horizonte hacia uno y otro bordo de la ruta. Por babor, es el inmenso
mar, el vacío infinito del Gran Océano que desarrolla en la luz sus
anchas olas quietas, apenas onduladas por su misma amplitud, mucho más
alla de esa línea esfumada donde el sol rojo se hunde cada tarde:
hasta la Polinesia, las islas de coral vagamente presentidas; más lejos
aún, á través del vasto archipiélago occidental, hasta el recuperado
Oriente. Por la derecha: la tierra próxima que no se pierde de vista;
arriba de la playa arenosa ó la acuchillada barranca que se costea
sin cesar, se yergue la masa pizarreña de los Andes, con su cabeza
encanecida. De este lado, la ola corta, siempre estremecida y retozona,
parece que se divierte eternamente en acudir á la orilla, en emprender
el asalto del acantilado que nunca tomará. Se siente que es un
juego,—el juego seductor y formidable del abismo. Estas son las _glad
waters_ de Byron, las olas ociosas y festivas que, sin tener nada que
hacer, brincan independientes y ligeras, desgarrando en los dientes del
escollo su collarín de espuma. Aquellas otras, pesadas y lentas, son
«medios de transporte»: hinchan el lomo, monstruosas bestias de carga,
bajo los enormes navíos que deben soportar. Casi inspiran lástima;
y la vista se vuelve hacia los rebaños juguetones de la costa, las
«cabrillas» azules de cuernos blancos, que los españoles han bautizado
con tanta gracia risueña ...
...Nubes, espumas, volutas de las olas: tales son las visiones
evanescentes, las imágenes fluidas y fugaces que os envuelven en
las largas horas de mecedora monotonía que á bordo diluyen la vida.
Fácilmente se volvería á las sensaciones primitivas, á las ilusiones
ingénuas de los marinos griegos y los viejos pescadores bretones,
que miraban deslizarse nereidas blancas bajo el cerúleo cristal,
ó revolotear en la cresta de las olas, alciones de plata que eran
almas en pena. En el sillón de lona que un vago balanceo columpia
blandamente, junto con el ronquido narcótico de la hélice, la siesta
meridiana os aletarga en un delicioso entorpecimiento, abdicación
gozosa del querer y pensar, en el vacío de una fantasía apenas
esbozada, que flota abandonada y pasiva, bajo el aliento de este sopor
más reposado que el mismo sueño.—Así deben sentirse vegetar los
árboles tropicales, lejos del cierzo y la nieve del norte, en la húmeda
pesadez del ambiente forestal, dejando que suba lentamente, de las
raíces carnosas á las ramas eternamente verdes, su sangre henchida de
jugo nutricio, la rica savia exuberante que siglos de floración perenne
no pueden agotar ...
Sacude mi adormecimiento la campanada de la comida, devolviéndome á la
maquinal existencia de pasajero-encomienda n^[os] 66-67, á estribor.
Encuentro en el comedor, pegando sobres delante de la sopa servida, á
mi infatigable compañero chileno, el corresponsal automático que me
recuerda al personaje de Galdós, perpetuamente afanado en contestarse
las cartas que él mismo se dirigía. Mi amigo alemán acaba de releer á
Schopenhauer: me habla del _Nirvâna_ budhista, que es el supremo bien,
siendo el aniquilamiento absoluto, la consecución del no-vivir. Lo
conozco su Nirvana: yo soy quien lo disfruta—mientras no me perturba
la campana fatal ...
Las horas de la noche son más laboriosas. Entonces es cuando el mar
recobra todos sus derechos. Por más que nos esforcemos en prolongar
la velada, sufriendo interminables sesiones de ajedrez, agarrándonos
de cualquier rama, aceptando las peores coartadas: es fuerza, al fin,
como el Tircis de Racan, _penser à faire sa retraite_. Las primeras
noches teníamos momentos exquisitos: una señora norteamericana,
después de su lección diaria á una adorable niñita de diez años, se
sentaba ella misma al piano y tocaba, para los tres anabaptistas,
algunas sonatas clásicas; se producía un amplio y saludable vacío á
nuestro derredor, la gente huía á toda prisa: era un encanto. Pero
nunca lo bueno es duradero. Un robusto mozo chileno, gobernador de un
departamento del norte y muy prendado de una joven pasajera, le ha
descubierto—prematuramente—talento musical. La pareja se apodera
del piano desde el anochecer, bajo la mirada enternecida de los
ascendientes; y es ¡un degranamiento delirante de habaneras, polkas y
«perlas de salón» contemporáneas de la conquista! La dulce criatura
toca según el precepto evangélico: ignorando su mano izquierda lo
que hace la derecha. Pero se ensaña contra las teclas, vacilantes
y amarillas como dientes de abuela, con una energía muy superior á
su edad. Se estremece el piano secular bajo el asalto de esta furia
juvenil, que parece tener diez dedos en cada mano. Y, hasta el castillo
de proa donde nos hemos refugiado, llega el estruendo de los aplausos
frenéticos.
