actual á su pobreza primitiva. Este país oligárquico es hijo de sus
obras. La vida ruda y escasa es tan buena maestra para el pueblo como
para el individuo. Á sus difíciles condiciones de existencia inicial,
debe sus hábitos de orden, parquedad y economía, que se han traducido
con igual fidelidad y eficacia en el carácter moral del ciudadano y
en la estructura orgánica de la colectividad—y, desde luego, en su
administración pública, severa y proba. Sus ejércitos han saqueado
desapiadada y odiosamente á los peruanos: pero sin que un sólo jefe
volviera rico por un acuerdo secreto ó una transacción. Han combatido,
derrocado y maldecido con exagerada y frenética pasión, esa breve
tentativa de gobierno personal que ellos llaman la «dictadura»,
pero no se ha oído una acusación de peculado contra el dictador ni
sus «cómplices», mucho menos contra sus adversarios y sucesores.
Con la misma facilidad inconsciente con que funciona normalmente
un organismo sano—sin elaborar principios tóxicos los aparatos
encargados de mantener la salud, ni producir desórdenes internos los
centros directores—aquí, la dictadura, la revolución, la restauración
constitucional, se han sucedido sin que en lo esencial se modificase
ni alterase el mecanismo administrativo. Ningún régimen político ha
necesitado justificar su accesión al poder, prometiendo castigar
fraudes y malversaciones de sus antecesores ú opositores, porque está
admitido y sobrentendido que tales delitos no han podido cometerse.
Salvo excepciones, la honradez administrativa es allí tan elemental
como el aseo físico en persona decente. Este rasgo heredado de la
colonia y transmitido á las generaciones como un depósito sagrado, no
tendría casi valor positivo en Europa y apenas merecería mención: en
América debe considerarse como el mayor de los elogios, puesto que es
la primera razon de la grandeza chilena y el secreto de su hegemonía en
el Pacífico.
Chile ha tenido sesenta años de verdadera administración: esta
proposición breve y sencilla es el resumen de su historia. Ha sabido
utilizar desde el origen su fuerte estructura colonial para robustecer
y perfeccionar ese funcionamiento administrativo, de tal suerte que su
solidez ha resistido, sin destruirse ni falsearse, á todos los choques
externos ó presiones internas de las guerras y revoluciones. Todos
los hechos de su historia, todos los actos de sus gobiernos, todos
los documentos de su existencia semisecular, demuestran á las claras
la realidad á para que la eficacia de su sano régimen constitucional.
Ahora bien, en la base del edificio, lo que siempre encontraréis es
la severa probidad, la economía minuciosa, la escrupulosa honradez,
así en el mandatario principal como en el subalterno. Sería muestra de
tanta frivolidad superficial el despreciar este elemento íntimo de la
estructura chilena, como tener por secundario en fisiología el estudio
de la célula—unidad primordial de los tejidos y aparatos del organismo.
En Chile, donde el duelo no se conoce sino por accidente, el
sentimiento del honor bien entendido, la seriedad y vigilancia de la
opinión, la consideración adherida al empleo público que confiere un
certificado de idoneidad muy apreciado, han sido suficientes hasta
ahora para obtener del empleado el máximum relativo de capacidad
y dedicación, con el mínimum de retribución pecuniaria. Sabido
es que algunas de las funciones más importantes del Estado son
gratuitas, _honoríficas_, en el pleno sentido de la palabra; además,
la mayor parte de las retribuídas establecen tanta desproporción
entre la importancia del cargo y su compensación material, que debe
necesariamente ser llenado con algo el vacío intermedio, y restablecido
de algún modo el equilibrio. Este _algo_ intangible es la consideración
pública;—¡ay de los países donde ese humo de puro incienso no flota
eternamente en el espacio!—y vuelve á la memoria la vieja proposición
de Montesquieu sobre «el honor, principio de las aristocracias».
