NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
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del libro.
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BIBLIOTECA
RENACIMIENTO
COLECCIÓN GIL-BLAS,
DIRIGIDA
POR DON
RICARDO LEÓN,
DE LA REAL ACADEMIA
ESPAÑOLA
CLÁSICOS
ESPAÑOLES
QVE NADA SE SABE
_POR EL_
DOCTOR FRANCISCO SÁNCHEZ
_MÉDICO Y FILÓSOFO_
_PRIMERA TRADVCCIÓN
EN LENGVA CASTELLANA_
Con un prólogo de MENÉNDEZ Y PELAYO.
GIL-BLAS
RENACIMIENTO
_DEDICATORIA_
_Al integérrimo y elocuentísimo varón
Diego de Castro
saluda
Francisco Sánchez._
[Ilustración]
Revolviendo ha poco mi biblioteca, Diego carísimo, di casualmente con
este opúsculo que compuse y trabajé durante siete años con propósito
de no darle a luz antes del noveno; mas ahora que le hallé, hecho una
criba de la polilla y los ratones, comprendí que si aún espero dos años
en dar sus pobres folios a la estampa es de temer que más sirvieran
para darles al fuego que para darles a luz.
Ello me indujo a abortar el librejo a toda prisa, juzgando
ambiciosamente que así como los partos humanos no sólo son viables al
noveno mes, sino también cuando alcanzan el séptimo, de igual suerte
podrá sobrevivir, con toda su ruindad, este aborto sietemesino.
¿Cuántos meses, cuántos años, cuántos siglos serían menester para que
en los partos del ingenio nada hubiese al cabo que mudar ni corregir?
¿Y no vemos con frecuencia cómo los autores, al pulir y rehacer sus
obras para acrecentar su virtud, las deforman en vez de reformarlas y
enervan o aniquilan sus bríos en lugar de robustecerlos?
Salga, pues, al campo este engendro de mi mocedad, libre y silvestre
como las palomas torcaces, llano y rudo como el soldado que va a
combatir contra el error. Y si acontece que le acorralan sus enemigos,
encárgale que se acoja a tus reales, amantísimo Castro, que en parte
alguna se hallará más seguro.
Y para que nadie le corte el paso antes que tú le conozcas, te lo envío
con estas letras para que lo más pronto posible te salude en mi nombre,
confirme nuestra amistad y, sellado con tus armas, salga a campaña
desembarazadamente.
Recíbelo, pues, con alegre rostro e inscríbele en el número de los
tuyos y a mí con él.--VALE.
En Tolosa de Francia, año de 1581.
_FRANCISCO SÁNCHEZ_
_AL LECTOR_
[Ilustración]
Innato es en los hombres el deseo de saber, pero a pocos es concedida
la ciencia. Y no ha sido en esta parte mi fortuna diversa de la del
mayor número de los hombres.
Desde mi primera edad, aficionado a la contemplación de la naturaleza,
dime a inquirir minuciosamente sus secretos; y aunque, al principio, mi
espíritu, ávido de saber, solía contentarse con el primer manjar que de
cualquier modo se le ofreciese, no se pasó mucho tiempo sin que, presa
de grave indigestión, comenzase a arrojar de sí tan mal acondicionados
alimentos.
Comencé entonces a buscar algo que mi mente pudiera asimilar y
comprender con facilidad y exactitud, algo en cuyo conocimiento y
certidumbre hallara luz y reposo, mas nada encontré que a llenar
viniera mis deseos. Revolví los libros de los autores pasados;
interrogué a los presentes: cada cual decía una cosa distinta; ninguno
me dió respuesta que del todo me satisficiese.
Confieso que en algunos avizoré y entreví ciertas sombras y dejos de
verdad, pero ni uno solo me mostró, sincera y definitivamente, la
verdad absoluta ni aun me dió un juicio recto y desinteresado de las
cosas.
Entonces me encerré dentro de mí mismo y poniéndolo todo en duda y en
suspenso, como si nadie en el mundo hubiese dicho nada jamás, empecé a
examinar las cosas en sí mismas, que es la única manera de saber algo.
Me remonté hasta los primeros principios, tomándolos como punto de
partida para la contemplación de los demás, y cuanto más pensaba más
dudaba: nunca pude adquirir conocimiento perfecto.
Sentí una profunda desesperación, mas persistí no obstante en mi
ardentísima y angustiosa empresa intelectual. Volví a acercarme a los
Maestros, y de nuevo les pregunté con ansia por la Verdad codiciada.
¿Y qué me contestaron? Cada uno de ellos se había construído una
ciencia con sus propias imaginaciones o con las ajenas; de las
cuales deducían nuevas consecuencias, más fantásticas aún, y de esas
consecuencias artificiales inferían otras y otras, fuera ya de las
cosas mismas, hasta dar en un laberinto de palabras sin fundamento
alguno de verdad. Así, en vez de una recta interpretación de los
fenómenos naturales, se nos ofrece un tejido de fábulas y ficciones que
ningún cabal entendimiento puede recibir. Pues ¿quién ha de comprender
lo que no existe: los átomos de Demócrito, las ideas de Platón, los
números de Pitágoras, los universales de Aristóteles, el intelecto
agente y todas esas famosas invenciones que nada enseñan ni descubren
si no es el ingenio de sus artífices? Con este cebo pescan a los
ignorantes, prometiéndoles que les revelarán los recónditos misterios
de la Naturaleza y los infelices lo creen a pie juntillo, tornan a
resobar los libros de Aristóteles, los leen y releen, los aprenden de
memoria, y es tenido por más docto el que mejor sabe recitar el texto
aristotélico.
¡Qué profunda miseria! Si tú, pensador de buena fe les niegas algo
a los tales de lo que allí se contiene, te llamarán blasfemo; si
arguyeres en contra te apellidarán sofista. ¿Qué les vas a hacer?
Engáñense en buen hora los que quieran vivir engañados. Yo no escribo
para tales hombres; ni aun pretendo que lean mis escritos. No faltará,
sin embargo, alguno de ellos que leyéndome y no entendiéndome (¿qué
sabe el asno del son de la lira?) pretenda hincarme el diente venenoso;
pero le sucederá lo que a la sierpe de la fábula esópica, que quiso
morder la lima y sólo consiguió quebrarse los dientes en el acero. Yo
aspiro a que me lean y entiendan los fuertes y juiciosos varones que no
están acostumbrados a jurar sobre las palabras de ningún maestro, sino
a examinar las cosas por sí mismos, a acometer con su propia espada
todas las cuestiones, guiados por el sentido y la razón.
