ciertamente trató del alma muy hermosamente y con mucha sabiduría, como
de tantas otras cosas en que se ocupó. Pero no del todo absolutamente,
no con orden, no totalmente. Muchas cosas dijo que engañan la mente
con la exterior ampulosidad de las palabras e, ingeridas copiosamente,
parece que amortiguan el hambre, pero escudriñadas hondamente, por fin
dan engaño y dejan la cuestión tan difícil como antes, como mostraremos
en su lugar.
El conocimiento.
Mas ahora sujetémonos al negocio que interesa de presente.
¿Qué es conocimiento? La aprehensión de la cosa. ¿Qué es aprehensión?
Apréndetelo de ti, pues yo no puedo ingerírtelo todo en la mente.
Y si insistes diré: intelección, perspección, intuición. Si sigues
preguntándome de estas últimas cosas, callaré. Distingue, no obstante,
la aprehensión de la recepción; pues recibe el perro la imagen del
hombre, de la piedra, de la cantidad; pero no conoce. Y aun recíbela
nuestro ojo y tampoco conoce. Recíbela el alma muchas veces y no
conoce, como cuando admite lo falso, cuando se ofrecen a un ingenio
tardo cosas obscuras.
Distingue también el conocimiento propiamente dicho que ahora
describimos, pero que no conocemos, de otro impropiamente dicho, por el
cual dícese que conoce cada cual aquellas cosas que vió en otra ocasión
y retiene en la memoria ornadas con las propias señales. Pues con este
conocimiento dícese que conoce el niño al padre y al hermano, y el
perro al dueño y el camino por donde fué.
Divide, después, todo conocimiento en dos: Uno perfecto, por el cual se
contempla y entiende la cosa por todas partes, por dentro y por fuera,
y ésta es la ciencia que ahora quisiéramos conciliar con los hombres,
pero que ella no quiere. Otro imperfecto, por el cual apréndese la cosa
de cualquier manera. Y éste nos es familiar. Pero es mayor, menor, más
claro, más obscuro y, finalmente, dividido en varios grados, según los
varios ingenios de los hombres.
Este segundo conocimiento lo hacen doble.
Uno externo, que se hace por los sentidos y le llaman, por
consiguiente, sensual; otro interno, que es por sola la mente, pero
nada menos que eso.
De otra manera se han de considerar estas cosas.
El hombre es un solo cognoscente. Uno solo el conocimiento en todas
estas cosas; pues es una sola la mente que conoce lo externo y lo
interno.
El sentido nada conoce, nada juzga; sólo recibe lo que ofrezca a la
mente que ha de conocer. Del mismo modo que el aire no ve los colores
ni la luz, aunque los reciba para ofrecerlos a la vista.
* * *
Sin embargo, tres son las cosas que son conocidas por la mente de
diverso modo.
Unas son totalmente externas sin la menor acción de la mente.
Otras totalmente internas, de las cuales algunas son sin acción de la
mente, y otras no del todo sin esta acción.
Otras, en parte externas, en parte internas.
Finalmente, aquéllas se dan por los sentidos: las segundas, de ningún
modo por éstos, sino inmediatamente por sí; las últimas, por fin, parte
por ellos, parte por sí.
Expliquemos todo esto.
El color, el sonido, el calor, no pueden ofrecerse por sí a la mente,
para que los conozca, si no imprimen la imagen de sí (aceptemos ahora
que se hace la sensación por la recepción de las especies) a un órgano
apto para recibirla, la cual imagen u otra parecida se ofrece a la
mente para que la conozca o conozca la cosa de la cual es ella especie,
mediante ella.
Mas lo que es obra exclusiva del entendimiento, la que es hija suya
y está dentro de nosotros, no se muestra al entendimiento por
otras especies sino por sí misma. Tales son muchas cosas que él se
finge; como también cuando excogita algo nuevo y lo concluye con
muchos discursos, cuando entiende él su intelección, y cuando hace
conjunciones, divisiones, comparaciones, predicaciones y nociones, y
aplicando el ánimo a ellas, las conoce por sí mismas. Y son del segundo
género todas las cosas internas idénticas con el entendimiento, las
cuales, no obstante, se hacen o son sin su acción; como la voluntad, la
memoria, el apetito, la ira, el miedo y las demás pasiones y cuanto hay
interno, lo cual es conocido por el mismo entendimiento, inmediatamente
por sí.
