delineaban los rasgos fundamentales de la fisonomía chilena, la
ausencia de la gran inmigración europea, innovadora y perturbadora de
la tradición, permitió conservar casi intacto el edificio colonial,
sin más que cambiar la inscripción de su portada. La revolución
chilena quedó exterior en sus causas y sus efectos: un ejército
argentino cortó definitivamente el cordón umbilical que ataba la
colonia á su metrópoli; y esta rápida operación, lejos de arrasar
con lo existente lo mantuvo en pie, reduciendo el cambio de estado
á un acto de emancipación y á la toma de posesión del país por los
nativos. El dictador O’Higgins casi pudiera creer que recibía y
administraba la herencia política de su ilustre padre, el fundador de
Santa Rosa y Vallenar. Todo concurría, pues, á perpetuar la dualidad
originaria del pueblo chileno: una clase dirigente en la punta de la
pirámide, una masa anónima y sumisa abajo, con una faja de separación
casi insalvable: así, en el cerro de Aconcagua, la zona amorfa de
arenisca impide que se confunda el conglomerado de la base con las
estrías del vértice. De suerte que, después de un breve extravío
democrático y un experimento único de federalismo que produjeron la
anarquía y bastaron á demostrar su falta de adecuación, elaboróse una
constitución resueltamente centralista,—tan poco democrática, que las
dos fracciones del grupo dirigente se han sucedido en el poder sin
alterar la forma constitutiva; tan poco republicana en el fondo, que
las facultades del presidente, unidas á la reelección indefinida—antes
de la reforma de 1871—y á su irresponsabilidad inmediata, eran más
importantes y absorbentes que las de un monarca constitucional.
* * * * *
Conviene insistir en este consorcio armónico de la raza y la estructura
originaria con las circunstancias y las instituciones políticas, en
esta feliz apropiación del pueblo chileno al medio ambiente, porque
ello da la clave de esa evolución ulterior, que, con la colonia más
lejana y pobre del dominio español, ha hecho al pueblo más civilizado
y fuerte del Pacífico: á la nación que en cincuenta años de labor
incesante y administración honrada, tenía ya alcanzada la legítima
hegemonía moral en esta vertiente de los Andes, mucho antes que la
conquista militar le agregara su sanción brutal. Votada sin grandes
disidencias, después del sangriento conflicto que diera el triunfo al
partido conservador, la constitución unitaria del año 33 ha quedado
subsistente en sus grandes lineamientos, precisamente porque no era
más que la consagración legal del orden político históricamente
establecido. La accesión al poder del partido liberal no ha sido la
señal de destrucción de la constitución conservadora: han bastado
algunas reformas parciales y paulatinas para completar su adaptación.
En lugar de las veinte constituciones de papel que, en el pueblo
vecino, se volaban arrebatadas por cada tormenta anárquica, se ha
podido aquí, una vez por todas, esculpir en el granito la carta
fundamental; porque ésta no era una concepción artificial y postiza,
una ley teórica encargada de modelar las costumbres de todo un pueblo,
sino la reglamentación de los hábitos y tendencias seculares. Es
posible que el molde ideado ó copiado por los legisladores argentinos
fuera superior al chileno; pero éste fué hecho por medida y, sin
esfuerzo ni sufrimiento, han podido vaciarse en él las generaciones
sucesivas.—Una población centralizada y relativamente compacta; un
grupo superior apoyado en el clero católico, muestra y modelo de
las jerarquías, y apoyando á la vez sus pretensiones tradicionales;
un gobierno elegido periódicamente en la sola clase privilegiada,
rica y noble, que llevaba al poder sus tradiciones domésticas de
honradez administrativa, y que no podía buscar en el mando la fortuna
ó la satisfacción vanidosa que poseía desde la cuna; la existencia
originaria de dos partidos antagónicos, pero extraídos de la misma
clase superior y cuya rivalidad abierta era menos un peligro que una
garantía; abajo, la muchedumbre innominada, vinculada al terruño, á
la mina, al taller, sin más sentimiento común con la aristocracia
que el mismo patriotismo exaltado é intransigente, tan pujante en el
patricio que sacrifica fortuna y vida por la grandeza nacional, como
en el _roto_ humilde que vierte su sangre por una tierra que nunca
le perteneció, y pelea por instinto de raza como sus antepasados del
Arauco: tales son las grandes estratificaciones de la masa chilena, que
la organización política y la historia han contribuído á solidificar.