Tú, lector desconocido, quien quiera que seas, con tal que tuvieres la
misma condición y temperamento que yo; tú, que dudaste muchas veces,
en lo secreto de tu alma, sobre la naturaleza de las cosas, ven ahora
a dudar conmigo; ejercitemos juntos nuestros ingenios y facultades;
séanos a los dos libre el juicio, pero no irracional.
Pero dirásme, por ventura: --¿Qué novedades puedes tú traerme después
de tantos y tan ilustres sabios como en el mundo han sido? ¿Te estaba
esperando a ti solo la Verdad? --Ciertamente que no --respondo al
punto--. Pero ¿acaso la Verdad les había esperado antes a ellos? Porque
Aristóteles haya escrito, ¿me he de callar yo? ¿Por ventura Aristóteles
llegó a apurar en sus obras toda la potestad de la naturaleza y abrazó
todo el ámbito de los seres? No creeré tal aunque me lo prediquen
algunos doctísimos modernos exageradamente adictos al Estagirita a
quien llaman dictador de la Verdad y árbitro de la Ciencia. No: en la
república de la ciencia, en el tribunal de la verdad, nadie juzga,
nadie tiene imperio sino la verdad misma.
Yo tengo a Aristóteles por uno de los más agudos y sutiles
escudriñadores de la Naturaleza que hubo en el mundo; yo le admiro como
a uno de los más fértiles ingenios que ha producido la especie humana:
pero afirmo, también, que ignoró muchas cosas, que en otras muchas
anduvo vacilante, que enseñó no pocas con grande confusión, que algunas
cuestiones las trató sucintamente o las pasó y huyó por no atreverse a
afrontarlas. Hombre era al fin, lo mismo que nosotros, y hartas veces,
contra su voluntad, hubo de dar muestras de la limitación y flaqueza
humanas. Tal es nuestro juicio. Suceden tiempos a tiempos, y con los
tiempos se mudan las opiniones de los hombres; cada cual cree haber
encontrado la verdad, siendo así que de mil que opinan variamente sólo
uno puede estar en lo cierto. Mas dentro de esa fatal y común flaqueza,
todos los hombres deben ejercitar sus facultades y, sin curar de
opiniones ajenas, aun a costa de errores y caídas, investigar las cosas
por sí mismos.
Séame, pues, lícito, como a todos los demás, y con ellos o sin ellos,
hacer la misma indagación. Quizá encuentre, al apartarme de las
antiguas autoridades, un destello de la verdad que busco. Y no te
admire, lector, que después de tantos y tan ilustres varones venga
yo, tan humilde, a mover de nuevo esta roca, pues no sería la primera
vez que un ratoncillo rompiese los lazos que sujetaban al león; más
fácilmente cobran la presa muchos perros que uno solo.
Y no por eso te prometo la verdad, pues yo la ignoro lo mismo que
todas las demás cosas; únicamente prometo inquirirla en cuanto me sea
posible, para ver si sacándola de las cavernas en que suele estar
encerrada puedes tú perseguirla en campo raso y abierto. Ni tampoco
tengas tú muchas esperanzas de alcanzarla nunca ni, menos, de poseerla;
conténtate, como yo, con perseguirla. Este es mi fin, este es mi
propósito, este debe ser también el tuyo.
Empezando, pues, por los principios de las cosas, vamos a examinar los
fundamentos más graves de la Filosofía, los que pusieron por base a sus
doctrinas los más insignes pensadores. Pero no me detendré mucho en
cuestiones particulares, porque quiero llegar pronto a exponer aquellas
nociones filosóficas que sirven de cimiento a la Medicina, de cuyo
arte soy profesor. Si quisiera recorrer todo el campo vastísimo de la
Ciencia, la vida no me bastara.
Ni esperes de mí compuesta y atildada expresión. Si me pusiera a
escoger las palabras y a usar de giros elegantes, la Verdad se me
escaparía de entre las manos. Si buscas elocuencia, pídesela a Cicerón,
cuyo era este oficio: yo hablaré con suficiente hermosura si hablare
con suficiente verdad. Quédense las bellas palabras para los poetas,
los cortesanos, los amantes, las meretrices, los rufianes, aduladores,
parásitos y gentes de esa laya, que tanto se precian de hablar bien. A
la Ciencia le basta siempre, porque es lo único necesario, la propiedad
del lenguaje.
Tampoco me pidas autoridades ni falsos acatamientos a la opinión ajena,
porque ello más bien sería indicio de ánimo servil e indocto que de un
espíritu libre y amante de la verdad. Yo sólo seguiré con la razón a
sola la naturaleza. La autoridad manda creer; la razón demuestra las
cosas; aquélla es apta para la fe; ésta para la ciencia.
Y quiera Dios que con el mismo ánimo que yo, sincero y vigilante,
escribo estos renglones, los recibas tú, vigilante y sincero, y los
juzgues con mente sana y libre, rechazando con firmes razones aquello
que te parezca falso (cosa para mí agradable por ser tan propia de un
filósofo) y sin necesidad de injurias (cosas, al fin, de mujerzuelas,
indignas de un filósofo y para mí, por tal, muy desagradables),
aprobando y confirmando, últimamente, aquello que te parezca verdadero.
Lo cual aguardo que hagas, en espera de futuras y más provechosas
investigaciones.--VALE.
En Tolosa, en las calendas de enero, año de la Redención mil y
quinientos setenta y seis.
