VII

Presentimientos de la multitud.--Un asesino sin saberlo.--Deseos

de salvarle.--Averiguaciones.--Un fiscal confuso.--Juicios

contradictorios.--Agustín Mariño, auditor del Ejército

Argentino.--Consejo de Guerra.--Dudas.--Sentencia del cabo Gómez.--Se

confirma la pena de muerte.--Preparativos.--La ejecución.--Una

aparición.

Un hombre había sido asesinado en pleno día durante la luz meridiana,

en un recinto estrecho, de cien varas cuadradas, en medio de

cuatrocientos seres humanos con ojos y oídos; el cadáver estaba ahí

encharcado en su sangre humeante, sin que nadie le hubiera tocado aún

cuando yo penetré en el reducto,--y nadie, nadie, absolutamente nadie,

podía decir, apoyándose en el testamento inequívoco de sus sentidos, el

asesino es fulano.

Y sin embargo, todo el mundo tenía el presentimiento de que había sido

el cabo Gómez y algunos lo afirmaban, sin atreverse á jurar que lo

fuera.

¡Qué extraño y profético instinto el de las multitudes!

Inmediatamente que pasé el parte, que se redujo á dar cuenta del hecho

y á pedir permiso para levantar una sumaria, traté de averiguar lo

acontecido.

Cuando vino la contestación correspondiente, yo estaba convencido ya de

que el asesino era el cabo Gómez.

El hombre que viendo al extranjero amenazar su tierra marcha cantando

á las fronteras de su patria; que cruza ríos y montañas, que no le

detienen murallas ni cañones, que todo lo sacrifica, tiempo, voluntad,

afecciones, y hasta la misma vida, que si se le grita ¡_arriba_! se

levanta, ¡_adelante_! marcha, ¡_muere ahí_! ahí muere, en el momento

quizá más dulce de la existencia, cuando acaba de recibir tiernas

cartas de su madre y de su prometida, que esperanzadas en la bondad

inmensa de Dios, le hablan del pronto regreso al hogar, ¿ese hombre no

merece que en un instante solemne de la vida se haga algo por él?

Eso hice yo. Y para que no me quedase la menor duda de que el asesino

era el indicado, le hice comparecer ante mí, é interrogándole con

esa autoridad paternal y despótica del jefe, me hice la ilusión de

arrancarle sin dificultad el terrible secreto.

El cabo estaba aún bajo la influencia deletérea del alcohol; pero

bastante fresco para contestar con precisión á todas mis preguntas.

--Gómez--le dije afectuosamente,--quiero salvarte; pero para

conseguirlo necesito saber si eres tú el que ha muerto al hombre ese

que estaba de visita en el rancho del alférez Guevara.

El cabo no respondió, clavándose sus ojos en los míos y haciendo un

gesto de ésos que dicen--dejadme meditar y recordar.

Dile tiempo, y cuando me pareció que el recuerdo le asaltaba, proseguí:

--Vamos, hijo, díme la verdad.

--Mi Comandante--repuso con el aire y el tono de la más perfecta

ingenuidad,--yo no he muerto ese hombre.

--Cabo--agregué, fingiendo enojo,--¿por qué me engañas? ¿á mí me

mientes?

--No, mi Comandante.

--Júralo, por Dios.

--Lo juro, mi Comandante.

Esta escena pasaba lejos de todo testigo. La última contestación del

cabo me dejó sin réplica y caí en meditación, apoyando mi nublada

frente en la mano izquierda como pidiéndole una idea.

No se me ocurrió nada.

Le ordené al cabo que se retirara.

Hizo la venia, dió media vuelta y salió de mi presencia, sin haber

cambiado el gesto que hizo cuando le dirigí mi primera pregunta.

Á pocos pasos de allí le esperaban dos custodias que le volvieron á la

guardia de prevención.

Yo llamé á un ayudante y dicté una orden para que el alférez don Juan

Álvarez Ríos procediese sin dilación á levantar la sumaria debida.

