Miraba el hueso del dátil que se acababa de comer, y como si el hueso le

dijera que sí, hizo ella un signo afirmativo y algo desconsolado...

«¡Vaya si lo estoy!». Quedose tan profundamente ensimismada, que olvidó

dónde estaba. Pero levantándose de repente, echó a andar hacia abajo,

como los que llevan en el cerebro ese cascabel que se llama _idea fija_.

Había subido la luenga calle con aires de paseante, distraída, alegre,

vago el mirar; bajábala como los monomaniacos. Al llegar frente a la

iglesia, sacola de este embebecimiento un ruido de pasos que sintió tras

sí. «Estos pasos son los suyos--pensó--; pues lo que es yo no miro para

atrás. ¿Qué haré? Aprisita, aprisita».

La curiosidad pudo más que nada y Fortunata miró; no era. Más adelante

sintió otra vez pasos persistentes y vio una sombra que se extendía por

la calle, paralela a su sombra. Aquel sí era... ¿Miraría? No; más valía

no darse por entendida... Por fin, la pícara curiosidad... Miró y

tampoco era. Al llegar a su casa estaba más tranquila. Cuando Patria

abrió la puerta, le preguntó: «¿Ha venido alguien? ¿El señorito

está?...».

--El señorito no viene hasta la noche. Mandó un recado para que no le

esperase usted.

Y la taimada gata se sonreía de un modo tan zalamero, que Fortunata no

pudo menos de preguntarle: «¿Quién está ahí?».

Volvió a sonreír Patricia con infernal malicia, y... «¿Qué... pero

qué...?» balbució la señora acercándose de puntillas a la puerta de la

sala. Empujola suavemente hasta abrir un poquito. No veía nada. Abrió

más, más... Estaba pálida como si se hubiera quedado sin sangre... Abrió

más... acabáramos. En el sofá de la sala, tranquilamente sentado...

¡Dios!, _el otro_. Fortunata estuvo a punto de perder el conocimiento.

Le pasó un no sé qué por delante de los ojos, algo como un velo que baja

o un velo que sube. No dijo nada. Él, pálido también, se levantó y dijo

claramente: «Adelante, _nena_».

Fortunata no daba un paso. De repente (el demonio explicara aquello),

sintió una alegría insensata, un estallido de infinitas ansias que en su

alma estaban contenidas. Y se precipitó en los brazos del Delfín,

lanzando este grito salvaje: «¡Nene!... ¡bendito Dios!».

Olvidados de todo, los amantes estuvieron abrazados largo rato. La

prójima fue quien primero habló, diciendo: «Nene, me muero por ti...».

«Ven acá» dijo Santa Cruz cogiéndola por una brazo. Dejábase llevar

ella, como la cosa más natural del mundo. Franquearon la puerta de la

casa, que estaba abierta. Y la del cuarto de la izquierda, ¡qué

casualidad!, abierta también.

Luego que pasaron, alguien cerró. En aquella morada reinaba una

discreción alevosa. Juan la llevó a una salita muy bien puesta, junto a

la cual había una alcoba perfectamente arreglada. Sentáronse en el sofá

y se volvieron a abrazar. Fortunata estaba como embriagada, con cierto

desvarío en el alma, perdida la memoria de los hechos recientes. Toda

idea moral había desaparecido como un sueño borrado del cerebro al

despertar; su casamiento, su marido, las Micaelas, todo esto se había

alejado y puéstose a millones de leguas, en punto donde ni aun el

pensamiento lo podía seguir. Su amante le dijo con simpática voz:

«¡cuánto tenemos que hablar!» y a ella le entró una risa convulsiva, que

difícilmente podía expresarse: «Ji ji ji... ¡tres años!... no, más años,

más porque ji ji ji... ¿Ves cómo tiemblo? No sé lo que me pasa... pues

sí, más tiempo, porque cuando estuve aquí con ji ji ji... _Juárez el

Negro_, te vi y no te vi... y siempre él delante, y un día que le dije

que te quería, sacó un cuchillo muy grande, ji ji ji... y me quiso

matar... Yo muriéndome por hablarte y él que no... que no... Nuestro

_nenín_ muerto, y yo más muerta, ji ji; y en Barcelona me acordaba de ti

y te mandaba besos por el aire, y en Zaragoza... besos por el aire... ji

ji, y en Madrid lo mismo. Y cuando me metieron en el convento,

también... ji ji ji... besos por el aire... y tú sin acordarte de mí,

malo...».

--¡Sin acordarme! Desde que volví de Valencia te estoy dando caza... ¡Lo

que he pasado, hija! Ya te contaré. Y al fin te he cogido... ¡ah, buena

pieza! Ahora me las pagarás todas juntas... ¡Cuánto me has hecho

sufrir!... ¡Más maldiciones le he echado a ese dichoso convento...! Pero

qué guapa estás, nena.

--_Chi_.

--Estás hermosísima.--_Chi_... para ti.

El frío aquel de fiebre se trocó de improviso en calor violentísimo, y

la risa convulsiva en explosión de llanto.

«No es día de llorar, sino de estar alegre».

--¿Sabes de qué me acuerdo? De mi _nenín_ tan gracioso... Si hubiera

vivido, le habrías querido tú, ¿verdad? Me parece que le veo, cuando se

le llevaron en la cajita azul... Aquella misma noche fue cuando Juárez

el Negro me sacó un cuchillote tan grande, y me dijo con aquel vocerrón:

«Brr... son las ocho; reza lo que tengas que rezar, porque antes de las

nueve te mato». Estaba furioso de celos... ¡Ay, qué miedo tan atroz!

--¡Cuánto tenemos que contar!... yo a ti, tú a mí. Ya sé que te has

casado. Has hecho bien.

Este _has hecho bien_ le cayó a la prójima como una gota fría en el

corazón, trayéndola bruscamente a la realidad. Enjugando sus lágrimas,

se acordó de Maxi, de su boda; y su casa, que se había alejado cien

millas de leguas, se puso allí, a cuatro pasos, fúnebre y antipática. El

rechazo de su alma ante este fenómeno le secó en un instante todas las

lágrimas.

«¿Y por qué hice bien?».

--Porque así eres más libre y tienes un nombre. Puedes hacer lo que

quieras, siempre que lo hagas con discreción. He oído que tu marido es

un buen chico, que ve visiones...

Al oír esto, vio Fortunata levantarse en su espíritu la imagen ideal, o

más bien, el espectro de su perversidad. Lo que acababa de hacer era de

lo que apenas tiene nombre, por lo muy extraordinario y anormal, en el

registro de las maldades humanas. El lugar, la ocasión daban a su acto

mayor fealdad, y así lo comprendió en un rápido examen de conciencia;

pero tenía la antigua y siempre nueva pasión tanto empuje y lozanía, que

el espectro huyó sin dejar rastro de sí. Se consideraba Fortunata en

aquel caso como ciego mecanismo que recibe impulso de sobrenatural mano.

Lo que había hecho, hacíalo, a juicio suyo, por disposición de las

misteriosas energías que ordenan las cosas más grandes del universo, la

salida del Sol y la caída de los cuerpos graves. Y ni podía dejar de

hacerlo, ni discutía lo inevitable, ni intentaba atenuar su

responsabilidad, porque esta no la veía muy clara, y aunque la viese,

era persona tan firme en su dirección, que no se detenía ante ninguna

consecuencia, y se _conformaba_, tal era su idea, _con ir al infierno_.

«Esto de alquilar la casa próxima a la tuya--dijo Santa Cruz--, es una

calaverada que no puede disculparse sino por la demencia en que yo

estaba, niña mía, y por mi furor de verte y hablarte. Cuando supe que

habías venido a Madrid, ¡me entró un delirio...! Yo tenía contigo una

deuda del corazón, y el cariño que te debía me pesaba en la conciencia.

Me volví loco, te busqué como se busca lo que más queremos en el mundo.

No te encontré; a la vuelta de una esquina me acechaba una pulmonía para

darme el estacazo... caí».

--¡Pobrecito mío!... Lo supe, sí. También supe que me buscaste. ¡Dios te

lo pague! Si lo hubiera sabido antes, me habrías encontrado.

Esparció sus miradas por la sala; pero la relativa elegancia con que

estaba puesta no la afectó. En miserable bodegón, en un sótano lleno de

telarañas, en cualquier lugar subterráneo y fétido habría estado

contenta con tal de tener al lado a quien entonces tenía. No se hartaba

de mirarle.

«¡Qué guapo estás!».

--¿Pues y tú? ¡Estás preciosísima!... Estás ahora mucho mejor que antes.