_PRÓLOGO
de
MENÉNDEZ Y PELAYO_
[Ilustración]
_De multum nobili et prima, universali scientia quod nihil scitur_,
fué publicado por primera vez, que yo sepa, en 1581, pero escrito
en 1576, como del prólogo y de la dedicatoria a Diego de Castro se
infiere. Del autor de este libro singularísimo pocas noticias tengo,
fuera de las que ya consignó su primer biógrafo y discípulo, Ramón
Delasse, al frente de la colección de las obras médicas y filosóficas
de Sánchez, que se imprimieron juntas en Tolosa de Francia en 1636,
noticias que luego, con poca variedad, reprodujeron Nicolás Antonio
en su _Bibliotheca Hispana Nova_, Bayle en su famoso _Diccionario_, y
Barbosa Machado en su _Biblioteca Lusitana_. Dícese, ignoramos con qué
fundamento, que era de origen judío, y podemos afirmar que nació por
los años de 1552; su patria fué, según unos, la ciudad de Tuy; según
otros, la de Braga o algún pueblo de su archidiócesis, en tiempos en
que distaba mucho de estar consumada la funesta escisión moral de la
Península, y en que todavía el metropolitano Bracarense disputaba a
Toledo y a Tarragona la primacía de las Españas. Por motivos que no se
indican, pero que algo tendrían que ver con su condición de cristiano
nuevo, el médico Antonio Sánchez, padre de nuestro filósofo, hubo de
trasladarse a Francia y establecerse en Burdeos, donde ejerció su
profesión con mucho crédito y donde era grande el concurso de españoles
y duraba aún la fama del insigne humanista valenciano Juan Gélida,
llamado por Luis Vives _alter nostri temporis Aristoteles_. Comenzó
Francisco Sánchez sus estudios en Francia y los continuó en Italia,
haciendo larga residencia en Roma. Pero el campo principal de sus
triunfos fué la escuela médica de Montpellier, en la cual se graduó
de doctor en 1573, y después de haber sido ayudante del famoso médico
Huchet, obtuvo en brillantes oposiciones, a los veinticuatro años
de edad, una de las principales cátedras de aquel gimnasio, la cual
desempeñó por espacio de once años. Las guerras civiles llamadas de
religión y los tumultos del tiempo de la Liga le hicieron abandonar
aquel quieto asilo de la ciencia, refugiándose en Tolosa, donde vivió
el resto de sus días, ocupado en la práctica de la medicina, que
le granjeó estimados honores. Murió en 1623, a los setenta años de
edad.[1] Sus hijos, Dionisio y Guillermo Sánchez, hicieron imprimir
en 1636 la edición general de sus obras, que comprende gran número de
tratados de medicina, entre los cuales descuellan los tres libros _De
Morbis internis_, los dos de _De Febribus et earum synptomatibus_, y
la _Summa Anatomica_ en cuatro libros, sin hacer méritos de muchos
comentarios a Galeno y de una _Censura de las Obras de Hipócrates_.
Los libros de filosofía no son más que cuatro y muy breves;[2] tres de
ellos comentarios o más bien observaciones escépticas sobre algunos
tratados aristotélicos como el de _De divinatione per somnium_ y a
_Phisiognomia_ (este último tenido hoy por apócrifo). El cuarto y el
más importante de todos es el _Quod nihil scitur_, obra que, a pesar de
tener muy pocas páginas y estar escrita con rapidez, ligereza y gracia
de estilo que ciertamente convidan a su lectura, ha sido hasta el
presente mucho más citada que leída. El título paradójico que su autor
la dió ha extraviado a la mayor parte de los críticos, induciéndoles a
creer que se trataba de una declamación contra las ciencias, semejante
a la de Cornelio Agripa. Nada más lejano de la mente de Sánchez que
imitar el mal ejemplo de aquel charlatán filosófico. Sánchez, hombre de
ciencia positiva, médico de los más famosos de su tiempo, matemático
y astrónomo que no dudó medir sus fuerzas con el mismo Cristóbal
Clavio, no iba a perder su tiempo en un vano ejercicio retórico.
Su escepticismo no podía ser más que propedéutico; si atacaba la
ciencia de su siglo, era para preparar los caminos a una concepción
científica que él tenía por más racional y elevada. Es cierto que de
su sistema no nos queda más que la parte negativa o destructiva, pero
el autor anuncia constantemente que dará luego una parte positiva, y
que el actual opúsculo sólo puede considerarse como introducción o
trabajo previo. Dondequiera anuncia su formal propósito de intentar la
reconstrucción de la ciencia, basándola no en quimeras y ficciones,
sino en la propia realidad de las cosas, huyendo de imposturas, sueños,
delirios y prestidigitaciones filosóficas. Su empeño es no menor que lo
fué luego el de Descartes. Rehacer totalmente la síntesis científica,
mostrando: primero, si es posible saber alguna cosa, y segundo, cuál
puede ser el método que nos lleve a esta ciencia segura y novísima.
... Las palabras con que Francisco Sánchez en 1576 nos declara que
después de haber pasado por la filosofía de las escuelas, y por un
período en que le invadió lo que Kant llama _el tedio de pensar_, buscó
una tabla a que asirse en el naufragio de todas las tesis dogmáticas,
y se encerró dentro de su propia conciencia y empezó a dudar de todo,
hasta de los primeros principios, son punto por punto las mismas
con que Descartes había de encabezar en 1637 su _Discurso sobre el
método_. Y ved, lectores, cómo cada día resulta más evidente que el
cartesianismo se formó en gran parte con despojos de la filosofía
española: tomando de Sánchez la duda metódica y el replegarse en propia
conciencia; tomando de Gómez Pereira el razonamiento inicial que con
nombre de silogismo o entinema no es más que la afirmación espontánea
del hecho primitivo de conciencia, base del método psicológico.
No esperéis de mí, ni cabe en los límites de este discurso, que ya va
adquiriendo desusadas proporciones, un análisis completo del libro de
Sánchez. Muy corto es, pero no hay en él palabra perdida; para mostrar
toda su originalidad, habría que pesarlas una tras otra. Además, este
trabajo ha sido ya brillantemente realizado en una tesis alemana,
a la cual me remito para todos los desarrollos que aquí se echen
de menos. A mi propósito baste indicar aquellos puntos cardinales
que, separando a Sánchez del escepticismo vulgar, lo convierten en
verdadero precursor del cristianismo positivista. Otros pensadores,
especialmente españoles y también italianos, le habían precedido en
sus violentos ataques contra el principio de la autoridad escolástica,
en sus valientes afirmaciones de la autonomía científica y de los
fueros del propio pensar, en su guerra contra Aristóteles, y aun si se
quiere en su anticipado cartesianismo. Pero la originalidad de Sánchez
consiste en ser un escéptico empedernido en cuanto a toda realidad
metafísica superior al mundo de los fenómenos, y un fogoso creyente
en los resultados de la ciencia experimental, como no podía menos de
serlo un tan célebre anatómico como él, que, según refiere su biógrafo,
había formado una especie de sociedad secreta para hacer la disección
de los cadáveres del hospital de Tolosa. Un tan aventajado discípulo y
émulo de Vesalio, de Servet, de Realdo Colombo y de Fallopio, no podía
profesar, en cuanto a las ciencias naturales, aquella manera de grosero
y plebeyo escepticismo que tanto ofende en las paradojas de Cornelio
Agripa. Tenía que ser un escéptico empírico, como lo fueron los
médicos alejandrinos sucesores de Enesidemo, como lo fué, por ejemplo,
Menodoto, el adversario de Galeno.