Desgraciadamente, no puede recordarse sin una sonrisa la proposición
complementaria acerca del régimen democrático, ¡que descansa «en la
virtud»!
El estudio comparativo de los presupuestos argentino y chileno sería
fecundo en enseñanza; lo he practicado teniendo en cuenta todas
las diferencias que fluyen de la diversidad en la organización
general—y, desde luego, el hecho del régimen federal, que sobrepone
entre nosotros catorce presupuestos provinciales al de la nación.
Compréndese que no me sea posible en estas notas rápidas abundar
en detalles y comentarios. Pero señalo la utilidad de este estudio
razonado á alguno de nuestros jóvenes publicistas. Allí verá y pondrá
en pública evidencia las diversidades de carácter y organización, que
se revelan claramente por la desproporción general de los sueldos y
pensiones en uno y otro país. No hay necesidad de decir de qué lado
están la modestia y la prudente parsimonia. El departamento que, por
muchas razones, llama especialmente la atención, es el de la guerra.
La comparación de lo que cuesta á Chile su ejército actual, que no
alcanza á la mitad del argentino, es altamente instructivo. Al pronto,
y no considerando sino los totales, las proporciones están guardadas—7
millones para Chile y 13 para la Argentina;—pero cuando se analiza
la composición de las planas mayores se llega á la estupefacción: aquí
12 generales por 42 allá; 18 coroneles en lugar de 124; 40 tenientes
coroneles chilenos por 190 argentinos, fuera de 100 en la reserva, etc.
¿Cómo se establece entonces el equilibrio en los gastos presupuestos?
Con la dotación del soldado, con su racionamiento severamente
justificado, con su sueldo de 30 pesos mensuales, casi triple del
sueldo del argentino.
Ya que he rozado esta materia de interés siempre palpitante entre
los dos países, y aunque no dudo que algunos recientes visitadores
argentinos habrán visto mejor que yo los lados fuertes y débiles de la
organización chilena, no prescindiré de unir mi testimonio al de los
que se han producido por ambos lados de la Cordillera. Sinceramente,
Chile quiere la paz. Mi condición de extranjero y, acaso, alguna
facilidad mayor para gastar franqueza con algunos viejos amigos
chilenos, me han dado la plena convicción de que, en la actualidad,
todo peligro de guerra ha desaparecido—puesto que es harto evidente
que el pueblo argentino no tiene ni tuvo jamás un pensamiento de
agresión. La grandeza de la República Argentina no se funda en las
anexiones, ni perturban su sueño las glorias ajenas: nuestra verdadera
anexión fecunda é irresistible de un fragmento de Chile, será la
avenida de chilenos que pedirán el bienestar y la abundancia á las
territorios del sud de Mendoza y del Neuquen. Así las cosas, y calmada
la agitación estéril que la cuestión de límites entretuviera entre
pueblos de índole porfiada y curial, la paz está por algún tiempo
asegurada. Y es de estricta justicia comprobar que tal ha sucedido, tan
pronto como Chile deseó que sucediera. ¿Completaré mi pensamiento? Creo
que, al indicarlo siquiera, cumplo con un deber: lo que ha fomentado en
Chile el deseo de la paz, es el convencimiento evidente, irrefragable
de su necesidad.
Si hubiéramos estado tan bien informados como ellos de las situaciones
respectivas, habríamos comprendido que, á pesar de las faltas, de
las deficiencias, de las llagas visibles de nuestra organización
militar, la partida era desigual y, á la corta ó á la larga, no podía
su resultado ser dudoso. El «boa constrictor» que se pintara alargado
en el Pacífico hasta tener su boca en Tarapacá, podía mover hacia la
Tierra del Fuego su cola aprehensora: tiempo ha que los dardos caudales
pertenecen á la mitología. Y si la absorción del pedazo argentino era
ya muy difícil, aun para un boa constrictor ¿cuánto más lo sería su
digestión?—Los embarazos financieros y las inquietudes de la situación
política justifican plenamente la actitud contenida del gobierno
argentino. Pero, mejor informado, acaso hubiera juzgado que sus
responsabilidades patrióticas no eran tan solemnes como se presentaban
en la apariencia, y que, si la paz era para todos deseable y necesaria,
en un momento dado el medio de cimentarla sólidamente pudo ser la
entrega de sus pasaportes á un ministro imprudente ... En suma, todo ha
concluido bien: _all’s well that ends well_.