Hay que ganar el camarote, melancólicamente, y tenderse á medias,
en figura de gatillo, sobre el catre poco más ancho que una caja de
violín. La siesta y la falta de ejercicio ahuyentan el sueño arisco.
El ritmo sordo de la máquina semeja la pulsación de un monstruo
potente que nos arrebata en la noche y el vacío; se percibe contra
el bordaje el continuo chorrear del hondo surco abierto, como por
una reja de arado ciclópeo. Me siento fuera de la vida normal, muy
lejos de las ciudades bulliciosas—más lejos aún del rincón familiar.
La larga procesión de los recuerdos comienza á desfilar, amarga y
dulce. Se sufre con no poder retener delante de sí, en el campo de la
imaginación, las caras fugitivas con que se quisiera soñar, siempre:
los seres amados, cuya memoria nos punza en cualquier hora cual
invisible cilicio, se borran á los pocos segundos, sin saber cómo, bajo
perfiles desconocidos de transeuntes entrevistos en un puerto, en un
tren, que vuelven á renacer con estúpida insistencia y nos persiguen
con un encarnizamiento de pesadilla. Se hace esfuerzo por llamar á los
que se adhieren al corazón por cada fibra: se recuerda una inflexión de
voz, un jirón de frase, la risa de una madre joven, un gentil balbuceo
de niño, que ayer nos hacía gracia y hoy nos da gana de llorar ... Y
luego, otros resurgimientos involuntarios, más esfumados y lejanos,
pero revividos por la sugestión del medio idéntico: la evocación de
otros viajes por el mar, menos tranquilos y vacíos que éste, cuando
érase joven y se abrían de par en par las puertas del porvenir, en la
esperanza y el pleno orgullo de la vida ... En el silencio de un solo
rumor persistente, los recuerdos se escurren del alma como el agua de
una esponja embebida; y ese perpetuo chorrear de la ola contra la borda
parece la fuga rápida, la vuelta irrevocable de la existencia misma
hacia los limbos del no ser.
Muy de mañana, nos despierta el desarrollo del ancla que cae en el mar.
Al pronto, produce cierta molestia la brusca inmovilidad; abierto el
tragaluz, un puerto aparece: casas escalonadas en la costa, el penacho
de una locomotora que trepa una pendiente, un parche de verdura, acá y
allá. Ello sucede aquí todos los días; y en un primer viaje, cuando no
se está espoleado por el deseo de llegar, este contraste de las mañanas
en tierra y de las noches á bordo que duplica la travesía, produce
agradables paréntesis en la navegación. Se pisa tierra con júbilo; se
muda de régimen; se observa una nueva faceta de la pobre humanidad; se
toman croquis y apuntes instantáneos. Hé aquí algunos.
Coquimbo.—La Serena.
En el fondo de un ancón en herradura, en el declive de un ribazo
abrupto de granito gris, contrafuerte de la cordillera de la Costa,
Coquimbo sobrepone sus grupos de casillas de pintada madera ó zinc
acanalado. Forman los techos ligeros, latas de alerce: lo mismo podrían
ser de tela ó papel, pues entramos en la zona pétrea—que se prolonga
más allá de Lima—donde no llueve jamás. Pocos kilómetros hacia el
norte, La Serena, capital de la provincia, se depliega en abanico sobre
una meseta que domina la bahía, dentro de un marco de verdura: es una
verdadera ciudad, al lado del pequeño puerto de aspecto mezquino.
