IV

Idea á que nos resignamos.--La partida.--Lenguaje de los

paisanos.--Qué es una rastrillada.--El público sabe muchas mentiras é

ignora muchas verdades.--Qué es un guadal.--El caballo y la mula.--Una

despedida militar.--La Laguna Alegre.

Á las cinco de la tarde todo estaba listo, y mi gente recibió orden de

entregar sus armas, excepto el sable, que sin vaina debía ser colocado

entre las caronas. Mis ayudantes y yo llevábamos _revolvers_ y una

escopeta. Por más grande que fuese mi deseo de presentarme ante los

indígenas sin aparato, ni ostentación, no pude resolverme á hacerlo

completamente desarmado. Podía llegar el caso de tener que perder la

vida, y era menester ir preparado á venderla cara. Hay una idea á

la que el hombre no se resigna sino cuando es santo,--y es á morir

sacrificado con la mansedumbre de un cordero.

Entregadas las armas hice arrimar las tropillas y las mulas; formé

cuatro pelotones de la gente, dile á cada uno una tropilla, dejando

otra de reserva; mandé ensillar y aparejar, y á la media hora, cuando

el sol del último día de marzo se perdía radiante en el lejano

horizonte, puse pie en el estribo.

Varios jefes y oficiales habían ensillado para acompañarme hasta cierta

distancia.

Salí del fuerte entre las salutaciones cariñosas, y las sonrisas

amables expresivas de los soldados, dejando á todos inquietos,

particularmente á Achauentrú que, al subir á caballo, vino á darme un

abrazo, ó hacerme su retahila de recomendaciones, y á repetirme por la

milésima vez, que no dejara de adelantar un chasque anunciando mi ida.

El Camino del Cuero pasa por el mismo fuerte Sarmiento que le ha robado

su nombre al antiguo y conocido Paso de las Arganas.

Este camino consiste en una gran rastrillada, y su rumbo es Sudeste,

ó lo que en lenguaje comprensivo de los paisanos de Córdoba llamamos

Sudabajo.

Ellos tienen un modo peculiar de dominar ciertas cosas y sólo en la

práctica se comprende la ventaja de la substitución.

Al Oeste le llaman _arriba_. Al Este, _abajo_. Estos dos vocablos

substituidos á los vientos cardinales, permiten expresarse con más

facilidad y más claridad, en razón de la similitud de las palabras Este

y Oeste y de su composición vocal.

Un ejemplo lo demostrará.

Si queriendo ir del punto A al punto B, ó para ser más claro, de la

Villa del Río 4.º al fuerte Sarmiento, cortando el campo, se ocurriese

á un baqueano por las señas, las daría así:

Miraría al Sur, y haciendo una indicación con la mano derecha diría: se

sale en estas dereceras,--Sur, y se camina rumbeando medio abajo; pero

muy poco abajo.

Con estas señas, el que tiene la costumbre de andar por los campos, va

derecho como un huso á su destino.

Si queriendo ir de la Villa del Río 4.º á las Achiras, en el mes de

noviembre, verbigracia, en que el sol se pone inclinándose al Sur, se

preguntasen las señas, la contestación sería:

--Salga derecho arriba, medio rumbeando al lado en que se pone el sol y

ahí, en aquella punta de sierra, ahí está Achiras.

Con esas señas cualquiera va derecho.

De esta costumbre cordobesa de llamarle abajo al naciente y arriba al

poniente, viene la denominación de Provincias de arriba y de abajo; la

de arribeños y abajeños.

Á las facilidades que este modo de expresarse ofrece, reune una

circunstancia que responde á un hecho geográfico.

Ir de Córdoba para el poniente ó para el naciente es, en efecto, ir

para arriba ó para abajo, porque el nivel de la tierra es más elevado

que el del mar á medida que se camina del Litoral de nuestra patria

para la Cordillera; la tierra se dobla visiblemente, de manera que el

que va sube y el que viene baja.

He dicho que el Camino del Cuero consiste en una gran _rastrillada_, y

voy á explicar lo que significa esta palabra, que en buen castellano

tiene una significación distinta de la que le damos en la jerga de la

tierra.

Si en lugar de estar conversando contigo públicamente lo hiciera en

reserva, no me detendría en estos detalles y explicaciones. Todos los

que hemos sido público alguna vez sabemos que este monstruo de múltiple

cabeza, sabe muchas cosas que debiera ignorar é ignora muchas otras que

debiera saber. ¿Quién sabe, por ejemplo, más mentiras que el público?