--¡Ah!, no--repuso ella con cierta coquetería--. ¿Lo dices porque me he

civilizado algo? ¡Quia!, no lo creas: yo no me civilizo, ni quiero; soy

siempre pueblo; quiero ser como antes, como cuando tú me echaste el

lazo y me cogiste.

--¡Pueblo!, eso es--observó Juan con un poquito de pedantería--; en

otros términos: lo esencial de la humanidad, la materia prima, porque

cuando la civilización deja perder los grandes sentimientos, las ideas

matrices, hay que ir a buscarlos al bloque, a la cantera del pueblo.

Fortunata no entendía bien los conceptos; pero alguna idea vaga tenía de

aquello.

«Me parece mentira--dijo él--, que te tengo aquí, cogida otra vez con

lazo, fierecita mía, y que puedo pedirte perdón por todo el mal que te

he hecho...».

--Quita allá... ¡perdón!--exclamó la joven anegándose en su propia

generosidad--. Si me quieres, ¿qué importa lo pasado?

En el mismo instante alzó la frente, y con satánica convicción, que

tenía cierta hermosura por ser convicción y por ser satánica, se dejó

decir estas arrogantes palabras:

«Mi marido eres tú... todo lo demás... ¡papas!».

Elástica era la conciencia de Santa Cruz, mas no tanto que no sintiera

cierto terror al oír expresión tan atrevida. Por corresponder, iba él a

decir _mi mujer eres tú_; pero envainó su mentira, como el hombre

prudente que reserva para los casos graves el uso de las armas.

--vii--

Ya de noche pasó Fortunata a su casa. Su marido no había llegado aún.

Mientras le esperaba, la pecadora volvió a ver el espectro aquel de su

perversidad; pero entonces le vio más claro, y no pudo tan fácilmente

hacerle huir de su espíritu. «Me han engañado--pensaba--, me han llevado

al casorio, como llevan una res al matadero, y cuando quise recordar, ya

estaba degollada... ¿Qué culpa tengo yo?». La casa estaba a oscuras y

encendió luz. Al arrojar la cerilla en el suelo, esta cayó encendida, y

Fortunata la miró con vivo interés, recordando una de las supersticiones

que le habían enseñado en su juventud. «Cuando la cerilla cae

prendida--se dijo--y con la llama vuelta para una, buena suerte».

Maxi entró cansado y meditabundo; pero al ver a su mujer se puso alegre.

¡Todo un día sin verla! Le había traído un paquete de rosquillas. ¿Y

Juan Pablo? Al fin se arreglaría todo. Seguramente no iba a las islas

Marianas, pero quizás le tendrían en el Saladero quince o veinte días.

«Y merecido, hija. ¿Para qué se mete a buscarle el pelo al huevo?».

Mientras comieron, Fortunata contemplaba a su marido, más que en la

realidad, en sí misma, y de este examen surgía un tedio abrumador, y la

antipatía de marras, pero tan agrandada, tanto, que ya no cabía más. Y

la perversa no trató de combatir aquel sentimiento; se recreaba en él

como en una monstruosidad que tiene algo de seductora.

«Alma mía--le dijo su marido cuando acababan de comer--, veo con gusto

que no te falta apetito. ¿Quieres que nos vayamos ahora a un café?».

--No--replicó ella secamente--. Estoy rendidísima. ¿No ves que se me

cierran los párpados? Lo que quiero es dormir.

--Bueno, mejor; yo también lo deseo.

Acostáronse, y el tiempo que aún estuvo despierta empleolo Fortunata en

hacer comparaciones. El cuerpo desmedrado de Maxi le producía, al tocar

el suyo, crispamientos nerviosos. Y también se dio a pensar en lo

molesto y difícil que era para ella tener que vivir dos vidas

diferentes, una verdadera, otra falsa, como las vidas de los que

trabajan en el teatro. A ella le era muy difícil representar y fingir,

por lo que su tormento se crecía considerablemente. «No podré, no

podré--pensaba al dormirse--hacer esta comedia mucho tiempo». A la

madrugada despertó después de un profundísimo y reparador sueño, y

entonces le dio por llorar, haciendo cálculos, representándose con gran

poder de la mente escenas probables, y condoliéndose de no poder ver a

su amante a todas horas.

En los siguientes días, las escapadas al cuarto vecino tenían lugar a

horas varias, cuando Maxi salía. Iba a estudiar con un amigo para tomar

el grado, y además solía ir a la farmacia de Samaniego. Ya estaba

acordado que tendría plaza en el establecimiento. Aunque sus ausencias

eran seguras, ambos criminales determinaron poner el nido más lejos. En

tanto, Patricia hacía lo que le daba la gana. Las disposiciones de

Fortunata y aun de la misma doña Lupe eran letra muerta. Robaba

descaradamente, y su ama no se atrevía a reprenderla. Santa Cruz, que

era el autor de todo aquel fregado, no sabía cómo arreglarlo, cuando su

amiga le consultaba. El plan más prudente era tomar otro cuarto y

despedir luego a Patricia, dándole una buena propina para que se

callara.

Algunos días el Delfín ofrecía regalos y dinero a su amante; pero esta

no quería tomar nada. Se le había encajado en la cabeza una manía

estrambótica, de que ambos se reían mucho, cuando ella la contaba. Pues

la manía era que Juanito _no debía_ ser rico. Para que las cosas fueran

en regla, _debía_ ser pobre, y entonces ella trabajaría _como una negra_

para mantenerle. «Si tú hubieras sido albañil, carpintero o, pongo por

caso, celador del resguardo, otro gallo me cantara».--«Vaya por dónde te

ha dado ahora».--«Y nada más». No había medio de quitarle de la cabeza

aquella corrección de las obras de la Providencia.

«En resumidas cuentas--le decía él--, eres una inocentona. Pero, di, ¿no

te gusta el lujo?».

--Cuando no estoy contigo, me gusta algo, no mucho. Nunca me he chiflado

por los trapos. Pero cuando te tengo, lo mismo me da oro que cobre; seda

y percal todo es lo mismo.

--Háblame con franqueza. ¿No necesitas nada?

--«Nada; me lo puedes creer».--«¿Ese alma de Dios te da todo lo que

necesitas?».--«Todo; me lo puedes creer».--«Quiero regalarte un

vestido».--«No me lo pondré».--«Y un sombrero».--«Lo convertiré en

espuerta».--«¿Has hecho voto de pobreza?».--«Yo no he hecho voto de

nada. Te quiero porque te quiero, y no sé más».

«Nada, enteramente primitiva» pensaba el Delfín, el bloque del pueblo,

al cual se han de ir a buscar los sentimientos que la civilización deja

perder por refinarlos demasiado.

Un día hablaban de Maximiliano. «¡Infeliz chico!--decía Fortunata--, el

odio que le he tomado, no es odio verdadero sino lástima. Siempre me fue

muy antipático. Me dejé meter en las Micaelas y me dejé casar... ¿Sabes

tú cómo fue todo eso?, pues como lo que cuentan de que _manetizan_ a una

persona y hacen de ella lo que quieren; lo mismito. Yo, cuando no se

trata de querer, no tengo voluntad. Me traen y me llevan como una

muñeca... Y ahora, créete que me entran remordimientos de engañar a ese

pobre chico. Es un angelón sin pena ni gloria. Danme ganas a veces de

desengañarle, y la verdad... Porque lo que es acariciarle, no puedo, se

me resiste, no está en mi natural. Le pido a la Virgen que me dé fuerzas

para cantar claro».

--¡A la Virgen!... ¿pero tú crees?...--dijo Santa Cruz pasmado, pues

tenía a Fortunata por heterodoxa.

--¿Pues no he de creer? Lo que me aconseja la Virgen siempre que le rezo

con los ojos cerrados, es que te quiera mucho y me deje querer de ti...

La tienes de tu parte, chiquillo... ¿De qué te espantas? Pues digo; yo

le rezo a la Virgen y ella me protege, aunque yo sea mala. ¡Quién sabe

lo que resultará de aquí, y si las cosas se volverán algún día lo que

_deben_ ser! Y si te hablo con franqueza, a veces dudo que yo sea

mala... sí, tengo mis dudas. Puede que no lo sea. La conciencia se me

vuelve ahora para aquí, después para allá; estoy dudando siempre, y al

fin me hago este cargo: _querer a quien se quiere no puede ser cosa

mala_.

--Oye una cosa--dijo el Delfín, que se recreaba en las singularísimas

nociones de aquel espíritu--. ¿Y si tu marido descubriera esto y me

quisiera matar?

--¡Ay!, no me lo digas... ni en broma me lo digas. Me tiraba a él como

una leona y le destrozaba... ¿Ves cómo se coge un langostino y se le

arrancan las patas, y se le retuerce el corpacho y se le saca lo que

tiene dentro?, pues así.