Pero Coquimbo es un excelente surgidero, mucho más seguro que el de
Valparaiso,—batido, en invierno, por los vientos del norte. Los
comandantes ingleses lo prefieren también por otras razones menos
meteorológicas: no ofrece tantos peligros como el gran puerto chileno
para las «andanadas» de las tripulaciones. Y es por ello, tal vez, que
ahora, en la apacible ensenada generalmente cubierta de gaviotas más
que de embarcaciones, los dos cruceros ingleses de estación, _Warspite_
y _Melpomene_, arrojan la imprevista nota guerrera de sus erizadas
torres y sus blindajes cuadrados que se reflejan duramente en el agua
inmóvil.
Á la distancia, gaviotas y botes pescadores parece que se desprendieran
de los mismos nidos de la aldea marítima, adherida á la árida
roca—igualmente obligadas, aves y gentes, á alimentarse de la mar.
Se compadece desde lejos á los pobres seres humanos que, sin duda,
han naufragado allí, manteniendo su existencia precaria á fuerza de
pescados y mariscos; y por poco nuestra ignorancia esperaría que
acudieran á la playa, cual modernos Robinsones, haciendo señales á
la nave que les volverá á su patria ... Desembarcamos, y tropezamos
donde quiera con _docks_ y almacenes, escritorios y tiendas: un
vaivén de comerciantes chilenos y extranjeros, de señoras con gorras
floreadas, de soldados ingleses con la estrecha casaca roja, el
casquete minúsculo pegado á la coronilla—á guisa de cápsula-tapón de
esas botellas ambulantes.—Los hilos telegráficos y telefónicos se
cruzan en las bocacalles, los pianos en actividad acompañan los roncos
cantares de las tabernas numerosas. En la estación, donde tomamos el
tren de La Serena, un abogado peruano, pierolista cesante, cuenta á mi
compañero chileno—quien, por supuesto, tiene parte en el negocio ¡por
correspondencia!—las peripecias de no sé qué _tramway_ eléctrico ya
concedido ... Así visto de cerca, ¡encuentro que está bastante «en el
tren» el nido de gaviotas!...
Desde el vagón, miro desfilar el paisaje que, poco á poco, va perdiendo
su aspecto marítimo. En los repliegues ensanchados del terreno menos
pobre empiezan á verdear algunas cañadas; los dormidos pantanos
reflejan los juncales de sus orillas, pobladas de aves acuáticas.
Unas cuantas vacas pacen en las praderas húmedas; casitas de campo
y alquerías con labranzas de Liliput escalan los declives y parecen
abrigarse bajo la cornisa rígida y desnuda de la montaña de granito.
Uno que otro arroyo sinuoso corta la vía ... Casi creería cruzar la
provincia de Córdoba, hacia Quilino ... cuando después de una curva,
por una escotadura del talud, el mar reaparece, como un fragmento
de pizarra con una punta de lápiz en su centro: es nuestro _Laja_
imponente, la cárcel flotante que, dentro de dos horas, nos volverá á
encerrar.
Es la Serena una vieja ciudad, contemporánea de Valdivia, y que no
parece en vía de rejuvenecer: muchos edificios desmoronados y en
ruínas; en otros se han calafateado con tabla ó con zinc las brechas
del adobe. Al revés de Coquimbo, la hallamos medio vacía, y la
habitación resulta muy ancha para el habitante. Por todas partes,
caserones silenciosos, tiendas sin clientes, aceras sin transeuntes.
Una bonita plaza bien sombreada, llena de flores, está desierta. La
catedral—pues es cabeza de obispado—está sólidamente construída en
sillar, como para perpetuar la lucha encarnizada que allí sostienen,
según mi amigo, todos los estilos arquitectónicos conocidos, desde el
pelásgico hasta el italiano de exportación. En mitad de la fachada
más ó menos griega se yergue, asentado en el mismo entablamento, un
complicado campanillo cubierto con el casco-tiara de Juan de Leyden.
Se nos pasea por las desahogadas calles; algunos naturales abren sus
ventanas, perturbada su siesta por la herrería insólita de nuestro
anciano vehículo.—En una esquina, saliendo de una capilla, un
ramillete de muchachas nos hace recordar que á la poesía le basta
un poco de espacio y de sol, un rayo de belleza y juventud, caído
en cualquier rincón de la tierra, para despuntar y florecer: una de
ellas, pálida y grácil, con extraños ojos claros debajo de cabellos
más negros que su mantilla, se destaca del grupo vulgar, como una
Preciosilla extraviada entre cíngaros ... Y nunca sabrá, nunca jamás,
que su encanto anónimo y fugitivo, asido al paso, anda por el mundo,
cristalizado en una frase, como gota de agua en un fragmento de cuarzo
hialino.
