Historia de Crisóstomo.--Quiénes eran los bultos colorados.--El indio
Villarreal y su familia.--De noche.
Tomó la palabra Crisóstomo, y dijo:
--Mi Coronel, el hombre ha nacido para trabajar como el buey y padecer
toda la vida.
Este introito en labios de un hombre inculto llamó la atención de los
interlocutores.
Me acomodé lo mejor que pude en el suelo para escucharle con atención,
convencido de que los dramas reales tienen más mérito que las novelas
de la imaginación.
La otra noche se lo decía yo á Behetti, rogándole me hiciera el
sacrificio de ciento cincuenta varas, vulgo, me acompañara una cuadra.
La historia de cualquier hombre de ésos que nos estorba el paso, es
más complicada é interesante que muchos romances ideales que todos los
días leemos con avidez; así como hay más chiste y más gracia circulando
en este momento en el más humilde café, que en esos libros forrados en
marroquín dorado, con que especula el ingenio humano.
Behetti convino conmigo, y me hizo este cumplimiento:
--Usted es célebre por sus dichos.
--Y por mis desgracias, como sir Walterio Raleigh--le
contesté,--diciendo para mi capote:
--Así es el mundo, trabajamos por hacernos célebres en una cuerda y lo
conseguimos por el lado del ridículo.
¡Nos cuesta tanto conocernos!
Crisóstomo continuó:
--Yo vivía en la calle del cerro de Intiguasi.
Este cerro está cerca de Achiras, y su nombre significa en quichua,
si no ando desmemoriado en mis recuerdos etnográficos y filográficos,
_casa del sol_. Diéronselo los incas en una de sus famosas expediciones
por la parte oriental de la Cordillera. _Inti_, quiere decir sol, y
_guasi_ casa.
--Vivía con mis padres, cuidando unas manadas, una majada de ovejas
pampas y otra de cabras.
También hacíamos quesos. No nos iba tan mal. Hubo una patriada, en la
que salieron corridos los _colorados_ con quienes yo me fuí, porque
me arrió don Felipe--se refería á Saa,--anduve á monte mucho tiempo
por San Luis, y cuando las cosas se sosegaron, me volví á mi casa. Los
colorados nos habían saqueado. Los pobres siempre se embroman. Cuando
no son unos, son otros los que les caen. Por eso nunca adelantamos.
Seguimos trabajando y aumentando lo poco que nos había quedado hasta
que me desgracié...
Aquí frunció el ceño Crisóstomo, y un tinte de melancolía sombreó su
cobriza tez, quemada por el aire y el sol.
--¿Y cómo fué eso?--le pregunté.
--¡Las mujeres! ¡las mujeres, señor! que no sirven sino para
perjuicio--repuso.
--¿Y ahora no tienes mujer?
--Sí tengo.
--¿Y cómo hablas tan mal de ellas?
--Es que así es el hombre, mi Coronel: vive quejándose de lo que le
gusta más.
--Bueno, prosigue--le dije, y Crisóstomo tomó el hilo de su narración,
que ya había predispuesto á todos en su favor, despertando fuertemente
la curiosidad.
Cerca de casa vivía otra familia pobre. Éramos muy amigos; todos los
días nos veíamos.
Tenía una hija muy donosa. Se llamaba Inés. Por las tardes cuando
recogíamos las majadas, nos encontrábamos en el arroyo, que nace de
arriba del cerro. Y como la moza me gustaba, yo le tiraba la lengua y
nos quedábamos mucho rato conversando. Un día le dije que la quería,
que si ella me quería á mí. Me contestó callada que sí.
--¿Y cómo es eso de contestar callada?
--Bueno, mi Coronel, yo le conocí en la cara que puso, que me quería.
--¿Y después?
--Seguimos viéndonos todos los días, saliendo lo más temprano que
podíamos á recoger para poder platicar con _holgura_.
Nos sentábamos juntitos en la orilla del arroyo, en un lugar donde
había unos sauces muy lindos; nos tomábamos las manos y así nos
quedábamos horas enteras viendo correr el agua. Un día le pregunté
si quería que nos casáramos. No me contestó, dió un suspiro, se le
saltaron las lágrimas, lloró y me hizo llorar.
--¿Á ti?
--Á mí, pues, señor--contestó Crisóstomo, mirándome con un aire que
parecía decir: ¿acaso no puedo llorar yo, porque vivo entre los indios?
