situación del orbe, puede decirse lo mismo; pues que, en las diversas
tierras y mares del mundo hay tanta muchedumbre de especies, que
parecen distintas y lo son. Nada, sin embargo, se sabe, puesto que
no conocemos las formas de unas y otras cosas, por las cuales se
distinguen.
Añade que, para mayor ignorancia nuestra, nos esta vedado el acceso de
algunas cosas o por el espacio o por el tiempo, y ellas son la mayor
parte. De ahí, que haya gran duda de aquellas cosas que se hacen y son
en el mar, en las entrañas de la tierra, en las alturas atmosféricas y,
finalmente, en los más elevados cuerpos.
Y no sin razón, pues todo conocimiento procede del sentido; por el
cual, como no puedan ser percibidas aquellas cosas, tampoco pueden
saberse, y mucho menos que las que están con nosotros, pues de éstas no
dudamos que sean, mas de muchas de aquéllas hay variedad de opiniones,
y ni aun se sabe que existan ni la razón fuerza a ello, antes, a veces,
dice lo contrario.
Cuestiones indecisas.
Corresponde también a este lugar la cuestión de la pluralidad del
mundo, de lo que está fuera del cielo y otras parecidas.
Y no es esto sólo, sino que en las diversas partes de la tierra (que
uno mismo no puede recorrer todas, pero que es necesario), por la
multitud de las cosas dichas poco ha, son varias las opiniones de los
hombres y ninguna la ciencia.
Y de las cosas que sucedieron mucho tiempo antes de nosotros y de las
que después sucederán ¿quién puede afirmar algo cierto?
Con ocasión de esto es aguda la controversia habida hasta aquí entre
los filósofos acerca del principio del mundo, de su eternidad o de su
duración y fin; al cual nadie impuso, que sepamos, fin, ni habría de
imponérsele por ciencia.
Pues ¿cómo lo corruptible podrá mostrar algo con certeza de lo
incorruptible, lo finito de lo infinito? ¿Qué sabe de la eternidad
quien vive sólo un instante como sí no viviese y aun como si no fuese
de lo sempiterno?
De todas estas cosas, que son muy nobles y muy necesarias para el
conocimiento de todo lo demás, hay dudas en la Filosofía; la ignorancia
de ellas trae, como consecuencia, el desconocimiento de todo.
Y que nada puede saberse perfectamente, del modo humano, vese claro
en que el Peripatético con toda su escuela empéñase en probar con
innumerables razones que el mundo es eterno y que no tuvo principio
ni tendrá fin; y esto fué persuadido a los filósofos. De donde aquel
romano (Plinio) tomó fundamento para su _Historia Natural_.
Y ciertamente, si te guías por la razón humana; lo advertirás mejor
todavía. Pues viniste al mundo ya hecho, y tu padre también, y tus
abuelos; marcharon ellos y marcharás tú, y verás a otros que nacen y
mueren, mientras el mundo subsiste. Y no hay nadie que asegure o de
palabra o por escrito, que vió el principio del universo o que vió a
alguno que lo haya visto, o haya oído de otro que lo vió. Y, como dice
el Sabio, «pasa una generación y viene otra generación; pero la tierra
se mantiene perpetua; nace el sol y se pone, y vuelve a su lugar y,
renaciendo allí, dirige su curso hacia el Mediodía, y declina después
hacia el Norte; corre el viento soplando por toda la redondez de la
tierra y vuelve a comenzar sus giros. Todos los ríos entran en el mar,
y el mar no rebosa; van los ríos a desaguar en el mar, lugar de donde
salieron, para volver a correr de nuevo. Todas las cosas del mundo son
difíciles; no puede el hombre explicarlas con palabras».
Oíste el parecer de los filósofos; sin embargo, ves que lo contrario es
totalmente verdadero, según la fe, y que el mundo fué creado, y que ha
de tener fin, al menos según las cualidades que ahora tiene. Pues no
será aniquilado, según aquello del Rey profeta: «Y como una vestidura
los mudarás y serán renovados». Lo cual todo se sabe por divina
revelación, no por discurso humano.
Y así aquel divino legislador, Moisés, teje divinamente desde la
creación del mundo su divina historia, inspirado por el espíritu
divino; totalmente al revés de lo que hizo Plinio.
Por consiguiente, tiene alguna excusa la opinión de los filósofos; pero
ninguna la pertinacia en el descreimiento ni la contumacia contra la fe.
