Cualquiera producción inspira á su autor algo de la solicitu

NOTA DEL TRANSCRIPTOR:

—Los errores obvios de impresión y puntuación han sido corregidos.

—Se ha mantenido la acentuación del libro original, que difiere

notablemente de la utilizada en español moderno.

DEL PLATA AL NIÁGARA

IMPRENTA DE PABLO E. CONI É HIJOS, PERÚ, 680

PAUL GROUSSAC

DEL

PLATA AL NIÁGARA

_... J’étais là; telle chose m’advint._

(LA FONTAINE.)

[Illustration: DECORATION]

BUENOS AIRES

ADMINISTRACIÓN DE _LA BIBLIOTECA_

79, PERÚ, 79

1897

_A Carlos Pellegrini_

_No siendo estas notas personales el meditado estudio que correspondería

á un encargo oficial, ni un homenaje digno del alto magistrado que

tanto contribuyó á que yo las escribiese,—no las dedico al que era

entonces Presidente de la República y es siempre una fuerza nacional y

una gloria de su patria: sino, en prueba de afecto y agradecimiento, al

juez más indulgente de mi esfuerzo, al fiel amigo de la juventud y de

la madurez._

_P. G._

PREFACIO

Algunas de estas páginas han visto la luz en _La Nación_ de Buenos

Aires, otras en _La Biblioteca_; el resto es inédito. Por lo demás,

tienen todas ellas idéntica procedencia: han sido redactadas sobre

apuntes personales, tomados durante el mismo viaje y sin hacer mucha

cuenta de la opinión exterior. No espere, pues, el lector informarse

aquí de impresiones ajenas, sino de las mías.

Escribo el prefacio de este libro sin haber visto reunidos jamás ni

conocido por su orden todos sus capítulos; pues está demás advertir

que la lectura tropezosa y fragmentaria de las pruebas, lejos de

suministrar un buen elemento de juicio, tiene por efecto saturar de su

prosa al enervado autor, inhabilitándole para volver á leerse impreso

en mucho tiempo. No creo, sin embargo, que la parte inédita sea más

débil que la que fué recibida con indulgencia, y tal vez suceda que los

defectos de una y otra se atenúen en el conjunto. De desear sería que

el escritor observase el precepto de Horacio, _estacionando_ su obra

recién nacida hasta que, olvidado de los «trabajos de Lucina», pudiese

juzgarla con relativa imparcialidad y corregirla con acierto. Por mi

parte soy bastante propenso á seguir el consejo; pero acaece que, una

vez guardado en la gaveta, casi no hay manuscrito que vuelva á salir.

Tengo la satisfacción de ser un autor inédito de gran avío y reserva.

¿Qué necesidad de exhibir el pensamiento, si el único deleite está en

pensar? Lanzar una astilla más á la corriente que pasa ... ¿Para qué,

para quién?

Á no bastar la experiencia de los años, sería suficiente la de mi

oficio de bibliotecario para enseñarme la vanidad de estas protestas

contra el invencible olvido. _Debemur morti._ Repletos están esos

armarios de obras maestras que yo mismo no he leído ni leeré jamás.

Durante el período veintenario del desarrollo mental, no se alcanza á

leer realmente dos mil volúmenes; y apenas si se utiliza una décima

parte de esos _ingesta_, eliminándose por inasimilable el resto de la

materia alimenticia. Dedúzcase, además, la masa de lecturas inútiles,

de frívola curiosidad ó manía erudita, fuera de las nocivas, que

destejen el tejido anterior y, con nuevas opiniones sugeridas, agravan

la servidumbre del espíritu. Más tarde, se cata uno que otro libro,

para comprobar que casi todos se repiten.

Es gran consuelo de no poder leerlo todo, la conciencia de que fuera

vana la empresa imposible. Una biblioteca es ante todo un cementerio:

contiene mil autores muertos por uno vivo—que pronto morirá. El

monumento enorme de la ciencia se viene edificando sobre un tremedal:

no sólo en razón de su frágil estructura, sino porque al peso de cada

hilada nueva, se hunde otra á flor de tierra hasta desaparecer. El

aspecto de la ciencia cambia cada quince años; antes de concluída,

cualquiera publicación extensa tiene ya partes caducas. Consiste

el progreso científico en sustituir la semiverdad de ayer por la

cuasiverdad de hoy—que durará hasta mañana. Cada generación surgente

tiene por inmediato deber enterrar á la anterior. Casi nada subsiste

útilmente; con una parte de los materiales antiguos, la fábrica

flamante reemplaza á la decrépita. Cada «clase» recién llegada rehace

por su cuenta la ciencia, la filosofía, la crítica. La historia es una

tela de Penélope: todo es sustentable porque todo es incierto. Quien

pretende vincular un hecho actual á su _única_ causa lejana se parece

al estadístico que, en un campo de batalla, probara á descubrir por

inducción bajo qué bala enemiga había caído cada soldado. El hombre se

agita y el destino le lleva, deduciendo las consecuencias infinitas de

sus actos: el más ínfimo, tal vez, engendra las mayores, que su autor

nunca sospechará.—En una noche de tormenta, á orillas del mar, una

pobre anciana enciende su lámpara de aceite para remendar sus andrajos:

es un faro de salvación para la nave perdida que corría á estrellarse

en la costa ...

Se dice que el arte alcanza vida más distinta y prolongada; la

obra maestra no parece en efecto sustituíble, siendo su esencia la

originalidad. ¿Será verdad que los millares de volúmenes que obstruyen

nuestros estantes representan otros tantos conceptos y expresiones

individuales de lo bello? Es otra ilusión: el tesoro estético, como

todos los tesoros, se ha obtenido con la acumulación de cinco ó

seis materias «preciosas», más ó menos varias en la forma, pero de

substancia idéntica. Una ó dos veces por siglo, alguien ensaya una

nueva ó renovada aleación de las materias conocidas: ¡es un hombre de

genio! La muchedumbre imitadora marca el paso y despacha su etapa en

pos del conductor. A éste hay que admirarle «en bloque». La montaña es

de oro nativo: no hay una escena de Shakespeare ó un terceto de Dante

que no sea de inspiración divina ¡como los versículos de la Biblia!