Sentí el reproche y le contesté: no te había entendido bien, sigue.
Prosiguió.
--Lo que se me pasó la tristeza le pregunté por qué lloraba, y me
contó que su padre quería casarla con un tal Zárate, que era tropero y
hombre hacendado; y que la noche antes ya le había dicho que si andaba
en muchas conversaciones conmigo le había de pegar unos buenos. Con la
conversación, no nos fijamos en que había llegado la oración, sin haber
recogido las majadas. Salimos juntos á campearlas. Nos tomó la noche,
se puso muy obscuro, estaba por llover y nos perdimos, pasando toda la
noche en el campo.
* * * * *
Al día siguiente, Inés no vino al arroyo.
Yo fuí á su casa, el padre me recibió mal; quiso pelearme.
Inés estaba en el rancho y me miraba diciéndome con unos ojos muy
tristes, que no le contestara á su padre y que me fuera. Le obedecí.
El viejo me insultó mucho, hasta que me perdí de vista, sufrí y no
le contesté. Á la noche vino la vieja y se pelearon con mi madre. Yo
escuché todo de afuera. Más tarde, lo que nos quedamos solos, le conté
á mi madre lo que me había pasado.
* * * * *
La pobre me quería mucho, me trató mal, lloró y por último me perdonó.
Pasaron varias lunas sin verse las familias.
Una noche ladraron los perros. Salí á ver qué era, y era una vecina que
iba á casa de Inés, donde estaban muy apurados.
Á los pocos días Inés se casó con Zárate y estuvieron de baile y
beberaje en la casa. Para esto yo ya sabía lo que le había pasado á
Inés, la noche que ladraron los perros, porque la vecina que era muy
buena mujer me lo había contado, preguntándome: ¿de quién será la
hijita que ha tenido la Inés? Me dió mucha rabia oir los cohetes del
casorio que se había hecho en la capilla de San Bartolo, que está
contrita de la sierra. Me fuí á la casa. Pedí mi hija.
Me gritaron: ¡borracho!
Hice un desparramo y salí hachado. Estuve mucho tiempo enfermo. Sané,
busqué mi hija--no la hallé.--Yo la quería muchísimo, no la había visto
nunca. Una tarde sabiendo que la casa estaba sola, me fuí á ver si la
hallaba á Inés. La hallé. Me recibió como si no me conociera. Le pedí
mi hija y me contestó--¡que estaba borracho!--La hice acordar de la
noche en que nos perdimos; me contestó--¡borracho!--Lloré no sé de qué;
me echó de la casa llamándome--¡borracho!--Le pegué una puñalada...
Y esto diciendo, Crisóstomo se quedó pensativo.
Nosotros nos quedamos aterrados.--Y ¿después?--dije yo, sacando á todos
del abismo de reflexiones en que los había sumido la última frase del
infortunado amante.
--Después--murmuró con amargura,--después he padecido mucho, mi Coronel.
--¿Qué hiciste?
--Me fuí á mi casa, le confesé á mi madre lo que había hecho, y á mi
padre también, me rogaron que me fuera para San Luis, me arreglaron
unas alforjas, tomé dos buenos caballos y me dirigí á Chaján. Pero al
pasar por el camino de los indios, me dió la tentación de rumbear al
Sud y me vine para acá.
--¿Y no has vuelto á ver tus padres, ó á Inés?
--Sí, mi Coronel, los he visto, varias veces que he ido á malón con
los indios, porque el que vive aquí tiene que hacer eso, si no, no
le dan de comer. Á Inés la cautivamos en una invasión con su marido
y sus padres. Por mí se salvó ella; lloró tanto y me rogó tanto que
la dejara, que la perdonara, que me dió lástima, estaba embarazada y
conseguí que la dejaran.
Al padre y la madre se los llevaron y los vendieron á los chilenos,
para una carga de bebida, que son dos barrilitos de aguardiente. Y he
oído decir que están en una estancia cerca de Mucum.
Y esto diciendo, Crisóstomo tomó resuello, como para seguir su
narración.
--¿Y has ido á _maloquear_ (invadir), muchas veces?
--Sí, mi Coronel, ¡qué hemos de hacer! hay que buscarse la vida.
--¿Y tienes ganas de salir á los cristianos?