A primera vista, nada más radical que las primeras afirmaciones de
Sánchez: ni siquiera está seguro de que no sabe nada; se limita a
conjeturarlo vehementemente de sí mismo y de los demás. No podemos
conocer la naturaleza de ninguna cosa.
Y si no la conocemos, ¿cómo ha de ser posible la demostración? Y si
no podemos demostrar nada, ¿cómo nos atrevemos a definirlo? ¿Cómo
tenemos la audacia de poner nombres a las cosas que ignoramos? Cuando
se define el hombre «animal racional mortal», ¿qué quiere decir
_animal_, qué quiere decir _racional_, qué quiere decir _mortal_?
No se puede salir del paso como no fuera definiendo por géneros y
diferencias superiores, hasta llegar al Ente último, que nadie sabe
lo que significa, pero que ya no se define, porque no tiene género
superior. Ente, sustancia, cuerpo, viviente, animal, hombre... palabras
y palabras. ¿Qué quiere decir _cualidad_, qué _naturaleza_, _alma_,
_vida_? Cada filósofo entiende estos términos a su modo, y los hace
servir a su propósito. Y si queremos guiarnos por el uso vulgar,
tampoco encontramos uniformidad ni concordia.
Sánchez es, por consiguiente, un nominalista acérrimo, para quien las
palabras no son más que signos de sensaciones. Pero ¿hemos de creer
que por eso no tenga un concepto de la ciencia? Sí que le tiene, y
es cardinal en su filosofía; pero antes de llegar a él, empieza por
analizar y rechazar el de Aristóteles: _scientia est habitus per
demostrationem acquisitus_. «Es definir lo obscuro por lo más obscuro
(dice nuestro filósofo); todavía entiendo menos lo que es el hábito
que lo que es la ciencia. Y volveremos a enredarnos en la serie de los
predicamentos, para venir a parar en el consabido Ente. Y ¿qué son los
predicamentos? Una serie larga de palabras inventadas para que los
lógicos disputen eternamente sobre su orden, sobre su número, sobre sus
diferencias y propiedades, sepultándose a sí propios y a los míseros
oyentes en un caos profundísimo de inepcias, de que está llena la misma
lógica de Aristóteles, y mucho más las dialécticas posteriores. A esto
se añade la ficción aristotélica de los universales, no menos vacía
que la de las ideas platónicas; y esa nueva quimera del entendimiento
agente, abstrayente e iluminante, que más bien llamaríamos
obscureciente. Así se forma todo ese laberinto de disputas eternas
sobre los términos equívocos, unívocos, análogos, denominativos,
de primera intención, de segunda intención, categoremáticos,
sincategoremáticos y otras innumerables denominaciones. ¡Y a esto
llamamos ciencia! En vez de perfeccionar el entendimiento, educamos
generaciones de insensatos; en vez de investigar las causas de los
fenómenos naturales, las inventamos, y el que las multiplica más y
las hace más obscuras pasa por más sabio; una ficción resuelve otra
ficción, y un clavo impele otro clavo. Más que ejercicio de filósofos,
parece escamoteo de prestidigitadores o nigromantes.»
«¿Y cómo hemos de creer (prosigue Sánchez) que la demostración pueda
fundarse en el silogismo? Me dirás, ¡oh escolástico!, que soy blasfemo,
y que merezco ser apedreado. Tú sí que mereces palos, por dejarte
engañar con tales trampantojos. Anda, pruébame que el hombre es un
Ente. Y empezáis a discurrir de este modo: «el hombre es sustancia, la
sustancia es Ente; luego el hombre es Ente». Y yo dudo de lo primero
y dudo de lo segundo, y por tanto dudo de la conclusión. Y tú sigues
probando: «el hombre es cuerpo, el cuerpo es sustancia; luego el hombre
es sustancia». Y yo dudo de la mayor y de la menor. Y tú continúas: «el
hombre es viviente, el viviente es cuerpo; luego el hombre es cuerpo».
Y como prosigo en mis dudas, me lanzas este otro silogismo: «el hombre
es animal, el animal es viviente; luego el hombre es viviente». ¡Dios
mío, qué fárrago para probar que el hombre es un Ente! La prueba es
más obscura que la cuestión. Y a todo esto continuamos ignorando lo
que es Ente, lo que es sustancia, lo que es vida, lo que es animal y
lo que es hombre. ¿Qué has adelantado con tus silogismos? Tan dudosa
has dejado la demostración como estaba al principio, y aún recelo que
ese Ente de que hablas haya quedado tan en el aire, que nos aplaste
a ti y a mí en su caída. ¿Para qué quieres engañarte y engañarme con
esas concatenaciones de términos verbales? Confiesa como yo que no
sabemos una palabra. Todos esos grados intermedios no sirven más que
para confundir la mente y disimular la ignorancia. Casi todo eso que
llamáis Metafísica se reduce a puras definiciones nominales. Ignorando
las partes se ignora el todo, y la verdad es que no sabemos ni el todo
ni las partes. Pero yo tengo la ventaja de confesar mi ignorancia, como
los escépticos, académicos y pirrónicos, y como aquel sapientísimo y
excelente varón llamado Sócrates, si bien éste, a mi entender, afirmó
demasiado cuando dijo que no sabía nada, puesto que en rigor ignoraba
esto lo mismo que todo lo demás. Sin duda por eso no escribió nunca una
letra, y yo, mirándolo bien, debía seguir su ejemplo, pues ¿qué cosa
podré decir que esté libre de error o falsedad? Todas las cosas humanas
me parecen sospechosas, empezando por estas mismas que voy escribiendo.
