Ya se comienza a enredar la cosa; de esto mismo ya se sigue que nada se

sabe.

Tal vez no me entendiste y me llamas ignorante y caviloso.

Dijiste verdad. Pero yo mejor que tú, porque no entendiste.

Ambos, pues, ignorantes.

Ya, pues, sin saberlo, concluíste lo que buscaba.

Si entendiste la ambigüedad de la consecuencia, viste manifiestamente

que nada se sabe; si no, piensa, distingue y desátame el nudo.

Aguza el ingenio. Prosigo.

Traigamos la cosa por su nombre. Pues para mí toda definición es

nominal y casi toda cuestión lo es.

Voy a explicarme.

No podemos conocer las naturalezas de las cosas; al menos yo; si dices

que tú sí, no lo disputaré; pero es falso. ¿Por qué tú y no yo? De ahí,

que nada sabemos.

Y si no las conocemos, ¿cómo demostrarlas? De ninguna manera.[3]

Tú, no obstante, dices que es definición la que demuestra la naturaleza

de la cosa. Dame una. No la tienes. Concluyo, pues...

Además, ¿cómo ponemos nombres a las cosas que no conocemos? No lo

concibo. Los hay, sin embargo.

De ahí, duda perpetua acerca de los nombres y mucha confusión y

falacia en las palabras, y tal vez en todo esto que acabo de decir.

Concluye tú...

Dices que tú defines esta cosa que es el hombre con esta definición:

animal racional mortal. Niego. Pues dudo nuevamente de la palabra

animal, de la racional y de la otra.

Definirás todavía estas cosas por los géneros y las diferencias

superiores, según les llamas, hasta llegar al ente. Preguntaré lo mismo

de cada uno de los nombres y, finalmente, del último: _ente_. Ya sé

menos.[4]

Dirás, sin embargo, que al fin se ha de cesar en las preguntas. Esto no

resuelve la dificultad ni satisface a la mente. Declaras, forzado, la

ignorancia. Me alegro. Procedo, pues, en consecuencia.

Una sola cosa es el hombre; pero la señalas, no obstante, con muchos

nombres: ente, substancia, cuerpo, viviente, animal, hombre y,

finalmente, Sócrates. ¿No son, todas éstas, palabras? Ciertamente. Si

significan lo mismo, son superfluas; si nuevas cosas, no significan una

sola: el hombre.

Dices que consideras muchas cosas en el mismo hombre, a cada una de

las cuales atribuyes nombres propios. Haces la cuestión más dudosa.

No entiendes a todo el hombre, que es algo magno, craso y perceptible

por el sentido, y lo divides en tan pequeñas partes, que escapan al

sentido, el más seguro de todos los jueces, para indagarlas con la

razón falaz y oscura. Obras mal, me engañas, y te engañas más a ti

mismo.

Pregunto: ¿qué llamas en el hombre animal, viviente, cuerpo,

substancia, ente? Lo ignoras como antes. Y yo también. Y esto quería.

Lo diré, sin embargo, más abajo.

Pregunto después: ¿qué significa este nombre _cualidad_, qué

_naturaleza_, qué _ánima_, qué _vida_? Dirás: esto. Lo negaré

fácilmente, pues puede ser otra cosa. Pruébalo. Recurres a Aristóteles.

Yo a Cicerón, cuyo es el oficio de mostrar las significaciones de las

palabras.

Dirás que no habló con tanta propiedad Cicerón ni con tanta exquisitez.

Yo replicaré lo contrario, pues Cicerón ejercía este arte, no

Aristóteles. Si quieres más, traeré otros cultivadores de la lengua

latina o de la griega, pues es lo mismo. No hay entre ellos concordia

alguna, ninguna certidumbre, ninguna estabilidad, ningunos límites.

Cada cual fuerza las palabras a su antojo, las desencaja aquí y allí

las acomoda a su placer. De ahí tantos tropos, tantas figuras, tantas

reglas, tanta confusión, de todo lo cual se compone la Gramática.

Y ¿qué no pervierten la Retórica y la Poética? ¿De qué modos no abusan?

Todos ellos ejercitan sólo la inútil locuacidad.