Pero volvamos atrás.
Otra causa de nuestra ignorancia.
Hay también otra causa de nuestra ignorancia: que es tan grande la
sustancia de algunas cosas que no puede absolutamente ser percibida
por nosotros; en el cual género está el infinito de los filósofos,
si hay alguno, y el Dios de los nuestros, que no puede tener medida
alguna, ni límite alguno, ni por consiguiente, puede ser de modo alguno
comprendido por nuestra mente.
Y no sin razón: pues debe haber cierta proporción del que comprende
a lo comprendido, de manera que el que ha de comprender sea mayor
que lo comprendido o, al menos, igual (aunque esto parece que apenas
puede realizarse, que un igual comprenda a otro igual, como veremos
en el tratado del espacio; pero ahora concedámoslo); mas, nosotros no
tenemos proporción alguna con Dios, ni lo finito con lo infinito, ni lo
corruptible con lo eterno.
Por esta misma razón El conoce todas las cosas, como que es mayor que
todo, superior, más excelente o mejor, y para que no parezca que hago
comparación con las criaturas, es máximo, supremo y excelentísimo.
Cuanto es más cercano a este Artífice, por la misma razón nos es más
desconocido.
* * *
Hay otro linaje de cosas totalmente contrario a éstas, de las cuales es
tan pequeño el ser, que apenas puede ser comprendido por la mente.
De esas cosas infinitamente pequeñas hay grande abundancia, y su
conocimiento es muy necesario para la ciencia, y, sin embargo, casi
ninguno tenemos.
Tales son, tal vez, todos los accidentes, que casi son nada; de
tal manera, que hasta ahora ninguno hubo que haya podido explicar
perfectamente su naturaleza, como tampoco de las demás cosas.
Nada sabemos: ¿cómo, pues, lo podríamos explicar?
Ni es de extrañar, si algunos juzgaren que los accidentes nada son en
sí, sino sólo ciertas cosas que nos aparecen, las cuales nos aparecen
varias según nuestra varia condición y disposición; como quien está
febril todo lo juzga caliente, quien tiene lengua amarilla empapada de
bilis todo lo juzga amargo.
* * *
Todavía queda en las cosas otra causa de nuestra ignorancia, a saber,
la perpetua duración de algunas, la perpetua generación de otras, la
perpetua corrupción y la perpetua mudanza.
De suerte, que, no viviendo siempre, no puedes darte cuenta de ellas;
ni tampoco de éstas últimas que no son jamás las mismas, y que tan
pronto son, como no son.
De ahí sucede que la disputa acerca de la generación y la corrupción
está todavía sin resolver, acerca de la cual diremos en otro lugar lo
que sentimos.
¿Cuántos modos hay de generación, cuántos de corrupción? ¿Cuántos de
crear, cuántos de destruir?
Y entre el nacimiento y la muerte, ¿cuántas mudanzas se hacen?
Innumerables.
En los vivientes, la perpetua nutrición, el crecimiento temporal,
el estado, la decadencia, la generación, la variación de partos, la
mudanza, los defectos, las añadiduras, la perfección de las costumbres,
las acciones, obras diversas, muchas veces contrarias en el mismo
individuo; todo es variación y movimiento.
Ni es de extrañar si fué sentencia de algunos, que de un mismo hombre,
después de una hora, no puede afirmarse que sea el mismo que antes
de ella; no se ha de rechazar totalmente, acaso tal sentencia es
verdadera. Pues es tanta la indivisibilidad de la identidad, que si
añades o quitas un solo punto de cualquier cosa, ya no es enteramente
la misma; pero los accidentes son de esencia del individuo los cuales
variando perpetuamente, le imprimen variación.
Sé, dices, que mientras permanece la misma forma, es siempre el mismo
individuo, pues de ella llámase algo _uno_; y que las minucias de estos
accidentes no mudan la identidad.
Dije que nada se ha de mudar en la identidad; de lo contrario no sería
totalmente lo mismo. Una sola forma hace un _uno_. Por ventura informa
siempre la misma, pero no totalmente lo mismo; pues, en esto hay
perpetua mudanza, como en mi cuerpo.
Soy compuesto de ambas cosas, de alma, principalmente, y de cuerpo
menos principalmente; de los cuales, variado alguno, varío también yo;
pero de esto se hablará en otro lugar más extensa y oportunamente.