Álvarez era el fiscal menos aparente para descubrir ó probar lo

acaecido; por eso me fijé en él. No porque fuera negado, al contrario,

sino porque es uno de esos hombres de imaginación impresionable,

inclinados á creer en todo lo que reviste caracteres extraordinarios ó

maravillosos.

Á pesar del juramento del cabo, yo tenía mis dudas, y estaba resuelto

á salvarle, aunque resultasen vehementes indicios contra él de lo que

Álvarez inquiriese.

Volví, pues, á tomar nuevas averiguaciones con el doble objeto de

saber la verdad y de mistificar la imaginación de Álvarez, previniendo

mañosamente el ánimo de algunos.

Por su parte, Álvarez se puso en el acto en juego, no habiéndoselas

visto jamás más gordas.

Empezó por el reconocimiento médico del cadáver, registro, etc., y

luego que se llenaron las primeras formalidades, vino á mí para hacerme

saber que en los bolsillos del muerto se había hallado algún dinero,

creo que sesenta pesos, y consultarme qué haría con ellos.

Díjele lo que debía hacer, y así como quien no quiere la cosa, agregué:

¿No le decía á usted que Gómez no podía ser el asesino? Se habría

robado el dinero.

Esta vulgaridad surtió todo el efecto deseado, porque Álvarez me

contestó: Eso es lo que yo digo, aquí hay algo.

Más tarde volvió á decirme que se había encontrado un cuchillo

ensangrentado cerca del lugar del crimen; pero que habiendo muchos

iguales no se podía saber si era el del cabo Gómez ó no; que después lo

sabría y me lo diría, porque era claro que si Gómez tenía el suyo, el

asesino no podía ser él.

Aunque era cierto que la desaparición del cuchillo de Gómez podría

probar algo, también podría no probar nada. Era, sin embargo, mejor que

resultase que el cabo tenía el suyo.

Otro cabo, Irrizábal, hombre de toda mi confianza, que había sido mi

asistente mucho tiempo, fué de quien me valí para saber si Gómez tenía

ó no su cuchillo.

Irrizábal estaba de guardia, de manera que no tardé en salir de mi

curiosidad.

Gómez tenía su cuchillo, y en la cintura nada menos.

Quedéme perplejo al saberlo.

Voy á pasar por alto una infinidad de detalles. Sería cosa de nunca

acabar.

Álvarez siguió fiscalizando los hechos, enredándose más á medida que

tomaba nuevas declaraciones; lo que sobre todo acabó de hacerle perder

su latín, fué la declaración de Gómez,--que negó rotundamente haber

asesinado á nadie.

Unas cuantas manchas de sangre que tenía en la manga de la camisa,

cerca del puño, dijo que debían ser de la carneada.

Efectivamente, esa mañana había estado en el matadero del ejército, con

un pelotón de su compañía que salió de fajina.

Y para mayor confusión, resulta que se había dado un pequeño tajo en el

pulgar de la mano izquierda, con el cuchillo de otro soldado.

No obstante, la conciencia del batallón--sin que nadie hubiese afirmado

terminantemente cosa alguna contra Gómez,--seguía siendo la conciencia

del primer momento; Gómez es el asesino.

Al fin, acabó por haber dos partidos--uno de los oficiales y de los

soldados más letrados,--otro de los menos avisados, que era el partido

de la gran mayoría.

La minoría sostenía que Gómez no era el asesino del vivandero, y hasta

llegó á susurrarse que éste y el alférez Guevara habían tenido una

disputa muy acalorada, insinuando otros con malicia que Guevara le

había dado mucho dinero.

Álvarez estaba desesperado de tanta versión y opinión contradictoria,

y sobre todo, lo que más le trabucaba era la opinión mía, favorable en

todas las emergencias que sobrevenían á la causa de Gómez.

Los oficiales más diablos le tenían aterrado, zumbándole al oído que

sería severamente castigado si nada probaba, y con mucha más razón si

sin pruebas ponía una vista contra Gómez.