Pero no me callaré, sino que diré libremente que creo o sospecho que
no sé nada, para que tú, ¡oh lector!, no te fatigues en vano esperando
que algún día vas a obtener la verdad; y si después de haberte enseñado
esto llego a descubrir algo de lo que la naturaleza nos encubre, ni aun
de este descubrimiento me cuidaré mucho, porque al fin todo es vanidad,
como dijo el hombre más sabio de este mundo.»
En suma, que la ciencia, suponiendo que en algún modo sea posible,
no se obtendrá nunca ni por método deductivo ni por demostración. La
demostración es un sueño de Aristóteles, tan sueño como la República
de Platón. No existe ni es posible demostración alguna. El silogismo
no ha servido para fundar ninguna ciencia, sino para echarlas a perder
y confundirlas a todas. Sirve sólo para apartar los hombres de la
contemplación de la realidad, y burlarlos e iludirlos con sombras y
apariencias engañosas.
En resolución, Francisco Sánchez declara que de Aristóteles y de
sus discípulos nunca sacó su espíritu más positiva ventaja que la
de moverle con sus contradicciones y dificultades a «huir de ellos
y a refugiarse en la realidad de las cosas» _(ad quamlibet rem
contemplandam me accinxi... iis dimissis ad res confugi, inde iudicium
petiturus)._ «La ciencia no está en los libros, sino en las cosas. El
que me muestra alguna con el dedo no produce en mí la visión, sino que
ejercita la potencia visual para que se reduzca a acto.»
Gran necedad le parece a nuestro escéptico el suponer que la
demostración puede tener fuerza necesaria como derivada de principios
eternos e inviolables, cuando en primer lugar es dudoso que tales
principios existan, y si existen, son enteramente incógnitos para
nosotros, que somos seres corruptibles y sobremanera violables en
poquísimo tiempo. La verdadera ciencia, si es que alguna ciencia
existe, ha de ser ciencia libre y nacida de libre entendimiento, y si
no percibe la cosa en sí misma, tampoco la percibirá obligada por los
artificios dialécticos de ninguna demostración.
A veces el menosprecio de la ciencia escolástica llega a tal punto
en Francisco Sánchez, que, dirigiéndose a su interlocutor supuesto,
le exhorta a que abandone el pueril ejercicio de juntar absurdas
proposiciones para construir su silogismo bárbaro, y se dedique a
cualquier arte liberal o mecánica, porque un buen arquitecto, un buen
curtidor, un buen zapatero y hasta uno malo y remendón, valen más que
un inepto filósofo. Pero su humorismo escéptico le impone en seguida
una salvedad necesaria: «tú no me puedes entender, porque no sabes
nada, y como yo también lo ignoro todo, tampoco te podría persuadir de
ello, por mucho que me empeñara».
Pero en último caso, si la ciencia existe, o puede existir en lo
sucesivo, nunca habrá de ser un fárrago de conclusiones dialécticas
y de especies varias, sino una visión interna (SCIENTIA AUTEM NIHIL
ALIUD EST QUAM INTERNA VISIO), una _intuición directa de las cosas
singulares_ o individuales. De aquí se infiere, y Sánchez lo deduce
con su rigor nominalista y fenoménico, que la ciencia sólo puede ser
ciencia de cada cosa en particular y no de muchas a un tiempo, así como
de cada objeto no se da más que una visión. No es posible entender
dos cosas a la vez, como no es posible percibir a un tiempo dos
objetos. Pero así como todos los hombres, específica o nominalmente,
son un hombre solo, también la visión se llama una, aunque sea de
muchas cosas, y aunque sean muchas visiones a un tiempo. Y así podemos
decir que la Filosofía es una ciencia sola, aunque sea contemplación
de muchas cosas, cada una de las cuales exige antes particular
contemplación. Una ciencia basta, en rigor, para todo el mundo, y todo
el mundo no basta para la ciencia. «Para mí, la menor cosa de este
mundo sería materia de contemplación para toda la vida, y no por eso
tendría yo la esperanza de haberla conocido bien. Créeme: muchos son
los llamados y pocos los escogidos, y si quieres hacer la prueba, ponte
a analizar un insecto, y verás lo poco que llegas a saber.»
La ciencia no puede ser un ejercicio de memoria, aunque la memoria
sea necesaria para conservarla; ni podemos afirmar que su objeto
esté en nosotros, puesto que nuestras mismas dificultades nos son
imperfectamente conocidas, y nada sabemos, en rigor, ni de nuestro
cuerpo, ni de nuestra alma, ni de nuestra inteligencia, ni de las
imágenes de nuestra fantasía. Existan o no existan las cosas, y
respondan a ellas sus imágenes o no respondan, la ciencia no puede
ser un hábito ni una cualidad, sino una visión, un acto simple de la
mente, un acto perfecto desde la primera intuición. Y esto no por la
reminiscencia platónica, que Sánchez combate largamente con razones
análogas a las de los peripatéticos, ni porque en esta intuición
vaya envuelto el conocimiento de las causas, que en buena doctrina
escéptica son totalmente inasequibles, como nuestro autor inculca
en repetidos lugares, así respecto de la causa final como de la
eficiente; no porque de lo relativo deduzcamos lo absoluto, que es
incomprensible e ininteligible en sí (lo _incondicionado_ de Hamilton,
lo _incognoscible_ de Herbert Spencer), ni porque tengan valor alguno
los socorridos conceptos de materia y forma, ni porque sea lícito decir
con Aristóteles que existe una ciencia indemostrable de los primeros
principios, porque la ciencia, dado que exista, tiene que ser una y no
múltiple, como uno es el entendimiento y uno el acto de la intuición.
La ciencia no puede ser otra cosa que «el conocimiento perfecto
de la cosa» (_scientia est rei perfecta cognitio_). Y ¿qué es el
conocimiento? Sánchez confiesa que no se atreve a definirlo. Llamarle
_comprehensión_, _percepción_, _intelección_, no es más que acumular
sinónimos. No hay más remedio que encerrarse cada cual dentro de sí
mismo y _pensar_. El pensamiento testifica de sí propio, aun ante los
más declarados escépticos. Y aquí surge una nueva fuente de discusión.
Yo respondo de mi propio conocimiento; tú del tuyo. ¿Quién fallará
este pleito? ¿Quién podrá discernir cuál de estos conocimientos es el
verdadero? Nadie. Y entonces se me dirá (prosigue Sánchez): «¿Por qué
escribes? Escribo para decir lo único que sé: lo que yo pienso.»
