Un cuerpo sano en alma sana.--El mate.--Un convidado de
piedra.--Pánico y desconfianzas de los indios.--Historias.--Un
mensajero de Caniupán.--Visitas.--En marcha.--Calcumuleu.--Nuevo
mensajero.--La noche.--Amonestaciones.--Primer regalo.--Unos bultos
colorados.
Los franciscanos, como de costumbre, habían hecho sus camas muy cerca
de mí.
Así dormíamos siempre.
Yo se los había recomendado.
La abnegación generosa de estos jóvenes misioneros; su paciente
conformidad en los peligros; su carácter afable, su porte siempre
comedido, sus mismas simpáticas fisonomías, todo, todo lo que
constituye la persona física y moral, inspiraba hacia ellos una fuerte
adhesión.
Se concibe, pues, que unido á estos sentimientos el deber que tenía de
cuidarlos, tratara de tenerlos constantemente á mi lado.
Cuerpo sano en alma sana es roncador.
Los reverendos roncaban á dúo, haciendo el padre Moisés de tenor y el
padre Marcos de bajo profundo.
Estuve tentado algunas veces de hacerles alguna broma, pero debían
estar tan fatigados, que habría sido imperdonable arrancarles á un
sueño que, si no era interesante, debía ser agradable y reparador.
No pude continuar durmiendo.
Me puse á soñar despierto, y después de hacer unos cuantos castillos en
el aire, llamé un asistente y le ordené que hiciera fuego.
Cuando la vislumbre del fogón me anunció que mis órdenes estaban
cumplidas, hube de levantarme.
Seguí _morrongueando_ y contemplando las estrellas que tachonaban el
firmamento, anunciando ya su trémula luz la proximidad del _rey del
día_, hasta que sentí hervir el agua.
Levantéme, sentéme al lado del fogón y mientras mi gente dormía
como unos bienaventurados, yo apuraba la caldera, junto con Carmen,
echándonos al coleto varios mates de café.
Carmen había salvado un poco de azúcar, felizmente; y á propósito de
esto, tuve que resignarme á escuchar su cariñoso reproche de que no
diera tanto, porque pronto nos quedaríamos sin cosa alguna.
Yo estaba distraído, viendo arder la leña, carbonizarse, volverse
ceniza, y desaparecer la materia, por decirlo así, cuando Carmen
exclamó:
--Ya viene el día.
--Pues despierta á Camilo--le dije,--que venga á tomar mate.
Dicho esto cambié de postura, me recosté sobre el brazo derecho y me
quedé dormitando un momento.
Los buenos días de Camilo me hicieron abrir los ojos, y enderezarme
perezosamente, haciendo con los brazos una especie de aleteo que duró
tanto cuanto mi boca se abrió y cerró para bostezar.
Al sentarse Camilo le oí decir: ¡Buen día, amigo! Y como la salutación
despertara en mí la curiosidad de saber á quién se dirigía, tendí
la vista alrededor del fogón y ví un indio rotoso, sin sombrero,
tiritando de frío, acurrucado como un mono al lado de la bolsa en que
Carmen tenía el azúcar, chupándose los dedos de la mano derecha y
metiendo la izquierda con disimulo en aquélla.
--¿Cómo va, hermano?--le dije.
--Bueno, hermano--contestó fingiendo un estremecimiento, y añadió,
llevando un puñado de azúcar á la boca:
--Mucho frío ese pobre indio.
Le hice dar un poncho calamaco que llevaba entre mis caronas.
Continué conversando, y supe que había pasado la mayor parte de la
noche cerca de nosotros; que su toldo estaba inmediato; que cuando
había vuelto á él, el día antes, después de haber andado con la gente
de Ramón, se había encontrado sin su familia, la que junto con otras
andaba huyendo por los montes, porque decían que los cristianos traían
un gran malón; que el indio Blanco que había llegado de Chile al mismo
tiempo que yo, era el autor de la mala nueva; que todos estaban muy
alarmados; que habían mandado tres grandes descubiertas para el Norte,
para el Naciente y para el Poniente, por los caminos del Cuero, del
Bagual y de las Tres Lagunas, cada una de cincuenta hombres, y que la
alarma duraría hasta que no viniese el parte sin novedad.
Era la confirmación de mis conjeturas.
