XIV

Sueño fantástico.--En marcha.--Calixto Oyarzábal y sus cuentos.--Cómo

se busca de noche un camino en la Pampa.--Campamento.--Los primeros

toldos.--Se avistan chinas.--Algarrobo.--Indios.

Después que arreglé mi buena cabecera, me volví á quedar dormido, hasta

que Camilo, el exacto y valiente Camilo se acercó á mí y diciéndome al

oído: Mi Coronel, me despertó.

Tenía en ese momento un sueño que era como la perspectiva confusa del

pintado calidoscopio.

Estaba en dos puntos distantes al mismo tiempo, en el suelo y en el

aire. Yo era _yo_, y á la vez el soldado, el paisano ese, lleno de

amor y abnegación, cuya triste aventura acababa de ser relatada por

sus propios labios, con el acento inimitable de la verdad. Yo me

decía, discurriendo como él:--¡Qué ingrata y qué mala fué Petrona!--y

discurriendo como yo mismo,--Byron, tan calumniado, tiene razón: en

todo el clima el corazón de la mujer es tierra fértil en efectos

generosos; ellas, en cualquier circunstancia de la vida saben, como

la Samaritana, prodigar el óleo y el vino. De repente yo era Antonio,

el ladrón del padre de Petrona, ora el Juez celoso, ya el cabo Gómez,

resucitado en Tierra Adentro. En el instante mismo en que me desperté,

el desorden, la perturbación, la incompatibilidad de las imágenes del

delirio llegaban al colmo. Había vuelto á tomar el hilo del sueño

anterior--no sé si al lector le suele suceder esto,--y montado, no

ya en la mulita que se me escapara de la cabecera, sino en un enorme

gliptodón, que era yo mismo, y persistiendo mi espíritu en alcanzar la

visión de la gloria cabalgando reptiles, discurría por esos campos de

Dios murmurando:

«Dall'Alpi alle Piramide

Dall'Mansanare al Reno,

......................................

Dall'uno all'altro mare.»

Pronto estuvimos otra vez en camino con cabalgaduras frescas.

La noche tenía una majestad sombría; soplaba un vientecito del Sur y

hacía un poco de frío. Medio entumido como me había levantado de mi

gramíneo lecho, temí dormirme sobre el caballo, y era indispensable

tener muchísimo cuidado, pues, en cuanto salimos del descampado y

entramos de nuevo en el bosque, comenzaron á azotarnos sin piedad las

ramas de los árboles. La penumbra de la luna eclipsada á cada momento

por nubes cenicientas que corrían veloces por el vacío de los cielos,

hacía muy difícil apreciar la distancia de los objetos; así fué que

más de una vez apartamos ramas imaginarias y más de una vez recibimos

latigazos formidables en el instante mismo en que más lejos del peligro

nos creíamos.

¿No sucede en el sendero de la vida--de la política, de la milicia, del

comercio, del amor,--lo mismo que cuando en nublada noche atravesamos

las sendas de un monte tupido?

Cuando creemos llegar á la cumbre de la montaña con la piedra nos

derrumbamos á medio camino. Nos creemos al borde de la playa apetecida

y nos envuelve la vorágine irritada. Esperamos ansiosos la tierna y

amorosa confidencia y nos llega en perfumado y pérfido billete un

_¡olvidadme!_ Ofrecemos una puñalada, y somos capaces de humillarnos á

la primera mirada compasiva.

¡Cuán cierto es que el hombre no alcanza á ver más allá de sus narices!

Llamé, para no dormirme, á Francisco, mi lenguaraz, y de pregunta en

pregunta, llegué á asegurarme de que no tardaríamos muchas horas en

hallarnos entre las primeras tolderías.

Díjome que poco antes de llegar adonde íbamos á parar, se apartaban

varios caminos: que debíamos ir con mucho cuidado para no tomar uno

por otro; que él era baqueano, pero que podía perderse haciendo mucho

tiempo que no había andado por allí.

--Pues entonces no conversemos; no vayas á distraerte con la

conversación y nos extraviemos--le contesté.

Y esto diciendo, sujeté de golpe el caballo, esperé á que toda la

comitiva estuviese junta, y previne que de un momento á otro íbamos á

llegar adonde se apartaban varios caminos, no tardando en encontrarnos

entre las primeras tolderías; que tuvieran cuidado, que quien primero

notara otros caminos ó toldos, avisara.

Marchamos un rato en silencio, oíase de cuando en cuando el relincho de

los caballos, y constantemente el cencerreo de las madrinas.

