El aspecto de la ciudad es monótono y triste. Como un vetusto damero

divisado al soslayo, extiende sus manzanas sucesivas, regulares y

descoloridas, sus azoteas de balaustradas alternando con el punteado

de los tejados y las canaletas del zinc. Casi todas las casas, aun en

los barrios centrales, tienen amplitud colonial; los follajes de los

patios y jardines rebosan de los techos rectangulares, remedando los

ribetes de musgo entre las losas de un patio secular. Desde aquí las

habitaciones apiñadas recuerdan, bajo su capa blanquecina, un rebaño de

ovejas apretadas en un corral; de trecho en trecho, como un pastor de

pie dominando los vellones grises, un campanario de iglesia se yergue

en el espacio. Ninguna originalidad, ni siquiera la copia correcta de

estilo alguno. He visitado las iglesias, y su vista lejana me trae

reminiscencias de su interior. La mezquina y moderna linterna de la

Catedral acentúa aún las desproporciones de la pesada nave jesuítica.

Las torres italianas de Santo Domingo son tan destituídas de carácter

como las españolas de San Francisco, ó las góticas de tal ó cual otro

templo de confección. Hacia el norte, cerca del cerro Blanco, la

Recoleta Domínica evoca sus suntuosidades advenedizas: innumerables

columnas y revestimientos de mármol blanco, pinturas murales de

belleza oleográfica, arañas y candelabros, vidrieras y bóvedas de lujo

flamante, dorado en todas las costuras, de una «banalidad» insuperable

... Por lo demás, esta decadencia de la arquitectura religiosa no es

achaque especial de Chile, ni de América; reina en el mundo entero y

hace cumplir su ley fatal. Hace más de dos siglos que las iglesias

nuevas no son sino postizos de cal y canto—cuando no de adobe

embadurnado. El templo levantado sin creencia es una copia inanimada

que ni á la belleza externa logra alcanzar. Nace viejo y prolonga su

existencia ficticia; se asemeja á una coraza de gliptodon: está intacta

la envoltura, pero no es más una piedra lo que fué un organismo vivo.

Aun á la distancia, se nota la escasez del movimiento urbano, la

casi nulidad de la labor moderna. No hienden el aire las chimeneas

de las fábricas, no desgarran el silencio los agudos silbidos de las

máquinas, ni llegan, por fin, á esta altura los potentes rumores de

las colmenas manufactureras que, en otras partes, roncan de día y de

noche y semejan la vasta respiración del monstruo industrial.—Pasa

al pie del cerro la magnífica Alameda, llena de follajes y estatuas,

bordada de mansiones señoriales, prolongándose desde el Mapocho hasta

la Estación central de los ferrocarriles: no es mucho más concurrida

y bulliciosa que la principal arteria de Mendoza. Al este, el río

que acabo de nombrar suelta dos ó tres hilos de agua en su profundo

lecho canalizado, separando el barrio popular de Ultra-Mapocho del

resto de la ciudad; en su margen izquierda el Asilo de la Providencia,

para niños expósitos, oculto entre frondosidades, me trae el recuerdo

de una visita dolorosa ... Delante de mí, la calle de Agustinas se

abre hasta la quinta Normal, con sus hileras de casas uniformes, sus

veredas estrechas y vacías, sin más animación que tres ó cuatro puntos

negros que se arrastran en cada cuadra.—Pero la vista quiere alzarse

y descansar una vez más en ese admirable horizonte que bastaría á

salvar á Santiago del mustio achatamiento. Como inmensas olas del

diluvio súbitamente petrificadas á la voz de un Dios, las hileras de

colinas se suceden, dominadas por otras mayores que dejan ver al macizo

principal por sus anchas escotaduras. Por sobre los hombros graníticos

de los cerros de Navia, San Cristóbal y Apoquindo, las dos grandes

sierras extremas parecen observar eternamente el valle de Santiago.

Al norte y al oriente la clara transparencia del cielo crepuscular

destaca deliciosamente los finos dentículos de la montaña. Hacia el sud

nebuloso, la hoya central de Chile se abre sombría y vaga, cerrando su

paso el San Bernardo, como fuerte destacado que custodia la entrada ...

