--i--
Por fin se acordó que Fortunata saldría del convento para casarse en la
segunda quincena de Setiembre. El día señalado estaba ya muy próximo, y
si el pensamiento de la reclusa no se había familiarizado aún de una
manera terminante con la nueva vida que la esperaba, no tenía duda de
que le convenía casarse, comprendiendo que no debemos aspirar a lo
mejor, sino aceptar el bien posible que en los sabios lotes de la
Providencia nos toca. En las últimas visitas, Maxi no hablaba más que de
la proximidad de su dicha. Contole un día que ya tenía tomada la casa,
un cuarto precioso en la calle de Sagunto, cerca de su tía; otro la
entretuvo refiriéndole pormenores deliciosos de la instalación. Ya se
habían comprado casi todos los muebles. Doña Lupe, que se pintaba sola
para estas cosas, recorría diariamente las almonedas anunciadas en _La
Correspondencia_, adquiriendo gangas y más gangas. La cama de matrimonio
fue lo único que se tomó en el almacén; pero doña Lupe la sacó tan
arreglada, que era como de lance. Y no sólo tenían ya casa y muebles,
sino también criada. Torquemada les recomendó una que servía para todo y
que guisaba muy bien, mujer de edad mediana, formal, limpia y sentada.
Bien podía decirse de ella que era también ganga como los muebles,
porque el servicio estaba muy malo en Madrid, pero muy malo. Nombrábase
Patricia, pero Torquemada la llamaba _Patria_, pues era hombre tan
económico que ahorraba hasta las letras, y era muy amigo de las
abreviaturas por ahorrar saliva cuando hablaba y tinta cuando escribía.
Otra tarde le dio Maxi una hermosa sorpresa. Cuando Fortunata entró en
el convento, las papeletas de alhajas y ropas de lujo que estaban
empeñadas quedaron en poder del joven, que hizo propósito de liberar
aquellos objetos en cuanto tuviese medios para ello. Pues bien, ya podía
anunciar a su amada con indecible gozo que cuando entrara en la nueva
casa, encontraría en ella las prendas de vestir y de adorno que la
infeliz había arrojado al mar el día de su naufragio. Por cierto que las
alhajas le habían gustado mucho a doña Lupe por lo ricas y elegantes, y
del abrigo de terciopelo dijo que con ligeras reformas sería una pieza
espléndida. Esto le llevó naturalmente a hablar de la herencia. Ya había
cogido su parte, y con un pico que recibió en metálico había redimido
las prendas empeñadas. Ya era propietario de inmuebles, y más valía esto
que el dinero contante. Y a propósito de la herencia, también le contó
que entre su hermano mayor y doña Lupe habían surgido ruidosas
desavenencias. Juan Pablo empleó toda su parte en pagar las deudas que
le devoraban y un descubierto que dejara en la administración carlista.
No bastándole el caudal de la herencia, había tenido el atrevimiento de
pedir prestada una cantidad a doña Lupe, la cual se voló ¡y le dijo
tantas cosas...! Total, que tuvieron una fuerte pelotera, y desde
entonces no se hablaban tía y sobrino, y este se había ido a vivir con
una querida. «¡Y viva la moralidad! ¡Y tradicionalista me soy!».
Charlaron otro día de la casa, que era preciosa, con vistas muy buenas.
Como que del balcón del gabinete se alcanzaba a ver un poquito del
Depósito de aguas; papeles nuevos, alcoba estucada, calle tranquila,
poca vecindad, dos cuartos en cada piso, y sólo había principal y
segundo. A tantas ventajas se unía la de estar todo muy a la mano:
debajo carbonería, a cuatro pasos carnicería, y en la esquina próxima
tienda de ultramarinos.
No podía olvidárseles el importante asunto de la carrera de _Rubinius
vulgaris_. A mediados de Setiembre se había examinado de la única clase
que le faltaba para aprobar el último año, y lo más pronto que le fuera
posible tomaría el grado. Desde luego entraría de practicante en la
botica de Samaniego, el cual estaba gravemente enfermo, y si se moría,
la viuda tendría que confiar a dos licenciados la explotación de la
farmacia. Maxi entraría seguramente de segundo, con el tiempo llegaría a
ser primero, y por fin amo del establecimiento. En fin, que todo iba
bien y el porvenir les sonreía.
Estas cosas daban a Fortunata alegría y esperanza, avivando los
sentimientos de paz, orden y regularidad doméstica que habían nacido en
ella. Con ayuda de la razón, estimulaba en su propia voluntad la
dirección aquella, y se alegraba de tener casa, nombre y decoro.
Dos días antes de la salida, confesó con el padre Pintado; expurgación
larga, repaso general de conciencia desde los tiempos más remotos. La
preparación fue como la de un examen de grado, y el capellán tomo aquel
caso con gran solicitud y atención. Allí donde la penitente no podía
llegar con su sinceridad, llegaba el penitenciario con sus preguntas de
gancho. Era perro viejo en aquel oficio. Como no tenía nada de gazmoño,
la confesión concluyó por ser un diálogo de amigos. Diole consejos sanos
y prácticos, hízole ver con palmarios ejemplos, algunos del orden
humorístico, la perdición que trae a la criatura el dejarse mover de
los sentidos, y le pintó las ventajas de una vida de continencia y
modestia, dando de mano a la soberbia, al desorden y a los apetitos.
Descendiendo de las alturas espirituales al terreno de la filosofía
utilitaria, don León demostró a su penitente que el portarse bien es
siempre ventajoso, que a la larga el mal, aunque venga acompañado de
triunfos brillantes, acaba por infligir a la criatura cierto grado de
penalidad sin esperar a las de la otra vida, que son siempre infalibles.
«Hágase usted la cuenta--le dijo también--, de que es otra mujer, de que
se ha muerto y resucitado en otro mundo. Si encuentra usted algún día
por ahí a las personas que en aquella pasada vida la arrastraron a la
perdición, figúrese que son fantasmas, sombras, así como suena, y no las
mire siquiera». Por fin, encomendole la devoción de la Santísima Virgen,
como un ejercicio saludable del espíritu y una predisposición a las
buenas acciones. La penitente se quedó muy gozosa, y el día que hizo la
comunión se observó con una tranquilidad que nunca había tenido.
La despedida de las monjas fue muy sentida. Fortunata se echó a llorar.
Sus compañeras Belén y Felisa le dieron besos, regaláronle estampitas y
medallas, asegurándole que rezarían por ella. Doña Manolita mostrose
envidiosa y desconsolada. Ella también saldría, pues sólo estaba allí
por equivocación; pronto se habían de ver claras las cosas, y el asno
de su marido vendría a pedirle perdón y a sacarla de aquel encierro. Sor
Marcela, Sor Antonia, la Superiora y las demás madres mostráronse muy
afables con ella, asegurando que era de las recogidas que les habían
dado menos que hacer. Despidiéronla con sentimiento de verla salir; pero
dándole parabienes por su boda y el buen fin que su reclusión había
tenido.
En la sala esperaban Maximiliano y doña Lupe, que la recogieron y se la
llevaron en un coche de alquiler. Estaba convenido de antemano llevarla
a la casa del novio, cosa verdaderamente un poco irregular; pero como
ella no tenía en Madrid parientes, al menos conocidos, doña Lupe no vio
solución mejor al problema de alojamiento. La boda se verificaría el
lunes 1.º de Octubre, dos días después de la salida de las Micaelas.
Sentía la señora de Jáuregui el goce inefable del escultor eminente a
quien entregan un pedazo de cera y le dicen que modele lo mejor que
sepa. Sus aptitudes educativas tenían ya materia blanda en quien
emplearse. De una salvaje _en toda la extensión de la palabra_, formaría
una señora, haciéndola a su imagen y semejanza. Tenía que enseñarle
todo, modales, lenguaje, conducta. Mientras más pobreza de educación
revelaba la alumna, más gozaba la maestra con las perspectivas e
ilusiones de su plan.
Aquella misma mañana, cuando estaban almorzando, tuvo ya ocasión, con
tanto regocijo en el alma como dignidad en el semblante, de empezar a
aplicar sus enseñanzas. «No se dice _armejas_ sino _almejas_. Hija, hay
que irse acostumbrando a hablar como Dios manda». Quería doña Lupe que
Fortunata se prestase a reconocerla por directora de sus acciones en lo
moral y en lo social, y mostraba desde los primeros momentos una
severidad no exenta de tolerancia, como cumple a profesores que saben al
pelo su obligación.