--Quién sabe lo que va á suceder--decía yo para mis adentros,--si las
tales descubiertas avanzan demasiado sobre las fronteras de San Luis,
Córdoba y Sur de Santa Fe. Nada de extraño tiene que las sientan, que
las tomen por una invasión, que las fuerzas se muevan y salgan al Sur,
y que los descubridores traigan un parte falso.
Los franciscanos me sacaron de estas reflexiones dándome los buenos
días, y sentándose en la rueda del fogón que convidaba con sus hermosas
brasas.
Después de los padres se levantaron y ocuparon su puesto los oficiales,
y la conversación se hizo general, ponderando todos sin excepción
alguna, lo bien que habían dormido.
Los padres no necesitaban jurarlo.
El indio era muy ladino; nos entretuvo un rato contándonos una porción
de historias; entre ellas nos habló de un pariente suyo que había
vivido sin cabeza; de unos indios que diz que vivían en tierras muy
lejanas, que se alimentaban con sólo el vapor del puchero; de otros
que corren tan ligero como los avestruces, que tienen las pantorrillas
adelante pretendiendo hacernos creer que todo cuanto decía era verdad.
Yo no sé si él lo creía, pero parecía creerlo.
Varias veces le pregunté si él había visto esas cosas.
Me contestó que no, que su padre se las había contado.
Por supuesto, que éste tampoco las había visto; se las había contado el
abuelo de nuestro interlocutor.
¿Pero, qué tenía de extraño que un pobre indio creyese tales patrañas,
cuando uno de mis ayudantes, el mayor Lemlenyi, creía, porque se lo
había contado no sé qué chusco, que en Patagones hay unos indios que
tienen el rabo como de una cuarta, cuyos indios antes de sentarse en el
suelo, hacen un pocito con el dedo, ó con el mismo rabo, para meterlo
en él, y estar con más comodidad?
Las creederas de la humanidad suelen tener unas proporciones admirables.
Todo cabe dentro de ellas--la verdad lo mismo que la mentira.
Si me apurasen mucho, demostraría que es más común creer en la mentira
que en la verdad.
Machiavello dice que el que quiera engañar, encontrará siempre quien
se deje engañar, lo que prueba que, si no hay quien mienta más, no es
por la dificultad de encontrar quien crea, sino por la dificultad de
encontrar quien se resuelva á mentir.
Amaneció.
Me trajeron el parte de que en las tropillas no había novedad. En
cambio, la yegua que conservaba para comer había muerto envenenada por
un yuyo malo.
Íbamos á estar frescos si esa tarde no llegaban las cargas.
Cuando salía el sol, se presentó un mensajero de Caniupán, y después de
darme los buenos días con muchísima política, de preguntarme si había
dormido bien, si no había habido novedad, si no había perdido algunos
caballos, me notificó que el capitanejo vendría á visitarme al rato.
Devolví los saludos y contesté que estaba pronto.
El mensajero pidió cigarros, aguardiente, yerba, _achúcar_, _achúcar_,
se lo dieron y se marchó.
Poco á poco fueron llegando _visitantes_, ó mejor dicho curiosos,
porque no se bajaban del caballo, sino que, echados sobre el pescuezo,
se quedaban largo rato así mirándonos, y luego se marchaban, diciendo
algunas veces: Adiós, amigo; pidiendo otras un cigarro.
La visita anunciada llegó á las dos horas. Le acompañaban veintitantos
indios. Se apeó del caballo, después de saludar cortésmente, me dió
un mensaje de Mariano Rosas, y tomó asiento en el suelo, á mi lado,
pidiéndome con la mayor familiaridad un cigarro.
Arméselo, encendílo yo mismo, y se lo puse en la boca por decirlo así.
Mariano Rosas me invitaba á cambiar de campamento, á avanzar una legua;
y me pedía disculpas.
El comisionado le disculpaba por su cuenta confidencialmente,
diciéndome que estaba _achumado_ (ebrio).
Mandé tomar caballos y ensillar, y como el terreno era muy quebrado,
durante la operación se distrajeron los caballerizos y me robaron dos
pingos.
Se lo dije á Caniupán, manifestándole _con grosería_ que aquello
era mal hecho, que Mariano Rosas estaba en el deber de tomar á los
ladrones, para castigarlos y hacerles entregar mis caballos si no se
los habían comido. Y quise hacer aquella comedia de enojo, porque entre
bárbaros más vale pasar por brusco que por tonto.
