IX

La Alegre.--En qué rumbo salimos.--¿Los viajes son un placer?--Por

qué se viaja.--Monte de la Vieja.--El alpataco.--El zorro

colgado.--Pollo-helo.--Us-helo.--Qué es aplastarse un

caballo.--Coli-Mula.--La trasnochada.--Precauciones.

La Alegre, es una laguna de agua dulce, permanente, cuyo nombre le

cuadra muy bien, como que está situada en un accidente del terreno de

cierta elevación, circunvalada de médanos y arbustos, que suministran

una excelente leña, y de abundante pasto.

Las cabalgaduras se dieron allí una buena panzada, que no se les

indigestó. ¡Ojalá que á ti y al lector les sucediera lo mismo con el

cuento del cabo Gómez! Si sucediese lo contrario, me vería en el caso

de suprimir otros que deben venir á su tiempo.

Nos pusimos en marcha.

El rumbo, Sur, recto, ó _reuto_, como dicen los paisanos.

El camino, ó mejor dicho, la rastrillada, cruzaba por un campo lleno

de chañaritos espinosos. La luna estaba en su descenso, el cielo

nublado, la noche obscura, de modo que no pudiendo ver con facilidad

los objetos, á cada paso rehuía el caballo la senda por no espinarse,

espinándose el jinete y evitando el culebreo del animal que nos

durmiéramos profundamente.

Todos los que viajan, ponderan alguna maravilla, la que más ha llamado

la atención, ó tienen alguna anécdota favorita, algo que contar, en

suma, aunque más no sea que han estado en París, barniz que no á todos

se les conoce.

¿Dirás que no es cierto?

En lo que suelen estar divididas las opiniones de los _tourist_, y

desde luego las opiniones de los que no han viajado, que es más fácil

coincidir en pareceres cuando se conocen prácticamente las cosas, es

sobre el capítulo: placer de los viajes.

Ni todos viajan del mismo modo, ni por las mismas razones, ni con el

mismo resultado.

Se viaja por gastar el dinero, adquirir un porte y un aire _chic_,

comer y beber bien.

Se viaja por lucir la mujer propia, y á veces la ajena.

Se viaja por instruirse.

Se viaja por hacerse notable.

Se viaja por economía.

Se viaja por huir de los acreedores.

Se viaja por olvidar.

Se viaja por no saber qué hacer.

Vamos, sería inacabable el enumerar todos los motivos _por qué_ se

viaja; como sería inacabable decir _para qué_ se viaja.

No olvidemos que estas dos proposiciones, aunque son muy parecidas,

gramaticalmente no significan lo mismo. Ambas significan causa ó fin;

pero _para_ responde más que _por_ á la idea de efecto.

Por ejemplo:

¿No es común ir á Europa por instruirse para olvidar lo poco que se ha

aprendido en la tierra?

¿No suele suceder hacer un viaje _por_ curarse _para_ morir en el

camino?

Ir _por_ lana _para salir_ trasquilado.

Madame de Staël dice, que viajar es, digan lo que quieran, un placer

tristísimo.

Sea de esto lo que fuere, yo digo que viajando por los campos en noche

clara ú obscura, es un placer dormir.

Por mi parte al tranco, al trote ó al galope, yo duermo perfectamente.

Y no sólo duermo sino que sueño.

Cuántas veces un amigo que tengo en Córdoba, Eloy Ávila, no sorprendió

mis sueños, y yendo á la par mía no me alzó el rebenque.

Sea de esto lo que fuere, el hecho es que el camino de la Laguna

Alegre al Monte de la Vieja, no permitiendo dormir á gusto por el

inconveniente de los arbustos, me pareció poco divertido.

Por fortuna, el terreno era mejor que el de la primera etapa. El guadal

no nos amenazaba á cada paso, las mulas cargueras no caían y levantaban

acá y acullá como antes de llegar á la Alegre.

Serían las tres y media de la mañana cuando llegamos al Monte de la

Vieja.

Amanecía muy tarde, así fué que resolví pasar allí otro rato.

¡Desensillar y á la leña! fué el grito de orden.

El fogón volvió á arder con una rapidez maravillosa.

Uno de los talentos del gaucho argentino, consiste en la prontitud con

que halla leña y en la asombrosa facilidad con que hace fuego.

Ellos hallan leña donde ningún otro la ve, y hacen fuego en el agua.

Y á propósito de leña que no se ve, ¿conoces, Santiago, lo que es el

algarrobo _alpataco_?

