Y si nos acercamos al método de enseñanza, no habrá aquí menor

dificultad, antes mayor, ya atiendas a los que enseñan de viva voz, ya

a los que enseñan por escrito. Pues tienen ambos las mismas viciosas

maneras.

Cabalmente, por este lado, viénele al estudiante, o la mayor utilidad,

si emplea buen método el doctor, o el más grave daño, si emplea un

método perverso. Pues nada tiene en el enseñar tanta importancia como

el método; el cual, por consiguiente, es tan vario para los hombres.

Saber usar del método no es menos laborioso que útil, y no menos raro

que necesario. ¡Cuán pocos maestros aciertan aquí!

Siendo, por ventura, el arte infinito, como ya dijimos, y la vida de

todas las cosas harto breve, cuando es necesario medirla para enseñar o

aprender, impone grandísimo cuidado. Medir lo infinito con lo finito y,

lo que es más, comprenderlo; ¿no parece cosa inaccesible?

Así hay preceptor que se empeña en contraer el arte (al cual no le es

posible producir la vida) y hace más largo el camino, más oscuro y

difícil por la brevedad (pues hágome oscuro cuando me empeño en ser

breve).

Hay otros que exponen difusamente, y hácense viejos en los primeros

principios y nosotros con él. A éstos condenan los impacientes en el

trabajo, los de agudo ingenio; porque inculcan con muchas palabras lo

que ellos con pocas. En cambio, les alaban los morosos y rudos para

quienes nada está jamás bastante explanado.

Y si alguno escribe con términos medios, es reprobado por todos, porque

no es bastante breve y porque es más breve de lo justo. Pues el medio

siempre es contrario a ambos extremos. Sólo es agradable a quienes

también se gozan en el término medio, que suelen ser muy pocos y

escogidos.

Hay quien habla castiza y hermosamente; hay quien de un modo áspero y

rudo. Este escritor hurta los trabajos ajenos y los da como propios;

repite aqueste íntegras sus páginas, olvidado de sí. Uno lo mezcla y

lo confunde todo o lo deja como indiscutido e inédito. Tal otro es

parlador y sofista; aquél, severo y grave; éste, agudo inventor de

cosas nuevas; esotro, torpe repetidor de lo viejo.

¿Qué más diré? ¿Quién agradó nunca a todos? Ni aun la misma

naturaleza. ¿Cuántos no se atrevieron a condenarla e increparla?

Tanta es la variedad de las cosas, que parece que la naturaleza juega

en ellas y se regocija de nuestra confusión; que buscándola nosotros

por aquí y por allí, teniéndola delante de los ojos, se burla y nos

escarnece.

* * *

Y no sólo se advierte variedad en las cosas varias.

Un mismo hombre, ora quiere, ora rechaza; ya afirma una cosa, ya

condena la misma; hoy profesa esto, de lo cual, si mañana le preguntas,

no se acuerda ya ni quiere acordarse; en esta parte del globo florecen

ahora las letras, y en el resto, hay omnímoda brutalidad; antes, aquí,

lo eran todo las espadas; ahora no tienes otra cosa que libros... Hoy

priva una opinión; Fulano es el doctor de moda: mañana será todo lo

contrario...

* * *

Ejemplos de todas estas cosas verás si lees las historias; no obstante,

traeré algún ejemplo singular.

¿Qué hubo más esplendoroso en letras que el antiguo Egipto y la antigua

Grecia? ¿Qué más fértil en el culto de los dioses? ¿Dónde más ilustres

varones, ya en cualesquiera ciencias, ya en las armas? Hogaño no

hallarás allí museo ni ídolo ni varón insigne.

En Italia, en Francia, en España ni por sueño había entonces un doctor;

lo eran todo Mercurio y Júpiter. Ahora siéntanse aquí las Musas, y

habita Cristo entre nosotros.

Y en las Indias, ¿cuánta ignorancia no reinó hasta hoy? Ya, ahora,

hácense poco a poco más religiosos, más agudos, más doctos que nosotros

mismos.[9]

* * *

¿Qué hará, pues, en tanta variedad de cosas el desdichado mozo? ¿A

quién seguirá? ¿A quién creerá? ¿A éste?, ¿a aquél?, ¿a nadie?

Si se entrega a un solo maestro, hácese esclavo, no docto; defiende sus

dogmas con cualquier razón y con cualquier injuria; hácese soldado que

sigue a un capitán dondequiera que le lleve, para combatir por él; no

se acuerda más de sí; perece con él.