Caniupán hizo la suya; me aseguró que los ladrones serían perseguidos,
tomados y castigados, pero él sabía perfectamente bien que nadie lo
había de hacer. Por supuesto que no lo hicieron. Perdí, pues, mis
caballos, quedándome sólo la satisfacción de haber refunfuñado un rato
con desahogo.
Avisáronme que todo estaba pronto para la marcha. Se lo previne á mi
conductor y nos pusimos en viaje.
Los indios no andan jamás al tranco cuando toman el camino.
Al entrar en el que debíamos seguir, me dijo Caniupán, poniéndose al
galope:
--Galope, amigo.
Yo, que no quería dejarme dominar ni en las cosas pequeñas, ni
contesté, ni galopé.
--Galope, galope, amigo--me gritó el indio.
Si yo hubiera estado prisionero, no me habría hecho tan mal efecto
aquella especie de imposición.
--No quiero galopar--le contesté.
Y como algunos de los míos que venían atrás, viendo el aire de la
marcha de los indios, llegasen galopando:
--¡Despacio! ¡despacio!--les grité.
Los indios se fueron adelante formando un grupo; los cristianos nos
quedamos atrás, formando otro.
Sujetaron ellos para esperarnos. Yo seguí al tranco, y al ponerme á su
altura piqué el caballo, le apliqué un fuerte rebencazo, y gritándoles
á los míos: ¡al galope! galopamos todos, y digo todos, hablando con
propiedad, porque también los indios galoparon poniéndose Caniupán á la
par mía.
El punto adonde nos dirigíamos era á la Laguna de Calcumuleu, que
quiere decir Agua en que viven brujas. Distaba una legua larga de
Aillancó y quedaba como á seiscientos metros de la orilla del monte de
Leubucó.
De consiguiente, poco demoramos en llegar.
El lugar no presenta ninguna particularidad. Es una lagunita como hay
muchas, reduciéndose su mérito á tener vertiente de agua potable casi
siempre. Sus bordes son bajos; estaban adornados de tal cual arbusto.
Al llegar, Caniupán me dijo:
--Aquí es donde dice Mariano que puede parar.
--Está bien--le contesté, haciendo alto, echando pie á tierra y
ordenando que acamparan.
El indio vió desensillar los caballos, sacar las tropillas á cierta
distancia para que comieran mejor, y cuando pareció no quedarle duda de
que allí no me movería, se despidió recomendándome unas cuantas veces
el mayor cuidado con los caballos y se fué, á Dios gracias, dejándome
en paz, pero no sin que quedaran por ahí dispersos, á manera de espías,
unos cuantos de los mismos que yo había visto llegar con él, hacía un
rato, á Aillancó.
Era hora de comer algo sólido. Se hizo fuego, se cebó mate, se intentó
hacer algunos asados, pero el charque había desaparecido. Fué menester
apretarse la barriga, y seguir dándole á la yerba y al café.
Todo el resto de ese día pasaron incesantemente indios, del Norte para
el Sur, del Sur para el Norte. Todos se detenían, se acercaban, nos
miraban y luego proseguían su camino.
Algunos conversaban largo rato con mi gente. Los franciscanos eran
siempre los más solícitos en dirigirles la palabra, y en ofrecerles un
trago de un botellón de cominillo, que no sé cómo no había volado ya.
Yo me propuse no hablar con nadie ese día, á no ser que viniera
exprofeso, mandado por alguien; así fué que me lo llevé paseando por la
costa de la laguna, leyendo á Beccaria á ratos, otras veces, un juicio
crítico sobre las obras de Platón, de ese filósofo inmortal á quien
podría tributársele el fanático homenaje de mandar quemar todo cuanto
se ha escrito sobre filosofía, desde sus días hasta la fecha, sin que
por eso las ciencias especulativas perdieran gran cosa.
Al caer la tarde, llegó un nuevo mensajero de Mariano Rosas, con una
retahila de preguntas y recomendaciones, que terminaban todas con esta
recomendación sacramental: que tenga mucho cuidado con los caballos.
Recibí y despedí secamente al mensajero, llamándome sobremanera la
atención no tener hasta ese instante noticia alguna del capitán
Rivadavia, que hacía dos meses se encontraba entre los indios con
motivo del tratado que desde el año pasado venía negociando yo con
ellos.