Hay, finalmente, muchas cosas que, en parte, llegan a él por el
sentido, en parte son hechas por él. La naturaleza del electro y de
la piedra imán, de modo alguno puede ser alcanzada por el sentido.
Pero vestida de color, magnitud, figura, es llevada al ánimo por
los sentidos. Este la despoja de aquellos accidentes. Lo que queda
lo considera, lo vuelve, lo compara; finalmente, fíngese una cierta
naturaleza común, como puede.
Esos filósofos levántanme a los cielos las inteligencias; yo oigo
lo que dicen; pero no lo entiendo aunque finjo algo que me inspira
inteligencia.
Por todas partes percibo el aire con el tacto; pero no tiene imagen
alguna en mi mente, sino cierta que yo me fingí como de un cuerpo
incorpóreo, sin saber lo que es.
Pienso del mismo modo en el vacío, y aun comprendo el infinito, no
comprendiendo jamás el fin; pero, en medio de su pensamiento párome
forzado al advertir que es infinito lo que, añadido al infinito,
imaginando lo infinito, nunca le pondré términos con la aprensión;
y así fingiré una especie ciertamente determinada, pero de la cual
ninguna extremidad es determinada y perfecta, sino cuasi defectuosa;
una noción, que no es terminada ni terminable; porque se le pueden
añadir eternamente partes infinitas por ambos extremos.
¿Qué hacer? Miserable es nuestra condición. En medio de la luz nos
cegamos. ¡Cuántas veces pensé en la luz y siempre la dejé impensada,
desconocida, incomprendida!
Lo mismo es si contemplares la voluntad, el entendimiento y otras
cosas que no se perciben por los sentidos.
Estoy cierto de que esto que ahora escribo quiero pensarlo, escribirlo
y deseo que sea verdadero y sea aprobado por ti; pero no lo procuro con
exceso.
Mas cuando me empeño en considerar qué es este pensamiento, este
querer, este desear, este inquirir, ciertamente desfallece el
conocimiento, frústrase la voluntad, crece el deseo y aumenta la
angustia.
* * *
Nada veo que pueda alcanzar o aprehender.
Y, ciertamente, en esto, es superado el conocimiento que se hace de
las cosas internas sin el sentido por aquel que se tiene de las cosas
externas por los sentidos; pues algo alcanza el entendimiento de lo
exterior: la figura del hombre, de la piedra, del árbol, que tomó del
sentido: y así le parece que comprende las cosas por sus imágenes.
Pero en aquel que se hace de las cosas internas, nada halla el
entendimiento que pueda comprender; y discurre aquí y allí, palpando
como ciego...
Y al contrario, es vencido en certidumbre el conocimiento que se tiene
por los sentidos de las cosas externas, por aquel que es traído por
aquellas cosas que hay en nosotros o son hechas por nosotros. Pues soy
más cierto de que yo tengo apetito y voluntad, y que ahora pienso esto,
ahora huyo de aquello o lo detesto, que si viese un templo o un hombre.
Dije que de aquellas cosas que hay en nosotros o en nosotros se hacen,
estamos ciertos que existen en realidad. Y de aquello que, juzgando,
opinamos de las cosas por discurso y raciocinio, y colegimos que son en
la realidad como nosotros las juzgamos, es inciertísimo el conocimiento.
Esme más cierto que este papel en que escribo existe y es blanco, que
es compuesto de cuatro elementos y que éstos están en él en acto y que
tiene otra forma por ellos.
Finalmente, si quitas lo que hay en nosotros o es hecho por nosotros,
el más cierto conocimiento es el que se hace por los sentidos, y el más
incierto de todos es el que se hace por el discurso; pues éste no es
verdaderamente conocimiento, sino tiento, duda, opinión, conjetura.
De lo cual síguese que no es ciencia la que se obtiene por silogismos,
divisiones, predicaciones y otras parecidas acciones de la mente.
Pero si pudiera hacerse que, al modo como percibimos con el sentido,
de alguna manera, las externas cualidades de las cosas, así
comprendiésemos la interna razón de cualquier cosa, entonces se diría
que sabemos verdaderamente. Pero esto nadie lo pudo jamás, que sepamos.
De donde nada sabemos.
Mas del conocimiento de las cosas internas y del otro que llamo no
conocimiento, sino opinión, que se hace por conjunciones, negaciones,
comparaciones, divisiones y otras acciones de la mente, se tratará más
en su lugar, donde se manifestará la insuficiencia de ambos.
