El embajador del cacique Ramón y Bustos.--Desconfianza de
cacique.--Quién era Bustos.--Caniupán.--Otra vez el embajador
de Ramón y Bustos.--Un bofetón á tiempo.--_Mari purrá
wentru._--Recepción.--Retrato de Ramón.--Exigencias de Caniupán.--¡Lo
mando al diablo!--Conformidad.
Regresó el embajador de Ramón.
En lugar de dirigirse á mí, se dirigió á Bustos.
¿Qué le dijo? Ni lo supe, ni lo sé. Mi lenguaraz no tenía suficiente
libertad para hablar conmigo, porque, á más de pertenecer á las
tolderías de Ramón, cuyo cuñado estaba allí, á mi lado, rodeábannos muy
de cerca muchísimos indios, que atentos y curiosos, no apartaban sus
miradas de mí, como queriendo penetrar mis pensamientos.
Lo que no podía ocultárseme era que Bustos y el embajador no estaban
acordes. El primero se expresaba con verbosidad, con calor y
perceptible descontento.
Mora, aprovechando un instante de distracción de Bustos, me insinuó con
aire significativo que Ramón desconfiaba y que Bustos me defendía.
No me había engañado. El hombre había simpatizado conmigo. Ya tenía
un aliado. Traté, pues, de acabar de hacer su conquista, afectando
la mayor tranquilidad, disimulando que conocía las desconfianzas de
Ramón, y encontrando muy natural todo lo que hasta entonces había
pasado.
El embajador partió de nuevo, y Bustos y yo seguimos conversando,
dándome mala espina el que á cada rato me dijera, como queriendo
justificar el extraño proceder de Ramón, que con toda astucia y
disimulo me retenía en el camino:
--No tenga miedo, amigo.
--No, no hay cuidado, contestaba yo.
Y bajo la influencia de estas admoniciones, comencé á engendrar
sospechas, inclinándome á creer que había andado muy ligero al hacerme
la idea de que el hombre había simpatizado conmigo.
Estábamos platicando, habiéndome dicho que había nacido en el antiguo
Fuerte Federación, hoy Villa de Junín, que su madre fué india y su
padre un vecino de Rojas, de apellido Bustos, que en un tiempo fué
comandante de Guardia nacional. Mi comitiva, asediada por los indios,
que pedían cuanto sus ojos veían, repartía cigarros, hierba, fósforos,
pañuelos, camisas, calzoncillos, corbatas, todo lo que cada uno llevaba
encima y le era menos indispensable. De repente, sintióse un tropel,
y envueltos en remolinos de polvo, llegaron unos treinta indios,
sujetando los caballos tan encima de mí, que si hubieran dado un paso
más me habrían pisoteado.
Bustos no pudo prescindir de gritarles: ¡Eeeeeh!
Yo, sin moverme del sitio en que estaba, ni cambiar de postura,
fruncí el ceño y clavé la mirada en el que venía haciendo cabeza, que
encarándoseme y llevando la mano derecha al corazón, me dijo:
--¡Ese soy Caniupán! ¡Capitanejo Mariano Rosas! (y volviendo á
señalarse á sí propio) ¡Ese indio guapo!
Seguí mirándolo con torvo ceño.
Junto con las palabras ¡winca! ¡winca! se oyeron algunas otras
groseras, de calibre grueso.
Bustos me dijo:
--Montemos á caballo.
Lo tenía ahí cerca, y sin esperar otra insinuación, me levanté del
suelo y monté.
Mora me dijo, al hacerlo:
--Caniupán quiere hablar con usted, señor.
--Pues que hable lo que guste, dile.
Díjome por medio del lenguaraz:
Que Mariano Rosas mandaba saludarme con todos mis jefes y oficiales;
que sentía muchísimo no poder recibirme ese día como yo lo merecía;
que al día siguiente me recibiría; que tuviese á bien acampar donde me
encontraba.
Contestéle con la mayor política, resignándome á pasar la noche en
Aillancó, y viendo ya que todas aquellas dilaciones eran calculadas.
Mientras el capitanejo y yo hablábamos, varios indios, particularmente
uno chileno, nos interrumpían con sus gritos, echándome encima el
caballo y metiéndome, por decirlo así, las manos en la cara.