Llegó la noche; se hizo un gran fogón, nos comimos una mula de las más
gordas y algunos peludos, y repletos y contentos, se cantó, se contaron
cuentos y se durmió hasta el amanecer del siguiente día.
Iba amaneciendo cuando me desperté; llamé á Camilo Arias, y le pregunté
si había habido alguna novedad. Contestóme que no, aunque habíamos
estado rodeados de espías. Me incorporé en el blanco lecho de arena,
dirigí la visual á derecha é izquierda; á la espalda y al frente, y en
efecto, los que habían velado nuestro sueño estaban todavía por ahí.
Calentó el sol y empezaron á llegar visitantes y á incomodarnos con
pedidos de todo género, tanto que tuve que enfadarme cariñosamente con
mis ayudantes Rodríguez y Ozarowski, porque al paso que iban, pronto se
quedarían en calzoncillos.
--Bueno es dar--les dije,--mas es conveniente que estos bárbaros no
vayan á imaginarse que les damos por miedo.
Estaba haciéndoles estas prudentes observaciones sobre la regla de
conducta que debían observar, y como un indio me pidiera el pañuelo
de seda que tenía al cuello, aproveché la ocasión para despedirlo con
cajas destempladas.
Gruñó como un perro, refunfuñó perceptiblemente una desvergüenza,
añadiendo: cristiano malo, y se fué.
Al rato vino, con cinco más, un nuevo mensajero de Mariano Rosas.
Le recibí con mala cara.
--Manda decir el general que cómo está--me preguntó.
--Tirado en el campo, dígale--le contesté.
--Manda decir el general, que cómo le va--añadió.
--Dígale--repuse,--que busque una bruja de las que viven en estas
aguas que le conteste cómo le irá al que no teniendo qué comer se está
comiendo las mulas que necesita para volverse á su tierra.
--Manda decir el general--continuó,--si se le ofrece algo.
--Dígale al general--contesté, echando un voto tremendo,--que es un
bárbaro, que está desconfiando de un hombre de bien que se le entrega
desarmado, y que otro día ha de creer en algún pícaro de mala fe que
lo engañe.
El mensajero hizo un gesto de extrañeza al oir aquella contestación;
advirtiéndolo yo, agregué:
--Y dígaselo, no tenga miedo.
Dicho esto, le di la espalda, y viendo él que yo no tenía gana de
seguir conversando, recogió el caballo y se dispuso á partir. Mas en
ese momento llegó un grupo de indios del Norte, y mezclándose con
ellos, allí se quedaron hablando, según me dijo Mora después de que no
había novedad por el Cuero y que más allá no sabían.
Al rato, cuando ya se iban, uno de ellos fué á pasar por entre los dos
franciscanos que estaban descansando en el suelo, como á dos varas uno
de otro.
Gritéle con voz de trueno, saltando furioso sobre él para sofrenarle el
caballo y empuñando mi revólver, dispuesto á todo:
--¡Eh! ¡no sea bárbaro! ¡no me pise los padrecitos!
Y el hombre, que no había sido indio sino cristiano, sujetando de golpe
el caballo, casi en medio de los padres, contestó:
--Yo también sé.
--¿Y si sabes, pícaro, por qué pasas por ahí?
--No les iba á hacer nada--repuso.
--¡Conque no les ibas á hacer nada, bandido!
Calló, dió vuelta, les habló á los indios en su lengua, siguiéronle
éstos, y se alejaron todos, habiendo pasado los pobres padres por un
rato asaz amargo, pues creyeron hubiese habido una de pópulo bárbaro.
¡Extraños fenómenos del corazón humano!
Algunas horas después de esta escena, á la que nada notable se siguió,
ese mismo hombre tan duramente tratado por mí, se presentó diciéndome:
--Mi Coronel, aquí le traigo este cordero y estos choclos.
El hombre inculto había cedido, justo era que yo cediera á mi vez.
--Gracias, hijo--le contesté,--¿para qué te has incomodado? Apéate,
tomaremos un mate y me contarás tu vida.
Apeóse del caballo, maneólo, sentóse cerca de mí y después de algunas
palabras de comedimiento dirigidas á los franciscanos, nos contó su
historia.
En ese instante gritaron que se avistaban, saliendo del monte, unos
bultos colorados.
Ya sabremos lo que era.