Todo esto pugna, al cabo, contra mí al querer probar que nada se sabe,

cuando hoy todo el mundo opina de diversa suerte. Pero, no obstante,

algo hay a mi favor en el fondo de ese optimismo universal. ¿No dicen

que la ciencia, para merecer tal nombre, ha de ser cierta, infalible

y perenne? Pues ¿qué juzgará de la certidumbre, infalibilidad y

permanencia del conocimiento científico el miserable anciano, por muy

experimentado que fuere, al cerrar las últimas páginas del libro de su

vida?

Resumen.

Quedan, a mi juicio, explanados los tres términos que hay que

distinguir en el problema del conocimiento: la cosa que ha de ser

conocida, el ente que conoce y el conocimiento mismo. Creo haber

mostrado la vanidad e impotencia de nuestro saber por razón de su

materia y la incapacidad de nuestras facultades cognoscitivas para

alcanzar algo que no sea exterior, mudable y limitado.

_Ciencia_, se dijo, _es el conocimiento perfecto de la cosa_; ¿y de qué

cosa podemos presumir un conocimiento semejante? ¿Puede darse el nombre

de ciencia a un conocimiento cualquiera? Tanto valdría decir que todo

el mundo es sabio; el docto lo mismo que el ignorante, los hombres lo

mismo que los brutos.

Y que la ciencia debe ser conocimiento perfecto nadie lo duda; la

incertidumbre está en que sea posible llegar a conocer perfectamente

alguna cosa. ¿En dónde y en quién hallar ese puro y perfecto

conocimiento? Lo ignoramos también, aunque lo más racional sea decir:

en nadie, en parte ninguna de este mundo.

Lo dijimos ya: el perfecto conocimiento requiere un ente perfecto,

una perfecta adecuación del entendimiento a la cosa que se pretende

conocer. Esa perfección del ente, esa _comprehensión_ intelectual nunca

las vi. Si tú las viste, lector, escríbemelo. Y dime, también, si viste

algo perfecto y cabal en la Naturaleza...

* * *

Nada me parece necesario añadir en punto a nuestra definición de la

ciencia y a la demostración de la tesis: _que nada se sabe_.

Si quieres más pruebas de esta cuestión, las hallarás copiosamente en

el proceso de mis obras, en todas las cuales me propuse, directa o

indirectamente, demostrar lo mismo. Por ahora, demos paz a la pluma y

reposo también al pensamiento, que ya este discurso creció harto más de

lo que yo deseaba.

Viste, pues, lector, las dificultades que nos arrebatan la ciencia.

Sé que no te agradarán muchas de las cosas que aquí dije y sospecho

también que, al acabar la lectura, me reproches que no he demostrado

nada.

A lo menos, dije lo que pienso con toda la llaneza, sinceridad y

rectitud que pude, ya que no quise cometer la misma falta que en los

demás condeno: la de probar mi tesis con razones traídas por la melena,

más oscuras y tal vez más dudosas que la cuestión.

Es mi propósito fundar, en cuanto me sea posible, una ciencia segura y

fácil, basándola no en quimeras y ficciones, ajenas a la realidad de

las cosas, y útiles sólo para mostrar la sutileza y el ingenio de quien

escribe, sino en los métodos firmes y positivos que puedan conducir a

una concepción científica verdaderamente racional y elevada.

No me faltaran a mí tampoco agudezas ni ingeniosas invenciones,

como al más pintado, si en tales artificios y arrequives hallara yo

contentamiento. Mas ¿qué deleite puede hallar un ánimo severo y libre,

que sienta la sed de la verdad, en esas ficciones, divorciadas de la

naturaleza, que antes engañan que instruyen y acaban por confundir lo

falso y lo verdadero? ¿Cómo llamarle ciencia a ese tejer y destejer

de sueños, de imposturas y delirios a esa invención de charlatanes y

prestidigitadores?

Tú, lector, juzgarás de todo ello: lo que aquí te pareciere bien

recíbelo con amor; lo que aquí te disguste no lo rechaces con odio,

pues fuera cruel hacer daño a quien intenta fustigar errores.

Examínate a ti mismo. Si algo sabes, enséñamelo. Te daré las gracias.

Yo, en tanto, ciñéndome a examinar las cosas, propondré en otro libro

si es posible saber algo y de qué modo; esto es, cuál puede ser el

método que nos conduzca a la ciencia en cuanto lo permita la humana

fragilidad.

Vale.

* * *

_Lo que se enseña no tiene más virtud que la que recibe de quien lo

enseña._

* * *

QUID?

ÍNDICE

Páginas.