Hasta donde era posible me daba por no apercibido de estas
amabilidades, que llegaron á alarmarme seriamente, cuando vi que un
indio lo atropelló al Padre Marcos, pechándolo con el caballo, en medio
de un grito estentóreo, cariño que el reverendo franciscano recibió
con evangélica mansedumbre, á pesar de haber andado por las gavias, lo
mismo que su compañero, el Padre Moisés, que simultáneamente era objeto
de otra demostración por el estilo.
El indio chileno vociferaba algo que debían ser amenazas de muerte.
Bustos, que no se separaba de mi lado, volvió á decirme:
--No tenga miedo, amigo.
Le contesté, con tono áspero y fuerte:
--Usted me está fastidiando ya con su: No tenga miedo, amigo, y echando
un voto cambrónico, agregué:
--Dígame eso cuando me vea pálido.
Algunos indios que entendían el castellano, exclamaron á una: ¡Ese
coronel Mansilla, ese cristiano toro!
Caniupán me dijo con aire imperioso: Dame un caballo gordo para comer.
--¿Conque habías entendido la lengua?--le dije.
--Poquito--repuso el indio,--¿dando caballo?
--Sí... en eso estoy pensando.
El capitanejo iba á contestar, cuando el embajador de Ramón se presentó
por tercera vez.
Habló con Bustos, parando la oreja todos los indios que me rodeaban,
porque lo hacía con aire misterioso.
Bustos contestaba con monosílabos que me parecían significar solamente
sí y no. Dirigiéndose á los circunstantes, me dijo:
--Dice el cacique Ramón que usted no es el coronel Mansilla, que el
coronel vendrá atrás con la demás gente.
Lo llamé á Mora, y le dije:
--Vete al toldo de Ramón, asegúrale que yo soy el coronel Mansilla, que
mande algún indio de los que han estado en el Río 4.º á reconocerme y
quédate en rehenes.
Mora contestó.
--Le voy á decir que si lo engaño, me degüelle.
Y dirigiéndose á Bustos, al separarse de mi lado, añadió:
--Amigo, repáremelo al coronel, por si quiere conversar con alguno.
La resolución con que se separó Mora de mi lado, acompañado del
embajador, produjo un efecto inesperado en los indios. Cesaron sus
impertinencias, continuando, sin embargo, las de algunos cristianos.
Á uno de mis soldados se le fué la mano y le plantificó un bofetón al
más atrevido de ellos, diciéndole:
--¡Tomá, chachino pícaro!
El cristiano quiso hacer barullo, pero los otros colegas no le
ayudaron, y menos los indios.
El soldado era un diablo. Echó el bofetón á la risa, y esgrimiendo un
chifle de aguardiente, gritaba encarándose con los que le parecían más
capaces de una avería: Bebiendo, peñi (_peñi_ quiere decir _hermano_).
Por algunos indios sueltos que llegaron, supe que el cacique Ramón
no estaba en su toldo, sino que se hallaba allí cerca, dentro del
monte; que Mora ya estaba con él, que se hacían los preparativos para
recibirme.
Detrás de éstos llegó un propio, y después de hablar con Bustos, me
dijo éste:
--Amigo, haga formar su gente y dígame cuántos son.
Llamé al Mayor Lemlenyi, y le di mis órdenes.
Cumplidas éstas, le dije á Bustos:
--Somos cuatro oficiales, once soldados, dos frailes y yo.
--Bueno, amigo, déjelos así formados en ala como están.
Y dirigiéndose al propio, le dijo: entre otras cosas, _Maripurrá
wentru_, palabras que comprendí, y que querían decir _diez y ocho
hombres_.
Mientras mi gente permanecía formada, mis tropillas andaban solas. Yo
estaba con el Jesús en la boca, viendo la hora en que me dejaban con
los caballos montados.
Bustos despachó de regreso el propio.
Siguiendo sus insinuaciones al pie de la letra, primero, porque no
había otro remedio; segundo... Aquí se me viene á las mientes un cuento
de cierto personaje, que queriendo explicar por qué no había hecho una
cosa, dijo:
No lo hice--primero, porque no me dió la gana; segundo... Al oir esta
razón, uno de los presentes le interrumpió diciendo: Después de haber
oído lo primero, es excusado lo demás.
Iba á decir que siguiendo las insinuaciones de Bustos, me puse en
marcha con mi falange formada en ala, yendo yo al frente, entre los dos
frailes.
Anduvimos como unos dos mil metros en dirección al monte donde se
hallaba el cacique Ramón.