Eso repite la pedantería escolar. En realidad se reduciría á mucho

menos el quilate de la admiración, á no intervenir la sugestión

omnipotente. Algunos autores «clásicos» se imponen á nuestra infancia

inconsciente: tal es la base de nuestra devoción y de su prestigio. El

día próximo en que la democracia utilitaria borre también este culto de

su programa, Homero y Virgilio no saldrán más del _Götterdämmerung_,

en que vagan el persa Ferdoucy y el sánscrito Kalidaça. Superstición

aparte, de las obras antiguas no sentimos de veras sino los breves

fragmentos que, á fuer de eternamente humanos, nos parecen modernos

y en correspondencia con las obras nacionales contemporáneas.

Espontáneamente, nadie vuelve á absorber por entero un poema que pase

de cien páginas, en procura de emoción estética. Se ha entrado una

vez en la _Ilíada_ y la _Divina Commedia_, como en San Pedro de Roma,

para contarlo; y se exhiben algunos estribillos de antología á guisa

de relaciones brillantes con ese _high life_ artístico. Quien sea

sincero y tenga el valor de sus gustos, confesará que le bastan pocas

obras selectas para el consumo poético, y agregará que las prefiere

recientes y escritas en su lengua.—Ello, como se ve, tendería á

reducir, aun más que para la ciencia, el elenco de la biblioteca

literaria indispensable. Un gran poeta resume toda la poesía. Por entre

cambiantes riberas y con nombres distintos, los grandes ríos surcan

el planeta, reflejando cielos y horizontes diversos, arrastrando en

su corriente múltiples vestigios de las regiones comarcanas: pero sus

ondas todas cumplen la misma misión fecunda, y una sola es el agua que

todos los pueblos vienen á beber.

Habrá de parecer extraño que las palabras anteriores sean el preámbulo

de «un libro más», cuya necesidad, sin duda alguna, no se dejaba

sentir en este ni el otro continente. La inconsecuencia es flagrante,

y no pretendo justificarla. No he tenido, para incurrir en ella, una

sola de las razones que otros suelen invocar: obligación profesional,

ambiciones de «gloria», esperanza de lucro ó estímulo de amor

propio—ni siquiera el puro gusto del ejercicio natural, análogo al del

muchacho que «remonta» una cometa ... Un impulso, con todo, ha debido

de moverme á recoger estas páginas; pero temo que sea otra ilusión. He

esperado que esta obra sería útil en su fondo y en su forma, en sus

tendencias honradas y sus anhelos artísticos, no sólo para la tierra

á que estoy adherido por todas mis raíces adventicias—las únicas

vivas ya—y cuyo mayor bien necesito perseguir, hasta por egoísmo bien

entendido; sino también para esas otras comarcas americanas, que se

han sentido y se sentirán lastimadas por mi franqueza, y juzgarán que

la mentira halagüeña, no la verdad amarga, era el digno pago de la

hospitalidad.

Respecto de estas últimas no necesito formular declaraciones ni

protestas. Encuentro tan singular la hipótesis de que se embarque un

escritor para lejanas tierras, con el propósito de observarlas de

reojo y pintarlas de través, que me siento coartado para discutirla.

Temo incurrir en ese terrible ridículo, que, en mi país, hiere más

hondamente que las injurias y denuestos ... No debe, en efecto, ignorar

el benévolo lector que, por algunas de las páginas que está llamado

á juzgar, he sido seriamente deteriorado, en efigie—y con cierta

inelegancia. Espero que, al releerlas hoy serenamente, mis fulminadores

se sentirán sorprendidos, y acaso un poco avergonzados: será mi única

venganza.

En este rápido bosquejo del continente americano, se echará de menos

al país mismo de donde arranca el viajero: falta aquí la República

Argentina, como falta en un cuadro el punto de vista. No se puede estar

á un tiempo en la sala y en el escenario. Á este país, y sólo á él

converge la perspectiva: mis observaciones más exteriores tomarían otro

giro si las redactase para europeos. De ello se tiene una muestra en el

Apéndice.—Del panorama que se desarrollaba ante mi vista asombrada ó

entristecida; de las faltas y extravíos hispano-americanos; del estéril

desgobierno ó del funesto despotismo; del ejemplo yankee, tan lleno

de enseñanza en su enérgico desarrollo material, como en el exceso

utilitario y egoísta que fatalmente paralizará su crecimiento: del

estudio de los grupos sociales como del espectáculo de la naturaleza,

he procurado extraer un estímulo ó una advertencia para la política,

la educación, el arte,—las realidades y los ideales argentinos. Y he

deseado que este libro fuera bueno para que pudiera ser eficaz.

Sentiría que la brevedad material de cada esbozo engañase respecto de

su contenido. Por cierto que no he encerrado en uno ó dos capítulos la

sociología de una región. Pero acaso algún lector atento advierta que

la forma ligera encubre un fondo sólido, y que alguna vez la concisión

puede ser condensación. Tampoco he creído que fuera indispensable

adoptar un plan metódico y un tono doctrinario, rechazando la poesía

y la sonrisa, y vaciando una materia, de suyo elástica y vagabunda,

en un rígido molde artificial. Sin mucho cuidado del orden lógico, he

transcrito mis sensaciones instantáneas y mis reflexiones inmediatas,

no rehuyendo las contradicciones aparentes ó reales, que son legítimas

cuando completan el aspecto de la verdad. No teniendo sistema ni ideas

preconcebidas, he dejado que este libro se depositara en mí, página

por página, á merced de mis impresiones sucesivas. No he intervenido

conscientemente en el experimento, para desviarlo hacia tal ó cual

preocupación de secta, escuela ó partido, porque no acierto á descubrir

en mí la sombra proyectada por cuerpos que no existen. Con sus errores

y deficiencias, este es un libro de buena fe.