De esta suerte nuestro joven y su ciencia perecen cuando se adhieren

con pertinacia a un solo preceptor. Que no sin daño de la verdad puede

uno jurar sobre las palabras del maestro.

Y si el estudiante cree igualmente a todos, o no cree a nadie, y

pretende escoger de todos lo que mejor le parezca, ello es más libre,

pero también más arduo, pues ¿qué juicio no necesita quien se empeña

en dirimir pleitos de todos? Cada cual tiene en su favor razones y

argumentos en apariencia inexpugnables, y no hay aquí sentencia posible

sin riesgo de la verdad y del propio juez.

Así como en la guerra acontece que el arte y la astucia rinden a quien

es superior en armas, en caballos y bríos, así el que busca la verdad y

la defiende suele ser arrollado por el error, que es, no pocas veces,

más agudo y sutil.

¡Cuántos, armados de su pérfida ciencia silogística, no tiñen de verdad

el error y hacen que lo falso parezca verdadero y lo verdadero falso,

hasta envolver en sus redes al más valeroso campeón! Y ¡cuántos, muy

doctos, caen vencidos en la ingeniosa trampa de un silogismo falaz,

más inermes aún que aquel ignorante que en presencia de un sofista

charlatán, empeñado en persuadirle de que lo blanco es negro, respondió

al sofista: Yo no entiendo tus razones porque no estudié como tú, pero

por nada del mundo me harás creer que son iguales lo blanco y lo negro;

arguye tú cuanto quisieres, que a mí me sobran para saber de colores

estos dos ojos de mi cara!

* * *

Recuerdo que, al iniciarme en la dialéctica cuando niño, fuí provocado

muchas veces a disputa por los más viejos en edad y en estudio para

probar mi ingenio; oprimido por engañosos silogismos, cuya falacia yo

no conocía, llegaba a conceder lo que encubiertamente era falso, mas

apenas advertía la falsedad manifiesta, sentíame atormentado en lo

más hondo de mi corazón y ya no descansaba hasta buscar y comprender

el defecto del cauteloso silogismo. ¿No hubiera sido harto mejor que

el tiempo que perdía en estas sutilezas lo empleara en conocer alguna

causa natural?

Porque en semejantes lides parece más docto el que charla mejor, el que

construye con más ingenio un artificio con que vencer al contrincante

y forzarlo a que conceda lo más absurdo y falaz. ¡A este sistema, el

más pernicioso para el entendimiento y la lógica, llaman doctrina

científica!

El propio Aristóteles, cuando escribió su aguda cavilatoria para

librarse de los engaños del silogismo, intentó en vano curar con

semejante tríaca los efectos de este veneno destructor; pues no hay

posible medicina para un veneno tan fuerte.

¿Cuántos remedios, peores que la enfermedad, no se han inventado

posteriormente? ¿cuántas otras falacias, cuántos volúmenes de

suposiciones, de exponibles y reflexiones de todo jaez? Ya la

Dialéctica es otra Circe que convierte en asnos a sus amantes...

A punto me vi, como ellos, de beber las aguas circeas, de embriagarme

en sus traidoras linfas y rebuznar perpetuamente sus silogismos

engañosos, en torno a esa puente de la Ciencia que bien merece llamarse

la puente de los asnos. Valiéronme entonces mi natural indócil y los

versos de Ulises para hurtarme al yugo de aquella hechicera dama y

renegar de sus figuras y embelecos en la artificiosa puente de los

silogismos.

¡Qué de tormentos sufren los amadores de tan áspera Circe! ¡Qué

modos tienen de honrarla y defenderla, pugnando hogaño por mantener

y apuntalar su vieja y desmoronada habitación! ¡Hasta qué punto se

rebajan y pierden por amartelar y servir a su despótica Dueña!

Así Eneas, el héroe, totalmente ajenado de sí mismo y olvidado de

Italia, adonde iba por el mandato de los dioses, vestido de lasciva

clámide, envilecido y muelle, entregado por amorosa esclavitud a

Dido, no atendía más que a ella, no curaba de otra cosa que de sus

torpes embelesos; hasta que avisado por Mercurio, abiertos los ojos,

avergonzado de sí mismo, conoció cuán miserablemente vivía, y,

despojado al punto de la mujer, vistióse del hombre y con ello se hizo

señor de gran parte del mundo, guiándole la virtud y acompañándole

la fortuna. ¡Pluguiera al cielo que yo fuese Mercurio para nuestros

Eneas cautivos, para que, abandonada la hechicera Dido, la Dialéctica

engañadora, volviesen los bríos y la voluntad a la robusta Naturaleza,

con lo que muchos se harían, por ventura, dueños y señores del orbe!