* * *
Y hasta aquí de los animales en su totalidad.
Mas si consideras las partes, es mucho mayor la duda. ¿Por qué son
éstos así? ¿Por qué aquéllos? ¿Fuera mejor de otra manera? ¿Fuera peor?
¿Por qué no son más? ¿Por qué tantos? ¿Por qué tan grandes? ¿Por qué
tan pequeños? No acabamos jamás.
En los seres inanimados, lo mismo.
¿Qué hay, pues, fijo de cosas tan mudables, qué determinado de cosas
tan varias, qué cierto de cosas tan inciertas? Nada, absolutamente.
De ahí nació, por consiguiente, tan gran disputa acerca de la
introducción de las formas y de su principio, que jamás la acabará
nadie.
Y si quieres añadir los monstruos que se crían a veces, tantos y tan
diversos, principalmente en el hombre; los sexos promiscuos en algunas
especies y en los individuos de otras; las especies mixtas, como el
mulo, del asno y la yegua, o el macho, del caballo y la burra; la
licesca, de perra y lobo; el híbrido, de toro y yegua, que son vulgares
entre nosotros.
En los árboles se observa la misma mezcla, y en otras plantas como en
el melocotón-manzano, en el almendro-melocotón y en muchos otros, con
los cuales, mediante injerto, adquiérese una naturaleza media entre
el pie y el injerto. Si añades, por fin, la mudanza de las especies,
cómo del trigo hácese muchas veces cizaña, y de la cizaña trigo alguna
vez, y del centeno avena; y las mudanzas de los sexos en algunos seres,
harás la cuestión totalmente difícil. Ni sabrás qué es esto, ni cómo,
ni de dónde, ni por qué. Y yo menos.
En las cosas que carecen de alma hay todavía mayor mudanza, mayor
diversidad en la generación, en la corrupción. Igualmente nos confunden
los varios y múltiples efectos de la misma causa, y los efectos
contrarios; y, al revés, las varias, muchas y contrarias causas de un
mismo efecto.
Séate como único ejemplo (por no ser demasiado prolijo, comoquiera
que en el examen de la naturaleza hanse de discutir estas cosas más
extensamente) el calor, el cual engendra y destruye una misma cosa;
blanquea y ennegrece, calienta y enfría, esclarece y espesa, disuelve
y junta, derrite y solidifica, seca y humedece, enrarece y densifica,
dilata y contrae, amplía y coarta, dulcifica y amarga, grava y aligera,
reblandece y endurece, atrae y rechaza, mueve y cohibe, alegra y
entristece. ¿Qué, finalmente, no hace el calor? Es el numen sublunar,
la diestra de la Naturaleza, el agente de los agentes, el motor de los
motores, el principio de los principios, la causa de las causas, el
instrumento de los instrumentos, el alma del mundo. Y no sin razón,
en la primera filosofía muchos antiguos creyeron que el fuego es el
primer principio. Con razón llamó Trimegisto al fuego dios. Con
gran razón Aristóteles pudo llamar a Dios ardor del cielo, aunque no
creyere que el ardor del cielo sea dios, y, por consiguiente, en esto
es mal censurado por Cicerón. Pues ¿qué nos sugiere mejor que el fuego
la potencia y virtud del Dios máximo y alguna forma de su inefable
divinidad? Él mismo insinuó esto, mostrándose primeramente a su siervo
en una zarza que ardía y guiando por el desierto a su querido pueblo en
ígnea columna y descendiendo en lenguas de fuego sobre el colegio de
los elegidos.
Ves cuánto calor hace; sin embargo, es simple accidente, cuya razón,
como las de las otras cosas, es desconocida. ¿Cómo él solo desempeña
tantos oficios? Difícil es de entender, más difícil de decir,
dificilísimo, o tal vez imposible de penetrar.
Distinguen, sin embargo, los filósofos, lo que es por sí de lo que es
por accidente; objetan la variedad de los sujetos. Pero, ¿quién conoce
exactamente esta variedad? Nadie. Sólo se tiene noticia de algunas
cosas probables; de ninguna con entera certidumbre. Pero de esto
hablaremos después. Baste ahora conocer que nosotros nada conocemos
claramente.
* * *
Por la misma razón, el mismo efecto producido por contrarias causas nos
engendra máxima ambigüedad.