Uno de los vicios fundamentales de la educación pública consiste,

como tengo dicho, en uniformar las almas y las inteligencias; á este

respecto, la jesuítica es la peor de todas, no en razón de su tendencia

sino de su disciplina. Como dice Mefistófeles, «se comprime el espíritu

en botas españolas», imponiéndole violentamente la noción del rigor

lógico y de la ley absoluta, que no existe en las cosas humanas, y

edificando sobre el suelo firme de la realidad los castillos de naipes

de las reglas abstractas y del puro raciocinio. El criterio de las

ciencias históricas y aun naturales no debe ser, por ahora al menos, el

de necesidad y certidumbre, sino el de contingencia y verosimilitud.

Todo concepto práctico es una transacción. Las pretendidas leyes

sociológicas son exactamente como las líneas de las altas cumbres y

del _divortium aquarum_ de las cordilleras fronterizas: todo el mundo

las menciona y las traza en el papel, pero nadie sabe determinarlas en

la práctica, porque en su forma geométrica no existen—son una mera

abstracción. Pero esto debería decirse desde el principio: debería

ser el gran principio, para que la educación no falseara nuestro

juicio á los veinte años, hasta que la experiencia propia lo enderece

á los cuarenta. Ese pecado original, fomentado entre nosotros por la

dialéctica curial y sus miserables sofismas, engendra á su vez la

intolerancia esterilizadora y funesta, como un residuo de la ortodoxia

sectaria y de la antigua escolástica. No se admite en teoría sino el

criterio absoluto: y por eso la teoría resulta falsa é impotente,

puesto que lo relativo y contingente es la atmósfera misma en que «nos

movemos y somos». Tan de antiguo avasalla nuestra mente ese concepto

de _dogma_, que hemos torcido su sentido hasta amoldarlo á nuestra

preocupación: _dogma_ no significa más que _opinión_ ó _parecer_.

Ahora bien: ya se trate de juzgar un acto, de apreciar una evolución

social, ó simplemente de exponer la sensación producida por la

naturaleza ó la obra de arte ¿con qué se forma la _opinión_ sincera y

personal? Con la reacción, evidentemente, del sujeto ante el objeto. El

sujeto es una inteligencia individual, nunca idéntica á otra, aunque

la educación tenga por efecto y defecto atenuar la originalidad. Llevo

ante las cosas el conjunto de mis ideas, tendencias, gustos y hábitos

propios, y como éstos no son en ningún caso iguales á los de mi vecino,

tiene que ser diferente en cada caso la impresión, si es espontánea y

valedera.—Debe afirmarse que cualquiera opinión se falsea más y más al

paso que se generaliza.—Sin duda, parece que ocurriera lo contrario,

porque vivimos repitiendo juicios aprendidos y frases hechas. El

_consensus omnium_ es la contraseña de nuestra domesticidad mental. No

hay un hombre entre cien mil que escape á la sugestión de un libro ó

de un discurso, y lo que es peor, á la vulgarización creciente que se

difunde por el periódico.

Ha dicho Amiel: _un paisaje es un estado de alma_. La fórmula no es

nueva, como tampoco otras análogas de Diderot, Taine y el mismo Zola.

Todas derivan de la de Bacon, mucho más amplia y comprensiva: _ars,

sive additus rebus homo_. El arte, pues, es el hombre agregado á las

cosas. En estas páginas, por consiguiente, no encontrará el lector

la naturaleza y las gentes americanas, sino tal cual se han revelado

al observador, al través de su idiosincracia y su humor variable.

Cualquier otro observador, igualmente sincero, haría un cuadro muy

distinto. Toda producción artística, buena ó mala, es una combinación

de la realidad con la fantasía; y sin duda, cuando de _impresiones de

viaje_ se trata, lo que ante todo resulta parecido, es el retrato del

viajero.

Espero, con todo, que en estos ensayos algo más importante se

dejará traslucir: y es una tentativa literaria plausible, aunque se

haya malogrado por insuficiencia del artista é imperfección de su

instrumento.—Es muy sabido que el autor de estas páginas maneja una

lengua que no es la suya. Muy lejos de erigir en sistema su propia

torpeza, procura atenuarla cada día, acercándose á la corrección

gramatical, base y fundamento del estilo. Si no escribe mejor en

español, no es por soberbia francesa, sino porque no sabe más ...

Dicho esto con entera ingenuidad, me es imposible aceptar el castellano

como un instrumento adecuado al arte contemporáneo. Sonoro, vehemente,

oratorio, carece de matices, mejor dicho, de _nuances_—pues es muy

natural que no tenga el vocablo, faltándole la cosa. Es la trompeta

de bronce, estrepitosa y triunfal, empero sin escala cromática.

La evolución presente tiende al fino análisis, á la sutileza, al

cromatismo, como que obedece á la ley de disociación progresiva. En

el arte, como en la moda que lo refleja, reina el matiz. Es probable

que en el siglo XX—las disonancias wagnerianas lo hacen prever—no

bastarán los intervalos y acordes usuales como medio de expresión

armónica. Lo propio, naturalmente, acaece con la lengua literaria. Por

ejemplo, el estado actual de la prosa francesa, la más elaborada de

todas, es el último paso de una evolución incesante que, sólo en este

siglo y desde Chateaubriand hasta Loti, cuenta siete ú ocho estadios

visibles. La lengua española no ha sufrido ni admite este trabajo de

transformación: se rige siempre é invariablemente por sus clásicos.

Ahora bien: todo producto orgánico que se estaciona, se desvirtúa; y

los que declaman sobre la _riqueza_ presente de un instrumento secular,

aplicando un concepto inmutable á un proceso esencialmente evolutivo,

desconocen los términos de la cuestión.