De repente oyóse una carcajada.

Era Calixto, mi jocoso asistente, el revolucionario de marras, que,

según su costumbre, iba contando cuentos y que acababa de echarles á

los compañeros una mentira de á folio.

--¿Qué hay?--pregunté.

--Nada, mi Coronel--contestó Juan Díaz,--es Calixto que nos quiere

hacer comulgar con ruedas de carreta.

El muy mentiroso acababa de jurar, por todos los santos del cielo,

que una mujer de la Sierra había parido un fenómeno macho--así dijo

él,--con dos cabezas.

Hasta aquí el hecho no tenía nada de inverosímil. Lo gordo era que

Calixto agregaba. Que el muchacho--por no decir los muchachos,--tenía

los más extraños caprichos; que con una boca bebía leche de vaca y

con la otra de cabra; que con una decía sí y con otra no; que con una

lloraba y con la otra cantaba, armando mediante ese dualismo unas

disputas y camorras infernales, que eran muy entretenidas.

--Eres un gran embustero--le dije.

--Mi Coronel--contestó,--embustera será la gaceta en que yo lo he leído.

--¿Y en qué gaceta has leído eso?

--En un pedazo de gaceta en que me envolvieron días pasados una libra

de azúcar que me vendió don Pedro en el Fuerte Sarmiento. Allí lo

leímos en la cuadra del 7 de caballería; el amigo Carmen se ha de

acordar.

Y Carmen, otro de mis asistentes, dió testimonio del hecho, corrigiendo

solamente algunos detalles.

Á lo cual Calixto observó:

--Bueno, yo me habré olvidado de algo; pero _lo más es verdad_, es

verdad.

--¿Cómo, que eso ha sucedido en la Sierra, que es donde se consuman

todas las maravillas para un cordobés?

--De eso no me acuerdo bien.

--Padre Marcos, cuando lleguemos á Leubucó, confiéseme ese mentiroso.

--Con mucho gusto--contestó el buen franciscano, siempre dulce, atento

y amable en su trato.

Y cuando aquí llegábamos, una voz gritó:

--¡Acá va el camino!

Me detuve y conmigo todos los que me seguían de cerca; los demás fueron

llegando uno tras otro.

--Debemos estar por llegar--dijo Mora,--voy á ver, mi Coronel.

Esperé un rato.

Volvió diciendo que estaba muy obscuro, que no podía reconocer la

rastrillada más traqueada, que era la que debíamos tomar.

En efecto, un nubarrón parduzco eclipsaba totalmente la luna menguante

y las estrellas apenas despedían su vacilante luz, por entre la tenue

bruma que se levantaba en toda la redondez del horizonte.

Habíamos llegado á otro gran descampado, cuyos límites no se

columbraban por la obscuridad.

Ordené que cortaran paja.

Rápidos y ágiles se desmontaron los asistentes y obedecieron.

En un verbo tuvimos hermosas antorchas, y buscando al resplandor de

ellas el camino que debíamos seguir, no tardamos en hallarlo.

Iba por él el rastro de Angelito y del cabo Guzmán.

--Han pasado no hace mucho rato--afirmaron los rastreadores,--y van con

los caballos aplastados y sólo con el montado.

--Angelito va en el picazo--dijo uno.

--Ché, y el cabo Guzmán--agregó otro,--en el moro clinudo.

Tomamos el camino.

Debíamos estar á una legua. Los primeros toldos no se veían por la

lobreguez de la noche.

Llegamos... Era un charco de agua entre dos medanitos. Acampamos...

Mandé asegurar bien las tropillas y me acosté no exclamando como el

poeta:

«Without a hope in life.»

Al contrario, esperanzado en el favor de Dios que hasta allí me había

llevado con felicidad.

Era singular que los indios no nos hubieran sentido todavía; ellos,

que son tan andariegos, que se acuestan tan temprano y se levantan con

estrellas.

La luz crepuscular anunciaba la proximidad de un nuevo día.

Durmamos...

Es fácil conciliar el sueño cuando la civilización no nos incomoda, no

nos irrita con sus inacabables inconvenientes, cuando no tiene uno más

que echarse, cuando no hay ni el temor de desvelarse, quitándose la

ropa, ó pensando en lo que la justicia y la generosidad humanas acaban

de hacernos ó se proponen hacernos.

Lo confieso, en nombre de las cosas más santas. Yo no he dormido jamás

mejor, ni más tranquilamente que en las arenas de la Pampa, sobre mi

recado.

