II

Deseos de un viaje á los Ranqueles.--Una china y un

bautismo.--Peligros de la diplomacia militar con los indios.--El

indio Linconao.--Mañas de los indios.--Efectos del deber sobre

el temperamento.--¿Qué es un parlamento?--Desconfianzas de

los indios para beber y fumar.--Sus preocupaciones al comer y

beber.--Un lenguaraz.--Cuánto dura un parlamento y qué se hace en

él.--Linconao atacado de las viruelas.--Efectos de la viruela en los

indios.--Gratitud de Linconao.--Reserva de un fraile.

Hacía mucho tiempo que yo rumiaba el pensamiento de ir á Tierra Adentro.

El trato con los indios que iban y venían al Río 4.º, con motivo de las

negociaciones de paz entabladas, había despertado en mí una indecible

curiosidad.

Es menester haber pasado por ciertas cosas, haberse hallado en ciertas

posiciones, para comprender con qué vigor se apoderan ciertas ideas de

ciertos hombres; para comprender que una misión á los Ranqueles puede

llegar á ser para un hombre como yo, medianamente civilizado, un deseo

tan vehemente, como puede ser para cualquier ministril una secretaría

en la embajada de París.

El tiempo, ese gran instrumento de las empresas buenas y malas, cuyo

curso quisiéramos precipitar, anticipándonos á los sucesos para que

éstos nos devoren ó nos hundan, me había hecho contraer ya varias

relaciones, que puedo llamar íntimas.

La china Carmen, mujer de veinticinco años, hermosa y astuta adscripta

á una Comisión de las últimas que anduvieron en negociados conmigo, se

había hecho mi confidente y amiga, estrechándose estos vínculos con el

bautismo de una hijita mal habida que la acompañaba y cuya ceremonia se

hizo en el Río 4.º con toda pompa, asistiendo un gentío considerable y

dejando entre los muchachos un recuerdo indeleble de mi magnificencia,

á causa de unos veinte pesos bolivianos que cambiados en medios y

reales, arrojé á la _manchancha_ esa noche inolvidable, al son de los

infatigables gritos: ¡padrino pelado!

Sólo quien haya tenido ya el gusto de ser padrino, comprenderá que

noches de ese género pueden ser realmente inolvidables para un triste

mortal, sin antecedentes históricos, sin títulos para que su nombre

pase á la posteridad, grabándose con caracteres de fuego en el libro de

oro de la historia.

¡Ah! tú has sido padrino pelado alguna vez, y me comprenderás.

Carmen no fué agregada sin objeto á la comisión ó embajada ranquelina

en calidad de _lenguaraz_, que vale tanto como secretario de un

ministro plenipotenciario.

Mariano Rosas ha estudiado bastante el corazón humano, como que no

es un muchacho; conoce á fondo las inclinaciones y gustos de los

cristianos, y por un instinto que es de los pueblos civilizados y de

los salvajes, tiene mucha confianza en la acción de la mujer sobre el

hombre, siquiera esté ésta reducida á una triste condición.

Carmen fué despachada, pues, con su pliego de instrucciones oficiales y

confidenciales por el Talleyrand del desierto, y durante algún tiempo

se ingenió con bastante habilidad y maña. Pero no con tanta que yo no

me apercibiese, á pesar de mi natural candor, de lo complicado de su

misión, que á haber dado con otro Hernán Cortés habría podido llegar á

ser peligrosa y fatal para mí, desacreditando gravemente mi _gobierno

fronterizo_.

Pasaré por alto una infinidad de detalles, que te probarían hasta la

evidencia todas las seducciones á que está expuesta la diplomacia de

un jefe de fronteras, teniendo que habérselas con secretarios como mi

comadre; y te diré solamente que esta vez se le quemaron los libros de

su experiencia á Mariano, siendo Carmen misma la que me inició en los

secretos de su misión.

El hecho es que nos hicimos muy amigos, y que á sus buenos informes del

compadre debo yo en parte el crédito de que llegué precedido cuando

hice mi entrada triunfal en Leubucó.

Otra conexión íntima contraje también durante las últimas negociaciones.

El cacique Ramón, jefe de las indiadas del Rincón, me había enviado su

hermano mayor, como muestra de su deseo de ser mi amigo.