No es este el lugar para mostrar cómo el sentido de la naturaleza y el

delicado análisis del sentimiento tenían que quedar embrionarios, en un

país que no cuenta un gran psicólogo ni, al lado de artistas soberanos

como Velázquez y Murillo, un solo paisajista ... Sea de ello lo que

fuese, no es discutible que sea la lengua escrita, en cualquier momento

de la evolución social, el instrumento de expresión y exacta medida de

la civilización ambiente. Eso es, y nada más. El español ha sido la

primera lengua del mundo cuando la civilización española ocupaba el

primer lugar. Durante la edad media la lengua de Virgilio se degradó al

mismo nivel que el arte medieval; y lo que hoy se balbucea en Atenas,

es una jerga gitana del luminoso verbo ático. No creo que se mire una

ofensa en la simple comprobación de un hecho evidente. La civilización

española contemporánea no es aislable de las infiltraciones exteriores:

vive de reflejos, así en la idea como en la realización; y es singular

ilogismo, en quien tan dócilmente acepta las cosas extranjeras, una

oposición tan viva á las palabras, que son el signo inalienable de

aquéllas. Puede que sea una crisis pasajera, y nadie lo desea más que

yo.

Entretanto, considero atendible cualquier esfuerzo encaminado al

propósito de alcanzar un estilo literario más sobrio y eficaz que

nuestro campaneo verbal, á par que más esbelto y ceñido al objeto que

la anticuada notación española. Tal empresa, sin duda, era superior á

mis fuerzas,—acaso á las de cualquier escritor. Para renovar el estilo

(no tanto en su letra, cuanto en su espíritu), sin rebajarle al nivel

de una jerga cosmopolita, fuera necesario poseer por igual,—además

del talento robusto unido al más delicado sentimiento del arte,—el

espíritu extranjero en su más sutil esencia y el castellano ó nacional

en toda su plenitud. Es un caso de imposibilidad, casi un círculo

vicioso.—Con todo, la tentativa no habrá sido estéril si, entre los

jóvenes argentinos que se preparan á sustituirnos, hay quien recoja

siquiera la indicación ...

Pero, del mismo concepto antes formulado, se deduce que la reforma

exterior implica otra más radical y profunda, ya que la general

flaqueza del estilo no es sino el fiel indicio de un pensamiento

sin vigor. Otro proceso más grave es el que falta iniciar, para que

la mejora importe una transformación. La misma educación nacional

es la que se debiera reconstruir por su base, desde la planta hasta

el coronamiento, reservando la discusión frívola y bizantina de los

diseños perfectos. Y es otra vanidad que he visto debajo del sol, esa

inquieta per de los programas ideales—sin duda, ¡automóviles!—cuando

en realidad lo único importante es inocular á la juventud, por la

autoridad y el ejemplo, hábitos de trabajo obstinado y sincero

¡aunque éstos se aplicaran al aprendizaje del guaraní! En el viaje de

aplicación de los guardias marinas, es casi indiferente el itinerario:

lo esencial es aprender á navegar. Adquiramos el sentimiento del deber,

el amor á la ciencia, la convicción del esfuerzo necesario, y todo lo

demás vendrá por añadidura. Pero, aun suponiendo que se tuviera la

palanca ¿dónde encontrar por ahora el punto de apoyo?

Esta juventud argentina me inspira inquietud. Varias generaciones han

pasado por mis manos, más ó menos directamente, y conozco su fondo

generoso y su inteligencia vivaz. Presencio anualmente la cosecha

intelectual, y sobre darme cuenta de su insuficiencia, sé que aquélla

no se renovará; para muchos el débil esfuerzo de los exámenes quedará

único y definitivo: después del cultivo superficial, volverá la maleza

á invadir el campo. Nosotros, los mayores, somos los culpables. Ni

arriba ni al lado de ella, encuentra la nueva generación el ejemplo

moralizador y severo. Nadie trabaja con perseverancia y energía, nadie

soporta el peso de la meditación solitaria durante semanas y meses,

nadie se arranca de las entrañas la concepción original largo tiempo

incubada ... ¿Hasta cuándo seremos los ciudadanos de Mimópolis y los

parásitos de la labor europea? Cortar de un sablazo heroico ese cordón

umbilical de la colonia, era empresa fácilmente realizable para quien

tenía altivez y valor: ¿cuándo lucirá el día de la emancipación moral,

y alcanzará el intelecto sudamericano sus jornadas definitivas de Maipo

y Junín?

No parece que sospechásemos el abismo que, en la procelosa derrota de

la humanidad, media entre remolcadores y remolcados, entre pueblos

productores y pueblos consumidores de civilización. No ser más que

civilizado, es un estado pasivo y precario que debe ser transitorio:

lo único que vale é importa, es vivir, en parte al menos, de la propia

substancia é irradiar luz propia, siquiera sea débil y trémula. Al paso

que se va conquistando el planeta, se dilatan más y más los territorios

de colonización y adaptación europea, que se tornan mercados útiles ó

_débouchés_ de la productora exuberante. Son países civilizados—por

ella—que fácilmente llegan á poseer, en cambio de su suelo virgen,

todos los instrumentos de la civilización, desde el buque de acero

hasta el libro de luz, en un todo iguales á los de allá: la única

diferencia, más profunda aún para el libro que para el buque, está en

que los civilizados compran lo que los civilizadores elaboran ...

Creo que muestro en las páginas siguientes cómo el grupo inerte ó

violento de muchas nacionalidades hispano-americanas está condenado á

vegetar indefinidamente en ese estado subalterno. Acaso las regiones

tropicales no sean por ahora asimilables, y sí únicamente explotables

para la civilización europea; puede que constituyan depósitos en

reserva para el período futuro, cuando el planeta, enfriado en sus

extremos, reconcentre hacia el ecuador la fecundidad y la vida. En todo

caso, entre todos ellos, hay por lo menos dos pueblos que escapan á la

ley fatal y tienen en su mano un porvenir divisable de independencia

y grandeza. Sólo para con uno de ellos tengo que llenar una misión y

cumplir un deber. Á éste que, por momentos, me trae el recuerdo de ese

león del _Paraíso Perdido_, que entre todas las esbozadas creaciones

del sexto día, brega por desligarse del limo nativo y sacudir al aire

libre la roja melena: á éste de quien soy, puesto que es suyo todo lo

mío, ofrézcole ahora este libro imperfecto y trunco, en que balbuceo lo

que quizá no quiera entender ...

Cualquiera producción inspira á su autor algo de la solicitud paterna.