Ahora baste con decir algo de aquel que se tiene de las cosas externas
mediante los sentidos.
En éstos hay dos medios, a veces tres o cuatro: pero siempre dos, por
los cuales se produce la sensación, ya se haga ella internamente, ya
por transmisión (no nos detenga ahora esto). El uso interno, el ojo;
el otro externo, el aire. ¿Conócese por ellos alguna cosa? De ningún
modo. Pues lo que debe conocerse perfectamente no debe conocerse por
otro, sino por el mismo cognoscente, por sí mismo inmediatamente.
Mas ahora la substancia de las cosas se muestra mediante los accidentes
que se perciben por los sentidos o, al contrario, escóndese a ellos.
La mente infórmase de la substancia de las cosas por los falaces
sentidos o, de otra suerte, es engañada. ¿Cómo, pues, podemos saber
algo perfectamente? Y la ciencia debe ser de las substancias de las
cosas...
Pues de los accidentes ¿puede haber perfecto conocimiento? Menos
todavía. Por un lado ayudan, a saber, porque son percibidos por los
sentidos; por muchos lados perjudican, a saber, porque los mismos
accidentes no llegan a nosotros, sino tan sólo sus imágenes y,
finalmente, porque engañan muchas veces al sentido.
Esto por la variedad del medio, tanto externo como interno, en la
substancia, sitio y disposición.
Baste hablar de uno de los sentidos.
Por ejemplo, de la vista.
La cual aunque se haga por órgano perfectísimo y sea el más cierto y
nobilísimo de los sentidos, no obstante, muchas veces se engaña.
El medio externo suele ser vario; por consiguiente, impresiona al
sentido variamente. El aire parece que presenta mejor las cosas
comunes, pues aparece exento de todo color; el agua las representa de
otra manera. Esto las cosas naturales.
Las muchas cosas artificiales, como el vidrio, el cuerno en láminas, el
cristal y otras cosas parecidas, de otro modo.
¿A cuál creer?
Con la vista no sólo se disciernen los colores, sino también la
magnitud, el número, la figura, el movimiento, la distancia, la
aspereza, la brillantez, y lo que a esto se refiere, como la igualdad,
la semejanza, la velocidad y lo contrario de esto.
El agua hace obscuros a los cuerpos, los duplica, los aumenta, los
disminuye, los cambia de figura, los hace más crasos, más móviles, más
tenues. Y no siempre obra de este modo, sino también de otra suerte.
En el aire a veces se tornan los cuerpos ligerísimos; en el viento,
obscuros; dobles en el eco, al sol, a la luna; a veces al contrario.
En ocasiones lo pintado aparece esculpido y vivo, y lo esculpido
también muchas veces palpitante.
El vidrio, el cuerno y el cristal, parecen mayores y menores; densos,
tenues; del mismo color, de vario color; finalmente, según la voluntad
del artífice. De ahí tanta diversidad de espejos y de lentes.
¿Cuál de ellos los expresará mejor y con más verdad?
¿Qué decir del aire? Pues del color hay mucha mayor duda. ¿Cuándo se
le ha de creer? Cuando es más próximo a su naturaleza y menos alterado
por extraño. Pero ¿quién conoce su naturaleza? ¿Quién lo vió simple?
Perpetua mudanza por el sol, la luna y otros cuerpos de arriba y de
abajo por la tierra, el agua y los mixtos.
Del vidrio y el agua hase de juzgar lo mismo, y aun es más difícil la
solución.
* * *
Esto cuanto a la substancia del medio externo, a la cual refiérense
también la densidad o la ligereza, la magnitud o la parvedad, esta o
aquella figura del medio por el cual se ve algo y todo ello aunque
no se halle todo en el aire; sin embargo, los medios artificiales
hacen variar mucho la cosa vista. Pues el vidrio grueso lo muestra
de otro modo que el tenue; el cuadrado o redondo de otro modo que el
triangular; el grande de otro modo que el pequeño. Muestran esto los
cristales de fabricación varia y las normas del vidrio, por las cuales
ves las cosas derechas o invertidas de este o de aquel color y figura;
finalmente, diversas de lo que son.
El agua del mar en gran volumen se ve azul y lo que debajo de ella está
se ve del mismo color; pero en pequeña cantidad, blanca.
* * *
La situación varia de la cosa suele también variar el sentido. Lo mismo
del medio. Esto es manifiesto en las lentes; si aplicas el ojo te
presentan el objeto de otro modo que si lo apartas algo.