Por vez postrera, sin duda, paseo una lenta mirada de adiós por la

primera ondulación de la cordillera, donde se recuestan en verde

anfiteatro las praderas cercadas de arboledas europeas, los ricos

parques y viñedos de Ñuñoa, Macul, Peñalolén, cuyo recuerdo tan

reciente vuelve hacia mí ya velado de tristeza. ¡Oh! ¡estas nuevas

simpatías á cada hora tronchadas son la gran amargura de los viajes!

¡Algunos amigos viejos han traído á muchos recientes, y en todos ellos

he hallado manos y hogares abiertos, hospitalidad generosa y cordial,

las mesas de familia con su tibia atmósfera reconfortante! ¡Cuánto

cuesta cumplir con el deber de amar la verdad por sobre todo y, al

decirla, herir acaso corazones leales que se quisiera acariciar!...

El crepúsculo ha sido breve; no hace una hora que el sol ha

desaparecido tras la sierra de la Costa que, ahora, se proyecta

duramente sobre el cielo opalino; se ha hundido en ese Pacífico

que mañana surcaré, solo y sin muchas ilusiones. Ya cae la noche,

instigadora y cómplice de las debilidades enervantes. Me siento

melancólico como una vieja romanza. Por sobre la cumbre de los Andes,

la luna asoma su cara pálida ¡y quedo mirando la luna! Sin cuidarme de

estar ó no ridículo, llego á pensar que algo me trae de la Argentina:

un tenue reflejo de otros ojos que la están mirando también, allá por

el Retiro, en una casita llena de niños. Y tanto, tanto miro que,

al fin, creo que el «sereno» me ha nublado la vista ... ¡Ay! ¡pobre

Mefistófeles! ¿qué se hicieron tus ironías?...

* * * * *

Chile vale más mirado de dentro que de fuera, y esto es particularmente

cierto respecto de su capital. Santiago no es, en detalle, tan

mediocre como en conjunto. Olvidemos las exageraciones del patriotismo

de campanario; no reparemos en los textos escolares que enseñan á

los niños chilenos la evidente supremacia de su nación sobre todas

las hispano-americanas, y celebran la grandiosidad de Santiago y

la «magnificencia de sus edificios particulares y públicos». Es la

verdad que la República Argentina no posee, sin disputa posible, una

capital de provincia comparable con las dos principales ciudades

chilenas. Ni Córdoba puede equipararse á Santiago de Chile, ni mucho

menos el triste Rosario á Valparaíso. La capital, especialmente, posee

algunos edificios bastante notables. No incurriré en la vulgaridad

de prolongar estos paralelos materiales, ni estoy aquí para informar

sobre albañilería; pero puedo afirmar que el palacio del Congreso

nacional, la Escuela de medicina y algunas otras construcciones

modernas, harían figura honorable en cualquiera ciudad americana. No

dejaré de mencionar la Quinta Normal con sus múltiples aplicaciones,

científicas, artísticas—y culinarias;—la Alameda soberbia, poblada

hasta el exceso de estatuas militares y civiles, el gran hospital de

San Vicente y, para no ser ingrato, el parque Cousiño, cuyas frondosas

arboledas humillarían á las de nuestro Palermo. Pero si, para los

porteños inteligentes, es materia entendida que Buenos Aires es una

gran ciudad sin monumentos ¿cómo queréis que reservemos nuestra

admiración para edificios como la Moneda, la Universidad, los bancos

y teatros, las bibliotecas y colegios, los hospicios y prisiones,

las iglesias y cuarteles—seguramente no superiores en general á

los similares de allá, que reputamos insuficientes y provisionales?

Algunas casas particulares son célebres por su lujo de construcción

y amueblado ¡que las disfruten sus dueños y las admiren los _snobs_!

Mientras existan los originales europeos, no tendré que celebrar sus

copias americanas más ó menos correctas. Y seguro estoy de que algunas

mansiones coloniales de aquella Lima, hoy arruinada y viuda de su

antiguo esplendor, moverán mi sentido estético más hondamente que las

opulencias allegadizas é importadas de ciertos palacios santiaguinos

que no necesito nombrar y en los cuales, como diría Molière, abundan

los «solecismos» de gusto y adaptación. Los grandes monumentos

artísticos están en otra parte, allá donde se han desarrollado

lentamente y florecido durante siglos las civilizaciones originales.

