De las otras especies, ya de animales, ya de plantas, según la diversa

situación del orbe, puede decirse lo mismo; pues que, en las diversas

tierras y mares del mundo hay tanta muchedumbre de especies, que

parecen distintas y lo son. Nada, sin embargo, se sabe, puesto que

no conocemos las formas de unas y otras cosas, por las cuales se

distinguen.

Añade que, para mayor ignorancia nuestra, nos esta vedado el acceso de

algunas cosas o por el espacio o por el tiempo, y ellas son la mayor

parte. De ahí, que haya gran duda de aquellas cosas que se hacen y son

en el mar, en las entrañas de la tierra, en las alturas atmosféricas y,

finalmente, en los más elevados cuerpos.

Y no sin razón, pues todo conocimiento procede del sentido; por el

cual, como no puedan ser percibidas aquellas cosas, tampoco pueden

saberse, y mucho menos que las que están con nosotros, pues de éstas no

dudamos que sean, mas de muchas de aquéllas hay variedad de opiniones,

y ni aun se sabe que existan ni la razón fuerza a ello, antes, a veces,

dice lo contrario.

Cuestiones indecisas.

Corresponde también a este lugar la cuestión de la pluralidad del

mundo, de lo que está fuera del cielo y otras parecidas.

Y no es esto sólo, sino que en las diversas partes de la tierra (que

uno mismo no puede recorrer todas, pero que es necesario), por la

multitud de las cosas dichas poco ha, son varias las opiniones de los

hombres y ninguna la ciencia.

Y de las cosas que sucedieron mucho tiempo antes de nosotros y de las

que después sucederán ¿quién puede afirmar algo cierto?

Con ocasión de esto es aguda la controversia habida hasta aquí entre

los filósofos acerca del principio del mundo, de su eternidad o de su

duración y fin; al cual nadie impuso, que sepamos, fin, ni habría de

imponérsele por ciencia.

Pues ¿cómo lo corruptible podrá mostrar algo con certeza de lo

incorruptible, lo finito de lo infinito? ¿Qué sabe de la eternidad

quien vive sólo un instante como sí no viviese y aun como si no fuese

de lo sempiterno?

De todas estas cosas, que son muy nobles y muy necesarias para el

conocimiento de todo lo demás, hay dudas en la Filosofía; la ignorancia

de ellas trae, como consecuencia, el desconocimiento de todo.

Y que nada puede saberse perfectamente, del modo humano, vese claro

en que el Peripatético con toda su escuela empéñase en probar con

innumerables razones que el mundo es eterno y que no tuvo principio

ni tendrá fin; y esto fué persuadido a los filósofos. De donde aquel

romano (Plinio) tomó fundamento para su _Historia Natural_.

Y ciertamente, si te guías por la razón humana; lo advertirás mejor

todavía. Pues viniste al mundo ya hecho, y tu padre también, y tus

abuelos; marcharon ellos y marcharás tú, y verás a otros que nacen y

mueren, mientras el mundo subsiste. Y no hay nadie que asegure o de

palabra o por escrito, que vió el principio del universo o que vió a

alguno que lo haya visto, o haya oído de otro que lo vió. Y, como dice

el Sabio, «pasa una generación y viene otra generación; pero la tierra

se mantiene perpetua; nace el sol y se pone, y vuelve a su lugar y,

renaciendo allí, dirige su curso hacia el Mediodía, y declina después

hacia el Norte; corre el viento soplando por toda la redondez de la

tierra y vuelve a comenzar sus giros. Todos los ríos entran en el mar,

y el mar no rebosa; van los ríos a desaguar en el mar, lugar de donde

salieron, para volver a correr de nuevo. Todas las cosas del mundo son

difíciles; no puede el hombre explicarlas con palabras».

Oíste el parecer de los filósofos; sin embargo, ves que lo contrario es

totalmente verdadero, según la fe, y que el mundo fué creado, y que ha

de tener fin, al menos según las cualidades que ahora tiene. Pues no

será aniquilado, según aquello del Rey profeta: «Y como una vestidura

los mudarás y serán renovados». Lo cual todo se sabe por divina

revelación, no por discurso humano.

Y así aquel divino legislador, Moisés, teje divinamente desde la

creación del mundo su divina historia, inspirado por el espíritu

divino; totalmente al revés de lo que hizo Plinio.