Y lo que piensa es que en el problema del conocimiento hay que
distinguir tres términos: la cosa que ha de ser conocida (_res
scienda_), el ente que conoce (_ens cognoscens_) y el conocimiento
mismo (_cognitio ipsa_). Las cosas susceptibles de ser conocidas serán
quizás infinitas, no sólo en los individuos, sino en las especies. Por
lo menos nadie puede afirmar que su número sea limitado. Y no paran
aquí las antinomias: ni tenemos derecho a decir que la materia sea una,
ni tampoco que sea múltiple. Nadie puede demostrar que los espíritus no
tengan su materia propia, aunque los llamamos múltiples. Es la misma
duda de Locke, que llevaba en germen todo el materialismo del siglo
pasado.
Renunciando generosamente a la resolución de tan arduos problemas,
Sánchez se limita a consignar que los objetos de la ciencia, aunque
sean múltiples, están enlazados entre sí por cierta ley de _conexión
o de asociación_, que hace que todas las ciencias se presten mutuos
servicios y hagan continuas excursiones las unas en el dominio de las
otras, no porque exista una ciencia superior que pueda dar leyes a las
demás y resolver sus conflictos, sino porque todas parecen conspirar
al mismo fin (_omnia tamen in unum conferunt_), y es indecible el
encadenamiento de ellas (_indecibilis omnium concatenatio_). Cabe,
pues, cierta manera de síntesis científica, provisional a lo menos,
que nuestro pensador no llegó a formular, reservándola sin duda para
libros posteriores. Pero lo que en éste afirma es que semejante
síntesis estará siempre muy lejos de la _una_ y verdadera ciencia. Los
que hoy llamamos conocimientos científicos no son más que rapsodias y
fragmentos recogidos de pocas y malas observaciones. Para que todavía
resulten más estériles, las supuestas ciencias se han subdividido hasta
el infinito, como si el conocimiento de una sola cosa no exigiese el de
otras innumerables.
Y en vano se intenta suplir este conocimiento con la vacía invención
de los universales. En el mundo todo es particular, y sólo se perciben
los individuos: los géneros y las especies no son más que una vana
imaginación. Y en realidad ¿qué podemos afirmar con carácter universal
y con certeza? La ciencia que hoy llamamos perfecta, mañana resulta
anticuada: ayer se decía que el Océano circundaba toda la tierra y que
la tierra tenía tres partes; hoy se ha descubierto un nuevo mundo:
ayer decíamos que la zona ecuatorial era inhabitable por el excesivo
calor, y las tierras vecinas a los polos por el excesivo frío, y hoy la
experiencia convence de lo contrario. Hay que construir otra ciencia,
puesto que resulta falsa la primera. «¿Cómo te atreves a hablar de
proposiciones eternas, incorruptibles, infalibles, tú, miserable
gusano, que ni siquiera sabes quién eres, ni de dónde vienes, ni adónde
vas?»
Por otra parte, nos está vedado el acceso de la mayor parte de las
cosas lejanas de nosotros, ya por razón del espacio, ya por razón del
tiempo. De aquí tanta variedad de opiniones, tanta penuria de ciencia.
No se le ocultaron a Francisco Sánchez algunas de las antinomias
kantianas: v. gr., la eternidad o creación del mundo. Terminantemente
afirma que por racional discurso no puede probarse ni que el mundo sea
eterno, ni que haya tenido principio, y haya de tener fin. Declarada
de este modo la impotencia de la razón para resolver tal conflicto, se
refugia en el testimonio de la fe, y a nuestro juicio sinceramente,
porque nada hallamos en sus escritos ni en su vida que nos muestre en
él lo que hoy llamaríamos un librepensador en materia religiosa. Sería
de origen judío o cristiano, pero que tenía una creencia positiva no
es dudoso para nosotros. Su biógrafo nos dice expresamente que jamás
el pirronismo de Sánchez ni sus cavilaciones escépticas tocaron a
las cosas divinas, así como tampoco dudó nunca del testimonio de los
sentidos. La Inquisición dejó pasar sin tacha ni censura todos sus
escritos. Por otra parte, nada le obligaba a disimular, y escribiendo
como escribía en un país de relativa tolerancia religiosa, después de
Rabelais y poco antes de Montaigne, fácil le hubiera sido manifestar, o
insinuar a lo menos, su indiferencia religiosa si realmente la hubiera
profesado. Cuando tales audacias se toleraban en escritores que hacían
uso constante de la lengua vulgar y escribían para todo el mundo, ¿no
hubiera podido él, con un poco de artificio de estilo, hacerlas pasar
iguales o mayores en un libro escrito en latín y sólo para los hombres
de ciencia? Si no las puso, fué porque realmente no las pensaba ni
las sentía. No hay que leer entre líneas, ni buscar en el _Quod nihil
scitur_ más que lo que el autor quiso darnos. La intrepidez filosófica
de Sánchez era tal, que si realmente hubiese sido heterodoxo, no
habría retrocedido ante la hoguera de Miguel Servet y de Giordano Bruno.