Pero preguntadle algo sobre las cosas de la tierra, sobre el estado

moral y político de nuestros moradores fronterizos de La Rioja ó de

Santiago del Estero, y ya veréis lo que sabe.

Preguntadle dónde queda el río Chalileo ó el Cerro Nevado, y ya veréis

qué sabe el respetable público sobre las cosas que pueden interesarle

mañana, distraído como vive por las cosas de actualidad.

Hasta cierto punto yo le hallo razón. ¿No paga su dinero para que

cotidianamente le den noticias de las cinco partes del mundo, le

enteren de la política internacional de las naciones, le tengan al cabo

de los descubrimientos científicos, de los progresos del vapor, de la

electricidad y de la pesca de la ballena?

Pues entonces ¿por qué se ha de afanar tanto?

Una _rastrillada_, son los surcos paralelos y tortuosos que con sus

constantes idas y venidas han dejado los indios en los campos.

Estos surcos, parecidos á la huella que hace una carreta la primera vez

que cruza por un terreno virgen, suelen ser profundos y constituyen un

verdadero camino ancho y sólido.

En plena Pampa, no hay más caminos. Apartarse de ellos un palmo,

salirse de la senda, es muchas veces un peligro real, porque no es

difícil que ahí mismo, al lado de la rastrillada haya un _guadal_ en el

que se entierren caballo y jinete enteros.

Guadal se llama un terreno blando y movedizo que no habiendo sido

pisado con frecuencia, no ha podido solidificarse.

Es una palabra que no está en el diccionario de la lengua castellana,

aunque la hemos tomado de nuestros antepasados, y que viene del árabe y

significa _agua_ ó _río_.

La Pampa está llena de estos obstáculos.

¡Cuántas veces en una operación militar, yendo en persecución de los

indios, una columna entera no ha desaparecido en medio del ímpetu de

la carrera!

¡Cuántas veces un trecho de pocas varas ha sido causa de que jefes muy

intrépidos se viesen burlados por el enemigo, en esas Pampas sin fin!

¡Cuántas veces los mismos indios no han perecido bajo el filo del sable

de nuestros valientes soldados fronterizos por haber caído en un guadal!

Las Pampas son tan vastas, que los hombres más conocedores de los

campos se pierden á veces en ellas.

El caballo de los indios es una especialidad en las Pampas.

Corre por campos guadalosos, cayendo y levantando, y resiste á esa

fatiga hercúlea asombrosamente, como que está educado al efecto y

acostumbrado á ello.

El guadal suele ser húmedo y suele ser seco, pantanoso y pegajoso, ó

simplemente arenoso.

Es necesario que el ojo esté sumamente acostumbrado para conocer el

terreno guadaloso. Unas veces el pasto, otras veces el color de la

tierra son indicios seguros. Las más el guadal es una emboscada para

indios y cristianos.

Los caballos que entran en él, cuando no están acostumbrados, pugnan

un instante por salir, y el esfuerzo que hacen es tan grande, que en

los días más fríos no tardan en cubrirse de sudor y en caer postrados,

sin que haya espuela ni rebenque que los haga levantar. Y llegan á

acobardarse tanto, que á veces no hay poder que los haga dar un paso

adelante cuando pisan el borde movedizo de la tierra. Y eso que es

de todos los cuadrúpedos destinados al servicio del hombre el más

valiente. Picado con las espuelas parte como el rayo y salva el mayor

precipicio.

¡Cuán diferente de la mula!

Jamás pierde ella su sangre fría.

Ora vaya por los caminos pampeanos ó por las laderas vertiginosas

de la Cordillera, el híbrido animal es siempre cauteloso. El caballo

se lanza como el rayo; la mula tantea antes de ir adelante. Saca una

mano, después otra, y es tan precavida, que en donde puso éstas, pone

las patas. Cuando hay peligro no hay que advertirla; á nada obedece,

ni á la rienda, ni al rebenque, ni á la espuela. Sólo su instinto de

conservación la mueve. Es excusado querer dirigirla. Ella va por donde

quiere. Morirá despeñada; pero no ciegamente como el caballo, sino por

haberse equivocado.

Estando los campos cubiertos de agua, es más necesario que nunca seguir

rectamente la dirección de la _rastrillada_; porque reblandecida la

tierra por la humedad, el peligro del guadal es inminente á cada paso.

Cuando salimos de Sarmiento había llovido mucho. Á una media legua de

allí el terreno tiene un doblez y se cae á una cañada muy guadalosa;

así fué que allí hice alto, me despedí y separé de los camaradas que me

acompañaban, y después de algunas prevenciones generales á los que me

seguían tomé la dirección llevando al baqueano á mi izquierda, yendo él

por una huella, por otra yo.

