Idea á que nos resignamos.--La partida.--Lenguaje de los
paisanos.--Qué es una rastrillada.--El público sabe muchas mentiras é
ignora muchas verdades.--Qué es un guadal.--El caballo y la mula.--Una
despedida militar.--La Laguna Alegre.
Á las cinco de la tarde todo estaba listo, y mi gente recibió orden de
entregar sus armas, excepto el sable, que sin vaina debía ser colocado
entre las caronas. Mis ayudantes y yo llevábamos _revolvers_ y una
escopeta. Por más grande que fuese mi deseo de presentarme ante los
indígenas sin aparato, ni ostentación, no pude resolverme á hacerlo
completamente desarmado. Podía llegar el caso de tener que perder la
vida, y era menester ir preparado á venderla cara. Hay una idea á
la que el hombre no se resigna sino cuando es santo,--y es á morir
sacrificado con la mansedumbre de un cordero.
Entregadas las armas hice arrimar las tropillas y las mulas; formé
cuatro pelotones de la gente, dile á cada uno una tropilla, dejando
otra de reserva; mandé ensillar y aparejar, y á la media hora, cuando
el sol del último día de marzo se perdía radiante en el lejano
horizonte, puse pie en el estribo.
Varios jefes y oficiales habían ensillado para acompañarme hasta cierta
distancia.
Salí del fuerte entre las salutaciones cariñosas, y las sonrisas
amables expresivas de los soldados, dejando á todos inquietos,
particularmente á Achauentrú que, al subir á caballo, vino á darme un
abrazo, ó hacerme su retahila de recomendaciones, y á repetirme por la
milésima vez, que no dejara de adelantar un chasque anunciando mi ida.
El Camino del Cuero pasa por el mismo fuerte Sarmiento que le ha robado
su nombre al antiguo y conocido Paso de las Arganas.
Este camino consiste en una gran rastrillada, y su rumbo es Sudeste,
ó lo que en lenguaje comprensivo de los paisanos de Córdoba llamamos
Sudabajo.
Ellos tienen un modo peculiar de dominar ciertas cosas y sólo en la
práctica se comprende la ventaja de la substitución.
Al Oeste le llaman _arriba_. Al Este, _abajo_. Estos dos vocablos
substituidos á los vientos cardinales, permiten expresarse con más
facilidad y más claridad, en razón de la similitud de las palabras Este
y Oeste y de su composición vocal.
Un ejemplo lo demostrará.
Si queriendo ir del punto A al punto B, ó para ser más claro, de la
Villa del Río 4.º al fuerte Sarmiento, cortando el campo, se ocurriese
á un baqueano por las señas, las daría así:
Miraría al Sur, y haciendo una indicación con la mano derecha diría: se
sale en estas dereceras,--Sur, y se camina rumbeando medio abajo; pero
muy poco abajo.
Con estas señas, el que tiene la costumbre de andar por los campos, va
derecho como un huso á su destino.
Si queriendo ir de la Villa del Río 4.º á las Achiras, en el mes de
noviembre, verbigracia, en que el sol se pone inclinándose al Sur, se
preguntasen las señas, la contestación sería:
--Salga derecho arriba, medio rumbeando al lado en que se pone el sol y
ahí, en aquella punta de sierra, ahí está Achiras.
Con esas señas cualquiera va derecho.
De esta costumbre cordobesa de llamarle abajo al naciente y arriba al
poniente, viene la denominación de Provincias de arriba y de abajo; la
de arribeños y abajeños.
Á las facilidades que este modo de expresarse ofrece, reune una
circunstancia que responde á un hecho geográfico.
Ir de Córdoba para el poniente ó para el naciente es, en efecto, ir
para arriba ó para abajo, porque el nivel de la tierra es más elevado
que el del mar á medida que se camina del Litoral de nuestra patria
para la Cordillera; la tierra se dobla visiblemente, de manera que el
que va sube y el que viene baja.
He dicho que el Camino del Cuero consiste en una gran _rastrillada_, y
voy á explicar lo que significa esta palabra, que en buen castellano
tiene una significación distinta de la que le damos en la jerga de la
tierra.