Las naciones americanas son principalmente interesantes por sus sitios

naturales, sus costumbres nativas en conflicto con instituciones más

ó menos adventicias; y secundariamente por aquellas realizaciones

materiales que son síntomas reveladores de su evolución política y

estructura social. Á este respecto, la visita de algunas haciendas y

fundos rurales es infinitamente más significativa que la de las «casas

romanas» y «alhambras» de la capital.

* * * * *

En las puras democracias, es casi inevitable que la formación ó

estructura urbana se extienda y predomine gradualmente sobre la rural.

Durante mucho tiempo, puede, sin inconveniente y aun con provecho

general, suceder lo contrario en las aristocracias. Desde este punto de

vista, Chile y la Argentina se encuentran respectivamente en la misma

situación que Inglaterra comparada con Francia. Entre nosotros, años

hace que un gran «estanciero» ó agricultor no pasa sino por excepción

algunos meses en su propiedad de campo. Dirige la explotación un

mayordomo; los empleados y peones casi no conocen al verdadero patrón,

que gasta en la capital—ó en Europa—el producto de la hacienda. No

siendo dicha propiedad un punto de residencia habitual y, por otra

parte, hallándose regularmente á distancia considerable de Buenos

Aires, es natural que la casa é instalación sean provisionales y apenas

confortables. Aquí las condiciones son muy diversas. La estrechez

del territorio productivo aproxima las distancias, al par que la

mediocre extensión de los fundos permite multiplicarlos en el mismo

valle. Siendo terrenos de cultivo y regadío, es decir, de producción

intensiva y valiosa—viñas, cereales, forrajes, etc.—su explotación es

obra complicada y minuciosa que requiere la presencia del dueño y su

inmediata vigilancia. Agregad á ello que el fundo es un feudo: la base

y justificación de la estructura social, una morada estable así para el

señor como para los siervos. De ahí que las haciendas rústicas chilenas

sean, por lo confortables y hasta opulentas, verdaderas residencias

«dominicales», habitadas gran parte del año por el propietario y su

familia, que casi siempre han viajado en Europa, visitado á Francia,

Alemania y sobre todo á Inglaterra, la gran escuela de la vida rural.

Esta faz, con la minera, es la más interesante y característica de

Chile. Lujo de ciudad, importado y chillón, lo hay en todas partes, y

singularmente en las «tierras calientes». Lo que me parece propiamente

chileno, es la sana y amplia existencia del _gentleman farmer_

americano, en su fundo de viñedos y alfalfares surcados de acequias,

con sus bodegas provistas de todos los aparatos de vinificación

científica usados en Francia, disfrutando con su familia, en su casa

llena de muebles, tapices, cuadros y libros, y rodeada de parques

y jardines, todas las ventajas de la civilización urbana sin sus

inconvenientes morales y físicos.

Esta faz social de Chile, lo repito, bastaría á revelar su estructura

fundamentalmente aristocrática. Hay muchos otros rasgos que lo

confirman. Algunos, como la educación pública, la vida política é

intelectual, las preocupaciones de casta y religión son visibles á la

distancia; otros son más íntimos y requieren observación directa: así,

los gustos, las tendencias generales del carácter, las manifestaciones

pasionales del individuo y de la colectividad. Estos son los más

difíciles de determinar porque son los más importantes. Es facilísimo

comprobar, por ejemplo, que la prensa periódica no ha salido aquí

de la infancia, en cuanto á difusión é instrumento de información é

influencia. El número de periódicos para todo el país es casi la mitad

del nuestro; pero la circulación diaria total no excede por mucho la

de un gran órgano platense. Su material es indigente; todos ellos se

copian mutua y cándidamente; la misma noticia gira durante una semana,

indefinidamente repercutida. La explicación es evidente: entre la clase

dirigente, que es un grupo, y la masa popular que no sabe leer, falta á

la prensa la inmensa clientela de la clase media.

