge alegremente
de la tenue bruma matutina, rasgada por el primer rayo de sol.—Á la
distancia, se manifiesta ya la importancia industrial de Iquique: los
muelles cubiertos de vagones penetran en el puerto, hasta el fondeadero
donde numerosos buques están cargando,—entre ellos el magnífico velero
de cinco palos _La France_, uno de los mayores del mundo, especialmente
construído y dispuesto para el transporte del salitre. Por la falda
abrupta de la montaña trepa atrevida la línea férrea: los trenes se
suceden con breve intervalo, todos cargados de caliche: contamos
hasta seis que bajan juntos, uno tras otro. Las altas chimeneas de los
ingenios derraman en el aire vibrante sus penachos de humo que dan la
ilusión de nubes lluviosas.
Las autoridades del puerto se hacen esperar, y los pasajeros chilenos
tienen tiempo sobrado para devanar el doble relato histórico que tuvo
en esta bahía su trágico escenario. En el punto mismo donde nuestro
_Laja_ ha fondeado, es donde la corbeta _Esmeralda_ fue echada á pique
por el _Huáscar_: Arturo Prat cayó en la cubierta enemiga, á la vista
de Grau que no le pudo salvar. El mismo día, un poco más al sud, en
Punta Gruesa, la cañonera _Covadonga_, acosada por la _Independencia_,
atrajo á ésta sobre las rompientes donde se perdió. Por fin, es
muy sabido que Iquique fué el punto de reunión de las fuerzas
revolucionarias y el asiento del gobierno congresista que venció al
presidente Balmaceda ... Toda esta costa del Pacífico está sembrada de
recuerdos guerreros, y, á manera de las grandes familias arruinadas,
compensa con su nobleza la indigencia del aspecto físico.—En general,
la inferioridad de los paisajes americanos, comparados con los
europeos, proviene de estar desnudos de esas huellas humanas, que
orientan y llaman hacia lo pasado nuestra imaginación. Aquí la historia
es de ayer, pero tan patética, que no requiere perspectiva para
ostentar grandeza.
La nueva Iquique es muy reciente, y queda algo de infantil en su
alegre decoración: parece una soñada ciudad japonesa de tabla pintada,
casi de cartón, cuyos tabiques se vendrían al suelo si les arrimara
el hombro «mi hermano Yves». Cada casita es un esmerado juguete, con
verandá y peristilo de barnizadas columnas. Las azoteas soportan un
doble techo abierto para pasar la siesta, al resguardo del implacable
sol, en este clima mineral que no conoce la lluvia. La playa está
cubierta de garitas: tan seco es el aire y tan tibia el agua, que los
extranjeros se bañan afuera el año entero. Toda la ciudad tiene el
aspecto exuberante y rico de una población minera en su apogeo: las
calles enarenadas revelan cuidado y limpieza exóticos; los almacenes
y tiendas, llenos de mercancías costosas, rebosan de compradores:
chilenos tostados, cholos lampiños, extranjeros rubicundos, señoras
de estrepitosa elegancia. Donde quiera, hieren la vista, por las
abiertas ventanas, los muebles y cortinajes lujosos. El salitre da para
todo—hasta para los frecuentes incendios que arrasan periódicamente
manzanas enteras de estas frágiles construcciones. Oigo decir que la
misma arena de las calles, mezclada de salitre, ¡se ha incendiado
alguna vez! Lo cierto es que las compañías de seguros perciben el diez
por ciento.
La plaza es bonita y risueña, con su iglesia esbelta y sus calados
kioscos. Los carruajes de alquiler son numerosos y mejores que en
Santiago—lo que, á la verdad, no es mucho decir. Se respira un
ambiente de bienestar: la anchura de la vida rumbosa, el dinero
que fluye abundante y fácil—en desquite de la rudeza del trabajo.
El mes pasado, el Banco de Iquique puso en jaque á los grandes
establecimientos de Valparaíso. Almuerzo en casa de un caballero
peruano, un tanto argentino, de cuya acogida cordial guardo buen
recuerdo: servicio rico y correcto, buena cocina, cuatro ó cinco vinos
legítimos. Hemos entrado de paso y nada se ha preparado. La casa está
bien puesta, confortable, aunque flamante; en el piso alto un espacioso
escritorio lleno de cuadros y libros. El dueño de casa, inteligente y
cultivado, es el consejero y árbitro autorizado en negocios salitreros.
