XV

La Laguna Verde.--Sorpresa.--Inspiraciones del

gaucho.--Encuentros.--Grupos de indios.--Sus caballos y

trajes.--Bustos.--Amenazas.--Resolución.

Después que me bañé, que comieron, descansaron y se refrescaron las

cabalgaduras en las profundas aguas de _La Verde_, mandé ensillar, y

continuó la marcha.

Estábamos tan cerca ya de Leubucó, que era en verdad sorprendente no se

hiciera ver ningún indio.

Angelito y el cabo Guzmán, debían estar á esas horas descansando en el

toldo del cacique Mariano Rosas, y éste prevenido de que yo llegaría de

un momento á otro.

Íbamos con mi lenguaraz haciendo conjeturas y atravesando siempre

un terreno guadaloso, sumamente pesado, tanto que los caballos no

resistían al trote, cuando al coronar los últimos pliegues de la

sucesión de médanos que forman el gran médano de _La Verde_, divisamos,

viniendo al galope, un indio armado de lanza.

Mi lenguaraz se alarmó... lo conocí en cierta expresión de sorpresa que

vagó por su cara.

--¿Qué hay, le dije, que te llama así la atención?

--Señor--repuso,--los indios no tienen costumbre de andar armados en

Tierra Adentro.

--¿Y qué será?

Se encogió de hombros, vaciló un instante y por fin contestó:

--Deben estar asustados.

--¿Pero asustados de qué, cuando le he escrito á Mariano, y tú mismo le

has traducido y explicado bien á Angelito mi mensaje para Ramón, para

él y Baigorrita?

--¡Ah! señor, los indios son muy desconfiados.

El indio avanzaba hacia nosotros, haciendo molinetes con su larga

lanza, adornada de un gran penacho encarnado de plumas de flamenco.

Tuve la intención de detenerme. Pero en la disyuntiva de que el indio

creyera que lo hacía por recelo de él, y aumentar sus sospechas, si

venía á reconocerme, preferí lo último, aun exponiéndome á que por no

dejarlo acercarse bastante, no me reconociera bien.

Entre asustarse y asustar, la elección no es nunca dudosa. Un gran

capitán ha dicho, que una batalla son dos ejércitos que se encuentran

y quieren meterse miedo. En efecto, las batallas se ganan, no por el

número de los que mueren gloriosamente, luchando como bravos, sino por

el número de los que huyen ó pierden toda iniciativa, aterrorizados por

el estruendo del cañón, por el silbido de las balas, por el choque de

las relucientes armas y el espectáculo imponente de la sangre, de los

heridos y de los cadáveres.

El indio sujetó su caballo, y con la destreza de un acróbata se puso de

pie sobre él, sirviéndole de apoyo la lanza.

Venía del Sur. Ése era mi rumbo. Seguí avanzando, aunque acortando algo

el paso.

El indio continuó inmóvil.

Estaríamos como á tiro de fusil de él, cuando cayendo á plomo sobre

el lomo de su caballo, partió á toda rienda en mi dirección, pero

visiblemente con el intento de que no nos encontráramos.

Hay aptitudes que no pueden explicarse; sólo la práctica da el

conocimiento de ellas: es una especie de adivinación.

Nuestros paisanos tienen á este respecto inspiraciones que pasman.

Á mí me ha sucedido ir por los campos, y decirme Camilo Arias: allí

debe haber animales alzados y han de ser baguales, por el modo como

corre ese venado, y en efecto, no tardar muchos minutos en descubrir

los ariscos animales, flotando al viento sus largas crines y corriendo

impetuosos. ¡Qué hermoso es un potro visto así en los campos!

Destaqué mi lenguaraz sobre el indio, sin detenerme, con la orden de

que lo hiciera venir á mí.

Como ni el indio ni yo nos detuviéramos, llegamos á encontrarnos á la

misma altura, pero en distintas direcciones. Hubiérase dicho que nos

habíamos pasado la palabra, al vernos hacer alto simultáneamente.

Mi lenguaraz se puso al habla con el indio. Habló un momento con él, y

volvió diciéndome que quería reconocerme.