Así también la Dialéctica o Lógica, aunque de diversa suerte; pues

dispone en orden las palabras, las prepara al combate y les prohibe que

peleen separadas, en vez de unidas; dicta leyes, cohibe, consiente,

apremia. Finalmente, son parecidas la Dialéctica y la Lógica a aquellos

que fingen batallas y campamentos en los juegos y espectáculos

públicos, en los cuales se requiere más decoro que fuerza; muy al

contrario acontece a los que se preparan seriamente para la guerra, a

los cuales más conviene la fuerza que la hermosura.

Y, para todos, son las palabras soldados locuaces. ¿A cuál de ellas

creerás más? Es dudoso. Cada una quiere ser creída. No basta esto.

Las significaciones de las palabras parece que dependen principal o

totalmente del vulgo, y, por tanto, a él se han de preguntar; pues

¿quién nos enseñó a hablar sino el vulgo?

Por esta razón, casi todos los que hasta el momento presente

escribieron tomaron por fundamento de disputa lo que más frecuentemente

está en boca de los hombres, como aquello: «Entonces decimos que

sabemos algo cuando conocemos sus causas y principios», y aquello otro:

«Hase de aceptar aquí aquel principio aprobado por el consentimiento de

todos, que todos los hombres entonces se juzgan firmes», etc.

Mas ¿hay en el vulgo alguna certidumbre y estabilidad? Ninguna. ¿Cómo,

pues, habrá alguna vez reposo en las palabras?

Ya no hay dónde te refugies.

Dirás tal vez que se ha de buscar qué significación usó el que primero

impuso el nombre. Búscalo, pues. No lo hallarás.

Pero ya es bastante.

¿Es o no es todo, manifiestamente, cuestión de nombres? A mí me

parece que lo probé. Si lo niegas continuarás la prueba de la cuestión

principal. Pero luego se probará mejor.

La ciencia.

Veamos, pues, qué se ha de entender con el nombre de ciencia.

Pues si ésta es nula, no habrá quien sea llamado sabio.

¿Qué dice Aristóteles? Baste haber examinado a este autor sobre todos

los demás (como quien fué agudísimo escudriñador de la Naturaleza y a

quien sigue, las más de las veces, la mayor turba de filósofos); pues

si contra todos se hubiese de combatir, se extendería la obra a lo

infinito y abandonaríamos, además, la naturaleza, como es costumbre de

los otros.

¿Qué dice, pues, Aristóteles? Ciencia es un hábito adquirido por la

demostración. No entiendo. Esto es pésimo. Es definir lo oscuro por lo

más oscuro; así engañan los hombres.

¿Qué es hábito? Lo sé menos aún que lo que es ciencia. Y tú, menos

todavía...

Di, es una cualidad firme. Todavía menos. Cuanto más avanzas, menos me

convences; cuantas más palabras, más confusión. Me echas a la línea

predicamental, y de ahí, siempre al ente, que no sabes lo que es.

¿Hase o no de reducir todo a los predicamentos? Ciertamente que sí.

¿Qué se saca de ahí? Que todo se ha de llevar a un laberinto.

¿Qué son los predicamentos? Una larga serie de palabras. Pero ¿qué

dije? Digo de palabras, unas comunísimas, _ente_, _verdad_, _bien_, si

quieres; otras, menos comunes, _sustancia_, _cuerpo_; otras, propias,

_Sócrates_, _Platón_. Aquéllas lo significan todo; las segundas, muchas

cosas; las terceras, una sola.

Síguese que cuando dicen _Sócrates es hombre_, y de ahí _animal_, etc.,

se significa que esto que muestro (entiende _Sócrates_) llámase así con

particular nombre; es decir, con los otros semejantes en figura. Con el

nombre común, hombre; con el caballo y los demás que se mueven, pero

que son desemejantes en figura, _animal_, con el comunísimo con todas

las cosas, _ente_.

De los restantes predicamentos, lo mismo.

No basta. No contentos los lógicos con las palabras simples, para hacer

la cosa más difícil, usan de palabras comunes, añadiéndoles alguna

diferencia; como para el hombre, _animal racional mortal_, cualquiera

de las cuales es más difícil que la primera. Pues donde hay muchedumbre

hay confusión, y cuanto más amplias son las palabras tanto son más

confusas y oscuras.