Destinósele una habitación contigua a la alcoba de la señora, y que le
servía a esta de guardarropa. Había allí tantos cachivaches y tanto
trasto, que la huéspeda apenas podía moverse; pero dos días se pasan de
cualquier manera. Durante aquellos dos días, hallábase la joven muy
cohibida delante de la que iba a ser su tía, porque esta no bajaba del
trípode ni cesaba en sus correcciones; y rara vez abría la boca
Fortunata sin que la otra dejara de advertirle algo, ya referente a la
pronunciación, ya a la manera de conducirse, mostrándose siempre
autoritaria, aunque con estudiada suavidad. «En los conventos--decía--,
se corrigen muchos defectos; pero también se adquieren modales
encogidos. Suéltese usted, y cuando salude a las visitas, hágalo con
serenidad y sin atropellarse».
Estas cosas ponían a Fortunata de mal humor, y su encogimiento crecía.
Consideraba que cuando estuviera en su casa, se emanciparía de aquella
tutela enojosa, sin chocar, por supuesto, porque además doña Lupe le
parecía mujer de gran utilidad, que sabía mucho y aconsejaba algunas
cosas muy puestas en razón.
Molestaban a Fortunata las visitas que, según ella, sólo iban por
curiosear. Doña Silvia no había podido resistir la curiosidad y se
plantó en la casa el mismo día en que la novia salió del convento. Al
otro día fue Paquita Morejón, esposa de D. Basilio Andrés de la Caña, y
ambas parecieron a Fortunata impertinentes y entrometidas. Su finura
resultole afectada, como de personas ordinarias que se empeñan en no
parecerlo.
Las visitas le daban cumplida enhorabuena por su boda. En los ojos se
les leía este pensamiento: «¡Vaya una ganga la de usted!». La señora de
D. Basilio repitió la visita el segundo día. Iba vestida de pingajos de
seda mal arreglados, queriendo aparentar. Hízose muy pegajosa; quería
intimar y elogiaba la hermosura de la novia, como un medio indirecto de
expresar las deficiencias de la misma en el orden moral.
Otra visita notable fue la de Juan Pablo, a quien llevó su hermano. Doña
Lupe y el mayor de los Rubines no se hablaban después de la marimorena
que tuvieron al repartir la herencia. Con gran sorpresa de la novia,
Juan Pablo estuvo afectuoso con ella. Creeríase que intentaba hacer
rabiar a su tía, concediendo su benevolencia a la persona de quien
aquella había dicho tantas perrerías. Durante la visita, que no fue
breve, sentose Fortunata en el borde de una silla, como una paleta, algo
atontada y no sabiendo qué decir para sostener la conversación con un
hombre que se expresaba tan bien. Al despedirse, diole Juan Pablo un
fuerte apretón de manos, diciéndole que asistiría a la boda.
Luego fueron tía y sobrina a ver la casa matrimonial. Doña Lupe le
mostró uno por uno los muebles, haciéndole notar lo buenos que eran, y
que su colocación, dispuesta por ella, no podía ser más acertada. El
juicio sobre cada parte de la casa y sobre los trastos y su distribución
dábalo ya por anticipado doña Lupe, de modo que la otra no tuviese que
decir más que «sí... verdad...».
De vuelta, ya avanzada la tarde, a la calle de Raimundo Lulio, se
ocuparon en disponer varias cosas para el día siguiente. Maximiliano
había ido a invitar a algunos amigos, y doña Lupe salió también diciendo
que volvería antes de anochecido. Quedose sola Fortunata, y se puso a
hacer en su vestido de gro negro, que había de lucir en la ceremonia,
ciertos arreglos de escasa importancia. No tenía más compañía que la de
Papitos, que se escapaba de la cocina para ponerse al lado de la
señorita, cuya hermosura admiraba tanto. El peinado era la principal
causa de la estupefacción de la chiquilla, y habría dado esta un dedo de
la mano por poder imitarlo. Sentose a su lado y no se hartaba de
contemplarla, llenándose de regocijo cuando la otra solicitaba su ayuda,
aunque sólo fuera para lo más insignificante. En esto llamaron a la
puerta; corrió a abrir la mona, y Fortunata no supo lo que le pasaba
cuando vio entrar en la sala a Mauricia la Dura.
--ii--
El sentimiento que le inspiraba aquella mujer en las Micaelas; la
inexplicable mescolanza de terror y atracción prodújose en aquel
instante en su alma con mayor fuerza. Mauricia le infundía miedo y al
propio tiempo una simpatía irresistible y misteriosa, cual si le
sugiriera la idea de cosas reprobables y al mismo tiempo gratas a su
corazón. Miró a su amiga sin hablarle, y esta se le acercó sonriendo,
como si quisiera decir: «Lo que menos esperabas tú era verme aquí
ahora...».
--¿De veras eres tú...?
Y observó que Mauricia traía unos zapatos muy bonitos de cuero
amarillo, atados con cordones azules terminados en madroños.
--¡Y qué bien calzada!...
--¿Qué te creías tú?
Después le miró la cara. Estaba muy pálida; los ojos parecían más
grandes y traicioneros, acechando en sus profundos huecos violados bajo
la ceja recta y negra. La nariz parecía de marfil, la boca más acentuada
y los dos pliegues que la limitaban más enérgicos. Todo el semblante
revelaba melancolía y profundidad de pensamiento, al menos así lo
consideró Fortunata sin poder expresar por qué. Traía Mauricia un mantón
nuevo y a la cabeza un pañuelo de seda de fajas azul-turquí y rojo vivo,
delantal de cuadritos y falda de tartán, y en la mano un bulto atado con
un pañuelo por las cuatro puntas.
«¿No está doña Lupe?» dijo sentándose sin ninguna ceremonia.
--Ya le he dicho que no--replicó Papitos con mal modo.
--No te he preguntado a ti, refistolera, métome-en-todo. Lárgate a tu
cocina, y déjanos en paz.
Papitos se fue refunfuñando.
--¿Qué traes por aquí?--le preguntó Fortunata, que desde que la vio
entrar, sentía palpitaciones muy fuertes.
--Pues nada... Estoy otra vez corriendo prendas, y aquí traigo unos
mantones para que los vea esa tía pastelera...
--¡Qué manera de hablar! Corrígete, mujer... ¿Te has olvidado ya de la
que hiciste en el convento? ¡Vaya un escándalo! Lo sentí mucho por ti.
Aquel día me puse mala.
--Chica, no me hables... Vaya, que me trastorné de veras. Pero una
tentación cualquiera la tiene. ¿Y qué, dije muchas barbaridades? Yo no
me acuerdo. No estaba en mí, no sabía lo que hacía. Sólo me acuerdo de
que vi a la Pura y Limpia, y después quise entrar en la iglesia y coger
al Santísimo Sacramento... soñé que me comía la hostia... Nunca me ha
dado un toque tan fuerte, chica... ¡Qué cosas se le ocurren a una cuando
se sube el mengue a la cabeza! Créemelo porque yo te lo digo: cuando se
me serenó el sentido, estaba abochornada... El único a quien guardaba
rencor era al tío capellán. Me lo hubiera comido a bocados. A las
señoras no. Me daban ganas de ir a pedirles perdón; pero por el aquel de
la _dinidá_ no fui. Lo que más me escocía era haberle tirado un
ladrillazo a doña Guillermina. Esto sí que no me lo paso, no me lo
paso... Y le he cogido tal miedo, que cuando la veo venir por la calle,
se me sube toda la color a la cara, y me voy por otro lado para que no
me vea. A mi hermana le ha dicho que me perdona, ¿ves?, y que todavía
cuenta hacer algo por mí.
--Es que eres atroz...--le dijo Fortunata--. Si no te quitas ese vicio,
vas a parar en mal.
--Quita, mujer, y no me digas nada... Pues si desde que salí de las
Micaelas no he vuelto a catarlo... Soy ahora, como quien dice, otra. No
quiero vivir con mi hermana, porque Juan Antonio y yo no casamos bien;
pero a persona decente no me gana nadie ahora. Créetelo porque yo te lo
digo. No lo vuelvo a catar. Y si no, tú lo has de ver... Y pasando a
otra cosa, ya sé que te casas mañana.
--¿Por dónde lo has sabido?
--Eso, acá yo... Todo se sabe--replicó la Dura con malicia--. Vaya, que
te ha caído la lotería. Yo me alegro, porque te quiero.
En esto Mauricia se inclinó bruscamente y recogió del suelo un objeto
pequeño. Era un botón.
«Buen agüero, mira--dijo mostrándolo a Fortunata--. Señal de que vas a
ser dichosa».
--No creas en brujerías.--¿Que no crea?... _Paices_ boba. Cuando una se
encuentra un botón, quiere decirse que a una le va a pasar algo. Si el
botón es como este, blanco y con cuatro _ujeritos_, buena señal; pero si
es negro y con tres, mala.
--Eso es un disparate.--Chica, es el Evangelio. Lo he probado la mar de
veces. Ahora vas a estar en grande. ¿Sabes una cosa?
Dijo esto último con tal intención, que Fortunata, cuya ansiedad crecía
sin saber por qué, vio tras el _sabes una cosa_ una confidencia de
extraordinaria gravedad.
--¿Qué?--Que te quemas.--¿Cómo que me quemo?
