Quién conocía mi secreto.--El Río 5.º.--El paso del Lechuzo.--Defecto
de un fraile.--Compromiso recíproco.--Preparativos para la
marcha.--Resistencia de los gauchos.--Cambio de opiniones sobre
la fatalidad histórica de las razas humanas.--Sorpresa de
Achauentrú al saber que me iba á los indios.--Pensamiento que me
preocupaba.--Ofrecimientos y pedidos de Achauentrú.--Fray Moisés
Álvarez.--Temores de los indios.--Seguridades que les di.--Efectos de
la digestión sobre el humor.--Las mujeres del fuerte Sarmiento.--Un
simulacro.
Sólo el franciscano Fray Marcos Donatti, mi amigo íntimo, conocía mi
secreto.
Se lo había comunicado yendo con él del fuerte Sarmiento al «Tres de
Febrero», otro fuerte de la extrema derecha de la línea de frontera
sobre el Río 5.º.
Este sacerdote, que á sus virtudes evangélicas reune un carácter
dulcísimo, recorría las dos fronteras de mi mando, diciendo misa en
improvisados altares, bautizando y haciendo escuchar con agrado su
palabra, á las pobres mujeres de los pobres soldados. La que le oía se
confesaba.
Era una noche hermosa, de esas en que el mundo estelar brilla con
todo el esplendor de su magnificencia. La luna no se ocultaba tras
ningún celaje y de vez en cuando al acercarnos á las barrancas del Río
5.º que corre tortuoso, costeándolo el camino, la veíamos retratarse
radiante en el espejo móvil de ese río, que nace en las cumbres de
la sierra de la Carolina, y que corriendo en una curva de poniente á
naciente, fecunda con sus aguas, ricas como las del 2.º de Córdoba,
los grandes potreros de la villa de Mercedes, hasta perderse en las
impasables cabañas de la Amarga.
Llegábamos al paseo del Lechuzo, famoso por ser uno de los más
frecuentados por los indios en la época tristemente memorable de sus
depredaciones.
Hay allí un montoncito de árboles, corpulentos y tupidos, que tendrá
como una media milla de ancho, y que de noche el fantástico caminante
se apresura á cruzar por un instinto racional que nos inclina á acortar
el peligro.
El paso del Lechuzo, con su nombre de mal agüero, es una excelente
emboscada y cuentan sobre él las más extrañas historias de fechorías
hechas allí por los indios.
Lo cruzamos al trote, azotando las ramas, caballos y jinetes: al salir
de la espesura, piqué yo el mío con las espuelas, y diciéndole á Fray
Marcos:--Oiga, padre--me puse al galope seguido por el buen franciscano
que no tenía entonces, como no tiene ahora, para mí más defecto que
haberme maltratado un excelente caballo moro que le presté.
El ayudante y los tres soldados que me acompañaban quedáronse un poco
atrás y nada pudieron oir de nuestra conversación.
El padre tenía su imaginación llena de las ideas de los gauchos que han
solido ir á los indios por su gusto ó vivir cautivos entre ellos.
Consideraba mi empresa la más arriesgada, no tanto por el peligro de
la vida, sino por la fe pública de los indígenas. Me hizo sobre el
particular las más benevólas reflexiones, y por último, dándome una
muestra de cariño, me dijo: «Bien, Coronel; pero cuando usted se vaya,
no me deje á mí, usted sabe que soy misionero.»
Yo he cumplido mi promesa y él su palabra.
Los preparativos para la marcha se hicieron en el fuerte Sarmiento,
donde á la sazón se hallaba una comisión de indios presidida por
Achauentrú, diplomático de monta entre los Ranqueles, y cuyos servicios
me han sido relatados por él mismo.
Ya calcularás que los preparativos debían reducirse á muy poca cosa.
En las correrías por la Pampa lo esencial son los caballos. Yendo uno
bien montado, se tiene todo; porque jamás faltan bichos que bolear,
avestruces, gamas, guanacos, liebres, gatos monteses, ó peludos, ó
mulitas, ó piches, ó matacos que cazar.
Eso es tener _todo_, andando por los campos, tener que comer.
Á pesar de esto yo hice preparativos más formales. Tuve que arreglar
dos cargas de regalos y otra de charqui riquísimo, azúcar, sal, hierba
y café. Si alguien llevó otras golosinas debió comérselas en la primera
jornada, porque no se vieron.