Es un arbustito muy pequeño, cuyo desarrollo se hace subterráneamente,

echando raíces gruesísimas que aunque estén verdes, tienen tanta

resina, que arden como sebo.

Tú conoces el chañar. Pues así es el _alpataco_.

En los campos, al Sud del Río 4.º, particularmente en los de Sampacho,

y en algunos al Sud del Río 5.º, abunda este arbustito, que más bien

parece un algarrobo común naciente.

El ojo necesita estar ejercitado para distinguir el uno del otro.

¡Se puso un asado!

Mientras se hacía, habiendo calentado agua en un verbo, se cebaba mate

y se daban sendas cabeceadas.

En este fogón no hubo cuentos. Hubo hambre y sueño y algunas órdenes

para en cuanto amaneciera.

Comimos, dormimos, y cuando... iba á decir gorjeaban las avecillas del

monte...

¡Pero qué, si en la Pampa no hay avecillas!--por casualidad se ven

pájaros, tal cual carancho. Las aves, excepto las acuáticas, buscan la

inmediación de los poblados.

Y luego, en Monte de la Vieja no es más que un pequeño grupo de

árboles, no muy viejos, bajo cuyo destruido ramaje apenas pueden

guarecerse unas cuantas personas.

La luz crepuscular venía anunciando el día en el momento en que,

cumpliendo mis órdenes, se pusieron en juego todos los asistentes al

llamado de Camilo Arias, un hombre de toda mi confianza, Alférez de

Guardia nacional del Río 4.º, cuya pintura no faltará ocasión de hacer.

Era completamente de día cuando dejábamos el Monte de la Vieja,

dirigiéndonos á otro paraje, donde debía haber leña y agua sobre todo.

El rumbo era Sud arriba, ó Sud con algunos grados de inclinación al

Oeste.

La noche había estado templada, así fué que la mañana no presentó

ninguno de esos fenómenos meteorológicos que suele ofrecer la Pampa,

cuando después de un rocío abundante ó de una fuerte helada sale el sol

caliente.

Marchábamos.

El terreno presenta pocos accidentes; cañadas y cañadones que se van

encadenando, montecitos de pequeños arbustos quemados aquí, creciendo

ó retoñando allí; salitrales que engañan á la distancia, con su

superficie plateada como la del agua.

El objetivo á que me dirigía era el Zorro Colgado.

Por qué se llama así este lugar, es echarse á nadar buscando un objeto

perdido. Probablemente el primer cristiano que llegó allí halló un

zorro colgado por los indios en algún árbol.

Seis leguas representan, no andando con apuro, dos horas y media de

camino; contemplando las cabalgaduras como es debido, en las correrías

lejanas, un poco más.

Cuando llegamos al Zorro Colgado serían las diez de la mañana.

El campo recorrido es muy solo. No tiene bichos ó _aves_, como le

llaman los paisanos á los venados, peludos, mulitas, guanacos, etc.

El Zorro Colgado no estaba, por supuesto.

Aquel punto es un grupito de árboles, chañares viejos más altos que

corpulentos. Tiene una aguadita que se seca cuando el año no es

lluvioso.

Allí paramos un rato, lo bastante para que las bestias de carga que se

habían quedado atrás llegaran, y después de haber bebido bien, seguimos

caminando en el mismo rumbo, hasta llegar á _Pollo-helo_, que quiere

decir en lengua ranquelina, Laguna del Pollo, y cuya pronunciación debe

hacerse nasal ó gangosamente, verbigracia, como si la palabra estuviese

escrita así y debieran sonar todas las letras: _Pollonguelo_.

Aquí variamos de rumbo un poco, buscando el Sud recto, y así seguimos,

como legua y media, por un campo muy guadaloso y pesado, en el que

caímos y levantamos varias veces, lo mismo que las mulas de carga,

hasta llegar á _Us-helo_, donde hay otro grupo de árboles, una aguada

semejante á la anterior y una lagunita de agua salobre, pero potable no

habiendo sequía.

Las cabalgaduras se habían _aplastado_ algo con la legua y media de

guadal.

_Aplastarse_, es un término del país, que vale más que fatigarse y

menos que cansarse, cuando se quiere expresar el estado de un caballo.

Hicimos alto, se hizo fuego, se hizo cama para una siesta, se descansó,

se tomó mate, se durmió y á las cansadas llegaron las mulas de carga,

que habiendo caído en una cañada mojaron las petacas de los padres

franciscanos.