--Nada, mujer, que te quemas, que le tienes muy cerca. Te gustan las
cosas claras, ¿verdad?, pues allá va. Volvió de Valencia muy bueno y muy
enamoradito de ti. Lo que yo te decía, chica, lo mismo fue enterarse de
que estabas en las Micaelas haciéndote la católica, que se le encendió
el celo, y todas las tardes pasaba por allí en su _featón_. Los hombres
son así: lo que tienen lo desprecian, y lo que ven guardado con llave y
candados, eso, eso es lo que se les antoja.
--Quita, quita...--dijo Fortunata, queriendo aparecer serena--. No me
vengas con cuentos.
--Tú lo has de ver.--¿Cómo que lo he de ver? Vaya, que tienes unas
cosas...
Mauricia se echó a reír con aquel desparpajo que a su amiga le parecía
el humorismo de un hermoso y tentador demonio. En medio de la infernal
risa, brotaba esta frase que a Fortunata le ponía los pelos de punta:
«¿Te lo digo?... ¿te lo digo?».
--¿Pero qué?
Se miraron ambas. Dentro de los cóncavos y amoratados huecos de los
ojos, acechaban las pupilas de Mauricia con ferocidad de pájaro cazador.
«¿Te lo digo?... Pues el tal sabe echar por la calle de enmedio. Vaya,
que es listo y ejecutivo. Te ha armado una trampa, en la cual vas a
caer... Como que ya has metido la patita dentro».
--¿Yo...?--Sí... tú. Pues ha alquilado el cuarto de la izquierda de la
casa en que vas a vivir; el tuyo es el de la derecha.
--¡Bah!... no digas desatinos--replicó Fortunata, queriendo echárselas
de valiente.
Deslizose de sus rodillas al suelo la falda de gro negro que estaba
arreglando.
«Como lo oyes, chica... Allí le tienes. Desde que entres en tu casa, le
sentirás la respiración».
--Quita, quita... no quiero oírte.
--Si sabré yo lo que me digo. Para que te enteres: hace media hora que
he estado hablando con él en casa de una amiga. Si no caes en la trampa,
creo que el pobrecito revienta... tan dislocado está por ti.
--El cuarto de al lado... a mano izquierda cuando entramos... el mío a
esta mano; de modo que... No me vuelvas loca...
--Lo ha tomado por cuenta de él una que llaman Cirila... Tú no la
conoces; yo sí: ha sido también corredora de alhajas y tuvo casa de
huéspedes. Está casada con uno que fue de la ronda secreta, y ahora tu
señor me le ha colocado en el tren.
Fortunata sintió que se congestionaba. Su cabeza ardía.
«Vaya, todo eso es cuento... ¿Piensas que me voy a creer esas bolas?...
¡Como no se acuerde él de mí...!, ni falta.
--Tú lo has de ver. ¡Ay qué chico! Da pena verle... loquito por ti... y
arrepentido de la partida serrana que te jugó. Si la pudiera reparar, la
repararía. Créetelo porque yo te lo digo.
En esto entró Papitos con pretexto de preguntar una cosa a la señorita,
pero realmente con el único objeto de curiosear. Lo mismo fue verla
Mauricia que echarle los tiempos del modo más despótico.
«Mira, chiquilla, si no te largas, verás».
La amenazó con un movimiento del brazo, precursor de una gran bofetada;
pero la mona se le rebeló, chillando así: «No me da la gana... ¿Y a
usted qué?... ¡Mía esta!...». Fortunata le dijo: «Papitos, vete a la
cocina», y obedeció la rapaza, aunque de muy mala gana.
«Pues yo...--prosiguió Fortunata--, si es verdad, le diré a mi marido
que tome otra casa».
--Tendrías que cantarle el motivo.
--Se lo cantaré... vaya.--Bonita escandalera armarías... Nada, hija,
que la trampa te la ponen donde quiera que vayas, y ¡pum!... ídem de
lienzo.
--Pues ea... no me casaré--dijo la novia en el colmo ya de la confusión.
--¡Quia! Por tonta que te quieras volver, no harás tal... ¿Crees que
esas brevas caen todos los días? Que se te quite de la cabeza...
Casadita, puedes hacer lo que quieras, guardando el aparato de la
_comenencia_. La mujer soltera es una esclava; no puede ni menearse. La
que tiene un peine de marido, tiene bula para todo.
Fortunata callaba, mirando vagamente al suelo, con la barba apoyada en
la mano.
«¿Qué miras?--dijo la Dura inclinándose--. ¡Ah!, otro botón... y este es
negro, con tres _ujeros_... Mala señal, chica. Esto quiere decir que si
no te casas, mereces que te azoten».
Recogiendo el botón, lo miraba de cerca. Anochecía, y la sala se iba
quedando a oscuras. Poco después Fortunata veía sólo el bulto de su
amiga y los zapatos amarillos. Empezaba a cogerle miedo; pero no deseaba
que se marchase, sino que hablara más y más del mismo temeroso asunto.
«Te digo que no me caso» repitió la joven, sintiendo que se renovaba en
su alma el horror al matrimonio con el chico de Rubín. Y las ideas tan
trabajosamente construidas en las Micaelas, se desquiciaron de repente.
Aquel altarito levantado a fuerza de meditaciones y de gimnasias de la
razón, se resquebrajaba como si le temblara el suelo.
«El cuarto de la izquierda... de modo que... Eso es estar vendida... Una
puerta aquí, otra allí...».
--Lo que te digo, una patita en la trampa; sólo te falta meter la otra.
Y rompió a reír de nuevo con aquella franqueza insolente que a Fortunata
le agradaba, cosa extraña, despertando en su alma instintos de dulce
perversidad.
«Nada, yo no me caso, que no me caso, ¡ea!--declaró la novia
levantándose y dando pasos de aquí para allí, cual si moviéndose
quisiera infundirse la energía que le faltaba».
--Como lo vuelvas a decir...--añadió Mauricia haciendo un gesto de
burlesca amenaza--. ¿Piensas que una ganga como esta se encuentra detrás
de cada esquina? Nada, chica, a casarse tocan. En ese espejo quisieran
verse otras. Y para acabar, chica, cásate, y haz por no caer en la
trampa. Vaya, ponte a ser honrada, que de menos nos hizo Dios... Oye lo
que te digo, que es el Evangelio, chica, el puro Evangelio:
Fortunata se detuvo ante su amiga, y esta la obligó a sentarse otra vez
a su lado.
«Nada, te casas... porque casarte es tu salvación. Si no, vas a andar de
mano en mano hasta la consunción de los siglos. Tú no seas boba; si
quieres ser honrada, _serlo_, hija. Descuida, que no te pondrán un puñal
al pecho para que peques».
--Pues sí--dijo Fortunata animándose--, ¿qué me importa a mí la trampa?
Como yo no quiera caer...
--Claro... El otro ahí junto... pues que le parta un rayo. ¿A ti qué? Tú
di «soy honrada», y de ahí no te saca nadie. A los pocos días le dices a
tu esposo de tu alma que la casa no te gusta, y tomáis otra.
--Di que sí... tomamos otra, y se acabó la trampa--observó la novia
tomando en serio los consejos de su amiga.
--Verdad que él no se acobardará, y a donde vayas, él detrás. Créeme que
está loco, Y te digo más. La criada que tienes, esa Patricia que le
recomendó a doña Lupe el señor de Torquemada, está vendida.
--¡Vendida!... ¡Ah!...--exclamó Fortunata con nuevo terror--. Mira tú
por qué esa mujer no me gustó cuando la vi esta mañana. Es muy adulona,
muy relamida, y tiene todo el aire de un serpentón... Pues nada, le diré
a mi marido que no me gusta, y mañana mismo la despido.
--Eso... y viva el _caraiter_. Tú mira bien lo que te digo: siempre y
cuando quieras ser honrada, _serlo_; pero dejarte de casar, ¡dejar de
casarte!, que no se te pase por la cabeza, hija de mi alma.
Fortunata parecía recobrar la calma con esta exhortación de su amiga,
expresada de una manera cariñosa y fraternal.
«Otra cosa se me ocurre--indicó luego con la alegría del náufrago que ve
flotar una tabla cerca de sí--. Le diré a mi marido que estoy mala y que
me lleve a vivir al pueblo ese donde ha cogido la herencia».
--¡Pueblo!... ¿Y qué vas a hacer tú en un pueblo?--dijo Mauricia con
expresión de desconsuelo, como una madre que se ocupa del porvenir de su
hija--. Mira tú, y créelo porque yo te lo digo: más difícil es ser
honrada en un pueblo chico que en estas ciudades grandes donde hay mucho
personal, porque en los pueblos se aburre una; y como no hay más que dos
o tres sujetos finos y siempre les estás viendo, ¡qué peine!, acabas por
encapricharte con alguno de ellos. Yo conozco bien lo que son los
pueblos de corto personal. Resulta que el alcalde, y si no el alcalde el
médico y si no el juez, si lo hay, te hacen tilín, y no quiero decirte
nada. En último caso, tanto te aburres, que te da un _toque_ y caes con
el señor cura...
