Sigo mi tesis. Ya hablé de la cosa que ha de ser conocida, primero

de los términos que hay que distinguir, como dije, en el problema

del conocimiento; hablé también de los sentidos o medios de conocer:

hablemos ahora del sujeto que conoce. Mejor dijera del sujeto que

ignora. Porque la vida es breve y el arte es largo, es infinito;

las ocasiones de conocer son pocas y fugitivas; la experiencia es

peligrosa, el juicio harto difícil. ¿Quién habrá, pues, verdadero

conocimiento de las cosas?

Empecemos por el hombre incipiente; una vez nacido es una mole de cera,

capaz de casi todas las figuras, lo mismo en el cuerpo que en el alma;

pero más en ésta. De suerte que no es mala comparación la ya sabida de

la tabla rasa en la cual nada hay escrito; mas no se afirma bien cuando

se afirma que todo puede escribirse en ella. No todos son aptos para

las letras, aunque se les suministren todos los elementos precisos.

¿Cómo, pues, podrían pintarse en el alma las naturalezas de todas las

cosas?

Dos hay en el recién nacido: nada impreso en acto; en potencia poco o

mucho, pero nunca todo.

Pero esa potencia es sólo pasiva, a la cual se opone otra pasiva

impotencia, por la cual cada uno es totalmente inepto para ciertas

cosas.

En este punto se nos asemejan también los otros animales, puesto que

el papagayo con aquella primera potencia puede imitar la palabra

humana, la cual el mono no puede imitar por aquella segunda impotencia.

Este, al contrario, por la primera potencia ejecuta muchas cosas a

imitación del hombre, que no puede ejecutar el papagayo por la segunda

impotencia. Así, entre los hombres, éste es totalmente inepto para la

gramática; en cambio, es muy apto para la navegación y aquél todo lo

contrario.

Mas tenemos nosotros una potencia activa de que carecen los brutos y

por la cual hállanse las ciencias y las artes.

Pero de esto se tratará extensamente cuando se trate del alma. Baste

ahora haber traído estas cosas para entender lo que sigue.

¡Cuán pocos, pues, de tantos millones de hombres son capaces para las

ciencias, aun para aquellas que hoy profesamos! Apenas alguno que otro;

perfectamente, ninguno.

Es necesario que sea hombre perfecto el que haya de saber algo

perfectamente. ¿Hay alguno así?

Tú dices que el alma es en todo igualmente perfecta (ignorando su

naturaleza, como mostraremos en otra parte), y que el cuerpo es la

causa de que unos sean más doctos, otros menos, y muchos totalmente

incapaces. Sea como tú dices.

¿Es, por ventura, nuestra alma bastante perfecta para que sepa el

hombre algo perfectamente? No. Mas supongamos que sí: en tal caso

quien tenga el cuerpo menos perfecto sabrá imperfectamente las

cosas, pero quien tenga mayor perfección corporal habrá de saberlas

perfectísimamente.

Esto es lo que más racionalmente parece colegirse de tus razones. Mas

¿a quién le fué dado cuerpo perfecto?

Yo llamo con Galeno perfectísimo al cuerpo que es templadísimo y

hermosísimo y produce todas las operaciones perfectísimas, empezando

por las del entendimiento, padre de la Ciencia.

Hubo algunos médicos que afirmaron que el médico para que fuese

perfecto debía padecer todas las enfermedades antes que pudiese juzgar

perfectamente de ellas. Y no parece del todo descabellada la opinión,

por más que entonces mejor fuera no ser médico. Pues ¿cómo podrá

sentenciar rectamente del dolor el que nunca lo sintió? Los dolores y

enfermedades, mejor los conocemos en nosotros mismos y curamos que en

los demás.

Pues ¿cómo habrá de discernir el ciego de colores, ni el sordo de

sonidos, ni el paralítico de las cualidades táctiles? Es necesario,

pues, que vea cabalmente quien cabalmente ha de juzgar de colores, y

oiga quien juzgue de sonidos, y palpe quien discierna lo tangible,

y guste quien hable de lo sabroso, y se mueva quien estudie el

movimiento, y sufra quien haga juicio del dolor, e imagine quien haya

de saber de fantasías, y entienda quien del entendimiento investigue.