Los demás aprestos consistieron en arreglar debidamente las monturas y
arreos de todos los que debían acompañarme para que á nadie le faltara
maneador, bozal con cabestro, manea y demás útiles indispensables, y en
preparar los caballos, componiéndoles los vasos con la mayor prolijidad.
Cuando yo me dispongo á una correría sólo una cosa me preocupa
grandemente: los caballos.
De lo demás, se ocupa el que quiere de los acompañantes.
Por supuesto, que un par de buenos chifles no ha de faltarle á ninguno
que quiera tener paz conmigo. Y con razón, el agua suele ser escasa
en la Pampa y nada desalienta y desmoraliza más que la sed. Yo he
resistido setenta y dos horas sin comer, pero sin beber no he podido
estar sino treinta y dos. Nuestros paisanos, los acostumbrados á cierto
género de vida, tienen al respecto una resistencia pasmosa. Verdad que,
¡qué fatiga no resisten ellos!
Sufren todas las intemperies, lo mismo el sol que la lluvia, el calor
que el frío, sin que jamás se les oiga una murmuración, una queja.
Cuando más tristes parecen, entonan un airecito cualquiera.
Somos una raza privilegiada, sana y sólida, susceptible de todas las
enseñanzas útiles y de todos los progresos adaptables á nuestro genio y
á nuestra índole.
Sobre este tópico, Santiago amigo, mis opiniones han cambiado mucho
desde la época en que con tanto _furor_ discutíamos á tres mil leguas,
la unidad de la especie humana y la fatalidad histórica de las razas.
Yo creía entonces que los pueblos greco-latinos no habían venido al
mundo para practicar la libertad y enseñarla con sus instituciones, su
literatura y sus progresos en las ciencias y en las artes, sino para
batallar perpetuamente por ella. Y, si mal no recuerdo, te citaba á la
noble España luchando desde el tiempo de los romanos por ser libre de
la dominación extranjera unas veces, por darse instituciones libres
otras.
Hoy pienso de distinta manera. Creo en la unidad de la especie humana
y en la influencia de los malos gobiernos. La política cría y modifica
insensiblemente las costumbres, es un resorte poderoso de las acciones
de los hombres, prepara y consuma las grandes revoluciones que levantan
el edificio con cimientos perdurables ó lo minan por su base. Las
fuerzas morales dominan constantemente las físicas y dan la explicación
y la clave de los fenómenos sociales.
Terminados los aprestos, anuncié á los que formaban mi comitiva que al
día siguiente partiríamos para el Sur por el camino del Cuero, y que no
era difícil fuéramos á sujetar el pingo en Leubucó.
Más tarde hice llamar al indio Achauentrú y le comuniqué mi idea.
Manifestóse muy sorprendido de mi resolución, preguntóme si la había
transmitido de antemano á Mariano Rosas y pretendió disuadirme,
diciéndome que podía sucederme algo, que los indios eran muy buenos,
que me querían mucho, pero que cuando se embriagaban no respetaban á
nadie.
Le hice mis observaciones, le pinté la necesidad de hablar yo mismo
sobre la paz con los caciques y el bien inmenso que podía resultar de
darles una muestra de confianza tan clásica como la que les iba á dar.
Sobre todos los pensamientos el que más me dominaba era éste: probarles
á los indios con un acto de arrojo, que los cristianos somos más
audaces que ellos y más confiados cuando hemos empeñado nuestro honor.
Los indios nos acusan de ser gentes de muy mala fe, y es inacabable
el capítulo de cuentos con que pretenden demostrar que vivimos
desconfiados de ellos y engañándolos.
Achauentrú es entendido, y comprendió no sólo que mi resolución era
irrevocable, que decididamente me iba al día siguiente, sino algunos de
los motivos que le expuse.
Entonces me ofreció muchas cartas de recomendación, y como favor
especial me pidió, que del Cuero adelantara un chasque avisando mi
ida; primero para que no se alarmasen los indios y segundo para que me
recibieran como era debido.
Le pedí para el efecto un indio, y me dió uno llamado Angelito, sin
tener nada de tal. Positivamente los nombres no son el hombre.
Después de hablar Achauentrú conmigo, fuese á conversar con el padre
Marcos y su compañero Fray Moisés Álvarez, joven franciscano, natural
de Córdoba, lleno de bellas prendas, que respeto por su carácter y
quiero por su buen corazón.