... El incurable escéptico reaparece, cuando después de habernos
mostrado lo vano e impotente del conocimiento por razón de su materia
_(res cognita)_ emprende mostrarnos la incapacidad de nuestras
facultades cognoscitivas _(ens cognoscens)_ para alcanzar algo que
no sea fenomenal, variable y limitado. Todo conocimiento viene de
los sentidos, pero los sentidos no conocen las cosas exteriores,
aunque nos pongan en contacto con ellas. Si los sentidos nos engañan,
nuestro entendimiento nos engañará también, puesto que no tiene
más dato que el de los sentidos, ni ve las cosas mismas, sino sus
imágenes, simulacros o representaciones. Nuestra noción de las cosas
exteriores parece aquel convite de la fábula dado por la zorra a la
cigüeña en redoma de boca estrechísima. Juzgamos de las cosas por
sus simulacros; esto es, por meras representaciones de accidentes,
que no tocan a la esencia, ni nos dan razón alguna de ella. En esta
parte Sánchez se declara expresamente secuaz de Luis Vives, y le
defiende contra Escalígero, que había tachado de absurdo su criticismo
prekantiano. «Si esta opinión es absurda (dice), yo quiero ser tenido
por hombre absurdísimo, puesto que Vives se contentó con decir que el
conocimiento psicológico estaba lleno de obscuridad, y yo añado que no
sólo es obscuro, sino caliginoso, escabroso, inaccesible, y con tales
dificultades y contradicciones, que no han sido, ni serán, superadas
por nadie.» Decimos que el conocimiento es la aprehensión de la cosa,
y todavía no sabemos lo que es la aprehensión ni la percepción ni la
intuición. A lo sumo podemos distinguirla de la recepción. Nuestros
sentidos _reciben_, pero no conocen. Podemos distinguir también el
conocimiento propio directo o intuitivo del conocimiento renovado por
la memoria. Tres son las cosas que de diverso modo conoce la mente:
1.º, los objetos externos; 2.º, sus propias operaciones internas;
3.º, algo que a un tiempo puede ser considerado como externo y como
interno. El conocimiento de los objetos exteriores es mediato, por
los sentidos, pero el conocimiento de las operaciones internas es
inmediato y _per se_, y el conocimiento de la tercera especie participa
de lo mediato y de lo inmediato. Este conocimiento es el que algunos
lógicos semipositivistas, especialmente Taine, admiten con el nombre
de conocimiento de _abstracción_, cuyo oficio es despojar de sus
accidentes a la intuición sensible y elevarla a cierta generalidad que
ya traspasa los límites del puro empirismo. _Naturam quandam sibi
fingit communem, ut potest_, dice Francisco Sánchez. Pero ¡qué poder
de abstracción tan relativo y limitado, que apenas procede más que
por negaciones y exclusiones, comparaciones y divisiones! Aun así no
quiere concederla nuestro filósofo el nombre de verdadero conocimiento,
sino de pura _opinión_, mucho más incierta que el testimonio interno,
mucho más incierta que el testimonio de los sentidos, cuyas ilusiones y
falacias analiza largamente Sánchez con argumentos y observaciones en
que no nos detendremos, por ser sustancialmente las mismas que habían
presentado Sexto Empírico y los antiguos escépticos. Hay que advertir,
sin embargo, que Sánchez remoza toda esta antigua materia filosófica,
adaptándola al progreso científico de su tiempo, y enriqueciéndola con
los resultados de su propia observación anatómica y fisiológica.
En suma, «el entendimiento humano es una potencia pasiva, a la cual
se opone otra pasiva impotencia». La imperfección de los instrumentos
contradice a la perfección de la obra. Aquí expone nuestro médico
interesantes consideraciones sobre el influjo de lo físico en lo moral,
encontrándose en muchas observaciones con Huarte, como era natural,
dada su común tendencia antropológica. Sánchez no admite que el
entender sea función exclusiva del alma, sino del hombre todo, en su
unidad de cuerpo y de espíritu, indisoluble en cualquiera de sus actos.
Pero sobre estos rasgos, dignos de ser considerados por su valor propio
en disertación ajena de nuestro asunto, y sobre la bellísima peroración
final, en que el autor ofrece como la quinta esencia de toda la parte
negativa y demoledora del criticismo del Renacimiento, y da nueva vida
en su estilo nervioso, impaciente y pintoresco (verdadero estilo de
insurrecto literario y de periodista de oposición filosófica) a lo que
en tono más reposado, y haciendo salvedades que él no hace, habían
escrito Luis Vives y sus discípulos, ya contra los viciosos métodos
de enseñanza y el abuso del argumento de autoridad, y el ciego y
desacordado empeño de buscar la ciencia solamente en libros, cerrando
los ojos al maravilloso espectáculo de la naturaleza, ya contra la
torpe ambición que convierte la ciencia en miserable granjería, en vez
de amarla con indomable amor, por sí misma, por su propia virtud y
excelencia, y por los inefables deleites que proporciona; ya contra el
vano rumor de la disputa, que se va haciendo más encarnizado y ruidoso
cuanto más se alejan los contendientes de la directa inspección del
objeto en litigio; ya, finalmente, sobre la confusión que en el ánimo
del alumno induce el choque de encontradas opiniones; sobre todas estas
cosas, digo, pondremos siempre como expresión total del pensamiento de
Sánchez aquellas palabras, casi las últimas, en que asigna por únicos
criterios a la ciencia futura el experimento y la crítica o el juicio
que ha de fecundar las conclusiones experimentales. «En vano (dice
Sánchez) se trabaja por reparar el ruinoso edificio de la demostración
silogística; su materia es frágil y además está mal construído; cada
día hay que añadirle nuevos puntales para impedir su completa ruina.
El que quiera saber algo no tiene más camino que contemplar las cosas
en sí mismas; pero como esta contemplación directa no es posible,
dados los límites en que se mueve el conocimiento humano, hay dos
medios subsidiarios que no suministran ciencia perfecta, pero que,
en suma, algo perciben y algo enseñan: el experimento y el juicio,
pero no separados nunca, sino en íntimo enlace y unión, como mostraré
en otro libro. Los experimentos son muchas veces falaces y siempre
difíciles, y hasta cuando llegan a la perfección, nunca nos muestran
más que los accidentes extrínsecos, jamás la naturaleza de la cosa. El
juicio recae sobre los resudados del experimento, y por consiguiente
no traspasa el límite de lo exterior, y aun esto lo discierne de una
manera incompleta, sin que sobre las causas pueda pasar de una probable
conjetura. Se dirá que nada de esto es ciencia. Pues no hay otra.»
La filosofía de Sánchez es, mucho más que la de Luis Vives, un
verdadero _ars nescendi_. Niega demasiado para ser un verdadero
escéptico; hoy más bien le llamaríamos _agnóstico_. Su libro termina,
sin embargo, con una interrogación, con un _quid?_ análogo al
_Que-sais-je?_ de Montaigne. Esta analogía y otras muy fortuitas, como
la de llevar el _Quod nihil scitur_ la fecha de 1576, y ser la primera
edición de los _Ensayos_ de 1580, habiéndose escrito además una y otra
obra en países no muy distantes, ha hecho suponer entre el pensamiento
de ambos autores cierta analogía, que, a nuestro entender, no existe.