--Pero vamos a ver, nena: ¿No me guardas rencor por haberte abandonado,

dejándote en la miseria, con tus _vísperas_ de chiquillo y en poder de

_Juárez el Negro_?

--Ningún rencor te guardo: Entonces estaba rabiosa. La rabia y la

miseria me llevaron con _Juárez el Negro_. ¿Creerás lo que te voy a

decir? Pues me fui con él por lo mucho que le aborrecía. Cosa rara,

¿verdad?... Y como no tenía un triste pedazo de pan que llevar a la

boca, y él me lo daba, ahí tienes... Yo dije: «me vengaré yéndome con

este animal». Cuando tuve a mi niño, me consolaba con él; pero luego se

me murió; y cuando reventó Juárez, como yo me pensé que ya no me

querías, dije: «pues ahora me vengaré siendo todo lo mala que pueda».

--¿Pero qué ideas tienes tú de las maneras de tomar venganza?

--No me preguntes nada... no sé... Vengarse es hacer lo que no se

debe... lo más feo, lo más...

--¿Y de quién te vengas así, criatura?

--Pues de Dios, de... de qué sé yo... no me preguntes, porque para

explicártelo, tendría que ser sabia como tú, y yo no sé jota, ni aprendo

nada, aunque doña Lupe y las monjas, frota que frota, me hayan sacado

algún lustre... enseñándome a no decir tanto disparate.

Santa Cruz estuvo un gran rato pensativo.

Un día hablaron también de Jacinta... No gustaba Juan que la

conversación fuese llevada a este terreno; pero Fortunata, siempre que

tenía ocasión, íbase a él derecha. A sus preguntas, contestaba el otro

evasivamente.

«Mira, nena; deja a mi mujer en su casa».

--Pues asegúrame que no la quieres.

--La quiero, sí... ¿a qué engañarte?... pero de una manera muy distinta

que a ti. Le guardo todas las consideraciones que ella se merece,

porque... no puedes figurarte lo buena que es.

Fortunata siguió inquiriendo con molesta curiosidad todo lo que quería

saber respecto a la intimidad de los esposos; pero el otro se escurría

gallardamente, dejando a salvo, hasta donde era posible en aquel

criminal coloquio, la personalidad sagrada de su mujer.

«La pobrecilla--dijo al fin--, tiene una pasión que la domina, mejor

dicho, una manía que la trae trastornada».

--¿Qué es?--La manía de los hijos. Dios no quiere y ella se empeña en

que sí. De la pena que le causa su esterilidad, se ha desmejorado, ha

enflaquecido, y hace algún tiempo que se está llenando de canas. Es ya

pasión de ánimo. ¿Te enteraste de lo que pasó? Pues le dieron el gran

timo. Tu tío José Izquierdo, de compinche con otro loco, le hizo creer

que un chiquillo de tres años que consigo tenía, era nuestro Juanín. Mi

mujer perdió la chaveta, quiso adoptarlo y nada menos que llevárnoslo a

casa. Por pronto que se descubrió el enredo, no se pudo evitar que tu

tío le estafase seis mil reales.

--_Tie_ gracia. Ya sabía yo esa historia. El niño ese debe de ser el de

Nicolasa, la entenada del tío Pepe. Nació seis días después que el

nuestro, y era hijo de uno que encendía los faroles del gas... Pero no

comprendo una cosa. A mí me parece que tu mujer debía de querer a ese

nene por creerlo tuyo y aborrecerlo por ser de otra madre. Yo juzgo por

mí.

--Calla, tonta, mi mujer se vuelve loca por todos los niños del

universo, sean de quien fueren. Y al supuesto Juanín, bastara que le

tuviera por mío, para que le adorara. Ella es así; si no tienes tú idea

de lo buena que es. ¡Pues si pariera...! Santo Cristo, no quiero

pensarlo. De seguro perdía el juicio, y nos lo hacía perder a todos.

Querría a mi hijo más que a mí y más que al mundo entero.

Quedose Fortunata, al oír esto, risueña y pensativa. ¿Qué estaba

tramando aquella cabeza llena de extravagancias? Pues esto:

«Escucha, nenito de mi vida, lo que se me ha ocurrido. Una gran idea;

verás. Le voy a proponer un trato a tu mujer. ¿Dirá que sí?».

--Veamos lo que es.--Muy sencillo. A ver qué te parece. Yo le cedo a

ella un hijo tuyo y ella me cede a mí su marido. Total, cambiar un nene

chico por el nene grande.

El Delfín se rió de aquel singular convenio, expresado con cierto

donaire.

--¿Dirá que sí?... ¿Qué crees tú?--preguntó Fortunata con la mayor buena

fe, pasando luego de la candidez al entusiasmo para decir:

--Pues mira, tú te reirás todo lo que quieras; pero esto es una gran

idea.

El ilustrado joven se zambulló en un mar de meditaciones.

--viii--

Las visitas a la casa de Cirila prosiguieron durante dos semanas; pero

bien se demostró en la práctica que aquello no podía seguir, y tomaron

otro cuarto. Patricia se había hecho insoportable, y doña Lupe,

descolgándose en la casa a horas intempestivas, llevada de su afán de

mangonear, dificultaba las escapatorias de su sobrina. En tanto,

Fortunata no trataba a Maximiliano desconsideradamente; pero su frialdad

sería capaz de helar el fuego mismo. Habría preferido él mil veces que

su mujer le tirase los trastos a la cabeza, a que le tratara con aquella

cortesía desdeñosa y glacial. Rarísima vez se daba el caso de que ella

le hiciese una caricia; para obtenerla, tenía Maxi que echarle

memoriales, y lo que lograba era como limosna. Es que Fortunata no

servía para cortesana, y sus fingimientos eran tan torpes que daba

lástima verla fingir.

El joven farmacéutico tenía momentos de horrible tristeza, y cavilaba

mucho. De tal estado pasó a la observación, desarrollándosele esta

facultad de un modo pasmoso. Siempre que estaba en casa, no quitaba los

ojos de su mujer, estudiándole los movimientos, las miradas, los pasos y

hasta el respirar. Cuando comían, le examinaba la manera de comer;

cuando estaban en el lecho, la manera de dormir.

Fortunata no le miraba nunca. Este hecho, cuidadosamente observado,

produjo en el infeliz muchacho indecible melancolía. ¡Haber comprado

aquellos ojos con su mano, su honra y su nombre para que se empleasen en

mirar a una silla antes que en mirarle a él! Esto era tremendo, pero

tremendo, y cierto día agitó su alma un furor insano; mas no quiso

manifestarlo, y lo desahogó a solas mordiéndose los puños.

«¿Por qué no me miras?» le preguntó una noche, con semblante ceñudo.

--Porque... No dijo más; se comió el resto de la frase. Dios sabe lo que

iba a decir.

Bebía los vientos el desgraciado chico por hacerse querer, inventando

cuantas sutilezas da de sí la manía o enfermedad de amor. Indagaba con

febril examen las causas recónditas del agradar, y no pudiendo conseguir

cosa de provecho en el terreno físico, escudriñaba el mundo moral para

pedirle su remedio. Imaginó enamorar a su esposa por medios

espirituales. Hallábase dispuesto, él que ya era bueno, a ser santo, y

hacía estudio de lo que a su mujer le era grato en el orden del

sentimiento para realizarlo como pudiera. Gustaba ella de dar limosna a

cuantos pobres encontrase; pues él daría más, mucho más. Ella solía

admirar los casos de abnegación; pues él se buscaría una coyuntura de

ser heroico. A ella le agradaba el trabajo; pues él se mataría a

trabajar. De este modo devastaba el infeliz su alma, arrancando todo lo

bueno, noble y hermoso para ofrecérselo a la ingrata, como quien tala un

jardín para ofrecer en un solo ramo todas las flores posibles.

«Ya no me quieres--le dijo un día con inmensa tristeza--, ya tu corazón

voló, como el pajarito a quien le dejan abierta la jaula. Ya no me

quieres».

Y ella le respondía que sí; ¡pero de qué manera! Más valía que dijese

terminantemente que no. «¿Por qué te vas tan lejos de mí? Parece que te

causo horror. Cuando entro, te pones seria; cuando crees que no me fijo

en ti, estás ensimismada y te sonríes como si en espíritu hablaras con

alguien».

Otra cosa le mortificaba. Cuando salían juntos a paseo, todo el mundo se

fijaba en Fortunata, admirando su hermosura; luego le miraban a él.

Suponía Maxi que todos hacían la observación de que no era él hombre

para tal hembra. Algunos se permitían examinarle de una manera

insolente. Si iban al café, estaban poco tiempo, porque los amigos se

enracimaban alrededor de Fortunata sin hacer maldito caso de su marido,

y este tragaba mucha bilis. Lo que desorientaba más a Maxi era que ella

no _tomaba varas_ con nadie, y siempre que él decía _vámonos_, estaba

dispuesta a retirarse.