Chile está enfermo. Con sus guerras de conquista ha revestido esa
vieja «túnica de Neso», empapada en sangre ponzoñosa y que se
adhiere á sus carnes inoculándoles el virus funesto. Lejos de ser
un remedio, las engañosas riquezas de Iquique son la fuente del
mal. El Perú le ha contagiado el germen de su propia decadencia: la
riqueza fiscal, desmoralizadora y corruptora, cuyos corolarios son la
prodigalidad disolvente en los presupuestos, los premios ofrecidos al
_condottierismo_ electoral, la empleomanía, el militarismo que, no
encontrando presa por fuera, la busca por dentro y se torna elemento
agitador. Coincidiendo con la baja de su producción industrial y la
depreciación de su moneda, la repleción de las arcas fiscales no sería
un síntoma de salud, sino de apoplegía cerebral. Balmaceda no habrá
muerto en vano si su partido vive ó debe renacer. La instabilidad del
gobierno se acentúa, y la anarquía empieza á manifestarse en las formas
terribles del bandolerismo asesino é incendiario. Si es inevitable que
los países nuevos sufran una vez en su vida esta _viruela_ epidémica y
febril: la anarquía social, ¿quién sabe si no ha sido mejor conocerla
en los años juveniles de fácil curación y pronto restablecimiento?
¿Quién sabe si el estado presente del Brasil y el próximo de Chile
no deben hacer llevadera para la República Argentina la larga prueba
sangrienta que enluta su historia y que ya no puede volver?[2]
III
DE VALPARAÍSO Á LIMA
LA SERENA.—CALDERA.—ANTOFAGASTA.—IQUIQUE
Á bordo del _Laja_.
Aquí desembarcaba hace un mes, no fatigado seguramente por el viaje,
que antes es tonificante y vigorizador, pero muy impregnado aún de
vida argentina y casera; sobre todo, con el alma dolorida, magullada
por los sacudimientos de la separación ... Al pronto, Valparaíso me
pareció bastante mediocre de extensión y neutro de carácter. Á pesar
del clima delicioso en este mes (abril) y del relativo _confort_ de la
vida física, el roce de cosas é intereses comerciales sin novedad ni
amplitud, la inevitable monotonía de una actividad, para mí exterior
y ajena, me saturaron en seguida. Temí entonces mostrarme injusto
para con el primer puerto de Chile, si me detenía en él tan mal
«acondicionado», en la brusca soledad del extrañamiento, y tomé el
portante para Santiago, donde me esperaban algunos amigos de juventud
...
Vuelvo hoy al «puerto» para tomar el vapor de Lima. No me encuentro
tan aislado como en los primeros días. Gracias á la benevolencia de
los diarios y al viento favorable que sopla de la Cordillera—¡todo
de paz y fraternidad!—me han salido al paso nuevas relaciones, más
fáciles y numerosas de lo que pude sospechar. Frecuento dos ó tres
clubs, algunas casas de familia, visito establecimientos públicos. Por
supuesto que agradezco debidamente todas estas amabilidades, cordiales
ó simplemente corteses, que constituyen la conquista menos discutible
de la civilización y, como si dijéramos, la moneda fiduciaria de la
amistad. Me aprovecho de todo ello para mirar de cerca lo que antes
entreví.
