En qué consiste el arte de hacer de _una razón_ varias razones.--De
cuántos modos conversan los indios.--Sus oradores.--Sus rodeos
para pedir.--Precauciones de los Caciques antes de celebrar una
junta.--Numeración y manera de contar de los Ranqueles.
Aprovechando una parada interrogué á Mora, que tomó la palabra para
explicarme en qué consiste el arte de hacer de _una razón_, dos ó más
razones.
Á su modo me hizo un curso de retórica completo. Ya he dicho que es un
hombre perspicaz y si no lo he dicho, viene aquí á pelo decirlo.
Los indios Ranqueles tienen tres modos y formas de conversar.
La conversación familiar.
La conversación en parlamento.
La conversación en junta.
La conversación familiar es como la nuestra, llana, fácil,
sin ceremonias, sin figuras, con interrupciones del ó de los
interlocutores, animada, vehemente, según el tópico ó las pasiones
excitadas.
La conversación en parlamento está sujeta á ciertas reglas; es
metódica, los interlocutores no pueden, ni deben interrumpirse; es en
forma de preguntas y respuestas.
Tiene un tono, un compás determinado, su estribillo y actitudes
académicas, por decirlo así.
El tono y el compás pueden sólo compararse á lo que en las festividades
religiosas se canta con el nombre de villancico.
Es algo cadencioso, uniforme, monótono, como el murmullo de la
corriente del agua.
Yo no conozco suficientemente la lengua araucana para consignar una
frase.
Pero el penetrante lector, y tú, Santiago, que á este respecto te
pierdes de vista, haciendo un pequeño esfuerzo, me comprenderán.
Voy á estampar sonidos cuya eufonía remeda la de los vocablos araucanos.
Por ejemplo:
_Epú_, _bicú_, _mucú_, _picú_, _tanqué_, _locó_, _painé_, _bucó_, _có_,
_rotó_, _clá_, _aimé_, _purrá_, _cuerró_, _tucá_, _claó_, _tremen_,
_leuquen_, _pichun_, _mincun_, _bitooooooon_.
Supongamos que los sonidos enumerados hayan sido pronunciados con
énfasis, muy ligero, sin marcar casi las comas, y que el último haya
sido pronunciado tal cual está escrito á manera de una interjección
prolongada, hasta donde el aliento lo permite.
Supongamos algo más, que esos sonidos imitativos representando palabras
bien hilvanadas, quisieran decir:
Manda preguntar Mariano Rosas, que ¿cómo le ha ido anoche por el campo,
con todos sus jefes y oficiales?
Ó, en los tiempos de Mora, supongamos que esa interrogación sea _una
razón_.
Pues bien, convertir una razón en dos, en cuatro ó más razones, quiere
decir, dar vuelta la frase por activa, y por pasiva, poner lo de atrás
adelante, lo del medio al principio, ó al fin; en dos palabras, dar
vuelta la frase de todos lados.
El mérito del interlocutor en parlamento, su habilidad, su talento,
consiste en el mayor número de veces que da vuelta cada una de sus
frases ó razones; ya sea valiéndose de los mismos vocablos, ó de otros;
sin alterar el sentido claro y preciso de aquéllas.
De modo que los oradores de la pampa son tan fuertes en retórica, como
el maestro de gramática de Molière, que instado por el _Bourgeois
gentil-homme_, le escribió á una dama este billete: _«Madame, vos
vells yeux me font mourir d'amour»_. Y no quedando satisfecho el
interesado: _«Vos vells yeux, madame, me font mourir d'amour»_. Y no
gustándole esto: _«D'amour, madame, vos vells yeux me font mourir»_.
Y no queriendo lo último: _«Me font mourir d'amour, vos vells yeux,
madame»_.--Con lo cual el _Bourgeois_ se dió por satisfecho.
La gracia consiste en la más perfecta uniformidad en la entonación de
las voces. Y, sobre todo, en la mayor prolongación de la última sílaba
de la palabra final.
Una cantante que aprendiera el araucano, haría furor entre los indios,
por su extensión de voz, si la tenía, y por otros motivos, de que se
hablará á su tiempo. No es posible poner todo en la olla de una vez.
Esa última sílaba prolongada, no es una mera _floritura_ oratoria. Hace
en la oración los oficios del punto final; así es que en cuanto uno de
los interlocutores la inicia, el otro rumia su frase, se prepara, toma
la actitud y el gesto de la réplica, todo lo cual consiste en agachar
la cabeza y en clavar la vista en el suelo.
Hay oradores que se distinguen por su facundia; otros por su facilidad
en dar vuelta una razón: éstos, por la igualdad cronométrica de su
dicción; aquéllos, por la entonación cadenciosa; la generalidad por
el poder de sus pulmones para sostener lo mismo que si fuera una nota
musical, la sílaba que remata el discurso.
