manera, según tú. Ni es necesario que haya cosas infinitas, para que
sea diversa la materia; pues ni siquiera a ti, que las crees infinitas
todavía, no consta ni constará jamás (puedo, sin embargo, engañarme)
si la materia del cielo es la misma que la de estas cosas inferiores.
¿Que tal vez los espíritus tengan materia propia, aunque se digan
simples? Ciertamente. Afirmas tú que son muchos sus géneros y muchas,
por consiguiente, las diferencias. Luego convienen en algo común; y
esto es, según tú, la materia; y se diferencian en algo, y esto es la
forma.
¿Tienen también materia propia los accidentes? Tú llamas al género de
ellos materia, y a la diferencia forma.
¿Es la misma que la del cielo la materia de los astros? No lo sabes.
Parece que no.
Luego tampoco sabes los principios, de los cuales se ignora cuántos
son, aunque las cosas sean finitas.
Ni se tendrá jamás estabilidad en los principios; pues los principios
del hombre son los elementos; de los cuales surgen materia y forma; y
de esta materia y esta forma otras más simples.
Lo mismo del león, del asno, del oso; y así infinitamente.
* * *
Y de las formas no hay duda que en el infinito serán infinitas. Mas es
necesario preconizar los principios.
Dirás que los elementos no son principios, de lo cual se hablará
después. Y aun que no habrá principios, pues de lo infinito no hay
principio...
* * *
Pero sean finitas las cosas: no por eso sabrás más. Pues ni siquiera
conociste el primer principio necesarísimo de todas las cosas; por lo
cual tampoco lo demás que se deriva de él. Nada, pues, sabemos.
Después, entre las cosas, unas son de sí como principio, de sí como
sustancia, en sí, por sí y únicamente para sí (séame lícito hablar de
esta manera), como la que llaman los filósofos primera causa, y los
nuestros Dios; y todas las demás de éste, no de sí como principio, no
de sí como sustancia, no en sí, no por sí, no para sí solas ni por
causa de sí, sino que unas se originan de otras, otras se constituyen
de otras, otras están en otras, otras son por otras. Y todas ellas es
necesario conocerlas.
Mas, a Dios ¿quién le conoció perfectamente? «No me verá el hombre y
vivirá». Por consiguiente, sólo fué lícito a Moisés verle por segundas
causas; es decir, por sus obras. De donde dijo San Pablo: las cosas
invisibles de Dios se ven por lo que ha sido hecho, entendiéndolo.
Y así es menester también conocer cuáles son las cosas que causan y el
cómo, para que sepamos el qué perfectamente.
Y hay tal encadenamiento en todas las cosas, que ninguna es tan ociosa
que no aproveche o dañe a otra; y aun una misma tiene por destino dañar
a muchas y ayudar a muchas.
Luego es necesario conocerlas todas para el perfecto conocimiento de
una sola. Mas esto, ¿quién lo puede alcanzar? Jamás lo vi.
Y por esta misma razón unas ciencias prestan ayuda a otras, y cada una
contribuye al conocimiento de las demás.
A tal punto que ninguna puede saberse perfectamente sin las otras; y,
por ende, éstas son obligadas a corroborar a aquéllas. Y los sujetos de
todas hanse también de tal manera, que el uno depende mutuamente del
otro y también cada uno hace mutuamente a los demás.
De donde se sigue nuevamente que nada se sabe. Pues ¿quién conoce todas
las ciencias?
Casos prácticos.
Traeré un ejemplo breve para que no quede esto sin prueba. Bastará del
hombre.
Éste odia al basilisco; pues cuéntase que el basilisco muere por la
saliva del hombre ayuno; el basilisco al hombre y a la comadreja, la
cual sola dícese que lo mata; la comadreja al basilisco y al ratón;
el ratón a la comadreja y al gato; el gato al ratón y al perro; el
perro al gato y al conejo; el conejo al perro y al hurón. Y basta de
antipatías.
Además, el hombre no se mantiene y deleita de cualquier manjar, sino
del buey, del carnero, etc. Éstos no de cualquier cosa que se les
ofrece, sino de heno, paja, avena, que no se crían en cualquier tierra,
sino en una determinada; y esta tierra no lo produce todo, sino un
fruto peculiar a lo que contribuye mucho este o el otro cielo. Baste
aquí de las simpatías.
