El camino de Calcumuleu á Leubucó.--Los indios en el campo.--Su
modo de marchar.--Cómo descansan á caballo.--Qué es tomar caballos
á mano.--No había novedad.--Cruzando un monte.--Se divisa
Leubucó.--Primer parlamento.--Cada razón son diez razones.
El camino del Calcumuleu á Leubucó corría en línea paralela con el
bosque que teníamos hacia el Naciente, buscando una abra, que formaba
una gran ensenada. De trecho en trecho se bifurcaba, saliendo ramales
de rastrilladas para las diversas tolderías. Reinaba mucho movimiento
en el desierto.
De todos lados asomaban indios, al gran galope siempre, sin curarse de
los obstáculos naturales del terreno, donde caballos educados como los
nuestros ó los ingleses habrían caído postrados de fatiga á los diez
minutos por vigorosos que hubieren sido. Subían rápidos á la cumbre
de los médanos de movediza arena y bajaban con la celeridad del rayo;
se perdían entre los montecillos de chañar, apareciendo al punto; se
hundían en las blandas sinuosidades y se alzaban luego; se tendían á
la derecha, evitando un precipicio, después á la izquierda rehuyendo
otro, y así, ora en el horizonte, ora fuera de la vista del plano
accidentado, cuando menos pensábamos brotaban á nuestro lado, por
decirlo así, incorporándose á mi comitiva.
Íbamos formados á ratos, yendo yo con Caniupán adelante, sus indios,
atrás y después de éstos mi gente; otras veces en dispersión.
Andando con indios no es posible marchar unidos.
Ellos le aflojan la rienda al caballo para que dé todo lo que puede,
sin apurarlo nunca; de modo que los jinetes cuyo caballo tiene el
galope corto se quedan atrás y los otros se van adelante.
Toda marcha de indios se inicia en orden; al rato se han desparramado
como moscas, salvo en los casos de guerra. En ésta, pelean unidos ó en
dispersión, á pie unos, á caballo otros, interpolados todos según las
circunstancias.
En un combate que mis fuerzas tuvieron con ellos en los Pozos Cavados,
pelearon interpolados. Mi gente, siendo inferior en número, había
echado pie á tierra. Le llevaron tres cargas, que fueron rechazadas á
balazos, y al dar vuelta caras, los pedestres se agarraban de las colas
de los caballos, y ayudados por el impulso de éstos, se ponían en un
verbo fuera del alcance de las balas.
En marcha, que no es militar, los indios no reconocen jerarquías.
Lo mismo es para ellos la derecha que la izquierda, ir adelante que
atrás: el capitanejo, el cacique menor ó mayor, todo es igual al último
indio. El terreno, el aire de la marcha y el caballo deciden del puesto
que lleva cada uno. ¿Va bien montado el cacique? Se le verá adelante,
muy adelante. ¿Va mal montado? Se quedará rezagado. Y el lujo consiste
en tener el caballo de galope más largo, de más bríos y de mayor
resistencia.
Ya veremos cómo los mismos caballos que nos roban á nosotros, pues
ellos no tienen crías ni razas especiales sometidas á un régimen
peculiar y severo, cuadruplican sus fuerzas reduciéndonos muchas veces
en la guerra á una impotente desesperación.
Al llegar á la entrada del bosque, viendo que mi gente marchaba
formando una chorrera y que mis caballos no podían resistir á un galope
largo sostenido por la arena, que se enterraban hasta las rodillas no
obstante que seguíamos las sendas de la rastrillada, le dije á Caniupán:
--Hagamos alto un rato, los padrecitos vienen muy cansados.
Era un pretexto como cualquier otro.
Caniupán sujetó de golpe su caballo, yo el mío, los que nos seguían
unos después de otros; lo mismo hicieran los indios que nos precedían,
cuando se apercibieron de que estábamos parados, y poco después
formábamos dos grupos, envueltos en una nube de arena.
Para ganar tiempo y dar más alivio á mis cabalgaduras, mandé mudarlas.