* * *

Pero dirás acaso: ¿Qué? ¿Quieres que, como si fueras un dios, aceptemos

por cosa confirmada sin razón y sin prueba, cuanto dijeres, y más en

detrimento de cosas que están todavía muy firmes y como en altares en

las casas de los doctos?

No pretendo tal: sólo aspiro a abrir los ojos y el entendimiento a la

incauta juventud y desbrozar los caminos de la libre y ancha Naturaleza.

¿Qué hará, si no, el mozo mal experimentado que al asomarse al

campo de la Ciencia sólo ve en él zarzas y ortigas, dificultades y

estorbos? Pues enredarse en ellas como les sucedió antes, a su vez,

a sus maestros y preceptores, y, a espaldas de la hermosa realidad,

amontonar libros y libros, hacer perpetuos los sofismas y eternas las

ignorancias...

* * *

Pero supón a un estudiante de buena fe que apoyado en su solo juicio,

luego de haber aprendido largo tiempo en las aulas y visto tanta

diversidad de opiniones, quiere sentenciar por sí mismo. ¿En cuánto

riesgo no se hallará? ¿Cómo encarecer las dificultades y peligros de

considerar escrupulosamente y sin ayuda ajena todas las cosas puestas

en pleito en las lides científicas?

De aquí nueva multitud de errores, de divergencias y disputas, de

interpretaciones falsas, de retrocesos inútiles; de aquí el dar por

flamantes novedades las cosas más añejas y sabidas, el oponer un dogma

a otro dogma, el sentenciar contra los pareceres ajenos, más por ser

ajenos que por ser erróneos, y, finalmente, el alejarse cada vez más de

la directa inspección de los objetos en litigio.

¿Qué hacer, pues, si los viciosos métodos de enseñanza, los abusos

de la autoridad, el ciego empeño de buscar la ciencia en los libros,

la tentación de convertir la especulación intelectual en granjería,

el triste espectáculo de las disputas ociosas, de las opiniones

apasionadas y hostiles, no se remedian con el solo y libre juicio

individual?

Conclusión. Los únicos criterios de la Ciencia: el experimento y la

crítica.

El que quiera saber algo no tiene más camino que contemplar las cosas

en sí mismas.

Pero ¿ello es fácil? Nada tan penoso, nada tan ambiguo, nada tan lleno

de confusión e incertidumbre.

Viste ya cuánta diversidad hay en las cosas, qué de mudanzas y

vaivenes; cuánto de inaccesible y amargo para el que aspira a la

Ciencia. ¿Qué no sucederá cuando pretendamos acercarnos a las cosas

mismas?

Ni es posible, dados los límites en que se mueve el conocimiento

humano, la contemplación directa de las cosas.

Con todo: hay dos medios subsidiarios que no suministran ciencia

perfecta, pero que, en suma, algo perciben y algo enseñan: son la

experiencia y el juicio. Pero no separados jamás, sino en íntimo

enlace y unión, como demostraré en otro libro. Los experimentos son

muchas veces falaces y siempre difíciles, y hasta cuando llegan a la

perfección nunca nos muestran más que los accidentes extrínsecos, jamás

las naturalezas de las cosas. El juicio recae sobre los resultados del

experimento, y por consiguiente no traspasa los límites de lo exterior,

y aun esto lo discierne de una manera incompleta, sin que sobre las

causas pueda pasar de una probable conjetura. Se dirá que nada de esto

es ciencia. Pues no hay otra.

Ni aun tales medios subsidiarios pueden ser perfectos en un joven.

Pues, omitiendo las dificultades de toda experimentación para el hombre

más apto y maduro, ¿qué experiencia puede tener el mozo de pocos años

que empieza a cultivar las ciencias en el aula?

Necesario es haber vivido mucho y haber experimentado no pocas cosas

para juzgar rectamente, y aun así, como decíamos al principio, pueden

estar mal trabados y disconformes los años y las experiencias. De esta

suerte, quien hoy opina esto, juzga mañana otra cosa y defiende ahora

lo que condenaba ayer.