Buscaba el farmacéutico algo en qué fundar las conjeturas que empezaban

a devorarle, y no lo encontraba. Ideó consultar el caso con su tía; pero

no quiso dar su brazo a torcer, y temblaba de que doña Lupe le dijese:

«¿Ves?, ¡por no hacer caso de mí!». ¡Celos! ¿Y de quién? Fortunata

mostrábase con todos tan fría como con él. Solía esparcir

melancólicamente sus miradas por la calle, entre el gentío, sin fijarse

en nadie, cual si buscaran a alguien que no quería dejarse ver. Y

después las miradas volvían a sí misma con mayor tristeza.

También atormentaban al joven los elogios que sus amigos le hacían de

ella. «¡Qué mujer te tienes!» le decía _Pseudo-Narcissus odoripherus_.

Y _Quercus gigantea_ le silbaba en el oído estas fúnebres palabras: «Es

mucha hembra para ti, barbián. Ándate con mucho ojo».

Pero doña Lupe le infundía ideas optimistas. ¡Parecía mentira! La

perspicaz, la sabia y experimentada señora de Jáuregui dijo más de una

vez a su sobrino: «¡Qué trabajadora es tu mujer! Siempre que vengo aquí

me la encuentro planchando o lavando. Francamente, no creí... Te

ayudará, te ayudará. Y luego tan calladita... Hay días que no le oigo el

metal de voz».

Con unas cosas y otras, el pobre chico apenas podía estudiar, y con

mucho trabajo se preparaba para la licenciatura. El asunto de su

colocación se había resuelto ya, porque habiendo fallecido Samaniego a

fines de Octubre, su viuda organizó el personal de la botica, dando una

plaza a Maximiliano. Se convino entre doña Casta Moreno y doña Lupe que

cuando el chico tomara el grado, se le fijaría sueldo, y que pasado un

año de práctica, tendría participación en las ganancias. Por el lado

económico todo iba a pedir de boca, porque mientras llegaba el día de

ganar con su profesión, podía vivir bien con la corta renta de la

herencia. Lo malo era que desde que ingresara en la botica, seríale

preciso ausentarse de su casa días enteros, y esto le ponía en ascuas.

Ocurriósele entonces lo que se le ocurre a cualquier celoso, salir un

día, diciendo que iba a la farmacia, y volver en seguida. Hízolo una

vez, y no sorprendió nada: Fortunata estaba en la cocina. Repitió la

treta, y lo mismo: estaba cosiendo. A la tercera, Fortunata había

salido. Dos horas después entró, trayendo un paquete en la mano. «¿Que

de dónde vengo? Pues de comprar unas cosillas. ¿No me dijiste que

querías una corbata? Mírala».

Una noche entró Maximiliano bastante excitado. Le tomó la mano a su

mujer, y haciéndola sentar a su lado, le dijo a boca de jarro: «Hoy he

conocido a ese pillo que te deshonró».

Fortunata se quedó como muerta.

«Pues qué... ¿no está enfermo?».

Se le escapó esta espontaneidad, y cuando quiso contenerla ya era tarde.

Hacía una semana que Santa Cruz no iba a las citas, y le había enviado,

por medio de Cirila, un recadito. Se había caído del caballo en la Casa

de Campo, estropeándose ligeramente un brazo.

«¿Enfermo?--dijo Maxi, clavando en ella sus ojos de iluminado--. En

efecto, tenía un brazo en cabestrillo. ¿Pero tú por dónde sabes...?».

--No, no, yo no sabía nada--replicó Fortunata enteramente aturdida.

--¡Tú lo has dicho!--exclamó Rubín con la mirada terrorífica--. ¿Por

dónde lo sabes?

La prójima se puso como la grana; después volvió a palidecer. Buscaba

una salida de aquel compromiso, y al fin la encontró: «¡Ah!».

--¿Qué?--¿Dices que cómo lo sé, tontín?... Pues muy sencillo. Si lo

traía el periódico... Tu tía lo leyó anoche. Mira, aquí está: que se

cayó del caballo paseando por la Casa de Campo.

Y recobrando su serenidad, revolvió en la mesa y cogió _El Imparcial_

que, en efecto, traía la noticia: «Mira... ¿lo ves?... convéncete».

Maxi, después de leer, siguió diciendo: «Le vi en el Saladero; allí

debiera estar ese canalla toda su vida. Olmedo, que iba conmigo, me le

enseñó. Fue a ver a mi hermano; él iba a visitar a un tal Moreno Vallejo

que también está preso por conspirar. ¡Y el tal Santa Cruz es de lo más

cargante...!».

Fortunata se tapaba la cara con el periódico, fingiendo que leía. Maxi

le arrebató el papel de un manotazo.

«Te has quedado así como... estupefacta».

--Déjame en paz--replicó ella con un despego que a su marido le llegó al

alma.

--¡Qué modales, hija! Ya ni consideración.

Fortunata parecía que tenía sellada la boca. Comieron sin chistar; él se

puso luego a estudiar y ella a coser, sin que el fúnebre silencio se

rompiera. Acostáronse, y lo mismo. Ella volvió la espalda a su marido,

insensible a los suspiros que daba. Desvelados estuvieron ambos largo

rato, cada cual por su lado, muy cerca materialmente uno de otro, pero

en espíritu Fortunata se había ido a los antípodas.

Dos o tres días después, volviendo del Saladero, a donde fue para decir

a su hermano que pronto le soltarían, vio Maximiliano a Santa Cruz

guiando un faetón por la calle de Santa Engracia arriba. Ya tenía el

brazo bueno. Miró a Maxi, y este le miró a él. Desde lejos, porque el

coche iba bastante a prisa, observó Rubín que este entraba por la calle

de Raimundo Lulio. ¿Pasaría luego a la de Sagunto? Nunca como en aquel

momento sintió el exaltado chico ganas de tener alas. Apresuró el paso

todo lo que pudo, y al llegar a su calle... ¡Dios!... lo que se temía...

Fortunata en el balcón, mirando por la calle del Castillo hacia el paseo

de la Habana, por donde seguramente había seguido el coche. Subió el

joven farmacéutico tan rápidamente la escalera, que al llegar arriba no

podía respirar. Es que para ser celoso se necesitan buenos pulmones.

Cayose más bien que se sentó en una silla, y su mujer y Patricia

acudieron a él creyendo que le daba algún accidente. No podía hablar y

se golpeaba la cabeza con los puños. Cuando su mujer se quedó sola con

él sintió Rubín que aquella furibunda cólera se trocaba en un dolor

cobarde. El alma se le desgajaba y sacudía resistiéndose a albergar en

su seno la ira. Los ojos se le llenaron de lágrimas, las rodillas se le

doblaron. Cayendo a los pies de su mujer, le besuqueó las manos. «Ten

piedad de mí--le dijo con aflicción más de niño que de hombre--. Por tu

vida... la verdad, la verdad. Ese señor... tú esperándole... él pasaba

por verte. Tú no me quieres, tú me estás engañando... le quieres otra

vez... le has visto en alguna parte. La verdad... Más quiero morirme de

pena que de vergüenza. Fortunata, yo te saqué de las barreduras de la

calle, y tú me cubres a mí de fango. Yo te di mi honor limpio, y me lo

devuelves sucio. Yo te di mi nombre, y haces de él una caricatura. El

último favor te pido... la verdad, dime la verdad».

--ix--

Fortunata movió la lengua y agitó los labios. En la punta de aquella

tenía la verdad, y por instantes dudó si soltarla o meterla para

adentro. La verdad quería salir. Las palabras se alinearon mudas y

decían: «Sí, es cierto que te aborrezco. Vivir contigo es la muerte. Y a

él le quiero más que a mi vida». La batalla fue breve, y Fortunata

volvió la terrible verdad a los senos de su espíritu. La aflicción de

Maxi exigía la mentira, y su mujer tuvo que decírsela... mentiras de

esas que inspiran viva compasión al que las dice y consuelan poco al que

las oye. Echábalas de sí como enfermera que administra la inútil

medicina al agonizante.

«Dímelo de otra manera y te creeré--manifestó Rubín--. Dilo con un

poquito de calor, siquiera como me lo decías antes. Tú no sabes el daño

que me haces. Me estás haciendo creer que no hay Dios, que portarse bien

y portarse mal todo es lo mismo».