¿Cómo sucede todo esto? Es menester conocer la naturaleza de cada una
de tales cosas antes de conocer dignamente al hombre.
Y además, porque el hombre se nutre, crece, vive, raciocina, engendra,
se corrompe, hase de preguntar inmediatamente del alma y de sus
facultades.
Por igual razón también hay que inquirir de las plantas con qué alma
viven; de los animales, de los seres inanimados. ¿No es la misma la
ciencia de los contrarios? La generación y la corrupción ¿quién las
hace? Las cualidades contrarias. Pues inmediatamente se pregunta de
éstas, de los elementos, de los cuerpos superiores, de la introducción
del alma, de la introducción de las formas, de la acción y de la
pasión; de la cualidad, de la cantidad, de la situación, de la
relación; por qué se siente, engendra y calienta. Además, aquello por
qué está en descanso; lo otro, por qué es en un instante; esto, por qué
es en el tiempo; hase de ver qué es tiempo y espacio e inmediatamente
saber de los cielos y de sus movimientos, pues el tiempo es, (dice
Aristóteles, aunque mal, como veremos después) número y lugar, según
que tiene sucesión y extensión.
Puesto que el movimiento se mueve en línea recta y hacia abajo, debe
preguntarse qué es hacia arriba y qué hacia abajo; cual es el centro
del mundo, cuales los polos, y sus demás partes.
Porque vemos, y esto mediante la luz, pregúntase inmediatamente de los
colores, de las imágenes, de la luz, del sol y de los astros.
Porque existe el cuerpo y es en el lugar, pregúntase del cuerpo, de la
sustancia, del espacio y del vacío.
Porque el espacio dícese finito, de lo finito y de lo infinito.
Porque el cuerpo engendra y es engendrado, inmediatamente de todas las
causas basta la primera.
Porque el hombre raciocina, del alma intelectiva y de sus facultades,
de la ciencia y de lo cognoscible, de la prudencia y de los demás
hábitos.
Porque mata, porque nunca vive contento, porque expone a la muerte la
vida por la patria, porque socorre a enfermos y necesitados, suscítanse
las cuestiones del bien y del mal, del último y sumo bien, de la
virtud y del vicio, de la inmortalidad del alma.
Cualquiera de estas cosas lleva consigo todas las demás, que seguir
fuera fastidioso.
Y lo mismo la cosa más trivial.
Conocerás esto con el ejemplo familiarísimo del reloj común. Pues si
quieres saber cómo da las horas, es menester que examines todas las
ruedas desde la primera a la última, y qué mueve la primera, y cómo
ésta la otra y ésta otras dos, y así llegar hasta la última. Y si,
aparte de dar las horas el reloj, las señala también con una aguja
en un cuadrante, y muestra, además, los movimientos de la luna, su
crecimiento y decrecimiento, y asimismo el curso perfecto del sol
por el Zodiaco, de igual tenor que se hace en el cielo (todo lo cual
y otras muchas cosas vemos que se nos muestra en el reloj portátil,
según el verdadero curso de los astros), ciertamente harás la cosa más
difícil, y no podrás percibir cómo se hace la menor de estas cosas sin
que desmontes totalmente toda la fábrica, la examines y entiendas cada
parte y su oficio.
Lo mismo te representará el orbe de cristal construído con admirable
artificio por Arquímedes en el cual orbe todas las esferas y planetas
eran movidos y observados del mismo modo que en el Universo, haciéndolo
todo automáticamente un soplo por ciertos canalillos y conductos. ¿No
era menester, si alguno quería conocer esto, penetrar perfectamente
toda la máquina y sus partes hasta la más pequeña con sus oficios?
Lo mismo se debe entender en este nuestro orbe. Pues ¿qué hallarás en
él que no mueva y sea movido, mude y sea mudado o experimente una o
ambas cosas?
Consecuencias.
Ve adónde se ha llegado.
Sólo hay o podría haber una ciencia: la de la naturaleza de las cosas;
por la cual todas ellas serían perfectamente conocidas: ya que una no
puede ser conocida perfectamente sin todas las otras. Las ciencias
que tenemos son vanidades, rapsodias, fragmentos de observaciones
contradictorias; lo demás, imaginaciones, artificios, fantasías...
De donde no del todo ineptamente decía el Rey Sabio: que la sabiduría
de los hombres es necedad ante Dios.