Mi primera impresión general se modifica muy poco. El verdadero
Chile está en Santiago, no en Valparaíso.—Con sus barrios populosos
del Puerto y el Almendral, sus muelles y _docks_ de vaivén poco
vertiginoso, sus tres ó cuatro arterias de aceras europeas,
medianamente agitadas, y cortadas por callejuelas que escalan al
pronto los cerros rojizos; su población cosmopolita desarraigada, sus
plazas é iglesias de imitación, sus tiendas previstas y sus monumentos
modernos (el erigido á la «Marina Nacional» es interesante, si bien de
efecto algo teatral),—Valparaíso es el puerto de comercio _en sí_,
que recuerda á cualquiera de los otros, sobre todo á los menos vastos
y pintorescos: el Rosario ó el Callao, Bahía y sus ascensores—menos
el espléndido aderezo tropical,—una Veracruz más amplia y limpia, un
Montevideo reducido á la mitad ... Pues, á pesar de las diferencias
íntimas y el contraste de las latitudes, todos los puertos marítimos se
parecen insoportablemente. El poderoso flujo mercantil pronto consigue
nivelar ó rechazar á segundo término los relieves locales, y, donde
quiera, el idéntico hormigueo de los embarcaderos y aduanas, de los
malecones ó _wharfs_, refleja la agitada monotonía del Océano.
Fué Valdivia, según los unos, Saavedra, según los otros (Vicuña
Mackenna) quien bautizó á Valparaíso. Extremeño ó castellano,
el padrino llegado á Chile por el desierto de Atacama no sería
descontentadizo en materia de paisaje. La boca del Aconcagua con
algunos bañados verdecientes, acá y allá; el ondulado horizonte y
la dulzura del clima pudieron darle la ilusión de un «valle del
paraíso». Con todo, ¡fué mucho bautizar! El «paraíso» de Chile está
en otra parte: en el rico valle de Aconcagua, ó, hacia el sud, en las
encantadoras florestas de Concepción y Arauco.
En lo tocante á Valparaiso, hoy mismo, después de transcurridos tres
siglos de apropiación humana,—desde los altos barrancos que dominan
la bahía hasta la playa de Viña del Mar y los esteros de Quilpué, la
árida roca revienta donde quiera la capa delgada del humus, por entre
los bosquecillos de vegetación artificial y las malezas de pencas
y aliagas. Del glauco mar dormido hasta los próximos declives, la
ciudad se alarga en arco estrecho; y todo el barrio del escarpado
Cerro, con sus casitas pintadas y sus jardincillos sobrepuestos en
hilera, revuelto y apiñado por la perspectiva, remeda una alquería
de Nuremberg, una caja de juguetes bruscamente volcada en la cuesta
y á punto de rodar en la rada. Delante de nuestro buque que leva
anclas y vira lentamente, desfilan á flor de agua las fortificaciones
que defienden la entrada; luego el arrabal del Barón, al norte, con
su caserío pintorescamente escalonado en aparador sobre las blandas
colinas. Se pone el sol tras la Escuela naval, en el extremo opuesto
de la bahía; la ciudad se enciende poco á poco; las últimas chalanas
vacías se escurren hacia la tierra; pasamos delante de un buque de
guerra chileno, cuya banda nos despide con el _God save the Queen_ ...
Estamos en marcha, con rumbo á los países calientes.
* * * * *
No es este _Laja_ el mejor steamer de la Compañía sudamericana, pero es
estable y bien distribuído; todo el personal, del capitán al marmitón,
parece gastar humor tan manejable como el mismo mar Pacífico. Cierto
_manque de tenue_, y aun de real confortable, me parece ampliamente
compensado por esta facilidad del trato, esta francachela de las
relaciones personales que es el atractivo potente, aunque rara vez
confesado, de la existencia «criolla»—contra la cual se murmura sin
tregua, pero cuyo hábito mecedor echamos de menos, más tarde, en
Londres ó París. _Todo se arregla_: tal es la divisa hispano-americana,
que bien vale á muchas otras. En viaje, sobre todo, llegan pronto á
cansarnos los reglamentos angulosos, las minuciosas prescripciones y
prohibiciones contra cuyos artículos nos golpeamos á cada instante,
cual contra el techo muy bajo ó la puerta estrecha del camarote. Á
trueque de estar un poco codeados por las gentes y maltratados por las
cosas, gustaríamos de sentirnos menos protegidos. Es lo que se logra
sin esfuerzo en todas nuestras administraciones nacionales ...
