XIII

Martes es mal día.--Trece es mal número.--Los _quatorzième_.--Marcha

nocturna.--Pensamientos.--Sueño ecuestre.--Un latigazo.--Historia de

un soldado y de Antonio.--Alto.--Una visión y una mulita.

Ayer fué martes; mal día para embarcarse, casarse, presentar

solicitudes, pedir dinero á réditos y suicidarse.

Á más de ser martes, esta carta debía llevar, como lleva, el número

_trece_, número de mal agüero, misterioso, enigmático, simbólico,

profético, fatídico, en una palabra, cabalístico.

Las cosas que son _trece_ salen siempre malas. Entre trece suceden

siempre desgracias. Cuando trece comen juntos, á la corta ó á la larga

alguno de ellos es ahorcado, muere de repente, desaparece sin saberse

cómo, es robado, naufraga, se arruina, es herido en duelo. Finalmente,

lo más común, es que entre trece haya siempre un traidor.

Es un hecho que viene sucediéndose sin jamás fallar desde la famosa

cena aquélla en que Judas le dió el pérfido beso á Jesús.

Es por esa razón que en Francia, nación cultísima, hay una industria,

que no tardará en introducirse en Buenos Aires donde todas las plagas

de la civilización nos invaden día á día con aterrante rapidez. El

cólera, la fiebre amarilla y la epizootia, le quitan ya á la antigua y

noble ciudad el derecho de llamarse como siempre. Pestes de todo género

y auras purísimas; es una incongruencia.

Debiera quitarse nombre y apellido como hacen los brasileños, en cuyos

diarios suelen leerse avisos así:

De hoy en adelante Juan Antonio Alves, Pintos, Bracamonte y Costa,

se llamará Miguel da Silva, da Fonseca é Toro. Tome buena nota el

respetable público.

Es una excelente costumbre que prueba los adelantos del Imperio.

Porque mediante ella los pillos hacen sus evoluciones sociales con más

celeridad. En un país semejante Luengo no tendría más que poner un

aviso para ser Moreira, persona muy decente.

La industria de que hablaba toma su nombre de los que la ejercen

llamados _le quatorzième_ (décimo cuarto).

_Le quatorzième_, no puede ser cualquiera. Se requiere ser joven,

no pasar de treinta y cinco años, tener un porte simpático, maneras

finas, vestir bien, hablar varios idiomas y estar al cabo de todas las

novedades de la época y del día.

Cuando alguien ha convidado á varios amigos á comer en su casa, en el

_restaurant_, ó en el hotel, y resulta que por la falta de uno ó más

no hay reunidos sino _trece_ y que se ha pasado el cuarto de hora de

gracia concedido á los inexactos, se recurre al _quatorzième_.

¡Cómo han de comer trece, exponiéndose á que bajo la influencia de

malos presentimientos la digestión se haga con dificultad!

Se envía, pues, un lacayo en el acto por el _quatorzième_. En todos

los barrios hay uno, así es que no tarda en llegar; es como el médico.

Entra y saluda, haciendo una genuflexión, que es contestada

desdeñosamente; y acto continuo se abre la puerta que cae al comedor,

ó no se abre, porque los convidados pueden estar en él ó por cualquier

otra razón, y se oye: _¡Monsieur est servi!_

Siéntanse los convidados. ¡Qué felicidad! ¡La sopa humea de caliente,

no se ha enfriado! La alegría reina en todos los semblantes. Han

comenzado á sonar los platos, á chocarse las copas. De repente óyese un

grito del anfitrión:

--¡Ahí está al fin! Siéntese usted donde quiera, que los demás no

vendrán ya.

Y Monsieur de la Tomassière (en un tipo de este apellido, Paul de

Kock ha personificado el tipo de esos amigos fastidiosos que siempre

llegan tarde), se presenta y se sienta, pidiendo disculpas á todos y

protestando que es la primera vez que tal cosa le sucede.

Mientras tanto, _le quatorzième_ ha visto una seña del dueño de la

casa, que en todas partes del mundo quiere decir: _retírese usted_, y

sin decir oste ni moste se ha eclipsado. Iba quizá á probar la sopa

cuando Mr. de la Tomassière se presentó.