Ha escrito folletos técnicos y una excelente _Geografía de Tarapacá_;
pero se interesa en otras cosas que la «salitrería»: por ejemplo, en
las urdimbres políticas de Piérola, para quien me da una carta que
pongo en mi cartera, junto á la que llevo desde Buenos Aires para
Cáceres.
El centenar de fábricas en actividad—pertenecientes casi todas á
compañías inglesas—han exportado el año pasado cerca de 20 millones
de quintales métricos de nitratos elaborados: podrían producir el
doble sin temer que, antes de un siglo, se agotara la zona explotable.
Pero la demanda actual del abono no pasa de esta cifra. Mi huésped,
adversario de la «inflación», ha combatido la formación de compañías
nuevas y sindicatos monopolistas. Por esta sola fuente de exportación,
sin contar el guano y el yodo, percibe el fisco unos veinte millones
de pesos: es lo más limpio de la renta chilena; y se comprende cómo
el primer y exquisito cuidado del gobierno, en plena guerra, fuese
«organizar provisionalmente» el territorio que _sponte sua_ no evacuará
jamás.
Tarapacá es el reino mineral: la única planta que allí existe es fósil:
el tamarugo, que da su nombre á la pampa salitrera del Tamarugal.
Aunque el agua abunda ahora, desde que una sociedad la trae de un
valle andino, ningún árbol prospera en la arena hostil que absorbe
el líquido—como por una criba—sin humedecerse. Fuera de la plaza
principal, donde languidecen algunos pinos raquíticos, no se ve rastro
de verdura en los patios y paseos. Recuerdo esa región de ensueño
en que nos transporta el poeta de las _Flores del mal_,—llena de
mármoles y agua vivas, pero donde las piedras preciosas reemplazan á
las flores y follajes. Por eso, en Iquique, se tiene como excursión
predilecta ir á Cavancha, á beber tisana de champagne bajo un kiosco,
donde un europeo ha realizado el prodigio de hacer crecer algunas
flores, dentro de un metro cúbico de tierra vegetal importada! Esos
rudos trabajadores, americanos y europeos, después de sus faenas en
la mina y el escritorio, ejecutan el invariable programa de recorrer
tres kilómetros de desierto, en carruaje ó en tranvía, para aspirar la
débil fragancia de algunas rosas ó gardenias que crecen precarias y
enfermizas, como niños en un asilo ...
* * * * *
Continúa la navegación; los puertos y escalas se suceden, pero el
interés decae: se parecen demasiado unos á otros. Después de Iquique,
he aquí á Pisagua: una muralla de conglomerados arcillosos de un millar
de metros, á pico sobre la estrecha playa en que la aldea cuelga sus
graderías; un borracho que tropiece ha de rodar hasta el mar. Los
chilenos tomaron por asalto esa cresta coronada de defensas bolivianas:
es de una audacia inaudita—un irreflexivo heroísmo de araucanos. Con
todo, uno se dice que, puesto que la guerra existe, es así como se
debe hacer. Son esos golpes de loca intrepidez los que desconcertaron
á los aliados—sobre todo á los bolivianos, que pronto abandonaron la
partida. Un antiguo oficial—chileno por cierto—me cuenta que algunos
pobres cholos, desbandados, sableados por la espalda, se daban vuelta
para gritar á los _rotos_ feroces: _¡No sea usted grosero!..._ El dicho
caricatural es el residuo y la cruel moraleja de la campaña.
Arica viene en seguida; pero llegamos al anochecer para alzar anclas
dos horas después. No bajo á tierra y doy las gracias al gobernador
melómano que había pedido por telégrafo que nos preparasen caballos
para trepar al Morro.—Como un soldado que custodia una zagala:
encima de la ciudadita de ópera-cómica se yergue la masa prismática,
inaccesible, duramente destacada en el crepúsculo gris. El grupo de
las habitaciones tiene un encanto casi artificial. No parecen de
verdad esas casitas abigarradas, esa capilla gótica extra-florida,
ese espacioso _chalet_ que resulta ser la aduana, ¡aquel oasis en el
desierto pedregoso, con árboles reales cubiertos de hojas verdes que
no son de zinc! Todo ello se exhibe muy pegadizo y flamante,—y vienen
á la memoria los terremotos, las espantosas marejadas ciclónicas que
azotan á las poblaciones y les impiden envejecer.—Luego, un islote
fortificado vuelve á traer la nota trágica; los ojos se clavan en ese
Morro fúnebre donde, esta vez, la defensa fué tan encarnizada como el
ataque; allí unos y otros se batieron furiosamente. Después de rechazar
la capitulación con los honores de la guerra, el coronel Bolognesi y
casi todos sus jefes cayeron, muertos ó heridos—incluso el comandante
Sáenz Peña que se granjeó allí, merecidamente, el rencor indeleble del
vencedor.