Hácese frialdad con el movimiento, como en la agitación del corazón,
del tórax, de las arterias y del agua caliente, y con el descanso, como
cuando el hombre, estando caliente, deja de moverse.
También el calor prodúcese por el movimiento, como en el salto y la
carrera; en la quietud, si descansa el corazón o no se mueve el agua
hirviendo.
La negrura, proviene del calor, como en los etíopes; del frío, en el
muerto o en el miembro tiempo ha paralizado, principalmente si por la
compresión se impide la circulación del aliento por las arterias.
La putrefacción se produce de todas las cualidades cuanto desaparece la
sequedad.
Ni es esto sólo; sino que un contrario es producido por otro
contrario; el calor por el frío, en la cal fría macerada, en nosotros,
en las fuentes, en la tierra, en tiempo de invierno; de donde la
sentencia: Los vientres, muy calientes en invierno y en verano.
El frío por el calor, en los cuerpos calientes que se queman; en
ciertos seres, que son fríos por dentro, y en nosotros también en el
estío.
Cómo se hace todo esto de ningún modo lo sé. ¿Tampoco los demás? No
lo concluyo necesariamente, pero lo parece. Oigo lo que dicen de
estas cosas; pero no por ello conozco mejor la cuestión. Lo mismo
pensaba yo antes, y no saciaba el ánimo. Pues si algo hubiese conocido
perfectamente, no lo hubiera negado, antes lo hubiese aclamado
vehementemente, con alegría, pues nada puede ocurrirme de mayor
felicidad.
Mas ahora me consumo en perpetua tristeza, desesperando que pueda saber
perfectamente alguna cosa.
Y una de dos: o yo soy el más ignorante de todos los hombres o todos
los demás lo son conmigo. Ambas cosas las creo verdaderas. Algo sabría,
no obstante, si los demás supieran algo también; tampoco es verosímil
que a mí solo me haya sido adversa la fortuna. Mas nada sé. Ni tú
tampoco.
Muchas otras ocasiones de ignorar tenemos en las cosas; ocasiones que
fuera largo e inútil traer aquí, cuando puedes verlas en cada uno de
los tratados especiales, y yo mismo te las mostraré dondequiera que se
tratare de ellas.
Sólo añadiré todavía alguna que otra de las principales.
La variedad de las cosas, la forma múltiple, la figura, la cantidad,
las acciones y tantos y tan diversos usos, de tal manera atan la
mente, o mejor, la distraen, que no puede preferir o sentir algo con
seguridad, sin que sea sitiada por otra parte y forzada a abandonar su
opinión; y así, variando de aquí y de allí, nunca está quieta.
Si afirma que la blancura (y baste traer ejemplo de los colores) la
hace el calor, te contradirán la nieve, el hielo, los alemanes; si
el frío, la ceniza, la cal, el yeso y los huesos calcinados; si la
humedad, estas cosas; si la sequía, aquéllas.
Acerca de la negrura ocurren otras tantas dudas.
¿Y de los colores medios? ¿Qué temperatura les señalarás?
Y aun las cosas extremas parece que tienen causa manifiesta, como
la nieve, el frío, la ceniza, el calor, porque ambas cosas las
aprehendemos con los sentidos.
Pero ¿qué dirás de los animales manchados, la pantera, el leopardo,
el perro y otros semejantes? ¿Qué de las hierbas, el dragoncillo, el
cardo plateado, el trébol multicolor? ¿Qué de las flores de la betónica
comestible y de las variedades de violetas? ¿Qué de los guisantes
turcos? ¿Qué de las aves, del pavo real, del papagayo?
¿Señalarás, por ventura, diversas temperaturas al pavo, a las flores
multicolores, al leopardo, en la misma pluma, en la misma flor, en el
mismo pelo?
Y los colores son permanentes.
¿Qué dirás del iris, de la paloma variada, del vidrio lleno de agua y
del otro sin agua, que por la diversa exposición al sol o por la varia
posición del observador dan tan varios colores?
Con razón te quedarás mudo, como yo también.
Y en todas las otras cosas que señalamos arriba, mucho mas.
Y cuanto más escudriñamos, más perplejidades se ofrecen, más nos
confundimos, más difícilmente hallamos luz. Pues donde hay muchedumbre
allí hay confusión.
Infortunio del hombre de letras.