Al llegar á la puerta de la calle de donde vive, se halla con un

necesitado que le espera. En otro banquete le aguardan con impaciencia.

Han buscado varios _quatorzième_, no hay ninguno. Esa noche dan muchas

comidas, hay muchos inexactos ó un exceso de previsión y la demanda de

_quatorzième_ es grande desde temprano.

El _quatorzième_ marcha; llega, igual escena á la anterior. Tiene que

desalojar su puesto antes de haber probado un plato siquiera de cosa

alguna.

Al volver á llegar á la puerta de calle de su pobre mansión, otro

necesitado. Le sigue con éxito semejante al de los pasados convites.

Hay noches en que las idas y venidas del pobre _quatorzième_ exceden

toda ponderación.

Ha ganado bien su dinero, porque cada viaje se paga, pero ha pasado por

el suplicio de Tántalo.

La civilización de Buenos Aires debe pensar seriamente en esto. No

soy un alarmista. Pero sostengo que así como estamos amenazados de

muchas pestes por falta de policía municipal, hace muchos años que

la educación se descuida inculcar en los niños esta idea: uno de los

mayores defectos sociales es hacer esperar.

Tan es así, que me acuerdo yo de un andaluz que vivió once años de

huésped en casa de una tía mía. Un día anunció que se iba á su tierra.

¡Ya era tiempo! Su despedida consistió en esto:

--Señora, usted no puede tener queja de mí, siempre he estado presente

á la hora fija de almorzar y comer.

Con lo cual se marchó, habiendo dicho no poco, que el que no ha

esperado jamás gente á comer, porque nunca ha dado comidas, habiéndose

limitado á comerlas, no sabe lo que es esperar un huésped ó un

convidado.

Indudablemente debe haber una enfermedad que los médicos no conocen,

proveniente de la impaciencia de esperar gente á comer.

La ciencia no tardará en descubrirla y en agregarla á la nomenclatura

patológica.

Creo haberte explicado suficientemente, Santiago amigo, que si esta

décimatercia carta no se publicó ayer, ha sido porque fué martes y

porque su número es fatal.

Cuando me moví de Utatriquin:

«_The bright sun was extinguish'd, and the stars

Did wander darkling in the eternal space»._

La noche estaba bastante obscura. El monte era muy espeso y en las

sendas de la rastrillada había muchos troncos de árbol y pequeños

arbustos. Era sumamente incómodo para el caballo y para el jinete.

Teníamos que andar muy despacio. Nos dormíamos... De vez en cuando una

rama de algarrobo ó de chañar, azotaba la faz del caminante y le sacaba

de su sopor.

La lentitud del aire de la marcha hacía que mi comitiva no fuera en

tanta dispersión como otras ocasiones.

Yo iba mustio y callado, como la misma noche.

Pensaba en el instante inesperado que marca más tarde ó más temprano

en el cuadrante de la vida, el pasaje de lo conocido á lo desconocido,

de la triste realidad á un quién sabe más triste aún; á un estado

inconsciente, al vacío, á la nada; pensaba en lo que serían mis días

hasta ese instante solemne en que extinguiéndose mi vista, mi voz, con

el último soplo de vida, me quede todavía aliento para reunir todas las

fuerzas de mi espíritu y decirme á mí mismo: _¡Me muero!_

Y pensando en esto, me engolfé en otras reflexiones y cuando la duda

horrible y desgarradora me asaltó, recordé á Hamlet:

_... To die,--to sleep...

To sleep! perchance to dream._

Me quedé como soñando... Veía todos los objetos envueltos en una

bruma finísima de transparencia opaca; los árboles me parecían de

inconmensurable altura, vi desfilar confusas muchedumbres, ciudades

tenebrosas, el cielo y la tierra eran una misma cosa, no había

espacio...

Un latigazo aplicado á mi rostro por el gajo de un espinillo, en cuyas

espinas quedó enganchado mi sombrero obligándome á detenerme, me sacó

del fantástico _fantaseo_ en que me sumía la somnolencia producida por

la monotonía de la marcha.