Paréceme, con todo, que la presente estaba adherida cual ninguna á mis

fibras secretas. Si la suerte le fuese adversa, figúrome que sentiría

algo semejante á una herida personal. Y esto, no únicamente porque

estoy siempre presente en sus páginas, sino porque este cuaderno de

apuntes ha sido con toda verdad mi compañero y mudo confidente en las

soledades de ese largo viaje por mar y tierra. No me separo de él sin

alguna melancolía; y, por momentos, creo que si fuera tiempo aún no

le lanzaría al escenario público, prefiriendo para él la existencia

interna del espíritu, parecida á la de ese limbo sin sonido ni luz,

donde, según la Fe católica, vagan eternamente las almas infantiles

que se apagaron antes de recibir el bautismo.

Pero es tarde ya: _Liber, ibis in urbem!_ ... ¡Que cumpla su destino

y le sea clemente el aura popular! Si es actitud de simple justicia

no hacer expiar al párvulo inocente los pecados del padre, acaso, el

formular públicamente ese voto sea el mayor acto de humildad ...

DEL PLATA AL NIÁGARA

I

CHILE

LA ESTRUCTURA NACIONAL

Del cerro andino cuya meseta terminal separa las vertientes argentina

y chilena, manan los dos arroyos que, al engrosar en breve su caudal

propio con diez corrientes adventicias, dilatarán en la hoya respectiva

su faja sinuosa hasta venir á ser los ríos de Mendoza y Aconcagua.

¡Aquí el _rendez-vous_ de las prosopopeyas y frases hechas! Retórica

obliga. Se llega cansado, hambriento, aterido y abrumado por la

trasnochada á mula; harto de valles y quebradas uniformemente

pintorescos, con la misma a «sierpe de plata» que se retuerce entre

peñascos, reverberando al sol sus móviles escamas. Horas hace que no

se alzan los ojos hacia las areniscas y conglomerados de la serranía;

nos han fatigado hasta las visiones fantásticas que el crepúsculo

y la distancia evocan: ruinas de castillos y catedrales disformes

cuyos sillares colosales fueran los estratos ondulantes, remedando

las estrías verticales de la roca ya góticas columnatas sin bóveda

visible, ya juegos monstruosos de órganos para el Juicio final—con

las nevadas cúpulas del Tupungato y Aconcagua sobre el poniente lívido

... No importa: es asunto entendido que, al pisar la cumbre, Perrichón

ha estallado en gritos sublimes: «¡Dios! ¡Providencia! ¡Inmensidad!

¡Eternidad! ¡¡Oh!!..» Todo lo cual será redactado, tres días después,

en un confortable hotel de Valparaíso, ¡y bien empenachado de signos

admirativos!

La cordillera es imponente y bella; pero la cumbre no es más que su

peldaño final, el menos interesante de todos; se la salva sin verla,

embotados los sentidos por lo prolongado de la misma sensación. Por lo

demás, así en lo físico como en lo moral, el último paso no conmueve ni

sorprende: ha sido previsto, anunciado, descontado. Cuando la fortuna,

el amor, la gloria cumplen al fin su gran promesa, llegan demasiado

tarde; nos hemos saciado con la ilusión, la realidad nos deja tristes.

Las emociones preliminares han agotado de antemano la del triunfo; la

fruta madura tiene resabio de ceniza, y el destino nos brinda la copa

llena cuando ya no tenemos sed.—En sí mismo, el paisaje carece de

variedad y hasta de majestad. El paso de la Iglesia y la cumbre del

Bermejo, á pesar de su altitud absoluta, son dos boquetes ó portillos,

dos depresiones entre alturas mayores: es mediocre el horizonte

contemplado. El cerro próximo, descarnado y sombrío, corta duramente el

azul metálico del cielo; en los repliegues de la roca, algunas chapas

de nieve hacen centellear sus agujas finísimas, cual hojuelas de mica;

asoma la arcilla húmeda y negruzca debajo de la capa fundente: ello es

la «corona inmaculada» de la poesía de bufete. Interminablemente, á lo

largo de la senda estrecha, desgarrando la delgada epidermis caliza,

las vértebras de la cordillera se suceden en rosario de peñones; y se

roza con el estribo la cornisa sublime que, desde el valle, admirábamos

ayer.—Ni un asomo de vegetación, ni un grito de ave, ni una fuga

de insecto entre las grietas. Allá abajo, en el fondo del abismo,

como un lustroso rastro de babosa en una piedra obscura, el torrente

coagulado en su quebrada se alarga indefinidamente, terso é inmóvil

por la distancia, sin una arruga, sin un rumor; en el aire rarefacto,

un principio de fatiga y ansiedad penosa acrecienta la impresión de

abandono, de soledad, de inhospitalidad. El hombre no se siente aquí

pequeño, como suele decirse: tiene la vaga conciencia de ser un punto

extraño, un detalle chocante en un medio hostil. Es este un paisaje

lunar, reino inviolado del silencio y de la muerte, en cuya atmósfera

esterilizada y glacial nuestra vida terrestre procura en vano el

más efímero asiento. Concibe la imaginación la grandeza salvaje, el

horror sublime de una noche de invierno en estas soledades, cuando la

tempestad de nieve desata los ventisqueros y arroja al precipicio los

aludes erráticos: pero tales cataclismos no se perpetran para ojos

humanos, así como las erupciones volcánicas de nuestro helado satélite

... Ahora, la tibia caricia del sol amigo, la solidez del piso que

retumba bajo el casco del la mula, el silbido del arriero indiferente,

al desvanecer toda inquietud en la cruzada, acentúan su vulgar

monotonía. Durante la breve travesía de la planicie divisoria, la

sensación dominante no es otra que el deseo de bajar y divisar la posta

del Juncal. Como el Augusto de Corneille, se experimenta la nostalgia

de la llanura:

_Et monté sur le faíte, on aspire à descendre..._

Entre tanto, con mi hábito de la observación interna, me doy cuenta de

que el desarrollo del paisaje, además de su reproducción pintoresca en

la imaginación, ha movido la reflexión que creía adormecida: descubro

que he pensado, además de soñar. Lentamente, en el espíritu casi

pasivo, se está elaborando un concepto general, una como transposición

abstracta del panorama material, provocada inconscientemente por

las semejanzas y contrastes de la doble vertiente andina, trepada y

descendida desde Mendoza. Poco ó nada ha cambiado en la decoración

natural, en el aspecto de los sitios. Los accidentes de la montaña

permanecen casi idénticos á los de la hoya argentina. La implacable

serenidad del cielo bíblico se aviene siempre con la severidad adusta

de las quebradas grises é impone el mismo sentimiento de postración.

