Deseos de un viaje á los Ranqueles.--Una china y un
bautismo.--Peligros de la diplomacia militar con los indios.--El
indio Linconao.--Mañas de los indios.--Efectos del deber sobre
el temperamento.--¿Qué es un parlamento?--Desconfianzas de
los indios para beber y fumar.--Sus preocupaciones al comer y
beber.--Un lenguaraz.--Cuánto dura un parlamento y qué se hace en
él.--Linconao atacado de las viruelas.--Efectos de la viruela en los
indios.--Gratitud de Linconao.--Reserva de un fraile.
Hacía mucho tiempo que yo rumiaba el pensamiento de ir á Tierra Adentro.
El trato con los indios que iban y venían al Río 4.º, con motivo de las
negociaciones de paz entabladas, había despertado en mí una indecible
curiosidad.
Es menester haber pasado por ciertas cosas, haberse hallado en ciertas
posiciones, para comprender con qué vigor se apoderan ciertas ideas de
ciertos hombres; para comprender que una misión á los Ranqueles puede
llegar á ser para un hombre como yo, medianamente civilizado, un deseo
tan vehemente, como puede ser para cualquier ministril una secretaría
en la embajada de París.
El tiempo, ese gran instrumento de las empresas buenas y malas, cuyo
curso quisiéramos precipitar, anticipándonos á los sucesos para que
éstos nos devoren ó nos hundan, me había hecho contraer ya varias
relaciones, que puedo llamar íntimas.
La china Carmen, mujer de veinticinco años, hermosa y astuta adscripta
á una Comisión de las últimas que anduvieron en negociados conmigo, se
había hecho mi confidente y amiga, estrechándose estos vínculos con el
bautismo de una hijita mal habida que la acompañaba y cuya ceremonia se
hizo en el Río 4.º con toda pompa, asistiendo un gentío considerable y
dejando entre los muchachos un recuerdo indeleble de mi magnificencia,
á causa de unos veinte pesos bolivianos que cambiados en medios y
reales, arrojé á la _manchancha_ esa noche inolvidable, al son de los
infatigables gritos: ¡padrino pelado!
Sólo quien haya tenido ya el gusto de ser padrino, comprenderá que
noches de ese género pueden ser realmente inolvidables para un triste
mortal, sin antecedentes históricos, sin títulos para que su nombre
pase á la posteridad, grabándose con caracteres de fuego en el libro de
oro de la historia.
¡Ah! tú has sido padrino pelado alguna vez, y me comprenderás.
Carmen no fué agregada sin objeto á la comisión ó embajada ranquelina
en calidad de _lenguaraz_, que vale tanto como secretario de un
ministro plenipotenciario.
Mariano Rosas ha estudiado bastante el corazón humano, como que no
es un muchacho; conoce á fondo las inclinaciones y gustos de los
cristianos, y por un instinto que es de los pueblos civilizados y de
los salvajes, tiene mucha confianza en la acción de la mujer sobre el
hombre, siquiera esté ésta reducida á una triste condición.
Carmen fué despachada, pues, con su pliego de instrucciones oficiales y
confidenciales por el Talleyrand del desierto, y durante algún tiempo
se ingenió con bastante habilidad y maña. Pero no con tanta que yo no
me apercibiese, á pesar de mi natural candor, de lo complicado de su
misión, que á haber dado con otro Hernán Cortés habría podido llegar á
ser peligrosa y fatal para mí, desacreditando gravemente mi _gobierno
fronterizo_.
Pasaré por alto una infinidad de detalles, que te probarían hasta la
evidencia todas las seducciones á que está expuesta la diplomacia de
un jefe de fronteras, teniendo que habérselas con secretarios como mi
comadre; y te diré solamente que esta vez se le quemaron los libros de
su experiencia á Mariano, siendo Carmen misma la que me inició en los
secretos de su misión.
El hecho es que nos hicimos muy amigos, y que á sus buenos informes del
compadre debo yo en parte el crédito de que llegué precedido cuando
hice mi entrada triunfal en Leubucó.
Otra conexión íntima contraje también durante las últimas negociaciones.
El cacique Ramón, jefe de las indiadas del Rincón, me había enviado su
hermano mayor, como muestra de su deseo de ser mi amigo.