Si en lugar de estar conversando contigo públicamente lo hiciera en
reserva, no me detendría en estos detalles y explicaciones. Todos los
que hemos sido público alguna vez sabemos que este monstruo de múltiple
cabeza, sabe muchas cosas que debiera ignorar é ignora muchas otras que
debiera saber. ¿Quién sabe, por ejemplo, más mentiras que el público?
Pero preguntadle algo sobre las cosas de la tierra, sobre el estado
moral y político de nuestros moradores fronterizos de La Rioja ó de
Santiago del Estero, y ya veréis lo que sabe.
Preguntadle dónde queda el río Chalileo ó el Cerro Nevado, y ya veréis
qué sabe el respetable público sobre las cosas que pueden interesarle
mañana, distraído como vive por las cosas de actualidad.
Hasta cierto punto yo le hallo razón. ¿No paga su dinero para que
cotidianamente le den noticias de las cinco partes del mundo, le
enteren de la política internacional de las naciones, le tengan al cabo
de los descubrimientos científicos, de los progresos del vapor, de la
electricidad y de la pesca de la ballena?
Pues entonces ¿por qué se ha de afanar tanto?
Una _rastrillada_, son los surcos paralelos y tortuosos que con sus
constantes idas y venidas han dejado los indios en los campos.
Estos surcos, parecidos á la huella que hace una carreta la primera vez
que cruza por un terreno virgen, suelen ser profundos y constituyen un
verdadero camino ancho y sólido.
En plena Pampa, no hay más caminos. Apartarse de ellos un palmo,
salirse de la senda, es muchas veces un peligro real, porque no es
difícil que ahí mismo, al lado de la rastrillada haya un _guadal_ en el
que se entierren caballo y jinete enteros.
Guadal se llama un terreno blando y movedizo que no habiendo sido
pisado con frecuencia, no ha podido solidificarse.
Es una palabra que no está en el diccionario de la lengua castellana,
aunque la hemos tomado de nuestros antepasados, y que viene del árabe y
significa _agua_ ó _río_.
La Pampa está llena de estos obstáculos.
¡Cuántas veces en una operación militar, yendo en persecución de los
indios, una columna entera no ha desaparecido en medio del ímpetu de
la carrera!
¡Cuántas veces un trecho de pocas varas ha sido causa de que jefes muy
intrépidos se viesen burlados por el enemigo, en esas Pampas sin fin!
¡Cuántas veces los mismos indios no han perecido bajo el filo del sable
de nuestros valientes soldados fronterizos por haber caído en un guadal!
Las Pampas son tan vastas, que los hombres más conocedores de los
campos se pierden á veces en ellas.
El caballo de los indios es una especialidad en las Pampas.
Corre por campos guadalosos, cayendo y levantando, y resiste á esa
fatiga hercúlea asombrosamente, como que está educado al efecto y
acostumbrado á ello.
El guadal suele ser húmedo y suele ser seco, pantanoso y pegajoso, ó
simplemente arenoso.
Es necesario que el ojo esté sumamente acostumbrado para conocer el
terreno guadaloso. Unas veces el pasto, otras veces el color de la
tierra son indicios seguros. Las más el guadal es una emboscada para
indios y cristianos.
Los caballos que entran en él, cuando no están acostumbrados, pugnan
un instante por salir, y el esfuerzo que hacen es tan grande, que en
los días más fríos no tardan en cubrirse de sudor y en caer postrados,
sin que haya espuela ni rebenque que los haga levantar. Y llegan á
acobardarse tanto, que á veces no hay poder que los haga dar un paso
adelante cuando pisan el borde movedizo de la tierra. Y eso que es
de todos los cuadrúpedos destinados al servicio del hombre el más
valiente. Picado con las espuelas parte como el rayo y salva el mayor
precipicio.
¡Cuán diferente de la mula!
Jamás pierde ella su sangre fría.
Ora vaya por los caminos pampeanos ó por las laderas vertiginosas
de la Cordillera, el híbrido animal es siempre cauteloso. El caballo
se lanza como el rayo; la mula tantea antes de ir adelante. Saca una
mano, después otra, y es tan precavida, que en donde puso éstas, pone
las patas. Cuando hay peligro no hay que advertirla; á nada obedece,
ni á la rienda, ni al rebenque, ni á la espuela. Sólo su instinto de
conservación la mueve. Es excusado querer dirigirla. Ella va por donde
quiere. Morirá despeñada; pero no ciegamente como el caballo, sino por
haberse equivocado.