Mientras dos oradores parlamentan, los circunstantes les escuchan
y atienden en el más profundo silencio, pesando el primer concepto
ó razón, comparándolo con el segundo, éste con el tercero, y así
sucesivamente, aprobando y desaprobando con simples movimientos de
cabeza.
Terminado el parlamento, vienen los juicios y discusiones sobre las
dotes de los que han sostenido el diálogo.
La conversación en parlamento, tiene siempre un carácter oficial. Se la
usa en los casos como el mío, ó cuando se reciben visitas de etiqueta.
No hay idea de lo cómico y ceremoniosos que son estos bárbaros. Si
el cacique recibe durante el día veinte capitanejos, con los veinte
emplea las mismas formas: con los veinte cambia las mismas preguntas y
respuestas, empezando por preguntarles por el abuelo, por el padre, por
la abuela, por la madre, por los hijos, por todos los deudos, en fin.
Después de esta serie de preguntas sacramentales, inevitables,
infalibles, vienen otras de un orden secundario, que completan el
ritual, referentes á las novedades ocurridas en los campos y en la
marcha, haciendo siempre los caballos un papel principal.
Los indios se ocupan de éstos á propósito de todo. Para ellos los
caballos son lo que para nuestros comerciantes el precio de los fondos
públicos. Tener muchos y buenos caballos, es como entre nosotros tener
muchas y buenas fincas. La importancia de un indio se mide por el
número y la calidad de sus caballos. Así, cuando quieren dar la medida
de lo que un indio vale, de lo que representa y significa, no empiezan
por decir: tiene tantos y cuantos rodeos de vacas, tantas ó cuantas
manadas de yeguas, tantas ó cuantas majadas de ovejas y cabras; sino
tiene tantas tropillas de obscuros, de overos, de bayos, de tordillos,
de gateados, de alazanes, de cebrunos, y resumiendo, pueden cabalgar
tantos ó cuantos indios; lo que quiere decir, que en caso de malón
podrá poner en armas muchos, y que si el malón es coronado por la
victoria tendrá participación en el botín con arreglo al número de
caballos que haya suministrado, según lo veremos cuando llegue el caso
de platicar sobre la constitución social, militar y gubernativa de esas
tribus.
Mariano Rosas tiene la fama de un orador de nota. Cuando lleguemos á su
toldo, penetremos en el recinto de su hogar, cuente sus costumbres, su
vida, sus medios de gobierno y de acción, será ocasión de comprobarlo
con ejemplos palmarios, probando á la vez que hasta entre los bárbaros
la elocuencia unida á la prudencia puede disputarle la palma con éxito
completo al valor y á la espada.
Tomando el hilo de mi interrumpido relato sobre los diferentes modos de
conversar de los Ranqueles, agregaré, que en pos de las interrogaciones
y contestaciones sobre la salud de la familia y las novedades de los
campos, vienen otras sin importancia real, y que sólo después de muchas
idas y venidas, vueltas y revueltas, se llega al grano.
Un indio, cuando va de visita con el objeto de pedir algo, no descubre
su pensamiento á dos tirones. Saluda, averigua todo cuanto puede
serle agradable al dueño de casa, devolviendo los cumplimientos con
cumplimientos, las ofertas y promesas, con ofertas y promesas, se
despide; parece que va á irse sin pedir nada; pero en el último momento
desembucha su entripado; y no de golpe, sino poco á poco. Primero
pedirá yerba. ¿Se la dan? Pedirá azúcar. ¿Se la dan? Pedirá tabaco.
¿Se lo dan? Pedirá papel. Y mientras le vayan concediendo ó dando, irá
pidiendo, y habrá pedido lo que fué buscando, que era aguardiente. El
golpe de gracia viene entonces, pide por fin lo que más le interesa y
si se lo niegan contestará: no dando lo más; pero dando aguardiente.
Esta táctica socarrona no la emplea el indio solamente en sus
relaciones con los cristianos. Disimulado y desconfiado por carácter
y por educación, así procede en todas las circunstancias de su vida.
Tiene mil reservas en todo y mil cosas reservadas. No hay indio que no
sea poseedor de uno ó unos cuantos secretos, sin importancia, quizá,
pero que no descubrirá sino por interés. Éste conoce él solo una
laguna, aquél un médano, el otro una cañada; éste una hierba medicinal,
aquél un pasto venenoso; el otro una senda extraviada por el bosque. Y
así dicen, no como los cristianos:--Yo conozco una laguna, una hierba,
una senda que nadie conoce; sino:--Yo tengo una laguna, y una hierba,
una senda que nadie conoce, que nadie ha visto, por donde nadie ha
andado.