--Quita, quita, ¡qué asco!
--Pues chica, no pienses en salir de Madrid--agregó la tarasca
cogiéndola por un brazo, atrayéndola a sí y sentándola sobre sus
rodillas--. Hija de mi vida, ¿a quién quiero yo? A ti nada más. Lo que
yo te diga es por tu bien.
Déjate llevar; cásate, y si hay trampa, que la haya. Lo que debe pasar,
pasa... Deja correr y haz caso de mí, que te he tomado cariño y soy
_mismamente_ como tu madre.
Fortunata iba a responder algo; pero la campanilla anunció que se
aproximaba doña Lupe.
Cuando esta penetró en la sala, ya sabía por Papitos quién estaba allí.
--¿En dónde está esa loca?--entró diciendo--. ¡Pero qué oscuridad! No
veo gota. Mauricia...
--Aquí estoy, mi señora doña Lupe. Ya nos podían traer una luz.
Fortunata fue por la luz, y en tanto la viuda dijo a su corredora:
«¿Qué traes por acá? ¡Cuánto tiempo...! ¿Y qué tal? ¿Te has enmendado?
Porque el padre Pintado le contó a Nicolás horrores de ti...».
--No haga caso, señora. D. León es muy fabulista y boquea más de la
cuenta. Fue un pronto que tuve.
--¡Vaya unos prontos!... ¿Y qué traes ahí?
Entró Fortunata con la lámpara encendida, y la tarasca empezó a mostrar
mantones de Manila, un tapiz japonés, una colcha de malla y felpilla.
«Mire, mire qué primores. Este pañolón es de la señá marquesa de
Tellería. Lo da por un pedazo de pan. Anímese, señora, para que haga un
regalo a su sobrina, el día de mañana, que así sea el _escomienzo_ de
todas las felicidades».
--¡Quita allá!... ni para qué quiere esta mantones. ¡Buenos están los
tiempos! ¿Y qué precio?... ¡Cincuenta duros! Ajajá... ¡qué gracia! Los
tengo yo del propio Senquá, mucho más floreados que ese y los doy a
veinticinco.
--Quisiera verlos... ¿Sabe lo que le digo? Que me caiga muerta aquí
mismo, si no es verdad que me han ofrecido treinta y ocho y no lo he
querido dar... Mire, por estas cruces.
Y haciendo la cruz con dos dedos, se la besó.
--«A buena parte vienes!... Si estoy yo de mantones...».
--Pero no serán como este.--Mejores, cien veces mejores... Pero me
alegro de que hayas venido: te voy a dar un aderezo para que me lo
corras.
Y siguieron picoteando de este modo hasta que entró Maximiliano, y doña
Lupe mandó sacar la sopa. El novio, enterándose de que había visita en
la sala, acercose despacito a la puerta para ver quién era. «Es
Mauricia» le dijo su prometida saliéndole al encuentro.
Ambos se fueron al comedor, esperando allí a que su tía despachase a la
corredora. Cuando esta se fue no quiso Fortunata salir a despedirla, por
temor de que dijese algo que la pudiera comprometer.
--iii--
Maximiliano habló a su futura de las invitaciones que había hecho, y
ella le oía como quien oye llover; mas no reparó el joven en esta
distracción por lo muy exaltado que estaba. Como era tan idealista,
quería hacer el papel de novio con todas las reglas recomendadas por el
uso, y aunque se vio solo en el comedor con su amada, tratábala con
aquellos miramientos que impone el pudor más exquisito. No se decidía ni
a besarla, gozando con la idea de poder hacerlo a sus anchas después de
recibidas las bendiciones de la Iglesia, y aun de hacerle otras caricias
con la falsa ilusión de no habérselas hecho antes. Mientras comían,
Fortunata se sintió anegada en tristeza, que le costaba trabajo
disimular. Inspirábale el próximo estado tanto temor y repugnancia, que
le pasó por el pensamiento la idea de escaparse de la casa, y se dijo:
«No me llevan a la Iglesia ni atada». Doña Lupe, que gustaba tanto de
hacer papeles y de poner en todos los actos la corrección social, no
quería que los novios se quedasen solos ni un momento. Había que emplear
una ficción moral como tributo a la moral misma y en prueba de la
importancia que debemos dar a la forma en todas nuestras acciones.
Fortunata estuvo muy desvelada aquella noche. Lloraba a ratos como una
Magdalena, y poníase luego a recordar cuanto le dijo el padre Pintado y
el remedio de la devoción a la Santísima Virgen. Durmiose al fin
rezando, y soñó que la Virgen la casaba, no con Maxi, sino con su
verdadero hombre, con el que era suyo a pesar de los pesares. Despertó
sobresaltada, diciendo: «Esto no es lo convenido». En el delirio de su
febril insomnio, pensó que D. León la había engañado y que la Virgen se
pasaba al enemigo, «Pues para esto no se necesitaba tanto Padre Nuestro
y tanta Ave María...». Por la mañana reíase de aquellos disparates, y
sus ideas fueron más reposadas. Vio claramente que era locura no seguir
el camino por donde la llevaban, que era sin duda el mejor. «¡Hala!,
honrada a todo trance. Ya me defenderé de cuantas trampas se me quieran
armar».
Doña Lupe dejó las ociosas plumas a las cinco de la mañana cuando aún no
era de día, y arrancó de la cama a Papitos, tirándole de una oreja, para
que encendiera la lumbre. ¡Flojita tarea la de aquel día; un almuerzo
para doce personas! Llamó a Fortunata para que se fuera arreglando, y
acordaron dejar dormir a Maxi hasta la hora precisa, porque los
madrugones le sentaban mal. Dio varias disposiciones a la novia para que
trabajara en la cocina, y se fue a la compra con Papitos, llevando el
cesto más grande que en la casa había.
Lo que doña Lupe llamaba el _menudo_ era excelente: riñones salteados,
sesos, merluza o pajeles, si los había, chuletas de ternera, filete a la
inglesa... Esto corría de cuenta de la viuda, y Fortunata se comprometió
a hacer una paella. A las ocho ya estaba doña Lupe de vuelta, y parecía
una pólvora; tal era su actividad. Como que a las diez debían ir a la
Iglesia. «Pero no, no iré, porque si voy, de fijo me hace Papitos algún
desaguisado». La suerte fue que vino Patricia, y entonces se decidió la
señora a asistir a la ceremonia.
Púsose la novia su vestido de seda negro, y doña Lupe se empeñó en
plantarle un ramo de azahar en el pecho. Hubo disputa sobre esto... que
sí, que no. Pero la señora de D. Basilio había traído el ramo y no se la
podía desairar. Como que era el mismo ramo que ella se había puesto el
día de su boda. Fortunata estaba guapísima, y Papitos buscaba mil
pretextos para ir al gabinete y admirarla aunque sólo fuera un instante.
«Esta sí que no tiene algodón en la delantera» pensaba.
La de Jáuregui se puso su _visita_ adornada con abalorio, y doña Silvia
se presentó con pañuelo de Manila, lo que no agradó mucho a la viuda,
porque parecía boda de pueblo. Torquemada fue muy majo; llevaba el hongo
nuevo, el cuello de la camisa algo sucio, corbata negra deshilachada y
en ella un alfiler con magnífica perla que había sido de la marquesa de
Casa-Bojío. El bastón de roten y las enormes rodilleras de los calzones
le acababan de caracterizar. Era hombre muy humorístico y tenía una
baraja de chistes referentes al tiempo. Cuando diluviaba, entraba
diciendo: «Hace un polvo atroz». Aquel día hacía mucho calor y sequedad,
motivo sobrado para que mi hombre se luciera: «¡Vaya una nevada que está
cayendo!». Estas gracias sólo las reían doña Silvia y doña Lupe.
Maxi llevaba su levita nueva y la chistera que aquel día se puso por
primera vez. Extrañaba mucho aquel desusado armatoste, y cuando se lo
veía en la sombra, parecíale de tres o cuatro palmos de alto. Dentro de
casa, creía que tocaba con su sombrero al techo. Pero en orden de
chisteras, la más notable era la de D. Basilio Andrés de la Caña, que lo
menos era de catorce modas atrasadas, y databa del tiempo en que Bravo
Murillo le hizo ordenador de pagos. Las botas miraban con envidia al
sombrero por el lustre que tenía. Nicolás Rubín presentose menos
desaseado que otras veces, sintiendo no haber podido traer a D. León.