Para no sentirse muy desgraciado á bordo, la primera condición es
estar solo en el camarote; la segunda, no estarlo en la mesa ó
sobre cubierta. Cuando digo «solo», bien comprendéis que es remedio
peor que el mal, esa larga mesa del comandante en que se inserta
uno á la aventura, encontrándose demasiado tarde con _vis-à-vis_
grotescos ó antipáticos, con vecinos extravagantes y fastidiosos que
os cuentan cada día su historia con tal de averiguar la vuestra.—Yo
tenía anuncio de hallarse á bordo un conocido chileno, explorador
infatigable y geólogo sin par entre Catamarca y Copiapó,—¡_l’homme
de la montagne_!—muy capaz, por otra parte, de interrumpir un
análisis al soplete para escuchar un _lied_ de Schumann, y hasta
acompañarlo en el piano. Dotado de humor inalterable y estómago
ejemplar, está en su casa á bordo como en un pozo de mina: enganchado
á sus informes y correspondencias desde el alba, manipulando libros
y planos, despachando en cada escala docenas de cartas á los
innumerables comités, congresos y sindicatos de que forma parte; pues
entra en todas las empresas mineras y salitreras que se proyectan
en el Pacífico,—sobre todo en las que se liquidan con estampillas
y telegramas.—Compañero precioso bajo cualquier aspecto, pero muy
ocupado entre sus comidas para no requerir un sustituto. Él mismo me le
busca y le trae al día siguiente.
Ha tenido buena mano: el recién venido, que completa nuestra _petite
table_ reservada, es aún más interesante que el cateador. Es un alemán
de aspecto simpático, espíritu fino y modales correctos, que no me
atrae perdidamente el primer día, pero que gana con el trato: _love
me little, love me long_.—Junto con la madurez, ha conseguido el
bienestar material, es decir la independencia: habita parte del año en
Berlín, parte en París, desde donde administra sin fatiga su casa de
Chile. Vive allá inteligente y suavemente, bien instalado, recibiendo
á literatos y artistas,—íntimo amigo de Sarasate,—saboreando la
existencia en su otoño, cuando exenta de pasiones y excesos se torna en
realidad pacífica y buena.
Como el Graindorge de Taine, cuyo recuerdo me trae con frecuencia,
después de una fuerte educación universitaria ha librado la batalla de
la vida material, ganándola en quince ó veinte años. Los negocios no
eran para él un fin, sino un medio: los ha plantado allí, tan pronto
como pudiera. Es un sabio; y el gusto de las cosas del espíritu le ha
preservado en parte del egoísmo de los solterones. Está de vuelta de
muchas cosas, como bien pensáis,—entre otras, de la intransigencia
patriótica que perturba la digestión,—pero no de la ciencia, del arte,
de la belleza. Conoce bien á Kant y Schopenhauer, los dos muelles de
la moderna filosofía; ama nuestros libros, nuestros salones, nuestro
teatro: ni fariseo ni filisteo, aspira con delicia esa flor suprema de
la civilización que se llama París. Algunas veces, por la siesta, en la
toldilla donde relee á Goethe ó Heine, me hace pronunciar y traducir
versos del _Fausto_, la queja de Mignon, ó una breve joya del exquisito
_Intermezzo_:
_Mir träumte wieder der alte Traum..._
Pero, lo que siente profundamente, como todos sus compatriotas, es
la música, el arte sagrado y nacional. La conoce en todas sus obras
maestras, de Bach á Wagner y Grieg; se expresa sin necia preocupación
acerca de los matices de la interpretación contemporánea, desde
nuestra orquesta del Conservatorio—perfecta por la maestría y la
habilidad técnica—hasta la ejecución de Bayreuth, incomparable por