Varios soldados me seguían de cerca conversando. Parece que hacía rato

se contaban por turno sus aventuras. El que hablaba cuando mi atención

se fijó en el grupo, decía así:

--Pues, amigo, á mí me echaron á las tropas de línea sin razón.

--¡Cuándo no!--le dije,--ya saliste con una de las tuyas. Nunca hay

razón para castigarlos á ustedes.

--Sí, mi Coronel--repuso,--créame.

--¿Cómo fué eso?

--Yo tenía un amigo muy diablo á quien quería mucho, y á quien le

contaba todo lo que me pasaba.

Se llamaba Antonio.

Al mismo tiempo tenía amores con una muchacha de Renca, que me quería

bastante, cuyo padre era rico y se oponía á que la visitara.

Mi intención era buena.

Yo me habría casado con la Petrona, ése era su nombre.

Pero no basta que el hombre tenga buena intención si no tiene suerte,

si es pobre.

Tanto y tanto nos apuraba el amor, que, al fin resolvimos irnos para

Mendoza, casarnos allí, y volver después cuando Dios quisiera.

En eso andábamos, viéndonos de paso con mucha dificultad; porque

siempre nos espiaban los padres y el juez, que era viudo y medio viejo,

que quería casarse con la Petrona, y cuya hija menor tenía tratos con

Antonio, de quien era muy enemigo; siempre lo amenazaba con que lo

había de hacer veterano.

Un día arreglamos al fin, después de mucho trabajo, cómo habíamos de

fugar.

Yo debía sacar á la Petrona de su casa en la noche.

Antonio me acompañaría, para cuidar la ventana, que era por donde había

de entrar. No podíamos descuidarnos con el juez.

La ventana caía al cuarto del padre de Petrona que era jugador, muy

jugador, lo mismo que Antonio. En ese tiempo había hecho una gran

ganancia. Á Antonio le había ganado todas sus prendas y éste le andaba

con ganas.

Petrona dejó apretada la ventana. Una tía le acompañaba y dormía junto

con ella, en el mismo cuarto. Doña Romualda, la madre, andaba por el

puesto.

Esa noche era muy linda ocasión, porque el padre de Petrona estaba de

tertulia.

Tempranito estuvo Antonio en ella y vino á avisarme que el hombre

ganaba ya mucho, diciéndome que si no nos apurábamos erraríamos el

golpe.

Aunque la hora convenida con Petrona era cuando la diesen las cabritas,

me resolví á ir un poco más temprano.

Todo estaba pronto, caballos y con qué comprar algo por el camino. Yo

tenía algunos reales.

Salimos de casa de Antonio, llegamos á la ventana de Petrona, la

empujamos despacito y salté yo sin hacer ruido dejándola abierta.

Cuando estuve en el cuarto oí roncar. Era el padre de Petrona, que

según los cálculos de Antonio, se había retirado de su tertulia antes

de la hora acostumbrada.

Antonio sintió los ronquidos y me dijo en voz baja: vámonos, ché, hoy

no se puede.

No quise obedecerle, y por toda contestación le dije, ¡chit!

El cuarto estaba obscuro, tenía que caminar en puntas de pie, con

mucho cuidado para no hacer ruido, hasta acercarme á la cama de Petrona.

Ella me había sentido. Lo mismo que yo, contenía la respiración. Si se

despertaba el padre, teníamos mal pleito. Ella no se escapaba de una

soba, yo de una puñalada, porque era malísimo.

Me acercaba á la cama de Petrona sin sentir que detrás de mí había

entrado Antonio.

Le había ya tomado la mano y ella iba ya á levantarse, cuando oímos

ruido de plata y un grito: ¡Ah, pícaro!

Era la voz del padre de Petrona.

Antonio tuvo la tentación de robarle, él lo sintió y le agarró del

poncho.

Yo no podía salir sino por donde había entrado; esconderme bajo la

cama, era peligroso.

El padre de Petrona gritaba con todas sus fuerzas: ¡ladrones! ¡ladrones!

La tía se levantó. Yo intenté escaparme. Pero no pude, delante de mí

salía Antonio, me obstruyó el paso, y el padre de Petrona me agarró.

Luché con él un rato inútilmente.

La hermana le ayudaba.