Piqué mi caballo, y ordenándole á mi gente que nadie me siguiese,

partí á media rienda sobre el indio, que me esperaba con el caballo

recogido y la lanza enristrada. Á los veinte pasos de él, sujeté,

diciéndole: buenos días, amigo. ¡Buenos días!--contestó.--Cambiamos

algunas palabras más, por medio del lenguaraz, tendientes todas á

tranquilizarlo, y él dió vuelta rumbiando al Sur á todo escape, y yo,

reuniéndome con mi gente, seguí ganando terreno paso á paso.

Mora, mi lenguaraz, parecía de mal talante, y, en efecto, lo estaba,

pues habiéndole interrogado, me manifestó las más serias inquietudes.

Hablábamos de las leguas que todavía teníamos que hacer para llegar á

Leubucó, discurriendo sobre si seguiríamos por el camino de Cerrilobo,

que pasa por los toldos del cacique Ramón, ó por el de la derecha,

que pasa por la lagunita del Calcumuleu, que debíamos encontrar por

momentos, cuando avistamos dos indios ocultos en un pliegue del terreno.

No podía saber si alguno de ellos era el mismo con quien acababa de

hablar.

Le consulté á Mora.

Fijó su vista, observó un instante, y contestó con aplomo:

--Son otros, el pelo del caballo del primero era gateado.

Los dos indios avanzaron sobre mí resueltamente.

Como el anterior, venían armados.

No tardamos en estar muy cerca.

Éstos no trataban, como el primero, de buscarme el flanco.

--¡Vienen á toparnos!--decía Mora,--¡vienen á toparnos! Y vienen en

buenos pingos.

--Pues vamos á toparlos, vamos á toparlos--agregaba yo, y esto

diciendo, castigué con fuerza el caballo, y ordenándole á mi gente que

no apuraran el paso, me lancé á escape.

Con la rapidez de relámpago nos hubiéramos topado, si unos y otros no

hubiéramos sujetado á unos cincuenta pasos, avanzando después poco á

poco, hasta quedar casi á tiro de lanzada.

--Buenos días, amigo, ¿cómo va?--les dije.

--Buenos días, ché amigo,--contestaron ellos.

Y como estuvieran con las lanzas enristradas, le observé á mi lenguaraz

se los hiciera notar, diciéndoles quien era yo, que iba de paces, y

que no traía más gente que la que se veía allí cerca.

Los indios recogieron las lanzas á la primera indicación de Mora, y

cuando éste acabó de hablarles, llamando especialmente su atención,

sobre que yo no llevaba armas, me insinuaron con un ademán el deseo de

darme la mano.

No vacilé un punto; piqué el caballo, me acerqué á ellos y nos dimos la

mano con verdadera cordialidad.

Les ofrecí cigarros, que aceptaron con marcada satisfacción, y

quedándome solo con ellos, hice que Mora fuese donde estaba mi gente,

en busca de un chifle de aguardiente.

Mientras fué y volvió, nos hicimos algunas preguntas sin importancia,

porque ni ellos entendían bien el castellano, ni yo podía hacerme

entender en lengua araucana.

Sin embargo, saqué en limpio que el cacique principal Mariano Rosas,

con otros caciques y muchos capitanejos estaban entregados á Baco;

el padre Burela había llegado el día antes de Mendoza, con un gran

cargamento de bebidas.

Volvió Mora, tomaron mis interlocutores unos buenos tragos, y

despidiéndose alegremente, siguieron ellos su camino que era la

dirección de las tolderías de Ramón, y yo el mío.

Mora seguía cabizbajo, á pesar del aire franco de los dos indios. No

las tenía todas consigo. ¡Quién sabe qué va á suceder!--decía á cada

paso, y luego murmuraba:--¡son tan desconfiados estos indios!

De cálculo en cálculo, de sospecha en sospecha, de esperanza en

esperanza, mi caravana se movía pesadamente, envuelta en una inmensa

nube de polvo.

Mora decía: Los indios van á creer que somos muchos.

Yo seguía tranquilo; un secreto presentimiento me decía que no había

peligro.

Hay situaciones en que la tranquilidad no puede ser el resultado de la

reflexión. Debe nacer del alma.

El campo se quebraba otra vez en médanos vestidos de pequeños arbustos,

espinillos, algarrobos y chañares.

Nos aproximábamos á una ceja de monte.

Todos, todos los que me acompañaban, paseaban la vista con avidez por

el horizonte, procurando descubrir algo.