Al rato vinieron todos muy alarmados, diciéndome que los indios todos,
lo mismo que los lenguaraces, conceptuaban mi expedición muy atrevida,
erizada de inconvenientes y de peligros, y que lo que más atormentaba
su imaginación, era lo que sería de ellos si por alguna casualidad me
trataban mal en Tierra Adentro ó no me dejaban salir.
Híceles decir--porque quedaban en rehenes,--que no tuvieran cuidado,
que si los indios me trataban mal, ellos no serían maltratados; que si
me mataban, ellos no serían sacrificados; que sólo en el caso de que no
me dejasen volver, ellos no regresarían tampoco á su tierra, quedando
en cambio mío, de mis oficiales y soldados. Ellos eran unos ocho, me
parece, y los que íbamos á internarnos diecinueve.
Y les pedí encarecidamente á los padres, les hicieran comprender que
aquellas ideas eran justas y morales.
Tranquilizáronse; después de muchos meses de estar en negocios conmigo,
no habiéndoles engañado jamás ni tratado con disimulo, sino así tal
cual Dios me ha hecho; bien unas veces, mal otras, porque mi humor
depende de mi estómago y de mis digestiones, habían adquirido una
confianza plena en mi palabra.
Cuántas veces no llegaron á mis oídos en el Río 4.º estas palabras,
proferidas por los indios en sus conversaciones de pulpería: «Ese
coronel Mansilla, bueno, no mintiendo, engañando nunca pobre indio.»
Llegó por fin el día y el momento de partir. El fuerte Sarmiento
estaba en revolución. Soldados y mujeres rodeaban mi casa, para darme
un adiós, _¡sans adieu!_ y desearme feliz viaje. Ellas creían quizá
interiormente que no volvería. El cariño, la simpatía, el respeto
exageran el peligro que corren ó deben correr las personas que no nos
son indiferentes. Hay más miedo en la imaginación que en las cosas que
deben suceder.
Cuando todos esperaban ver arrimar mis tropillas y las mulas para tomar
caballos, aparejar las cargas y que me pusiera en marcha, oyóse un
toque de corneta inusitado á esta hora: llamada redoblada.
En el acto cundió la voz--¡los indios!
Y una agitación momentánea era visible en todos los semblantes.
Los soldados corrían con sus armas á las cuadras.
Poco tardó en oirse el toque de tropa, y poco también en estar todas
las fuerzas de la guarnición formadas, el batallón 12 de línea montado
en sus hermosas mulas, y el 7 de caballería de línea en buenos
caballos, con el de tiro correspondiente.
Al mismo tiempo que la tropa había estado aprestándose para formar, los
vivanderos recibieron orden de armarse, las mujeres de reconcentrarse
al club «El Progreso en la Pampa», que estaban edificando los jefes
y oficiales de la guarnición, que tiene su hermoso billar y otras
comodidades. Á los indios se les ordenó no se movieran del rancho en
que estaban alojados y á los vivanderos, que sirvieran de custodia de
unos y otras.
Mientras esto pasaba en el recinto del fuerte, en sus alrededores
reinaba también grande animación: las caballadas, el ganado, todo, todo
cuanto tenía cuatro patas era sacado de sus comedores habituales y
reconcentrado.
Decididamente los indios han invadido por alguna parte, eran las
conjeturas. Achauentrú estaba estupefacto, vacilando entre si era una
invasión que venía ó una que iba.
Cuando todo estaba listo, mi segundo jefe recibió orden de salir con
las fuerzas, de marchar una legua rumbo al Sur y se pasó allí una
_revista general_.
Yo quise antes de marcharme ver en cuánto tiempo se aprestaba la
guarnición, fingiendo una alarma y reirme un poco de los indios que
tuvieron un rato de verdadera amargura, no sabiendo ni lo que pasaba,
ni qué creer.
Y tuve la satisfacción militar de que todo se hiciera con calma
y prontitud, sea dicho en elogio de cuantos guarnecían el fuerte
Sarmiento en aquel entonces.
¡Que Dios ayude mientras estoy lejos á mis compañeros de armas, esos
hermanos de peligro, del sacrificio y de la gloria; lo mismo que deseo
te ayude á ti, Santiago amigo, conservándote siempre con un humor
placentero, y un estómago como los desea Brillat-Savarin!