Pero volvamos allá de donde nos habíamos apartado, y de ahí colige que
es una sola la ciencia de todas las cosas. Pues siempre que acontece
tratar de alguna cosa, con ocasión de ésta hase de tratar de otra y de
otra por ésta, y por tercera vez de otra por ésta; y así iríamos hasta
lo infinito, si en medio del camino no volviésemos pie atrás, y no sin
detrimento de la sabiduría.
De donde surge aquella ley en las ciencias: _Todo está en todo_; pues
vemos que todo se sigue de todo. Mas para que no dejara de tener fin
su ciencia, se empeñaron los filósofos en poner límites, los cuales,
sin embargo, no pueden conservar (pues, ¿cómo conservarán los límites
que no tolera la naturaleza?); de donde es necesario repetir lo mismo
mil veces en la misma obra y en las diversas obras. Fácilmente lo
mostraríamos en cualquier autor, pero sería largo. Pues lo que dijo
Aristóteles en los predicamentos ¿no lo repite, por ventura, en la
Física y en la Metafísica? ¿y lo que en estas ciencias en otras,
frecuentemente?
Y nuestro Galeno ¡cuán prolijo es! Apenas hallarás un solo capítulo
en que no leas: _Y de esto, aun cuando tratamos más extensamente en
otro lugar, no dañará si repetimos brevemente lo que atañe a nuestro
propósito. Baste aquí por lo que se refiere al presente tratado; lo
demás lo hallarás en tal libro_.
Lo cual muestra claramente que para el conocimiento de una sola cosa es
también necesario el conocimiento de las demás; cuando también para la
producción de una sola cosa, conservación o destrucción, es necesario
el concurso de todas las otras, como probaremos más extensamente en el
examen de la naturaleza.
Confirman también lo mismo los que promueven disputa sobre alguna cosa;
pues si pretenden probar que el hombre es animal, distan tanto de
lograrlo, que, al revés, discurriendo mediante silogismos, de una cosa
en otra llegan por fin o al cielo o al infierno, según los medios de
que usa el probante y según lo negado por su rival.
Y lo que el inventor de la demostración dice de ella, que por los
intermedios hase de llegar a los primeros principios, y que en ellos se
ha de parar, es una ficción; como también todo lo otro que dice acerca
de la misma cosa.
Ni tampoco hay tales medios ciertos, numerados y ordenados, por los
cuales podamos proceder libremente; ni principios en los cuales pueda
el ánimo posarse quieto y contento.
Y si tú tienes tales cosas, me placerá mucho que me las enseñes.
Otra prueba de la ignorancia.
¿Y esperas todavía más ancha prueba de nuestra ignorancia? La daré.
Viste ya la dificultad en las especies.
Mas de los individuos confesarás que no hay ciencia alguna, porque son
infinitos.
Pero las especies nada son, o al menos son una fantasía; sólo son
los individuos, sólo se perciben éstos, sólo de éstos hase de
tener ciencia; de ellos se ha de captar. Si no es así muéstrame en
la naturaleza aquellos tus universales; los darás en los mismos
particulares. Nada veo en ellos universal; todo particular.
Y en éstos ¿cuánta variedad se observa? Cosa maravillosa. Este es un
ladrón acabado; aquél homicida; aquél sólo nacido para la gramática;
el otro totalmente inepto para las ciencias; éste cruel y sanguinario
desde la cuna; por ningún arte puede ser aquél apartado del vino, éste
del placer venéreo, el otro del juego; uno se derrite a sola la vista u
olfato de la hiel; otro no gustó jamás la manzana ni puede ver a otro
que la guste; otros la carne, otros el queso, otro el pescado: de todos
los cuales nosotros conocimos algunos.
Hay quien devora y cuece indiferentemente metales, vidrios, plumas,
ladrillos, lana, y, finalmente, todo; otro cae en síncope al olor o
vista de una rosa; éste odia a las mujeres; aquél se nutre con cicuta;
esotro duerme día y noche. Yo arrojé muchas veces con ira los libros y
huí del arte, pero en el foro, en el campo, medito sin cesar, y nunca
menos solo que cuando estoy solo, y nunca menos ocioso que cuando estoy
ocioso; conmigo tengo el enemigo y no puedo evadirlo, y, como escribió
Horacio: _huyo fugitivo de mí mismo, como errabundo, ya preguntando a
los caminantes, ya buscando calmar el cuidado con el sueño; pero en
vano, porque la negra compañera me atormenta y sigue..._
Finalmente, hay algunos hombres ante los que dudas muy seriamente si
los debes llamar racionales o irracionales. Y, al contrario, hay brutos
a los que puedes apellidar con mayor justicia racionales que a algunos
de entre los hombres. Responderás que una golondrina no hace verano ni
un particular destruye lo universal. Yo, al contrario, insisto en que
el universal es totalmente falso, a no ser que abrace y afirme cómo es
todo lo que se contiene bajo de él. Pues, ¿cómo fuera verdad decir que
todo hombre es racional, si muchos o uno solo fuesen irracionales? Si
dices que en este hombre el defecto no está en el ánima, sino en el
cuerpo su instrumento, dirás, por ventura, verdad, pero en mi favor.
