Una nube de arena.--Cálculos.--El ojo del indio.--Segundo
parlamento.--Se avista el toldo de Mariano Rosas.--Frente á él.
La nube de arena que había llamado mi atención antes de empezar el
diálogo con Mora, se movía y avanzaba sobre nosotros, se alejaba,
giraba hacia el Poniente, luego hacia el Naciente, se achicaba, se
agrandaba, volvía á achicarse y á agrandarse, se levantaba, descendía,
volvía á levantarse y á descender; á veces tenía una forma, á veces
otra, ya era una masa esférica, ya una espiral, ora se condensaba,
ora se esparcía, se dilataba, se difundía, ora volvía á condensarse
haciéndose más visible, manteniendo el equilibrio sobre la columna de
aire hasta una inmensa altura, ya reflejaba unos colores, ya otros,
ya parecía el polvo de cien jinetes, ya el de potros alzados, unas
veces polvo levantado por las ráfagas de viento errantes, otras el
polvo de un rodeo de ganado vacuno que remolinea; creíamos acercarnos
al fenómeno y nos alejábamos, creíamos alejarnos y nos acercábamos,
creíamos descubrir visiblemente en su seno algunos objetos y nada
veíamos; creíamos juguetes de la óptica, la imagen de algo que se movía
velozmente de un lado á otro, de arriba á abajo, que iba y venía, que
de repente se detenía partiendo súbito luego; íbamos á llegar y no
llegábamos porque el terreno se doblaba en médanos abruptos, subíamos,
bajábamos, galopábamos, trotábamos con la imaginación sobreexcitada,
creyendo llegar en breve á una distancia que despejara la incógnita
de nuestra curiosidad; pero nada, la nube se apartaba del camino como
huyendo de nosotros, sin cesar sus variadas y caprichosas evoluciones,
burlando el ojo experto de los más prácticos, dando lugar á conjeturas
sin cuento, á apuestas y disputas infinitas.
Así seguíamos nuestro camino, derrotados por aquella nube extraña,
cuando divisamos en dirección á Leubucó unos polvos que momentáneamente
fijaron nuestra atención, apartándola de lo que la traía preocupada en
tan alto grado.
No tardamos en cerciorarnos de que los polvos eran de un grupo bastante
crecido de indios que al gran galope se dirigían hacia nosotros. Tienen
ellos un modo tan peculiar de andar por los campos que no era fácil
confundirlos con otra cosa.
Volvimos, pues, á fijar la vista en la nube aquella que nos había
ganado el flanco izquierdo y que ya afectaba un aspecto más conocido,
transparentando formas movibles de seres animados. En ese momento los
polvos se tendieron hacia el Oriente, formando un círculo inmenso y
como queriendo envolver dentro de él todo cuanto andaba por los campos.
Al mismo tiempo divisamos otros polvos en el rumbo que llevábamos y
oyéronse varias voces:
--¡Aquéllos andaban voleando!
--¡Aquéllos vienen para acá!
Mora me dijo: esos polvos, señor, que tenemos al frente, han de ser de
otro parlamento que viene á saludarlo.
Para mis adentros exclamé: ¡Si se acabarán algún día los cumplidos!
Caniupán me dijo: Ese comisión grande viniendo á topar.
--Bueno--le contesté, y señalándole á la izquierda, preguntéle:
--¿Qué es aquello?
El indio fijó sus ojos en el espacio, recorrió rápidamente el horizonte
y luego me contestó:
--Boleando guanacos.
Efectivamente, la nube que por tanto tiempo había preocupado nuestra
atención, estaba ya casi encima de nosotros envolviendo en sus entrañas
una masa enorme de guanacos que estrechada poco á poco por los
boleadores, venía á llevarnos por delante.
--¡Cuidado con las tropillas!--grité, y haciendo alto las rodeamos
porque la masa de guanacos podía arrebatarlas.
La tierra se estremecía como cuando la sacude el trueno, oíanse
alaridos en todas direcciones, sentíase un ruido sordo... la masa
enorme de guanacos rompiendo la resistencia del aire pasó como un
torbellino, dejándonos envueltos en tinieblas de arena. Detrás pasaron
los indios reboleando las boleadoras, convergiendo todos hacia el mismo
punto, que parecía ser una planicie que quedaba á nuestra derecha.
Cuando aquel aluvión de cuadrúpedos desfiló y disipándose las tinieblas
de arena, se hizo la luz, volvimos á ponernos al galope.
Según lo había calculado Mora, los polvos últimos que se avistaron eran
otro parlamento que venía.
Esta vez no fué un indio el que se destacó de él; destacáronse tres.
Al verles Caniupán destacó otros tres.
Cruzáronse éstos á cierta altura con los otros, hablaron no sé qué y
ambos grupos prosiguieron su camino.