Por consiguiente, tiene alguna excusa la opinión de los filósofos; pero

ninguna la pertinacia en el descreimiento ni la contumacia contra la fe.

Pero volvamos atrás.

Otra causa de nuestra ignorancia.

Hay también otra causa de nuestra ignorancia: que es tan grande la

sustancia de algunas cosas que no puede absolutamente ser percibida

por nosotros; en el cual género está el infinito de los filósofos,

si hay alguno, y el Dios de los nuestros, que no puede tener medida

alguna, ni límite alguno, ni por consiguiente, puede ser de modo alguno

comprendido por nuestra mente.

Y no sin razón: pues debe haber cierta proporción del que comprende

a lo comprendido, de manera que el que ha de comprender sea mayor

que lo comprendido o, al menos, igual (aunque esto parece que apenas

puede realizarse, que un igual comprenda a otro igual, como veremos

en el tratado del espacio; pero ahora concedámoslo); mas, nosotros no

tenemos proporción alguna con Dios, ni lo finito con lo infinito, ni lo

corruptible con lo eterno.

Por esta misma razón El conoce todas las cosas, como que es mayor que

todo, superior, más excelente o mejor, y para que no parezca que hago

comparación con las criaturas, es máximo, supremo y excelentísimo.

Cuanto es más cercano a este Artífice, por la misma razón nos es más

desconocido.

* * *

Hay otro linaje de cosas totalmente contrario a éstas, de las cuales es

tan pequeño el ser, que apenas puede ser comprendido por la mente.

De esas cosas infinitamente pequeñas hay grande abundancia, y su

conocimiento es muy necesario para la ciencia, y, sin embargo, casi

ninguno tenemos.

Tales son, tal vez, todos los accidentes, que casi son nada; de

tal manera, que hasta ahora ninguno hubo que haya podido explicar

perfectamente su naturaleza, como tampoco de las demás cosas.

Nada sabemos: ¿cómo, pues, lo podríamos explicar?

Ni es de extrañar, si algunos juzgaren que los accidentes nada son en

sí, sino sólo ciertas cosas que nos aparecen, las cuales nos aparecen

varias según nuestra varia condición y disposición; como quien está

febril todo lo juzga caliente, quien tiene lengua amarilla empapada de

bilis todo lo juzga amargo.

* * *

Todavía queda en las cosas otra causa de nuestra ignorancia, a saber,

la perpetua duración de algunas, la perpetua generación de otras, la

perpetua corrupción y la perpetua mudanza.

De suerte, que, no viviendo siempre, no puedes darte cuenta de ellas;

ni tampoco de éstas últimas que no son jamás las mismas, y que tan

pronto son, como no son.

De ahí sucede que la disputa acerca de la generación y la corrupción

está todavía sin resolver, acerca de la cual diremos en otro lugar lo

que sentimos.

¿Cuántos modos hay de generación, cuántos de corrupción? ¿Cuántos de

crear, cuántos de destruir?

Y entre el nacimiento y la muerte, ¿cuántas mudanzas se hacen?

Innumerables.

En los vivientes, la perpetua nutrición, el crecimiento temporal,

el estado, la decadencia, la generación, la variación de partos, la

mudanza, los defectos, las añadiduras, la perfección de las costumbres,

las acciones, obras diversas, muchas veces contrarias en el mismo

individuo; todo es variación y movimiento.

Ni es de extrañar si fué sentencia de algunos, que de un mismo hombre,

después de una hora, no puede afirmarse que sea el mismo que antes

de ella; no se ha de rechazar totalmente, acaso tal sentencia es

verdadera. Pues es tanta la indivisibilidad de la identidad, que si

añades o quitas un solo punto de cualquier cosa, ya no es enteramente

la misma; pero los accidentes son de esencia del individuo los cuales

variando perpetuamente, le imprimen variación.

Sé, dices, que mientras permanece la misma forma, es siempre el mismo

individuo, pues de ella llámase algo _uno_; y que las minucias de estos

accidentes no mudan la identidad.

Dije que nada se ha de mudar en la identidad; de lo contrario no sería

totalmente lo mismo. Una sola forma hace un _uno_. Por ventura informa

siempre la misma, pero no totalmente lo mismo; pues, en esto hay

perpetua mudanza, como en mi cuerpo.

Soy compuesto de ambas cosas, de alma, principalmente, y de cuerpo

menos principalmente; de los cuales, variado alguno, varío también yo;

pero de esto se hablará en otro lugar más extensa y oportunamente.