La compasión venció a la delincuente y se mostró tan afable aquella

tarde y noche, que Maximiliano hubo de tranquilizarse. El pobrecito

estaba destinado a no tener rato bueno, pues a punto que su espíritu

recibía algún alivio, se le inició la jaqueca. La noche fue cruel, y

Fortunata esmerose en cuidarle. En medio de sus dolores cefalálgicos, el

infortunado joven se caldeaba más la mente arbitrando remedios o

paliativos de la ansiedad que le dominaba. A poco de vomitar, dijo a su

mujer: «Se me ocurre una idea que resolverá las dificultades... Nos

iremos a Molina de Aragón, donde tengo mis fincas. Abandono la carrera y

me dedico a labrador... Quieres, ¿sí o no? Allí viviré con

tranquilidad». Fortunata se mostró conforme, si bien recordaba lo que

Mauricia le había dicho de la vida de los pueblos. Sólo descuartizada

iría ella a vivir al campo; pero aquella noche no tenía más remedio que

decir _sí_ a todo.

En los siguientes días notaba el pobre Maxi que su descaecimiento

aumentaba de una manera alarmante como si le sangraran, y asustadísimo

fue a consultar con Augusto Miquis, el cual le dijo que hubiera sido

mejor consultara antes de casarse, pues en tal caso le habría ordenado

terminantemente el celibato. Esto redobló sus tristezas; mas cuando

Miquis le propuso como único remedio de su mal la rusticación, cobró

esperanzas, confirmándose en la idea de abandonar la corte y sepultarse

para siempre en sus estados de Molina.

La segunda vez que habló de esto a su mujer, no la encontró tan bien

dispuesta. «¿Y tus estudios, y tu carrera? Aconséjate con tu tía, y ella

te dirá que lo que estás pensando es un disparate». Maxi estaba muy

caviloso por ciertas cosas que en su mujer notaba. Hacía días que apenas

levantaba ella los ojos del suelo y su mirar revelaba una gran

pesadumbre. De repente, una tarde que volvía Rubín de la botica, al

subir la escalera la oyó cantar. Entró, y la cara de Fortunata

resplandecía de contento y animación. ¿Qué había pasado? Maxi no lo pudo

penetrar, aunque sus celos, aguzadores de la inteligencia, le apuntaban

presunciones que bien podrían contener la verdad. Esta era que la

prójima había recibido, por conducto de Patria, una esquelita en que se

le anunciaba la reapertura del curso amoroso, interrumpido durante una

quincena. «Esta alegría--pensaba Maxi--, ¿por qué será?». Y

comprendiendo por instinto de celoso que echaba un jarro de agua fría

sobre aquel contento, dijo a Fortunata: «Ya está decidido que nos iremos

al pueblo. Lo he consultado con mi tía y ella lo aprueba».

No era verdad que había consultado con doña Lupe, mas lo decía para dar

a su proposición autoridad indiscutible.

«Te irás tú...» dijo ella sonriendo.

--No--agregó él conteniendo la amargura que de su alma se desbordaba--,

los dos.

--Tú te has vuelto loco--observó Fortunata riendo con cierto descaro--.

Yo creí... ¿Pero lo dices con formalidad?

--¡Toma!... ¿Y tú no me dijiste que irías también y que querías ser

paleta?

--Sí; pero fue porque me pensé que era conversación. ¡Encerrarme yo en

un pueblo! ¡Qué talento tienes!

De tal modo se demudó el rostro del joven, que Fortunata, que ya

empezaba a decir algunas bromas sobre aquel asunto, se recogió en sí.

Maxi no dijo una palabra, y de pronto salió disparado de la casa, cerró

con estruendo la puerta y bajó la escalera de cuatro en cuatro peldaños.

Asustose Fortunata, y asomándose al balcón, viole recorrer

apresuradamente la calle de Sagunto y después tomar por la de Santa

Engracia, hacia abajo. Ella salió después, tomando por la misma calle,

pero hacía arriba, en dirección de Cuatro Caminos.

Las seis de la tarde serían cuando Rubín volvió a su casa. Estaba

lívido, y de lívido pasó a verde, cuanto Patricia le dijo que la

señorita había salido a compras. Dejándose llevar de su insensato

recelo, interrogó a la criada, tratando de averiguar por ella. Pero a

buena parte iba. Patricia tenía la discreción del traidor, y cuanto dijo

fue encaminado a introducir en el cerebro de Maxi el convencimiento de

que su mujer era punto menos que canonizable. Cuando la criminal entró,

el marido había mandado encender luz y estaba sentado junto a la mesa de

la sala. «¿De dónde vienes?» le preguntó.--«Me parece--replicó ella--,

haberte dicho que iba a comprar este retor». Mostró un envoltorio,

después un paquetito, y otro. «¿Ves?... la sopa Juliana que tanto te

gusta...».

--Yo también--dijo Maximiliano de una manera siniestra--, te he comprado

a ti esta tarde un regalito... Mira.

Alargó el brazo para sacar de debajo de la mesa algo que ocultó al

entrar. Era un objeto envuelto en papeles, que descubrió lentamente,

cuando ella se inclinaba risueña para verlo.

«¿A ver... qué es?... ¡Ay!, un revólver...».

--Sí, para matarte y matarme...--dijo Maxi en un tono que no pudo ser

tan lúgubre como él deseaba, pues el arma empezó a causarle miedo, a

causa de que en su vida había tenido en las manos un chisme de tal

clase...

--¡Qué cosas tienes!--dijo ella palideciendo--. Tú no sabes lo que te

pescas... Pareces tonto... Matarme a mí, ¿y por qué?...

Le echó una mirada dulce y penetrante, el mismo mirar con que le había

hecho su esclavo. El pobre chico sintió como si le pusieran un grillete

en el alma.

«Vaya que se te ocurren unos disparates, hijo... Soy muy miedosa, y de

sólo ver eso me pongo a temblar. Bonita manera tienes de hacer que yo te

quiera, sí señor, bonita manera».

Acercó tímidamente su mano al mango del arma. «Puedes cogerlo, está

descargado» dijo Maxi, que de un salto se había dejado caer del furor a

la piedad.

--Eres un niño--declaró ella, cogiendo el arma--, y como niño hay que

tratarte. Venga acá ese chisme: lo guardaré para el caso de que entren

ladrones en casa.

Y se lo llevó sin que él hiciese resistencia. Después de guardarlo con

llave en un baúl lleno de cosas viejas, volvió al lado de su marido, que

se había quedado absorto, midiendo sin duda con azorado pensamiento la

enorme distancia que en su ser había entre los arranques de la voluntad

y la ineficacia de su desmayada acción.

Aquella noche no ocurrió nada; pero a la tarde siguiente,

_Pseudo-Narcissus odoripherus_, fue a buscarle a la botica de

Samaniego, y le dijo que Fortunata tenía citas con un señor en una casa

del paseo de Santa Engracia, un poquito más arriba de los almacenes de

la Villa.

--x--

Tomó Maxi un coche para ir a Chamberí y a su casa. Después de entrar en

ella e informarse de que la señorita no estaba, subió lentamente hacia

la iglesia, y al pasar por delante de ella y ver una cruz de hierro que

hay en el atrio, vínole al pensamiento la idea de que debía haberse

traído el revólver. Retrocedió, y a mitad del camino acordose de que su

mujer había guardado el arma. ¡Qué tonto estuvo él en permitírselo!

Volvió a tomar la dirección Norte, sintiendo en su alma el suplicio

indecible que producía la conjunción de dos sentimientos tan opuestos

como el anhelo de la verdad y el terror de ella. Al distinguir el motor

de noria que se destacaba sobre la casa de las Micaelas, no pudo

reprimir un ahogo de pena que le hizo sollozar. El disco no se movía.

Pasó el joven más allá de los Almacenes de la Villa y examinó las casas

de un solo piso alto que allí existen. Como ignoraba cuál era la que

servía de abrigo a los adúlteros, resolvió vigilarlas todas. La noche se

venía encima y Maxi deseaba que viniese más aprisa para dejar de ver el

disco, que le parecía el ojo de un bufón testigo, expresando todo el

sarcasmo del mundo. Maldición sacrílega escapose de sus labios, y renegó

de que hubieran venido a estar tan cerca su deshonra y el santuario

donde le habían dorado la infame píldora de su ilusión. En otros

términos: él había ido allí en busca de una hostia, y le habían dado una

rueda de molino... y lo peor era que se la había tragado.

Después de mucho pasear vio el faetón de Santa Cruz, guiado por el

lacayo, despacio, como para que no se enfriaran los caballos. Ya no

quedaba duda. El coche le esperaba. Violo subir hasta Cuatro Caminos,

donde se detuvo para encender las luces. Después bajó, y al llegar a los

Almacenes de la Villa, otra vez para arriba. Maxi no le perdía de vista.

El cochero daba a conocer su aburrimiento e impaciencia. En una de las

vueltas del vehículo, Rubín sorprendió en aquel hombre una mirada

dirigida a una de las casas. «Aquí es... aquí está». Fijose cerca de

allí, reduciendo el espacio de su paseo vigilante. Eran las siete.