No hay aquí espacio ilimitado, ni horizonte misterioso y tentador;
nada, por tanto, que se parezca á la libre y feliz vagancia del gaucho
argentino en sus desiertos pampeanos ó en sus montes «arribeños». Cada
hombre del pueblo nace obrero, inquilino, peón, _roto_ del campo ó del
suburbio; todos tienen patrón, son moléculas de un fragmento compacto,
pertenecen á una _gens_ urbana ó territorial. Para mantener incólume
contra la infiltración externa tan anticuado edificio, no bastaban los
tradicionales hábitos de sumisión, fomentados por las supersticiones y
la ignorancia popular, hasta hoy tolerada fuera de las ciudades: era
necesario que todas las influencias ambientes y todos los resortes
internos conspirasen al mismo fin. Por el lado extranjero: la distancia
de Europa, la pronta ocupación del suelo, la escasez de buenas tierras
disponibles y el desarrollo industrial criollo, mantenían desviada
hacia el Plata la gran corriente inmigratoria é impedían la formación
de una numerosa clase media; por el lado popular: la raza enérgica,
el clima tonificante, la labor penosa de la montaña y del mar habían
forjado una masa proletaria sufrida y ruda, capaz de disputar el
suelo al inmigrante agricultor ó sostener contra el obrero europeo
la lucha por la vida,—instrumento excelente en la guerra como en la
paz, siempre que su arrojo brutal encontrara el saqueo como premio y
corolario de la victoria, y se le permitiera devastar las comarcas
opulentas que sus dueños enervados ó disolutos no sabrían defender.
Por el lado dirigente, por fin: junto al lujo, á las pretensiones
nobiliarias, á las distinciones de clase, á los mayorazgos y las
vinculaciones, á las preocupaciones de raza y religión, á todas las
vanidades prestigiosas que van desapareciendo,—han subsistido las
verdaderas condiciones y salvaguardias de las aristocracias: el voto
restricto; la ilustración y la autoridad moral; los grandes fundos
productivos; la concentración del grupo gobernante en una capital
mediterránea, lejos del contacto europeo y comercial; la ausencia
casi completa de clase media, por exclusión, no como en otra parte,
por confusión y mezcla de los rasgos sociales. Tal es la fuerte
organización histórica que ha hecho al Chile actual, ó más exactamente
al anterior á las últimas guerras: es decir, al primer pueblo de
Sud-América, si se tuviera sólo en cuenta el desarrollo normal y la
estructura coherente de la nacionalidad.
Advertid que este pueblo ha llegado al período adulto antes que
todos sus vecinos, bastándose á sí propio casi completamente en su
territorio, primitivamente el más pobre del dominio español. Ha
creado con su propia substancia ó la rápida é inteligente iniciación,
su administración moralmente ejemplar, su ejército y su marina,
cuyas campañas han despertado la atención del mundo; sus industrias
mineras y agrícolas, durante un medio siglo de orden interno que le
ha conquistado en los mercados europeos, antes que la gloria militar,
esa gloria económica que se llama el crédito. Además, ha llevado á las
especulaciones más altas y desinteresadas que constituyen propiamente
la civilización, sus cualidades nativas de conciencia juiciosa y
paciente laboriosidad. Sin duda, hanle faltado, no sólo el genio, la
llama sagrada, la originalidad soberana,—como á los otros pueblos
americanos,—sino la gracia elegante y el mismo gusto artístico: el
numen de Bello, descolorido y frío como el agua, ha presidido á sus
inspiraciones. Pero en las ciencias aplicadas, en la historia y en
el derecho ha seguido con paso mesurado y seguro las huellas de los
maestros. Su propia escuela de pintura y escultura revela cualidades
y aptitudes de disciplina poco comunes en América. Sus Facultades
profesionales é Institutos superiores ó secundarios parecen igualmente
dignos de aprecio por su administración y sus estudios. En suma,
este país posee en pleno desarrollo todos los órganos necesarios al
funcionamiento social: los que han quedado embrionarios ó faltan por
completo no son indispensables. No está demostrado que una nación,
aun en América, tenga que ser una democracia ateniense, ni siquiera
una república; y si Chile hubiera de continuar siendo una aristocracia
utilitaria más ó menos abierta, convendría estudiarlo imparcialmente
desde ese punto de vista, sin tener desde luego por inferioridad lo que
sólo revela al pronto una diversidad.
* * * * *
Las líneas generales y las deducciones abstractas no pueden
forzosamente representar más que el esqueleto de un organismo tan vasto
y complejo como lo es una sociedad; no dan cabida á los accidentes que
alteran más ó menos profundamente el trazado teórico de la historia.