Estando los campos cubiertos de agua, es más necesario que nunca seguir
rectamente la dirección de la _rastrillada_; porque reblandecida la
tierra por la humedad, el peligro del guadal es inminente á cada paso.
Cuando salimos de Sarmiento había llovido mucho. Á una media legua de
allí el terreno tiene un doblez y se cae á una cañada muy guadalosa;
así fué que allí hice alto, me despedí y separé de los camaradas que me
acompañaban, y después de algunas prevenciones generales á los que me
seguían tomé la dirección llevando al baqueano á mi izquierda, yendo él
por una huella, por otra yo.
¡Con qué pena se despidieron de mí mis leales compañeros! Yo lo leí en
sus caras, por más que con afables sonrisas y afectuosos apretones de
manos, quisieran disimularlo.
¡Ah! sólo los que somos soldados, sabemos lo que es ver partir á los
amigos al peligro en que se cae ó se muere, y quedarnos... ¡Y sólo los
que somos soldados, sabemos lo que es ver volver del combate, sanos é
ilesos á los hermanos cuya suerte no hemos compartido ese día!
Hay tales misterios en el corazón humano; abismos tan profundos, de
amor, de abnegación, de generosidad, que la palabra no conseguirá jamás
explicarlos.
Hay que sentir y callar. Por eso una mirada, un abrazo, un ademán con
la mano, dicen más que todo cuanto la pluma más hábilmente manejada
pueda describir.
La noche nos sorprendió sin haber alcanzado á cruzar la cañada.
La luna salía tarde, el cielo estaba cubierto de nubes, no se veían
las estrellas. Durante un largo rato caminamos, pues, en medio de
una completa obscuridad, cayendo y levantando, porque en cuanto nos
desviábamos de la rastrillada pisábamos el borde del guadal.
Las mulas que llevaban las cargas de charqui y regalos para los
caciques daban muchísimo trabajo. Por huir del peligro caían á cada
paso en él. Una de ellas llevaba los ornamentos sagrados de mis
amigos los franciscanos, y ellos y yo íbamos con el Jesús en la
boca, esperando el momento en que gritaran:--Cayó la mula de los
_padrecitos_, que así llaman los paisanos cordobeses á los frailes.
Fué menester ponerles á todas bozal y llevarlas tirando del cabestro.
Perdióse tiempo en esta operación, así fué que era tarde cuando
llegamos á la Laguna Alegre.
Estaban las cabalgaduras tan fatigadas de cuatro leguas más ó menos de
marcha nocturna por la obscuridad y entre el agua, que resolví hacer
una parada esperando que se despejase el cielo ó saliera la luna.
Acampamos... Y el fogón no tardó en brillar, haciéndose una rueda en
torno de él, de todos los que me acompañaban.
Entre mate y mate cada cual contó una historia más ó menos soporífera.
En todo pensábamos menos en los indios.
Yo conté la mía, y un cabo Gómez, muerto en la gloriosa guerra del
Paraguay, fué el asunto de mi cuento.
Tiene algo de fantástico y maravilloso.
Si estoy de humor mañana y no te vas fastidiando de las digresiones y
no te urge llegar á Leubucó, te lo contaré.
V
El fogón.--Calixto Oyarzábal.--El cabo Gómez.--De qué fué á la guerra
del Paraguay.--Por qué lo hicieron soldado de línea.--José Ignacio
Garmendia y Maximio Alcorta.--Predisposiciones mías en favor de
Gómez.--Su conducta en el batallón 12 de línea.--Primera entrevista
con él.--Su figura en el asalto de Curupaití.--La lista después del
combate.--El cabo Gómez.
El fogón es la delicia del pobre soldado, después la fatiga. Alrededor
de sus resplandores desaparecen las jerarquías militares. Jefes
superiores y oficiales subalternos, conversan fraternalmente y ríen á
sus anchas. Y hasta los asistentes que cocinan el puchero y el asado,
y los que ceban el mate, meten, de vez en cuando, su cucharada en la
charla general, apoyando ó contradiciendo á sus jefes y oficiales,
diciendo alguna agudeza ó alguna patochada.
Cuando Calixto Oyarzábal, mi asistente, dejó la palabra, con
sentimiento de los que le escuchaban, pues es un pillo de siete
suelas, capaz de hacer reir á carcajadas á un inglés, pidiéronme mis
circunstantes mi cuentito.