De otra suerte, como dijo Galeno, será navegante de libros que,

sentado muy seguro en su sillón, describirá muy bien los puertos, los

escollos, los piélagos más lejanos y guiará muy bien la nave por la

cocina o sobre la mesa; pero si se lanza al mar y le encomiendas el

timón de un navío, se meterá en aquellos Escilas y Caribdis que tan

lindamente sabía describir a pies enjutos.

Y por esta razón dícese también que Cristo Señor nuestro quiso

sobrellevar las humanas miserias para que, experimentando nuestras

calamidades, se compadeciese más. Pues el que fué alguna vez indigente

se compadece mejor del pobre; el que fué preso, del cautivo, y,

finalmente, el que se vió desamparado siente mayor lástima del

miserable y del triste.

El perfectísimo conocimiento requiere, pues, un cuerpo perfectísimo

unido a una perfectísima razón, pues todas las cosas perfectas gozan

de las cosas perfectas, son hechas por los perfectos y por medios

igualmente cabales.

¿Qué cosa más perfecta que la creación? Es hecha por el solo Perfecto,

por la perfección misma, que es Dios. ¿Con qué medio? Con su

perfectísima potencia, la cual es la sola y única perfectísima, porque

sólo ella es infinita, porque es el mismo Dios.

Todo lo demás que sea perfecto en su línea es hecho por algo semejante

o superior a sí: por ejemplo, lo que hacen los cuerpos celestes no

puede ser obrado por cuerpos inferiores.

Razón de todo esto: El agente siempre que va al paciente, trasciende;

pues todo ser ambiciona transformar a otro en sí. Lo cual no es posible

si no se le comunica. Y en comunicándose los dos el uno es término

pasivo del otro; empéñase, sin embargo, el paciente en conservarse

en su ser (lo cual ha sido grabado en todos); en parte resiste y en

parte quiere también convertir al otro en sí, extiende y ejerce cuanto

puede su potencia en el agente y le imprime fuerza; mas, porque le es

inferior, es vencido en la lucha y es forzado a seguir las huellas del

otro, a introducirse en él, despojado de su primer hábito.

Si, pues, el agente es perfecto, también debe ser perfecta la acción y

los medios para ejecutar la obra y el paciente que recibe la acción, en

cuanto la recibe, aunque por otra parte sea imperfecto.

Y si no sigue a la acción la conversión del paciente en el agente, al

menos la obra que de tal acción se hace es perfecta siendo de agente

perfecto, imperfecta si de imperfecto. Pues los partos, dicen los

médicos, dan testimonio de sus principios. Lo que se hace bien, es

siempre con medios idóneos.

Y así, el perfecto agente ayudado por perfectos instrumentos y medios

solícitos, obrará en el paciente y ejecutará la obra intentada mejor

que con imperfectos.

Ve esto en todas las acciones tanto naturales como voluntarias: el sol,

que es el más perfecto de todos los cuerpos (de donde los antiguos lo

juzgaron Dios), ¿qué acción hace? Perfectísima, parecida a la acción de

Dios. Pues éste crea, pero aquél engendra las cosas, que es el segundo

grado después de la creación; pero se diferencian en que Dios crea por

sí solo, de la nada y sin medio ni instrumento alguno. El sol, teniendo

su potencia de Dios, engendra, estimula y mueve por medios naturales y

congéneres.

* * *

Pero objetarás, tal vez, que el sol corrompe también, la cual es pésima

acción. Mas, no es así. No corrompe, sino que, mientras engendra,

síguese necesariamente la corrupción, como una consecuencia natural. Y

que engendra primero, es manifiesto. Pues primero es el ser que el no

ser; el acto, que la privación; la vida, que la nada.

Ningún ser obra por nada o intenta nada (de donde tampoco el mal por

sí, pues el mal es privación del bien, cuasi nada), pues todo es por un

fin, y la nada no puede ser fin para un ser. El fin es perfección, la

cual entre los seres ocupa el primer lugar.

Privación, destrucción, defecto, mera negación del ser; ¿con qué otro

nombre llamaré a la nada que con el tenebrosísimo de _nada_? ¡Opuesta y

enemiga a toda perfección, a todo ser; finalmente, nada!...

¿Quién la intentará, quién la buscará? Todas las cosas la huyen

naturalmente. Nada me aterra, entristece y postra el ánimo como la Nada

cuando pienso que alguna vez pudiera yo ver sus abismos, si, acompañada

mi alma de la fe, esperanza y caridad, no destruyesen este miedo, y me

confirmasen prometiéndome, después de la disolución de este compuesto,

de mi carne y mi espíritu, indisoluble nexo con Dios óptimo y máximo.