Los indios no echaron pie á tierra. Tienen ellos la costumbre de
descansar sobre el lomo del caballo. Se echan como en una cama,
haciendo cabecera del pescuezo del animal, y extendiendo las piernas
cruzadas en las ancas, así permanecen largo rato, horas enteras
á veces. Ni para dar de beber se apean; sin desmontarse sacan el
freno y lo ponen. El caballo del indio, además de ser fortísimo, es
mansísimo. ¿Duerme el indio? No se mueve. ¿Está ebrio? Le acompaña á
guardar el equilibrio. ¿Se apea y le baja la rienda? Allí se queda.
¿Cuánto tiempo? Todo el día. Si no lo hace es castigado de modo que
entienda por qué. Es raro hallar un indio que use manea, traba, bozal
y cabestro. Si alguno de estos útiles lleva, de seguro que anda
_redomoneando_ un potro, ó en un caballo arisco, ó enseñando uno que
ha robado en el último malón.
El indio vive sobre el caballo, como el pescador en su barca; su
elemento es la Pampa, como el elemento de aquél es el mar.
¿Adónde va un indio que no ensille, que no salte en pelos? ¿Al toldo
vecino que dista cuadras? Irá á caballo. ¿Al arroyo, á la laguna, al
jagüel, que están cerca de su misma morada? Irá á caballo. Todo puede
faltar en el toldo de un indio. Será pobre como Adán. Hay una cosa que
jamás falta. De día, de noche, brille espléndido el sol ó llueva á
cántaros, en el palenque hay siempre enfrenado y atado de la rienda un
caballo.
_¡A horse! ¡A horse! ¡my kingdom for a horse!_
Todo, todo cuanto tiene dará el indio en un momento crítico, por un
caballo.
Mudábamos, tomando _á mano_.
Es una operación campestre entretenida, no haciéndola torpemente, es
decir, _enlazando_.
Cada grupo de mi gente rodeaba su tropilla. La madrina estaba maneada.
Los animales remolineaban á su alrededor. Entre varios tenían dos ó
más lazos formando un círculo á manera de corral. Entraban en él, uno
después de otro, por turno de numeración, los que iban á mudar. El
encargado de la tropilla elegía un caballo de los menos _sobados_, lo
designaba diciendo verbigracia--el obscuro overo,--para el número 4; y
el individuo determinado así, con el freno y el bozal en la siniestra,
se acercaba á aquél con maña, con cuidado de no asustarlo, buscándole
la vuelta, echándole de lejos sobre el lomo, si no era manso, la punta
de la rienda ó del cabestro, á cuyo contacto se queda casi siempre
quieto el manso y dócil corcel.
La operación de mudar tomando á lazo en el medio del campo, á más del
riesgo de que los caballos menos asustadizos se espanten, disparen y se
alcen, es sumamente morosa, requiere gran destreza y ofrece peligros;
de todos los ejercicios del gaucho, del paisano, el más fuerte, el más
difícil y el más expuesto de todos es el del lazo. Cualquiera maneja
en poco tiempo regularmente las _boleadoras_. Ni ser muy de á caballo,
se requiere: siquiera mucha fuerza. El manejo del lazo, al contrario,
demanda completa posesión del caballo, vigor varonil y agilidad.
Mientras mudábamos, llegaron varios indios del Norte, de _afuera_, como
dicen ellos. Nosotros le llamamos así al Sur.
Viendo sus caballos tan trasijados, le pregunté á Caniupán:
--¿De dónde vienen éstos?
--Éstos vinieron de _afuera_, boleando, me contestó.
Eran las últimas descubiertas que regresaban, pero Caniupán no quería
confesarlo.
--¿Qué habiendo por los campos, hermano?--le agregué.
--Muy silencio estando Cuero, Bagual y Tres Lagunas.
--¿Entonces, indios no desconfiando ya de mí?--proseguí.
Camilo Arias interrumpió el diálogo, avisándome que estábamos prontos.
--¡Á caballo!--grité;--montamos, nos pusimos en marcha, y pocos minutos
después entrábamos en el monte de Leubucó.