Yo estaba de buen humor, así fué que después de dirigirle algunas
bromas á Calixto, que con su aire de zonzo estudiado, ha hecho ya una
revolución en las Provincias, para que veas lo que es el país, tomo á
mi turno la palabra.
Y este cuento me permitirás que se lo dedique á un mi amigo, que ha
hecho la guerra en el Paraguay como oficial de un batallón de Guardia
nacional.
Se llama Eduardo Dimet, y como le quiero, me permitirás no te haga la
pintura de su carácter y cualidades; porque los colores de la paleta
del cariño son siempre lisonjeros y sospechosos.
Voy á mi cuento.
El cabo Gómez, era un correntino que se quedó en Buenos Aires cuando la
primera invasión de Urquiza que dió en tierra con la dictadura de Rosas.
Tendría Gómez así como unos treinta y cinco años; era alto, fornido,
y columpiábase con cierta gracia al caminar: su tez era entre blanca
y amarilla, tenía ese tinte peculiar á las razas tropicales; hablaba
con la tonada guaranítica, mezclando como es costumbre entre los
correntinos y entre los paraguayos vulgares, la segunda y la tercera
persona; en una palabra, era un tipo varonil simpático.
Marchó Gómez á la guerra del Paraguay, en el 1.^{er} batallón del
1.^{er} Regimiento de G. N. que salió de Buenos Aires bajo las órdenes
del comandante Cobo si mal no recuerdo, y perteneció á la compañía de
granaderos.
El capitán de ésta era otro amigo mío, José Ignacio Garmendia, que
después de haber hecho con distinción toda la campaña del Paraguay,
anda ahora por Entre Ríos al mando de un batallón.
Un día leíase en la Orden General del 2.º Cuerpo de Ejército del
Paraguay, á que yo pertenecía: «Destínase por insubordinación, por el
término de cuatro años, á un cuerpo de línea al soldado de G. N. Manuel
Gómez.»
Más tarde presentóse un oficial en el reducto que yo mandaba--que lo
guarnecía el batallón 12 de línea, creado y disciplinado por mí, con
esta orden: «Vengo á entregar á usted una alta personal.»
Llamé un ayudante y la alta personal fué recibida y conducida á la
Guardia de Prevención.
Luego que me desocupé de ciertos quehaceres, hice traer á mi presencia
al nuevo destinado para conocerle é interrogarle sobre su falta,
amonestarle, cartabonearle y ver á qué compañía había de ir.
Era Gómez, y por su talla esbelta fué á la compañía de granaderos.
José Ignacio Garmendia comía frecuentemente conmigo en el Paraguay, así
era que después de la lista de tarde casi siempre se le hallaba en mi
reducto, junto con otro amigo muy querido de él y mío, Maximio Alcorta,
aunque este excelente camarada, que lo mismo se apasiona del sexo
hermoso que feo, tiene el raro y desgraciado talento de recomendar de
vez en cuando á las personas que más estima: unos tipos que no tardan
en mostrar sus malas mañas.
¡Cosas de Maximio Alcorta!
La misma tarde que destinaron á Gómez, Garmendia comió conmigo.
Durante la charla de la mesa--ya que en campaña á un tronco de yatay se
llama así,--me dijo que Gómez había sido cabo de su compañía; que era
un buen hombre, de carácter humilde, subordinado, y que su falta era
efecto de una borrachera.
Me añadió que cuando Gómez se embriagaba perdía la cabeza, hasta el
extremo de ponerse frenético si le contradecían, y que en ese estado lo
mejor era tratarlo con dulzura, que así lo había hecho él, siempre con
el mejor éxito.
En una palabra, Garmendia me lo recomendó con esa vehemencia propia
de los corazones calientes, que así es el suyo, y por eso cuantos le
tratan con intimidad le quieren.
La varonil figura de Gómez y las recomendaciones de Garmendia
predispusieron desde luego mi ánimo en favor del nuevo destinado.
Á mi turno, pues, se lo recomendé al capitán de la compañía de
granaderos, diciéndole todo lo que me había prevenido Garmendia.
El tiempo corrió...