Decididamente, hoy estoy fatal para las digresiones. Tomé el hilo más
arriba y me apercibo que lo he vuelto á dejar. Para dejarlo del todo,
me falta decir lo que es la conversación en junta.
Es un acto muy grave y muy solemne. Es una cosa muy parecida al
parlamento de un pueblo libre, á nuestro congreso, por ejemplo. La
civilización y la barbarie se dan la mano; la humanidad se salvará
porque los extremos se tocan. Y por más que digan que los extremos son
viciosos, yo sostengo que eso depende de la clase de _extremos_. Será
malo, irritante, odioso ser en extremo avaro; pero ¿quién puede tachar
á un caballero por ser en extremo generoso? Será una calamidad para
una mujer ser en extremo fea. Pero ¿qué mujer sostendrá que es una
desgracia ser en extremo hermosa?
¡Cuando he dicho que estoy fatal para las digresiones!
Volvamos á la junta, á ver si se parece ó no á lo que he dicho.
Reúnese ésta, nómbrase un orador, una especie de miembro informante,
que expone y defiende contra uno, contra dos, ó contra más, ciertas y
determinadas proposiciones. El que quiere le ayuda.
El miembro informante suele ser el cacique. El discurso se lleva
estudiado, y el tono y las formas son semejantes al tono y las formas
de la conversación en parlamento, con la diferencia de que en la junta
se admiten las interrupciones, los silbidos, los gritos, las burlas
de todo género. Hay juntas muy ruidosas, pero todas, excepto algunas
memorables que acabaron á capazos, tienen el mismo desenlace. Después
de mucho hablar, triunfa la mayoría aunque no tenga razón. Y aquí es el
caso de hacer notar que el resultado de una junta se sabe siempre de
antemano, porque el cacique principal tiene buen cuidado de catequizar
con tiempo á los indios capitanejos más influyentes en la tribu.
Todo lo cual prueba que la máquina constitucional llamada por la
libertad Poder Legislativo, no es una invención moderna extraordinaria;
que en algo nos parecemos á los indios, ó como diría Fray Gerundio: que
en todas partes se cuecen habas.
Como las explicaciones de Mora interesasen, prolongué la parada hasta
que no quedó ya nada que saber en materia de conversaciones pampeanas.
--¡Vamos! le dije á Caniupán, y diciendo y haciendo seguimos el camino
de Leubucó. Los indios se tendieron al galope. Por no recibir su polvo
los imité.
Hacia el Sur se alzaba en el horizonte una nube que parecía de arena.
--Son jinetes--dijeron algunos.
Yo fijé un instante la vista en ella, no descubrí nada.
Tenía interés en aprender á contar en lengua araucana. Me dirigí, pues,
á Mora, aprovechando el tiempo, ya que por algunos momentos me veía
libre de embajadores, mensajeros y parlamentarios, y le pregunté:
--¿Cómo se llaman los números en la lengua de los indios?
Mora no entendió bien la pregunta. Él sabía perfectamente bien lo que
quería decir _cuatro_, pero ignoraba qué era _número_.
Le dirigí la interpelación en otra forma, y el resultado fué, que mis
lectores mañana, y tú después, Santiago amigo, sabrán contar en una
lengua más.
Uno--_quiñé_.
Dos--_epú_.
Tres--_clá_.
Cuatro--_meli_.
Cinco--_quehú_.
Seis--_caiu_.
Siete--_relgué_.
Ocho--_purrá_.
Nueve--_ailliá_.
Diez--_marí_.
Cien--_pataca_.
Mil--_barranca_.
Ahora, cincuenta se dice _quehú-marí_; doscientos, _epú-pataca_; ocho
mil, _purrá-barranca_; y cien mil, _pataca-barranca_.
Y esto prueba dos cosas:
1.º Que teniendo la noción abstracta del número comprensivo de
infinitas unidades como un millón, que en su lengua se dice,
_marí-pataca-barranca_, estos bárbaros no son tan bárbaros ni tan
obtusos como muchas personas creen.
2.º Que su sistema de numeración es igual al teutónico según se ve por
el ejemplo de _quehú-marí_, que vale tanto como _cincuenta_; pero que
gramaticalmente es _cinco-diez_.
Si hay quien se haya afligido porque nuestro sistema parlamentario se
parece al de los Ranqueles, ¡consuélese, pues!
Los alemanes, justamente orgullosos de ser paisanos de Schiller y de
Gœthe, se parecen también á ellos. Bismarck, el gran hombre de Estado,
contaría las águilas de las legiones vencedoras en Sadowa, lo mismo que
el indio Mariano Rosas cuenta sus lanzas al regresar del malón.
Pero la nube de arena avanza...............................