Esto es mezquino. Construyen sobre cosas extrañas. De esta serie de

palabras (que se llaman predicamentos) disputan muchas cosas: del

orden, del número, del género, de la diferencia, de las propiedades,

de la reducción a ellas de todas las cosas; esto lo reducen a la línea

recta, aquello a la lateral; esto, por sí; aquello, por razón de su

contrario; esto es común de dos; aquello se reduce a lo otro; esto no

tiene a qué se reduzca, y, por tanto, si hay cielo, si no obtuvo lugar

en algún predicamento, nada es ya. ¿Qué diré? Por ahí se meten en

infinitas bagatelas. Más todavía, enredándose en palabras, se echan a

sí y a sus desgraciados oyentes en un caos profundo y estéril.

Con esto tienes toda entera la lógica de Aristóteles y mucho más las

dialécticas que después de él escribieron los modernos. Pues a los

nombres más comunes llaman géneros; a otros, especies, diferencias,

propios, individuos...

Si preguntas qué es esto, te diré: algo común abstraído por el

entendimiento; una ficción de Aristóteles no desemejante a las Ideas

platónicas. Pues ¿y la quimera del entendimiento agente (cosa nueva),

abstrayente o iluminante (más bien oscureciente) y del inteligente, de

donde surge el universal _animal_? Llevan a tanto las cosas, que, asno

significa la mente de estos lógicos, que no pueden comprender sino el

asno común, y aun formarlo, cuando, no obstante cada uno de ellos es un

asno particular.

¿Qué dices? ¿No es todo esto palabras y necedad? ¿Verdad que sí? Y esto

sólo de los términos simples, que llaman predicables. De los cuales

preguntan todavía ¿cuántos, cuáles, qué? Nada, líos.

Además, llaman a unos equívocos, a otros unívocos, análogos,

denominativos, términos, voces, palabras, dicciones, simples,

compuestas, complejas, incomplejas, mentales, vocales, escritas;

arbitrarias, naturales; de primera intención, de segunda intención;

categoremáticas, sincategoremáticas, vagas, confusas, y otras

innumerables denominaciones de los nombres, y además otras de éstas; y

acerca de cada una de ellas forman sutilísimas disputas, tan sutiles,

que el menor golpe las sepultas en la nada.

¿Llamas tú a eso ciencia? Yo le llamo ignorancia.

Juicios lógicos.

Como arañas sutiles, puestas a fabricar su delgadísima tela, estos

filósofos verbales constituyen el sujeto, el predicado, la cópula, la

proposición, la definición, la división y la argumentación. Y de todo

esto, además, otras infinitas especies, diferencias, condiciones.

¿Qué diré? Mientras aseguran que la mente se perfecciona con la

ciencia, se hacen totalmente insensatos; los que debieran investigar

y predican que investigan las causas y naturalezas de las cosas,

fingen novedades; y el que finge más y más oscuras cosas, ése es el

doctor; de donde también escribió él[5] la ciencia de los sofismas,

y así la ficción resuelve la ficción y un clavo saca otro clavo.

Me parecen semejantes[6] a aquellos que profesan la nigromancia y

los encantamientos, de los cuales el más astuto, como dicen, elude

las acciones y los conatos del otro y los anula y los deshace y

rompe. Algunos impíos objetaron antiguamente al divino Moisés acerca

de la serpiente que devoró a las de los magos: así estos nuestros

encantadores, confiados en las palabras, sin saber cosa alguna,

pretenden, no obstante, que saben muchas cosas para que no sean

argüídos de ignorancia.

Yo, contra su ignorancia, confieso de buen grado la mía, y con más

libertad descubro la suya. Nada sé. Pero menos ellos.

Hasta aquí del hábito.

La demostración.

¿Qué es _demostración_?

La definirás así: un silogismo que engendra ciencia.

Cometiste círculo vicioso y, por tanto, me engañaste y te engañaste.

Pero ¿qué es silogismo? ¡Cosa admirable; abre los oídos, extiende la

fantasía! Ni aun así cogerás, por ventura, tantas palabras.

¡Cuán sutil, cuán larga, cuán difícil es la ciencia de los silogismos!

Ciertamente es fútil, larga, difícil y nula la ciencia de los Sofistas.

¡Ah, blasfemé! Delinquí, porque dije la verdad. Ya soy digno de ser

apedreado. Pero tú de ser azotado, porque engañas. Pues la ignorancia

merece en todas partes perdón, pero la falacia castigo.

Oye; prueba que el hombre es ente. Dices así: el hombre es sustancia;

ésta es ente; luego el hombre es ente. Dudo de lo primero y de lo

segundo, y por tanto, dudo de la conclusión. Pero tú sigues así: el

hombre es cuerpo; el cuerpo es sustancia; luego el hombre es sustancia.