Llegó otro propio, habló con Bustos, y contramarchamos al punto de
partida.
Esta revolución se repitió dos veces más.
Como se hiciera fastidiosa, le dije á Bustos, sin disimular mi mal
humor.
--Amigo; ya me estoy cansando de que jueguen conmigo. Si sigue esta
farsa mando al diablo á todos y me vuelvo á mi tierra.
--Tenga paciencia--me dijo,--son las costumbres. Ramón es buen hombre,
ahora lo va á conocer. Lo que hay es que están contando su gente bien.
Oyéronse toques de corneta.
Era el cacique Ramón que salía del bosque, como con ciento cincuenta
indios.
Á unos mil metros de donde ya estaba formado en ala, el grupo hizo
alto; tocaron llamada, y se replegaron á él todos los otros que habían
quedado á mi espalda, excepto el de Caniupán, que formó en ala, como
cubriéndome la retaguardia.
Tocaron marcha, y formaron en batalla.
Serían como doscientos cincuenta. Un indio seguido de tres trompas
que tocaban á degüello recorría la línea de un extremo á otro en un
soberbio caballo picazo, proclamándola.
Era el cacique Ramón.
Llegaron dos indios y mi lenguaraz, diciéndome que avanzara. Y Bustos,
haciendo que los franciscanos me siguieran como á ocho pasos, se puso á
mi izquierda, diciéndome:
--Vamos.
Marchamos.
Llegamos á unos cien metros del centro de la línea de los indios, al
frente de la cual se hallaba el cacique teniendo un trompa á cada lado,
otro á retaguardia.
Caniupán me seguía como á doscientos metros.
Reinaba un profundo silencio.
Hicimos alto.
Oyóse un solo grito prolongado que hizo estremecer la tierra, y
conversando las dos alas de la línea que teníamos al frente, formaron
rápidamente un círculo, dentro del cual quedamos encerrados, viendo
brillar las dagas relucientes de las largas lanzas adornadas de
pintados penachos, como cuando amenazan una carga á fondo.
Mi sangre se heló...
Estos bárbaros van á sacrificarme--me dije.
Reaccioné de mi primera impresión, y mirando á los míos: Que nos maten
matando--les hice comprender con la elocuencia muda del silencio.
Aquel instante fué solemnísimo.
Otro grito prolongado volvió á hacer retemblar la tierra.
Las cornetas tocaron á degüello...
No hubo nada.
Lo miré á Bustos como diciéndole:
--¿De qué se trata?
--Un momento--contestó.
Tocaron marcha.
Bustos me dijo:
--Salude á los indios primero, amigo, después saludará al cacique.
Ya haciendo de _cicerone_, empezó la ceremonia por el primer indio del
ala izquierda que había cerrado el círculo.
Consistía ésta en un fuerte apretón de manos, y en un grito, en una
especie de hurrah dado por cada uno de los indios que iba saludando, en
medio de un coro de otros gritos que no se interrumpían, articulados
abriendo la boca y golpeándosela con la palma de la mano.
Los frailes, los pobres franciscanos, y todo el resto de mi comitiva
hacían lo mismo.
Aquello era una batahola infernal.
¡Imagínate, Santiago amigo, cómo estarían mis muñecas después de haber
dado unos doscientos cincuenta apretones de manos!
Terminado el saludo de la turbamulta, saludé al cacique, dándole un
apretón de manos y un abrazón que recibió con visible desconfianza
de una puñalada, pues, sacándome el cuerpo se echó sobre el anca del
caballo.
El abrazo fué saludado con gritos, dianas y vítores al coronel Mansilla.
Yo contesté.
--¡Viva el cacique Ramón! ¡Viva el Presidente de la República! ¡Vivan
los indios argentinos!
Y el círculo de jinetes y de lanzas se quebró en todas partes,
desparramándose los indios al son de las dianas que no cesaban,
haciendo molinetes con las lanzas, dándose de pechadas los unos á los
otros, cayendo aquí y levantándose allá, ostentando los más diestros
su habilidad, _rayando_ los corceles, hasta que jadeantes de fatiga les
corría el sudor como espuma.
Los gritos de regocijo se perdían por los aires.
El cacique Ramón y yo, rodeados de pedigüeños, tomamos el camino de
Aillancó.
Llegamos...