_Ulmus Sylvestris, Quercus gigantea_, y _Pseudo Narcissus odoripherus_
presentáronse muy guapetones, de levitín, y alguno de ellos con guantes
acabados de comprar, y rodearon a la novia, y la felicitaron y aun le
dieron bromas, viéndose ella apuradísima para contestarles. Por fin,
doña Lupe dio la voz de mando, y a la iglesia todo el mundo.
Fortunata tenía la boca extraordinariamente amarga, cual si estuviera
mascando palitos de quina. Al entrar en la parroquia sintió horrible
miedo. Figurábase que su enemigo estaba escondido tras un pilar. Si
sentía pasos, creía que eran los de él. La ceremonia verificose en la
sacristía, y duró poco tiempo. Impresionaron mucho a la novia los
símbolos del Sacramento, y por poco se cae redonda al suelo. Y al propio
tiempo sentía en sí una luz nueva, algo como un sacudimiento, el choque
de la dignidad que entraba. La idea del señorío enderezó su espíritu,
que estaba como columna inclinada y próxima a perder el equilibrio.
¡Casada!, ¡honrada o en disposición de serlo! Se reconocía otra. Estas
ideas, que quizás procedían de un fenómeno espasmódico, la confortaron;
pero al salir volvió a sentirse acometida del miedo. ¡Si por acaso el
enemigo se le aparecía...! Porque Mauricia le había dicho que rondaba,
que rondaba, que rondaba... ¡Aquí de la Virgen! Pero ¡qué cosas! ¡Si
María Santísima protegía ahora al enemigo! Esta idea extravagante no la
podía echar de sí. ¿Cómo era posible que la Virgen defendiera el pecado?
¡Tremendo disparate!, pero disparate y todo, no había medio de
destruirlo.
De regreso a la casa, doña Lupe no cabía en su pellejo; de tal modo se
crecía y se multiplicaba atendiendo a tantas y tan diferentes cosas. Ya
recomendaba en voz baja a Fortunata que no estuviese tan displicente con
doña Silvia; ya corría al comedor a disponer la mesa; ya se liaba con
Papitos y con Patricia, y parecía que a la vez estaba en la cocina, en
la sala, en la despensa y en los pasillos. Creeríase que había en la
casa tres o cuatro viudas de Jáuregui funcionando a un tiempo. Su mente
se acaloraba ante la temerosa contingencia de que el almuerzo saliera
mal. Pero si salía bien, ¡qué triunfo! El corazón le latía con fuerza,
comunicando calor y fiebre a toda su persona, y hasta la pelota de
algodón parecía recibir también su parte de vida, palpitando y
permitiéndose doler. Por fin, todo estuvo a punto. Juan Pablo, que no
había ido a la iglesia, pero que se había unido a la comitiva al volver
de ella, buscaba un pretexto para retirarse. Entró en el comedor cuando
sonaba el pataleo de las sillas en que se iban acomodando los
comensales, y contó... «Me voy--dijo--, para no hacer trece». Algunos
protestaron de tal superstición, y otros la aplaudieron. A D. Basilio le
parecía esto incompatible con las luces del siglo, y lo mismo creía doña
Lupe; pero se guardó muy bien de detener a su sobrino por la ojeriza que
le tenía, y Juan Pablo se fue, quedando en la mesa los comensales en la
tranquilizadora cifra de doce.
Durante el almuerzo, que fue largo y fastidioso, Fortunata siguió muy
encogida, sin atreverse a hablar, o haciéndolo con mucha torpeza cuando
no tenía más remedio. Temía no comer con bastante finura y revelar
demasiado su escasa educación. El temor de parecer ordinaria era causa
de que las palabras se detuvieran en sus labios en el momento de ser
pronunciadas. Doña Lupe, que la tenía al lado, estaba al quite para
auxiliarla si fuera menester, y en los más de los casos respondía por
ella, si algo se le preguntaba, o le soplaba con disimulo lo que debía
de decir.
A un tiempo notaron Fortunata y doña Lupe que Maximiliano no se sentía
bien. El pobrecito quería engañarse a sí mismo, haciéndose el valiente;
mas al fin se entregó. «Tú tienes jaqueca» le dijo su tía. «Sí que la
tengo--replicó él con desaliento, llevándose la mano a los ojos--; pero
quería olvidarla a ver si no haciéndole caso, se pasaba. Pero es inútil;
no me escapo ya. Parece que se me abre la cabeza. Ya se ve, la agitación
de ayer, la mala noche, porque a las tres de la mañana desperté creyendo
que era la hora, y no volví a dormir».
Hubo en la mesa un coro compasivo. Todos dirigían al pobre jaquecoso
miradas de lástima y algunos le proponían remedios extravagantes.
«Es mal de familia--observó Nicolás--, y con nada se quita. Las mías
han sido tan tremendas, que el día que me tocaba, no podía menos que
compararme a San Pedro Mártir, con el hacha clavada en la cabeza. Pero
de algún tiempo a esta parte se me alivian con jamón».
--¿Cómo es eso?... ¿aplicándose una tajada a la cabeza?
--No, hija... comiéndolo...--¡Ah!, uso interno...--Vale más que te
retires--dijo Fortunata a su marido, cuyo sufrimiento crecía por
instantes.
Doña Lupe fue de la misma opinión, y Maximiliano pidió permiso para
retirarse, siéndole concedido con otro coro de lamentaciones. El
almuerzo tocaba ya a su fin. Fortunata se levantó para acompañar a su
marido, y no hay que decir que, sintiendo el motivo, se alegraba de
abandonar la mesa, por verse libre de la etiqueta y de aquel suplicio de
las miradas de tanta gente. Maxi se echó en su cama; su mujer le arropó
bien, y cerrando las maderas, fue a la cocina a hacer un té. Allí
tropezó con doña Lupe, que le dijo:
«Primero es el café. Ya lo están esperando. Ayúdame, y luego harás el té
para tu marido. Lo que él necesita más es descanso».
La sobremesa fue larga. Pegaron la hebra D. Basilio y Nicolás sobre el
carlismo, la guerra y su solución probable, y se armó una gran
tremolina, porque intervinieron los farmacéuticos, que eran atrozmente
liberales, y por poco se tiran los platos a la cabeza. Torquemada
procuraba pacificar, y entre unos y otros molestaban mucho al enfermo
con la bulla que hacían. Por fin, a eso de las cuatro fueron desfilando,
teniendo la desposada que oír los plácemes empalagosos que le dirigían,
confundidos con bromas de mal gusto, y contestar a todo como Dios le
daba a entender. La tarde pasola Maxi muy mal; le dieron vómitos y se
vio acometido de aquel hormigueo epiléptico que era lo que más le
molestaba. Al anochecer se empeñó en que se había de ir a la nueva casa,
y su mujer y su tía no podían quitárselo de la cabeza.
«Mira que te vas a poner peor. Duerme aquí, y mañana...».
--No, no quiero. Me siento algo aliviado. El periodo más malo pasó ya.
Ahora el dolor está como indeciso, y dentro de media hora aparecerá en
el lado derecho, dejándome libre el izquierdo. Nos vamos a casa, me
acuesto entre sábanas y allí pasaré lo que me resta.
Fortunata insistía en que no se moviese, pero él se levantó y se puso la
capa. No hubo más remedio que emprender la marcha para la otra casa.
«Tía--dijo Maxi--, que no se olvide el frasco de láudano. Cógelo tú,
Fortunata, y llévalo. Cuando me meta en la cama, trataré de dormir, y
si no lo consigo, echarás seis gotas, cuidado... seis gotas nada más de
esta medicina en un vaso de agua, y me las darás a beber».
Muy abrigado y la cabeza bien envuelta para que no le diese frío,
lleváronle a la casa matrimonial, que fue estrenada en condiciones poco
lisonjeras. La distancia entre ambos domicilios era muy corta. Al
atravesar la calle de Santa Feliciana, Fortunata creyó ver... juraría...
Le corrió una exhalación fría por todo el cuerpo. Pero no se atrevía a
mirar para atrás con objeto de cerciorarse. Probablemente no era más que
delirio y azoramiento de su alma, motivados por las mil andróminas que
le había contado Mauricia.
Llegaron, y como todo estaba preparado para pernoctar, nada echaron de
menos. Sólo se hablan olvidado unas bujías y Patricia bajó a traerlas.
Acostado Maxi, sucedió lo que se temía: que se puso peor, y vuelta a los
vómitos y a la desazón espasmódica. «Tú no quieres hacer caso de mí...