Llegaron á nosotros los tres que venían, y después que hablaron con
Caniupán, díjome éste:
--Formando gente, hermano, ese comisión.
Hice alto, di mis órdenes y formamos en batalla cubriéndome la
retaguardia los indios de Caniupán.
Púsose éste á mi lado derecho y por indicación suya coloqué los dos
franciscanos á mi izquierda. Mora se puso detrás de mí.
Una vez formados nos pusimos al galope. Galopamos un rato, y cuando la
comisión que venía se dibujó claramente sobre una pequeña eminencia del
terreno, como á unos dos mil metros de nosotros, Caniupán me dijo:
--Ese comisión lindo, hermano, ahora no más topando.
--Cuando guste, hermano, topando no más.
Los que venían hicieron alto; regresaron los tres indios de Caniupán y
los otros tres volvieron á los suyos.
Caniupán me dijo:
--Poquito parando, hermano.
--Bueno, hermano--le contesté,--sujetando.
Destacó un indio sobre los que venían diciéndole no sé qué. Los otros
hicieron lo mismo.
Llegó el heraldo, habló con Caniupán y éste me dijo:
--Ahora topando, hermano.
--Cuando quiera topando, hermano.
Y esto diciendo nos pusimos al gran galope.
Los otros nos imitaron; venían formados en orden de batalla, haciendo
flamear tres grandes banderas coloradas, colocadas en largas cañas, que
ocupaban los extremos y el centro de la línea.
Marchamos así hasta quedar distantes unos de otros como cuatrocientos
metros.
Caniupán me dijo:
--Cerquita ya, topando.
--Topando--le contesté.
Él se lanzó á toda brida; yo le seguí, y los buenos franciscanos,
haciendo de tripas corazón, imitaron mi ejemplo.
Cuando íbamos materialmente á toparnos, sujetamos simultáneamente unos
y otros quedando distantes veinte pasos.
El que presidía el parlamento destacó su orador.
Caniupán destacó el suyo.
Colocáronse equidistantes de sus respectivos grupos, mirando el uno al
Oriente y el otro al Occidente, y comenzó el parlamento.
Duró lo bastante para fastidiar á un santo.
El orador que mandaba Mariano Rosas era un Cicerón de la Pampa.
Hablaba por los codos, prolongaba la última sílaba de la palabra final,
como si su garganta fuera un instrumento de viento, y tenía el arte de
hacer de una razón quince razones.
El orador que Caniupán nombró para que me representara, no le iba en
zaga.
Así fué que no me valió acortar mis contestaciones.
Mi representante se dió maña para multiplicar mis razones, tanto como
su interlocutor multiplicaba las suyas.
Mariano Rosas me mandaba decir:
Que se alegraba mucho de que fuera llegando á su toldo (1.ª razón).
Que cómo me había ido de viaje (2.ª razón).
Que si no había perdido algunos caballos (3.ª razón).
Que cómo estaba yo y todos mis jefes, oficiales y soldados (4.ª razón).
Á estas cuatro razones, yo contesté con otras cuatro.
Pero como el orador de Mariano hizo las suyas sesenta razones, el mío
hizo lo mismo con las mías.
Después que estos interesantes saludos pasaron, tuve que dar la mano á
todos. Eran unos ochenta; entre ellos habían muchos cristianos.
Á cada apretón de manos, á cada abrazo, me aturdían los oídos con
hurras y vítores.
Con los abrazos y los apretones de mano cesaron los alaridos.
Mezcláronse los indios que habían venido con los de Caniupán, y
formando un solo grupo y marchando todos en orden, proseguimos nuestro
camino, avistando á poco andar otros polvos.
--Ese, otro comisión--me dijo Caniupán, señalándomelos.
--Me alegro mucho--le contesté, diciendo interiormente:--á este paso no
llegaremos en todo el día á Leubucó.
Subíamos á la falda de un medanito, y Mora me dijo:
--Allí es Leubucó.
Miré en la dirección que me indicaba, y distinguí confusamente á la
orilla de un bosque los aduares del cacique general de las tribus
ranquelinas, las tolderías de Mariano Rosas.
Los polvos se acercaban velozmente. Llegó un indio; habló con Caniupán
y éste destacó otro. Después llegaron tres y Caniupán destacó igual
número. En seguida llegaron seis y Caniupán destacó seis también.
Así recibiendo y despachando mensajes y mensajeros, ganábamos terreno
rápidamente, de modo que no tardamos en avistar la nueva serie de
embajadores en cuyas garras íbamos á caer.
Caniupán me dijo:
--Ese comisión, lindo, grandote.
--Ya veo que es linda--le contesté.
Y tenía razón en lo de grandote, porque, en efecto, formaban un grupo
considerable.
Caniupán me dijo:
--Topando fuerte, hermano.
