El Palmar de Yataití.--Sepulcro de un soldado.--Su memoria.--Sus
últimos deseos cumplidos.--El rancho del General Gelly y lo que allí
pasó.--Resurrección.--Visión realizada.--Fanatismo.
Á inmediaciones de mi reducto estaba el Palmar de Yataití, donde tantos
y tan honrosos combates para las armas argentinas tuvieron lugar.
Allí fué enterrado el cabo Gómez, y sobre su sepulcro mandé colocar una
tosca cruz de pino con esta inscripción:
«Manuel Gómez, cabo del 12 de línea.»
Durante algunas horas su memoria ocupó tristemente la imaginación de
mis buenos soldados. Y, poco á poco, el olvido, el dulce olvido fué
borrando las impresiones luctuosas de ese día. Al siguiente, si su
nombre volvió á ser mentado, no fué ya á impulsos del dolor sufrido.
Así es la vida, y así es la humanidad. Todo pasa felizmente, en
una sucesión constante, pero interrumpida, de emociones tiernas ó
desagradables, profundas ó superficiales.
Ni el amor, ni el odio, ni el dolor, ni la alegría, absorben por
completo la existencia de ningún mortal. Sólo Dios es imperecedero.
La muchedumbre olvidó luego, como ves, el trágico fin del cabo.
Yo me dispuse á cumplir sus últimas voluntades.
Llamé al sargento 1.º de la compañía de Granaderos, y con esa
preocupación fanática que nos hace cumplir estrictamente los caprichos
póstumos de los muertos queridos, le pagué _el peso_ que le debía el
cabo.
Confieso que después de hacerlo sentía un consuelo inefable.
¡Cuesta tanto á veces cumplir las pequeñeces!
Es por eso que el hombre debe ser observado y juzgado por sus obras
chicas, no por sus obras grandes.
En el cumplimiento de las últimas está interesado generalmente el honor
ó el crédito, el amor propio ó el orgullo, el egoísmo ó la ambición.
En el cumplimiento de las primeras no influye ninguno de esos poderosos
resortes del alma humana, sino la conciencia.
Cancelada la deuda con el sargento, me quedaba por hacer la remisión
prometida de los haberes devengados de Gómez á la Esquina.
Esperar el Comisario era un sueño. ¿Cuándo vendría éste? Y si venía,
¿estaría yo vivo? ¿Me entregaría, sobre todo, los sueldos del cabo? ¿El
Estado no es el heredero infalible de nuestros soldados muertos en el
campo de batalla, por él mismo ó por la libertad de la Patria, ó por su
honor ultrajado?
¿No es ésa la consecuencia del odioso é imperfecto sistema
administrativo militar que tenemos?
Gómez no era un soldado antiguo en mi batallón. Reservándome, pues,
ver si recogía sus sueldos de Guardia nacional, resolví mandarle á su
hermana los seis ú ocho que se le debían como soldado de línea.
_Simbad_, el corresponsal del _Standard_, á la sazón en el teatro de la
guerra, era vecino de la Esquina y mi antiguo amigo.
Debo á él la iniciación en un mundo nuevo, la lectura del _Cosmos_, ese
monumento imperecedero de la sapiencia del siglo XIX.
De _Simbad_ iba á valerme para remitir á su destino la pequeña herencia.
Habrían pasado _cincuenta y dos_ horas desde el instante en que el cabo
Gómez, según dejo relatado, recibió en su pecho intrépido las balas de
sus propios compañeros en cumplimiento de una orden y del más terrible
de los deberes.
Yo había ido de mi reducto, según costumbre que tenía, al alojamiento
del jefe de Estado Mayor.
Tenía éste dos puertas. Una que daba al Naciente y otra al Poniente.
La última estaba abierta. El General Gelly escribía con una pausa
metódica, que le es peculiar, en una mesita, cuya colocación variaba
según las horas y la puerta por donde entraba el sol. Esta vez se
hallaba colocada cerca de la puerta abierta. Yo estaba sentado en una
silla de baqueta paraguaya, dándole la espalda.