Mi lecho, el lecho blando y mullido del hombre civilizado, me parece

ahora comparado con aquél, un lecho de Procusto.

Viviendo entre salvajes he comprendido por qué ha sido siempre más

fácil pasar de la civilización á la barbarie que de la barbarie á la

civilización.

Somos muy orgullosos. Y sin embargo, es más fácil hacer de _Orión_ ó de

Carlos Keen un cacique, que de Calfucurá ó de Mariano Rosas un _Orión_

ó un Carlos Keen.

¿Hay quién lo ponga en duda?

Me desperté al ruido de los soldados que señalaban toldos acá y acullá.

La curiosidad me puso de pie en un abrir y cerrar de ojos.

Los franciscanos y los oficiales hicieron lo mismo.

Ya no se pensó en dormir, sino en las novedades que, sin duda,

ocurrirían.

El toldo más próximo estaría distante de nosotros unos mil metros.

Divisábamos algo colorado.

Los soldados con ese ojo de águila que tienen, tan bueno como el mejor

anteojo, decían si eran indios ó chinas, los contaban y se reían á

carcajadas.

Estaban en sus coloquios cuando uno de ellos dijo:

--De aquel toldo salen tres chinas enancadas... y vienen para acá.

Con efecto, no tardamos en verlas llegar, como deteniéndose á cien

metros de nuestro volante campamento.

Mandé que el lenguaraz les hablara; díjoles que era yo, el coronel

Mansilla, que iba de paces, que se acercaran.

Las chinas castigaron el flaco mancarrón que montaban enhorquetadas

como hombres, medio acurrucadas, y vinieron hacia mí.

Me acerqué á ellas.

Las tres eran jóvenes, dos bien parecidas, una así así.

Vestían su traje habitual, que después tendré ocasión de describir, y

cada una de ellas traía una sandía. Era un regalo, por si teníamos sed.

El agua de la lagunita era impotable, ellas lo sabían.

Acepté el obsequio y les di doce reales bolivianos, azúcar, hierba,

tabaco, papel, todo cuanto pudimos: llevábamos bien poca cosa, habiendo

quedado los cargueros atrás.

Les pregunté por sus maridos; y contestaron que hacía días andaban

boleando.

Que cómo no habían tenido recelo de acercarse, y contestaron que hacía

poco acababan de saber por Angelito que iban llegando á su tierra un

cristiano muy bueno; que qué miedo habían de tener, siendo además

mujeres.

¡Estas mujeres, señor, en todas partes se creen seguras! y mientras

tanto, ¡en dónde no corren riesgo!

No he visto nada más confiado que las tales mujeres (para ciertas

cosas, por supuesto.)

Era indudable que ya nos habían sentido los indios.

Mandé ensillar para llegar á la Verde y esperar un rato allí, donde

hallaríamos buen pasto y excelente agua.

Mi lenguaraz se fué con las chinas al toldo, se cercioró de que no

había indios en él y volvió con una ponchada de algarrobo.

Es un entretenimiento muy agradable ir á caballo masticando ó chupando

esa fruta.

Así fué que en tanto caminábamos funcionaban las mandíbulas.

Ya no íbamos por entre montes, quedaban éstos al Naciente, al Poniente

y al frente en lejanía.

Habíamos llegado á un campo que quebrándose en médanos bastante

escarpados, semejaba el paisaje á las soledades del desierto de Arabia.

La vegetación era escasa y pobre. El guadal profundo. Los caballos

caminaban con dificultad.

La mañana estaba lindísima.

Veíamos toldos en todas direcciones, lejos; pero indios, jinetes,

ninguno.

Y era lo que más deseaban todos.

Ver indios, indios, eso es lo que quisiera, decían los franciscanos;

y yo les replicaba: tengan paciencia, padres, que quién sabe si no es

para un susto.

De médano en médano, de ilusión en ilusión, de esperanza en esperanza,

llegamos á La Verde.

Serían las diez de la mañana.

Es una laguna como de trescientos metros de diámetro, profunda,

adornada de árboles y escondida en la olla de un médano que tendrá

setenta pies de elevación.

Mandé desensillar y mudar caballos.

Yo, aunque sea esto un detalle que no le interesa mucho al lector, me

desnudé y, echéme al agua.

Quería inspirar confianza á los que me seguían, y más que á éstos, á

los indios si me descubrían en aquel lugar.

Ya debían estar prevenidos. Y aquí me detengo hoy. Mañana te contaré

los percances del resto del día, en que los franciscanos queridos no

ganaron para sustos.

Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1 · 第 19 / 49 题