Linconao, que así se llama, es un indiecito de unos veintidós años,

alto, vigoroso, de rostro simpático, de continente airoso, de carácter

dulce, y que se distingue de los demás indios en que no es _pedigüeño_.

Los indios viven entre los cristianos fingiendo pobrezas y necesidades,

pidiendo todos los días; y con los mismos preámbulos y ceremonias piden

una ración de sal, que un poncho fino ó un par de espuelas de plata.

Tener que habérselas con una comisión de estos sujetos, para un jefe de

fronteras, presupone tener que perder todos los días unas cuatro horas

en escucharles.

Yo, que por mi temperamento sanguíneo-bilioso no soy muy pacienzudo que

digamos, he descubierto con este motivo que el deber puede modificar

fundamentalmente la naturaleza humana.

En algunos _parlamentos_ de los celebrados en el Río 4.º, más de una

vez derroté á mis interlocutores, cuyo exordio sacramental era:--Para

tratar con los indios se necesita mucha paciencia, hermano.

No sé si tienes la idea de lo que es un parlamento en tierra de

cristianos; y digo en tierra de cristianos, porque en tierra de indios

el ritual es diferente.

Un parlamento, es una conferencia diplomática.

La comisión se manda anunciar anticipadamente con el lenguaraz.

Si la componen veinte individuos, los veinte se presentan.

Comienzan por dar la mano por turno de jerarquía, y en esa forma se

sientan, con bastante aplomo, en las sillas ó sofaes que se les ofrecen.

El _lenguaraz_, es decir, el intérprete secretario, ocupa la derecha

del que hace cabeza.

Habla éste y el lenguaraz traduce, siendo de advertir que aunque el

plenipotenciario entienda el castellano y lo hable con facilidad, no se

altera la regla.

Mientras se parlamenta hay que obsequiar á la comisión con licores y

cigarros.

Los indios no rehusan jamás beber, y cigarros, aunque no los fumen

sobre las tablas, reciben mientras les den.

Pero no beben, ni fuman cuando no tienen confianza plena en la buena

fe del que les obsequia, hasta que éste no lo haya hecho primero.

Una vez que la confianza se ha establecido cesan las precauciones,

y echan al estómago el vaso de licor que se les brinda, sin más

preámbulos que el de sus preocupaciones.

Una de ellas estriba en no comer ni beber cosa alguna, sin antes

ofrecerle las primicias al genio misterioso en que creen y al que

adoran sin tributarle culto exterior.

Consiste esta costumbre en tomar con el índice y el pulgar un poco de

la cosa que deben tragar ó beber y en arrojarla á un lado, elevando la

vista al cielo y exclamando: _¡para Dios!_

Es una especie de conjuro. Ellos creen que el diablo, _Gualicho_, está

en todas partes, y que dándole lo primero á Dios, que puede más que

aquél, se hace el exorcismo.

El parlamento se inicia con una serie inacabable de salutaciones y

preguntas, como verbigracia:--¿Cómo está usted? ¿cómo están sus jefes,

oficiales y soldados? ¿cómo le ha ido á usted desde la última vez que

nos vimos? ¿No ha habido alguna novedad en la frontera? ¿No se le han

perdido algunos caballos?

Después siguen los mensajes, como por ejemplo:--Mi hermano, ó mi padre,

ó mi primo, me ha encargado le diga á usted que se alegrará que esté

usted bueno en compañía de todos sus jefes, oficiales y soldados; que

desea mucho conocerle; que tiene muy buenas noticias de usted; que ha

sabido que desea usted la paz y que eso prueba que cree en Dios y que

tiene un excelente corazón.

Á veces cada interlocutor tiene su lenguaraz, otras es común.

El trabajo del lenguaraz es ímprobo en el parlamento más

insignificante. Necesita tener una gran memoria, una garganta de

privilegio y muchísima calma y paciencia.

¡Pues es nada antes de llegar al grano tener que repetir diez ó veinte

veces lo mismo!

Después que pasan los saludos, cumplimientos y mensajes, se entra á

ventilar los negocios de importancia, y una vez terminados éstos, entra

el capítulo quejas y pedidos, que es el más fecundo.