Extendiendo ponchos bajo los árboles y formando rueda, nos pusimos á
parlamentar entre mate y mate, entre trago y trago de aguardiente.
Hube de echar las entrañas por la boca.
No estaba en carácter, y no había más remedio que hacer bien mi papel.
Obsequié al cacique lo mejor que pude con lo poco que llevaba.
Tenía que armarle y encenderle yo mismo el cigarro, que probar primero
que él el mate y la bebida para inspirarle confianza plena.
El cacique Ramón es hijo de indio y de una cristiana de la Villa de la
Carlota.
Predomina en él el tipo de nuestra raza.
Es alto, fornido, tiene ojos pardos, cabello algo rubio, ancha frente y
habla muy ligero.
Es en extremo aseado.
Viste como un paisano rico.
Quiere bien á los cristianos, teniendo muchos en sus tolderías y varios
á su alrededor.
Tendrá cuarenta años.
Todo su aspecto es el de un hombre manso, y sólo en su mirada se
sorprende á veces como un resplandor de fiereza.
Es de oficio platero; siembra mucho todos los años, haciendo grandes
acopios para el invierno, y sus indios le imitan.
Su padre ha abdicado en él el gobierno de la tribu.
Charlamos duro y parejo.
Me agradeció con marcada expresión de sentimiento, todo cuanto había
hecho en el Río 4.º por su hermano Linconao, á quien con mis cuidados
salvé de las viruelas, preguntándome repetidas veces, si siempre vivía
en mi casa, que cuándo volvería á su tierra.
Contestéle que estuviera tranquilo, que su hermano quedaba muy
bien recomendado; que no le había traído conmigo porque estaba
convaleciente, muy débil y que el caballo le habría hecho daño.
Me instó encarecidamente, á visitarle en sus tolderías, ofreciéndome
presentarme su familia. Le prometí hacerlo de regreso, y nos separamos
ofreciéndome visita para el día siguiente.
Bustos se marchó con él, pidiéndome por supuesto una botellita de
aguardiente.
Le di la última que quedaba.
Mora se quedó á mi lado, diciéndome Ramón que le conservara tanto
cuanto le necesitara.
Apenas se alejaba Ramón, se presentó el capitanejo Caniupán,
insistiendo en que le diera un caballo gordo para comer.
El pedido tenía todo el aire de una imposición.
Me negué redondamente.
Insistió chocándome, y le contesté, que dónde había visto que un hombre
gaucho diera sus caballos; que los necesitaba para volverme á mi
tierra, que si se creía que me iba á quedar toda la vida en la suya.
Me dijo algo picante.
Lo mandé al diablo.
Los que le seguían murmuraron algo que podía traer un conflicto.
Creí prudente aflojar un poco la cuerda, y como haciendo una
transacción, ordené con muy mal modo le dieran una yegua.
Llevaba dos gordas para cuando se nos acabara el charque, lo que
probablemente sucedería esa noche, si teníamos muchos huéspedes.
Le entregaron la yegua, la carnearon en un santiamén y se la comieron
cruda, chupando hasta la sangre caliente del suelo.
En el sitio del banquete no quedaron más residuos que las panzas, en
las que se cebaron después algunos caranchos famélicos.
La tarde se acercaba y las visitas raleaban.
Llegó un hijo de Mariano Rosas, con unos cuantos. Mandábame saludar
nuevamente su padre; quería saber cómo me había ido; recomendarme sobre
todo, en todos los tonos _tuviera mucho cuidado con los caballos_.
Contesté secamente.
Marchóse el mensajero, se puso el sol, acomodáronse los caballos
teniéndolos á _ronda cerrada_, se recogió bastante leña, se hizo un
fogón, nos pusimos en torno, circuló el mate y comenzó la charla.
Discurriendo sobre lo que había pasado durante el día, cambiando ideas
con Mora, no me quedó duda de que los indios temían un lazo. Iban, por
consiguiente, á hacerme demorar en el camino con pretextos, hasta que
regresasen sus descubiertas y se aseguraran y persuadieran de que tras
de mí no venían fuerzas.
No debía impacientarme.
¡Gran virtud es la conformidad! Me resigné á mi suerte. Filosofábamos
con los frailes; y como Dios es inmensamente bueno, nos inspiró
confianza, y concediéndonos un sueño reparador, nos permitió dormir en
el suelo desigual, lo mismo que en un lecho de plumas y rosas.