Linconao, que así se llama, es un indiecito de unos veintidós años,
alto, vigoroso, de rostro simpático, de continente airoso, de carácter
dulce, y que se distingue de los demás indios en que no es _pedigüeño_.
Los indios viven entre los cristianos fingiendo pobrezas y necesidades,
pidiendo todos los días; y con los mismos preámbulos y ceremonias piden
una ración de sal, que un poncho fino ó un par de espuelas de plata.
Tener que habérselas con una comisión de estos sujetos, para un jefe de
fronteras, presupone tener que perder todos los días unas cuatro horas
en escucharles.
Yo, que por mi temperamento sanguíneo-bilioso no soy muy pacienzudo que
digamos, he descubierto con este motivo que el deber puede modificar
fundamentalmente la naturaleza humana.
En algunos _parlamentos_ de los celebrados en el Río 4.º, más de una
vez derroté á mis interlocutores, cuyo exordio sacramental era:--Para
tratar con los indios se necesita mucha paciencia, hermano.
No sé si tienes la idea de lo que es un parlamento en tierra de
cristianos; y digo en tierra de cristianos, porque en tierra de indios
el ritual es diferente.
Un parlamento, es una conferencia diplomática.
La comisión se manda anunciar anticipadamente con el lenguaraz.
Si la componen veinte individuos, los veinte se presentan.
Comienzan por dar la mano por turno de jerarquía, y en esa forma se
sientan, con bastante aplomo, en las sillas ó sofaes que se les ofrecen.
El _lenguaraz_, es decir, el intérprete secretario, ocupa la derecha
del que hace cabeza.
Habla éste y el lenguaraz traduce, siendo de advertir que aunque el
plenipotenciario entienda el castellano y lo hable con facilidad, no se
altera la regla.
Mientras se parlamenta hay que obsequiar á la comisión con licores y
cigarros.
Los indios no rehusan jamás beber, y cigarros, aunque no los fumen
sobre las tablas, reciben mientras les den.
Pero no beben, ni fuman cuando no tienen confianza plena en la buena
fe del que les obsequia, hasta que éste no lo haya hecho primero.
Una vez que la confianza se ha establecido cesan las precauciones,
y echan al estómago el vaso de licor que se les brinda, sin más
preámbulos que el de sus preocupaciones.
Una de ellas estriba en no comer ni beber cosa alguna, sin antes
ofrecerle las primicias al genio misterioso en que creen y al que
adoran sin tributarle culto exterior.
Consiste esta costumbre en tomar con el índice y el pulgar un poco de
la cosa que deben tragar ó beber y en arrojarla á un lado, elevando la
vista al cielo y exclamando: _¡para Dios!_
Es una especie de conjuro. Ellos creen que el diablo, _Gualicho_, está
en todas partes, y que dándole lo primero á Dios, que puede más que
aquél, se hace el exorcismo.
El parlamento se inicia con una serie inacabable de salutaciones y
preguntas, como verbigracia:--¿Cómo está usted? ¿cómo están sus jefes,
oficiales y soldados? ¿cómo le ha ido á usted desde la última vez que
nos vimos? ¿No ha habido alguna novedad en la frontera? ¿No se le han
perdido algunos caballos?
Después siguen los mensajes, como por ejemplo:--Mi hermano, ó mi padre,
ó mi primo, me ha encargado le diga á usted que se alegrará que esté
usted bueno en compañía de todos sus jefes, oficiales y soldados; que
desea mucho conocerle; que tiene muy buenas noticias de usted; que ha
sabido que desea usted la paz y que eso prueba que cree en Dios y que
tiene un excelente corazón.
Á veces cada interlocutor tiene su lenguaraz, otras es común.
El trabajo del lenguaraz es ímprobo en el parlamento más
insignificante. Necesita tener una gran memoria, una garganta de
privilegio y muchísima calma y paciencia.
¡Pues es nada antes de llegar al grano tener que repetir diez ó veinte
veces lo mismo!
Después que pasan los saludos, cumplimientos y mensajes, se entra á
ventilar los negocios de importancia, y una vez terminados éstos, entra
el capítulo quejas y pedidos, que es el más fecundo.