Por fin, en un momento en que Maxi iba de Sur a Norte vio, a bastante

distancia, a un hombre que salía de la casa. Era él, Santa Cruz, el

mismo, vestido de americana y hongo. Detúvose en la puerta buscando con

la vista su carruaje. Las dos luces brillaban allá arriba. Dirigiose

hacia Cuatro Caminos... Detrás, avivando el paso, el odio personificado

en Maximiliano.

La vía estaba solitaria. Pasaba muy poca gente, y hacía bastante frío.

El Delfín sintió aquellos pasos detrás de sí, y una misteriosa

aprensión, la conciencia tal vez, le dijo de quién eran. Volviose a

punto que la temblorosa voz del otro decía: «Oiga usted». Parose en

firme Santa Cruz, y aunque no le conocía bien, le tuvo por quien era sin

dudar un momento.

«¿Qué se le ofrece a usted?».

--¡Canalla!... ¡indecente!--exclamó Rubín con más fiereza en el tono que

en la actitud.

No esperó Santa Cruz a oír más, ni su amor propio le permitía dar

explicaciones, y con un movimiento vigoroso de su brazo derecho rechazó

a su antagonista. Más que bofetada fue un empujón; pero el endeble

esqueleto de Rubín no pudo resistirlo; puso un pie en falso al

retroceder y se cayó al suelo, diciendo: «Te voy a matar... y a ella

también». Revolcose en la tierra; se le vio un instante pataleando a

gatas, diciendo entre mugidos... «¡ladrón, ratero... verás!...». Santa

Cruz estuvo un rato contemplándole con la calma fría del ofuscado

asesino, y cuando vio que al fin conseguía levantarse, se fue hacia él y

le cogió por el pescuezo, apretándole sañudamente cual si quisiera

ahogarle de veras... Reteniéndole contra el suelo, gritaba: «Estúpido...

escuerzo... ¿quieres que te patee...?».

De la oprimida garganta del desdichado joven salía un gemido, estertor

de asfixia. Sus ojos reventones se clavaban en su verdugo con un

centelleo eléctrico de ojos de gato rabioso y moribundo. La única

defensa del que estaba debajo era clavar sus uñas, afilándolas con el

pensamiento, en los brazos, en las piernas, en todo lo que alcanzaba del

vencedor; y logrando alzarse un poco con nervioso coraje, trató de

hacerle molinete para derribarle. Derribados los dos, lucharían quizás

más proporcionadamente. ¡Pobre razón aplastada por la soberbia! ¿Dónde

está la justicia? ¿dónde está la vindicta del débil? En ninguna parte.

El furor del Delfín no fue tanto que se le ocultara el peligro de llegar

a un homicidio, abusando de su superioridad. «Este al fin es un hombre,

aunque parece un insecto» pensó. Y con desdén que tenía algo de lástima,

hubo de soltar su presa, que cayó inerte a un lado del camino, en una

especie de hoyo o surco. Al verle como un bulto, Juan sintió algo de

miedo. «Si le habré matado sin querer... Y en todo caso... ha sido en

defensa propia». Pero la víctima exhaló un mugido, y revolcándose como

los epilépticos, repitió: «Ladrón... asesino». El Delfín se acercó y

poniéndole un pie sobre el pecho, cuidando de no apretar, dijo: «Si no

te callas, cucaracha, te aplasto».

Levantose Rubín de un salto. Era todo uñas y todo dientes; sacaba las

armas del débil; pero con tanta fiereza, que si coge al otro le arranca

la piel. Santa Cruz acudió pronto a la defensa. «Te digo que te pateo...

si vuelves...». Le levantó como una pluma y le lanzó violentamente donde

antes había caído. Era un solar o campo mal labrado, más allá de la

última casa. La víctima no daba acuerdo de sí, y aprovechando aquel

momento el bárbaro señorito, que vio pasar su coche, lo detuvo, montose

en él de un salto y ¡hala!, partieron los caballos a escape.

Un hombre se había detenido ante los combatientes en el último instante

de la reyerta; acercose a Maxi y le miró con recelo. Creyendo que estaba

mortalmente herido, no quería meterse en líos con la justicia. Cuando le

oyó hablar, acercose más. «Buen hombre, ¿qué es eso?... ¡Pobre chico! Si

no parece chico, sino un viejo... ¡Vaya, que pegar así a un pobre

anciano!». Luego llegó otro hombre, que se destacó de un grupo de

obreros que subían. Auxiliado por este, Maxi logró levantarse y corrió

un buen trecho por el camino abajo, gritando: «¡Ladrón!... ¡a ese!...

¡al asesino!...». Pero el coche estaba ya más allá de la iglesia.

Formose en torno a la víctima un corro de cuatro, seis, diez personas de

ambos sexos. Mirábales como si fueran amigos que habían de darle la

razón reconociendo en él a la justicia pateada y a la humanidad

escarnecida. Parecía un insensato. Su descompuesto rostro daba miedo, y

su ahilada voz excitaba la mayor extrañeza.

Porque el ardor de la lucha había determinado como una relajación de la

laringe, en términos que la voz se le había vuelto enteramente de

falsete. Salían de su garganta las palabras como el acento de un

impúber. «¿En dónde se ha metido?... ¿en dónde?... ¿No es verdad,

señores, que es un miserable?... ¿un secuestrador?... Me ha quitado lo

mío, me ha robado... Él la arrojó a la basura... yo la recogí y la

limpié... él me la quitó y la... volvió a arrojar... la volvió a

arrojar. ¡Trasto infame!... Pero yo tengo que hacer dos muertes. Iré al

patíbulo... no me importa ir al patíbulo, señores... digo que quiero ir

al palo... pero ellos por delante, ellos por delante...».

Los que le rodeaban le tenían lástima. Desconociendo el motivo de la

zaragata, cada cual decía lo que le parecía. «_Sobre vino_ una

pendencia».--«No, cuestión de faldas; ¿verdad?».--«¡Quita allá!, ¿pero

no ves que es marica?».

Las mujeres le miraban con más interés. «Tiene usted sangre en la

frente» le dijo una. Era una rozadura de que el joven no se había dado

cuenta. Llevose la mano a la cabeza y la retiró manchada de sangre. Notó

que el brazo derecho le dolía horriblemente.

«Vamos, vamos--le dijo uno--, véngase usted a la Casa de Socorro».

--Gatera... miserable...--Vamos; ya eso se acabó... ¿En dónde tiene

usted el sombrero?

Maxi no dijo nada ni se cuidó del sombrero. De repente rompió en

aullidos, pues no parecían otra cosa los esfuerzos de su voz para hablar

a gritos. Los circunstantes podían oírle difícilmente estos conceptos:

«Partirle el corazón es poco; es menester... machacárselo».

Dos hombres le llevaban calle abajo, cada cual agarrándole de un brazo,

y él, mirando con estupidez a sus conductores,

repetía:--¡machacárselo!--. A ratos se paraba, prorrumpiendo en risas de

demente. Ya cerca de la iglesia aparecieron dos individuos de Orden

Público, que viendo a Maxi en aquel estado, le recibieron muy mal.

Pensaron que era un pillete, y que los golpes que había recibido le

estaban muy bien merecidos... Le cogieron por el cuello de la americana

con esa paternal zarpa de la justicia callejera. «¿Qué tiene usted?» le

preguntó uno de ellos, mal humorado. Maxi contestó con la misma risa

insana y delirante; viendo lo cual el polizonte, apretó la zarpa, como

expresión de los rigores que la justicia humana debe emplear con los

criminales.

«¿Y el agresor?».

--¡Machacárselo!... Llegó a la Casa de Socorro, ya con una procesión de

gente tras sí. El médico de guardia conocía a Maxi, y después de

curarle la contusión de la cabeza, que no tenía importancia, le mandó a

su casa al cuidado de los guardias de Orden Público.

--xi--

Cuando entró el malaventurado chico en su casa, Fortunata no había

aparecido aún. Lo mismo fue verle Patricia en aquel lastimoso estado,

que correr a dar aviso a doña Lupe, la cual no tardó en presentarse

alborotada y afligida. Lo primero que hizo, conforme a su gran carácter,

fue sobreponerse a los sucesos, no amilanarse por la vista de la sangre

y dictar atinadas órdenes preliminares, como acostar a Maximiliano,

traer provisión de árnica, reconocerle bien las contusiones que tenía y

llamar un médico.

«¿Pero y Fortunata?».

--Salió a hacer unas compras--dijo Patricia.

--¡Es particular! Las ocho y media de la noche.

