El amanecer.--Llegada de las cargas.--El marchado de la mula
Achauentrú en el Río 4.º.--Un almuerzo en el fogón.--Lo que
hicieron las chinas en cuanto se levantaron.--El cabo Mendoza y
Wenchenao.--Enojo fingido.--Se presentó Caniupán.
Al día siguiente amaneció la atmósfera turbia y atornasolada.
Las ondulaciones del terreno arenoso reverberando el sol, formaban
caprichosos mirajes, los objetos cercanos se divisaban lejos, creciendo
sus proporciones.
Veíanse en lontananza grandes lagunas de superficie plateada y quieta;
árboles colosales, que eran pequeños arbustos chamuscados por la
quemazón; potros alzados que _escarceaban_ y eran aves de rapiña, que
aleteando alzaban el polvo sutil.
Una nubecilla de color terroso pardusco, llamaba hacía rato la atención
de mi gente.
Yo estaba vacilando entre matar otra mula ó mandar á Crisóstomo comprar
una res, porque los choclos no bastaban para que almorzara toda mi
gente, cuando oí:
--¡Son indios!
--No, vienen muy despacio para ser indios.
--Son mulas.
--Deben ser las cargas.
La última frase sacándome de la indecisión en que estaba, me hizo
incorporar, ponerme de pie, echar la visual en dirección á los objetos
que ocasionaban la contradicción y llamar á Camilo Arias, que tiene la
vista de un lince, haciéndole una indicación con la mano:
--¿Á ver qué es aquello?
Camilo fijó en el horizonte sus brillantes ojos, cuya mirada hiere como
un dardo, y después de un instante de reflexión, con su aplomo habitual
y su aire de profunda certidumbre, me contestó:
--Son las cargas, señor.
--¿Estás cierto?
--Sí, mi Coronel.
--¡Arriba todos!--grité.--¡Á la leña todos! ¡Pronto, pronto un fogón
que ya llegan las cargas!
Los asistentes se pusieron en movimiento, desparramándose á todos los
vientos; y cuando cada cual regresaba con su carga, la nubecilla que
había ido avanzando sobre nosotros trasparentaba claramente, á la
vista del observador menos agudo, los tres hombres que quedaron atrás
y las cuatro cargas con los ornamentos sagrados pertenecientes á los
franciscanos, la hierba, el azúcar, las bebidas y otras menudencias
de poco valor, que eran los grandes presentes que yo destinaba á los
caciques principales.
Venían andando á ese paso de la mula que ni es tranco, ni es trote,
ni es galope; pero que es rápido, y que en la jerga de la lengua de
nuestra tierra, se llama _marchado_.
Es una especie de trote inglés, una especie de sobrepaso, que al jinete
le hace el efecto de que la mula, en lugar de caminar, se arrastra
culebreando.
Todos los aires de marcha, el tranco, el trote, el galope, son
cansadores, fatigan hasta postrar.
Sólo el _marchado_ no deshace el cuerpo, ni produce dolores en las
espaldas ni en la cintura, permitiendo dormir cómodamente sobre el
lomo del macho ó de la mula, como en veloz esquife que, rápido, hiende
las mansas aguas, dejando tras sí espumosa estela que, aunque parezca
macarrónico, compararé el rastro que deja en el suelo blando el híbrido
cuadrúpedo, cuya cola maniobra incesantemente á derecha é izquierda, á
manera de timón cuando se mueve.
Llegaron, pues, las suspiradas cargas, y mientras se puso todo en
tierra y se eligieron los pedazos de charque más gordos, se hizo un
gran fogón, colocando en él una olla para cocinar un _pucherete_ y
cocer el resto de choclos que quedaba.
Los padres se ocuparon en abrir sus baúles, en sacar los ornamentos
sagrados, que estaban húmedos, y en extenderlos con el mayor cuidado al
sol.
Con una parte de los presentes para los caciques hubo que hacer lo
mismo.
Las mulas se habían caído repetidas veces en los guadales del Cuero, y
todo se había mojado, á pesar de haber sido retobado en cuero fresco,
con la mayor prolijidad en el Fuerte Sarmiento.