El sol, pues, el más perfecto de todos los cuerpos, ¿intentará la

corrupción, la hará? No, pues engendra. ¿Con qué medio? Con el calor,

que es la más perfecta, principal y activa de todas las cualidades.

* * *

Tú añades también la luz; pero yo no lo consiento. La luz, sin embargo,

es otro argumento a mi favor.

Bellísima cosa es la luz, amicísima y queridísima de los hombres.

Dios llámase a sí propio Luz, y a ella se compara la vida como a las

tinieblas la muerte. Gracias a su benéfico resplandor gozamos de los

colores, de los matices y las formas; sin luz seríamos semejantes a los

ciegos, viviríamos como dormidos y absortos en la sombra de lo interior

y lo exterior, vagando como las ánimas de los difuntos, sin vernos a

nosotros mismos e ignorando la Naturaleza ¡Cuán triste silencio en

la noche nublada y tenebrosa! ¿No parece la imagen del caos y de la

muerte? Más quisiera morirme que vivir sin luz...

Padre el sol de ambos, del calor y la luz, de ellos usa, conforme a

tu misma opinión, para fecundar las cosas, mas no para corromperlas.

En saliendo el sol todo revive, renace, germina, pulula, se remoza,

florece y fructifica. Los animales, entumecidos por el frío, los seres

corruptibles y todos aquellos que se corromperían totalmente con la

ausencia del astro, así que le ven se levantan de las tinieblas,

tórnanse más ágiles y gozosos, corren, saltan, retozan, gallardean y

cantan el advenimiento del astro generador y hácense más aptos para

generar a su vez, para vivir y trabajar con alegría, singularmente en

la primavera y en el verano. Yo, sólo entonces vivo...

Mas en apartándose de nosotros el ojo derecho de Dios (séame lícito

apellidar al sol de esta manera) todo languidece, todo se arrice y

se amustia. ¿Qué son el otoño y el invierno sino imágenes de nuestro

fenecer? A la muerte llaman los poetas fría, glacial, pálida,

macilenta, y a la vida, en cambio, robusta, floreciente y ardorosa.

La muerte viene del frío; la vida, del calor. Por esto el sol es el

más perfecto de los cuerpos, porque hace, mediante la más perfecta

cualidad, el calor, la más perfecta de todas las acciones naturales.

* * *

Pues en lo que se refiere a las acciones voluntarias ¿por ventura el

pintor, el escultor, el músico, no pintará, no esculpirá, no tañerá

más consumadamente si usan de los instrumentos más perfectos? ¿Cantará

bien el ronco, saltará el paralítico, escribirá el que tiene la mano

torpe o rota? Y ¿qué instrumento más hábil y flexible que la mano del

hombre pudo haber escogido la madre naturaleza? Era preciso que el más

perfecto de todos los animales, el hombre, hubiese el más perfecto

instrumento para hacer con la mayor perfección y elegancia las muchas y

difíciles cosas que ejecuta.

En resolución: todo lo perfecto produce cosas perfectas y usa de medios

idóneos para producirlas.

¿Qué se deduce de ahí? Que el alma humana, la más perfecta de las

criaturas de Dios, para la más perfecta de todas sus acciones, el

conocimiento perfecto, necesita de un cuerpo perfectísimo.

¡Cómo! --dirás--. Pero la intelección no depende, en modo alguno, del

cuerpo, sino exclusivamente del alma, de su facultad intelectual...

--Eso es falso --respondo-- y ya te lo probaré en otra parte. Falso es

decir que el alma entiende, que el alma oye, pues ambas cosas no son

función exclusiva del alma ni del sentido, sino del hombre todo en su

unidad de espíritu y de cuerpo, indisoluble en cualquiera de sus actos.

Nada hace el alma sin los órganos del cuerpo ni el cuerpo sin la acción

y gobierno del alma.

¿Por qué este hombre es menos docto que aquél, si el alma, como tú

dices, es igualmente perfecta en ambos? Será por defecto corporal,

según decías también. Luego el más docto gozará de un cuerpo

privilegiado, capaz de obrar consumadamente las cosas, lo mismo las del

sentido que las del entendimiento. Y el hombre que fuere doctísimo,

tendrá un cuerpo perfectísimo y será el verdadero sabio...