¿Queréis ver confirmada esta última aserción, y comprobar la

convergencia de ambos rasgos sociológicos? Observad el organismo

educativo, y, desde luego, las estadísticas, que no acepto sino en

globo y por sus totales más interesantes. En tanto que las cifras

relativas á la educación superior y secundaria son en Chile mayores

que las correspondientes en la Argentina, las estadísticas de la

instrucción primaria revelan un cuadro exactamente opuesto. De las

sumas respectivas, resultaría que las matrículas primarias alcanzan

aquí á la mitad de las nuestras; pero si se consideran otros factores

concurrentes, y especialmente la asistencia, creo que un tercio sería

la proporción real. En cuanto á la calidad de la materia educativa

suministrada, sería temeraria cualquiera afirmación categórica: pero

si es posible extender á la totalidad los rasgos de una parte central,

inducir el fondo por la superficie, la clase de enseñanza por el valor

de algunos profesores, y el trabajo de los alumnos por el aspecto

disciplinario del establecimiento, creo que también deben admitirse las

diferencias cualitativas en el mismo sentido que las cuantitativas. La

educación media y universitaria ha de ser más sólida aquí que allá; la

común y normal decididamente inferior. Repito que estas apreciaciones

son meramente conjeturales, casi instintivas, nacidas de impresiones

forzosamente superficiales y fragmentarias. Además, la seguridad de ser

leído en Chile me obliga á mantenerme en la vaguedad; no me resuelvo

á precisar qué lecciones he oído, qué conferencias me han parecido

deficientes; y no pudiendo torcer le verdad, prefiero omitirla.—La

exacta justicia es posible con las colectividades, ó con ciertas

individualidades cuyas obras y actos admiten de suyo la discusión.

¿Cómo sacar á la luz pública y en són de crítica á un modesto empleado,

á un honrado profesor que se esfuerza quizá por ser irreprochable y

tiene la ilusión de conseguirlo?

Existe, por otra parte, un criterio indirecto para apreciar la eficacia

de la educación secundaria y superior de una nación; es el método

evangélico: «por sus frutos los conoceréis». Fuera de las aptitudes

personales, cuya selección se hace sin intervención extraña, hay un

promedio de ilustración general, que se manifiesta en la prensa, en

las revistas especiales, en la cátedra, en el parlamento,—y que puede

tenerse por el producto directo de la educación. Agregando á lo que ya

conocía, lo que en estos días he logrado colegir, creo poder ratificar

la conclusión arriba formulada. Hay conciencia, estudio, aplicación en

el vario ejercicio del pensamiento: pero este pensamiento en sí mismo

carece de tendencia propia, de originalidad. La fibra nerviosa es sana

y enérgica: no tiene espontaneidad. Ahora bien, esta irritabilidad

delicada y espontánea es lo que se llama _talento_.—Pero un pueblo

puede cumplir su evolución y ocupar dignamente su rango en la historia,

sin que abunden en sus generaciones los hombres de talento original;

así, la Suiza y, en cierto modo, los enormes Estados Unidos. Es verdad

que los hábitos de estudio y conciencia científica no constituyen más

que una asimilación; pero esta atmósfera intelectual es una condición

de vida y fecundidad para los genios posibles. Otros países hay

donde un espíritu superior que accidentalmente apareciera no podría

desarrollarse por la inferioridad del medio circunstante. En Chile, el

terreno está preparado para recibir al genio nacional que hasta ahora

no ha surgido.