En anatomía y fisiología, por ejemplo, se dibuja el esquema rectilíneo
de un órgano ó aparato para explicar con eficacia mayor sus formas ó
funciones; la «fisiognomonía» caracteriza el juego de los músculos
expresivos de las emociones con rasgos precisos y rígidos, bosquejando
una cara humana con cuatro ó cinco rectas esenciales: claro está que
con ello no se pretende representar la imagen exacta y compleja de
una fisonomía ó de un órgano, los cuales jamás contienen el elemento
rectilíneo. Lo propio ocurre en estos ensayos de síntesis sociales: se
acentúa un rasgo característico y se omiten los accesorios, en gracia
de la sencillez y brevedad, pero sin pretender á la semejanza completa.
Además, en estos bosquejos provisorios, es fuerza fijar é inmovilizar
un estado general correspondiente á un período preciso y significativo,
descuidando las lentas deformaciones que son obra incesante del tiempo
y constituyen la evolución de un grupo nacional.
Por distante y aislado que estuviera, Chile no vivía solo en el
continente: de ahí ciertas influencias y modificaciones que nacían de
las infiltraciones vecinales, cuando no de las guerras de invasión ó
conquista. Á pesar ó en razón misma de su concentración mediterránea
en lo político y social, no podía dejar de fomentar el movimiento
comercial europeo que le traía los elementos vitales de que carecía, en
cambio de las materias primeras, cuya explotación y exportación eran su
fuente de recursos: de ahí el desarrollo material de Valparaíso y demás
ciudades litorales, cuyo contacto y corriente exótica introducían en la
masa colonial un fermento transformador. Entre Santiago y Valparaíso la
diferencia de naturaleza era tan profunda, que debía mantener vivo por
mucho tiempo el antagonismo. Irresistiblemente, la «democratización»
había de penetrar por la vía marítima; y la comunicación con el
extranjero ó la incorporación del forastero al grupo nativo tenía que
crear la clase intermedia, contigua al pueblo por su origen humilde,
mezclada á la aristocracia nativa por su fortuna. Activarían este
movimiento «igualitario» la difusión inevitable de la educación, las
propagandas del libro y de la prensa, los compromisos y promiscuidades
imprescindibles de las contiendas electorales.—Por otra parte, las
consecuencias sociales de las dos últimas guerras, exterior y civil,
serán probablemente mucho más considerables que las políticas. Podría
desde luego demostrarse que la primera ha traído á la segunda; y que
la militarización, unida á la brusca inflación de las rentas fiscales
por la anexión del territorio salitrero, ha generalizado el espíritu de
ambición y aventura, junto al gusto del agio y de las satisfacciones
materiales en una proporción antes desconocida. Sin aceptar las
exageraciones é injusticias partidarias, creo que la administración
Balmaceda señala un acceso de megalomanía nacional, fomentada por el
gobierno, pero cuyos estragos morales sobrevivirán al desgraciado
dictador. ¡De esa convulsión terrible no es sólo el papel de banco el
que sale quebrantado! Tal vez la misma conquista peruana contenga el
desquite futuro de los vencidos, y, guardadas las proporciones, pueda
aplicarse en cierto modo al vencedor el verso terrible de Juvenal:
_Luxuria incubuit, victumque ulciscitur..._
Todo ello, y mucho más, habría de considerarse en una síntesis de
la sociología chilena, para redondear los ángulos agudos de una
apreciación tan somera como la que vengo ensayando. Sin embargo, todas
las variaciones adventicias no alcanzan á destruir los caracteres
fundamentales y específicos. Si los elementos arriba indicados
son realmente característicos, tienen que ser duraderos, aunque
no absolutamente fijos; y á despecho de todas las modificaciones
subsiguientes, Chile debe aparecer en conjunto al observador
imparcial, tal cual he podido inducirlo por su historia evolutiva
que nuevamente resumo. Políticamente: un pueblo centralizado,
con un poder ejecutivo predominante, una clase dirigente emanada
de la aristocracia de raza y fortuna territorial. Socialmente:
un pueblo amigo del orden y sometido á la autoridad legal, con
fuerte estructura orgánica y todas las cualidades y defectos de un
patriotismo exagerado, casi español; práctico por el espíritu y
la conducta; probo y severo en su administración; con horizontes
intelectuales proporcionados á los materiales; concienzudo, laborioso,
perseverante; económico, primero por necesidad y luego por hábito. En
suma, una nación más intrínsecamente completa que sus hermanas del
continente,—es decir, que ya ha pasado para ella el período de mayor
crecimiento;—predestinada por su organización y fibra viril á ser
vencedora de su vecina del Pacífico, cuya riqueza al alcance de la mano
era una tentación tanto más irritante cuanto más segura era la presa.
