_muchas_ le dio escalofríos, y que le pareció el rumorcillo que hacen
las correderas cuando en tropel se escurren por las paredes.
--¿Con cuántos hombres?
--Con uno solo...--¡Con uno sólo!... ¿De veras? ¿Le conoció usted
después de casada?
--No señor. Le conozco hace mucho tiempo... le he querido siempre.
--¡Ah! ya... la historia vieja... perfectamente--dijo el cura, cuyo amor
propio se erguía al encontrar un medio de aparecer previsor--. Eso ya me
lo temía yo. ¡El amorcito primero...! ¿No lo dije, no se lo dije a
usted? Por ahí está el peligro. He visto muchos casos. Bueno. ¿Y ese
pelafustán es el de marras?
Fortunata contestó que sí, sin comprender lo que quería decir de marras.
«Y ese ha sido el miserable que abusando de su fuerza maltrató al pobre
Maxi, débil y enfermizo... ¡Ay, mundo amargo!».
--Él fue... pero Maxi le provocó...--dijo la voz--. Esas cosas vienen
sin saber cómo... Yo lo presencié desde la ventana.
--¿Desde qué ventana?
--De la casa aquella.--¿Casita tenemos?... Sí... sí, lo de siempre. Lo
había previsto yo. No crea usted que me coge de nuevo. ¡Casita y
todo!... ¡Cuánta infamia! ¿Y no siente usted remordimientos? Cualquier
persona que tuviera alma estaría en tal caso llena de tribulación...
pero usted tan fresca.
--Yo lo siento... lo siento... Quisiera que eso no hubiera pasado.
--Eso, que no hubiera pasado el lance, para continuar pecando a la
calladita. Y siga el fandango. También esta clase de perversidad me la
sé de memoria.
Fortunata se calló. Fuera que los ojos del clérigo se acostumbraran a la
oscuridad, fuera que entrase en el cuarto más luz, ello es que Nicolás
empezó a distinguir a su hermana política, sentada sobre el baúl, con un
pañuelo en la mano. A ratos se lo llevaba al rostro como para secar sus
lágrimas. Cierto es que Fortunata lloraba; pero algunas veces la causa
de la aproximación del pañuelo a la cara era la necesidad en que la
joven se veía de resguardar su olfato del olor desagradable que las
ropas negras y muy usadas del clérigo despedían.
«Esas lágrimas que usted derrama, ¿son de arrepentimiento sincero? ¡A
saber...! Si usted se nos arrepintiera de verdad, pero de verdad, con
contrición ardiente, todavía esto podría arreglarse. Pero sería preciso
que se nos sometiera a pruebas rudas y concluyentes... esta es la cosa.
¿Volvería usted a las Micaelas?».
--¡Oh!, no señor--replicó la pecadora con prontitud.
--Pues entonces, que se la lleve a usted el demonio--gritó el clérigo
con gesto de menosprecio.
--Le diré a usted... yo me arrepiento; pero...
--Qué peros ni qué manzanas...--manifestó Rubín, manoteando con groseros
modales--. Reniegue usted de su infame adulterio; reniegue también del
hombre malo que la tiene endemoniada.
--Eso...--¿Eso qué?... ¡Vaya con la muy...! Y me lo dice así, con ese
cinismo.
Fortunata no sabía lo que quiere decir cinismo, y se calló.
«Todo induce a creer que usted se prepara a reincidir, y que no hay
quien le quite de la cabeza esa maldita ilusión».
El gran suspiro que dio la otra confirmó esta suposición mejor que las
palabras.
«De modo que, aun viéndose perdida y deshonrada por ese miserable,
todavía le quiere usted. Buen provecho le haga».
--No lo puedo remediar. Ello está _entre_ mí y no puedo vencerlo.
--Ya... la historia de siempre. Si me la sé de memoria... Que quieren
sólo a aquel y no pueden desterrarlo del pensamiento, y que patatín y
que patatán... En fin, todo ello no es más que falta de conciencia,
podredumbre del corazón, subterfugios del pecado. ¡Ay, qué mujeres!
Saben que es preciso vencer y desarraigar las pasiones; pues no señor,
siempre aferradas a la ilusioncita... Tijeretas han de ser... En
resumidas cuentas, que usted no quiere salvarse. La pusimos en el camino
de la regeneración, y le ha faltado tiempo para echarse por los senderos
de la cabra. ¡Al monte, hija, al monte! Bueno; allá se entenderá usted
con Dios. Ya me estoy riendo del chasco que se va usted a llevar. Porque
ahora, como si lo viera, se lanzará otra vez a la vida libre.
Divertirse... ¡ea!... Por de pronto habrá un arreglito, y ese tunante le
dará alguna protección; tendrá usted casa en que vivir... Y ahora que me
acuerdo, ¿ese hombre es casado?
--Sí señor--dijo Fortunata con pena.
--¡Ave María Purísima!--exclamó el cura llevándose ambas manos a la
cabeza--. ¡Qué horror y qué sociedad! Otra víctima; la esposa de ese
señor... Y usted tan fresca, sembrando muertes y exterminios por donde
quiera que va...
Esta frase de sermón aterró un poco a Fortunata.
«Tendrá usted su castigo y pronto. La historia de siempre... ¡Qué
mujeres, Señor, qué mujeres! Váyase usted a correr aventuras, deshonre a
su marido, perturbe dos matrimonios; ya vendrá, ya vendrá el estallido.
No le arriendo la ganancia. El amancebamiento ahora, después la
prostitución, el abismo. Sí, ahí lo tiene usted, mírelo abierto ya, con
su boca negra, más fea que la boca de un dragón. Y no hay remedio, a él
va usted de cabeza... porque ese hombre la abandonará a usted... Son
habas contadas».
Fortunata tenía la cabeza próxima a las rodillas. Estaba hecha un
ovillo, y sus sollozos declaraban la agitación de su alma.
«¡Ah, mujer infeliz!--añadió el clérigo con solemnidad, levantándose--;
no sólo es usted una bribona, sino una idiota. Todas las enamoradas lo
son porque se les seca el entendimiento. Las saca uno del purgatorio del
deleite y allá se van otra vez. Tú te lo quieres, pues tú te lo ten. En
el Infierno le ajustarán a usted las cuentas. Váyase usted luego allá
con sofismas y con zalamerías de amor... Esto se acabó. Ni yo tengo que
hacer nada con usted, ni usted tiene nada que hacer en esta casa.
Cuenta concluida. Al arroyo, hija; divertirse; usted sale de aquí, y
cuando se vaya, sahumaremos, sí, sahumaremos... Perfec... tamente».
Esto lo dijo en la puerta y luego se retiró sin añadir una palabra más.
Doña Lupe le aguardaba en la sala para saber si había sido más
afortunado que ella en la averiguación de la verdad, y allí se
estuvieron picoteando un buen rato. Después oyeron ruido, sintieron la
voz de Fortunata que hablaba quedito con Patricia, diciéndole quizás
cómo y cuándo mandaría a buscar su ropa. Tía y sobrino asomáronse luego
a los cristales del balcón y la vieron atravesar la calle presurosa, y
doblar la esquina sin dirigir una mirada a la casa que abandonaba para
siempre.
Nicolás repetía una figura de que estaba satisfecho: «Sahumar, sahumar y
sahumar». Y a propósito de espliego, a él, físicamente, tampoco le
vendría mal... esto sin ofender a nadie.
Madrid.--Mayo de 1886.