¡Cuánto mejor que hubieras dormido en casa esta noche! Ahí tienes el
resultado de tu terquedad». Después de expresar su opinión autoritaria
de esta manera, doña Lupe, viendo a su sobrino más tranquilo y como
vencido del sopor, empezó a dar instrucciones a Fortunata sobre el
gobierno de la casa. No aconsejaba, sino que disponía. Por dar órdenes,
hasta le dijo lo que había de mandar traer de la plaza al día
siguiente, y al otro y al otro. «Y cuidado con dejar de tomarle la
cuenta a la muchacha, al céntimo, pues Torquemada dice que no la abona y
no hay que fiar... Si te falta algún cacharro en la cocina, no lo
compres; yo te lo compraré, porque a ti te clavan... Nada de comprar
petróleo en latas... el fuego me horripila. Desde mañana vendrá el
petrolero de casa y le tomas lo que se gaste en el día... Patatas y
jabón, una arroba de cada cosa. Cuidado cómo te sales de un diario de
dieciséis reales todo lo más... El día que sea conveniente un
extraordinario, me lo avisas... Yo iré con Papitos a la plaza de San
Ildefonso, y te traeré lo que me parezca bien... A Maxi le pones mañana
dos huevitos pasados, ya sabes, y un sopicaldo. Los demás días su
chuletita con patatas fritas. No compres nunca merluza en Chamberí.
Papitos te la traerá. Mucho ojo con este carnicero, que es más ladrón
que Judas. Si tienes alguna cuestión con él, nómbrame a mí y le verás
temblar...». Y por aquí siguió amonestando y apercibiendo con ínfulas de
verdadera ama y canciller de toda la familia. La suerte que se marchó.
Serían las diez cuando la desposada se quedó sola con su marido y con
Patricia. Maxi no acababa de tranquilizarse, por lo que fue preciso
apelar al remedio heroico. El mismo enfermo lo pidió, dejando oír una
voz quejumbrosa que salía de entre las sábanas, y que por su tenuidad
no parecía corresponder a la magnitud del lecho. Fortunata cogió el
cuenta gotas y acercando la luz preparó la pócima. En vez de siete gotas
no puso más que cinco. Le daba miedo aquella medicina. Tomola Maxi y al
poco rato se quedaba dormido con la boca abierta, haciendo una mueca que
lo mismo podía ser de dolor que de ironía.
--iv--
Al ver dormido a su esposo, pareciole a Fortunata que se alejaba;
encontrose sola, rodeada de un silencio alevoso y de una quietud
traidora. Dio varias vueltas por la casa, sin apartar el pensamiento y
las miradas de los tabiques que separaban su cuarto del inmediato, y los
tales tabiques se le antojaron transparentes, como delgadas gasas, que
permitían ver todo lo que de la otra parte pasaba. Andando de puntillas
por los pasillos y por la sala, percibió rumor de voces. Si aplicara el
oído a la pared, oiría quizás claramente; pero no se atrevió a
aplicarlo. Por la ventana del comedor que daba a un patio medianero,
veíase otra ventana igual con visillos en los cristales. Allí lucía una
lámpara con pantalla verde, y alrededor de ella pasaban bultos, sombras,
borrosas imágenes de personas, cuyas caras no se podían distinguir.
Después de hacer estas observaciones, fue a la cocina, donde estaba la
criada preparando los trastos para el día siguiente. Era tan hacendosa y
tan corrida en el oficio, que la misma doña Lupe se sorprendía de verla
trabajar, porque despachaba las cosas en un decir Jesús, sin
atropellarse. Pero a Fortunata le era antipática por aquella amabilidad
empalagosa tras de la cual vislumbraba la traición.
«Patricia--le dijo su ama, afectando una curiosidad indiferente--. ¿Sabe
usted qué gente es esa del cuarto de al lado?».
--Señorita--replicó la criada sin dejarla concluir--; como estoy aquí
desde el día antes de salir usted del convento, ya conozco a toda la
vecindad... ¿sabe? En ese cuarto vive una señora muy fina que la llaman
doña Cirila. Su marido es no sé qué del tren. Tiene una gorra con
galones y letras. Esta noche, cuando bajé por las bujías, me encontré a
la vecina en la tienda y me preguntó por el señorito. Dijo que cualquier
cosa que se ofreciera... ¿sabe? Es muy amable. Ayer entró aquí a ver la
casa, y yo pasé a la suya... Dice que tiene muchas ganas de hacerle a
usted la visita.
--¡A mí!--replicó Fortunata sentándose en la silla de la cocina, junto a
la mesa de pino blanco--. ¡Qué confianzudo está el tiempo! Y usted,
¿para qué se ha metido allá, sin más ni más?... ¿Qué sabía usted si a mí
me gustaba o no me gustaba entrar en relaciones...?
--Yo... señorita... calculé que...
--Nada, estoy vendida...--pensó Fortunata--, y esta mujer es el mismo
demonio.
Un rato estuvo meditando, hasta que Patricia, mientras ponía los
garbanzos de remojo, la sacó de su abstracción con estas mañosas
palabras:
«Díjome doña Cirila que es usted muy linda, ¿sabe?... que esta mañana la
vio a usted en la iglesia y que le fue muy simpática. Verá usted, cuando
la trate, que también ella se deja querer. Dice que se alegrará mucho de
que usted pase a su casa cuando guste... con confianza, y que de noche
están jugando a la brisca hasta las doce».
--¡Que pase yo allá!... ¡yo!
--Claro... y esta noche misma puede pasar, puesto que el señorito duerme
y no son más que las diez... Digo, si quiere distraerse un rato.
«¿Pero qué está usted diciendo? ¡Distraerme yo!».
Fortunata se habría dejado llevar del primer impulso de cólera, si en su
alma no hubiera nacido otro impulso de tolerancia, unido a cierta
relajación de conciencia. Se calló, y en aquel instante llamaron a la
puerta.
«¡Llaman!... No abra usted, no abra usted» dijo con presentimiento de
un cercano peligro.
--¿Por qué, señorita?... ¿A qué esos miedos...? Miraré por el
ventanillo.
Y fue hacia el recibimiento. Desde la cocina oyó Fortunata cuchicheo en
la puerta. Duró poco, y la criada volvió diciendo:
«Los de al lado... la misma señorita Cirila fue la que llamó. Nada; que
si teníamos por casualidad azucarillos... Le he dicho que no. Me
preguntó cómo seguía el señorito. Le contesté que duerme como un lirón».
Fortunata salió de la cocina sin decir nada, cejijunta y con los labios
temblorosos. Fue a la alcoba y observó a su marido que dormía
profundamente, pronunciando en su delirio opiáceo palabras amorosas
entremezcladas con términos de farmacia: «Ídolo... De acetato de
morfina, un centigramo... Cielo de mi vida... Clorhidrato de amoniaco,
tres gramos... disuélvase...».
Volviendo a la cocina, mandó a la criada que se acostase; pero la señora
Patria no tenía sueño. «Mientras la señorita no se acueste, ¿para qué me
he de acostar yo? Podría ofrecerse algo». Y la muy picarona quería
entablar conversación con su ama; mas esta no le respondía a nada. De
pronto, el despierto oído de Fortunata, cuyo pensamiento estaba
reconcentrado en la trampa que a su parecer se le armaba, creyó sentir
ruido en la puerta. Parecía como si cautelosamente probaran llaves
desde fuera para abrirla. Fue allá muerta de miedo, y al acercarse cesó
el ruido; ella no las tenía todas consigo, y llamó a Patria: «Juraría
que alguien anda en la puerta... Pero qué, ¿no ha echado usted el
cerrojo?».
Observó entonces que el cerrojo no estaba echado, y lo corrió con mucho
cuidado para no hacer ruido.
«¡Vaya, que si yo me fiara de usted para guardar la casa!... A ver,
atención... ¿No siente usted un ruidito como si alguien estuviera
tentando la cerradura?... ¿Ve usted?, ahora empujan... ¿qué es esto?».
--Señorita... ¿sabe?, es el viento que rebulle en la escalera. No sea
usted tan medrosica...
Lo más particular era que la misma Fortunata, al correr el cerrojo con
tanto cuidado, había sentido, allá en el más apartado escondrijo de su
alma, un travieso anhelo de volverlo a descorrer. Podría ser ilusión
suya; pero creía ver, cual si la puerta fuera de cristal, a la persona
que tras esta, a su parecer, estaba... Le conocía, ¡cosa más rara!, en
la manera de empujar, en la manera de rasguñar la fechadura en la manera
de probar una llave que no servía. Durante un rato, señora y criada no
se miraron. A la primera le temblaban las manos y le andaba por dentro
del cráneo un barullo tumultuoso. La sirviente clavaba en la señora sus
ojos de gato, y su irónica sonrisa podría ser lo mismo el único aspecto
cómico de la escena que el más terrible y dramático. Pero de repente,
sin saber cómo, criada y ama cruzaron sus miradas, y en una mirada
pareció que se entendieron. Patria le decía con sus ojuelos que
arañaban: «Abra usted, tonta, y déjese de remilgos». La señora decía:
«¿Le parece a usted bien que abra?... ¿Cree usted que...?».
Pero a Fortunata la ganó de súbito el decoro, y tuvo un rechazo de honor
y dignidad.
«Si esto sigue--dijo--, despertaré a mi marido. ¡Ah!, ya parece que se
retira el ladrón, pues ladrón debe de ser...».