En vano intentó doña Lupe saber lo que había ocurrido de los propios

labios del joven. Este no decía más que «¡machacárselo!» con aquella voz

de falsete, que era otra novedad para su tía. Acostáronle con no poco

trabajo, y le llenaron de bizmas. El médico de la Casa de Socorro vino y

ordenó el reposo. Temía que hubiese algo de conmoción cerebral; pero

probablemente concluiría todo con una fuerte jaqueca. También propinó el

bromuro potásico a fuertes dosis, y a la primera toma se adormeció el

herido, pronunciando palabras sueltas, de las cuales nada pudo sacar en

claro la señora de Jáuregui. ¡Y a todas estas la otra sin parecer!

Por fin, a eso de las nueve y media, cuando el médico se fue, sintió

doña Lupe un rebullicio, luego cuchicheos en el pasillo. Fortunata había

entrado, y hablaba muy bajito con Patria. La mente de la viuda, en la

cual hasta entonces todo era confusión y vaguedades, empezó a dar de sí

los juicios más extraños, ideas de atrevido alcance y de un pesimismo

aterrador. Salió paso a paso a la sala, deseosa de sorprender aquel

secreteo. Fortunata entró, pálida como un cirio y con ojos aterrados;

mas doña Lupe no le dijo nada. La vio que avanzaba hacia el gabinete,

que daba algunos pasos hacia la alcoba deteniéndose en la puerta, y que

desde allí alargaba el cuerpo para mirar a su marido. ¿Por qué no entró?

¿Qué temor la detenía? La alcoba estaba casi a oscuras, pues apenas

llegaba a ella la claridad de la lámpara encendida en la sala. Doña Lupe

llevó al gabinete la luz. Quería observar lo que hacía su sobrina, y por

de pronto le llamó la atención su actitud extraña, no muy conforme con

los sentimientos naturales en una esposa en situación tan aflictiva.

Una vez que le miró bien de lejos, Fortunata, sin hacer maldito caso de

persona tan respetable como su tía política, volvió a la sala, que ya

estaba medio a oscuras, y se sentó en una silla. Todavía no se había

quitado el manto, y parecía que iba a volver a la calle. Apoyada la

mejilla en la mano, permaneció inmóvil como un cuarto de hora. El

silencio que en las tres piezas reinaba sólo se interrumpía con tal cual

palabra estropajosa pronunciada por Maxi, y con el paso gatuno de la

sirviente que atravesaba la sala para ir a recibir órdenes de la única

persona que aquella noche mandara en la casa. Si el estado del enfermo

permitiera alzar la voz, ¡ay!, doña Lupe haría retemblar la casa con el

estruendo de su palabra autoritaria y fiscalizadora; pero no podía ser.

¡Qué cosas había de oír su sobrina! Resolvió, pues, la tía dejar la

discusión para el día siguiente; mas tanto la apremiaron la curiosidad y

el enojo, que no pudo menos de personarse, pasito a paso, en la sala, y

decir a Fortunata, con voz oprimida: «Explícame esto».

--¿Esto?...--murmuró la prójima, alzando la cara, como quien despierta.

--Esto, sí... Maximiliano maltratado... tú entrando en casa tan tarde y

con esos modos de traidora de melodrama.

Fortunata, después de mirar de hito en hito a doña Lupe por espacio

como de un minuto, volvió a apoyar la mejilla en el puño sin decir una

palabra.

«Pues me he enterado... Me gusta...».

Y fue a la alcoba, porque se oyó la voz de Maxi llamando. Poco después

se le sintió vomitar. Fortunata prestó atención a lo que allí pasaba;

pero sin abandonar su postura de esfinge.

Cuando la viuda volvió a la sala, ya eran más de las diez.

«¡Las diez dadas!--dijo con aquella voz tan severa que habría hecho

estremecer a una piedra--. Y no te has quitado el manto. ¿Es que piensas

volver... de compras? El pobre Maxi, al despertar hace un rato, me

preguntó si habías venido, y le dije que no. Me dio vergüenza de decirle

que sí, porque habría sido preciso añadir que sólo con la manera de

entrar te declaras culpable... Él dijo: 'Más vale que no venga...'. ¿Y

tú no conoces que así no se puede seguir?... ¿que es preciso que me

expliques esto? Habla, hija, habla o yo veré lo que tengo que hacer».

Fortunata, después de mirarla con una emoción que doña Lupe no podría

definir, volvió a apoyar la cara en la mejilla, y dando un gran suspiro,

se acorazó dentro de aquel silencio lúgubre, que desesperaría a la misma

paciencia.

«¡Esto es para volverse loca!...--expresó doña Lupe con un gesto

iracundo--. ¿Creerás tú, creerá usted que conmigo valen marrullerías?

Sepa usted que...».

La ira se le desbordaba, y para contenerla volvió a la alcoba. Su mente

acalorada revolvía estas ideas: «Salió lo que yo me temía... Si lo dije,

si esta mujer nos había de dar al fin un disgusto... ¡Ay, qué ojo tengo!

A mí no me entraba, no me entraba; y siempre lo dije: 'ni con Micaelas

ni sin Micaelas, podremos hacer de una mujer mala una esposa decente'.

Ahí está, ahí está, ahí la tienen. Vean si acerté; vean si eran

preocupaciones mías...».

Lo que más ensoberbecía a doña Lupe era el chasco que se había llevado,

pues aunque dijera otra cosa, ello es que había creído a Fortunata

radicalmente reformada. No pudo contener su arranque, y volvió a la

sala. «Pero se explica usted, ¿sí o no?...».

Reparó entonces que hablaba con una sombra. Fortunata no estaba allí.

Salió doña Lupe al pasillo, y vio luz en un cuartito interior, donde la

mujer de Maxi guardaba su ropa. Empujó la puerta. Allí estaba, ya sin

mantilla, sacando ropa del armario y metiéndola en un mundo.

«¿Pero querrá usted al fin sacarme de dudas?--dijo sin recatarse ya de

alzar la voz--. Esto es vergonzoso. Si usted se obstina en callarse,

creeré que la causante de toda esta tragedia es usted y nada más que

usted».

Fortunata se volvió hacia ella. Su palidez era como la de un muerto.

«Vamos a ver--añadió la de Jáuregui manoteando--. Si mi sobrino me

vuelve a preguntar si ha entrado usted, ¿qué le digo?».

--Dígale usted--replicó la esposa en voz más baja y expresándose con

mucha dificultad--; dígale usted que no he venido, porque me marcharé en

cuanto sea de día.

--Yo no entiendo una palabra... ¡qué ha pasado, Santo Dios!... ¿Quién

maltrató a Maxi?

Fortunata dio un gran suspiro. «¡Qué farsa! Voy a dar parte a la

justicia. Veremos si al juez le contesta de esa manera. Que usted es

culpable, bien a la vista está. Si no, ¿por qué se marcha usted?».

--Porque me debo ir--replicó la otra mirando al suelo.

No dijo más. Fuera de sí, doña Lupe le echó la zarpa a un brazo y

sacudiéndola fuertemente, le soltó esta imprecación:

«¡Ah!, maldita... bien claro se ve que es usted una bribona... una

bribona en toda la extensión de la palabra... que lo ha sido siempre y

lo será mientras viva... A todos engañó usted menos a mí... a mí no...

Yo la vi venir».

Abrumada por su conciencia, Fortunata no pudo contestar nada. Si doña

Lupe se hubiera abalanzado a ella para pegarle, se habría dejado

castigar.

«Hace usted bien en largarse--añadió la otra ya en la puerta--. No seré

yo quien la detenga... Viento fresco. ¡Qué casa esta y qué matrimonio!

Nada me coge de nuevo... porque, lo repito, a todos engañó usted menos a

mí».

Y era mentira, porque la primera engañada fue ella. ¡Valiente fiasco

habían tenido sus facultades educatrices! La idea de este fracaso

encendía su furor más que el delito mismo que en su sobrina sospechaba.

Volviendo a la sala, apoderose de la señora de Jáuregui el frenesí de

las disposiciones. La primera fue que se quedaría allí aquella noche.

Después mandó a Patricia a su casa con un recado, llamando a Nicolás,

que aquel día había llegado de Toledo. «Que venga mi sobrino

inmediatamente, y si está durmiendo, encargue usted a Papitos que le

despierte».