Gómez cumplía estrictamente sus obligaciones; circunspecto y callado,
con nadie se metía, á nadie incomodaba. Los oficiales le estimaban y
los soldados le respetaban por su porte. De vez en cuando le buscaban
para tirarle la lengua y arrancarle tal cual agudeza correntina.
En ese tiempo yo era mayor y jefe interino del batallón 12 de línea.
Todos los sábados pasaba personalmente una revista general.
Me parece que lo estoy viendo á Gómez en las filas cuadrado á plomo,
inmóvil como una estatua, serio, melancólico, con su fusil reluciente,
con su correaje lustroso, con su equipo tan aseado que daba gusto.
Gómez no tardó en volver á ser cabo.
Habrían pasado cinco meses.
Un día, paseábame yo á lo largo de la sombra que proyectaba mi
alojamiento, que era una hermosa carreta.
Esto era en el célebre campamento de Tuyutí allá por el mes de agosto.
En qué pensaba, cómo saberlo ahora. Pensaría en lo que amaba ó en la
gloria, que son los dos grandes pensamientos que dominan al soldado.
Recuerdo tan sólo que en una de las vueltas que di, una voz conocida me
sacó de la abstracción en que estaba sumergido.
Di media vuelta, y como á unos seis pasos á retaguardia, vi al cabo
Gómez, cuadrado, haciendo la venia militar, doblándose para adelante,
para atrás, á derecha é izquierda así como amenazando perder su centro
de gravedad.
Sus ojos brillaban con un fuego que no les había visto jamás.
En el acto conocí que estaba ebrio.
Era la primera vez desde que había entrado en el batallón.
Por cariño y por las prevenciones que me había hecho Garmendia, le
dirigí la palabra así.
--¿Qué quiere, amigo?
--Aquí te vengo á ver, ché Comandante, pa que me des licencia usted.
--¿Y para qué quieres licencia?
--Para ir á Itapirú á visitar una hermanita que me vino de la Esquina.
--Pero hijo, si no estás bueno de la cabeza.
--No, ché Comandante, no tengo nada.
--Bien, entonces, dentro de un rato, te daré la licencia, ¿no te parece?
--Sí, sí.
Y esto diciendo, y haciendo un gran esfuerzo para dar militarmente la
media vuelta y hacer como era debido la venia, Gómez giró sobre los
talones y se retiró.
Pasó ese día, ó mejor dicho llegó la tarde, y junto con ella Garmendia.
Contéle que Gómez se había embriagado por primera vez, y me dijo que
debía haberlo hecho para perder el miedo de hablar con el jefe, que
cuando estaba en su batallón así solía hacer algunas veces.
Como él y yo nos interesábamos en el hombre, sobre tablas entramos á
averiguar cuánto tiempo hacía que estaba ebrio cuando habló conmigo.
Llamé al capitán de granaderos, le hicimos varias preguntas y de ellas
resultó exactamente lo que me acababa de decir Garmendia--que Gómez
había tomado para atreverse á llegar hasta mí.
Empezando por el sargento 1.º de su compañía y acabando por el capitán,
á todos los que debía, les había pedido la venia para hablar conmigo,
estando en perfecto estado; de lo contrario, no se la habrían concedido.
Al otro día de este incidente, Gómez estaba ya bueno de la cabeza. Iba
á llamarlo, mas entraba de guardia, según vi al formar la parada, y no
quise hacerlo.
Terminado su servicio, le llamé, y recordándole que tres días antes me
había pedido una licencia, le pregunté si ya no la quería.
Su contestación fué callarse y ponerse rojo de vergüenza.
--¿Por cuántos días quiere usted licencia, cabo?
--Por dos días, mi Comandante.
--Está bien; vaya usted, y pasado mañana, al toque de asamblea, está
usted aquí.
--Está bien, mi Comandante.
Y esto diciendo, saludó respetuosamente, y más tarde se puso en marcha
para Itapirú, y á los dos días, cuando tocaban asamblea, la alegre
asamblea, el cabo Gómez entraba en el reducto, de regreso de visitar á
su hermana, bastante picado de aguardiente, cargado de tortas, queso y
cigarros que no tardó en repartir con sus hermanos de armas.
Yo también tuve mi parte, tocándome un excelente queso de Goya, que me
mandaba su hermana, á quien no conocía.
¡En el mundo no hay nada más bueno, más puro, más generoso que un
soldado!