Así, séanos lícito, no sin razón, comparar nuestra filosofía al
laberinto de Creta, entrados en el cual no podemos volver atrás ni
desenvolvernos, y si vamos adelante, caemos en el Minotauro, que nos
quita la vida.
¡Este es el fin de nuestros estudios, éste el premio del perdido y
vano trabajo, de la perpetua vigilia: el esfuerzo, los cuidados la
solicitud, la soledad, la privación de todos los deleites, una vida
semejante al no ser, habitando, pugnando, hablando y pensando con
los muertos, apartándose de los vivos, abandonando el cuidado de las
propias cosas, destruyendo el cuerpo por ejercitar el espíritu!
De ahí las enfermedades, muchas veces el delirio, siempre la muerte.
Ni el trabajo ímprobo vence de otro modo todas las cosas, sino porque
quita la vida y acelera la muerte, que libra de todos los males; porque
el que muere todo lo vence.
Así Horacio retrata la triste condición del hombre de letras cuando
dice: _Aunque vengas tú mismo, Homero, acompañado de las musas, si nada
trajeres irás fuera_.
Y el mismo Horacio dice mejor abajo: _El rey dinero da mujer con dote
y crédito y amigos y linaje y fortuna. Y al bien adinerado decoran
Suadela y Venus_.
Es también verdad ahora lo que también dijo Ovidio en otra parte: _Es
cerrada a los pobres la curia; la hacienda da honores, por ella es
grave el juez, por ella formal el caballero. Hay ahora precio en el
precio, da la hacienda honores, la hacienda da amistades; el pobre en
todas partes es abandonado_.
Se desprecia la doctrina, y las togas ceden a las armas, las lenguas
se subordinan a la gloria. Los pensadores son despreciados. ¿Por qué,
pues, nos consumimos? No lo sé; así lo quieren los hados.
Dió Dios a los hijos de los hombres esta ocupación pésima para que se
ocupasen en ella. Hizo todos los bienes en su tiempo y entregó el mundo
a las disputas de ellos para que no halle el hombre la obra que obró
Dios desde el principio al fin.
No parece tampoco desemejante la misma filosofía (volviendo allá de
donde nos habíamos apartado) a la Hidra Lernea, que venció Hércules.
Mas a la nuestra no hay quien la venza. Cortada una cabeza, emergen
cien otras más feroces. Pues falta el fuego de la mente, que conociendo
perfectamente una cosa quite a las demás dificultades la ocasión de
pulular.
Concluyamos.
El conocimiento y los sentidos.
Todo conocimiento trae su origen del sentido. Fuera de éste todo es
confusión, duda, perplejidad, adivinación; nada cierto.
El sentido sólo ve lo exterior, pero no lo conoce. Ahora llamo sentido
al ojo.
La mente considera las cosas recibidas de los sentidos. Si éstos se
engañan, también aquélla; y si no ¿qué se consigue? Sólo considera las
imágenes de las cosas, que admitió el ojo; la mente las mira por todas
partes, las vuelve, preguntando ¿qué es esto, de qué procede tal cosa,
por qué?
¿No significa esto, por ventura, la fábula antigua en que, invitando
a comer la grulla a la zorra, ofrecióle una vasija de cristal de boca
estrecha llena de puches, a la cual aplicando la zorra lengua y boca,
pensaba en vano coger algo de la pitanza que veía?
De la misma manera engañó Zeusis a las aves con uvas pintadas, cuando
aplicando el pico para comerlas, chocaban el pico contra la tabla. Y
Parrasio engañó a un pintor con un velo tan primorosamente dibujado
que parecía verdadero; de suerte que el rival, ensoberbecido como si
hubiese vencido, y ansioso de ver la pintura que creía cubierta con un
velo, aplicó la mano a la tabla para descorrer el velo y tropezó con la
tabla.
Así nos presenta la Naturaleza las cosas para conocerlas.
Y esto decía Aristóteles en otro lugar: que nuestro entendimiento se ha
a la naturaleza de las cosas, como el ojo de la lechuza a la luz del
sol.
Juzgamos las cosas por sus simulacros. ¿Puede ser, por ventura, recto
el juicio?
Ello aún fuera tolerable si tuviésemos por el sentido los simulacros de
todas las cosas que deseamos saber.
Pero sucede lo contrario: que no los tenemos de las principales cosas.