Después de Arica, las aldeas peruanas despiertan escaso interés: la
costa está lejana, á veces difícil de alcanzar con estas canoas chatas,
en que los indígenas traen frutas á vender. Hombres y mujeres llevan el
desairado sombrero oval, tal cual se encuentra en las pintadas figuras
de otros siglos ... Después de Ilo y Mollendo,—donde embarcamos á una
parisiense de Puno y un marsellés de La Paz,—Pisco despliega su ancha
vega verdeciente. Por algunas escotaduras azuladas, se entreven los
valles umbríos, plantados de cañaverales y viñedos—los que producen
el aguardiente famoso en todo el litoral. Algunas casas blancas,
campanarios, chimeneas de ingenios emergen de los follajes. Llegan
mujeres en piraguas, como en los tiempos de la conquista; y con los
mismos modales humildes y suaves que sus abuelas gastaban con los
españoles, nos brindan frutas de la región, bananas, paltas, tejas de
cidra en confite, pasas de sabor exquisito—casi de balde. ¿Qué vale la
fertilidad asombrosa del suelo, si está muerto el comercio, y, como ya
en Lima, falta la salida que desarrolle la producción?
La navegación se torna ya cruelmente monótona; se vuelve apenas la
cabeza para ver pasar las islas Chincha: tres gruesas rocas cubiertas
de guano, á cuyo alrededor pululan los pelícanos y cuervos marinos,
como para demostrar el origen animal, largo tiempo discutido, de ese
abono, hoy casi agotado y substituído. La vida de á bordo gravita
pesadamente sobre las frágiles relaciones de ayer; ya nadie se busca,
ó muy poco: basta con encontrarse regularmente en la mesa y sobre
cubierta. Con tanto rozarse, los cuerpos se han cargado con la misma
electricidad y tienden á rechazarse mutuamente.
Como en el primer día, vuelvo á buscar la soledad disolvente y
triste, en que el alma, según la deliciosa imagen de un drama
indio—_Çakuntalâ_—que me persigue, «vuela hacia atrás, como el
pendón del soldado que camina contra el viento». Dos días, un día aún
... Divisamos, por fin, al través de la niebla matinal, pintorescas
aldeas encaramadas en la costa: Chorrillos, Miraflores, nombres antes
risueños, hoy fúnebres; algunos fuertes se alzan en torno de una
ancha bahía de agua lechosa; luego torres, campanarios, edificios
apiñados: una gran ciudad entrevista por entre una selva de mástiles,
en una dársena con circuito de piedra. Es el Callao ¡ya era tiempo! Al
saltar en tierra, caigo en los brazos de García Mérou, y, unos minutos
después, volamos hacia Lima.
IV
LIMA
_Messine est une ville étrange et surannée ..._
...Desde mi entrada en Lima, por la estación de Desamparados, viene
zumbando en mi oído este verso de Banville (á quien por cierto no
cultivo mucho), cuyos apareados adjetivos descoloridos y musicales,
con no tener nada en sí de raro ni sorprendente, alcanzan en su feliz
combinación no sé qué belleza indefinible, sugeridora de líneas y
colores, de arquitecturas arabescas y soñadas—como ciertas páginas
vagas de Quincey. _Étrange et surannée ..._ Por algo será—por algo que
no comprendo—que esa reminiscencia me persigue por todas las aceras
de esta «Ciudad de los Reyes»; y daría cincuenta de mis frases menos
deformes por haber sido el soldador original de esos dos epítetos.
Se dice que tales hallazgos de estilo son inconscientes y fortuítos;
pero acontece en esta lotería lo contrario que en la otra; á saber,
que son casi siempre los hombres de talento los que sacan los números
premiados. _Étrange ..._ pero, basta ya, que veo asomar á un personaje
de Molière.