Dudo también de ambas cosas, y dices: el hombre es viviente; el

viviente es cuerpo; luego el hombre es cuerpo.

Y de esto dudo también, y dices: el hombre es animal; éste es viviente;

luego el hombre es viviente.

¡Sumo Dios, qué serie, qué fárrago, para probar que el hombre es ente!

La prueba es más oscura que la cuestión.

Niego también que el hombre es animal. ¿Qué dirás? No hay más géneros.

¿Adónde te acogerás? A la definición del animal, que es: un viviente

móvil y sensible; tal es el hombre.

Ambas cosas niego; sigue.

Viviente es el cuerpo que se nutre; tal es el animal; luego...

Prueba estas cosas.

Cuerpo es una sustancia que consta de tres dimensiones; tal es el

viviente; luego...

Ambas cosas son falsas.

Sustancia es ente por sí; cual es el cuerpo; luego...

Y quisiera también que lo probaras. Ya no podrás más.

¿Qué es, finalmente, el ente? Lo ignoras como antes. ¿Qué hiciste

con tus silogismos? No probaste que el hombre es ente, que es lo

que primero te había pedido; antes, ya subiendo, ya bajando por tu

línea, para que me aproximaras aquel altísimo ente, quedóse tan en el

aire que a poco más nos aplasta a ti y a mí en su caída; finalmente,

dejásteme la cuestión tan dudosa como antes o más.

Y al parecerte siempre que te probabas sólo las primeras proposiciones,

no tocaste a las segundas. Y si hubieses probado las primeras y

hubiésemos llegado a las segundas, ¿cuánto más no tropezaras en éstas?

¿A qué, pues, engañarse con tales encadenamientos de palabras?

* * *

Yo lo diré con más claridad.

_Ente_ lo significa todo: hombre, caballo, asno, etcétera; luego el

hombre es ente, como también el caballo y el asno.

Si me niegas lo primero, no lo probaré, pues no sabría. Pruébalo tú, si

sabes. Tú tampoco. Nada, pues, sabemos.[7]

Poco valor de los silogismos.

Vuelvo a los silogismos, cuya ciencia sutilísima cayó toda.

Dije yo arriba: los nombres, unos son comunísimos, como ente, verdad;

otros menos comunes: sustancia, cualidad; otros particulares: Platón,

Mitrídates.

Hay muchos intermedios, que ni significan tanto como aquéllos ni tan

poco como éstos: cuerpo, viviente, animal.

De ahí le es fácil al indagador mostrar con una sola palabra si el

hombre es sustancia.

Sustancia significa todo lo que es por sí; de donde, lo son el hombre y

la piedra y el leño; luego el hombre es sustancia.

Mas ellos, buscando rodeos, para que no caiga en desprecio su ciencia,

si es fácil, la hacen difícil y laboriosa con envolturas de palabras,

jactándose que demostraron y probaron científicamente que el hombre

es sustancia, diciendo así en _Barbara_,[8] castillo inexpugnable:

_Todo animal es sustancia; todo hombre es animal; luego todo hombre

es sustancia_. Dijiste verdad, pero la dijiste neciamente y más

oscuramente que podía el sabio. Pues es lo mismo que si dijeras, que

sustancia significa tanto los vivientes como los no vivientes; y

viviente significa el hombre y la cereza; luego desde lo primero a lo

último significa sustancia el hombre.

Mas por tantos grados intermedios se confunde la mente, y aun, por

ello, duda más de cada uno de los intermedios. ¿No es esto por ventura

aquello que había dicho en otro lugar el mismo: «Lo que se dice del

predicado se dice lo mismo del sujeto»? Mas esto son variaciones de los

nombres; como también aquello: «Lo que es dícese de muchos modos»; si

el nombre de hombre significa una sola cosa, dícese otro principio;

y la causa dícese de un modo; la naturaleza dícese de un modo; dícese

necesario.

Finalmente, todo lo que hay en la Metafísica de Aristóteles y en las

restantes obras, es definición de nombres. De donde, toda cuestión es

casi del nombre: si la sustancia se dice del hombre, y así de otras

cosas.

De tal suerte, no pudiendo saber nadie con certeza, no hay ciencia

alguna ni de cosas ni de palabras.

* * *

Di: en último término impongamos las palabras. Lo permito. Sabemos,

pues, que tal palabra significa esto. Falso, pues ignoras qué sea

_palabra_, ignoras qué sea _esto_, ignoras qué sea significar; luego no

sabes que tal palabra significa esto.