En el aire lo mismo. El astro en su perigeo aparece igual, oblongo,
quieto, pequeño, rojo; en su apogeo redondo, radiante por doquiera
y desigual, destellante y móvil (de donde tomó Aristóteles su
demostración para probar que los planetas están cerca de nosotros,
porque no destellan), grande, claro y sin color.
Los que están lejos aparecen obscuros, pequeños; los demasiado
próximos, o no se ven o de otro modo que son.
¿Qué hacer? Atenerse al medio. ¿Dónde está aquel medio? ¿Es a dos pasos
o a alguna distancia determinada?
El que está lejos de nosotros, aunque corra muy aprisa, sin embargo,
parece que se mueve muy lentamente; principalmente si lo miras desde
abajo, viniendo de lo alto, o al revés.
Lo que se hace muy despacio escapa al sentido; como el movimiento de
las agujas en el reloj.
¿Cómo juzgar con certidumbre?
De ahí surge perpetua duda de la magnitud de las estrellas, callando lo
de la distancia, de la celeridad, del lugar, lo cual todo parece que
depende de aquélla. Lo que tenemos a la mano es posible explorarlo
de cualquier modo y de tiempo en tiempo y con diversos sensorios, si
son comunes, y conocerlo próximamente con mayor certeza. Pero aquéllas
¿quién puede?
Y no es esto sólo. Si ves de lejos, lector, un palo medio sumergido en
el agua, aparecerá torcido y roto. Dirás que, sin embargo, está entero,
porque lo has experimentado de otra manera. Y si está roto, aparecerá,
no obstante, roto, pues no vale aquí la razón de los contrarios.
Afirmarás que está entero por la anterior razón, y sin embargo, es
falso. ¿Qué harás si no puedes sacarlo del agua? Quedarás en duda.
Y en los colores cuánto importa la situación lo muestra el iris, un
vaso de cristal lleno de agua, la paloma irisada, las telas de seda
tejidas de diversos colores, la proximidad de un cuerpo luminoso de
otro color (como también si sobrepones perpendicularmente a un plano
una lámina de oro o de plata, y mucho más si la inclinas hacia abajo);
lo cual, todo, movido acá y allá, presenta muy vario color.
¿En qué posición, dirás, tienen el verdadero color?
En la misma parte unas veces aparece rojo, otras amarillo, luego azul.
¿Cuál de estos colores es el más propio? Sólo podemos dudar.
* * *
Y que el número, la figura, el movimiento y la magnitud varían por la
variación del sitio (en cuanto al sentido entendemos, no en sí) no hay
por qué lo mostremos prolijamente, porque puedes experimentarlo por el
uso cuotidiano.
Y baste esto del sitio.
* * *
Es necesario que la varia disposición del medio varíe aquellas cosas
que por él nos son ofrecidas.
Ya en parte lo dijimos.
En el aire denso todo aparece obscuro, pequeño. En el tenue, al
contrario.
En el prado todo se hace verde. Cerca de lo rojo y de lo amarillo los
cuerpos se tiñen con estos colores.
En la mucha luz no se puede ver, principalmente los cuerpos blancos
o los muy brillantes. En las tinieblas, menos. Acerca de éstas y de
aquélla todo son dudas o errores. ¿Cuál es el medio? Desígnalo tú.
Pero también en el aire iluminado por fuegos artificiales vense unos
y otros colores y otras figuras, según la variedad de la materia del
fuego.
Si el medio es el vidrio o el cristal, vese la cosa de una o de otra
manera, según los colores de aquéllos y las varias figuras y densidad.
Éstos son los medios por cuyo intermedio se ven las cosas. Y unos
las muestran por su superficie. En éstos no hay consistencia alguna.
¡Cuántas figuras monstruosas, ridículas, multiplicadas, invertidas,
truncadas! ¿Qué no fingen los espejos? ¿Qué juzgarás de éstos? ¿Ves
aquella figura? No existe; ¿cómo la ves? Y, no obstante, la ves; ¿cómo
es ello? Lo ignoras no sin razón.
* * *
Pasemos ya al medio interno, en el cual acontecen tantas dificultades.
Levantado un ojo o atravesado, se ven dos cosas (aunque sintió lo
contrario Aristóteles). De donde es de extrañar que los que padecen
estrabismo no vean dobles todas las cosas. Pero daremos la razón en el
examen de las cosas.