¿En qué pensaba?
Probablemente, Santiago amigo, en lo mismo que aquel tipo de comedia de
San Luis, que te ponderaba un día las delicias de su Estancia.
--Aquí me lo paso, te decía cierta hermosa tarde de primavera desde el
corredor, que dominaba una vasta campiña, _pensando_... _pensando_...
Y tú, interrumpiéndole, con tu sorna característica,--_en qué_... _en
qué_...
Y el pobre hombre contestaba: _en nada... en nada_...
El General era distraído de su escritura á cada paso, por oficiales que
se presentaban con distintas solicitudes,--dirigiéndole la palabra
desde el dintel de la puerta.
Yo seguía _pensando_...
En el instante en que mi pensamiento se perdía, qué sé yo en qué
nebulosa, un eco del otro mundo con tonada correntina, resonó en mis
oídos.
--Aquí te vengo á ver V. E. para que...
Mi sangre se heló, mi respiración se interrumpió... quise dar vuelta,
¡imposible!
--Estoy ocupado--murmuró el General, y el ruido del rasguear de su
pluma que no se interrumpió, produjo en mi cabeza un efecto nervioso
semejante al que produce el rechinar estridoroso de los dientes de un
moribundo.
--Haceme, ché, V. E., el favor...
--Estoy ocupado,--repitió el General.
Yo sentí algo como cuando en sueños se nos figura que una fuerza
invisible nos eleva de los cabellos hasta las alturas en que se ciernen
las águilas.
Debía estar pálido, como la cera más blanca.
El General Gelly fijó casualmente su mirada en mí, y al ver la emoción
angustiosa de que era presa, preguntóme con inquietud:
--¿Qué tiene usted?
No contesté... Pero oí... El vértigo iba pasando ya.
El General estaba confuso. Yo debía parecer muerto y no enfermo.
--¡Mansilla!--dijo.
--General--repuse, y haciendo un esfuerzo supremo, di vuelta la cabeza
y miré á la puerta.
Si hubiese sido mujer, habría lanzado un grito y me hubiera desmayado.
Mis labios callaron; pero como suspendido por un resorte, y á la manera
de esos maniquíes mortuorios que se levantan en las tablas de la escena
teatral, fuime levantando poco á poco de la silla y como queriendo
retroceder.
--Ché, V. E., hacé vos el favor,--volvió á oirse.
El General Gelly se puso de pie, y dirigiéndose á la voz que venía de
la puerta, contestó:
--¿Qué quieres?
Yo sentí un sudor frío por mi frente, y llevando mi mano á ella y como
queriendo condensar todas mis ideas y recuerdos ó hacerlos converger á
un solo foco, miré al General y exclamé con pavor:
--El cabo Gómez.
Efectivamente, el cabo Gómez estaba ahí, en la puerta del rancho del
General, con el mismo rostro que tenía la noche que le vi por última
vez.
Sólo su traje había variado. No revestía ya el uniforme militar, sino
un traje talar negro.
Mis ojos estuvieron fijos en él un instante, que me pareció una
eternidad.
El General Gelly volvió á repetir:
--¿Vamos, qué quieres?--Y dirigiéndose á mí:--¿Está usted enfermo?
La aparición contestó:
--Quiero que me dejes velar la crucecita de mi hermano.
--¿La crucecita de tu hermano?--repuso el General con aire de no
entender bien.
--Sí, pues, Manuel Gómez, que ya murió...
Y esto diciendo, echó á llorar, enjugando sus lágrimas con la punta del
pañuelo negro que cubría sus hombros.
Mientras se cambiaron esas palabras, yo volví en mí.
--¿Y dónde está la crucecita de tu hermano?--dijo el General.
--En el cementerio de la Legión Paraguaya.
Entonces, tomando yo la palabra, como aquella desdichada mujer no
podía dejar de interesarme, la dije:
--No, estás equivocada, la cruz de Gómez no está ahí.
--Yo sé--murmuró.