Prueba que se sigue, pues, ignoradas las partes, se ignora el todo. Y

tú conmigo ignoras partes y todo; luego nada sabemos.

¿Por qué, pues, siendo ignorantes yo y tú, pues tú mismo eres ignorante

y máxima la ignorancia de las palabras, llamas, sin embargo, sutil a

la ciencia y la hinches con fárrago oscuro y mayor ignorancia?

Para que aparezca sabio, dirás. Pero acontece al revés: pues, mientras

pones en solfa artificios y ridiculeces, predicas, en tanto, que sabes

mucho. Yo me confieso del todo ignorante y sorprendido de que no sepas

que nada sabes. Porque si lo sabes, al decir que sabes muchas cosas,

eres engañador y mentiroso. En vano busqué afanosamente un filósofo

sincero que diga con certidumbre si sabe perfectamente alguna cosa;

nunca lo hallé, aparte de aquel sabio y austero varón Sócrates (aunque

los llamados pirrónicos, académicos y escépticos lo afirmasen también

con Favorino), el cual sabía esto solo: que nada sabía. Por sólo decir

tal, yo le juzgo doctísimo; aunque ni aun así me satisfizo totalmente

pues, en rigor, ignoraba esto como todo lo demás. Sin embargo, para

afirmar mejor que nada sabía, dijo que sabía aquello solo. Tal vez por

eso, no sabiendo cosa alguna, nada quiso escribir.

Esto me vino siempre a la mente. ¿Qué diré yo que no sea sospechoso

de falsedad? Pues todas las cosas humanas me son sospechosas, y esto

mismo que escribo ahora, también.

No callaré, sin embargo; al menos diré libremente que yo nada sé; ni

tú tampoco trabajes en vano, lector, inquiriendo la verdad, esperando

que alguna vez podrás poseerla claramente. Y si después investigare

con los demás algo de lo que hay en la naturaleza, ni aun de tales

investigaciones me curo; pues todo es vanidad, como dijo aquel

sapientísimo Salomón, el más docto que recordamos de los que nos dieron

los pasados siglos; lo cual demuestran claramente sus obras, entre las

cuales ocupa el primer lugar aquel áureo libro llamado _Eclesiastés_.

Pero volvamos a la ciencia.

¿Qué movió a Aristóteles a disertar tantas y tan hondas cosas de la

contextura de las palabras; qué a fingir aquellos universales? Si

podemos saber alguna cosa sin todo esto, lo mostraré más abajo, donde

hablaré del modo de saber.

Mientras tanto, de Aristóteles no hay ciencia alguna.

Velo: la ciencia se obtiene por demostración. ¿Qué es eso? Un sueño

de Aristóteles no desemejante al repúblico de Platón, al orador de

Cicerón, al poeta de Horacio. No hay ciencia en parte alguna. Escribió

aquél con bastante prolija prosa, y nunca dió ciencia, ni después de

él la dió nadie. Al menos, dala tú y envíamela. No la tienes, lo sé;

Aristóteles mismo no formó jamás otro silogismo, sino cuando enseñó a

los demás a formarlos; y entonces, no con los términos que significan,

sino con los elementos _a b c_, y ello todavía con mucha dificultad. Y

si hubiese usado de términos justificativos, jamás hubiese terminado

la obra. ¿Para qué, pues, sirven éstos? ¿Por qué trabajó tanto en

enseñarlos? ¿Por qué después de él se esfuerzan todavía los demás?

Escribiendo no usamos de ellos ni él tampoco. Con silogismos nunca se

engendró ciencia alguna, antes se perdieron muchas y se turbaron por su

causa. Arguyendo y disputando, contentos con la simple consecuencia,

todavía usamos menos de ellos, pues de otra suerte nunca tendría fin la

disputa y siempre se había de pugnar sobre reducir el silogismo a modo

y figura, convirtiéndolo en otras copiosas bagatelas; y hay infinitos

necios que hacen hoy así y niegan cuanto no es puesto en modo y figura;

tanta es la estupidez humana y tanta la agudeza y utilidad de esta

ciencia silogística, que, olvidadas totalmente las cosas, se meten en

tinieblas.