* * *

Y hasta aquí de los animales en su totalidad.

Mas si consideras las partes, es mucho mayor la duda. ¿Por qué son

éstos así? ¿Por qué aquéllos? ¿Fuera mejor de otra manera? ¿Fuera peor?

¿Por qué no son más? ¿Por qué tantos? ¿Por qué tan grandes? ¿Por qué

tan pequeños? No acabamos jamás.

En los seres inanimados, lo mismo.

¿Qué hay, pues, fijo de cosas tan mudables, qué determinado de cosas

tan varias, qué cierto de cosas tan inciertas? Nada, absolutamente.

De ahí nació, por consiguiente, tan gran disputa acerca de la

introducción de las formas y de su principio, que jamás la acabará

nadie.

Y si quieres añadir los monstruos que se crían a veces, tantos y tan

diversos, principalmente en el hombre; los sexos promiscuos en algunas

especies y en los individuos de otras; las especies mixtas, como el

mulo, del asno y la yegua, o el macho, del caballo y la burra; la

licesca, de perra y lobo; el híbrido, de toro y yegua, que son vulgares

entre nosotros.

En los árboles se observa la misma mezcla, y en otras plantas como en

el melocotón-manzano, en el almendro-melocotón y en muchos otros, con

los cuales, mediante injerto, adquiérese una naturaleza media entre

el pie y el injerto. Si añades, por fin, la mudanza de las especies,

cómo del trigo hácese muchas veces cizaña, y de la cizaña trigo alguna

vez, y del centeno avena; y las mudanzas de los sexos en algunos seres,

harás la cuestión totalmente difícil. Ni sabrás qué es esto, ni cómo,

ni de dónde, ni por qué. Y yo menos.

En las cosas que carecen de alma hay todavía mayor mudanza, mayor

diversidad en la generación, en la corrupción. Igualmente nos confunden

los varios y múltiples efectos de la misma causa, y los efectos

contrarios; y, al revés, las varias, muchas y contrarias causas de un

mismo efecto.

Séate como único ejemplo (por no ser demasiado prolijo, comoquiera

que en el examen de la naturaleza hanse de discutir estas cosas más

extensamente) el calor, el cual engendra y destruye una misma cosa;

blanquea y ennegrece, calienta y enfría, esclarece y espesa, disuelve

y junta, derrite y solidifica, seca y humedece, enrarece y densifica,

dilata y contrae, amplía y coarta, dulcifica y amarga, grava y aligera,

reblandece y endurece, atrae y rechaza, mueve y cohibe, alegra y

entristece. ¿Qué, finalmente, no hace el calor? Es el numen sublunar,

la diestra de la Naturaleza, el agente de los agentes, el motor de los

motores, el principio de los principios, la causa de las causas, el

instrumento de los instrumentos, el alma del mundo. Y no sin razón,

en la primera filosofía muchos antiguos creyeron que el fuego es el

primer principio. Con razón llamó Trimegisto al fuego dios. Con

gran razón Aristóteles pudo llamar a Dios ardor del cielo, aunque no

creyere que el ardor del cielo sea dios, y, por consiguiente, en esto

es mal censurado por Cicerón. Pues ¿qué nos sugiere mejor que el fuego

la potencia y virtud del Dios máximo y alguna forma de su inefable

divinidad? Él mismo insinuó esto, mostrándose primeramente a su siervo

en una zarza que ardía y guiando por el desierto a su querido pueblo en

ígnea columna y descendiendo en lenguas de fuego sobre el colegio de

los elegidos.

Ves cuánto calor hace; sin embargo, es simple accidente, cuya razón,

como las de las otras cosas, es desconocida. ¿Cómo él solo desempeña

tantos oficios? Difícil es de entender, más difícil de decir,

dificilísimo, o tal vez imposible de penetrar.

Distinguen, sin embargo, los filósofos, lo que es por sí de lo que es

por accidente; objetan la variedad de los sujetos. Pero, ¿quién conoce

exactamente esta variedad? Nadie. Sólo se tiene noticia de algunas

cosas probables; de ninguna con entera certidumbre. Pero de esto

hablaremos después. Baste ahora conocer que nosotros nada conocemos

claramente.

* * *

Por la misma razón, el mismo efecto producido por contrarias causas nos

engendra máxima ambigüedad.