Queriendo convencerla, la dije:
--Yo soy el jefe del 12 de línea, que era el cuerpo de tu hermano.
--Yo sé--murmuró, retrocediendo con marcada impresión de espanto.
--Yo tengo los sueldos de tu hermano para ti; ven á mi batallón, que
está en el reducto de la derecha, te los daré y te haré enseñar dónde
está su cruz.
--Yo sé--murmuró.
Un largo diálogo se siguió. Yo pugnando porque la mujer fuera á mi
reducto para darle los sueldos de su hermano é indicarle el sitio de su
sepultura, y ella aferrada en que no, contestando sólo: _Yo sé._
El General Gelly, picado por la curiosidad de aquel carácter tan tenaz,
al parecer, la hizo varias preguntas:
--¿De dónde vienes?
--De la Esquina.
--¿Cuándo saliste de allí?
--Antes de ayer.
--¿Dónde supiste la muerte de tu hermano?
--En ninguna parte.
--¿Cómo en ninguna parte?
--En ninguna parte, pues.
--¿Te la han dado en Itapirú, ó aquí en el campamento?
--En ninguna parte.
--¿Y entonces, cómo la has sabido?
La hermana de Gómez refirió entonces, con sencillez, que en sueños
había visto á su hermano que lo llevaban á fusilar; que como sus sueños
siempre le salían ciertos, había creído en la muerte de aquél, y que,
tomando el primer vapor que pasó por la Esquina, se había venido á
velar su crucecita, que estaba en el cementerio de los paraguayos, idea
que era fija en ella.
Á las interpelaciones del General Gelly siguieron las mías.
El sueño de la hermana de Gómez había tenido lugar precisamente en
el momento en que éste estaba en capilla recibiendo los auxilios
espirituales.
Un hilo invisible y magnético une la existencia de los seres amantes,
que viven confundidos por los vínculos tiernísimos del corazón.
Y como ha dicho un gran poeta inglés: «Hay más cosas en el cielo y en
la tierra de las que ha soñado la filosofía.»
Empeñéme con la mujer cuanto pude, á fin de que fuera á mi reducto,
intentando seducirla con el halago de los sueldos de su hermano.
¡Fué en vano!
El General la despidió, diciéndole que podía velar la crucecita de su
hermano.
Y después de cambiar algunas palabras conmigo sobre aquel extraño sueño
realizado, filosofando sobre la vida y la muerte, á mis solas, me volví
á mi campo.
Mandé llamar á Garmendia en el acto, y le relaté todo lo sucedido.
Despachamos en seguida emisarios en busca de la hermana de Gómez.
Halláronla, pero fué inútil luchar contra su inquebrantable resolución
de no verme, y menos convencerla de que la crucecita de su hermano no
estaba en el cementerio que ella decía.
Esa noche hubo un velorio al que asistieron muchos soldados y mujeres
de mi batallón prevenidos por mí.
Por ellos supe que la hermana de Gómez, siendo yo el jefe del 12, me
achacaba á mí su muerte, y, asimismo que en la Esquina tenía algunos
medios de vivir, confirmando todos, por supuesto, que la noticia del
fusilamiento se la dió Dios en sueños.
Al día siguiente del velorio la mujer desapareció del ejército, sin que
nadie pudiera darme de ella razón.
El único mérito que tiene este cuento de fogón, que aquí concluye, es
ser cierto.
No todas las historias pueden reivindicar ese crédito.
¿Si será verdad que el público no se ha dormido leyéndolo?
Á los del fogón les pasaron distintas cosas.
Cuando yo terminé, unos roncaban, otros (la mayor parte), dormían.
Se oían sonar los cencerros de las tropillas; la luna despedía ya
alguna claridad.
--¡Á caballo, cordobeses!--grité,--¡se acabaron los cuentos!
Y todo el mundo se puso en movimiento, y un cuarto de hora después
rumbeábamos en dirección á un oasis denominado Monte de la Vieja.
¡Buenas noches! por no decir buenos días, ó salud, lector paciente.