Me ocurre que las separaciones políticas han de ser más sutiles que

las de la naturaleza ... Pero, muy luego, percibo netamente cierto

cambio inicial: se nota lo escarpado de la pendiente chilena por la

aspereza mayor de la bajada y los saltos bruscos del arroyo Juncal,

primer tributario del Aconcagua. La misma falda, en el descenso,

exhibe una primera prueba del enorme desnivel: hacia la derecha, en

la intersección de las pendientes del Portillo, una vasta laguna,

llena hasta rebosar en su pila ovalada, despliega deliciosamente bajo

el cielo azul el virgen cristal de sus ondas glaucas, que sólo bañan

el ala de las aves de paso. ¡Encantadora sorpresa! Es la primera

«sonrisa húmeda» de esa Iliada de piedra y el anuncio próximo de otra

Cibeles enternecida. Á poco, en los declives del Juncal, la enjuta

vegetación asoma como un vello ligero en las paredes lisas de la roca;

las verbenas y llaretas tapizan ya las depresiones del terreno, y las

calandrinas alzan sus flores de púrpura por sobre la masa herbácea de

las cañadas. Después de los arbustos de matorral, arrayanes y espinos,

primeros triunfadores de la aridez ambiente, crecen laboriosamente las

hayas y acacias en las riberas más clementes; los cactos erizados, los

cirios rígidos yerguen en las pendientes más ásperas sus candelabros

verticales. Pero, en el Salto del Soldado, las parásitas y enredaderas

se enlazan ahora en los troncos de las encinas y nogales; el río ha

ensanchado más y más su cuenca ya irrigable; las acequias orillan

alegremente el rudo sendero pedregoso. Entonces, bruscamente, una

erupción de frondosidades invade el paisaje: sauces, olmos, castaños,

todo el reino cultivado ha tomado posesión del suelo humedecido; los

altos cortinajes de las alamedas limitan los alfalfares y viñedos;

las casas de campo y blancas alquerías emergen de los trigales y

praderas: y Santa Rosa de los Andes, dormida en su marco de festones

vegetales, anuncia la entrada en el espléndido valle de Aconcagua,

gloriosa diadema de la patria chilena, populoso y fecundo como un

pedazo de Francia, y donde todos los plantíos de la zona templada

prosperan magníficamente. En un trayecto de pocas leguas, la flora ha

recorrido la escala que en la opuesta vertiente requiere varios días

para trasponerse, desde los pobres sembrados de Uspallata hasta los

opulentos dominios de Santa Fe y Buenos Aires. Algunas horas más y se

entra en Valparaíso: en menos de un día se ha cruzado á todo Chile, de

la cordillera hasta el mar.

Desde el primer día, en efecto, hiere la vista esa diferencia

fundamental entre las dos regiones: dos epítetos que parecen

triviales, y son profundamente significativos, vagan constantemente

en los labios, al recorrer la accidentada falda chilena y la vasta

llanura argentina: todo lo que pertenece á la primera trae adherido

el calificativo de _circunscrito_, con todas las ideas conexas de

altura, rigidez, densidad; del propio modo que evoca la segunda todas

las derivaciones de lo _ilimitado_: amplitud, espacio, desarrollo sin

fin. Y lo característico de esas voces que creíamos provisionales,

es que preesisten después del examen detenido y del doble estudio

histórico y sociológico, cual si entrañaran una definición completa en

su imperiosa brevedad. Veremos cómo, sin deliberación ni prejuicio,

todas las conclusiones materiales y morales respecto de Chile tienen

por rasgo definitivo la _condensación_, del propio modo que las que á

la Argentina se refieran evocan la noción opuesta de _expansión_.

En pocas leguas, antes de la confluencia del Putaendo, la adjunción

del Juncal, del río Blanco y del Colorado han constituído al caudaloso

Aconcagua, que riega copiosamente sus fértiles vertientes y, por cien

canales abiertos que lo dejan casi exhausto, lleva la abundancia y la

vida á las valiosas haciendas de Santa Rosa y San Felipe, rodea luego

á Quillota, cada vez más lento y como deseoso de prolongar su obra

fecunda, antes de cruzar la sierra de la costa y perderse en el mar.

Como un pequeño Nilo, en su breve curso de 150 kilómetros ha derramado

la prosperidad en toda la zona atravesada; aunque más y más detenida

su velocidad inicial de torrente andino, tanto ha rectificado su curso

que, salvo el sinuoso recodo de Quillota, el río casi sigue el camino

más corto de su hoya; en un solo día ha concluído su misión benéfica

desde la cordillera hasta el Océano. Compréndese que en esta faja

estrecha y volcada hacia el Pacífico no haya espacio para los desiertos

inmensos de la sabana argentina; y la comparación de esta corriente,

tan bien empleada, con su antagónica de la vertiente opuesta se impone

irresistiblemente. ¡Qué diferencia entre el laborioso Aconcagua y el

río de Mendoza que abandonamos ayer! Apenas bañada la mínima parte de

la provincia natal, muy lejos aún del mar buscado, muy antes de cruzar

la pampa sedienta, desfallece nuestra corriente «criolla» y se arrastra

perezosa hasta perderse en una laguna cenagosa é inerte ...