Un conocido de mi geólogo—tiene en todas partes, ¡hasta en la
_China-town_ de San Francisco!—se empeña en llevarnos al club: el
café, la posada, la confitería—sobre todo el mentidero del lugar. Por
el momento, la sociedad está siguiendo una «guerra» lánguida—_faute
de combattants_. Se nos recibe con tacos abiertos; ¡en el acto, una
vuelta de vermut internacional! Me presentan á algunos notables; el
redactor de la _Reforma_: un camarada jaranero y palmeador, de terno
gris y sombrero de copa en la oreja, que habla de su hoja de col
bi-semanal como de una cosa terrible, una máquina de guerra formidable
que los «intrusos» de la Moneda miran con inquietud y temblor; un
viejo «capitalista»: usurero probable, vestido á la moda serenista
de hace treinta años, prudente y suspicaz, siempre en guardia contra
un sablazo de Damocles; otro «literato»: una fuina rubia, amable en
demasía, que escribe «también» y me trata como cofrade. _J’en passe_
... Todos ellos son balmacedistas hasta el cerro de enfrente. Por lo
demás, la provincia entera ha permanecido fiel á su antiguo senador que
la enriqueció: es la razón de casi todas las convicciones políticas y
el secreto de todas las popularidades,—_do ut des_.—Pero declina el
día; por más que nos cueste, tenemos que romper ese círculo fascinador:
el _cocktail_ del estribo ¡y con brindis esta vez! Mi compañero brinda
por La Serena, Coquimbo y Guayacán—¡esas tres Marías!—cuyo progreso y
prosperidad, etc. ¡Viva Chile ETC!... Acompañamiento triunfal hasta la
estación. Esperaba un serenata que ha faltado: sin embargo era éste el
caso—y el lugar.
Caldera.
Fondeamos al amanecer. Una caleta arenisca, en semicírculo, con la
población en el fondo, formando anfiteatro; algunas casas de dos
pisos,—recuerdos de pasado esplendor; la aduana, los docks, la
estación del ferrocarril que baja de Copiapó y termina en el muelle.
Algunas desvencijadas garitas de baño, esparcidas en la playa,
acrecientan la impresión de decadencia y abandono.—En el momento de
bajar á tierra, un muchacho me ofrece sardinas frescas. Es un verdadero
regalo y estoy á punto de comprarlas, cuando el botero me enseña, á
cien metros hacia la costa, á un pescador que, según él, me las venderá
más frescas y hasta las sacará en mi presencia.
Al dirigirnos allí, mi compañero inseparable me muestra una punta de
verga que sale del mar, precisamente en la querencia de las sardinas:
pertenece al _Blanco Encalada_, echado á pique por la torpedera
_Lynch_, durante la campaña revolucionaria.—Recuerdo que en Europa, en
dicha época, se pretendió extraer de este desastre un nuevo argumento
en favor de los torpedos ... Por este ejemplo,—y otros análogos ó
peores,—lo que me parece demostrado, ante todo, es que la marina de
guerra, aun más que el ejército, constituye una carrera de aristocracia
moral: una institución cuyas altas responsabilidades necesitan apoyarse
en una larga y gloriosa tradición de honor, de abnegación heroica,
de virtud varonil. La situación del marino embarcado, sobre todo en
tiempo de guerra, es la vida jugada á cara ó cruz. Allí el deber no
es materia divisible, que pueda cumplirse á medias, como en tierra
alguna vez; en la hora solemne, hay que echar el resto, sacrificarlo
todo, so pena de caer cien grados bajo cero. ¿Qué significaría una
marina de parada, cuyos galoneados jefes no supieran resistir á la
tentación de divertirse en tierra, mientras que el enemigo ronda en
acecho al rededor de la desertada nave? ¿Qué oficial sería aquel que,
en el supremo instante del peligro, no se acordara de su rango sino
para separar su suerte de la de sus hombres, y, con tal de salvar el
pellejo, abandonase la tripulación en su _épave_ desahuciada? Sin duda,
la alternativa es tremenda; pero eso mismo es el principio y el fin de
la noble carrera. El navío de guerra es un claustro heroico: no entréis
en esa religión, ó romped vuestros votos, si no os sentís con la
vocación sublime; pero, mientras estéis allí, depositario de la bandera
patria, cualquiera debilidad humana, cualquier resabio de egoísmo puede
arrastraros al deshonor.