El tiempo siguió corriendo.
Marchamos de los campos de Tuyutí á los de Curuzú para dar el famoso
asalto de Curupaití.
Llegó el memorable día, y tarde ya, mi batallón recibió orden de
avanzar sobre las trincheras.
Se cumplió con lo ordenado.
Aquello era un infierno de fuego. El que no caía muerto, caía herido
y el que sobrevivía á sus compañeros contaba por minutos la vida. De
todas partes llovían balas. Y lo que completaba la grandeza de aquel
cuadro solemne y terrible de sangre, era que estábamos como envueltos
en un trueno prolongado, porque las detonaciones del cañón no cesaban.
Á los cinco minutos de estar mi batallón en el fuego sus pérdidas eran
ya serias--muchos muertos y heridos yacían envueltos en su sangre,
intrépidamente derramada por la bandera de la patria.
Recorriendo de un extremo á otro hallé al cabo Gómez, herido en una
rodilla, pero haciendo fuego hincado.
--Retírese, cabo, le dije.
--No, mi Comandante--me contestó,--todavía estoy bueno, y siguió
cargando su fusil y yo mi camino.
Al regresar de la extrema derecha del batallón á la izquierda, volví á
pasar por donde estaba Gómez.
Ya no hacía fuego hincado, sino echado de barriga, porque acababa de
recibir otro balazo en la otra pierna.
--Pero cabo, retírese, hombre, se lo ordeno, le dije.
--Cuando usted se retire, mi Comandante, me retiraré,--repuso, y
echando un voto, agregó:--¡paraguayos, ahora verán!
Y ebrio con el olor de la pólvora y de la sangre, hacía fuego y cargaba
su fusil con la rapidez del rayo como si estuviese ileso.
Aquel hombre era bravo y sereno como un león.
Ordené á algunos heridos leves que se retiraban que le sacaran de allí,
y seguí para la izquierda.
El asalto se prolongaba...
Yendo yo con una orden recibí un casco de metralla en un hombro, y no
volví al fuego de la trinchera.
Pocos minutos después, el ejército se retiraba salpicado con la sangre
de sus héroes, pero cubierto de gloria.
Para pasar el parte, fué menester averiguar la suerte que le había
cabido á cada uno de los compañeros.
Esta ceremonia militar es una de las más tristes.
Es una revista en la que los vivos contestan por los muertos, los sanos
por los heridos.
¿Quién no ha sentido oprimirse su pecho después de un combate, durante
ese acto solemne?
--¡Juan Paredes!
--¡Presente!
--¡Pedro Torres!
--¡Herido!...
--¡Luis Corro!...
--¡Muerto!...
¡Ah! ese «¡muerto!» hace un efecto que es necesario sentirlo para
comprender toda su amargura.
Según la revista que se pasó en el 12 de línea por el teniente 1.º D.
Juan Pencienati, que fué el oficial más caracterizado que regresó sano
y salvo del asalto de Curupaití, y según otras averiguaciones que se
tomaron, conforme á la práctica, resultó que el cabo Gómez había muerto
y por muerto se le dió.
En la visita que se mandó pasar á los hospitales de sangre, no se halló
al cabo Gómez.
Para mí no cabía duda, de que Gómez si no había muerto, había caído
prisionero herido.
Los soldados decían:--No señor, el cabo Gómez ha muerto. Nosotros lo
hemos visto echado boca abajo al retirarnos de la trinchera con la
bandera.
Yo sentía la muerte de todos mis soldados como se siente la separación
eterna de objetos queridos.
Pero, lo confieso, sobre todos los soldados que sucumbieron en esa
jornada de recuerdo imperecedero, el que más echaba de menos era el
cabo Gómez.
La actitud de ese hombre obscuro, tendido de barriga, herido en las
dos piernas y haciendo fuego con el ardor sagrado del guerrero, estaba
impresa en mí con indelebles caracteres.
Esta visión no se borrará jamás de mi memoria. Perderé el recuerdo de
ella cuando los años me hayan hecho olvidar todo.
Y por hoy termino aquí; y mañana proseguiré mi cuento.
Hoy te he narrado sencillamente la muerte de un vivo, mañana te contaré
la vida de un muerto.
Si lo de hoy te ha interesado, lo de mañana también te interesará.
Á los del fogón que me escucharon les sucedió así.