Poco á poco, alrededor de este núcleo material, vienen á envolverse

mil datos y nociones fragmentarias, desprendidas de la sociología de

ambos países: jirones de historia, geografía, estadística, política,

que se enlazan en torno de la percepción presente como las lianas en

un tronco secular. Al pronto, parece que la evolución general de los

dos pueblos rivales pudiera simbolizarse con la carrera de los ríos

divergentes que, naciendo en el mismo macizo y descendiendo casi por el

mismo paralelo, desempeñan, en su curso tan breve, misión tan diferente

y alcanzan tan diverso destino.—Frente á la evolución histórica del

pueblo chileno, tan precisa y práctica en su marcha ascendente, se

recuerda cuán dolorosa y contradictoria fuera la revolución argentina,

siempre fluctuando entre los conflictos renacientes de la barbarie

primitiva y la importada civilización, y remedando, con sus rápidos

adelantos y sus bruscos retrocesos, los cataclismos elementales de un

mundo en formación. Se admira involuntariamente el trazado tan neto y

lógico de la primera, que forma cabal contraste con el tanteo penoso de

la segunda; y, desde luego, se entra á desconfiar de que la exageración

territorial, las realizaciones democráticas y liberales, el mismo

incremento material sólo debido á la avenida europea, sean factores

absolutos de grandeza nacional.

Pero, la duda no se prolonga. Con sumar mentalmente á Santiago con

Valparaíso y compararlas á la sola Buenos Aires, renace la convicción

de que ésta representa un esfuerzo civilizador que supera al de las

otras agrupaciones urbanas de la América latina. Todos los extravíos

pasados y presentes, lejos de aminorar este resultado, acentúan su

importancia: si á esto se ha llegado luchando contra la corriente ¿qué

no hubiera sido ayudándose con ella? Un lapso de medio siglo no es más

que un día en la vida de los pueblos; y también es probable que se

cumpla en sociología la ley biológica que proporciona el tiempo y los

trabajos de la gestación á la longevidad é importancia del organismo

engendrado. Volviendo entonces al punto departida, se descubre que el

inmenso desierto argentino es la condición necesaria de esos colosos

fluviales del Paraná y del Uruguay, depósitos de las grandes vertientes

continentales, en cuyo seno se absorberían los Aconcaguas y Biobios

sin alterar su nivel[1]. Por fin, sin dejar de aplaudir el espíritu

de orden y economía que tan admirable partido ha sacado de un arroyo

mediocre, se piensa que la misma corriente mendocina que vimos perderse

en una travesía, embebe el subsuelo pampeano y contribuye á formar

ese mar dulce que surgirá más tarde bajo la sonda del agricultor,

continuando en otra forma y á la distancia su obra interrumpida de

fertilización ...

Además de este concepto fortuíto, el viajero penetra en Chile con

un conjunto de nociones más ó menos exactas, desprendidas de sus

lecturas é informaciones anteriores. Al pronto, todo ello se aglomera

para constituir un juicio _a priori_, provisional y fluctuante en los

detalles. Esta hipótesis debe quedar flexible y rectificable; sin

adelantar conclusión definitiva, sirve sobre todo para concretar las

primeras impresiones confusas en torno de su núcleo consistente, del

propio modo que un tronco de árbol en un delta favorece y activa el

sedimento aluvial.

Puede escribirse de un país extranjero después de residir en él varios

años, viviendo mezclado é interesado el escritor en la evolución

colectiva, estudiando sus accidentes externos é internos, respirando

largamente la atmósfera nacional hasta conocer al pueblo y su

territorio en su historia, en sus órganos vitales y sus manifestaciones

significativas. Parece que este método fuera el único practicable y

legítimo; lo es, en todo caso, para escribir un libro de conjunto y

dejar un documento duradero, si no definitivo. El método del viajero

es casi fatalmente incompleto y superficial. Puede, sin embargo, no

carecer de utilidad, y hasta suele contener un elemento precioso,

casi siempre debilitado por la estancia prolongada: el choque vivo y

directo del contraste. Esta impresión instantánea y sincera, en que se

procede por comparación explícita ó sobrentendida, logra adquirir un

valor inapreciable, si es analizada inmediata y escrupulosamente por

un espíritu reflexivo. La sensación diferencial es la más espontánea y

segura de todas; todas las otras sensaciones pueden ser ilusorias, pero

la que comprueba una diferencia contiene siempre un fondo de verdad. No

son, pues, necesariamente frívolas y despreciables las observaciones

del transeunte, siempre que se formulen con buena fe, apoyadas en algún

conocimiento anterior del país recorrido y referidas á un término de

comparación que no sea ni muy análogo ni harto distante.—No necesito

decir que, en este rápido bosquejo de Chile, la base de referencia no

ha de ser mi país natal, sino la República Argentina: tengo para ello

todas las razones de utilidad práctica y de conveniencia especulativa.

Sobre un breve resumen de datos y rasgos significativos, procuraré

asentar un juicio hipotético, una conclusión provisional, que someteré

luego á la contraprueba de mis observaciones personales. Aunque fugaces

y fragmentarias, éstas serán relativamente probantes si concuerdan con

la teoría. No creo que exista otro método para que la impresión casi

repentina del viajero que no es un simple descriptor alcance alguna

eficacia documentaria. ¡Ojalá el que aquí habla no carezca en absoluto

de perspicacia, como no le faltan la conciencia y la sinceridad, para

que la observación directa y material sea una buena piedra de toque de

las inducciones sacadas de la geografía y la historia!

* * * * *

Entre los factores sociológicos, son primordiales los permanentes

ó lentamente modificables: así el suelo y la raza. Son componentes

del primero, además de la extensión y naturaleza del territorio, su

configuración general y situación geográfica, que rigen su clima y

producciones. Ahora bien, entre todos estos elementos, sólo uno es

común á ambos países limítrofes; pero es tal su importancia, que basta

por sí solo para señalar una línea indeleble de separación entre éstos

y los restantes del continente austral. En el grupo de las repúblicas

latino-americanas, Chile y la Argentina son las únicas comarcas de

vasta extensión cuyo clima y latitud correspondan á los de la región

central europea.