El pobre Alférez iba y venía en busca de mi inspiración, y salía

siempre cabizbajo con esta reflexión mía:

¡Cuántas veces no pagan justos por pecadores!

Como era natural, la sumaria no tardó en estar lista. En campaña el

término es limitadísimo para estos procedimientos.

Fué elevada, y sobre la marcha se ordenó que el cabo Gómez fuera

juzgado en Consejo de Guerra ordinario.

El Auditor del Ejército, joven español lleno de corazón y de talento,

que sirvió como un bravo, que luchó como un hombre templado á la

antigua, contra el cólera dos veces, contra la fiebre intermitente,

contra todas las demás plagas del Paraguay, y que ha muerto en el

olvido, que así suele pagar la patria la abnegación, era mi particular

amigo; yo le había colocado al lado del General Emilio Mitre cuando

dejé de ser su secretario militar.

Por él supe lo que contenía la causa de Gómez--que Álvarez, á pesar de

su notoria inhabilidad, algo había descubierto, que arrojaba sospechas

de que Gómez era el verdadero autor del crimen.

Nombrado el Consejo, y prevenido yo por Mariño, procuré con el mayor

empeño hacer atmósfera en pro de mi protegido, viendo á los vocales,

conversándoles del suceso y diciéndoles qué clase de hombre era el

acusado, sus servicios, su valor heroico y el amor que por esas razones

le tenía.

Reunióse el Consejo el día y hora indicados, y Gómez fué llevado ante

él, con todas las formalidades y aparato militar, que son imponentes.

La opinión del batallón se había hecho mientras tanto unánime contra

Gómez. Sólo había disputas sobre su suerte. Los unos creían que sería

fusilado; los otros que no, que sería recargado, porque el General en

Jefe, en presencia de sus méritos y servicios, que ya haría constar,

le conmutaría la pena, dado el caso que el Consejo le sentenciara á

muerte.

Yo era el único que no tenía opinión fija.

Parecíame á veces que Gómez era el asesino, otras dudaba, y lo único

que sabía positivamente era que no omitiría esfuerzo por salvarle la

vida.

Á fin de no perder tiempo, asistí como espectador al juicio, mas

viendo que el ánimo de algunos era contrario á mi ahijado, me disgusté

sobremanera y me volví á mi campo sumamente contrariado.

Se leyó la causa, y cuando llegó el momento de votar, el Consejo se

encontró atado. En conciencia, ninguno de los vocales se atrevía á

fallar condenando ó absolviendo.

Entonces, guiado el Consejo por un sentimiento de rectitud y de

justicia, hizo una cosa indebida.

Remitieron los autos y resolvieron esperar. Y volviendo éstos sin

tardanza, el Consejo Ordinario se convirtió en Consejo de Guerra

verbal, teniendo el acusado que contestar á una porción de preguntas

sugestivas, cuyo resultado fué la condenación del cabo.

Los que presenciaron el interrogatorio me dijeron que el valiente de

Curupaití no desmintió un minuto siquiera su serenidad, que á todas las

preguntas contestó con aplomo.

Antes de que el cabo estuviera de regreso del Consejo, ya sabía yo cuál

había sido su suerte en él.

Púseme en movimiento, pero fué en vano. Nada conseguí. El superior

firmó la sentencia del Consejo y al día siguiente, en la Orden General

del Ejército, salió la orden terrible mandando que Gómez fuera pasado

por las armas al frente de su batallón, con todas las formalidades de

estilo.

No había que discutir ni que pensar en otra cosa, sino en los últimos

momentos de aquel valiente infortunado.

¡La clemencia es caprichosa!

Los preparativos consistieron en ponerle en capilla y en hacer llamar

al confesor.

Todos habían acusado á Gómez y todos sentían su muerte.

El cabo oyó leer su sentencia sin pestañear, cayendo después en una

especie de letargo. Yo me acerqué varias veces á la carpa en que se le

había confinado, hablé en voz alta con el centinela y no conseguí que

levantara la cabeza.

El confesor llegó; era el padre Lima.