Pero ¿dónde, repito, está ese cuerpo privilegiado y perfectísimo capaz

de un perfectísimo conocimiento? Yo, médico y filósofo, no le hallé

jamás. Y como no es posible que semejante cuerpo exista, no creo

posible tampoco el perfecto conocimiento o, lo que es lo mismo, la

Ciencia.

Al llegar aquí tal vez me arguyas: --Para entender no necesitamos de

los brazos y piernas; por consiguiente, aunque ellos sean defectuosos,

mientras tenga bien el cerebro me basta. --No te basta --replico--,

pues las cosas físicas influyen no poco en la parte moral y en la

función del entendimiento, los órganos se corresponden todos y se

influyen mutuamente, aun los más apartados y distintos, por todo lo

cual un cerebro sano es incompatible con otros órganos enfermos.

Un miembro imperfecto, una deformidad cualquiera, un vicio morboso,

pueden ser adquiridos o congénitos: si el cuerpo viene mal conformado

desde los orígenes, anduvo el defecto ya en la materia de que se hace,

ya en la virtud generadora, y en ambos casos la imperfección es fatal

no sólo para el miembro u órgano defectuoso, pero también para muchos

o algunos de los demás, tanto en lo exterior como en lo interior. Y

si el vicio o deformidad sobreviene después, sea por causa interna

o externa, ocurren iguales alteraciones. En suma: un cuerpo cabal y

perfecto no existe o duraría un instante.

Luego, repito, no habiendo seres de tal perfección, no hay un

conocimiento perfecto, no hay un perfecto sabio, nada se puede saber de

un modo cabal.

Pero dirásme, tal vez, que también el hombre imperfecto, por muy

defectuoso que fuere, tiene capacidad para el ejercicio de las

ciencias. Yo te lo concedo gustoso, como te concedí otras muchas

cosas, pues aquí arguyo sin vanidad ni rigidez. Hay hombres, incluso

llenos de estigmas y deformidades, que son idóneos para el cultivo

de las ciencias, pero no todos ni cualquiera de ellos. Es necesario

que el hombre, dentro de su imperfección, esté dotado de un cierto

temperamento para ejercer con eficacia las disciplinas científicas.

¿Cuál será ese temperamento? Lo ignoramos. Pero aunque lo supiésemos

¿cuántas mudanzas del aire, del espacio, del alimento, de la edad, la

educación, las opiniones, las doctrinas, de todo cuanto rodea, influye

y mueve en este oleaje de la vida humana a nuestro cuerpo y nuestro

espíritu, no habrá de padecer el más capaz y atemperado de todos para

la investigación de la Verdad?

Piénsalo y experiméntalo en ti mismo.

Nuevas dificultades para la investigación de la Verdad.

Si el hombre es rico, trátase deliciosamente, dase a todos los gustos

del sentido, engorda, se enerva, tórnase todo carnal, inepto para la

contemplación y el estudio. Como el alma y el cuerpo --según dicen--

solicitan siempre cosas contrarias, el rico tiende a desamparar el

espíritu. Desde la niñez los padres no le consienten que se fatigue

con el estudio y el trabajo, sino que todo se lo disponen para culto y

regalo del cuerpo; únicamente celosos, y no siempre, de las costumbres,

de la moral exterior, enseñan a sus hijos (como hacen la mayoría de

los hombres por el impulso disculpable de la naturaleza) a cuidar la

salud, acrecentar el caudal y todos los demás bienes que suelen hacer

felices a las gentes vulgares, sin dejar resquicio ni vagar para el

estudio de las letras y ciencias. Mas aunque los padres permitieran

y desearan semejante estudio, ya se encargaran los hijos de rechazar

aquellas trabajosas disciplinas, pues el cuerpo apetece el ocio y tiene

al trabajo por enemigo mortal.

Las riquezas distraen el ánimo, los placeres le perturban, el mundo

le seduce y engaña. ¡Bienaventurados aquellos y dignos de eterna

admiración, que en el disfrute de los bienes del siglo, aciertan

a abandonarle y a despreciar sus falsos y vanísimos tesoros para

entregarse, pobres y libres, a la contemplación de las cosas! Pero

almas de esta sublime condición son aves raras en el mundo. Los hombres

abrazan la Ciencia para granjear aplauso, riqueza o dignidad, no por

sí misma, por amor desinteresado y puro. Y de esta suerte cada cual

trabaja mientras le urge para llegar al fin, no al fin de la ciencia,

sino al de su ambición...