Sucede lo mismo si, acostándote de lado, tienes delante de ti algún
cuerpo que tape el ojo inferior; pues entonces el ojo superior verá
todo lo que está debajo de aquel cuerpo; pero el otro sólo aquel
cuerpo y no distintamente, sino como en nubes; y así, mirando un ojo
lo que está detrás del cuerpo y el otro el mismo cuerpo, parece que
vemos a la vez dos cuerpos, de los cuales el uno está sobre el otro. Y
experimentarás todavía mejor esto si moviendo un ojo hacia el ángulo
exterior miras lo que está de lado. Pues entonces, dirigiendo allí el
otro ojo, se pone de por medio la nariz y aparece que se sobreponen a
modo de sombra las cosas que son vistas por el otro ojo.
Del mismo modo, si presentas a los ojos el dedo, pero no lo miras,
sino que atiendes a aquellas cosas que están o detrás de él o a sus
costados, aparecerá doble.
Lo mismo sucederá si converges ambos ojos a la nariz; todo se verá
doble.
Movido un ojo, lo que se ve parece que se mueve. Y aun de dos cosas
aparentes muévese la una estando quieta la otra. Y una se mueve a la
derecha, otra a la izquierda si, mirando al libro, mueves continuamente
los ojos por sí mismos sin ayuda del dedo, mirando sólo las líneas y no
leyendo.
* * *
Añádese también a estas cosas la posición del ojo, hundido o saltón,
por naturaleza o por accidente. De las cuales situaciones hay mucha
diversidad en el ver. Y mucho más si uno está hundido y el otro
prominente. Y también si el uno mira arriba y el otro abajo; pero
aquí hay manifiesto error. Pero cuando ambos están hundidos o ambos
saltones, ninguno.
A la situación de los ojos refiérese también la mayor o menor abertura
u oclusión del párpado.
Si miras una luz, guiñando los ojos, aparecerán muchos rayos que se
extienden hasta los ojos y se mueven conforme al movimiento de los
párpados; si los abres totalmente, se paran y no son tan largos.
Baste esto a modo de ejemplo, de lo cual podrás tú conjeturar y
experimentar otras muchas cosas.
Los colores se mudan por la varia posición de los ojos no menos que por
la varia posición del objeto que se ha de ver y del medio; pero ya se
dijo.
Todo esto tal vez lo tienes tú en poco y no piensas que pueda impedir
la ciencia. Pero no es así. Pues estas cosas movieron a muchos para
que dudasen también de todo lo que aparece a los sentidos y creyesen
que los colores no son permanentes en las cosas, sino que son hechos y
variados por la luz. De lo cual se habló por nosotros en otra parte,
como verás; pero vayamos ya a la substancia.
Medios internos del conocimiento.
Cuentan los filósofos cinco medios internos: la vista, el tacto, el
gusto, el oído, el olfato.
Las substancias de todos ellos son diversas. Por consiguiente, son
también percibidas por los sentidos cosas diversas; pero, sin embargo,
las hay comunes; las tocamos arriba: la magnitud, el número, la figura,
etc.
El ojo ve un solo golpe; el oído percibe doble golpe; si no lo
hubiese visto el ojo, sin duda juzgaría que había habido dos golpes.
Supongamos un ciego; daré dos golpes, o bien uno, pero lejos de mí e
inmediatamente otro, como por el eco. Advertido por alguno, si nunca lo
viste, dirás que es por el eco, y será falso. Más: supongamos que ves,
y mando que otro, oculto, dé un golpe después de darlo yo; dirás que es
el eco, y no es.
Corriendo un caballo, muchas veces juzga el oído que son dos; o si son
dos y marcan el paso a un tiempo, parece que es uno solo. Pues la vista
si está a distancia de las cosas, si son muchas las que se mueven, se
engaña más todavía.
En la magnitud ocurre otro tanto: lo que el ojo ve pequeño, lo aprecia
grande el oído, y al revés. En la figura engáñase mucho más la vista
que el tacto; como también se engaña éste menos que aquélla en la
magnitud. Y en la distancia, ambos sentidos yerran igualmente: lo que
está cerca, parece también alguna vez distantísimo al que lo ve o
escucha.
No menos se engaña el tacto en la distancia; pues al sentir algo muy
caliente, aunque sea de lejos, lo juzga, no obstante, como próximo, por
la fuerte impresión que recibe. De igual manera ¿cuántas veces no se
engaña el olfato?