Un pueblo de tanta sensatez nativa, sin embargo, que contempla él mismo
y confiesa ya la influencia perniciosa de la conquista, y que, prudente
en los límites del honor nacional, parece sincera y verdaderamente
curado de nuevas veleidades invasoras.
En sus grandes líneas fisonómicas, tal había visto al pueblo chileno
antes de rozarme con él. Si, lo repito, mis inducciones son exactas,
han de concordar con mis actuales observaciones. Bien sé que no he
podido verlo todo ni estudiar nada bien; por más que en un país
centralizado el estudio de la capital sea de importancia incomparable,
comprendo que éste no basta, aunque le agregue rápidas correrías en los
departamentos vecinos y algunas visitas á Valparaíso y demás pueblos
litorales del tránsito. Con todo, los sondajes esparcidos en una vasta
extensión del país y multiplicados en su centro pueden suministrar
una base no despreciable para el estudio. No pueden tacharse de
erróneas las conclusiones por el mero hecho de no corresponder sino á
una proporción muy reducida de experimentos parciales respecto de la
totalidad. Si hay mil bolillas de diversos colores mezcladas en una
urna, y, extrayéndolas al azar, se obtiene una serie de diez bolillas
iguales, puédese afirmar matemáticamente, sin más averiguación, que las
de dicho color constituyen la inmensa mayoría.
En las páginas siguientes presentaré al lector algunos resultados de mi
extracción.
II
CHILE
EXPERIMENTOS Y COMPROBANTES
Como un islote en una laguna, el cerro de Santa Lucía levanta en
el corazón de Santiago su cono basáltico, frenéticamente adornado,
tallado, acicalado, compuesto y descompuesto por el ilustre intendente
Vicuña Mackenna, cuyo mayor defecto, así edilicio como literario, no
fué precisamente la sobriedad. Esta giba municipal es el orgullo de
los santiaguinos; todas las descripciones del país celebran la octava
maravilla; no hay compendio escolar que omita su mención; y si os toca,
al apearos del tren de los Andes, la fortuna de caer en brazos de un
amigo chileno, tened por cierto que allí será la primera estación.
Es la visita de etiqueta y estreno; pero se la repite cuatro ó cinco
veces en una estancia de tres semanas. Hay un teatro de verano con su
palpitante repertorio de zarzuela española, una terraza en belvedere,
un _restaurant_ francés servido á la chilena ¡todos los atractivos!
Por fin, después de conocer la ciudad y sus alrededores, si queréis,
al despediros, resumir en una hora veinte días de impresiones
fugitivas, volved solo, una tarde, á trepar el peñón de Huelen. No
hay observatorio más sugestivo: los accidentes del paisaje cobrarán
ahora su real significado, como que serán efectivamente otros tantos
_signos_ materiales de ideas allí anidadas, síntomas visibles de una
tendencia social y, para el transeunte, como el toque de llamada de las
sensaciones dispersas.
Este mismo cerro, desde luego, es un precioso documento. Nada
extraño sería que hubiera perpetrado su afeamiento arquitectónico un
improvisador incoercible; lo importante es que tal adefesio haya sido
consagrado como una reliquia nacional, hasta el punto de no poder
criticarlo sin cometer un sacrilegio y ser declarado enemigo público.
«De Santiago al cielo, y desde allí, etc.»: ya conocéis la fórmula.
Hemos visto y veremos que tienen los chilenos muchas virtudes de
perseverancia y energía impulsiva; pero la elegancia no es una virtud,
ni el gusto una dependencia de la voluntad. Y en sus palacios de canto
dorado, lo propio que en sus tentativas artísticas y preferencias
intelectuales, notaremos tendencias parecidas á las que se ostentan en
su querido peñasco.
Desde la rampa en espiral de su base hasta el mirador de su vértice, el
cerro primitivo desaparece bajo una granulación postiza de piletas y
rocallas, acueductos romanos con almenas medievales, grutas basálticas
alumbradas con gas, precipicios de juguete con escaleras bien niveladas
y molduras en las barandillas: un hacinamiento pretencioso al par
que ingenuo de todas la cursilerías de cualquier estilo y edad,
cuyo conflicto se continúa hasta en el contraste de la vegetación.