Aquí, la catástrofe fué instantánea y terrible. De las versiones
varias que he recogido en Caldera y otras partes, parece resultar que
la oficialidad del _Blanco_ estaba en tierra esa noche, fraternizando
con los voluntarios de Copiapó, cubiertos de flores por las señoras
entusiastas. Se dice que fueron omitidas las precauciones más
elementales; la _Lynch_ pudo acercarse para disponer su ataque.
Sólo puso en alerta el primer torpedo lanzado: era demasiado tarde;
con el sexto, que dió en el centro, la nave se fué á pique. Me
hablan de ciento ochenta muertos, fuera de la pérdida del acorazado
que, entonces, pudo ser irreparable. Creo que el comandante, bien
emparentado, ha sido ascendido después del triunfo de los congresistas
... Pero no tomemos microscopio para mirar la paja en el ojo ajeno.
El bote llega sobre el _Blanco_ á pique. La admirable transparencia
del agua deja ver, á tres metros, todos los detalles del coloso volcado
en el flanco: el casco de acero, las baterías y troneras abiertas,
la cubierta rajada. El blindaje verde-azulado, como chapeado de
escamas obscuras, está invadido por incrustaciones de mariscos: toda
una población submarina hormiguea allí, alimentándose todavía con
vestigios humanos que no han acabado de disolverse en el entrepuente
y los camarotes. Millares de sardinas, ágiles y negruzcas, bullen en
torno del anzuelo: véselas, como por el cristal de un _aquarium_,
precipitarse y engullirlo sin que la experiencia de días y semanas
«entibie su ardor». El pescador levanta su caña metódicamente, á
ciencia cierta, casi sin mirar si está el pececito enganchado en la
punta. Me arrima su cesto lleno para que escoja, diciendo en tono
insinuante: «Elija usted las más aceitosas». ¡Aceitosas!... Procuro
reaccionar en obsequio del positivismo: repetirme que, según las
doctrinas más flamantes, tal es el _circulus_ de la vida universal, en
que se nutre el hombre con lo que vive del hombre, y que, diariamente,
trago sin verlas otras y peores combinaciones ... Me hallaréis
melindroso y repulgado: pues bien, decididamente, á pesar de Darwin y
su escuela, no probaré las sardinas «aceitosas» de esta nueva Bahía de
los Difuntos.
La visible decadencia de Caldera es toda de rechazo, como fuera mero
reflejo su rápida prosperidad. Por sí misma, nunca valió gran cosa;
pero era la puerta de Copiapó—ese efímero Potosí de la provincia
de Atacama. Si huelgan estos ingenios y no se escapa el humo de las
altas chimeneas; si esta línea férrea que serpea en la montaña—y fué
la primera de la América del Sud—no alcanza á la décima parte de su
tráfico antiguo, es porque las minas de Copiapó están broceadas. Medio
siglo atrás, este árido distrito chileno fué una pequeña California de
la plata, afluyeron emigrantes y aventureros; la aldea capital recibió
un empuje de crecimiento increíble; poblóse este desierto, donde
al principio el agua era más escasa que el precioso metal. Aquí se
recogieron, en pocos años, las grandes fortunas de Santiago. Centenares
de argentinos acudieron de las provincias andinas, Catamarca, Tucumán,
Salta, y, tras ellos, el grupo de los proscritos de Rosas.—Un antiguo
vecino con quien almuerzo (en un caserón vacío que con voz muda refiere
la pasada opulencia), me habla familiarmente del abogado Rodríguez, de
Alberdi, del doctor Tejedor que enseñaba entonces, en el colegio local,
un cúmulo de materias—¡además del francés! También conoció mi huésped
á Sarmiento, fantástico mayordomo de la mina _Colorada_, de donde tuvo
que salir por «incapacidad»; todo marchaba á la desbandada, en tanto
que el escritor en ciernes incubaba al _Facundo_, ¡y que el futuro
grande hombre soñaba con Buenos Aires ó Argirópolis!