* * *

Los pobres, en cambio, corren a los estudios con triste principio, con

medios adversos y también, casi siempre, con bastardo fin. Como es

la necesidad la que les impulsa, una vez saciada, suele concluir la

ciencia de los pobres, ya que no trabajaron sino para hurtarse a la

pobreza.

De aquí la frase: «El ingenio vuela, mas la pobreza lo deprime.» Y

aquella otra: «La bolsa llena hace al ingenio divino.» Y esotras de

un poeta: «Hase primero de buscar el oro, que ya vendrán con él la

fuerza y la sabiduría; sin Ceres y sin Baco se enfría Venus y también

Minerva...»

«Los papagayos charlan y aprenden mejor después de beber vino: tal les

sucede a muchos hombres.» Acerca de lo cual también se dijo: «Las copas

llenas ¿a quién no hicieron elocuente?» Y añado yo: ¿a qué no obligan

la sed y el hambre? No acabaríamos nunca si hubiésemos de contar las

desventuradas proezas a que impulsa la triste necesidad...

A todo el que estudia no debe moverle otro fin que saber. Al

necesitado, en cambio, no le mueve ese fin o sólo le mueve mientras

evita su necesidad. Así, quien sólo estudia por el vientre, cuando

lo llena cierra los libros y se echa las ciencias a la espalda. El

pobre, si no es apto para la contemplación de las cosas, no halla nunca

deleite en el estudio; y si es apto, su propia indigencia le impide

gustar esos manjares tan sutiles. ¿Hay algo más digno de compasión?

* * *

Y si todavía insistes en que el rico y el pobre son igualmente capaces

para la austera investigación de la Verdad, yo quiero suponer que es

así; pero ve cuántas dificultades se siguen.

Ambos han de ser instruídos desde los rudimentos, ya que nadie fué

tan dichoso que saliera enseñado del vientre de su madre o lograse

instruirse por sí mismo, sin necesidad de textos ni de aulas. Y

¡cuántas miserias en la instrucción y enseñanza de los jóvenes! ¡Cuán

pocos lograron haber buenos maestros!

Unos por la poca retribución o por desidia, por enfermedad o pobreza,

otros por envidia, temor o vanidad, por amor o por odio, por ineptitud

o ignorancia, por todas estas y otras muchas cosas, esconden o

desfiguran la verdad, si la conocieron alguna vez, y enseñan el error.

¿Qué mayor calamidad para un principiante? Bebido el error ya nunca se

sacude su ponzoña, sobre todo si se bebió en la niñez y era insigne la

autoridad del maestro.

De donde se dijo: A la vasija nueva dura el resabio de lo que se echó

en ella.

Por esta razón Timoteo pactaba retribución sencilla con el

principiante; mas a aquel que había aprendido con otro preceptor,

pedía retribución doble, pues que era menester doble trabajo, uno para

arrancar el error que había ya bebido y otro para sembrar la verdad.

De los errores en la enseñanza nacieron las sectas de los filósofos,

y aquello de jurar en las palabras del maestro; el pasar los años

disputando por cosas ociosas y peregrinas, unos para defenderlas, otros

para negarlas; llenar volúmenes sobre entender al profesor; fingir

nuevas e infinitas explicaciones, inteligencias y distinciones, las

cuales no imaginó él ni aun en sueños.

Y aún hay doctores tan sandios que se jactan de poder defender todo

lo que ha sido enseñado por éste o por aquel autor; dispónense para

ello con argucias y bagatelas, de tal manera cubiertos y armados de

enredos, que se parecen a los cazadores que acechan con redes y con

falsos silbidos a los tordos. Enredados no pocas veces ellos mismos,

no se pueden desenvolver, y así caen en la fosa que preparan a los

demás, como el cazador de Esopo, que mientras acechaba a la paloma, fué

mordido por la sierpe.

Tales también aquellos que usan de las máquinas de guerra (que llaman

arcabuces) y mientras a disparar aplican el ojo a la mira para que

salga recto el proyectil y ponen fuego a la pólvora, si está obstruída

la máquina, experimentan el efecto contrario: que el tiro vuelve atrás

y les atraviesa la cabeza.