Pues, el hombre no es sola el ánima ni sólo el cuerpo, sino los dos
juntos; luego, siendo uno de ellos defectuoso, defectuoso será el
hombre.
De lo cual se sigue que es ridículo el dicho de algunos: que el alma
del hombre puede ser redonda o de cualquiera otra figura distinta de
como todos somos. Ignoro si ellos la vieron alguna vez; si la vieron,
confirman mi tesis; pues nadie creería que tal alma fuese de la misma
condición que las nuestras. Si no la vieron, ¿por qué la fingen tal
cual la naturaleza no puede, por ventura, producirla? Y si puede, ¿cómo
será cierta aquella proposición: el alma es acto del cuerpo físico?
He aquí la ciencia de los tales.
Y todavía es mucho más absurdo aquello, de que, no existiendo hombre
alguno, sería verdadero decir, el hombre es animal. Ello es suponer un
imposible para inferir una falsedad. Pues, si hablas en la filosofía,
jamás faltarán hombres, porque el mundo es eterno; si hablas en la
fe, ¿dejará de ser Cristo nuestro Señor? Ve cómo de ambas maneras es
imposible el supuesto.
Mas, ¿no sabes por tu preceptor que, puesto lo posible en el ser, no se
sigue inconveniente, pero que, admitido lo imposible, se siguen muchos?
Pero sea, sea posible: si el hombre _no es_ ¿cómo será el hombre animal?
Dicen que el verbo _es_ tómase allí por la esencia, no por la
existencia y que es sólo cópula, y que, por tanto, aquella proposición
es eterna y en las ciencias siempre se toma así; y que aun antes de la
creación del hombre fué verdadera aquella proposición y que en la mente
divina estuvieron todas las esencias de las cosas. Y así, escriben
cosas maravillosas del ser y de la esencia. ¿Cabe mayor vanidad? De tal
manera truecan y cambian las palabras de su propia significación, que
su lenguaje es totalmente diverso del paterno, debiendo ser el mismo.
Y, acercándose a ellos para aprender algo, cambian de tal manera las
significaciones de las palabras, de las que antes habías usado, que ya
no designan las cosas mismas y naturales, sino aquellas que ellos se
fingieron, para que tú, ávido de saber y totalmente ignorante de estas
cosas nuevas, les oigas a ellos disputando y disertando con sutileza,
tejiendo sueños de sueños, fantasías aderezadas con maravilloso
artificio, y les admires y les tengas y reverencies como agudísimos
escudriñadores de la naturaleza.
¡Caso extraño! ¡Cuánta barbarie! ¿Qué cosa más sencilla, más clara, más
usada que el verbo es? Sin embargo, ¡cuánta disputa en torno suyo! Los
chiquillos son más doctos que los filósofos, pues si preguntas a un
niño si el padre está en casa, responde que está, si está; si preguntas
si es malo, lo niega.
El filósofo, de ningún hombre afirma nada a derechas. Ni es tampoco
menos absurdo lo que algunos se empeñan en establecer, que la filosofía
no puede ser enseñada en otro idioma que en griego o latín; porque,
dicen, no hay palabras con las que puedas traducir muchas que hay en
aquellas lenguas, como la _entelequeia_ de Aristóteles (de la cual
se ha disputado en vano hasta ahora cómo se debe verter del latín);
_esencia_, _quiddidad_, _corporeidad_ y otras parecidas que maquinan
los filósofos. Naturalmente, como no significan cosa alguna, tampoco
son entendidas por nadie ni pueden ser explicadas ni vertidas en
lenguaje vulgar, el cual suele designar con sus nombres propios sólo
las cosas verdaderas, no las fingidas.