Y no es, seguramente, porque Lima «le deba nada» á su entrada. Después
del triste Callao, las ocho millas del trayecto hasta la «desamparada»
estación carecen de interés pintoresco. La inevitable niebla matutina
funde los cultivos y las colinas en el mismo celaje gris. Se divisan
por momentos los cerros de San Jerónimo y San Cristóbal, que dominan
la ciudad: pero ¡hemos visto ya tantas montañas! El primer encuentro
del Rimac, con su hilo de agua en el enorme lecho pedregoso, es un
desencanto: trae el recuerdo del Mapocho, del Manzanares, de todos
esos álveos famosos que parecen haber gastado sus ondas en alimentar
su nombradía. Completa la semejanza un hermoso puente «romano», como
el de Toledo y ese otro de Santiago, que los chilenos no han sabido
conservar ... Se pasa delante de los pobres suburbios de Monserrate
y La Palma; por poco se atraviesa el Matadero ... Positivamente el
vestíbulo de Lima está destituído de prestigio. Es algo así como la
entrada á una casa solariega por la caballeriza y la cocina. Después de
apearse en el mejor hotel,—que merecería ocupar un puesto distinguido
entre las ventas manchegas del Puerto Lápice,—el forastero echa á
correr por estas plazas y calles estrechas, cuya apariencia entre
colonial y morisca trae un primer encanto; cuyos nombres anticuados:
_Inquisición_, _Espaderos_, _Virreina_, _Judíos_ ... despiden desde
luego no sé qué tufillo de poesía aviejadita, trascienden á sahumerio á
la vez «perricholesco» y monacal.
Las capitales seculares que alcanzan originalidad son las que condensan
los rasgos dispersos de su pueblo. Entonces, esos montones de piedras
y ladrillos se impregnan de humanidad, hasta el grado de ser casi
personas: y lo son para mí, simbólica á par que sociológicamente.
París, en verdad, es un artista; Berlín, un soldado; Liverpool, un
marino; Génova, un mercader. Y esto, sin calcular ó pesar al pronto
la importancia positiva del íntimo carácter: Génova, por ejemplo,
tiene menos comercio que París.—Lima es la ciudad-mujer. (¡Oh! por
favor: ¡reprimid esa sonrisa intempestiva!)—Es una mujer, en su porte
exterior, en sus primores y achaques arquitectónicos, en su índole
toda política y social, en su alma, por fin, ó sea en su historia
entera, femenina y felina, infantil y cruel. Como tal hay que verla,
para juzgarla con equidad. Las joyas y adornos, los afeites y colores
vistosos, la excesiva coquetería ornamental, la pasión del lujo y la
preocupación permanente de agradar y seducir: todo lo que nos parece
ridículo y displicente en el hombre, se torna atrayente en una dama
de alcurnia que ha nacido rica y vivido ajena á los problemas de la
existencia material. Disculpad su vanidad pasada, su ligereza, sus
imprudencias ¡es una mujer! Otras ciudades son fuertes, heroicas,
grandes por el pensamiento ó la acción: Lima ha sido encantadora; era
su función y su excelencia—hasta el rayo terrible que la fulminó.
Escribamos de ella, entonces, sin rigorismo austero. Al levantar el
velo de su dolorosa decadencia, no olvidemos que él envuelve á una
herida: hablemos de la pobre viuda que fué reina, con reverencia, con
ternura, con piedad ...
* * * * *
Todo aquí revela á la ciudad _noble_: fenómeno extraordinario y casi
único en América. Mucho más aún que la rica y populosa Méjico, ha
sido Lima la verdadera patricia criolla; y es bien evidente que de
su emancipación arranca su decadencia. La era moderna, igualadora y
constitucional, la ha deformado más que embellecido. Así en lo material
como en lo político, se ha mostrado inhábil y torpe para ese «progreso»
tangible que Montevideo y Valparaíso se asimilaban maravillosamente.
Muy al contrario de Buenos Aires, que renacía en verdad con la
Independencia y comenzaba á dilatarse en la tabla rasa de su Pampa,
indefinida como su ambición y su destino, barriendo desdeñosamente todo
vestigio colonial: Lima ha vivido y permanecido como el injerto más
floreciente del tronco indígena. La unión fecunda de Pizarro con la
hermana de Atahualpa tiene el significado y la belleza de un símbolo:
como el conquistador, Lima toda empalmó su nobleza histórica en la
legendaria de los Incas. Hasta después de romper la aurora nueva,
continuó soñando con su primacía. En el congreso de Tucumán, todavía,
como solución del solemne problema futuro, ella era en realidad quien,
inconsciente y mal despierta, balbucía el nombre incásico de no sé qué
Huaina más ó menos Capac ... Á semejanza de su gloriosa metrópoli,
había de encontrar en su grandeza antigua el primer obstáculo á su
transformación; y como ella también, eternamente fluctuante entre sus
tradiciones seculares y las exigencias de los tiempos nuevos, había de
caminar adelante con la mirada hacia atrás por la pendiente sembrada de
precipicios.