Hácese frialdad con el movimiento, como en la agitación del corazón,

del tórax, de las arterias y del agua caliente, y con el descanso, como

cuando el hombre, estando caliente, deja de moverse.

También el calor prodúcese por el movimiento, como en el salto y la

carrera; en la quietud, si descansa el corazón o no se mueve el agua

hirviendo.

La negrura, proviene del calor, como en los etíopes; del frío, en el

muerto o en el miembro tiempo ha paralizado, principalmente si por la

compresión se impide la circulación del aliento por las arterias.

La putrefacción se produce de todas las cualidades cuanto desaparece la

sequedad.

Ni es esto sólo; sino que un contrario es producido por otro

contrario; el calor por el frío, en la cal fría macerada, en nosotros,

en las fuentes, en la tierra, en tiempo de invierno; de donde la

sentencia: Los vientres, muy calientes en invierno y en verano.

El frío por el calor, en los cuerpos calientes que se queman; en

ciertos seres, que son fríos por dentro, y en nosotros también en el

estío.

Cómo se hace todo esto de ningún modo lo sé. ¿Tampoco los demás? No

lo concluyo necesariamente, pero lo parece. Oigo lo que dicen de

estas cosas; pero no por ello conozco mejor la cuestión. Lo mismo

pensaba yo antes, y no saciaba el ánimo. Pues si algo hubiese conocido

perfectamente, no lo hubiera negado, antes lo hubiese aclamado

vehementemente, con alegría, pues nada puede ocurrirme de mayor

felicidad.

Mas ahora me consumo en perpetua tristeza, desesperando que pueda saber

perfectamente alguna cosa.

Y una de dos: o yo soy el más ignorante de todos los hombres o todos

los demás lo son conmigo. Ambas cosas las creo verdaderas. Algo sabría,

no obstante, si los demás supieran algo también; tampoco es verosímil

que a mí solo me haya sido adversa la fortuna. Mas nada sé. Ni tú

tampoco.

Muchas otras ocasiones de ignorar tenemos en las cosas; ocasiones que

fuera largo e inútil traer aquí, cuando puedes verlas en cada uno de

los tratados especiales, y yo mismo te las mostraré dondequiera que se

tratare de ellas.

Sólo añadiré todavía alguna que otra de las principales.

La variedad de las cosas, la forma múltiple, la figura, la cantidad,

las acciones y tantos y tan diversos usos, de tal manera atan la

mente, o mejor, la distraen, que no puede preferir o sentir algo con

seguridad, sin que sea sitiada por otra parte y forzada a abandonar su

opinión; y así, variando de aquí y de allí, nunca está quieta.

Si afirma que la blancura (y baste traer ejemplo de los colores) la

hace el calor, te contradirán la nieve, el hielo, los alemanes; si

el frío, la ceniza, la cal, el yeso y los huesos calcinados; si la

humedad, estas cosas; si la sequía, aquéllas.

Acerca de la negrura ocurren otras tantas dudas.

¿Y de los colores medios? ¿Qué temperatura les señalarás?

Y aun las cosas extremas parece que tienen causa manifiesta, como

la nieve, el frío, la ceniza, el calor, porque ambas cosas las

aprehendemos con los sentidos.

Pero ¿qué dirás de los animales manchados, la pantera, el leopardo,

el perro y otros semejantes? ¿Qué de las hierbas, el dragoncillo, el

cardo plateado, el trébol multicolor? ¿Qué de las flores de la betónica

comestible y de las variedades de violetas? ¿Qué de los guisantes

turcos? ¿Qué de las aves, del pavo real, del papagayo?

¿Señalarás, por ventura, diversas temperaturas al pavo, a las flores

multicolores, al leopardo, en la misma pluma, en la misma flor, en el

mismo pelo?

Y los colores son permanentes.

¿Qué dirás del iris, de la paloma variada, del vidrio lleno de agua y

del otro sin agua, que por la diversa exposición al sol o por la varia

posición del observador dan tan varios colores?

Con razón te quedarás mudo, como yo también.

Y en todas las otras cosas que señalamos arriba, mucho mas.

Y cuanto más escudriñamos, más perplejidades se ofrecen, más nos

confundimos, más difícilmente hallamos luz. Pues donde hay muchedumbre

allí hay confusión.

Infortunio del hombre de letras.