Cualquier parlamento dura un par de horas, y suele suceder al rato de

estar en él, que varios de los interlocutores están roncando. Como

el único que tiene responsabilidad en lo que se ventila es el que

hace cabeza, después que cada uno de los que le acompaña ha sacado

su piltrafa, ya la cosa ni le interesa ni le importa y no pudiendo

retirarse, comienza á bostezar y acaba por dormirse, hasta que el

plenipotenciario, dándose cuenta del ridículo, pide permiso para

terminar y retirarse, prometiendo volver muy pronto, pues tiene muchas

cosas que decir aún.

Linconao fué atacado fuertemente de las viruelas al mismo tiempo que

otros indios.

Trajéronme el aviso, y siendo un indio de importancia, que me estaba

muy recomendado y que por sus prendas y carácter me había caído en

gracia, fuime en el acto á verle.

Los indios habían acampado en tiendas de campaña que yo les había dado,

sobre la costa de un lindo arroyo tributario del Río 4.º.

En un albardón verde y fresco, pintado de flores silvestres, estaban

colocadas las tiendas en dos filas, blanqueando risueñamente sobre el

campestre tapete.

Todos ellos me esperaban mustios, silenciosos y aterrados, contrastando

el cuadro humano con el de la riente naturaleza y la galanura del

paisaje.

Linconao y otros indios yacían en sus tiendas revolcándose en el suelo

con la desesperación de la fiebre,--sus compañeros permanecían á la

distancia, en un grupo sin ser osados á acercarse á los virolentos y

mucho menos á tocarles.

Detrás de mí iba una carretilla exprofeso.

Acerquéme primero á Linconao y después á los otros enfermos; habléles á

todos animándolos, llamé algunos de sus compañeros para que me ayudaran

á subirlos al carro; pero ninguno de ellos obedeció, y tuve que hacerlo

yo mismo con el soldado que lo tiraba.

Linconao estaba desnudo y su cuerpo invadido de la peste con una

virulencia horrible.

Confieso que al tocarle sentí un estremecimiento semejante al que

conmueve la frágil y cobarde naturaleza, cuando acometemos un peligro

cualquiera.

Aquella piel granulenta al ponerse en contacto con mis manos, me hizo

el efecto de una lima envenenada.

Pero el primer paso estaba dado y no era noble, ni digno, ni humano, ni

cristiano, retroceder, y Linconao fué alzado á la carretilla por mí,

rozando su cuerpo mi cara.

Aquél fué un verdadero triunfo de la civilización sobre la barbarie;

del cristianismo sobre la idolatría.

Los indios quedaron profundamente impresionados; se hicieron lenguas

alabando mi audacia y llamáronme su padre.

Ellos tienen un verdadero terror pánico á la viruela, que sea por

circunstancias cutáneas ó por la clase de su sangre, los ataca con

furia mortífera.

Cuando en Tierra Adentro aparece la viruela, los toldos se mudan de un

lado á otro, huyendo las familias despavoridas á largas distancias de

los lugares infestados.

El padre, el hijo, la madre, las personas más queridas son abandonadas

á su triste suerte, sin hacer más en favor de ellas que ponerles

alrededor del lecho agua y alimentos para muchos días.

Los pobres salvajes ven en la viruela un azote del cielo, que Dios les

manda por sus pecados.

He visto numerosos casos y son rarísimos los que se han salvado, á

pesar de los esfuerzos de un excelente facultativo, el Dr. Michaut,

cirujano de mi División.

Linconao fué asistido en mi casa, cuidándolo una enfermera muy paciente

y cariñosa, interesándose todos en su salvación, que felizmente

conseguimos.

El Cacique Ramón me ha manifestado el más ardiente agradecimiento por

los cuidados tributados á su hermano, y éste dice que después de Dios,

su padre soy yo, porque á mí me debe la vida.

Todas estas circunstancias, pues, agregadas á las consideraciones

mentadas en mi carta anterior, me empujaban al desierto.

Cuando resolví mi expedición, guardé el mayor sigilo sobre ella.

Todos vieron los preparativos, todos hacían conjeturas, nadie acertó.

Sólo un fraile amigo conocía mi secreto.

Y esta vez no sucedió lo que debiera haber sucedido á ser cierto el

dicho del moralista: Lo que uno no quiere que se sepa no debe decirse.

Es que la humanidad, por más que digan, tiene muchas buenas cualidades,

entre ellas, la reserva y la lealtad.

Supongo que serás de mi opinión, y con esto me despido hasta mañana.

Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1 · 第 9 / 49 题