De donde es de admirar al, por otro lado, agudo Averroes, y después

de él muchos, los cuales quisieron mostrar en todas partes que son

infalibles, certísimos y demostrativos los silogismos. ¡Con cuanto

trabajo se esforzó en reducir Aristóteles las cosas que dijo, a tales

moldes, cuando nada hay más extraño a ellas, según después mostraré!

Al contrario, no es de admirar que el Agustino, esplendidísima

lumbrera de la Iglesia cristiana, aprendiera sin preceptor, por su

solo esfuerzo, todas las otras ciencias, menos esta silogística. Pues

las otras se fundan en las cosas; pero ésta es una ficción sutil y de

ningún fruto, antes de muchísimo daño; como que aparta a los hombres de

la contemplación de la naturaleza y los detiene en sí, lo cual verás

mejor en el discurso de nuestras obras.

Mas esto se diferencia mucho de lo que dicen los escolásticos, a saber:

que es el modo de conocer y el principio sin el cual no hay ciencia.

Los cuales dicen ciertamente verdad, pero la dicen neciamente. Pues la

ciencia de ellos es ésta: no saben otra cosa que construir de la nada

un silogismo, es decir, de _a b c_; pues si se hubiese de construir

de algo, enmudecerían, como quienes no entienden ni la más pequeña

proposición.

* * *

Pero volvamos a nosotros.

¿Qué, pues? Quien enseña a construir una casa ¿no la construye él

jamás, ni tampoco sus discípulos? ¿Cómo voy a creer que se construye

así? Y si no hay demostración, ¿no hay ciencia alguna?

Además, también es falso aquello de que la demostración engendre hábito

científico. Del ignorante, pero apto para aprender, brota la ciencia

mas no así de la demostración, que sólo muestra la cosa que se ha de

saber, pues tal indica hasta la palabra misma _demostración_.

Yo no entendí jamás de Aristóteles ni de otros la más pequeña

proposición; mas impresionado por la lectura de sus libros, me

apliqué a contemplar todas las cosas, y vistas sus contradicciones y

dificultades, para no ser envuelto yo por ellas, desamparados todos

los filósofos, me refugié en las cosas, ejercitando mi propio juicio.

Esto fué para mí Aristóteles; lo que el mismo Aristóteles dice que fué

Timoteo para los demás autores, a saber: un estímulo para huir de las

contradicciones de los sabios y refugiarse en la naturaleza.

De donde es fácil ver cuán necios son los que buscan de solos los

libros toda ciencia, no estudiando en las cosas mismas. Pues quien me

señalare con el dedo una cosa para que la vea, no por eso produce en mí

la visión, sino que excita la potencia visual para que se reduzca al

acto.

De donde me parece también muy necio lo que algunos establecen: que

la demostración concluye y participa necesariamente de lo eterno e

inviolable; cuando por ventura quizá no hay tal eterno, o si existe nos

es desconocido como tal a nosotros, que somos muy corruptibles y muy

violables en poquísimo tiempo.

Por eso, al contrario, la verdadera ciencia, si la hubiera, sería libre

y nacida de entendimiento libre; el cual, si de suyo no percibe la cosa

en sí misma, no la percibirá forzado por demostración alguna.

Éstas (las demostraciones) fuerzan, por tanto, a los ignorantes,

a los cuales basta la sola fe. ¿Por qué, pues, ignorante, coliges

de aquí y de allí, de Aristóteles, muchas proposiciones, con las

cuales construyes al fin un silogismo _bárbaro_ y de las cuales no

entiendes una sola? Te querría bien si te dijera: deja la Filosofía,

pues eres totalmente inepto para ella; procura ser un buen alarife o

zapatero, o si quieres menestral, de esos que convierten la madera, las

piedras, los paños y los cueros en figura, no _bárbara_ como tú, sino

pulimentada, y no preguntan qué es la madera, la piedra, el paño o el

cuero, sino cómo forman de ellos una casa, un vestido o un calzado para

el César; mientras que tú, usando de la potestad del César, construyes

un laberinto en el que te aprisionas a ti y a otros parecidos

miserables a quienes falta el filo de la razón.

No entiendes, no sabes cosa alguna y, sin embargo, alardeas de enseñar

a los demás. Tampoco yo sé y, no obstante, me empeño en persuadírtelo.

De donde no sabiendo tú aquello, tampoco podrás percibir esto. Y yo

tampoco, ignorándolo todo, podré demostrártelo. Luego nada sabemos.

Que nada se sabe · 第 2 / 9 段