Nadie, antes de conocer el imán, el pez torpedo, el pez rémora, les

hubiese atribuído las virtudes que tienen. Decíamos ha poco que toda

atracción proviene del calor, de la sequedad, del miedo al vacío. ¿Qué

decir ahora de la electricidad?

¿Habríase nunca imaginado que el veneno añadido al veneno lejos de

matar al hombre le serviría de tríaca? Ciertamente que no, pues, por

ventura, antes de experimentarlo afirmábase que lo que no hace uno lo

hacen dos, a pesar de haber demostrado lo contrario la atroz consorte

de Ausonio, que empeñada en matar a su marido lo más rápidamente

posible, mezcló mercurio al veneno que le tenía preparado, con lo cual

escapó Ausonio de la muerte.

¿Quién hubiese creído tampoco que la cicuta añadida al vino matase más

prontamente, sobre todo a los temperamentos biliosos, y tantas otras

cosas que la experiencia acredita en contra de lo que parece racional?

* * *

Mucha experiencia, pues, hace al hombre docto y prudente. Así los

varones más ancianos son más duchos por razón de la experiencia que

tienen, y más a propósito que los jóvenes, para la gestión de los

negocios públicos, si les asiste a la par un juicio agudo y sazonado.

Y para acrecentar ese tesoro de la experiencia, para conservarle al

través de los siglos, imaginaron los hombres la escritura, merced a la

cual todo lo que uno experimentó en su vida, lo aprenda otro después en

breve espacio. De esta suerte, las generaciones, las experiencias, los

hechos, las invenciones de cada época, se van eslabonando y acreciendo

sin cesar, por lo que, gráficamente, cada generación que surge a la

vida y a la ciencia se ha comparado a un niño jinete en el cuello de un

gigante.

Utilísimo es para la ciencia y la vida ese caudal inmenso de

experiencia acumulado siglo tras siglo en las bibliotecas del mundo.

Pero (aun omitiendo que los libros, como todas las cosas humanas,

no son perennes, pues los consumen la guerra, el fuego, la incuria,

la novedad de otras opiniones y, finalmente, el tiempo y el olvido)

sucede que la sugestión de esa riqueza nos ofusca. ¿Cuántos siglos

necesitaríamos vivir para leer esas ingentes muchedumbres de libros?

¿Cuántos de ellos no mienten o disimulan la verdad? ¿Cuántos no se

escribieron por el único móvil de granjear la gloria o mendigar

opinión, cuando no por razones más miserables? ¿Cuántos, en todo caso,

son del todo accesibles a nuestro entendimiento?

A fuerza de leer y releer, de poner en claro y en concierto nuestras

lecturas, se nos pasan los años más preciosos; vivimos entre montañas

de papel, sólo atentos a los hombres y a sus obras, de espaldas a la

viva Naturaleza. Así, muchas veces, por el afán de saberlo todo, nos

convertimos en necios...

* * *

Mas supongamos que los libros no mienten, que exponen con entera

verdad lo experimentado por sus autores. ¿Qué me aprovecha que otro

haya experimentado esto o aquello, si yo no experimento lo mismo? Ello

no engendrará en mí ciencia, sino fe. De aquí que el mayor número de

los escritores modernos sean más fieles que sabios, pues beben de

los libros lo que poseen sin experiencia ni juicio propios, sin otro

fundamento que lo que hallaron escrito, sin otra novedad que lo que

pueda deducirse de los supuestos tradicionales.

Dada esta condición, quien pretenda saber algo ha de estudiar

perpetuamente, ha de leer todo lo que fué dicho por todos, y, en el

caso mejor, comprobar a cada paso, hasta el final de la vida, las

experiencias de las cosas con las experiencias de los libros. ¿Hay algo

más triste y miserable que ese linaje de vida? Linaje de muerte le

llamo yo.

Por bien constituído que imaginemos a un mozo sometido a régimen

tan inhumano, por cabal que sea la salud de que goce, marchitaráse

prontamente, y consumidas las fuerzas corporales en el estudio,

afligido por numerosas y terribles dolencias, afectada la mente en su

sede principal, el cerebro, morirá sin haber apenas gozado de la vida

ni de la ciencia.