Así, séanos lícito, no sin razón, comparar nuestra filosofía al

laberinto de Creta, entrados en el cual no podemos volver atrás ni

desenvolvernos, y si vamos adelante, caemos en el Minotauro, que nos

quita la vida.

¡Este es el fin de nuestros estudios, éste el premio del perdido y

vano trabajo, de la perpetua vigilia: el esfuerzo, los cuidados la

solicitud, la soledad, la privación de todos los deleites, una vida

semejante al no ser, habitando, pugnando, hablando y pensando con

los muertos, apartándose de los vivos, abandonando el cuidado de las

propias cosas, destruyendo el cuerpo por ejercitar el espíritu!

De ahí las enfermedades, muchas veces el delirio, siempre la muerte.

Ni el trabajo ímprobo vence de otro modo todas las cosas, sino porque

quita la vida y acelera la muerte, que libra de todos los males; porque

el que muere todo lo vence.

Así Horacio retrata la triste condición del hombre de letras cuando

dice: _Aunque vengas tú mismo, Homero, acompañado de las musas, si nada

trajeres irás fuera_.

Y el mismo Horacio dice mejor abajo: _El rey dinero da mujer con dote

y crédito y amigos y linaje y fortuna. Y al bien adinerado decoran

Suadela y Venus_.

Es también verdad ahora lo que también dijo Ovidio en otra parte: _Es

cerrada a los pobres la curia; la hacienda da honores, por ella es

grave el juez, por ella formal el caballero. Hay ahora precio en el

precio, da la hacienda honores, la hacienda da amistades; el pobre en

todas partes es abandonado_.

Se desprecia la doctrina, y las togas ceden a las armas, las lenguas

se subordinan a la gloria. Los pensadores son despreciados. ¿Por qué,

pues, nos consumimos? No lo sé; así lo quieren los hados.

Dió Dios a los hijos de los hombres esta ocupación pésima para que se

ocupasen en ella. Hizo todos los bienes en su tiempo y entregó el mundo

a las disputas de ellos para que no halle el hombre la obra que obró

Dios desde el principio al fin.

No parece tampoco desemejante la misma filosofía (volviendo allá de

donde nos habíamos apartado) a la Hidra Lernea, que venció Hércules.

Mas a la nuestra no hay quien la venza. Cortada una cabeza, emergen

cien otras más feroces. Pues falta el fuego de la mente, que conociendo

perfectamente una cosa quite a las demás dificultades la ocasión de

pulular.

Concluyamos.

El conocimiento y los sentidos.

Todo conocimiento trae su origen del sentido. Fuera de éste todo es

confusión, duda, perplejidad, adivinación; nada cierto.

El sentido sólo ve lo exterior, pero no lo conoce. Ahora llamo sentido

al ojo.

La mente considera las cosas recibidas de los sentidos. Si éstos se

engañan, también aquélla; y si no ¿qué se consigue? Sólo considera las

imágenes de las cosas, que admitió el ojo; la mente las mira por todas

partes, las vuelve, preguntando ¿qué es esto, de qué procede tal cosa,

por qué?

¿No significa esto, por ventura, la fábula antigua en que, invitando

a comer la grulla a la zorra, ofrecióle una vasija de cristal de boca

estrecha llena de puches, a la cual aplicando la zorra lengua y boca,

pensaba en vano coger algo de la pitanza que veía?

De la misma manera engañó Zeusis a las aves con uvas pintadas, cuando

aplicando el pico para comerlas, chocaban el pico contra la tabla. Y

Parrasio engañó a un pintor con un velo tan primorosamente dibujado

que parecía verdadero; de suerte que el rival, ensoberbecido como si

hubiese vencido, y ansioso de ver la pintura que creía cubierta con un

velo, aplicó la mano a la tabla para descorrer el velo y tropezó con la

tabla.

Así nos presenta la Naturaleza las cosas para conocerlas.

Y esto decía Aristóteles en otro lugar: que nuestro entendimiento se ha

a la naturaleza de las cosas, como el ojo de la lechuza a la luz del

sol.

Juzgamos las cosas por sus simulacros. ¿Puede ser, por ventura, recto

el juicio?

Ello aún fuera tolerable si tuviésemos por el sentido los simulacros de

todas las cosas que deseamos saber.

Pero sucede lo contrario: que no los tenemos de las principales cosas.