Debería escribir algún poeta—como lo hiciera Bret Harte para su
California—la historia psicológica y real, mezcla de cálculos,
experimentos y leyendas supersticiosas, de estos modernísimos
Argonautas ... Estimulo á mi huésped, y veo encenderse sus ojos
apagados al hablar de panizos y de derroteros perdidos. La historia de
Juan Godoy, el descubridor de Chañarcillo,—cuya estatua se alza en
Copiapó,—es un verdadero cuento oriental, una transcripción realista y
pintoresca del inolvidable Alí-Babá: nada le falta, ni la caverna, ni
los burros cargados de plata, ni la mujer reveladora—ni los «cuarenta
ladrones».
La tradición es ingeniosa é interesante: os la referiré menudamente,
alguna noche de invierno. Se han recogido en los _Folk-lores_ las
leyendas de la selva y del mar: las de las minas son más locales,
menos nómadas y trashumantes. Algunas se conservan, en Chile y el Perú,
desde los tiempos incásicos. Los genios de la tierra, los Nickels y
Kobolds de las grutas subterráneas no han sido inventados todos en
Alemania ó Escandinavia: se los encuentra en la Cordillera, más reales
si no tan antiguos. La superstición moderna se ha ingerido en el mito.
Así, después de los monstruos fabulosos, comunes á todos los tiempos
y regiones, que guardan los tesoros ocultos, aparece aquí la india
centenaria, la bruja que todo el mundo ha conocido: Flora Normilla, la
madre de Godoy, Carmen Ollantay y cien más, que encierran su secreto
bajo una fórmula enigmática, reservando su descubrimiento para algún
Edipo de corazón valiente y espíritu sutil.
Por lo demás, quien ha bebido, beberá. Y son innumerables los antiguos
mineros de Caldera y Copiapó que, semejantes á mi huésped, no se han
resignado á la ruina, creen firmemente en una vuelta de la fortuna,
y, después de perder su resto de vista en escudriñar los polvorientos
archivos de las capillas y escribanías, dan al fin con el buscado
derrotero, transmitido bajo juramento por un moribundo: invierten
entonces sus últimas pesetas en expediciones y cateos, en procura
del famoso _Reventón del Zorro_, fácil de reconocer por una serie de
cruces profundamente marcadas á cuchillo en las rocas del sendero, y
que viviente alguno volvió á encontrar, ni acaso lo viera jamás ...
Después de todo, esa poesía inculta é inarticulada vale más que la
nuestra, artificial y vacía como una cavatina: sea cual fuere su sueño
en la tierra ¡dichosos los que sueñan, pues vivirán consolados de la
realidad!
Antofagasta.
Bahía, puerto, ciudad: todo ello se sigue y se parece bastante, salvo
que aquí la bahía está completamente abierta, el mar siempre picado, y
las casas parecen más numerosas y pintorreadas que en las villas del
sud. También Antofagasta es un producto minero, y muy reciente: fué
el descubrimiento de Caracoles, hacia 1870, el que improvisó, puede
decirse, la población actual. Recuerdo las expediciones de ganado por
los valles de Salta, los gruesos _dieces_ de plata que rodaban por
allá, entre troperos y arrieros. La vena pingüe se agotó muy pronto;
muchos que acudían desde lejos llegaron tarde. La marea ha bajado y
el distrito minero ha perdido mucha población. Con todo, Antofagasta
no ha sufrido la suerte de Caldera, gracias á su ferrocarril á
Huanchaca—otro Caracoles—y á Oruro, en Bolivia.
También hay salitreras que empiezan á producir. Pero es en Tarapacá
donde se debe observar lo que puede hacer un solo producto exportable
con un abominable desierto: Iquique es Nitrópolis.—Aunque la actividad
es aquí notablemente menor, como, al fin y al cabo, los procedimientos
son idénticos, apenas desembarcado monto á caballo para ver de paso la
elaboración del salitre. Los vagones llegan en convoy, bajando de la
montaña, y descargan la materia bruta, el _caliche_ rojizo, al mismo
pie de los aparatos de tratamiento. Sucesivamente triturado, cernido,
anegado, el producto disuelto pasa á hervir en grandes calderas
sobrepuestas; este líquido decantado deposita la substancia terrosa
en el fondo de los defecadores, pasando luego á la evaporación para
cristalizar.
Vuelve á bajar por una cadena cargada con grandes cangilones, como de
draga; luego se expone al sol en estrechas regueras donde se completa
la cristalización. Esa nieve reverberante se recoge con pala y se
despacha en bolsas á Europa y Estados Unidos; es lo que comemos,
transformado en trigo y legumbres.