Sólo los tenemos de los accidentes que nada influyen, como dicen, en
la esencia de la cosa, de la cual es la verdadera ciencia; y son los
accidentes lo más vil de todas las cosas. Mas por éstos es menester
conjeturar de todo lo demás. Lo que es sensual, craso, abyecto (son los
accidentes y lo compuesto) nos es conocido por todas partes. Pero lo
que es espiritual, tenue, sublime (son los principios de los compuestos
y lo celestial) de ningún modo.
Sin embargo, esto último es por su naturaleza más conocible, porque
es más perfecto, más ente y más simple; cualidades que producen el
conocimiento perfecto.
Pero para nosotros todavía estas cualidades están más distantes de los
sentidos. Lo más cercano a éstos nos es más conocido, no por otra razón
sino porque nuestro mejor conocimiento depende del sentido; en cambio
por su naturaleza es lo menos cognoscible, porque es imperfectísimo,
casi nada. Sólo el ser es el objeto, sujeto y principio de todo
conocimiento y aun de todos los actos y movimientos.
Ves cuánta ocasión se nos da de ignorar en las cosas del sentido y más
aún en las de nuestro ser espiritual. Y lo verás mejor cuando vengamos
a la explicación de ellas. Pues lo aquí dicho hase dicho sólo en
general.
Mas todo ello no demuestra que nada se sabe. Ni me propuse demostrarlo
(usando de tu concepto de la palabra _demostrar_) ni podría. Pues
nada se sabe. Bástete que te haya objetado dificultades. Si puedes
vencerlas, algo sabrás. Pero no podrás, a no ser que, desaparecido
ocultamente, renazca en ti un nuevo espíritu...
Pobreza del sujeto cognoscente.
Toda la lobreguez que hay en las cosas es mínima, si se compara con los
obstáculos de parte del cognoscente.
El cual, si estuviese dotado de perfecto y agudísimo ingenio y de
sentido sin tacha, tal vez podría vencerlo todo (concediéndote esto
gratuitamente, pues no podría aunque lo hubiese todo perfectísimo).
Pero ahora se ve lo contrario.
Dijimos en la definición de la ciencia que la ciencia es
_conocimiento_, en el cual se consideran tres cosas. La cosa conocida,
de la cual se habló arriba; el cognoscente, de que se hablará abajo, y
el mismo conocimiento, que es el acto de éste sobre aquélla.
Ahora trátase de éste, del sujeto que conoce. Pero lo más brevemente
que podamos; porque su propio lugar es el tratado del alma.
Y en efecto: es dificilísima y llena de perplejidad la contemplación
del alma, de sus facultades y acciones, principalmente en este
conocimiento que buscamos ahora. No habiendo nada más digno que el
alma, nada hay tampoco más excelente que este único conocimiento. El
cual, si lo tuviera perfecto, fuera semejante a Dios; más bien Dios
mismo, Y nadie puede conocer perfectamente lo que no crió. Y ni Dios
hubiese podido criar ni regir lo criado si no lo hubiese preconocido
perfectamente.
Sólo Él, pues, sabiduría, conocimiento, entendimiento perfecto, lo
penetra todo, todo lo sabe, todo lo conoce, todo lo entiende; porque Él
es todas las cosas y está en todas, y todas son Él y están en Él.
Pero el imperfecto y miserable hombrecillo, ¿cómo conocerá otras cosas
no pudiéndose conocer a sí mismo que está en sí y consigo? ¿Cómo
entenderá lo abstrusísimo de la naturaleza, entre lo cual hállase lo
espiritual, como es nuestra alma, cuando no entiende lo clarísimo y
manifestísimo que come, que bebe, que toca, que ve, que oye?
Ciertamente, lo que pienso ahora, lo que escribo aquí, ni yo lo
entiendo ni tú, leído, lo entenderás, Juzgarás, no obstante, por
ventura que lo he dicho con verdad y rectitud. Yo estimo lo mismo.
Pero ninguno de los dos sabemos nada.
Por consiguiente, sin razón llama Escalígero, aunque doctísimo varón,
absurdo a Vives porque dice que la perscrutación de la naturaleza,
que hace la mente, está llena de obscuridad. Antes yo, si la opinión
de Vives es absurda, quiero ser absurdísimo. Pues yo no sólo juzgo
semejante perscrutación llena de obscuridad, sino tenebrosa, escabrosa,
abstrusa, inaccesible, tentada por muchos y por nadie superada ni
superable.