Esta zona favorecida es la que parece, en la actualidad, plenamente

adecuada á la civilización que llamaré «secundaria». México y el

Perú, por ejemplo, han debido ser, por sus condiciones naturales,

los asientos de la civilización primaria en América, lo propio que

el Egipto y la India en el viejo mundo.—No es imposible, por otra

parte, que en un porvenir lejano se establezca sobre las ruinas de

la actual otra civilización «terciaria», más independiente del calor

solar y del medio ambiente, y cuyos límites se extiendan hacia las

regiones glaciales del norte y del sud. Pero, en el período presente y

el futuro divisable, es evidente que los órganos complejos de nuestra

civilización, fundada en la división del trabajo y las concurrencias

nacionales, no se desarrollan y funcionan plenamente sino allí donde

el clima intermedio y tonificante torna productiva la labor material

y estimula el ejercicio del pensamiento. Con la identidad originaria

de la raza europea,—muy modificada ya,—la analogía geográfica es,

pues, el primer elemento común á la Argentina y Chile. Casi todos los

otros son diversos, si no antagónicos; y ello ha bastado para crear,

en tres ó cuatro generaciones, dos variedades sociológicas americanas

profundamente distintas. Empero, y desde luego, no parece dudoso que

en el continente sudamericano la hegemonía deba pertenecer á los dos

pueblos favorecidos.

Para una población sensiblemente igual, que hoy mismo no alcanza á tres

millones de nativos, la superficie de Chile (deduciendo las recientes

anexiones) es la sexta parte de la República Argentina. Ahora bien,

en el sentido americano, lo que significa la expresión _organizarse

nacionalmente_, es, ocupar realmente el suelo bajo el triple aspecto

demográfico, político y económico: abreviando las distancias

despobladas y reduciendo los desiertos baldíos, multiplicando, por

fin, las agrupaciones urbanas, ganglios sociológicos depositarios de

la riqueza y transmisores de la civilización. La empresa acometida por

uno y otro pueblo, durante el medio siglo de su evolución decisiva

(1825-1875), ha sido, pues, tan desigual como la de dos propietarios

que, con recursos presentes casi iguales, resolviesen amueblar

y sostener sus casas respectivas, teniendo la una seis veces más

capacidad y departamentos que la otra.

Así, desde el principio de la Independencia, el formidable

problema de la organización nacional se ha planteado de una manera

incomparablemente más accesible y resoluble para Chile que para

la Argentina. En tanto que su medianía territorial (sin vedarle,

como al Uruguay, las grandes ambiciones patrióticas) facilitaba una

relativa condensación demográfica en los valles productores, su

enorme alejamiento de Europa disminuía singularmente sus aptitudes

como país de colonización. Á trueque de esta causa de lentitud en

el desenvolvimiento económico podía alcanzar un grado mayor de

homogeneidad y cohesión en su estructura social. El principio y el

fin de cualquier estudio comparativo entre ambos países está resumido

en esa última frase; todo lo que precede y seguirá no es sino su

comentario.

Al hablar de la raza chilena, no debe confundirse la clase dirigente

con la masa popular: si aquella capa superior es análoga por su origen

á la correspondiente en las otras repúblicas hispano-americanas, no

así la muchedumbre suburbana y rural. Al paso que la infiltración

europea—fuera de la española primitiva—era muy escasa en el grupo

superior chileno, es bien evidente que en la masa popular su mezcla

infinitesimal no merece tenerse en cuenta. El dato demográfico

que debe dominar constantemente todo paralelo entre estos pueblos

limítrofes, es el siguiente: según el último censo de 1885, Chile

contaba entonces, en todo su territorio, 26.241 europeos; ahora bien,

¡en el solo quindenio de 1871-1886 _se han establecido_ en la República

Argentina 650.000 extranjeros! Epilogad y reducid cuanto queráis: el

rasgo diferencial queda indeleble, y es tan significativo que, lo

repito, debe anteponerse á cualquiera otra consideración sociológica.

Durante el solo año de 1884, por ejemplo, la Argentina se anexaba por

la pacífica inmigración un número de agricultores europeos mayor que

el de los peruanos y bolivianos amarrados á Chile por los resultados

de la guerra. Admitiendo que ambos grupos anexos se hayan reproducido

en proporción igual: ved ahí, por una parte, un contingente de

chileno-peruanos, y por otra, un grupo igual de argentino-europeos,

agregados al núcleo nacional respectivo: la consecuencia no ha de ser

idéntica.

Es así como las leyes naturales de territorio y situación han creado

las variedades sociológicas que con el tiempo, factor omnipotente,

tendrán que acentuarse más y más. Mientras que la Argentina podía

esperar los resultados de su evolución social por la mezcla é

infiltración europeas, en Chile la necesidad desarrollaba en el

propio seno, y casi con los solos elementos nativos, las aptitudes

industriales, las virtualidades materiales é intelectuales, que

forman la compleja estructura indispensable para la vida de un

moderno organismo político. Siendo Chile una faja «de gran longura» y

mediocre extensión entre la cordillera y el mar, tuvo su pueblo que

procurar laboriosamente su desarrollo, ocupando la costa, surcando

el océano civilizador, atacando la montaña receladora de tesoros

ocultos, apropiando, por último, la zona intermedia y los valles

centrales á la alimentación del grupo entero. Todo fachada sobre el

Pacífico, ha sido marino, dedicado al tráfico internacional, y, á las

veces, preparado para las conquistas litorales; al hacerle minero, la

cordillera, que protegía su espalda é invadía su territorio escaso, le

impuso también la obligación, como le enseñó los medios, de cultivar

intensamente el suelo ingrato, abriendo sendas y canales, cortando,

cavando, nivelando, luchando victoriosamente con la estéril arena y la

roca enemiga. El aislamiento y la pobreza, por fin, acostumbrándole

de antiguo á bastarse á sí mismo, fomentaron su tendencia fabril; y

este propietario de las islas de Juan Fernández parecía en verdad

predestinado á realizar en América el tipo nacional de Robinson.

Agricultor, marino, industrial: sin influencias externas ni mezclas

exóticas, ascendió rápidamente á una situación sociológica superior

á la de otros pueblo más ricos, casi exclusivamente pastores ó

expendedores de productos preciosos.

Del Plata al Niagara · 第 1 / 35 段