el fervor religioso y lo concienzudo de la iniciación ... Y todo
esto, en el enredo de las maniobras, en el vaivén de los pasajeros
chilenos, peruanos, bolivianos, que enarbolan gorras bordadas y trajes
extravagantes para jugar al tejo sobre cubierta, ó, desde el alba hasta
el anochecer, tendidos en sus sillas de tijera, acometen los «cachos»
de bananas y canastos de aguacates.—Me ofrezco el placer de observar
á mi germano que, al principio tan frio y reservado, se entibia poco
á poco en este roce familiar de cada hora, de cada instante. Por
varios días, ha estado indeciso y, como decimos, tanteando el agua,
adelantándose con mesura y precaución. Á la altura de Mollendo, está
completo el deshielo; en Lima, donde tendremos que separarnos,—pues
él sigue camino para Nueva-York y Europa, en tanto que me detengo en
el Perú,—me exige la promesa de volvernos á ver en París ó Berlín: y
todo ello muy seriamente, con una insistencia, un cálculo meticuloso de
las direcciones y épocas probables, en que siento el deseo sincero de
estrechar esta amistad de chiripa. Nos separaremos con íntimo pesar.—Y
forman la dulzura triste de los viajes, estas efímeras simpatías
tronchadas de golpe, que quedan plantadas en el recuerdo como _amorces_
sin empleo: esas tentativas de mutuo ingerto, de espíritu á espíritu,
cuyo destino se acaba allí, sin que sepamos jamás si, con el tiempo,
hubieran prendido y prosperado ... Disimule el lector la complacencia
con que he referido mi única conquista en el Pacífico.
_Dolce far niente_!
Esta navegación del Pacífico, entre Valparaíso y Panamá, es de una
serenidad ideal. El cielo invariablemente puro, el aire fresco ó tibio,
el mar apenas arrugado por la brisa del largo, que llega débil, como
cansada, del lejano fondo occidental: todo conserva un aspecto tan
sosegado y apacible, que ni ocurre la idea de un temporal. Me dice el
comisario que, en dos años de navegar, no ha conocido tormenta. La nave
está distribuída casi como un barco de río, con la fila de camarotes
sobre cubierta; á partir de Guayaquil, los pasajeros duermen al aire
libre, sin la aprensión más lejana de un golpe de mar: los mismos
camareros sacan los colchones de las camillas y los tienden sobre
el puente; y á medianoche, cuando vagan los ojos en el estrellado
cielo, buscando el «camino de Santiago», óyese el _flic-flac_ de las
sábanas bajo la brisa deliciosa.—Los pasadizos, hacia popa, están
obstruídos por los vendedores de frutas y legumbres, que exponen su
mercancía en escaparate, como en el mercado, sin cuidado por el balance
imperceptible; renuévanlas en cada escala, cambiando sus verduras del
sud por las bananas, piñas y mangos tropicales, cuya fragancia capitosa
nos llega por ráfagas. Luego, es el embarque ó la bajada del ganado en
todos los puertos de la costa: las ovejas tiradas en montón, hechas ya
fardos de lana; las mulas chúcaras que cocean hasta en las chatas; los
pobres bueyes pasivos que se dejan izar de las astas, sacando afuera
sus ojazos despavoridos ... Uno de los tráficos importantes de la
línea es este abastecimiento de algunas poblaciones y salitreras del
litoral, en que no crece una mata de pasto,—donde sólo puede vivir el
hombre empujado por la _sacra fames_: allí está, miserable y grandioso,
encarnizado, invencible, desventrando la montaña metálica, escarbando
aquel ingrato suelo, para extraer el nitrato que, en otro parte,
engordará los surcos extenuados y hará brotar las mieses opulentas,
¡gracias á este mismo polvo blanquecino cuya presencia es aquí un
indicio de incurable esterilidad!