Quién había andado por Ralico.--Los rastreadores.--Talento de uno del
12 de línea.--Se descubre quién había andado por Ralico.--Cuántos
caminos salen del Cuero.--El General Emilio Mitre no pudo llegar
allí.--Su error estratégico.
Debo á la fidelidad del relato consignar un detalle antes de proseguir.
En Ralico hallamos un rastro casi fresco. ¿Quién podía haber andado por
allí á esas horas, con seis caballos, arreando cuatro, montando dos?
Solamente el cabo Guzmán y el indio Angelito,--los chasques que yo
adelanté acto continuo de llegar á Coli-Mula.
Los soldados no tardaron en tener la seguridad de ello. Fijando en las
pisadas un instante su ojo experto, cuya penetración raya á veces en lo
maravilloso, empezaron á decir con la mayor naturalidad, como nosotros
cuando yendo con otros reconocemos en la distancia ciertos amigos: ché
ahí va el gateado, ahí va el zarco, ahí va el obscuro chapino.
Los rastreadores más eximios son los sanjuaninos y los riojanos.
En el batallón 12 de línea hay uno de estos últimos, que fué
_rastreador_ del General Arredondo durante la guerra del Chacho, tan
hábil, que no sólo reconoce por la pisada si el animal que lo ha dejado
es gordo ó flaco, sino si es tuerto ó no.
Era indudable que la tormenta había impedido que los chasques
continuaran su camino, que habían dormido en Ralico; y que sólo me
llevaban un par de horas de ventaja.
Si no se apuraban, ó si por apurarse demasiado fatigaban los caballos,
íbamos á llegar á las tolderías del Rincón, que así se llaman las
primeras, casi al mismo tiempo.
Á cada criatura le ha dado Dios su instinto, su pensamiento, su acento,
su alma, su carácter, por fin. Confieso que este incidente me contrarió
sobremanera.
Ó les daba tiempo á los chasques para que su comisión surtiera efecto,
deteniéndome un día en el camino, ó seguía mi viaje sin curarme de
ellos corriendo el riesgo de llegar primero.
Es de advertir que del Cuero salen dos caminos.
Uno va por Lonco-uaca--_lonco_ quiere decir cabeza y _uaca_ vaca,--y
otro por Bayo-manco que al ocuparme de la laguna ranquelina se verá lo
que quiere decir.
Estos dos caminos se reunen en Utatriquin, y de allí la rastrillada
sigue sin bifurcarse hasta la Laguna Verde.
El camino de Lonco-uaca da una pequeña vuelta. Pero tiene sobre el
Bayo-manco la ventaja de que en él no falta jamás agua, mientras que en
el otro no se halla sino cuando el año no está de sequía.
Por cual de los dos caminos habían tomado los chasques, ésa era la
cuestión.
Los bañados del Cuero no permitirían saberlo; los hallaríamos anegados.
Disimulando mi contrariedad, y pensando en lo que haría, si mis
conjeturas se realizaban, es decir, si no podíamos tomarles el rastro
á los heraldos, llegué al Cuero.
Allí nos quedamos ayer esperando las mulas, Santiago amigo.
Te cumpliré, pues, cuanto antes mi oferta para poder seguir viaje, y al
llegar hoy siquiera á Laquinhan, que es donde me propongo dormir.
Estamos á orillas del Cuero, del famoso Cuero, adonde no pudo llegar el
general Emilio Mitre, cuando su expedición, por ignorancia del terreno,
costándole esto el desastre sufrido. Y, sin embargo, llegó á Chamalcó,
y de allí contramarchó dejando el Cuero seis leguas al Norte.
Es verdad que el General buscaba también la Amarga en su marcha de
retroceso, creyendo en las anotaciones de las malas cartas geográficas
que circulan con la Amarga pintada como una gran laguna, siendo así que
no es sino un inmenso cañadón.
Son los desagües del Río 5.º, ya sabes, y lo más parecido que puedo
indicarte son los desagües del Río 4.º, ó sean los cañadores de Lobay.
Como tú eres uno de los amigos de la República Argentina que más se
interesa en ella, que más se ha preocupado de sus grandes problemas,
estudiando la cuestión fronteras é indios con una constancia
envidiable, te diré en lo que consistió el error estratégico principal
del General Mitre.
El General llegó á Witalobo, lugar muy conocido donde he estado yo.
Son dos médanos que forman un portezuelo. Hay en ellos alfalfa, y de
ahí vino la denominación, que entonces le dieron, el de médano de la
alfalfa, creyendo haber hecho un descubrimiento.
No puedo decirte con exactitud en qué latitud y longitud queda este
punto.
Sin embargo, para que formes juicio más cabalmente, te diré que queda
en la derecera Sur de la Carlota.
El Cuero queda de Witalobo al Poniente con una inclinación al Sur, de
pocos grados.
En Witalobo hay una encrucijada de caminos--uno de travesía que va
al Cuero, raramente frecuentado por los indios,--y otro conocido por
camino de las Tres Lagunas que va á las tolderías de Trenel.