Cualquier parlamento dura un par de horas, y suele suceder al rato de
estar en él, que varios de los interlocutores están roncando. Como
el único que tiene responsabilidad en lo que se ventila es el que
hace cabeza, después que cada uno de los que le acompaña ha sacado
su piltrafa, ya la cosa ni le interesa ni le importa y no pudiendo
retirarse, comienza á bostezar y acaba por dormirse, hasta que el
plenipotenciario, dándose cuenta del ridículo, pide permiso para
terminar y retirarse, prometiendo volver muy pronto, pues tiene muchas
cosas que decir aún.
Linconao fué atacado fuertemente de las viruelas al mismo tiempo que
otros indios.
Trajéronme el aviso, y siendo un indio de importancia, que me estaba
muy recomendado y que por sus prendas y carácter me había caído en
gracia, fuime en el acto á verle.
Los indios habían acampado en tiendas de campaña que yo les había dado,
sobre la costa de un lindo arroyo tributario del Río 4.º.
En un albardón verde y fresco, pintado de flores silvestres, estaban
colocadas las tiendas en dos filas, blanqueando risueñamente sobre el
campestre tapete.
Todos ellos me esperaban mustios, silenciosos y aterrados, contrastando
el cuadro humano con el de la riente naturaleza y la galanura del
paisaje.
Linconao y otros indios yacían en sus tiendas revolcándose en el suelo
con la desesperación de la fiebre,--sus compañeros permanecían á la
distancia, en un grupo sin ser osados á acercarse á los virolentos y
mucho menos á tocarles.
Detrás de mí iba una carretilla exprofeso.
Acerquéme primero á Linconao y después á los otros enfermos; habléles á
todos animándolos, llamé algunos de sus compañeros para que me ayudaran
á subirlos al carro; pero ninguno de ellos obedeció, y tuve que hacerlo
yo mismo con el soldado que lo tiraba.
Linconao estaba desnudo y su cuerpo invadido de la peste con una
virulencia horrible.
Confieso que al tocarle sentí un estremecimiento semejante al que
conmueve la frágil y cobarde naturaleza, cuando acometemos un peligro
cualquiera.
Aquella piel granulenta al ponerse en contacto con mis manos, me hizo
el efecto de una lima envenenada.
Pero el primer paso estaba dado y no era noble, ni digno, ni humano, ni
cristiano, retroceder, y Linconao fué alzado á la carretilla por mí,
rozando su cuerpo mi cara.
Aquél fué un verdadero triunfo de la civilización sobre la barbarie;
del cristianismo sobre la idolatría.
Los indios quedaron profundamente impresionados; se hicieron lenguas
alabando mi audacia y llamáronme su padre.
Ellos tienen un verdadero terror pánico á la viruela, que sea por
circunstancias cutáneas ó por la clase de su sangre, los ataca con
furia mortífera.
Cuando en Tierra Adentro aparece la viruela, los toldos se mudan de un
lado á otro, huyendo las familias despavoridas á largas distancias de
los lugares infestados.
El padre, el hijo, la madre, las personas más queridas son abandonadas
á su triste suerte, sin hacer más en favor de ellas que ponerles
alrededor del lecho agua y alimentos para muchos días.
Los pobres salvajes ven en la viruela un azote del cielo, que Dios les
manda por sus pecados.
He visto numerosos casos y son rarísimos los que se han salvado, á
pesar de los esfuerzos de un excelente facultativo, el Dr. Michaut,
cirujano de mi División.
Linconao fué asistido en mi casa, cuidándolo una enfermera muy paciente
y cariñosa, interesándose todos en su salvación, que felizmente
conseguimos.
El Cacique Ramón me ha manifestado el más ardiente agradecimiento por
los cuidados tributados á su hermano, y éste dice que después de Dios,
su padre soy yo, porque á mí me debe la vida.
Todas estas circunstancias, pues, agregadas á las consideraciones
mentadas en mi carta anterior, me empujaban al desierto.
Cuando resolví mi expedición, guardé el mayor sigilo sobre ella.
Todos vieron los preparativos, todos hacían conjeturas, nadie acertó.
Sólo un fraile amigo conocía mi secreto.
Y esta vez no sucedió lo que debiera haber sucedido á ser cierto el
dicho del moralista: Lo que uno no quiere que se sepa no debe decirse.
Es que la humanidad, por más que digan, tiene muchas buenas cualidades,
entre ellas, la reserva y la lealtad.
Supongo que serás de mi opinión, y con esto me despido hasta mañana.