Petrona estaba medio muerta. El padre furioso, porque ella también no

venía en su ayuda, encendiendo luz pronto. Le amenazó con matarla si no

lo hacía. Tuvo que hacerlo.

Para esto Antonio se había ido con la plata.

Entre el padre de Petrona y la hermana, me amarraron bien.

Á los gritos vinieron dos de la partida de policía, que estaba cerca de

allí y me llevaron preso. Me pusieron en el cepo para que dijese dónde

estaba la plata, y contesté siempre que no sabía, que yo no la había

robado.

Me preguntaron que si tenía cómplices, teniéndome siempre en el cepo, y

contesté que no.

--¿Y por qué no decías que Antonio era el ladrón?

--¡Y cómo lo había de descubrir á mi amigo! ¡Y cómo la había de perder

á Petrona cuando la quería tantísimo! Yo prefería pasar por ladrón á

ser delator de mi amigo; yo prefería pasar por ladrón y no que dijeran

que Petrona era mi querida. Yo prefería ser soldado á todo eso.

Además, como todas las mujeres son iguales, falsas como la plata

boliviana, supe esos días no más, antes que me echaran á las tropas de

línea, que Petrona decía para salvarse del castigo de su padre, que

algo andaba maliciando que yo era un pícaro que la había solicitado á

ella de mala fe, con sólo la intención de hacer el robo que me había

hecho.

Quién sabe si no hubiera sido eso, si no declaro al fin atormentado por

el cepo, que Antonio era el ladrón; éste ya se había ido para la sierra

de Córdoba, y cuándo lo pescaban siendo, como era, ¡un muchacho tan

diantre! Era mozo muy gaucho y alentado.

--¿Y, te acuerdas todavía de Petrona, Macario?

--¡Ay! mi Coronel, si las mujeres cuánto más malas son, más tardamos en

olvidarlas.

--¿Y nunca hubo nada con ella?

--Mi Coronel, usted sabe lo que son esas cosas de amor, cuando uno

menos piensa...

--La ocasión hace al ladrón--dijo Juan Díaz, uno de mis baqueanos muy

ocurrente.

En esos momentos el bosque se abría formando un hermoso descampado;

la nítida y blanca luna se levantaba, y las estrellas centelleaban

trémulamente en la azulada esfera.

Detuve mi caballo, que no obedecía como un rato antes á la espuela, y

dirigiéndome á los franciscanos que no se separaban de mí, les consulté:

--Si tenían ganas de descansar un rato.

--Con mucho gusto--contestaron.--Los buenos misioneros iban molidos;

nada fatiga tanto como una marcha de trasnochada.

El pasto estaba lindísimo, la noche templada, pararnos no les haría

sino bien á los animales.

Pasé la voz de que descansaríamos una hora.

Se manearon las madrinas de las ropillas, cesó el ruido de los

cencerros, único que interrumpía el silencio sepulcral de aquellas

soledades, y nos echamos sobre la blanda hierba.

Yo coloqué mi cabeza en una pequeña eminencia, poniendo encima un

poncho doblado á guisa de almohada, y me dormí profundamente.

Tuve un sueño y una visión envuelta en estas estrofas de Manzoni, á

manera de guirnalda ó de aureola luminosa:

«Tutto ei provó; la gloria

Maggior dopo il periglio.

La fuga, e la vittoria

La reggia, e el triste esiglio.

Due volte nella polvere,

Due volte sugli altar.»

Me creía un conquistador, un Napoleón chiquito.

De improviso sentí, como si la cabeza se me escapara, hice fuerzas

con la cabeza endureciendo el pescuezo, la tierra se movía; yo no

estaba del todo despierto, ni del todo dormido. La cabecera seguía

escapándoseme, creí que soñaba, fuí á darme vuelta y un objeto con

cuatro patas, negro y peludo corrió... Había hecho cabecera de una

mulita.

Los héroes como yo tienen sus visiones así, sobre reptiles, y las

páginas de nuestra historia no pueden terminar sino poniendo al fin de

cada capítulo el terrible _lasciate ogni speranza_.

Dejemos dormir á mi gente un rato mientras yo compongo mi cabecera.

Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1 · 第 18 / 49 题