Etimologías.
Añade a esto la frívola sentencia de otros que asignan a las palabras
no sé qué fuerza propia, para deducir de ahí que los nombres fueron
impuestos a las cosas según la naturaleza de ellas.
Guiados por lo cual, no menos neciamente empéñanse algunos en traer de
algo propio las significaciones de todas las palabras; como _lapis_
(piedra), de que hiere el pie; _humus_ (tierra), de humedad. Y asno,
¿de dónde?: de ti, vano etimologista, porque no tienes _sentido_, pues
_a_ en griego y latín significa frecuentemente privación; _sinus_, como
_sensus_, sentido; luego _asno_ es lo mismo que _sin sentido_, o sea lo
mismo que tú.
Pero ¿no es buena la etimología?
No, cuando se inquieren las palabras más bien por curiosidad que con
verdad o utilidad; así todo lo haces derivativo o compuesto, nada
simple o primitivo; ¿cabe mayor insensatez?
Si la dicción _lapis_ (piedra) fué impuesta por la naturaleza de la
cosa, como dices, ¿es la naturaleza de la piedra que hiera el pie?
Pienso que no. Pero sea. ¿Cómo _lædo_ (hiero) representa la naturaleza
del daño que significa? ¿Cómo _pes_ (pie) significa la naturaleza del
pie?
Vamos a lo infinito.
_Humus_ tampoco se dice de _humedad_; pues, al contrario, la tierra
es, según tú, el más seco de todos los elementos; pero, aunque fuera
humidísima y de la humedad se dijera _humus_, ¿de dónde se dirá tal la
humedad? Si me das otra palabra preguntaré su abolengo. Y así, otra
vez hasta lo infinito. Porque, si cesas en alguna, la obligaré a que
muestre la naturaleza de la cosa que significa. Todas las intermedias
parecen representar la naturaleza de la cosa, porque se derivan de
otras que significan algo hasta la última, que de ninguna otra se
deriva, según tú; pues bien, preguntaría lo mismo de la última.
¿Cuántas son las voces simples? Casi todas.
Además. Si _pan_ ha sido impuesta, según la naturaleza de la cosa, ¿qué
decir de la griega _artos_, o de la británica _bara_, o de la vascuence
_ouguia_, cuya diversidad en el sonido, en las letras, en el acento, es
tanta, que no tienen nada de común?
Si dices que sólo una lengua ha sido impuesta, según la naturaleza
de la cosa, ¿por qué no las demás también? Y ¿cuál es ella? Si dices
que la primera de Adán, acaso, pues pudo, por haber conocido las
naturalezas de las cosas, como atestigua el autor del Pentateuco,
darles nombre adecuado, pero entonces ciertamente habría hecho falta
que su filosofía o la que tenemos hubiese sido escrita en su idioma.
¡Bella filosofía la que no puede ser enseñada o explicada con otro
lenguaje que con el de Adán! Pero tú, varón prudentísimo, te contentas
con el griego o el latín, que no han sido impuestos por la naturaleza
de las cosas.
¿Y no se corrompen y mudan perpetuamente las voces?; ¿no hay libros
franceses y españoles en los que hallarás muchas palabras cuyo
significado se ignora totalmente?
¿No hay en latín muchas palabras anticuadas y no se inventan otras
muchas todos los días? Lo mismo acontece con el estilo, y con otras
cosas, que se varían con el uso continuo y, al fin, tanta mudanza se
hace que degenera todo y todo se hace diverso; así pereció el antiguo
idioma latino transformado ahora en el vulgar italiano; el griego del
mismo modo.
Y si algunos libros conservan todavía sobrevivientes ambas lenguas,
difieren tanto de aquel antiguo esplendor y sentido, que si nos oyeran
hablando su lengua Demóstenes o Cicerón, se reirían.
Ni es esto solo, sino que los idiomas toman de los demás muchas
dicciones; y así opino que no nos queda ninguna sincera y legítima
lengua.
No tienen, pues, las voces ninguna facultad de explicar las naturalezas
de las cosas, aparte de aquella que tienen por el arbitrio del
imponente; y la voz _canis_ la misma fuerza tiene, si te place, de
expresar pan que perro.