Pero aunque por excepción se vea libre de tales pesadumbres, no le

faltará siquiera la oscura melancolía que acompaña a los excesos

mentales. Y ¿cómo ha de juzgar un melancólico de todas las cosas,

cuando para juzgar rectamente todo buen juez ha de carecer de toda

afección?

Y aun suponiendo, que ya es suponer, horro y salvo a nuestro joven de

todo achaque y tristeza, ¿sabrá por eso alguna cosa? Nada ciertamente.

Pues en él, como en las demás cosas de este mundo, hay continua

mudanza. Y la principal de todas es la edad. ¿Cuánto no se diferencia

el mozo del varón maduro y éste del anciano? ¿Qué diversidad no hay en

ellos de principio, de medio y de fin? El que ahora joven juzga esto y

lo cree verdadero, lo revoca y reprueba en la edad viril y torna acaso

a defenderlo en el crepúsculo de su vida. En otros casos acaece lo

contrario y nadie es, jamás, consecuente consigo mismo.

Ni hay quien editando hogaño un libro valeroso pueda decir que mañana

no cantará la palinodia, ni quien, errando ayer, no confiese, si es

probo, que se engañó entonces. Y los que, por ignorancia o amor propio,

no hacen tal y defienden con pertinacia sus errores, causan un grave

daño a la verdad, tanto mayor cuanto más agudos sean sus ingenios.

Tampoco hay nadie en el mundo que si, en vez de dar a las prensas

aceleradamente sus obras, las guarda por muchos años, deje de

corregirlas y enmendarlas uno y otro, aunque viviera cien. Y si

eternamente viviera, eternamente andaría quitando aquí, mudando allí,

rehaciendo acullá.

¿De dónde tanta innovación, tanta variedad e inconstancia?

Ciertamente, de la ignorancia humana. Pues, si supiéramos perfectamente

lo que una vez escribimos, nada habría de mudarse luego.

¿En qué edad, pues, se juzga mejor? Dirás: en la ancianidad. Pero, más

racional parece en el tiempo en que todo está en vigor; en la vejez,

todo languidece y por eso se compara a la infancia; de donde la frase:

_Malditos los niños de cien años_.

* * *

Aparte estas mudanzas del cuerpo, impiden también el conocimiento de

la verdad las afecciones del ánimo. Lo dijimos ya arriba. El amor,

el odio, la envidia y lo demás que allí nombramos, se opone a que se

juzgue bien.

Y ¿quién es tan equilibrado que no caiga en alguna de esas pasiones?

Mas si de todas ellas se viere libre, ¿no caerá en el amor propio?

Pues, ¿quién hay que no crea que dijo lo cierto, que halló el nudo de

la dificultad y que entiende muy bien las cosas? Omitiendo, finalmente,

que cada uno se estime más docto, más agudo, más perspicaz, más

prudente, más sabio que los demás.

Nadie, dice el vulgo, es juez recto en causa propia. Y cada uno trata

su causa cuando afirma algo de palabra o por escrito.

Nada, pues, sabemos.

* * *

Pero, supongamos (cosa imposible) que carece nuestro juez de tales

defectos. Aun así, no sabrá más en lo sucesivo, aunque se guíe por

la común sentencia de que perpetuamente nos hacemos más doctos,

pues sucede lo contrario a todos aquellos que se proponen conocer

perfectamente las cosas.

Yo, antes que hubiese comenzado a considerarlas, parecíame que era más

culto. Pues lo que había recibido de mis preceptores, lo tenía por

sobradamente sabido y propio, estimando que el saber consiste en haber

visto, oído y retenido muchas cosas.

Conforme a lo cual con revolver en el magín los conceptos ajenos

parecíame que lo sabía todo, y cada día me aficionaba más a este linaje

de ciencia.

Mas, tan luego como me convertí a las cosas, abandonada en un todo la

fe primera (aquella fe con humos científicos), comencé a examinarlas,

como si nadie hubiese dicho jamás cosa alguna; y cuanto más me parecía

saber antes, otro tanto vi que ignoraba entonces, y a tal punto llegué

que hoy me parece que nada sé ni espero que pueda saberse; cuanto más

contemplo las cosas más dudo.

Pues ¿cómo no dudar, si no puedo percibir ni conocer las naturalezas de

las cosas, fuentes de la verdadera ciencia?