Tocó el cerrojo para cerciorarse de que estaba corrido, y se fue a la
sala. Patricia volvió a la cocina.
«En todo caso, es demasiado pronto» pensó Fortunata sentándose en una
silla y poniéndose a pensar. Fue como una concesión a las ideas malas
que con tanta presteza surgían de su cerebro, como salen del hormiguero
las hormigas, en larga procesión, negras y diligentes. Después trató de
rehacerse de nuevo: «Resueltamente, mañana le digo a mi marido que la
casa no me gusta y que es preciso que nos mudemos. Y a esta sinvergüenza
la planto en la calle».
¡Qué cosas pasan! De improviso, obedeciendo a un movimiento
irresistible, casi puramente mecánico y fatal, Fortunata se levantó y
saliendo de la sala, se acercó a la puerta. En aquel acto, todo lo que
constituye la entidad moral había desaparecido con total eclipse del
alma de la infortunada mujer; no había más que el impulso físico, y lo
poco que de espiritual había en ello, engañábase a sí mismo creyéndose
simple curiosidad. Aplicó el oído a la rejilla... Pues sí, la persona,
el ladrón o lo que fuera, continuaba allí. Instintivamente, como el
suicida pone el dedo en el gatillo, llevó la mano al cerrojo; pero así
como el suicida, instintivamente también, se sobrecoge y no tira, apartó
su mano del cerrojo, el cual tenía el mango tieso hacia adelante como un
dedo que señala.
Entonces, por los huecos de la rejilla, de fuera adentro, penetraron
estas palabras adelgazadas por la voz, cual si hubieran de pasar por un
tamiz finísimo: «Nena, nena... ahora sí que no te me escapas».
Fortunata no hizo movimiento alguno. Se había convertido en estatua.
Creía estar sola, y vio que Patria se acercaba pasito a pasito, pisando
como los gatos. No con el lenguaje, sino con aquella cara gatesca y
aquella boca que parecía que se estaba siempre relamiendo, decía:
«Señorita, abra usted y no haga más papeles. Si al fin ha de abrir
mañana, ¿por qué no abre esta noche?».
Como si esto hubiera sido expresado con la voz, con la voz respondió la
señora: «No, no abro».
--Vaya por Dios... Largo y temeroso silencio siguió a esto. Después
sintieron que se abría y se cerraba la puerta del cuarto vecino.
Fortunata respiró. El _otro_, cansado de esperar, se retiraba.
«Vaya por Dios» repitió Patria, como si dijera: «Tanto repulgo para
caerse luego...».
Pasado un cuarto de hora, sintieron que se abría otra vez la puerta de
la izquierda. Corrió Fortunata al ventanillo, miró con cuidado y... el
_otro_ salía embozado en su capa con vueltas encarnadas. La emoción que
sintió al verle fue tan grande, que se quedó como yerta, sin saber dónde
estaba. Hacía tres años que no le había visto... Observó un hecho muy
desagradable: al salir el tal, no había mirado a la puerta de la
derecha, como parecía natural... Estaba enojado sin duda...
Y movida del mismo impulso mecánico, la señora de Rubín corrió al balcón
de la sala, y abrió quedamente la madera... En efecto, le vio atravesar
la calle y doblar la esquina de la de Don Juan de Austria. Tampoco había
mirado para los balcones de la casa, como es natural mire el chasqueado
expugnador de una plaza, al retirarse de sus muros.
Patricia se permitió la confianza de poner su mano en el hombro de su
ama, diciéndole:
«Ahora sí que nos podemos acostar. ¡Qué susto hemos pasado!». Fortunata
le respondió: «¿Susto yo?... ¡quia!». Todo esto se decía con un
cuchicheo cauteloso, y lo mismo lo habrían dicho aunque no hubiera allí
un enfermo cuyo sueño había que respetar. La criada se deslizó
blandamente por los oscuros pasillos y el ama entró en la alcoba. Al ver
a su marido, sintió como si lo que está a cien mil leguas de nosotros se
nos pusiera al lado de repente. Maxi había dado vueltas en el lecho y
dormía como los pájaros, con la cabeza bajo el ala. El mezquino cuerpo
se perdía en la anchura de aquella cama tan grande, y allí podía
pasearse en sueños el esposo como en los inconmensurables espacios del
Limbo.
La esposa no se acostó, y acercando una butaca a la cama, y echándose en
ella, cerró los ojos. Y allá de madrugada fue vencida del sueño, y se le
armó en el cerebro un penoso tumulto de cerrojos que se descorrían, de
puertas que se franqueaban, de tabiques transparentes y de hombres que
se colaban en su casa filtrándose por las paredes.
--v--
A la mañana siguiente, Maxi estaba mejor, pero rendidísimo. Daba lástima
verle. Su palidez era como la de un muerto; tenía la lengua blanca,
mucha debilidad y ningún apetito.
Diéronle algo de comer, y Fortunata opinó que debía quedarse en la cama
hasta la tarde. Esto no le disgustaba a Maxi, porque sentía cierto
alborozo infantil de verse en aquel lecho tan grandón y rodar por él. La
mujer le cuidaba como se cuida a un niño, y se había borrado de su mente
la idea de que era un hombre.
Vino doña Lupe muy temprano, y enterada que Maxi estaba bien, empezó a
dar órdenes y más órdenes, y a incomodarse porque ciertas cosas no se
habían hecho como ella mandara. Iba de la sala a la cocina y de la
cocina a la sala, dictando reglas y pragmáticas de buen gobierno. Maxi
se quejaba de que su mujer estaba más tiempo fuera de la alcoba que en
ella, y la llamaba a cada instante.
«Gracias a Dios, hija, que pareces por aquí. Ni siquiera me has dado un
beso. ¡Qué día de boda, hija, y qué noche! Esta maldita jaqueca... pero
ya pasó, y ahora lo menos en quince días no me volverá a dar... ¡Vamos!,
ya estás otra vez queriendo marcharte a la cocina. ¿No está ahí esa
señora Patria?».
--Ha ido a la compra. La que está es tu tía, por cierto dando
_tantismas_ órdenes, que no sabe una a cuál atender primero.
--Pues déjala. Tú, a todo di que sí, y luego haces lo que quieras,
pichona. Ven acá... Que trabaje Patria; para eso está. ¡Qué bien sirve!
¿verdad? Es una mujer muy lista.
--Ya lo creo...--¿Te vas de veras?--Sí, porque si no, tu tía me va a
echar los tiempos.
--¡Pues me gusta!... Entonces me levanto, y me voy también a la cocina.
Yo quiero estarte mirando hasta que me harte bien. Ahora eres mía; soy
tu dueño único, y mando en ti.
--Vuelvo al momentito, rico...--Estos momentitos me cargan--dijo él
nadando en las sábanas como si fueran olas.
Toda la mañana tuvo Fortunata el pensamiento fijo en la casa vecina.
Mientras almorzaba sola, miraba por la ventana del patio, pero no vio a
nadie. Parecía vivienda deshabitada. Siempre que pasaba por la sala
echaba la esposa de Rubín miradas furtivas a la calle. Ni un alma. Sin
duda la trampa se armaba sólo por las noches.
A la tarde, hallándose sola con Patricia en la cocina, tuvo ya las
palabras en la boca para preguntarle: «¿y los de al lado?». Pero no
desplegó sus labios. Debió de penetrar la maldita gata aquella en el
pensamiento de su ama, pues como si contestara a una pregunta, le dijo
de buenas a primeras:
«Pues ahorita, cuando bajé a la carnicería, ¿sabe?, encontreme a la
señorita Cirila. Me preguntó por el señorito, y dijo que pasaría a verla
a usted, sin decir cuándo ni cuándo no.
--No me venga usted con cuentos de... esa familiona--contestó Fortunata,
cuyo ánimo estaba bastante aplacado para poder tomar aquella correcta
actitud--. Ni qué me importa a mí... ¿me entiende usted?
Maximiliano se levantó, dio algunas vueltas; pero estaba tan débil, que
tuvo que volver a acostarse. Ella, en tanto, seguía observando. No se
oía en la vecindad ningún rumor. Por la noche igual silencio. Parecía
que a la doña Cirila, a su marido, el de la gorra con letras, y a los
amigos que les visitaban, se les había tragado la tierra. Por la noche,
sintió Fortunata tristeza y desasosiego tan grandes, que no sabía lo que
le pasaba. Se habría podido creer que la contrariaba el no ver a nadie
de la casa próxima, el no sentir pisadas, ni ruido de puertas, ni nada.