Fortunata seguía en el cuarto de la ropa; mas adelantaba muy poco en el

arreglo de su equipaje, porque a lo mejor se quedaba inmóvil, sentada

sobre un baúl, mirando al suelo o a la vela, que ardía con pábilo muy

larguilucho y negro, chorreando goterones de grasa. Desde que empezó a

faltar, no había sentido remordimientos como los de aquella noche. El

espectro de su maldad no había hecho antes más que presentarse como en

broma, y érale a ella muy fácil espantarlo; pero ya no acontecía lo

mismo. El espectro venía y se sentaba con ella y con ella se levantaba;

cuando se ponía a guardar ropa, la ayudaba; al suspirar, suspiraba; los

ojos de ella eran los de él, y, en fin, la persona de ambos parecía una

misma persona. Y la atormentaban, juntamente con los revuelcos de su

conciencia, ansias de amor, deseos vivísimos de normalizar su vida

dentro de la pasión que la dominaba. Acordose de que su amante le había

ofrecido ponerle casa, y establecer entre ambos una familiaridad regular

dentro de la irregularidad. ¿Pero esto podría ser? Las ansias amorosas

se cruzaban en su espíritu con temores vagos, y al fin venía a

considerarse la persona más desgraciada del mundo, no por culpa suya,

sino por disposición superior, por aquella mecánica espiritual que la

empujaba de un modo irresistible. No pensó en dormir aquella noche, y

anhelaba que viniese el día para marcharse, porque el sentir la voz

doliente de su marido producíale atroz martirio. Habría dado diez años

de su vida porque lo que pasó no hubiera pasado. Pero ya que no lo podía

remediar, ¡ojalá que las heridas de Maxi fuesen de poca importancia!

Después de esto, su más vivo deseo era coger la puerta y huir para

siempre de la casa aquella. Antes morir que continuar la farsa de un

matrimonio imposible.

De estas meditaciones la sacó doña Lupe, que después de media noche

volvió a entrar en el cuarto. Envolvíase toda en una manta, lo que le

daba cierto aspecto temeroso y lúgubre como de alma del otro mundo.

«Al pobre Maxi--dijo--, le da ahora por llorar... No cesa de preguntarme

si ha venido usted... Francamente, no sé qué responderle».

--Dígale usted que me he muerto--replicó Fortunata.

--Y positivamente sería lo mejor... ¿Ha arreglado usted ya sus baúles?

--Me falta poco... Mire, mire... no me llevo nada que no sea mío.

--¿Y sus alhajas?--preguntó la viuda que custodiaba en su casa las de

más valor.

--¿Mis alhajas?--observó la otra vacilando primero y asegurándose al

fin--. No son mías. Son de él, de Maxi, que las desempeñó. Se las dejo

todas.

--¿De modo que no se lleva usted más que su ropa?

--Nada más. Hasta el portamonedas, con el último dinero que me dio, lo

dejo aquí sobre la cómoda. Véalo usted.

Cogió la prudente señora el portamonedas que estaba aún bien repleto y

se lo guardó.

--xii--

Hay motivos para creer que cuando Papitos entró a media noche en el

cuarto de Nicolás Rubín y le dijo sacudiéndole fuertemente: «Señor,

señor, su tía que vaya allá ahora mismo», el santo varón soltó un

bramido y dio media vuelta volviendo a caer en profundo sueño. Es

probable que a la segunda acometida de Papitos, el clérigo se

desperezara, y que ahuyentase a la mona con otro fuerte berrido,

agasajando en su empañado cerebro la idea de que su tía debía esperar

hasta la mañana siguiente. Y el fundamento de estas apreciaciones es que

Nicolás no se presentó en la casa de su hermano Maxi hasta las siete

dadas. Tanta pachorra sacaba de quicio a doña Lupe, que poniendo el

grito en el Cielo, decía: «Estoy destinada a ser la víctima de estos

tres idiotas... Cada uno por su lado me consumen la vida, y entre los

tres juntos van a acabar conmigo... ¡Qué familia, Señor, qué familia! Si

me viera mi Jáuregui, otro gallo me cantara. ¡Pero hombre de Dios, vaya

que tienes una calma! No sé cómo con ella y lo que comes no estás más

gordo... Te llamo a las once de la noche y esta es la hora en que te

descuelgas por aquí... ¿Tú sabes lo que pasa?».

Esto lo decía en la sala, al ver entrar a Nicolás, cuyos ojos tenían aún

señales evidentes de lo bien que había dormido. Al sentir el coloquio,

salió la pecadora de su escondite, y acercándose a la puerta de la sala

trató de escuchar. Pero tía y sobrino siguieron hablando muy bajito, y

nada pudo percibir. Después el clérigo, a instancias de su tía, salió

al pasillo, y Fortunata metiose rápidamente en su escondite para

esperarle allí.

El cuarto aquel estaba casi completamente a oscuras en las primeras

horas del día. Los que entraban no veían a quien dentro estuviera. La

vela, que ardió gran parte de la noche, se había consumido. Desde

dentro, vio Fortunata al cura, sombra negra en el cuadro luminoso de la

puerta, y esperó a que entrase o a que dijese algo. Como el que recela

penetrar en la madriguera de una bestia feroz, Nicolás permaneció en la

puerta, y desde ella lanzó en medio de la oscuridad estas palabras:

«Mujer, ¿está usted aquí?... No veo nada».

--Aquí estoy, sí señor--murmuró ella.

--Mi tía--añadió el clérigo--, me ha contado los horrores de esta

noche... Mi hermano maltratado, herido; usted entrando en casa a

deshora, y entrando para recoger su ropa y marcharse, rompiendo la

armonía conyugal y dejándonos a todos en la mayor confusión. ¿Me querrá

usted explicar a mí este turris-burris?

--Sí señor--replicó la voz con miedo y turbación indecibles.

--¿Y si ha tenido usted parte en esta infamia?

--Yo... en lo de los golpes no he tenido parte--apuntó con rápida frase

la voz.

--Vamos a cuentas--dijo el clérigo avanzando un poco, precedido de sus

manos que palpaban en las tinieblas--. Hace algunos días... lo he

sabido ayer por casualidad... mi hermano sospechaba que usted no le era

fiel; esta es la cosa. ¿Tenía fundamento esta sospecha?

La voz no dijo nada, y hubo un ratito de temerosa expectativa.

«¿Pero no contesta usted?--interrogó Nicolás con acento airado--. ¿Por

quién me toma? Hágase usted cargo de que está en el confesonario. No

hago la pregunta como persona de la familia ni como juez, sino como

sacerdote. ¿Tenía fundamento la sospecha?».

Después de otro ratito, que al cura se le hizo más largo que el primero,

la voz respondió tenuemente:

«Sí señor».

--Ya veo--afirmó Rubín con ira--, que nos ha engañado usted a todos, a

mí el primero, a las señoras Micaelas, a mi amigo Pintado y a toda mi

familia después. Es usted indigna de ser nuestra hermana. Vea usted qué

bonito papel hemos hecho. ¡Y yo que respondí...! En mi vida me ha pasado

otra. La tuve a usted por extraviada, no por corrompida, y ahora veo que

es usted lo que se llama un monstruo.

Dio entonces un paso más, cerrando un poco la puerta, y tentó la pared

por si hallaba silla o banco en qué sentarse.

«Hablando en plata, usted no quiere a mi hermano... Ábrete,

conciencia».

--No señor--dijo la voz prontamente y sin hacer ningún esfuerzo.

--No le ha querido nunca... esta es la cosa.

--No señor.--Pero usted me dijo que esperaba tomarle cariño conforme le

fuera tratando.

--Sí lo dije.--Pero no ha resultado... No ha resultado. ¡Chasco como

este...! Se dan casos... De modo que nada.

--Nada.--¡Perfectamente! Pero usted olvida que es casada y que Dios le

manda querer a su marido, y si no le quiere, serle fiel de cuerpo y de

pensamiento. ¡Bonita plancha, sí señor, bonita!... En mi vida me ha

pasado otra. Y usted, pisoteando el honor y la ley de Dios, se ha

prendado de cualquier pelagatos... ya se ve: su pasado licencioso le

envenena el alma, y la purificación fue una pamema. ¡No haber visto

esto, Señor, no haberlo visto!

Estaba tan furioso el cura por lo mal que le había salido aquella

compostura, y su amor propio de arreglador padecía tanto, que no pudo

menos de desahogar su despecho con estas coléricas razones: «Pues sépase

usted que está condenada, y no le dé vueltas: condenada».

No se sabe si este procedimiento del terror hizo su efecto, porque

Fortunata no contestó nada. La expresión de sus sentimientos acerca del

tremendo anatema perdiose en la oscuridad de aquella caverna.

«Al menos, desdichada, confiese usted su delito--dijo Rubín, que

deslizándose en las tinieblas había encontrado un cajón en que

sentarse--. No me oculte usted nada. ¿Cuántas veces, cuántas veces ha

faltado usted a su marido?».

La contestación tardaba. Nicolás repitió la pregunta hasta tres veces

suavizando el tono, y al fin oyó un susurro que decía: «Muchas».

Fortunata y Jacinta: dos historias de casadas · 第 25 / 49 题