Así estos falsos doctores mientras maquinan falacias, ellos mismos caen

en las redes de su propia falsedad.

* * *

Unos pretenden recoger lo esencial de un asunto y hacen un epítome.

Otros recorren tablas, capítulos, libros, que fueron confusamente

escritos por otros. Éstos, al contrario, amplían, añaden, extienden,

comentan y critican muchas cosas. Aquéllos se empeñan con supersticiosa

y fatua piedad en conciliar a los disidentes y reducir a la paz a los

beligerantes. Otros, al contrario, hacen enemigos a los que sienten

lo mismo, al afirmar que escriben y entienden cosas diversas. Esotros

afirman que tal obra es de aquél; sus adversarios pugnan por demostrar

que la robó del cercado ajeno. Y en probar tales monsergas, ¿qué de

argumentos no usan? ¿Qué no gritan? ¿Qué no claman? ¿Qué no torturan?

Si no bastan las pruebas falsas, emplean verdades reprobables, a saber,

contumelias, invectivas y libelos.

Finalmente, no contentos aún, vienen a las armas, para que lo que la

razón no pudo lo pueda la fuerza, a estilo militar.

Así, los que se dicen científicos se hacen brutos. Pues, ¿no es todo

esto furor y demencia?

Los que presumen de investigar la naturaleza nada hacen sino disputar

y absorber en minucias y simulacros toda su vida, como el perro, que,

viendo en el agua la sombra de la carne que lleva en la boca, suelta la

carne para asir la sombra en el agua, y como el toro, que, persiguiendo

al lidiador, cogida su capa, se ensaña en el trapo, sin preocuparse del

hombre.

Así los falsos investigadores de la naturaleza, que, a espaldas de la

realidad, no saben sino repetir, como papagayos, lo que en los libros

hallaron escrito, ignorantes seguramente de lo que dicen.

De tales entes hay una gran multitud en las ciencias; varones sinceros

que investiguen la realidad en sí misma, muy pocos, y aun esos pocos

varones son juzgados indoctos por los primeros y por el vulgo.

* * *

Y no es de extrañar.

Cada uno juzga a los demás por su propia condición.

Así, el docto juzga al docto y lo alaba, porque entiende lo que dice;

el ignorante le desprecia, porque no le entiende, y levanta al necio,

porque siente en necio; todo semejante goza con el semejante y rechaza

al que no lo es.

¡Ay del mozo infeliz que beba en la turbia fuente de tan ruines

preceptores!

Si estudia siempre bajo el mismo doctor, siempre errará, si erró

una vez. Y su error será cada vez más profundo. Error pequeño en un

principio es grande en el fin; dado un absurdo, síguense muchos. Y

¿quién hay que no yerre una vez? o ¿quién que yerre una sola vez? ¿no

erramos casi siempre?

Y si el joven es enseñado por muchos maestros ¿no le será más fácil

extraviarse y confundirse?

Pocos, a quienes amó el justo Júpiter y levantó el ardiente juicio a lo

celestial, pudieron librarse de errores y poseer todos los caminos de

la oscura selva. ¿Cómo, pues, no ha de perderse el miserable ingenio

del principiante, distraído y desgarrado en las contiendas y tumultos

de escuelas y maestros?

Este le inculca una doctrina; aquél se empeña en persuadir la

contraria. Pues ¿quién ve que convengan dos en todas las cosas?

El mayor juicio de certidumbre de una verdad y, por tanto, también de

alguna ciencia, es la concordancia de los doctores; pues la verdad es

siempre concordante consigo misma. Al contrario, nada arguye más la

incertidumbre de una ciencia que la diversidad de opiniones.

Basta advertir cuán común es esta diversidad en los doctores de

cualquier ciencia, para colegir también cuán poca certidumbre hay en

nuestros conocimientos.

Y así al débil novicio tráenle contrarios doctores en confusión y

ambigüedad. Sin acertar adónde orientarse, inclínase a éste o aquél,

según le parece; y con más frecuencia al que le engaña; pues éste es el

que más grita, con el desenfado propio de los que sostienen sinrazones.

Ahí tienes al sabio.

Así, durante mucho tiempo, lucha en los oleajes de esta furiosa

tempestad; las más de las veces toda la vida.

* * *

Que nada se sabe · 第 7 / 9 段