--Topando como guste--le contesté.
--Mandando hacer alto, hermano--agregó.
Hice alto.
--Formando gente, hermano--me dijo.
Llené sus indicaciones, y mi comitiva formó en batalla, poniéndome
yo con los frailes al frente en el orden de antes. Los indios de
Caniupán me cubrieron la retaguardia y los otros, haciendo dos alas, se
colocaron á derecha é izquierda de mí. Las tres banderas ocuparon el
centro de la línea que formábamos, como á veinte pasos á vanguardia.
Caniupán iba á mi lado.
Formados en esa disposición, rompimos la marcha al galope.
Los que venían avanzaban también al galope.
Oyéronse toques de corneta.
Caniupán me dijo:
--Ese comisión ahorita topando.
--Ya lo veo--le contesté.
Galopamos algunos minutos, hicimos alto viendo que los que venían se
habían parado, y después que hablaron con Caniupán, trayendo y llevando
mensajes varios indios, continuamos la marcha.
Á una indicación de corneta, Caniupán me dijo:
--Ahora topando ya, hermano.
Y como de costumbre, lanzóse á media rienda, dándome el ejemplo.
Esta vez íbamos á toparnos á todo correr en medio de una espantosa
algazara que hacían los indios golpeándose la boca abierta con la palma
de la mano.
El terreno salpicado de pequeños arbustos, blando y desigual, exponía
á todos á una tremenda rodada. No podíamos marchar en formación. Nos
desbandábamos y nos uníamos alternativamente. Los pobres frailes,
encomendando su alma á Dios, me seguían lo más cerca posible. Muchos
rodaron apretándolos enteros el caballo, y eran jinetes de primer
orden. ¡Sarcasmo de la vida! uno de los frailes rodó y salió parado.
Las dos comitivas avanzaban, íbamos materialmente á toparnos ya, cuando
á una indicación de corneta sujetaron los que venían y nosotros también.
Siguióse una escena igual á la anterior, entre dos oradores que se
ocuparon una media hora de mi salud y de mis caballos. Pero esta vez
todo fué soportable porque mientras los oradores multiplicaban sus
razones con elocuente encarnizamiento, yo conversaba con el capitán
Rivadavia que había salido á mi encuentro.
Este valiente y resuelto oficial, prudente y paciente, me representaba
hacía tres meses entre los indios.
Le abracé con efusión, y uno de los momentos más gratos de mi vida, ha
sido aquél. Quien haya alguna vez encontrado un compatriota, un amigo
en extranjera playa, ó en regiones apartadas y desconocidas, desiertas
é inhabitadas, después de haber expuesto su vida unas cuantas veces
podrá sólo comprender mis impresiones.
Terminados los saludos, que eran seis razones, las que fueron
convertidas en sesenta de una parte y otra, llegó el turno de los
abrazos y apretones de mano. Esta vez no hubo más alteración en el
ceremonial que toques de corneta. Di unos ciento y tantos abrazos
y apretones de mano; y cuando ya no me quedaba costilla, ni nervio
en la muñeca que no me doliera, comenzaron los alaridos de regocijo
y los vivas, atronando los aires. Todo el mundo, excepto mi gente,
se desparramó gritando, _escaramuceando_, _rayando_ los caballos,
ostentando el mérito de éstos y su destreza. Aquello era una verdadera
fiesta, una fantasía á lo árabe.
Así desparramados, dispersos, _jineteando_, marchamos un largo rato,
viendo darse de pechadas mortales á unos, rodar á otros, haciendo éstos
bailar los caballos, tirándose los unos al suelo en medio de la carrera
y subiendo ágiles, corriendo los unos de rodillas sobre el lomo de su
caballo y los otros de pie, en una palabra, haciendo cada cual alguna
pirueta.
Á un toque de corneta se reunieron todos y formamos como antes lo
expliqué, aumentando las alas los recién llegados.
Acababa de llegar un enviado de Mariano Rosas.
Su toldo estaba ahí cerca. Penetrar en él era cuestión de minutos, al
fin.
Regresó el mensajero y Caniupán me dijo:
--Caminando poquito, hermano--dicho lo cual recogió su caballo y se
puso al tranco.
Tuve que conformarme á su indicación. Recogí mi caballo é igualé el
paso del suyo.
Llegó otro mensajero de Mariano Rosas, habló con Caniupán, y después me
dijo éste:
--Parando, hermano.
Le habló á Mora en su lengua y éste me tradujo, que debíamos echar pie
á tierra y esperar órdenes.
El lector juzgará si había motivo para rabiar un rato.
Yo, que en esta excursión á los indios he aprendido una virtud que no
tenía, que por modestia callo, repito lo que antes he dicho: que no es
tan fácil penetrar en el toldo del señor General don Mariano Rosas,
como le llaman los suyos.