Marchábamos en alas de la impaciencia, subiendo á la cumbre de los

médanos, descendiendo á sus bajíos guadalosos, esquivando los arbustos

espinosos, bajo los rayos del sol, que estaba en el cenit, alargándose

la distancia cada vez más, por ciertas equivocaciones de Mora, cuando

casi al mismo tiempo, varias voces exclamaron:--¡Indios! ¡indios!

En efecto, fijando la vista al frente y estando prevenida la

imaginación, descubrí varios pelotones de indios armados.

--Parémonos, señor--me dijo Mora.

--No, sigamos--repuse,--pueden creer que tenemos miedo, ó desconfiar.

Adelantémonos más bien.

Dejé mi comitiva atrás, aunque mi caballo iba bastante fatigado, y

apartándome del camino, que ya habíamos encontrado, y poniéndome al

galope, me dirigí al grupo más numeroso de indios.

Tendiendo la vista en ese momento á mi alrededor, vi que me hallaba

circulado de enemigos ó de curiosos. Poco iba á tardar en saber lo que

eran.

Vinieron á decirme que estábamos rodeados.

--Que avancen al tranco--contesté, y seguí al galope.

Rápidos como una exhalación, varios pelotones de indios estuvieron

encima de mí.

Es indescriptible el asombro que se pintaba en sus fisonomías.

Montaban todos caballos gordos y buenos. Vestían trajes lo más

caprichosos, los unos tenían sombrero, los otros la cabeza atada con

un pañuelo limpio ó sucio. Éstos, vinchas de tejido pampa, aquéllos,

ponchos, algunos, apenas se cubrían como nuestro primer padre Adán, con

una jerga; muchos estaban ebrios; la mayor parte tenían la cara pintada

de colorado, los pómulos y el labio inferior; todos hablaban al mismo

tiempo, resonando la palabra ¡winca! ¡winca! es decir: ¡cristiano!

¡cristiano! y tal cual desvergüenza, dicha en el mejor castellano del

mundo.

Yo fingía no entender nada.

¡Buen día, amigo!

Buen día, hermano, era toda mi elocuencia, mientras mi lenguaraz

apuraba la suya, explicando quién era yo, y el objeto de mi viaje.

Hubo un momento en que los indios me habían estrechado tan de cerca,

mirándome como un objeto raro, que no podía mover mi caballo. Algunos

me agarraban la manga del chaquetón que vestía, y como quien reconoce

por primera vez una cosa nunca vista, decían: ¡ese coronel Mansilla!

¡ese coronel Mansilla!

--Sí, sí, contestaba yo, y repartía cigarros á diestro y siniestro, y

hacía circular el chifle de aguardiente.

Notando que mi comitiva, siguiendo el camino, se alejaba demasiado de

mí, resolví terminar aquella escena. Se lo dije á Mora, habló éste,

y abriéndome calle los indios, marchamos todos juntos al galope, á

incorporarnos á mi gente.

Pronto formamos un solo grupo, y confundidos, indios y cristianos,

nos acercábamos á un medanito, al pie del cual hay un pequeño bosque.

Llámase Aillancó.

Mis oficiales y soldados no sabían qué hacerse con los indios--dábanles

cigarros, hierbas y tragos de aguardiente.

--_Achúcar_ (azúcar), pedían ellos. Pero el azúcar se había acabado, la

reserva venía en las cargas, y no había cómo complacerlos.

Nuevos grupos de indios llegaban unos tras otros.

Con cada uno de ellos tenía lugar una escena análoga á la que dejo

descripta, siendo remarcable las buenas disposiciones que denotaban

todos los indios y la mala voluntad de los cristianos cautivos ó

refugiados entre ellos. La afabilidad, por decirlo así, de los unos,

contrastaba singularmente con la desvergüenza de los otros. Cuando

ésta subió de punto, hablé fuerte, insulté groseramente, á mi vez,

y así conseguí imponerles respeto á aquellos desgraciados ó pillos,

á quienes, viéndonos casi desarmados, se les iba haciendo el campo

orégano.

Llegados á Aillancó, y como allí hay una lagunita de agua excelente,

hice alto, eché pie á tierra y mandé mudar caballos.