En lugar de tomar este último camino que rumbea al Sur, el General
tomó otro, y abandonado á un mal baqueano y sin nociones gráficas, ni
ideales del terreno, no pudo corregir sus equivocaciones.
En Chamalcó se notan aún los rastros y vestigios dejados por la columna
expedicionaria.
La laguna del Cuero está situada en un gran bajo. Á pocas cuadras de
allí el terreno se dobla exabrupto, y sobre médanos elevados comienzan
los grandes bosques del desierto, ó lo que propiamente hablando se
llama Tierra Adentro.
Los que han hecho la pintura de la Pampa, suponiéndola en toda su
inmensidad una vasta llanura; ¡en qué errores descriptivos han
incurrido!
Poetas y hombres de ciencia, todos se han equivocado. El paisaje ideal
de la Pampa, que yo llamaría, para ser más exacto, pampas, en plural, y
el paisaje real, son dos perspectivas completamente distintas.
Vivimos en la ignorancia hasta de la fisonomía de nuestra Patria.
Poetas distinguidos, historiadores, han cantado al ombú y al cardo de
la Pampa.
¿Qué ombúes hay en la Pampa, qué cardales hay en la Pampa?
¿Son acaso oriundos de América, de estas zonas?
¿Quién que haya vivido algún tiempo en el campo, hablando mejor, quién
que haya recorrido los campos con espíritu observador, no ha notado
que el ombú indica siempre una casa habitada, ó una población que fué;
que el cardo no se halla sino en ciertos lugares, como que fué sembrado
por los jesuitas, habiéndose propagado después?
Estos montes del Cuero se extienden por muchísimas leguas de Norte á
Sur y de Naciente á Poniente; llegan al Río Chalileo, lo cruzan, y con
estas interrupciones van á dar hasta el pie de la Cordillera de los
Andes.
Á la orilla de ellos vivía el indio Blanco, que no es ni cacique, ni
capitanejo, sino lo que los indios llaman _indio gaucho_. Es decir, un
indio sin ley, ni sujeción á nadie, á ningún cacique mayor, ni menos,
á ningún capitanejo; que campea por sus respetos; que es aliado unas
veces de los otros, otras enemigo; que unas veces anda á monte, que
otras se _arrima_ á la toldería de un cacique, que unas anda por los
campos _maloqueando_, invadiendo meses enteros seguidos; otras por
Chile comerciando, como ha sucedido últimamente.
Toda la fuerza de este indio, temido como ninguno en las fronteras
de Córdoba y de San Luis, y tan baqueano de ellas como de las demás,
se componía en la época á que voy á referirme, de unos ocho ó diez
compañeros de averías.
Con ellos invadía generalmente agregándose algunas veces á los grandes
malones.
Como en aquel entonces los campos al Sur del Río 5.º y del Río 4.º eran
una misma cosa--dominio de los indios,--las invasiones se sucedían
semanalmente, día de por medio, y hasta diariamente.
El héroe de estas hazañas era, por lo común, el indio Blanco.
El camino del Río 4.º á Achiras, fué cien veces campo de sus robos y
crueldades.
Á mi llegada al Río 4.º era imposible dejar de hablar del indio Blanco;
porque, ¿adónde se iba que no oyera uno mentar los estragos de sus
depredaciones?
¿Quién no lamentaba sus ganados robados, lloraba algún deudo muerto ó
cautivo?
El tal indio tenía un prestigio terrible.
Yo era, de consiguiente, su rival.
Me propuse, antes de avanzar la frontera, desalojarlo del Cuero,
incomodarlo, alarmarlo, robarlo, cualquier cosa por el estilo.
Pero no quería hacer esta campaña con soldados. La disciplina suele
tener los inconvenientes de sus ventajas.
Busqué un contrafuego, acordándome de la máxima de los grandes
capitanes: al enemigo batirlo con sus mismas armas.
Le escribí á mi amigo don Pastor Hernández, comandante militar del
Departamento del Río 4.º, hombre tan penetrante como laborioso y
constante--que necesitaba conchabar media docena de pícaros, siendo
de advertir que prefería la destreza á la audacia, en una palabra,
ladrones.
Hernández no se hizo esperar. Á los pocos días presentáronse seis
conciudadanos de la falda de la Sierra, con una carta, y encabezándolos
uno, denominado el _Cautivo_.
Los fariseos que crucificaron á Cristo no podían tener unas fachas de
forajidos más completa.
Sus vestidos eran andrajosos, sus caras torvas, todos encogidos y con
la pata en el suelo, necesitábase estar animado del sentimiento del
bien público para resolverse á tratar con ellos.
Entraron donde yo estaba.
Queriendo hacer un estudio social les ofrecí asiento. Me costó
conseguir que lo aceptaran; pero instando conseguí que se sentaran.
Lo hicieron poniendo cada cual su sombrero en el suelo al lado de la
silla.
Agacharon todos la cabeza.