Sólo los tenemos de los accidentes que nada influyen, como dicen, en

la esencia de la cosa, de la cual es la verdadera ciencia; y son los

accidentes lo más vil de todas las cosas. Mas por éstos es menester

conjeturar de todo lo demás. Lo que es sensual, craso, abyecto (son los

accidentes y lo compuesto) nos es conocido por todas partes. Pero lo

que es espiritual, tenue, sublime (son los principios de los compuestos

y lo celestial) de ningún modo.

Sin embargo, esto último es por su naturaleza más conocible, porque

es más perfecto, más ente y más simple; cualidades que producen el

conocimiento perfecto.

Pero para nosotros todavía estas cualidades están más distantes de los

sentidos. Lo más cercano a éstos nos es más conocido, no por otra razón

sino porque nuestro mejor conocimiento depende del sentido; en cambio

por su naturaleza es lo menos cognoscible, porque es imperfectísimo,

casi nada. Sólo el ser es el objeto, sujeto y principio de todo

conocimiento y aun de todos los actos y movimientos.

Ves cuánta ocasión se nos da de ignorar en las cosas del sentido y más

aún en las de nuestro ser espiritual. Y lo verás mejor cuando vengamos

a la explicación de ellas. Pues lo aquí dicho hase dicho sólo en

general.

Mas todo ello no demuestra que nada se sabe. Ni me propuse demostrarlo

(usando de tu concepto de la palabra _demostrar_) ni podría. Pues

nada se sabe. Bástete que te haya objetado dificultades. Si puedes

vencerlas, algo sabrás. Pero no podrás, a no ser que, desaparecido

ocultamente, renazca en ti un nuevo espíritu...

Pobreza del sujeto cognoscente.

Toda la lobreguez que hay en las cosas es mínima, si se compara con los

obstáculos de parte del cognoscente.

El cual, si estuviese dotado de perfecto y agudísimo ingenio y de

sentido sin tacha, tal vez podría vencerlo todo (concediéndote esto

gratuitamente, pues no podría aunque lo hubiese todo perfectísimo).

Pero ahora se ve lo contrario.

Dijimos en la definición de la ciencia que la ciencia es

_conocimiento_, en el cual se consideran tres cosas. La cosa conocida,

de la cual se habló arriba; el cognoscente, de que se hablará abajo, y

el mismo conocimiento, que es el acto de éste sobre aquélla.

Ahora trátase de éste, del sujeto que conoce. Pero lo más brevemente

que podamos; porque su propio lugar es el tratado del alma.

Y en efecto: es dificilísima y llena de perplejidad la contemplación

del alma, de sus facultades y acciones, principalmente en este

conocimiento que buscamos ahora. No habiendo nada más digno que el

alma, nada hay tampoco más excelente que este único conocimiento. El

cual, si lo tuviera perfecto, fuera semejante a Dios; más bien Dios

mismo, Y nadie puede conocer perfectamente lo que no crió. Y ni Dios

hubiese podido criar ni regir lo criado si no lo hubiese preconocido

perfectamente.

Sólo Él, pues, sabiduría, conocimiento, entendimiento perfecto, lo

penetra todo, todo lo sabe, todo lo conoce, todo lo entiende; porque Él

es todas las cosas y está en todas, y todas son Él y están en Él.

Pero el imperfecto y miserable hombrecillo, ¿cómo conocerá otras cosas

no pudiéndose conocer a sí mismo que está en sí y consigo? ¿Cómo

entenderá lo abstrusísimo de la naturaleza, entre lo cual hállase lo

espiritual, como es nuestra alma, cuando no entiende lo clarísimo y

manifestísimo que come, que bebe, que toca, que ve, que oye?

Ciertamente, lo que pienso ahora, lo que escribo aquí, ni yo lo

entiendo ni tú, leído, lo entenderás, Juzgarás, no obstante, por

ventura que lo he dicho con verdad y rectitud. Yo estimo lo mismo.

Pero ninguno de los dos sabemos nada.

Por consiguiente, sin razón llama Escalígero, aunque doctísimo varón,

absurdo a Vives porque dice que la perscrutación de la naturaleza,

que hace la mente, está llena de obscuridad. Antes yo, si la opinión

de Vives es absurda, quiero ser absurdísimo. Pues yo no sólo juzgo

semejante perscrutación llena de obscuridad, sino tenebrosa, escabrosa,

abstrusa, inaccesible, tentada por muchos y por nadie superada ni

superable.

Que nada se sabe · 第 5 / 9 段