¿A qué proseguir? Nada más cierto que el sentido, nada más falso que él.
* * *
Añade ahora a lo anterior las varias disposiciones de todos estos
órganos, las cuales no pocas veces nos extravían y confunden.
Los diversos colores de los ojos, los varios temperamentos, la
capacidad, sustancia, posición, virtud y transparencia de los tejidos
y humores que hay en ese aparato complejísimo, ¿no engendran, por
ventura, gran diversidad en la visión?
Muchas veces por causa externa parece que vemos nubecillas, moscas,
telarañas y otras cosas semejantes, cuando en realidad no las hay.
Inflamado el ojo, todo aparece bermejo; empapado de bilis, cetrino. Si
se adhiere humor a la pupila, todo aparece perforado o cubierto de un
velo, grande o sutil, claro u obscuro.
Estos achaques son morbosos; pero aun quienes tienen la vista sana,
ven mejor ya de lejos, ya de cerca; unos ven más agudamente, otros
con menos claridad; éste ve grande, aquél pequeño; éste rojo, aquél
amarillo. Finalmente, nadie ve con perfección o del mismo modo que los
demás.
¿Qué mucho, pues, que, por el ojo, tan sujeto a mudanzas y aun tan
vario en sí y no menos por el aire y todavía más móvil e incierto,
veamos nosotros las cosas también confusas e inestables, de muy diversa
suerte que ellas son, y que perpetuamente nos engañemos y no podamos
alcanzar cosa alguna con certeza y, por consiguiente, nada podamos
afirmar?
Y cuenta que la vista es el más principal y cierto de todos los
sentidos...
* * *
Pues si te vuelves a las otras cosas, aún hallarás mayores dudas y
tinieblas.
¿Cómo lo que es siempre caliente juzgará con igual rectitud de lo
caliente y de lo frío? Así acontece que los que están en las termas o
baños artificiales, juzgan fría la orina y el agua tibia, lo cual de
suyo es falso.
¿Por ventura todo lo que tocamos no está en el aire y es influído por
él?, ¿por ventura no somos nosotros afectados perpetuamente por el
mismo? Y el aire ¿no lo es por el agua, tierra y astros?
¿Qué obliga, pues, a decir que el agua es fría, ni que el aire es
caliente? A los muy ardorosos, lo menos cálido aparece frío. Tales,
por ventura, nosotros. En invierno, porque somos harto impresionables
al frío exterior, el agua recién sacada del pozo o la fontana se nos
antoja caliente porque es menos fría que la que corre al cierzo; en
verano, aunque caliente, parece fría, y el aire, si lo mueves con
un abanico, parece también más fresco, siendo, no obstante, de suyo
caliente, y en el estío más.
¿Qué es, pues, el calor? ¿Qué el frío? Para entender qué cosas son
calientes o cuáles frías, nada puede aquí la razón. ¿Quién conoce la
íntima razón de las cosas? Nadie. El juicio hase de confiar a los
sentidos.
Mas, aunque el sentido percibiera muy bien y discerniese aquellas
cualidades, no por eso las sabría mejor: las conocería exteriormente,
como el rústico distingue su asno del buey del vecino o de su propio
rocín.
¿Qué sabemos, pues? Nada.
* * *
Discurre por otros sentidos. Menos. Y este es el principal conocimiento
de los hombres. ¿Qué hará la mente engañada por el sentido? Engañarse
más. Supuesta una falsedad, inferirá otras muchas, y de éstas otras
(pues error pequeño en los comienzos es grande en el fin).
Últimamente, cuando advierte el error (pues la verdad es única y
consecuente consigo misma), vuelve atrás la inteligencia; busca el
lugar que es causa del defecto. No lo halla; sospecha de éste o de
aquél; investiga nuevamente sin acertar a conocerlo, porque la verdad
está sobre el sentido y el hombre, engañado por él, cuando no por los
errores de la razón, fluctúa entre muchas probabilidades sin llegar a
una conclusión definitiva.
Lector: experiméntalo en ti mismo. No te impongo mis opiniones; si
estuviese contigo, acaso te mostraría fácilmente de palabra que todo es
dudoso; pero, lo escrito no permite tan espaciosa libertad.
Mas por lo arriba dicho pudiste verlo siquiera en torpe esbozo;
después, acaso lo verás mejor.
De cómo la imperfección humana excluye un conocimiento perfecto.