Hay palabras impuestas a las cosas por el efecto o por algún accidente,
mas no por la naturaleza. Pues ¿quién conoce las naturalezas de las
cosas para que, según ellas, les imponga nombres? O ¿qué comunidad hay
entre nombres y cosas? De aquellos los hay propios, como si llamas
al hombre risueño o lloroso, en los cuales los primitivos _risa_
o _llanto_ no tienen otra fuerza que la que recibieron de nuestro
arbitrio; así las locuciones que parecen más significativas.
Hay también palabras que por semejanza imitan los sonidos, las voces
de aquellas cosas que significan, y, por ende, llámanse onomatopeicas,
como el _cacarear_ de las gallinas, el _graznar_ de los cuervos, el
_rugir_ de los leones, el _balar_ de las ovejas, el _ladrar_ de los
perros, el _relinchar_ de los caballos, el _mugir_ de los bueyes, el
_gruñir_ de los puercos, el _roncar_ de los que duermen, el _susurro_
de las aguas, el _silbido_, el _tañido_, el _clangor_ de las campanas
y clarines. (_Baubantem est timidi pertimuisse canem._) _Es del
tímido temer al perro que ladra_; y aquello otro: (_Et tuba terribili
sonitu taratantara dixit._) _Y la trompeta con terrible sonido dijo
taratantara_; y también: (_Quadrupedante putrem sonitu quatit ungula
campum._) _Con cuádruple sonido hiere con sus patas el polvoroso campo._
Y tampoco en esto hay alguna demostración de la naturaleza de aquellas
cosas que significan, sino semejanza de sonidos.
Menos todavía debe buscarse derivación en todas las palabras; pues de
otra suerte iríase a lo infinito.
Pero fuimos más lejos de lo que había pensado.
Vuelvo atrás.
Variedades humanas.
¡Cuánta variedad de los hombres aun en la misma especie!
En unas partes son de cortísima estatura, los pigmeos; en otras,
de gran talla, los gigantes; unos andan totalmente desnudos; otros
vellosos y cubiertos de pieles en todo el cuerpo; los hay faltos
totalmente de palabra, que viven en las selvas como las fieras, se
refugian en cavernas o se establecen en los árboles a modo de aves, y
si logran alguna vez arrebatar a nuestros hombres, los devoran con gran
placer; los hay que descuidados totalmente de Dios y de la religión lo
tienen todo común, inclusos los hijos y las mujeres: vagan y no tienen
asiento fijo. Al contrario, otros, esclavos de Dios y de la religión,
derraman intrépidamente la sangre por la caridad y la fe.
Cada cual quiere tener ciudad propia, casa, mujer y familia, y,
habidas, las defienden hasta la muerte; unos, después de la muerte son
entregados al fuego o a la tierra con los amigos vivos, las mujeres y
el ajuar; otros, no curando de cosa alguna de éstas, quedan insepultos;
hay quien permite que le despedacen vivo y le dividan en partes, y lo
procura; hay quien cree que a todo trance ha de huir la muerte.
No acabaríamos, si quisiéramos narrar todas las costumbres de los
hombres.
¿Atribuyes tú a todos ellos la misma condición que a nosotros? A mí no
me parece verosímil que sean iguales. Sin embargo, nada sabemos ni tú
ni yo.
Negarás, por ventura, que algunos de los tales sean hombres.
No lo disputaré; así lo acepté de otros; de ellos están llenos los
libros de los antiguos y de los modernos, y no parece imposible; y
aun, por ventura, los hay más diversos aún de nosotros en alguna parte
del mundo no descubierta todavía, o los hubo o los habrá. Pues, ¿quién
puede decir algo cierto de todo lo que fué o es o será?
Decías ayer con tu perfecta ciencia, y aun desde muchos siglos se dijo,
que toda la tierra era rodeada por el océano, y la dividías en tres
partes universales: Asia, África, Europa. Ahora, ¿qué dirás? Ha sido
hallado un nuevo mundo, nuevas cosas en la nueva España, en las Indias
occidentales y orientales.
Decías también que las tierras meridionales y puestas debajo del
Ecuador eran inhabitables por el calor, y que las situadas debajo
de los Polos y en las zonas extremas, por el frío. Ya prueba la
experiencia que ambas cosas son falsas.
Construye otra ciencia, pues la ciencia de ayer es ya un montón de
dislates.
¿Cómo afirmas, pues, que son eternas e incorruptibles, y que no pueden
ser de otra manera tus proposiciones, miserable gusano, que apenas
sabes qué eres, de dónde vienes ni adónde vas?