Sendas y rastrilladas, grandes y pequeñas, lo cruzaban como una red,
en todas direcciones. Galopábamos á la desbandada. Los corpulentos
algarrobos, chañares y caldenes, de fecha inmemorial; los mil arbustos
nacientes desviaban la línea recta del camino obligándonos á llevar el
caballo sobre la rienda para no tropezar con ellos, ó enredarnos en sus
vástagos espinosos y traicioneros.
Nuestros caballos no estaban acostumbrados á correr por entre bosques.
Teníamos que detenernos constantemente; por ellos, expuestos á rodar,
y por nosotros mismos expuestos á quedarnos colgados de un gajo como
arrebatados por un garfio.
La torpeza nuestra era sólo comparable á la habilidad de los indios;
mientras nosotros, á cada paso, hallábamos una barrera que nos obligaba
á abreviar el aire de la marcha, á ir al trote y al tranco, á hacer
alto y proseguir, ellos seguían imperturbables su camino, veloces
como el viento. Pronto, pues, salieron ellos del bosque, quedándonos
nosotros atrás. Yo no podía perder de vista que conmigo iban los
franciscanos, y no era cosa de dejarlos en el camino, ni de exponerlos
á columpiarse contra su gusto en un algarrobo. Demasiada paciencia
habíamos tenido ya, para perderla cuando llegábamos, Dios mediante, al
término de la jornada.
Los indios me esperaban en una aguadita al salir del bosque; en un gran
descampado, sucesión de médanos pelados, tristes, solitarios.
Á lo lejos, como una faja negra, se divisaba en el horizonte la ceja de
un monte.
--Allí es Leubucó--me dijeron, señalándome la faja negra.
Fijé la vista, y, lo confieso, la fijé como si después de una larga
peregrinación por las vastas y desoladas llanuras de la Tartaria, al
acercarme á la raya de la China, me hubieran dicho: ¡allí es la gran
muralla!
Voy á penetrar, al fin, en el recinto vedado.
Los ecos de la civilización van á resonar pacíficamente por primera
vez, donde jamás asentara su planta un hombre del coturno mío.
Grandes y generosos pensamientos me traen; nobles y elevadas
ideas me dominan; mi misión es digna de un soldado, de un hombre,
de un cristiano, me decía; y veía ya la hora en que reducidos y
cristianizados aquellos bárbaros, utilizados sus brazos para el
trabajo, rendían pleito homenaje á la civilización por el esfuerzo del
más humilde de sus servidores.
Aspiraciones del espíritu despierto, que se realizan con más dificultad
que las mismas visiones del ensueño, ¡apartaos!
El hombre no es razonable cuando discurre, sino cuando acierta.
Vivimos en los tiempos del éxito.
Nadie lucha contra los que tienen treinta legiones aunque la conciencia
pueda más que todas las legiones del mundo.
Alguien habrá que lo intente algún día. Y no con el desaliento del
gladiador, que anticipándose á su destino y mirando al César encumbrado
sobre las más altas gradas del circo, exclamaba:
«Los que van á morir os saludan»--sino como el fuerte y viril
republicano:
«Primero muerto que deshonrado.»
Donde los indios me esperaban hicimos alto: mandé aflojar las cinchas,
dar un descanso á los caballos y de beber después.
Hecho esto, en dos grupos unidos que no tardaron en deshacerse, nos
pusimos en marcha al galope, con la mirada fija en la faja negra.
Galopábamos en alas de la impaciencia y de la curiosidad.
No había sido fácil empresa llegar hasta la morada de Mariano Rosas.
¡Hasta los bárbaros saben rodearse de aparato teatral para deslumbrar
ó embaucar á la multitud!
De repente hizo alto un grupo de indios que nos precedía.
--Hay alguna novedad--me dijo Mora,--porque si no aquéllos no se
habrían parado.
--¿Y qué será?
--Cuando menos han avistado algún parlamento.
--¿De quién?
--Del general Mariano.
--¿Y cuántos tendremos que encontrar antes de llegar á Leubucó?