Mudando estábamos, cuando llegó un grupo de veintiséis indios,

encabezados por un hombre blanco, en mangas de camisa, de larga melena,

atada con una vincha; de aspecto varonil, un tanto antipático, montando

un magnífico caballo overo negro, perfectamente ensillado, con ricos

estribos de plata y chapeado, que haciendo sonar unas grandes espuelas,

también de plata, y blandiendo una larguísima lanza, y dirigiéndose á

mí, y sofrenando de golpe el caballo, me dijo: Yo soy Bustos.

--Me alegro de saberlo--le contesté con disimulada arrogancia.

--Soy cuñado del cacique Ramón--añadió, cruzando la pierna derecha

sobre el pescuezo de su caballo.

--Soy el coronel Mansilla--repuse, imitando su postura, y añadiendo:

¿cómo está el cacique Ramón?

Contestóme que estaba bueno, que mandaba saludarme con todos mis jefes

y oficiales, y á saber por qué razón habiendo llegado á sus tierras,

pasaba de largo por ellas.

Le dije, agradeciéndole el saludo: que no pasaba de largo por sus

tierras, callado la boca; que el día antes había adelantado al indio

Angelito y al cabo Guzmán con un mensaje.

Me dijo, que precisamente de ahí nacía la sorpresa de Ramón, que ellos

habían dicho que antes de llegar á las tolderías del cacique Mariano,

yo pasaría por las de Ramón.

Seguimos cambiando palabras sobre este tópico, y no tardé en

apercibirme de que el cacique Ramón hacía una mixtificación exprofeso

del mensaje que recibiera.

Ni el indio Angelito, ni el cabo Guzmán podían haberse equivocado. Era

sumamente difícil. Yo me aseguré antes de despacharlos de Coli-Mula de

que me habían entendido perfectamente bien.

Por otra parte, mi carta al cacique Mariano era terminante, y las

tolderías de éste no distan tanto de las de Ramón, como para que no

hubiera tenido tiempo de prevenirlo.

Mi diálogo con el _caballero Bustos_, se prolongó bastante, porque él

hablaba castellano lo mismo que yo.

Me avisaron que los caballos estaban prontos, preguntándome si quería

mudar el mío.

Contesté que sí, que me tomaran otro; y ofreciéndole á Bustos un

cigarro, eché pie á tierra, y convidándole á hacer lo mismo, le dije

que pensaba llegar en un rato al toldo de Mariano Rosas.

Mientras me mudaban el caballo, hice extender un poncho bajo de

un árbol, y sentados en él nos pusimos á platicar como dos viejos

conocidos.

Me trajeron el caballo, y cuando ponía el pie en el estribo,

despidiéndome de Bustos, á quien conocí le había caído en gracia,

llegaron simultáneamente por dos rumbos distintos dos grupos de indios.

El uno venía de los toldos de Ramón, y el otro de los toldos de Mariano.

El de Mariano lo encabezaba un capitanejo, hombre de malas pulgas, como

se verá después.

El otro, un indio cualquiera.

Mariano mandaba saludarme; Ramón á decirme que ya salía á encontrarme.

Despedí al primero con mis agradecimientos, y me dispuse á esperar á

Ramón.

Esperándolo estaba, conversando con Bustos, mi comitiva charlaba y

se entretenía con los demás indios y con unas chinas que acababan de

llegar enancadas de á tres, cuando fuimos acometidos por unos cuantos

indios, que, lanza en ristre, y viniendo hacia mí: gritaban _¡winca!

¡winca! ¡matando! ¡matando, winca!_

Eché una mirada á mi alrededor, y vi que mi gente estaba resuelta á

todo, y con disimulada irritación, le dije á Bustos: ¿Pensarán éstos

hacer alguna barbaridad?

Los bárbaros estaban ya encima. Hablóles Bustos y mi lenguaraz en su

lengua, y echándose sobre ellos las chinas, sin temor de ser pisoteadas

por los caballos, y asiéndose vigorosamente de sus lanzas, se las

arrancaron de las manos. Los indios bramaban de coraje. Felizmente, el

incidente no pasó de ahí.

Los augurios y temores de mi lenguaraz amenazaban confirmarse. Pero ya

estábamos en las astas del toro, y no era cosa de retroceder.

Volvió el _embajador_ del cacique Ramón.

¿Con qué embajada? Mañana lo sabrás.

Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1 · 第 20 / 49 题