Serían las tres cuando nos movimos de aquí en dirección á _Coli-mula_,

que de la etapa anterior queda en rumbo Sud.

Este trayecto es más variado que los demás; el terreno se quiebra acá y

allá en grandes bajíos salitrosos y en grupos considerables de arbustos

crecidos.

En un inmenso pajonal, sembrado de grandes árboles diseminados,

pillamos un caballo que hacía pocos días andaba por allí, pues no

estaba alzado aún.

Cuando llegamos á Coli-Mula, que quiere decir mula colorada, habíamos

andado tres leguas.

No sé por qué se llama así ese paraje. No hay árboles. Es una linda

lagunita circular, de agua excelente y abundante que dura mucho.

Resolví descansar allí hasta las nueve de la noche, y adelantar dos

hombres.

El cielo comenzaba á fruncir el ceño, una barra negra se dibujaba en el

horizonte hacia el lado del Poniente, el sol brillaba poco.

Íbamos á tener viento ó agua.

Llamé al cabo Guzmán, magnífico tipo criollo, y al indio Angelito,

escribí algunas cartas, les di mis instrucciones y los despaché después

de asegurarme de que habían entendido bien.

Llevaban encargo especial de llegar á las tolderías del cacique Ramón,

que son las primeras y de decirle que pasaría de largo por ellas, no

sabiendo si al cacique Mariano le parecería bien que visitase primero á

uno de sus subalternos y que al regreso lo haría.

Partieron los chasquis.

Mientras yo tomaba las antedichas disposiciones, otros se ocupaban en

hacer un buen fogón, preparándonos para la trasnochada.

Los chasquis no se habían perdido de vista aún, cuando frescas y recias

ráfagas de viento comenzaron á augurar la inevitable proximidad de la

tormenta.

El cielo se puso negro.

La experiencia nos dijo que debíamos renunciar al fogón y al asado y

prepararnos para una noche toledana por no decir pampeana.

El viento arreció, gruesas gotas de agua comenzaron á caer, la noche

avanzaba, ó mejor dicho, se anticipaba con rapidez.

Pronto estuvimos envueltos en una completa obscuridad.

Llovía á cántaros, silbaba el viento, eléctricos fulgores resplandecían

en el cielo á distancias inconmensurables, haciendo llegar hasta

nuestros oídos el ruido sordo del rayo.

Las tropillas se habían agrupado, daban las ancas al viento y

permanecían inmóviles.

Cada cual se había acurrucado lo mejor posible, y con maña procuraba

mojarse lo menos posible. No teníamos siquiera dónde hacer espalda,

ni era posible conversar, porque el ruido de la lluvia, que caía á

torrentes, ahogaba las palabras que salían de debajo de los ponchos ó

capotes con que estábamos cubiertos hasta la cabeza.

Durante dos horas llovió sin cesar, cayendo el agua á plomo.

Cuando las intermitencias del aguacero lo permitían, yo cambiaba

algunas palabras con Camilo Arias, que estaba casi pegado á mi lado.

En una de esas pláticas diluvianas, le dije así:

--Puede ser que los indios me maten, es difícil; pero no lo es que

quieran retenerme, con la ilusión de un gran rescate. En este caso,

es preciso que el General Arredondo lo sepa sin demora. Prevén á los

muchachos--eran éstos cinco hombres especiales,--mis baqueanos de

confianza.

Será señal de que _ando mal_, que no tenga en el cuello este pañuelo.

Era un pañuelo de seda de la India, colorado, que siempre uso en el

campo debajo del sombrero por el sol y la tierra.

Puede, sin embargo suceder, que tenga que regalar el pañuelo. En este

caso la señal será que me vean con la _pera trenzada_.

No comuniques esto más que á los _muchachos_. Y cuando lleguemos á

las tolderías no te acerques á hablar conmigo jamás. Sírvete de un

intermediario.

Camilo es como un árabe, habla poco; sabe que la palabra es plata y el

silencio oro, contestó sólo:

--Está bien, señor.

Y yo me quedé seguro de que me había entendido y rumiando: algún

mosquetero llegará á Londres y hablará con Buckingham.

Ya verás después qué caso extraordinario sucedió con mi pera. (Te

prevengo que estoy hablando de la barba).

Y como sigue lloviendo y estoy mojado hasta la camisa, me despido hasta

mañana.