Maximiliano, que desde media tarde había vuelto a nadar entre las
agitadas sábanas del lecho, y estaba tan impertinente como un niño
enfermo que ha entrado en la convalecencia, dijo a su consorte, ya cerca
de las diez, que se acostase, y esta obedeció; mas la repugnancia y
hastío que inundaban su alma en aquel instante eran de tal modo
imperiosos, que le costó trabajo no darlos a conocer. Y el pobre chico
no se encontraba en aptitud de expresarle su desmedido amor de otro modo
que por manifestaciones relacionadas exclusivamente con el pensamiento y
con el corazón. Palabras ardientes sin eco en ninguna concavidad de la
máquina humana, impulsos de cariño propiamente ideales, y de aquí no
salía, es decir, no podía salir. Fortunata le dijo con expresión
fraternal y consoladora: «Mira, duérmete, descansa y no te acalores.
Anoche has estado muy malito, y necesitas unos días para reponerte.
Hazte cuenta que no estoy aquí, y a dormir se ha dicho». Si lo
tranquilizó, no se sabe; pero ello es que se quedó dormida, y no
despertó hasta las siete de la mañana.
Maxi se quedó más tiempo en la cama, hartándose de sueño, aquel reparo
que su desmedrada constitución reclamaba. Púsose Fortunata a arreglar la
casa y mandó a Patricia a la compra, cuando he aquí que entra doña Lupe
toda descompuesta: «¿No sabes lo que pasa? Pues una friolera. Déjame
sentar que vengo sofocadísima. Vaya que dan que hacer mis dichosos
sobrinos. Anoche han puesto preso a Juan Pablo. Ha venido a decírmelo
ahora mismo D. Basilio. Entraron los de la policía en la casa de esa
mujer con quien vive ahora, ¿te vas enterando?, y después de registrar
todo y de coger los papeles, trincaron a mi sobrino, y en el Saladero me
le tienes... Vamos a ver, ¿y qué hago yo ahora? Francamente, se ha
portado muy mal conmigo; es un mal agradecido y un manirroto. Si sólo se
tratara de tenerle unos días en la cárcel, hasta me alegraría, para que
escarmiente y no vuelva a meterse donde no le llaman. Pero me ha dicho
D. Basilio que a todos los presos de anoche... han cogido a mucha
gente... les van a mandar nada menos que a las islas Marianas; y aunque
Juan Pablo se tiene bien merecido este paseo, francamente, es mi
sobrino, y he de hacer cuanto pueda para que le pongan en libertad».
Maxi, que oyera desde la alcoba algunas palabras de este relato, llamó;
y doña Lupe lo repitió en su presencia, añadiendo:
«Es preciso que te levantes ahora mismo y vayas a ver a todas las
personas que puedan interesarse por tu hermano, que bien ganado se tiene
el achuchón, ¡pero qué le hemos de hacer!... Tú verás a D. León Pintado,
para que te presente al Doctor Sedeño, el cual te presentará a D. Juan
de Lantigua, que aunque es un señor muy _neo_, tiene influencia por su
respetabilidad. Yo pienso ver a Casta Moreno para que interceda con D.
Manuel Moreno Isla, y este le hable a Zalamero, que está casado con la
chica de Ruiz Ochoa. Cada uno por su lado, beberemos los vientos para
impedir que le plantifiquen en las islas Marianas». Vistiose el joven a
toda prisa, y doña Lupe, en tanto, dispuso que no se hiciese almuerzo en
la cocina de Fortunata, y que esta y su marido almorzaran con ella, para
estar de este modo reunidos en día de tanto trajín. Maxi salió después
de desayunarse, y su mujer y su tía se fueron a la otra casa. Por el
camino, doña Lupe decía: «Es lástima que Nicolás se haya ido a Toledo
hace dos días, pues si estuviera aquí, él daría pasos por su hermano, y
con seguridad le sacaría hoy mismo de la cárcel, porque los curas son
los que más conspiran y los que más pueden con el Gobierno... Ellos la
arman, y luego se dan buena maña para atarles las manos a los ministros
cuando tocan a castigar. Así está el país que es un dolor... todo tan
perdido... ¡Hay más miseria...!, y las patatas a seis reales arroba,
cosa que no se ha visto nunca».
Púsose la viuda en movimiento con aquella actividad valerosa que le
había proporcionado tantos éxitos en su vida, y Fortunata y Papitos
quedaron encargadas de hacer el almuerzo. A la hora de este, volvió doña
Lupe sofocada, diciendo que Samaniego, el marido de Casta Moreno, se
hallaba en peligro de muerte y que por aquel lado no podía hacerse nada.
Casta no estaba en disposición de acompañarla a ninguna parte. Tocaría,
pues, a otra puerta, yéndose derechita a ver al Sr. de Feijoo, que era
amigo suyo y había sido su pretendiente, y tenía gran amistad con don
Jacinto Villalonga, íntimo del Ministro de la Gobernación. A poco llegó
don Basilio diciendo que Maxi no venía a almorzar. «Ha ido con D. León
Pintado a ver a no sé qué personaje, y tienen para un rato».
Fortunata determinó volverse a su casa, pues tenía algo que hacer en
ella, y repitiéndole a Papitos las varias disposiciones dictadas por la
autócrata en el momento de su segunda salida, se puso el mantón y cogió
calle. No tenía prisa y se fue a dar un paseíto, recreándose en la
hermosura del día, y dando vueltas a su pensamiento, que estaba como el
Tío Vivo, dale que le darás, y torna y vira... Iba despacio por la calle
de Santa Engracia, y se detuvo un instante en una tienda a comprar
dátiles, que le gustaban mucho. Siguiendo luego su vagabundo camino,
saboreaba el placer íntimo de la libertad, de estar sola y suelta
siquiera poco tiempo. La idea de poder ir a donde gustase la excitaba
haciendo circular su sangre con más viveza. Tradújose esta disposición
de ánimo en un sentimiento filantrópico, pues toda la calderilla que
tenía la iba dando a los pobres que encontraba, que no eran pocos... Y
anda que andarás, vino a hacerse la consideración de que no sentía
malditas ganas de meterse en su casa. ¿Qué iba ella a hacer en su casa?
Nada. Conveníale sacudirse, tomar el aire. Bastante esclavitud había
tenido dentro de las Micaelas. ¡Qué gusto poder coger de punta a punta
una calle tan larga como la de Santa Engracia! El principal goce del
paseo era ir solita, libre. Ni Maxi ni doña Lupe ni Patricia ni nadie
podían contarle los pasos, ni vigilarla ni detenerla.
Se hubiera ido así... sabe Dios hasta dónde. Miraba todo con la
curiosidad alborozada que las cosas más insignificantes inspiran a la
persona salida de un largo cautiverio. Su pensamiento se gallardeaba en
aquella dulce libertad, recreándose con sus propias ideas. ¡Qué bonita,
_verbi gracia_, era la vida sin cuidados, al lado de personas que la
quieren a una y a quien una quiere...! Fijose en las casas del barrio de
las Virtudes, pues las habitaciones de los pobres le inspiraban siempre
cariñoso interés. Las mujeres mal vestidas que salían a las puertas y
los chicos derrotados y sucios que jugaban en la calle atraían sus
miradas, porque la existencia tranquila, aunque fuese oscura y con
estrecheces, le causaba envidia. Semejante vida no podía ser para ella,
porque estaba fuera de su centro natural, Había nacido para menestrala;
no le importaba trabajar _como el obispo_ con tal de poseer lo que por
suyo tenía. Pero alguien la sacó de aquel su primer molde para lanzarla
a vida distinta; después la trajeron y la llevaron diferentes manos. Y
por fin, otras manos empeñáronse en convertirla en señora. La ponían en
un convento para moldearla de nuevo, después la casaban... y tira y
dale. Figurábase ser una muñeca viva, con la cual jugaba una entidad
invisible, desconocida, y a la cual no sabía dar nombre.
Ocurriole si no tendría ella _pecho_ alguna vez, quería decir
iniciativa... si no haría alguna vez lo que le saliera _de entre sí_.
Embebecida en esta cavilación llegó al Campo de Guardias, junto al
Depósito. Había allí muchos sillares, y sentándose en uno de ellos,
empezó a comer dátiles. Siempre que arrojaba un hueso, parecía que
lanzaba a la inmensidad del pensar general una idea suya, calentita,
como se arroja la chispa al montón de paja para que arda.
«Todo va al revés para mí... Dios no me hace caso. Cuidado que me pone
las cosas mal... El hombre que quise, ¿por qué no era un triste albañil?
Pues no; había de ser señorito rico, para que me engañara y no se
pudiera casar conmigo... Luego, lo natural era que yo le aborreciera...
pues no señor, sale siempre la mala, sale que le quiero más... Luego lo
natural era que me dejara en paz, y así se me pasaría esto; pues no
señor, la mala otra vez; me anda rondando y me tiene armada una
trampa... También era natural que ninguna persona decente se quisiera
casar conmigo; pues no señor, sale Maxi y... ¡tras!, me pone en el
disparadero de casarme, y nada, cuando apenas lo pienso, bendición al
canto... ¿Pero es verdad que estoy casada yo?...».
--vi--