Las enredaderas exóticas y sedientas se enlazan á los pimientos
vulgares; por sobre los ingratos eucalyptus se erizan la cácteas,
palmeras y demás plantas «literarias». Á guisa de puntuación de ese
poema churrigueresco, pululan á cada paso las chucherías cerámicas
odiosamente pintorreadas, las columnitas pseudo-griegas soportando
jarros símili-etruscos y «monos» de baja alfarería. Ese baratillo
ornamental evoca no sé qué recuerdos de vendedor de _tutilimundi_, cuyo
ambulante escaparate se volcara en el jardín de un tendero romántico.
Y el resultado de tanta orgía decorativa es pequeño, disparatado,
mezquino, como un banquete de burgueses cicateros, un día de natalicio,
cuando se echa la casa por la ventana. Á medida que se va subiendo,
los contrastes grotescos se multiplican con verdadero ensañamiento. El
cañón «de las doce», ó del _merodiano_, como dice mi cochero, queda
tan cerca de la inevitable estatua de Valdivia, que me pregunto si no
estará encargado de su disparo este ilustre inválido. Otra efigie,
también vecina, la del obispo Vicuña, pariente del Cerrero mayor,
parece bendecir la parroquia poco severa de las glorietas. Complemento
patético: el zócalo de la estatua trae un soneto ilustrativo y firmado
... por otro pariente ¡naturalmente! ¿Quién duda que para ser buena,
como dice el refrán, ha de ser la ... cuña del mismo palo? Por fin, el
creador en persona no podía faltar á esta cita de familia: como para
subscribir eternamente su obra maestra, que los trepadores no vacilarán
en declarar de largo aliento, ha querido descansar en una capilla de
la cumbre, que completa (geodésicamente hablando) la triangulación del
teatro de tandas y del alegre fondín.—Desde el kiosko oriental que
corona tanta belleza se contempla todo el valle de Santiago.
(Tal me ha parecido el famoso cerro de Santa Lucía. No hago por ahora
comparaciones: declaro simplemente que, al lado de este desborde de
lirismo municipal, me parecen austeras todas las grutas y cascadas
de nuestros intendentes bonaerenses. Ello no se opone á que sea la
pasión sincera de los chilenos, su nostalgia incurable cuando lo
dejan de ver y, como tal, el verdadero «rasgo prominente» que el poeta
argentino Domínguez debería mencionar, entre «el sol ardiente»—¡tan
característico del Brasil!—¡y el imponente ombú de nuestra «pampa
grandiosa»! Sospecho que algunos lectores argentinos y muchos chilenos
encontrarán que, por esta vez, carezco de entusiasmo. Basta á mi
conciencia honrada saber que hago lo posible por ver bien las cosas y
describirlas como las veo. Otros habrá que me declaren lince cuando
prodigo elogios, y topo cuando formulo críticas: y éstos siquiera serán
ingenuos. ¿Cómo no escribir de vez en cuando _cum grano salis,_ si es
en viaje, sobre todo, donde un hombre de gusto recibe cien heridas por
día antes de devolver una por mes?)
Magníficamente, en su doble circo de serranías, el departamento de
Santiago se despliega á mis pies: en proyección casi vertical el
centro de la ciudad; los suburbios, en aérea perspectiva que huye
gradualmente, reducida y esfumada, hasta fundirse en la primera
ondulación de la montaña. No me cuesta imaginar que, en una fresca
mañana primaveral, después de un aguacero que cristalice la atmósfera,
lave los edificios y lustre las verduras flamantes, el panorama ha de
ser encantador, sin perder nada de su grandeza. Me toca contemplarlo en
esta tarde de otoño, agria y ventosa,—excepción tanto más deplorable
cuanto que casi todos los días pasados han sido de una serenidad
ideal,—después de seis meses de sequía que han tejido sobre las cosas
su telaraña gris y tendido en el espacio un velo de polvo flotante,
que empaña con la misma tinta neutral las construcciones nuevas y
viejas, los mustios follajes de la alameda y los siempre verdes del
encinar, los frescos cuadros de alfafares y praderas al pie de las
colinas cercanas y los pedregales de sus laderas. La sola Cordillera,
en su eterna y sublime tristeza, desafía estaciones y accidentes de
luz: llena todo el naciente con su rugosa escarpa pizarreña, estriada
de aristas y quebradas. Como una corona de plata sobre una frente
encanecida, un blanco festón nebuloso aguirnalda la cumbre nevada: y en
esa zona intermedia entre el cielo y la tierra, se duda si la cresta es
un cirrus congelado, ó si será la desflecada nube un jirón de nieve de
la cornisa andina, arrancado al pasar ...