Yo estaba contrariadísimo; ya sabía por experiencia cuán delicado
es el paladar de los indios, pues muchísimas veces se sentaron á mi
mesa en el Río 4.º, teniendo ocasión, al mismo tiempo, de admirar la
destreza con que esgrimían los utensilios gastronómicos, la cuchara y
el tenedor; lo bien que manejaban la punta del mantel para limpiarse la
boca, el perfecto equilibrio con que llevaban la copa rebosando de vino
á los labios.
Tengo muy presente un rasgo de buena crianza de Achauentrú, capitanejo
de Mariano Rosas.
Comía en mi mesa; el asistente que le servía le pasó la azucarera,
y como el indio viese que no tenía cuchara dentro, echó la vista al
platillo de su taza de café, y como viese que tampoco tenía cucharita
miró al soldado, y lo mismo que lo habría hecho el caballero más
cumplido, le dijo:
--¡Cuchara!
--Pronto, hombre, una cuchara para Achauentrú,--le grité yo, cambiando
miradas de inteligencia con todos los presentes como diciendo:
Positivamente, no es tan difícil civilizar á estos bárbaros.
Avisaron que el charqui estaba soasado y los choclos cocidos, pronto el
_pucherete_.
--Á comer--llamé.
Y sentándonos todos en rueda, comenzó el almuerzo, ocupando las visitas
los asientos preferentes, que eran al lado de los franciscanos y de mí.
Las dos chinas estaban hermosísimas, su tez brillaba como bronce
bruñido; sus largas trenzas negras como el ébano y adornadas de cintas
pampas les caían graciosamente sobre las espaldas; sus dientes cortos,
iguales y limpios por naturaleza, parecían de marfil; sus manecitas de
dedos cortos, torneados y afilados; sus piececitos con las uñas muy
recortadas, estaban perfectamente aseados.
Esa mañana, en cuanto salió el sol, se habían ido á la costa de la
laguna, se habían dado un corto baño, y recatándose un tanto de
nosotros, se habían pintado las mejillas y el labio inferior, con
carmín que les llevan los chilenos, vendiéndoselos á precio de oro.
María, la cuñada de Villarreal, más coqueta que su hermana la casada,
se había puesto lunarcitos negros, adorno muy favorito de las chinas.
Para el efecto hacen una especie de tinta de un barro que sacan de la
orilla de ciertas lagunas, barro de color plomizo, bastante compacto,
como para cortarlo en panes y secarlo así al sol, ó dándole la forma de
un bollo.
El charqui estaba sabrosísimo--á buena gana no hay pan duro, dice el
adagio viejo,--el _pucherete_ suculento; los choclos dulces y tiernos
como melcocha.
Los cristianos comimos bien; Villarreal y las chinas se saturaron con
aguardiente.
Villarreal lo hizo hasta _caldearse_, término que, entre los indios,
equivale á lo que en castellano castizo significa ponerse calamucano.
Llegó el turno del mate de café, no teniendo otro postre, y habiéndome
apercibido de que nos rondaban algunos indios, recién llegados, los
llamé, los convidé á tomar asiento en nuestra rueda y les di unos
buenos tragos del alcohólico anisado.
Hice acuerdos en ese momento de que no me había informado del cabo
conductor de las cargas, de las novedades del camino; y que aquél no
habiendo sido interrogado, nada me había dicho al respecto.
Rumiaba si le llamaría ó no en el acto, cuando ciertas palabras
cambiadas entre mis ayudantes me hicieron colegir que algo curioso
había ocurrido.
Me resolví al interrogatorio, decidiendo incontinenti.
--¡Que llamen al cabo Mendoza!
--¡Mendoza! ¡Mendoza! lo llama el Coronel--oyóse.
Y acto continuo se presentó el cabo, cuadrándose militarmente.
--Y, ¿cómo ha ido por el camino?--le pregunté.
--Medio mal, mi Coronel--me contestó.
--¿Por qué no me habías dicho nada?
--Porque usía no me preguntó nada.
--Yo creía que no hubiera habido novedad, y tú debías haber pedido la
venia para hablarme.
El cabo agachó la cabeza y no contestó.
--Bueno, pues, cuéntame lo que te ha sucedido.
--Señor, cuando íbamos llegando á un charco que está _allicito_ no
más, cerca del médano de la Verde, me salió un indio malazo, con cuatro
más diciéndome:
--Ese soy Wenchenao, ese mi toldo, esa mi tierra. ¿Con permiso de quién
pasando?