X

No es posible seguir la marcha.--Civilización y barbarie.--En qué

consiste la primera.--Reflexiones sobre este tópico.--En

marcha.--Manera de cambiar de perspectiva sin salir de un mismo

lugar.--Asombroso adelanto de estas

tierras.--Ralico.--Tremencó.--Médano del Cuero.--El

Cuero.--Sus campos.

El hombre propone y Dios dispone.

Fué imposible seguir la marcha á las nueve.

La lluvia cesó á las cuatro horas; pero el cielo quedó encapotado,

amenazando volver á desplomarse, el aquilón continuó rugiendo y los

relámpagos serpenteando en el cielo por los espacios sin fin.

Pensé en que la gente masticara. ¡Arriba! grité, ¡vamos, pronto, hagan

un buen fuego, pongan un asado y una pava de agua!

Los asistentes salieron de sus guaridas y un momento después

chisporroteaba el verde y resinoso chañar.

El asado se hacía, el agua hervía, unos cuantos rodeaban el fuego,

calentándose, secándose sus trapitos, mirando al cielo y haciendo

cálculos sobre si volvería á llover ó no.

El fogón estaba hecho y en regla, porque de su centro se elevaban

grandes y relumbrosas llamaradas.

Era imposible resistirle. Más fácil habría sido que una mujer pasara

por delante de un espejo sin darse la inefable satisfacción platónica

de mirarse.

Abandoné la postura en que me había colocado y permanecido tanto rato,

y me acerqué á él.

Me dieron un mate.

Los buenos franciscanos intentaban dormir rendidos por la fatiga del

día y de la noche anterior,--que quien no está hecho á bragas, las

costuras le hacen llagas.

Haciendo uso de la familiaridad y confianza que con ellos tenía, les

obligué á levantarse y á que ocuparan un puesto en la rueda del fogón.

Apuramos el asado, desparramamos brasas, lo extendimos y no tardó en

estar.

Mientras estuvo nos secamos.

Comimos bien, hicimos camas con alguna dificultad; porque todo estaba

anegado y las _pilchas_ muy mojadas y nos acostamos á dormir.

Dormimos perfectamente. ¡Qué bien se duerme en cualquier parte cuando

el cuerpo está fatigado!

Si los que esa noche se revolvían en el elástico y mullido lecho

agitados por el insomnio, nos hubieran oído roncar en los albardones de

Coli-Mula, ¡qué envidia no les hubiéramos dado!

Es indudable que la civilización tiene sus ventajas sobre la barbarie;

pero no tantas como aseguran los que se dicen civilizados.

La civilización consiste, si yo me hago una idea exacta de ella, en

varias cosas.

En usar cuellos de papel, que son los más económicos, botas de charol

y guantes de cabritilla. En que haya muchos médicos y muchos enfermos,

muchos abogados y muchos pleitos, muchos soldados y muchas guerras,

muchos ricos y muchos pobres. En que se impriman muchos periódicos y

circulen muchas mentiras. En que se edifiquen muchas casas, con muchas

piezas y muy pocas comodidades. En que funcione un gobierno compuesto

de muchas personas como Presidente, Ministros, Congresales, y en que se

gobierne lo menos posible. En que haya muchísimos hoteles y todos muy

malos y todos muy caros.

Verbigracia, como uno en que yo paré la última noche que dormí en el

Rosario--que intenté dormir, para ser más verídico.

Son precisamente las camas de ese hotel, las que me han sugerido estas

reflexiones tan vulgares.

¡Ah! en aquellas camas había de cuanto Dios crió el quinto día, que si

mal no recuerdo, fueron: «los animales domésticos, según su especie y

los reptiles de la tierra, según su especie».

Todo lo cual, según afirma el Génesis, el Supremo Hacedor vió que

era bueno, aunque es cosa que no me entra á mí en la cabeza, que los

animales domésticos del referido hotel del Rosario hayan jamás sido

cosa buena; y menos la noche en que yo estuve en él, en que juraría,

á fe de cristiano, que me parecieron algo más que cosa mala, cosa

malísima, tan insoportable que me creo en la obligación de preguntar:

¿No tiene la civilización el deber de hacer que se supriman esas cosas,

que pudieron ser buenas al principio del mundo, pero que pueden ser

puestas en duda en un siglo en que tenemos cosas tan buenas como las

del Orión?

¿Qué hacen los gobiernos entonces?