El escepticismo mitigado de Montaigne, aquella manera de filosofar
tan personal suya, ejercicio fácil y suave de una curiosidad siempre
activa; aquella tan simpática y continua observación de sí propio,
es una manera de sibaritismo intelectual, más que de filósofo, de
hombre de mundo, que gusta de dormir sosegadamente sobre la almohada
de la duda; por el contrario, el escepticismo de Sánchez, dado que
así queramos llamarle, es una doctrina esencialmente batalladora, que
aparentando suspender el juicio, trae realmente juicio definitivo y
formado sobre los más capitales problemas filosóficos. Montaigne es
un aficionado, que filosofa a sus anchas, en lengua vulgar, y sin
cuidarse del método, antes bien, haciendo gala de traducir fielmente en
su estilo todos los caprichosos giros de su humor libre y errabundo,
Sánchez es un profesor, preocupado de una doctrina, secuaz fanático
de un método que tiene por exclusivo. Los dos son extraordinariamente
sinceros, pero en Montaigne, el candor parece un refinamiento
literario; en Sánchez es la expresión brusca, intemperante y feroz
de una convicción arraigada, de un amor sin límites a las realidades
concretas, experimentadas por él con el cuchillo anatómico de Vesalio
y de Valverde. No son chispazos de escepticismo ni discreteos de
moralista los que nos da, sino un sistema _agnóstico_ completo, una
crítica clarísima e implacable de nuestra facultad de conocer, una
determinación de su límite y de su objeto. Puede tener, y tiene, en
efecto, contradicciones de detalle de que ningún escéptico se libra y
que son la parte endeble y mal guarnecida por donde la tesis dogmática
penetrará siempre en su campo; pero el sistema en sus líneas generales
es claro, sencillo y consecuente.
El programa de Sánchez, tan mal entendido hasta ahora, se reduce a dos
palabras: «guerra al silogismo; paso a la inducción». Es un degüello
de todas las entidades metafísicas, _un 93 de la ciencia antigua_,
como decía Enrique Heine hablando de la _Crítica de la Razón Pura_. El
escepticismo de Sánchez no es ni alarde de retórico, ni consecuencia
de un _dilettantismo_ enervado por la variedad y copia de lecturas
filosóficas, ni explosión de un ánimo misantrópico y desengañado;
no es tampoco un estado provisional ni una ficción dialéctica, como
lo es la duda cartesiana, de la cual parte Sánchez, pero en la cual
no se detiene: es pura y sencillamente la expresión meditada de
aquel aforismo capital entre los positivistas: la _relatividad_ del
conocimiento. No sabemos nada, porque creemos saberlo todo: renunciemos
a la riqueza ficticia que nos proporciona el crédito metafísico, y
empecemos a vivir de los productos modestos, pero seguros, de nuestra
propia hacienda, hasta ahora tan descuidada.
No necesito decir, que esta filosofía dista, y no poco, de la que yo
profeso, porque yo no soy positivista ni enemigo de la Metafísica;
pero basta para el caso que fuera la de Francisco Sánchez, y en el
fondo a nadie ha de pesarle que tales voces salieran de nuestra patria,
precisamente cuando debían salir, es decir, en el momento solemne de la
renovación de los métodos experimentales. No es preciso identificarse
con las ideas de un filósofo para comprender su genio ni la razón de
su influjo. Los paralogismos de que la argumentación de Sánchez abunda
son hoy inofensivos: una síntesis científica superior nos ha enseñado
que la demostración es un procedimiento científico tan legítimo como
la inducción, tan natural al espíritu humano como ella, y que es
una insensatez querer mutilar nuestra inteligencia, así como es una
pretensión temeraria aspirar al conocimiento de un objeto cuando éste
no es comprendido bajo razón de integridad. La ciencia hoy, hasta sin
darse cuenta de ello, aspira a este conocimiento íntegro y cabal, así
por razón del objeto como por razón de la inteligencia conocedora, y
forzosamente ha de parecernos incompleta lo mismo una lógica puramente
deductiva, como vino a serlo en manos de sus discípulos de decadencia
la lógica de Aristóteles, que una lógica puramente inductiva, de las
que en lengua inglesa abundan tanto. Ambos procedimientos del espíritu,
excelentes cuando recta y adecuadamente se aplican a sus respectivos
objetos, resultan estrechos y peligrosos en cuanto pretenden ser únicos
y emanciparse de aquella primitiva intuición sintética dentro de la
cual se razonan. Pero es condición casi ineludible de la mente humana
el proceder por exageraciones contrarias; y a los espíritus violentos,
a los amotinados filosóficos como Sánchez no hay que pedirles cuenta
de la doctrina tanto como del impulso, que en su tiempo fué generoso
y acompañó dignamente aquel heroico despertar de la ciencia desde
Telesio y Cesalpino hasta Galileo, y desde Galileo hasta Newton. Sin
un poco de fanatismo no se hacen milagros en filosofía ni en otra
ninguna ciencia humana. Hay que representarse al médico bracarense
ejerciendo la anatomía entre las sombras de la noche, o teniendo que
escribir seriamente tratados filosóficos para combatir la creencia en
la adivinación y en los presagios, o en la virtud supersticiosa de los
caracteres mágicos, de los espejos y de las rayas de la mano, y de los
aspectos favorables o maléficos de las constelaciones. ¿Cómo no había
de sentir tal hombre hambre y sed de ciencia positiva, y abominar de la
ciencia oficial que silogísticamente autorizaba y defendía semejantes
dislates? Hoy cuesta poco trabajo hacer justicia a la Escolástica ni
a la Edad Media; estamos demasiado lejos, y todo eso nos parece una
amenísima leyenda romántica; pero no nos apresuremos a condenar de
ligero a aquellos hombres del siglo XVI para quienes tal ciencia no era
un recuerdo poético, sino una tiranía actual que durísimamente pesaba
sobre sus cuellos.
[Ilustración]
[Ilustración]
QUE NADA SE SABE...
Todo es cuestión de nombres. No hay nombre acomodado.
Ni esto siquiera sé, que nada sé; lo conjeturo, sin embargo, de mí y de
los demás.
Sea esta proposición mi bandera; ésta se debe seguir: _Nada se sabe_.
Si supiere probarla, concluiría con razón que nada se sabe; si no
supiere, mejor todavía, pues tal es lo que afirmo.
Pero dirás: si sabes probarla, seguiráse lo contrario, pues ya sabes
algo.
Pero yo concluí lo contrario primero que tú arguyeras.