¡Dualidad extraña y al parecer contradictoria! Ese pueblo de fibra

tan enérgica, ese conquistador lleno de audaz arrojo para la acción,

se muestra en la especulación intelectual el más sumiso y tímido de

los discípulos. Ha pedido á la Europa y á esta misma América sus

iniciaciones diversas—á semejanza de sus antepasados coloniales que

enviaron al Cuzco por civilización: ha oído las lecciones de Gay,

Domeiko, Philippi, Courcelle-Seneuil, Bello, fuera de la pléyada

argentina de la emigración que ilustró á Santiago, después de

desbastar á Copiapó. No parece sino que esta prolongada influencia

debiera imanar para siempre el acero nacional. Pero nada de esto ha

sucedido: los sabios que desaparecen dejan un semillero de excelentes

discípulos, juiciosos y aplicados, entre los cuales ninguno ascenderá á

maestro. En la minería, que tanto han practicado, muchas modificaciones

y procedimientos felices son chilenos—pero debidos á un ingeniero

francés ó un boticario alemán aquí establecido. El vuelco favorable

de su guerra con el Perú es en parte debido á la oportuna captura del

_Huáscar_ en Punta Angamos; ahora bien, un chileno me afirma que esa

captura se hizo posible porque hubo en Valparaíso un extranjero que

descubrió este huevo de Colón: limpiar los fondos del _Blanco_ y del

_Cochrane_, en pocos días y sin dique de carena, devolviéndoles así su

perdida velocidad.—No son inventores en ramo ni grado alguno, porque

no llegan jamás á dominar su materia con despreocupación y desdén de

las fórmulas doctrinales. _Magister dixit_: tal es el principio y el

fin de su sabiduría. Su actual discusión por la prensa nacional de la

cuestión económica, es un «entrevero» de citas escolares: atribuyen á

causas artificiales la desestimación de su moneda fiduciaria, en lugar

de buscarla cada cual en el desequilibrio de su presupuesto casero, en

el gasto superior á la producción,—lo mismo que entre nosotros,—á

la baja de sus productos mineros, al desarrollo de la importación

improductiva. Creen todavía en la anticuada majadería de Bastiat contra

la «balanza del comercio» ó, despistados por el equilibrio aparente

de su _debe_ y _haber_, obtenido merced á la enorme partida de los

salitres, no alcanzan á ver que esa exportación es ficticia para el

país y sólo real para el fisco. En realidad, respecto de Chile, la

situación económica no hubiera variado en absoluto si, en lugar de

poseer á Tarapacá, impusiera á su legítimo dueño una contribución de

guerra igual al producto fiscal de las salitreras. Fuera de la cuestión

muy secundaria de los brazos chilenos allí empleados, es, pues,

evidente que la exportación anual del nitrato de sodio podría subir de

20 á 40 millones de quintales y representar una entrada fiscal dupla

de la actual, sin que la condición económica del país se modificara

sensiblemente: no es producción nacional. En consecuencia, ¡se está

clamando por una nueva discusión de la tesis en el Congreso reunido

extraordinariamente, y por la promulgación de una ley que tenga la

virtud de equilibrar el presupuesto de los que gastan más de lo que

producen, y reciben mucho más de lo que envían á la Europa tutelar!

Esta tendencia intelectual á contentarse con las causas segundas y

cobijar las opiniones propias bajo la garantía de una autoridad, se

hace perceptible en todas las direcciones del pensamiento chileno.

No siendo caso de una crítica personal, creo que puedo, sin faltar

á las reglas de conveniencia que me he impuesto, aludir á una

conferencia á que he asistido en la Escuela de medicina. Se trataba de

una lección inaugural, ante alumnos ya casi médicos; la competencia

profesional del catedrático no es para mí dudosa—agregaré que, lejos

de ser un práctico estrecho, es un espíritu abierto á las múltiples

manifestaciones del arte y la literatura; él mismo me había invitado á

su clase y, por fin, el campo que se iba á recorrer previamente, antes

de explorarlo en sus detalles, era esa región perturbante y crepuscular

de las neurosis, á cuyo estudio ningún pensador moderno puede quedar

extraño ... Esperé una exposición filosófica de la materia mas obscura

y temerosa de la ciencia, una crítica elevada de los métodos todavía

tan vacilantes, de las conclusiones tan conjeturales aún, de los

resultados terapéuticos, tan caprichosos y contradictorios como las

mismas entidades mórbidas acometidas.

Sin preámbulo ni resumen alguno, sin ensayar siquiera una

clasificación, el profesor entró en materia con la descripción de

la ataxia locomotriz: causas, pródromos, antecedentes precursores;

hizo entrar á un enfermo, pidióle que contara su historieta, comprobó

en él los síntomas clásicos, marcha, pupila, reflejo de la rodilla;

después de una alusión al «pansifilismo» de Fournier, prescribió el

tratamiento correcto, como si fuera infalible—y cuando pensé que iba

á comenzar, había ya terminado. Era la conferencia de apertura. Ni una

mención de las grandes y terribles cuestiones provocadas por el estudio

psicológico y social de los accidentes ó degeneraciones del mecanismo

nervioso; ni una vacilación respecto de la certidumbre de la etiología

y la eficacia del tratamiento. Allí no asomó la duda, que es el

_initium sapientiæ_ y la estampilla del verdadero espíritu científico.

Para esos jóvenes estudiantes, se presenta el mar tenebroso de la

medicina bajo el aspecto de un camino de hierro cuyos viajeros conocen

de antemano el itinerario, desde el punto de partida hasta el término,

con exacta indicación de las estaciones intermedias y su minuciosa

filiación.

—¡Oh! ¡sabia desconfianza y prudente escepticismo de Claudio Bernard!

¡_Ignorabimus_ fecundo de Dubois-Reymond!