¿No nos dice la civilización todos los días en grandes letras que el

gobierno es para el pueblo?

¿Que en lugar de invertir los dineros públicos en torpes guerras debe

aplicarlos á mejorar la condición del pueblo?

¿No hay inspectores de puentes y caminos, inspectores de aduanas,

inspectores de fronteras, inspectores de escuelas, inspectores de todo,

y así va ello?

¿Pues, y por qué no ha de haber inspectores de hoteles?

¿Acaso no se relacionan estos establecimientos muy íntimamente con la

salud pública?

¿No se albergan en ellos, el cólera, la fiebre amarilla y tantas otras

cosas que Dios crió el quinto día, y que en su atraso inocente y

primitivo, creyó que eran buenas y que así las legó en herencia á la

desagradecida humanidad?

¿Se cree que faltarían inspectores de hoteles?

Provéase el cargo por oposición, previo examen de conocimientos,

aptitudes, moralidad, estado fisiológico de los candidatos y se verá,

sin tardanza, que sobra patriotismo en el país.

No digo pagando bien el empleo, que es el modo más eficaz de salvar la

moral administrativa, y el medio más seguro, sobre todo, de que abunden

impetrantes.

Cualquiera remuneración que se ofreciese bastaría.

Hay en el país, felizmente, el convencimiento de que todos deben

tributarle á la patria abnegación, tiempo, sangre, alma y vida.

Esta gran conquista, es debida á la educación oficial dada por los

buenos gobiernos que hemos tenido, á la Guardia nacional.

Ella ha hecho todo--guerras interiores, guerras de frontera, guerras

exteriores.

Decididamente la civilización es, de todas las invenciones modernas,

una de las más útiles al bienestar y á los progresos del hombre.

Empero mientras los gobiernos no pongan remedio á ciertos males, yo

continuaré creyendo en nombre de mi escasa experiencia, que mejor se

duerme en la calle ó en la Pampa que en algunos hoteles.

Sonaban los cencerros de las tropillas; cada cual se preparaba para

subir á caballo, habiendo olvidado sus penas alrededor del fogón:

«Y en el Oriente nubloso

La luz apenas rayando,

Iba el campo tapizando

De claro oscuro verdor.»

Galopábamos, aprovechando la fresca de la mañana, y á la derecha en

lontananza se veían ya los primeros montes de Tierra Adentro.

Me proponía llegar al Cuero temprano.

Apenas salimos de Coli-Mula comprendí que no lo conseguiría.

El campo estaba cubierto de agua, y quebrándose en altos médanos, en

cañadas profundas y guadalosas nos obligaba á marchar despacio.

Los caballos hubieran soportado bien una marcha acelerada; las mulas no.

Y, sin embargo, por muy despacio que anduve se quedaron atrás, porque

á cada rato se caían con las cargas y había que perder tiempo en

enderezarlas.

Más allá de un lugar en el que hay agua y leña, y cuyo nombre es

Ralico, el terreno se dobla sensiblemente formando varios médanos

elevados, y es de allí de donde se divisan ya los montes del Cuero.

Los campos comienzan á cambiar de fisonomía y la vista no se cansa

tanto espaciándose por la sabana inmensa del desierto solitario,

triste, imponente, pero monótona como el mar en calma.

Sin contrastes, hay existencia, no hay vida.

Vivir es sufrir y gozar, aborrecer y amar, creer y dudar, cambiar de

perspectiva física y moral.

Esta necesidad es tan grande, que cuando yo estaba en el Paraguay,

Santiago amigo, voy á decirte lo que solía hacer,--cansado de

contemplar desde mi reducto de Tuyutí todos los días la misma cosa; las

mismas trincheras paraguayas, los mismos bosques, los mismos esteros,

los mismos centinelas; ¿sabes lo que hacía?

Me subía al merlón de la batería, daba la espalda al enemigo, me abría

de piernas, formaba una curva con el cuerpo y mirando al frente por

entre aquéllas, me quedaba un instante contemplando los objetos al

revés.

Es un efecto curioso para la visual, y un recurso al que te aconsejo

recurras cuando te fastidies ó te canses de la igualdad de la vida,

en esa vieja Europa que se cree joven, que se cree adelantada y vive

en la ignorancia, siendo prueba incontestable de ello, como diría

Teófilo Gauthier, que todavía no ha podido inventar un nuevo gas para

reemplazar el Sol.

La América, ó mejor dicho, los _americanos_ (del Norte) la van á dejar

atrás si se descuida.