Inicié la conferencia con ciertas preguntas como:--¿Cómo te llamas,
de dónde eres, en qué trabajas, has sido soldado, cuántas muertes has
hecho?
Y luego que la confianza se estableció, proseguí:
--Conque ¿quieren ustedes conchabarse?
--Como usía quiera--contestó el _Cautivo_, con esa tonada cordobesa,
que consiste en un pequeño secreto, (como lo puede ver el curioso
lector ó lectora) en cargar la pronunciación sobre las letras
acentuadas y prolongar lo más posible la vocal ó primera sílaba.
En haciendo esto ya es uno cordobés. No hay más que ensayarlo.
--Ustedes son hombres gauchos, por supuesto.
--¿Cómo no, señor?
--¿Entienden de todo trabajo?
--De cuanto quiera.
--¿Y cuánto ganan?
--Á según usía.
--¿Ganan más de ocho pesos mensuales?
--No, señor.
--Pues yo les voy á pagar diez; les voy á dar comida, ropa y caballos.
--Como usía guste.
--Sí; pero es que yo los conchabo para robar.
--¿Y cómo ha de ser, pues?
--Iremos ánde nos mande--dijeron varios á una.
--¡Hum! ¿Y se animarán?
--Y cómo no, señor usía.
--Bueno; es para robarles á los indios.
¡Nadie contestó!
Y ahí está el país, la causa de la montonera y otras yerbas.
El Coronel los conchababa para robar; para robarle al lucero del alba
que fuera. No había inconveniente. Estaban prontos y resueltos á todo,
á derramar su sangre, á jugar la vida. Lo mismo había sido ofrecerles
diez pesos y todo lo demás, que lo que ganaban honradamente.
Obedecían á una predisposición, á una educación, á las seducciones del
caudillaje bárbaro y turbulento. Quizá se decían interiormente: ¡Éste
sí que es un Coronel, y lindo!
Mas se trató de los indios, de los mismos que no hacía muchos meses
asolaban su propio hogar, y las disposiciones cambiaron con la rapidez
del relámpago.
¿Era miedo? ¿Qué era?
No, no era miedo.
Nuestra raza es valiente y resuelta; no es el temor de la muerte lo que
contiene al gaucho á veces.
Yo he visto á uno de ellos discurrir como un filósofo en el momento de
llevarlos á fusilar.
Era un sargento: el sacerdote le instaba á confesarse, no quería
hacerlo.
--¿Que no temes á la muerte?
--Padre--contestó con marcada expresión,--la muerte es un salto que uno
da á obscuras sin saber dónde va á caer.
Fué esto en Chascomús.
¿Y, qué detenía entonces á los _Voluntarios de la Pampa_, que así se
llamaron al fin; qué los arredraba?
¡Ah! es triste decirlo. Pero es verdad, y hay que decirlo, para
enseñanza de las jóvenes generaciones en cuyas manos está el porvenir,
las que nos salvarán á nosotros, aspirantes de la intolerancia y del
odio, enanos del patriotismo que recompensa bien, ¡héroes del siglo de
oro!
Era la ausencia completa del sentimiento del deber,--el horror de toda
disciplina.
Ellos tenían bastante sagacidad para comprender que yendo á robarle á
cualquiera, por mi orden, yo me hacía su cómplice.
Yendo á robarles á los indios, el juego cambiaba de aspecto; tenían que
ir como soldados. Llegaron tal vez á imaginarse que era una jugada mía
para reclutarlos.
Lo comprendí así.
Estuve dispuesto á despacharlos. Pero ya estaban allí.
Les hice entender que eran hombres libres; que podían conchabarse ó no;
que nadie les obligaba; que podían retirarse si querían.
Se convencieron de que no había en el conchabo más riesgos que el de la
vida, y se arregló todo.
Les di buenos caballos, los vestí, les di carabinas de las que hicieron
_recortados_ y una lata de caballería para llevar entre las caronas.
Y partieron...
Mis órdenes eran robarle al indio Blanco.
El _Cautivo_ era baqueano del Cuero.
Lo que trabajasen sería para ellos.
Volvieron con _algo_. No se trabaja y se expone el cuero sin provecho,
discurren los menos calculadores.
Se repitió la excursión, tres veces más, hasta que el indio Blanco
se alejó. Él no podía calcular detrás de los voluntarios de la Pampa
cuántos más iban.
Confieso que al mandar aquellos diablos á una correría tan azarosa me
hice esta reflexión: si los pescan ó los matan poco se pierde.
Fué una de las causas que me hizo no recurrir á los pobres soldados.
Los _Voluntarios de la Pampa_ acabaron por hacerme á mí un robo.
Los tomé y por todo castigo les dije, devolviéndoselos á Hernández:
--¿Qué les he de hacer? Ya sabía que eran ustedes ladrones.
No se juega mucho tiempo con fuego sin quemarse.
Han llegado las mulas.
Es cosa resuelta que hoy no duermo donde quería.
Llegaremos mañana.