Lo propio en el arte que en la ciencia. Años ha que concibieron el

propósito extraordinario de adjuntarse, con gran refuerzo de estudios

pertinaces y laboriosa constancia, una «Escuela normal» de bellas

artes: trajeron pintores europeos,—entre éstos estaba indicado

Monvoisin, correcto alumno de David, algo así como un Bello de la

pintura convencional,—enviaron á Europa escuadras de artistas

bisoños ... Nosotros siquiera tenemos el consuelo de que muchos de

nuestros pensionados huelguen infatigablemente: éstos estudian, buscan,

se aplican, se dan un trabajo de los mil demonios, vacían durante

veinte años arrobas de color sobre hectómetros cuadrados de lienzo;

acometen la historia, el paisaje, el retrato, el bodegón con increible

perseverancia. Prolongan su aprendizaje hasta los umbrales de la vejez,

vuelven para continuarlo á la sombra inspiradora de sus montañas, y

enriquecen con una generosidad afligente sus colecciones nacionales

de reflejos y copias de todas las escuelas conocidas—excepto de la

escuela chilena. Todos ellos son discípulos irreprochables en punto á

conducta y aprovechamiento; aprenden su lección con toda conciencia,

y algunos, como Lira, Valenzuela, Orrego, dibujan con habilidad ó

muestran cualidades reales de coloristas: pero quedan discípulos, sin

gusto propio, sin iniciativa original y, lo que es más incurable, sin

la tentación de una audacia feliz. Pintan y esculpen incansablemente

Valdivias y Caupolicanes, batallas terrestres y navales, con un ardor

patriótico que merecería recompensas en cualquier otra parte que en

el Salón. Pero es lástima y gran injusticia que con el más ardiente

patriotismo no se supla al genio ausente. Todavía no hay gente en casa;

si bien fuera impertinencia gratuita desesperar del porvenir.

En arquitectura, _ut supra_. En música, no creo que sus ambiciones

pasen de la _Marina_ para la generalidad, y de _Rigoletto_ para los

iniciados. He asistido, por ejemplo, á un atentado público contra la

_Misa_ de Verdi, que borra todas mis impresiones musicales de Bolivia

y Tucumán: el público aplaudía frenéticamente. Al día siguiente quise

desquitarme leyendo la protesta indignada de la prensa: todos los

diarios pedían la reincidencia y maltrataban al público por no haber

acudido en masa á esta «interpretación nacional».—En literatura, por

fin, importaron á un Boileau venezolano que les enseñó la lengua hasta

el purismo, la gramática hasta la superstición; se saben al dedillo la

retórica, la poética, todas las nimiedades bizantinas de la literatura

preceptiva,—y ello da por resultado un ciclo poético que arranca de

las odas de dicho Bello ¡y remata en los sonetos de Guillermo Matta!

Nada, por fin, revela con más elocuencia esa vocación ó tendencia

irresistible para catecúmenos intelectuales y discípulos jamás

emancipados, que su evolución militar: con ser el pueblo más

instintivamente guerrero de América, de amor propio más celoso y

patriotismo más pronto á salirse de madre, acaece que sus grandes

páginas de gloria han sido redactadas por extranjeros.—Anteponiendo

el orgullo patrio á la vanidad nacional, con tal de asegurarse la

victoria, los oficiales y soldados chilenos soportan hoy la autoridad

técnica de un jefe alemán, depositario, según ellos, de los secretos

que reservan el triunfo decisivo, y quien probablemente les revelará

la táctica y estrategia con tanta eficacia como Monvoisin les enseñara

pintura y Courcelle-Seneuil, economía política. Podría multiplicar

los rasgos concurrentes que forman esta curiosa y compleja fisonomía

de pueblo sudamericano, con su espíritu á la par conquistador y

disciplinado, altivo y sumiso, ambicioso de ciencia y arte sin

aptitudes visibles para sabio ni artista, perseguidor tenaz de la

belleza á quien espera rendir con la voluntad paciente y el esfuerzo

infatigable, á falta de gusto exquisito y gracia seductora,—casi tan

tímido en la iniciativa cuanto resuelto y tenaz en la prosecución. En

suma: una figura enérgica y digna de estudio por sus solos contrastes

intelectuales, aunque sus rasgos morales no atrajeran imperiosamente

nuestra atención, en razón directa, precisamente, de su diferencia

radical con los rasgos más característicos y propios de la fisonomía

argentina.

* * * * *

Del Plata al Niagara · 第 3 / 35 段