Gómez era cristiano y le recibió con esa resignación consoladora, que

en la hora angustiosa de la muerte da valor.

El padre estuvo un largo rato con el reo, y dejándole otro solo,

como para que replegase su alma sobre sí misma, vino donde yo estaba

encantado de la grandeza de aquel humilde soldado.

Quise preguntarle si le había confesado algo del crimen que se

le imputaba, y me detuve ante esa interrogación tremenda, por un

movimiento propio y una admonición discreta del sacerdote, que sin duda

conoció mi intención y me dijo: «queda preparándose».

Yo pasé la noche en vela junto con el padre. Él por sus deberes, y yo

por mi dolor, que era intenso, verdadero, imponderable, no podíamos

dormir.

Quería y no quería hablar por última vez con el cabo.

Me decidí á hacerlo.

¡Pobre Gómez! Cuando me vió entrar agachándome en la carpa, intentó

incorporarse y saludarme militarmente. Era imposible por la estrechez.

--No te muevas, hijo,--le dije.

Permaneció inmóvil.

--Mi Comandante--murmuró.

Al oir aquel mi Comandante, me pareció escuchar este reproche amargo:

Usted me deja fusilar.

--He hecho todo lo posible por salvarte, hijo.

--Ya lo sé, mi Comandante--repuso, y sus ojos se arrasaron en lágrimas,

y los míos también, abrazándonos.

Dominando mi emoción, le pregunté:

--¿Cómo hiciste eso?

--Borracho, mi Comandante.

--¿Y cómo me lo negaste el primer día?

--Usted me preguntó por un vivandero, y yo creía haber muerto al

alférez Guevara.

--¿Ésa fué tu intención?

--Sí, mi Comandante, me había dado un bofetón el día del asalto de

Curupaití, sin razón alguna.

--¿Y qué has confesado en el Consejo?

--Mi Comandante, no lo sé. Yo he creído que el muerto era el Alférez.

Me han preguntado tantas cosas que me he perdido.

Salí de allí.

Hablé con el padre, y le rogué le preguntara á Gómez qué quería.

Contestó que nada.

Le hice preguntar si no tenía nada que encargarme, que con mucho gusto

lo haría.

Contestó que cuando viniese el Comisario le recogiese sus sueldos; que

le pagase un peso que le debía al sargento 1.º de su compañía y que el

resto se lo mandara á su hermana que vivía en la Esquina, villorrio de

Corrientes rayano de Entre Ríos.

Pasó la noche tristemente y con lentitud.

El día amaneció hermoso, el batallón sombrío.

Nadie hablaba. Todos se aprestaban en sepulcral silencio para las ocho.

Era la hora funesta y fatal.

La orden, que yo presidiera la ejecución.

No lo hice porque no podía hacerlo. Estaba enfermo.

Mi segundo salió con el batallón y mandó el cuadro.

Yo me quedé en mi carreta. La caja batía marcha lúgubremente.

Yo me tapé los oídos con entrambas manos.

No quería oir la fatídica detonación.

Después me refirieron cómo murió Gómez.

Desfiló marcialmente por delante del batallón, repitiendo el rezo del

sacerdote.

Se arrodilló delante de la bandera, que no flameaba sin duda de

tristeza.

Le leyeron la sentencia, y dirigiéndose con aire sombrío á sus

camaradas, dijo con voz firme, cuyo eco repercutió con amargura:

--¡Compañeros: así paga la Patria á los que saben morir por ella!

Textuales palabras, oídas por infinitos testigos que no me desmentirán.

Quisieron vendarle los ojos y no quiso.

Se hincó... Un resplandor brilló... los fusiles que apuntaron... oyóse

un solo estampido... Gómez había pasado al otro mundo.

El batallón volvió á sus cuadras y los demás piquetes del Ejército á

las suyas, impresionados con el terrible ejemplo, pero llorando todos

al cabo Gómez.

Á los pocos días yo tuve una aparición... Decididamente hay vidas

inmortales.

Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1 · 第 13 / 49 题