Por lo pronto, nosotros vamos resolviendo los problemas sociales más

difíciles--degollándonos,--y las teorías y las cifras de Malthus sobre

el crecimiento de la población no nos alarman un minuto.

Tenemos grandes empíricos de la política, que todos los días nos

prueban, que el dolor puede ser no sólo un anestésico, sino un

remedio; que las tiranías y la guerra civil son necesarias, porque su

consecuencia inevitable, fatal, es la libertad.

Esto te lo demuestran en cuatro palabras y con espantosa claridad,

al extremo que nuestra juventud tiene ya sus axiomas políticos de

los que no apea, creyendo en ellos á pie juntillas, y demostrándolos

prematuramente á su vez por A. B.

Te asombrarías, si volvieses á estas tierras lejanas y vieras lo que

hemos adelantado.

Buscarías inútilmente el molino de viento; el pino de la quinta de

Guido se ha escapado por milagro. La civilización y la libertad han

arrasado todo.

El Paraguay no existe. La última estadística después de la guerra

arroja la cifra de ciento cuarenta mil mujeres y catorce mil hombres.

Esta grande obra la hemos realizado con el Brasil. Entre los dos lo

hemos mandado á López á la _difuntería_.

¿No te parece, que no es tan poco hacer en tan poco tiempo?

Ahora la hemos emprendido con Entre Ríos, donde López Jordán se encargó

de despacharlo á Urquiza.

Todos, todos han sentido su muerte muchísimo.

De esta guerrita, en la que nos ha metido la fatalidad histórica, nos

consolamos, pensando en que se acabará pronto, y en que como el Entre

Ríos estaba muy rico, le hacía falta conocer la pobreza.

La letra con sangre entra.

Es el principio del dolor fecundo.

Te hablo y te cuento estas cosas, porque vienen á pelo. Y no tan á humo

de paja, pues, más adelante verás que ellas se relacionan bastante, más

de lo que parece, con los indios.

¿No hay quien sostiene que es mejor exterminarlos en vez de

cristianizarlos, civilizarlos y utilizar sus brazos para la industria,

el trabajo y la defensa común, ya que tanto se grita de que estamos

amenazados por el exceso de inmigración espontánea?

Sigamos caminando...

Pasando los médanos de Ralico, se llega á la aguada de Tremencó. Son

dos lagunas, una de agua dulce, la otra de agua salada. Ambas suelen

secarse.

De Tremencó se pasa al Médano del Cuero.

De allí al Cuero mismo hay dos leguas.

Esta laguna tendrá unos cien metros de diámetro. Su agua es excelente,

y durante las mayores sequías allí pueden abrevar su sed muchísimos

animales, sin más trabajo que cavar las vertientes del lado del Sur.

En la Laguna del Cuero ha vivido mucho tiempo el famoso indio Blanco,

azote de las fronteras de Córdoba y San Luis; terror de los caminantes,

de los arrieros y troperos.

Ya te contaré cómo lo eché yo del Cuero con unos cuantos gauchos, sin

cuya circunstancia me habría encontrado con él en sus antiguos dominios.

Este episodio tiene su interés social, y les hará conocer á muchos

que no salen de los barrios cultos de Buenos Aires, lo que es nuestra

Patria amada, en la que hay de todo y para todo; un negro que mate

una familia entera por venganza y por amor, y un blanco que mate un

gobernador también por amor á la libertad, después de haber sostenido

con su brazo viril la tiranía.

Mientras tanto, te diré que los campos entre el Río 5.º y el Cuero son

diferentes. Ricos pastos abundantes y variados; gramilla, porotillo,

trébol, cuanto se quiera. Agua inagotable, leña, montes inmensos.

Un estanciero entendido y laborioso allí haría fortuna en pocos años.

Pero del Cuero á Río 5.º hay treinta leguas.

Que le pongan cascabel al gato. De allí á los primeros toldos

permanentes, hay otras treinta leguas, y los indios andan siempre

boleando por el Cuero.

Estoy esperando las mulas que se han quedado atrás, y reflexionando en

la costa de la laguna si el gran ferrocarril proyectado entre Buenos

Aires y la Cordillera no sería mejor traerlo por aquí.

No vayas á creer que los indios ignoran este pensamiento.

También ellos reciben y leen _La Tribuna_.

¿Te ríes, Santiago?

Tiempo al tiempo.

Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1 · 第 15 / 49 题