¡Con qué pena se despidieron de mí mis leales compañeros! Yo lo leí en

sus caras, por más que con afables sonrisas y afectuosos apretones de

manos, quisieran disimularlo.

¡Ah! sólo los que somos soldados, sabemos lo que es ver partir á los

amigos al peligro en que se cae ó se muere, y quedarnos... ¡Y sólo los

que somos soldados, sabemos lo que es ver volver del combate, sanos é

ilesos á los hermanos cuya suerte no hemos compartido ese día!

Hay tales misterios en el corazón humano; abismos tan profundos, de

amor, de abnegación, de generosidad, que la palabra no conseguirá jamás

explicarlos.

Hay que sentir y callar. Por eso una mirada, un abrazo, un ademán con

la mano, dicen más que todo cuanto la pluma más hábilmente manejada

pueda describir.

La noche nos sorprendió sin haber alcanzado á cruzar la cañada.

La luna salía tarde, el cielo estaba cubierto de nubes, no se veían

las estrellas. Durante un largo rato caminamos, pues, en medio de

una completa obscuridad, cayendo y levantando, porque en cuanto nos

desviábamos de la rastrillada pisábamos el borde del guadal.

Las mulas que llevaban las cargas de charqui y regalos para los

caciques daban muchísimo trabajo. Por huir del peligro caían á cada

paso en él. Una de ellas llevaba los ornamentos sagrados de mis

amigos los franciscanos, y ellos y yo íbamos con el Jesús en la

boca, esperando el momento en que gritaran:--Cayó la mula de los

_padrecitos_, que así llaman los paisanos cordobeses á los frailes.

Fué menester ponerles á todas bozal y llevarlas tirando del cabestro.

Perdióse tiempo en esta operación, así fué que era tarde cuando

llegamos á la Laguna Alegre.

Estaban las cabalgaduras tan fatigadas de cuatro leguas más ó menos de

marcha nocturna por la obscuridad y entre el agua, que resolví hacer

una parada esperando que se despejase el cielo ó saliera la luna.

Acampamos... Y el fogón no tardó en brillar, haciéndose una rueda en

torno de él, de todos los que me acompañaban.

Entre mate y mate cada cual contó una historia más ó menos soporífera.

En todo pensábamos menos en los indios.

Yo conté la mía, y un cabo Gómez, muerto en la gloriosa guerra del

Paraguay, fué el asunto de mi cuento.

Tiene algo de fantástico y maravilloso.

Si estoy de humor mañana y no te vas fastidiando de las digresiones y

no te urge llegar á Leubucó, te lo contaré.

V

El fogón.--Calixto Oyarzábal.--El cabo Gómez.--De qué fué á la guerra

del Paraguay.--Por qué lo hicieron soldado de línea.--José Ignacio

Garmendia y Maximio Alcorta.--Predisposiciones mías en favor de

Gómez.--Su conducta en el batallón 12 de línea.--Primera entrevista

con él.--Su figura en el asalto de Curupaití.--La lista después del

combate.--El cabo Gómez.

El fogón es la delicia del pobre soldado, después la fatiga. Alrededor

de sus resplandores desaparecen las jerarquías militares. Jefes

superiores y oficiales subalternos, conversan fraternalmente y ríen á

sus anchas. Y hasta los asistentes que cocinan el puchero y el asado,

y los que ceban el mate, meten, de vez en cuando, su cucharada en la

charla general, apoyando ó contradiciendo á sus jefes y oficiales,

diciendo alguna agudeza ó alguna patochada.

Cuando Calixto Oyarzábal, mi asistente, dejó la palabra, con

sentimiento de los que le escuchaban, pues es un pillo de siete

suelas, capaz de hacer reir á carcajadas á un inglés, pidiéronme mis

circunstantes mi cuentito.

Yo estaba de buen humor, así fué que después de dirigirle algunas

bromas á Calixto, que con su aire de zonzo estudiado, ha hecho ya una

revolución en las Provincias, para que veas lo que es el país, tomo á

mi turno la palabra.

Y este cuento me permitirás que se lo dedique á un mi amigo, que ha

hecho la guerra en el Paraguay como oficial de un batallón de Guardia

nacional.

Se llama Eduardo Dimet, y como le quiero, me permitirás no te haga la

pintura de su carácter y cualidades; porque los colores de la paleta

del cariño son siempre lisonjeros y sospechosos.

Voy á mi cuento.