--Voy con el Coronel Mansilla.
--Ese Coronel Mansilla, ¿con permiso de quién pisando mi tierra?
--Eso no sé yo, amigo, déjeme seguir mi camino.
Los indios nos ponían las lanzas en el pecho y las hincaban á las mulas
en el anca para hacerlas disparar.
--No siguiendo camino sino pagando.
--¿Y qué quiere que le pague, amigo? ¿no ve que lo que llevamos es para
el cacique Mariano?
--Entonces dando, mejor. Mariano teniendo mucho; padre Burela viniendo
con mucho aguardiente.
Mientras estábamos en esa conversación, mi Coronel, uno de los indios
descargó una mula, y llegaron unas chinas con unas pavas, las llenaron
bien, echaron bastante azúcar, tabaco y papel en un poncho y se fueron.
Wenchenao nos dijo entonces:
--Bueno, amigo, siguiendo camino no más, pero dando camisa, pañuelo,
calzoncillo.
Y hasta que no le dimos algo de eso, no nos quitaron las lanzas del
pecho, ni nos dejaron pasar.
--Pues has hecho buena hazaña--le dije.--¿Conque tres hombres se han
dejado saquear por unos cuantos indios rotosos?
--¿Y qué habíamos de hacer, mi Coronel?--contestó,--que por hacer pata
ancha, nos hubieran quitado todo.
--Tienes razón--le dije;--retírate.
Dió media vuelta, hizo la venia y se alejó.
Aprovechando la presencia de Villarreal y de los otros indios, simulé
el mayor enojo é indignación; me levanté de la rueda del fogón;
paseándome de arriba abajo exclamaba á cada rato:
--¡Pícaros! ¡ladrones!--rellenando estas palabras con imprecaciones por
el estilo de ésta: ¡Ojalá me hagan algo á mí, para que se los lleve el
diablo!
Los indios, sin excepción alguna, me oían fulminar rayos y centellas
contra ellos, sin decir una palabra, sin moverse siquiera de su lugar.
Sólo cuando parecí calmado,--Villarreal medio entre San Juan y Mendoza,
valiéndome de la metáfora de la tierra, se levantó y viniendo á mí con
paso vacilante y aire receloso, me dijo:
--Tenga paciencia, mi Coronel.
--¿Qué paciencia quiere que tenga con esta canalla?--le contesté.
Siguió rogándome que me calmara, y yo contestando, y, después de
escucharle una larga explicación sobre cómo eran los indios, la
diferencia que había entre uno trabajador y uno ladrón, nos quedamos
muy amigos.
Hecha la comedia pedí más aguardiente, y volví á convidar á los indios
del fogón.
Por supuesto que la señora Villarreal y su hermana no dejaron de
dirigirme algunas exhortaciones amables, que finalizaban todas con esta
frase: tenga paciencia, señor.
Viendo que los huéspedes se iban _caldeando_, creí oportuno hacer cesar
las libaciones.
--Dando, dando más, Coronel--me decían varios á la vez,--ya caldeados,
queriendo rematar.
No hubo tutía.
Viéndome firme, fueron despejando el campo uno tras de otro.
Villarreal y sus chinas ni pidieron los caballos para retirarse.
Me daban un solo sobre el modo de tratar á los indios, sobre las
relevantes prendas del carácter de Ramón, su cacique inmediato, en los
momentos que se presentó un precursor de Caniupán, diciéndome que éste
no tardaría en llegar; que en Leubucó se hacían grandes preparativos
para recibirme, ponderando con tales aspavientos la indiada que se
había reunido, los cohetes que se quemarían, que era cosa de chuparse
los dedos de gusto, pensando en la imperial recepción que me aguardaba.
Presentóse por fin Caniupán con unos cuarenta individuos vestidos de
parada, es decir, montando briosos corceles, enjaezados con todo el
lujo pampeano, con grandes testeras, coleras, petrales, estribos y
cabezadas de plata, todo ello de gusto chileno.
Los jinetes se habían puesto sus mejores ponchos y sombreros, llevando
algunos bota fuerte, otros de potro y muchos la espuela sobre el pie
pelado.
Levanté campamento; me despedí de las visitas, y escoltado por
Caniupán, tomé el camino de Leubucó.
Mañana haré mi entrada triunfal allí.