--Estoy casado con una china y tengo tres hijos--contestó, como
leyéndose en sus ojos que sí tenía ganas de salir á los cristianos;
pero que no lo haría sin su mujer y sus hijos.
Francamente, estos sentimientos paternales me hacían olvidar al hombre
que le diera la puñalada á Inés.
¡Qué abismos insondables de ternura y de fiereza oculta en sus
profundidades tempestuosas el corazón humano!
Me iba perdiendo en reflexiones, cuando se oyeron varias voces: ¡Ya
vienen cerca los bultos colorados!
--No te vayas, Crisóstomo--le dije, y levantándome fuí á posarme en un
mogote del terreno para ver mejor los bultos.
--Son dos chinas--dijeron unos.
--Y viene un indio con ellas--otros.
Los bultos se acercaban á media rienda.
Llegaron, saludaron cortésmente en castellano y preguntaron por el
Coronel Mansilla.
--Yo soy--les contesté,--echen pie á tierra.
El indio se apeó al punto. Las chinas recogieron el pretal de pintadas
cuentas que les sirve de estribo y bajaron del caballo con cierta
dificultad por la estrechez de la manía en que van envueltas.
Era el caballero Villarreal, hijo de india y de cristiano, casado con
la hermana de mi comadre Carmen, que me mandaba saludar y algunos
presentes,--choclos y sandías.
La segunda china era hermana de mi comadre y de la hermana de
Villarreal.
Es éste un hombre de regular estatura, de fisonomía dulce y expresiva,
embellecida por unos grandes ojos negros llenos de fuego. Vestía como
un gaucho lujoso. Habla bastante bien el castellano y se distingue
por la pulcritud de su persona. Su padre, cuyo apellido lleva, fué
vecino del Bragado. Tenía treinta y cinco años. Ha estado en Buenos
Aires en tiempo de Rosas, y conoce perfectamente las costumbres de los
cristianos decentes. La mujer es una china magnífica, que también ha
estado en Buenos Aires; me habló de Manuelita Rosas, tendrá treinta
años. Su hermana tendrá dieciocho, y era soltera. Ambas vestían con
lujo, llevando brazaletes de cuentas de muchos colores y de plata,
collares de oro y plata, el colorado _pilquén_ (la manta), prendida con
un hermoso alfiler de plata como de una cuarta de diámetro, aros en
forma de triángulo, muy grandes, y las piernas ceñidas á la altura del
tobillo con anchas ligas de cuentas.
La cuñada de Villarreal es muy bonita y vestida con miriñaque y otras
hierbas sería una _morocha_ como para dar dolor de cabeza á más de
cuatro. Vestía con menos recato que su hermana, pues, al levantar los
brazos, se veía la concavidad que forma el arranque del brazo cubierto
de vello y agrandándose los pliegues de la camisa descubrían parte del
seno.
Me entregaron los obsequios con mil disculpas de no haber traído más,
por la premura del tiempo y los apuros de mi comadre.
Les agradecí la fineza, hice que les acomodaran los caballos, les
invité á sentarse y entramos en conversación.
Al caer la tarde, les pregunté si venían con intención de pasar la
noche conmigo; me contestaron que sí, si no incomodaban.
Mandé que desensillaran los caballos, se puso en el asador el cordero
de Crisóstomo, y mientras se asaba, le pegamos al mate y al cominillo
de los franciscanos.
Anochecía cuando llegó un enviado de Mariano Rosas con el mensaje
consabido: ¿cómo está, cómo le va, no se han perdido caballos?
Contesté que no había habido novedad, y despedí al embajador lo más
pronto que pude, sin invitarle á que se apeara.
Á Crisóstomo, le rogué que pasara la noche conmigo; tenía mis razones
para querer conversar á _solas_ con él.
Se quedó.
Nos sentamos alrededor del fogón, cenamos hasta saciarnos con choclos,
que me parecieron bocado de cardenal, charlamos mucho, y, cuando ya fué
tarde, tendimos las camas y como en los buenos viejos tiempos de los
patriarcas, nos acostamos todos juntos, por decirlo así, teniendo por
cortinas el limpio y azulado cielo coronado de luces.
No hubo ninguna novedad. Dormimos á las mil maravillas. El hombre es un
animal de costumbres.
Conviene prevenir por la malicia del lector, que los franciscanos,
según estaba acordado, hicieron sus camas al lado de la mía.