--Quién sabe, señor; eso depende de los honores que el general le
quiera hacer.
Un indio venía á media rienda hacia nosotros, destacado del grupo que
acababa de hacer alto, en busca de Caniupán.
Sujetamos.
Habló con él en su lengua, y luego, partió á escape, contramarchando.
Caniupán me dijo:
--Viniendo parlamento.
--Me alegro mucho.
--Topando con él, galope.
--Bueno topando, al galope.
Y esto diciendo, nos pusimos al gran galope sin reparar en nada.
Yo echaba de cuando en cuando la vista atrás, y veía á mis
franciscanos, expuestos sin remisión á dar una furiosa rodada, y
contenía un tanto la carrera de mi caballo para que aquéllos se me
incorporaran, pues Caniupán me decía á cada momento: poniendo padre á
tu lado.
Así íbamos ganando terreno, levantando torbellinos de arena, rodando
más de cuatro en pocos instantes y viendo una nube que transparentaba
diversos colores, avanzar sobre nosotros.
Coronamos el dorso de un médano y distinguimos claramente un grupo como
de cincuenta jinetes.
--Ese son, poquito galope--dijo Caniupán recogiendo su caballo.
--Bueno, amigo--le contesté, igualando mi caballo con el suyo.
Así seguimos un momento, hasta que hallándonos como á seiscientos
metros:
--¡Ese son hermano, topando!--dijo Caniupán y se lanzó violento.
Le seguí y mi gente me imitó.
Los franciscanos no se quedaron atrás.
Yo no sé cómo hicieron, pero el hecho es que llegaron juntos conmigo
hasta el punto en que diciendo y haciendo, Caniupán gritó:
--¡Parando, hermano!
Los dos grupos, el que iba y el que venía, sujetamos al mismo tiempo,
quedando como á veinte pasos uno de otro.
Del que venía salió un indio.
Del nuestro salió otro.
Se colocaron equidistantes de sus respectivos grupos y mirando el uno
para el Norte y el otro para el Sur, tomó la palabra el que venía de
Leubucó.
¿Cuánto tiempo habló?
Hablaría seguido, sin interrupción alguna, sin tragar la saliva, como
cinco minutos.
¿Qué dijo?
Lo sabremos después.
Le contestó el otro en la misma forma y modo.
¿Qué dijo?
Lo sabremos también después.
Tres preguntas y respuestas se hicieron.
Le pregunté á Mora qué habían conversado.
Me contestó que el uno me había saludado, y el otro había contestado
por mí; que el uno representaba á Mariano Rosas y el otro me
representaba á mí, según orden de Caniupán que acababa de recibir.
--Pero hombre, le observé, ¿tanto ha hablado sólo para saludarme?
--Sí, mi Coronel, es que los dos son buenos _lenguaraces_--oradores
quería decir.
--Pero hombre, insistí, si han hablado un cuarto de hora, ¿cómo no han
de haber hecho más que saludarme?
--Mi Coronel, es que las _razones_ que traía el parlamento de Mariano
las ha hecho muchas más; y el de usted ha hecho lo mismo para no quedar
mal.
--¿Y cuántas razones traía el de Mariano?
--¡Tres razones no más!
--¿Y qué decían?
--Que cómo está Usía, que cómo le ha ido de viaje, que si no ha perdido
caballos, porque en los campos solos siempre suceden desgracias.
--¿Y para decir eso ha charlado tanto, hombre?
--Sí, mi Coronel; no ve que cada _razón_ la han hecho _diez razones_.
--¿Y qué es eso, hombre?
--Es, mi Coronel...
Decía esto Mora, cuando Caniupán nos interrumpió, proponiéndome que
saludara á la comisión que acababa de llegar.
Deferí á su indicación y comenzó el saludo.
Tendrás paciencia, hasta mañana, Santiago amigo, y el paciente lector
contigo.
La paciencia es una virtud que conviene ejercitar en las cosas
pequeñas, que en las grandes yo opino como Romeo, por boca de
Shakespeare.