DEDICATORIA. V

FRANCISCO SÁNCHEZ, AL LECTOR. XI

PRÓLOGO. XXIII

Todo es cuestión de nombres. No hay

nombre acomodado. 9

La ciencia. 16

Juicios lógicos. 20

La demostración. 21

Poco valor de los silogismos. 25

¿Qué es saber? 53

Elementos de la ciencia. 59

Casos prácticos. 64

Consecuencias. 68

Otra prueba de la ignorancia. 71

Etimologías. 77

Variedades humanas. 82

Cuestiones indecisas. 85

Otra causa de nuestra ignorancia. 89

Infortunio del hombre de letras. 101

El conocimiento y los sentidos. 103

Pobreza del sujeto cognoscente. 107

El conocimiento. 110

Medios internos del conocimiento. 129

De cómo la imperfección humana excluye

un conocimiento perfecto. 135

Nuevas dificultades para la

investigación de la Verdad. 149

Conclusión. Los únicos criterios

de la Ciencia: el experimento y

la crítica. 169

Resumen. 183

NOTAS

[1] Un distinguido profesor del Mediodía de Francia, y buen amigo de

España, Mr. Henry Pierre Cazac, me ha proporcionado algunos datos

biográficos de gran novedad relativos a la persona de Francisco

Sánchez, y que rectifican ciertas fechas tenidas hasta ahora por

seguras.

Consta en el libro de Astruc _Mémoires pour servir à l’histoire de la

Faculté de Médecine de Montpellier_ que Francisco Sánchez, español,

vino a estudiar medicina a Montpellier, y se inscribió por primera vez

en los registros de matrícula en 1573. Es imposible, por tanto, que en

esa fecha se hubiese graduado de doctor. Astruc añade que se graduó

en años sucesivos; pero no dice una palabra de su profesorado, y en

cambio advierte que Sánchez, terminada su carrera, pasó de Montpellier

a Tolosa, en cuya Universidad obtuvo una regencia o cargo de regente

_dont il s’acquitta avec beaucoup d’honneur_.

La dedicatoria del _Carmen de Cometa_ (1578) está datada de Tolosa,

donde Sánchez enseñó filosofía veinticinco años, y medicina por espacio

de doce.

Existe en la sala de Actos de la Universidad de Tolosa el retrato de

Francisco Sánchez con la siguiente inscripción, que rectifica la fecha

de su muerte admitida por todos los biógrafos, y que también admití

yo en la primera edición de este discurso. La inscripción dice así:

_«Franciscus Sanchez Lusitanus, antecesor regius saluberrimæ facultatis

medicinæ in alma Universitate tolosana, profesor. Obiit anno MDCXXIII

ætatis suæ LXX.--Quid? Liberalium artium cathedram prius occupaverat.»_

El _Quid?_ es muy significativo como divisa escéptica, y ninguna otra

tan apropiada para ponerse al pie de un retrato de nuestro filósofo.

El cambio de 1623 por 1636 se explica fácilmente por un trastrueque de

letras, que ha venido pasando de unos a otros escritores.

Sánchez dirigió por espacio de treinta años el hospital de Santiago de

Tolosa, según la _Biographie Toulousaine_.

Describiendo el retrato de Sánchez, conservado en Tolosa (donde

también está el de Raimundo Sabunde), me dice el Sr. Cazac que piensa

reproducirle al frente de su versión francesa de este discurso: _«Tête

longue avec une expression de finesse, qui n’exclut pas une certaine

bonhomie.»_

[2] Consta que existieron otros tres, citados en el _Diccionario_ de

Moreri: _Método Universal de las Ciencias_, en castellano: _Examen

Rerum, Tractatus de Anima_. Gran descubrimiento sería el de estos

libros, que quizá existan aún en algunas bibliotecas del Mediodía de

Francia.

[3] No se saben solamente las cosas que se _demuestran_, sino también

las que se _intuyen_. No es el único ni siquiera el principal criterio

de verdad la _razón_; lo son también la _inteligencia_ o potencia

intuitiva del mundo exterior y la _conciencia_ o potencia intuitiva del

mundo interior; ellas, aparte de los sentidos.

En este argumento apóyase gran parte del sofisma de los escépticos.

Que _yo existo_, que _el mundo existe_, etc., no sólo no se demuestran,

sino que no admiten demostración, como ningún axioma ni del mundo

empírico ni del mundo ideal. Basta que el objeto se presente

debidamente a la facultad suficientemente dispuesta para que el

conocimiento se verifique: para saber que existe este libro, que lo

estás leyendo, caro lector, te basta tenerlo delante, sin que nadie te

lo demuestre. _Nota del Trad._

[4] Es decir, ya sé menos todavía en eso de andar por géneros próximos

y diferencias específicas... _N. del T._

[5] Aristóteles.

[6] Aristóteles y sus discípulos.

[7] No se sabe solamente lo que se prueba. Las más de las cosas las

sabemos por intuición. No podrás _probar_ que existe este libro que

estás leyendo, lector amable, pero sabes _ciertamente_ que existe por

que lo _intuyes_. Obsérvese que ahí estriba todo el sistema escéptico,

en ese falso concepto del valor de los criterios de verdad y de

certeza. _Nota del Trad._

[8] Recuérdese que _Barbara_ es una palabra bárbara con que los

escolásticos exagerados por amaneramiento y extremos de sutileza

expresaron uno de los modos del silogismo.

[9] Pronto se dejó sentir nuestro colosal esfuerzo colonizador en

América.--(_N. del T._)

Que nada se sabe · 第 9 / 9 段