Harto fácil es ver el imán; pero ¿qué es el imán en sí? ¿por qué atrae

al hierro? Esto sería saber lo que es el imán si pudiéramos conocer las

cosas. Con todo, los que se dicen sabios responden que la atracción se

debe a una virtud oculta. Y a esto llaman saber, cuando verdaderamente

es ignorar. Pues ¿qué diferencia hallaré entre quien me dice que no

sabe por qué se hace una cosa y quien me afirma que se hace por una

oculta y misteriosa propiedad?

Y si a la duda de la atracción del hierro se añaden estas otras

que aunque tuvieren satisfactoria respuesta provocarían nuevas

interrogaciones sin fin, ¿quién se resiste a la evidencia de nuestra

ignorancia? ¿Cómo tocado el hierro por el imán, de aquella parte de

la piedra que en su criadero miraba al Norte, se vuelve siempre al

Septentrión, y huye del lado contrario, merced a lo cual rodeamos

la tierra en pequeña nave y conocemos en medio del océano un punto

cualquiera con infalible certidumbre? ¿Cómo el imán no sólo atrae a un

solo anillo ni a una sola aguja, sino que difunde también la fuerza

transmitida por agujas y anillos a otros muchos hasta suspenderlos

todos en el aire? Y si, finalmente, se le unta con ajo, ¿por qué

languidece y pierde la fuerza de atraer?

Este y otros innumerables ejemplos que podrían ponerse ¿no rinden los

bríos de la razón al más docto y experimentado de los hombres?

* * *

Así ¿qué hará nuestro juez, ese juez imaginario de las cosas, aunque

viva cien años en ancha y cabal plenitud? Experimentar algunas de esas

cosas; experimentarlas mal y juzgarlas peor. De ninguna de ellas sabrá

en absoluto nada.

Pero aunque viese y estudiase muchas, no podría, sin embargo,

examinarlas todas, que sería el único medio de aprender a conocerlas.

A cada paso le asaltaría una duda: ¿habré experimentado bien? Y si

consulta a otros diversos autores sobre los mismos objetos en examen,

los hallará diversamente experimentados y traducidos: lo que uno dice

que probó, asegura otro que es imposible; una experiencia contradice a

otra experiencia.

¿Cómo, pues, juzgará rectamente de lo oscuro y recóndito, de lo que en

modo alguno puede ser alcanzado por el sentido, quien no está cierto de

las cosas que al sentido se nos presentan y que por él han de conocerse?

Y si, apartándonos de los doctos, nos arrimamos al vulgo, ¡cuánta

variedad, cuánta discordia, qué de ignorancia y confusión!

Se me replicará que de los hombres rudos ha de esperarse menos que de

los letrados. Mas ¿no se dice comúnmente: _Voz del pueblo voz de Dios_?

Y en verdad que es difícil suponer que todo el pueblo se engañe y sólo

el filósofo tenga razón, principalmente en las cosas que estriban más

en la experiencia que en el juicio. En general ha de creerse al vulgo

en lo que se refiera a la agricultura, navegación, arte mercantil y

oficios mecánicos, según la profesión de cada cual, pues también es

dicho común que más vale el ignorante en su oficio que el sabio en el

ajeno.

Con todo, si se ha de escoger entre la opinión del pueblo y la opinión

de los filósofos, se inclina el ánimo casi siempre a diputar por

verdadero lo que el docto afirma. Y aunque parece racional que los

que acierten sean pocos, también parece duro creer que se engañe tanta

muchedumbre allí donde uno solo dice que dice la verdad.

Por otra parte, lo que es tenido y confirmado durante largo tiempo por

muchos parece que tiene mayor certidumbre que una novedad enseñada por

uno solo. Claro está que hay verdades que viven desconocidas luengos

años, pero también hay verdades harto conocidas que al cabo se hunden

en el descrédito.

¿Qué decir de tu opinión nueva, filósofo novel, que luchas contra

el vulgo? ¿Es una verdad desconocida que ha de triunfar o es en el

fondo una antigualla que debe morir? Si dices lo primero, tú y yo

lo ignoramos. Y si respondes que tu opinión es una verdad añeja y

autorizada (por aquello de que _nada se dice que antes no se haya

dicho_) y me pruebas que ya otros hombres afirmaron antaño igual que

tú, exactamente lo mismo puede afirmar y probar el que defiende un

error, pues no hubo nunca opinión, por necia que fuere, que no hallase

en el mundo seguidores.

* * *

Que nada se sabe · 第 8 / 9 段