El cabo Gómez, era un correntino que se quedó en Buenos Aires cuando la

primera invasión de Urquiza que dió en tierra con la dictadura de Rosas.

Tendría Gómez así como unos treinta y cinco años; era alto, fornido,

y columpiábase con cierta gracia al caminar: su tez era entre blanca

y amarilla, tenía ese tinte peculiar á las razas tropicales; hablaba

con la tonada guaranítica, mezclando como es costumbre entre los

correntinos y entre los paraguayos vulgares, la segunda y la tercera

persona; en una palabra, era un tipo varonil simpático.

Marchó Gómez á la guerra del Paraguay, en el 1.^{er} batallón del

1.^{er} Regimiento de G. N. que salió de Buenos Aires bajo las órdenes

del comandante Cobo si mal no recuerdo, y perteneció á la compañía de

granaderos.

El capitán de ésta era otro amigo mío, José Ignacio Garmendia, que

después de haber hecho con distinción toda la campaña del Paraguay,

anda ahora por Entre Ríos al mando de un batallón.

Un día leíase en la Orden General del 2.º Cuerpo de Ejército del

Paraguay, á que yo pertenecía: «Destínase por insubordinación, por el

término de cuatro años, á un cuerpo de línea al soldado de G. N. Manuel

Gómez.»

Más tarde presentóse un oficial en el reducto que yo mandaba--que lo

guarnecía el batallón 12 de línea, creado y disciplinado por mí, con

esta orden: «Vengo á entregar á usted una alta personal.»

Llamé un ayudante y la alta personal fué recibida y conducida á la

Guardia de Prevención.

Luego que me desocupé de ciertos quehaceres, hice traer á mi presencia

al nuevo destinado para conocerle é interrogarle sobre su falta,

amonestarle, cartabonearle y ver á qué compañía había de ir.

Era Gómez, y por su talla esbelta fué á la compañía de granaderos.

José Ignacio Garmendia comía frecuentemente conmigo en el Paraguay, así

era que después de la lista de tarde casi siempre se le hallaba en mi

reducto, junto con otro amigo muy querido de él y mío, Maximio Alcorta,

aunque este excelente camarada, que lo mismo se apasiona del sexo

hermoso que feo, tiene el raro y desgraciado talento de recomendar de

vez en cuando á las personas que más estima: unos tipos que no tardan

en mostrar sus malas mañas.

¡Cosas de Maximio Alcorta!

La misma tarde que destinaron á Gómez, Garmendia comió conmigo.

Durante la charla de la mesa--ya que en campaña á un tronco de yatay se

llama así,--me dijo que Gómez había sido cabo de su compañía; que era

un buen hombre, de carácter humilde, subordinado, y que su falta era

efecto de una borrachera.

Me añadió que cuando Gómez se embriagaba perdía la cabeza, hasta el

extremo de ponerse frenético si le contradecían, y que en ese estado lo

mejor era tratarlo con dulzura, que así lo había hecho él, siempre con

el mejor éxito.

En una palabra, Garmendia me lo recomendó con esa vehemencia propia

de los corazones calientes, que así es el suyo, y por eso cuantos le

tratan con intimidad le quieren.

La varonil figura de Gómez y las recomendaciones de Garmendia

predispusieron desde luego mi ánimo en favor del nuevo destinado.

Á mi turno, pues, se lo recomendé al capitán de la compañía de

granaderos, diciéndole todo lo que me había prevenido Garmendia.

El tiempo corrió...

Gómez cumplía estrictamente sus obligaciones; circunspecto y callado,

con nadie se metía, á nadie incomodaba. Los oficiales le estimaban y

los soldados le respetaban por su porte. De vez en cuando le buscaban

para tirarle la lengua y arrancarle tal cual agudeza correntina.

En ese tiempo yo era mayor y jefe interino del batallón 12 de línea.

Todos los sábados pasaba personalmente una revista general.

Me parece que lo estoy viendo á Gómez en las filas cuadrado á plomo,

inmóvil como una estatua, serio, melancólico, con su fusil reluciente,

con su correaje lustroso, con su equipo tan aseado que daba gusto.

Gómez no tardó en volver á ser cabo.

Habrían pasado cinco meses.

Un día, paseábame yo á lo largo de la sombra que proyectaba mi

alojamiento, que era una hermosa carreta.

Esto era en el célebre campamento de Tuyutí allá por el mes de agosto.

En qué pensaba, cómo saberlo ahora. Pensaría en lo que amaba ó en la

gloria, que son los dos grandes pensamientos que dominan al soldado.

Recuerdo tan sólo que en una de las vueltas que di, una voz conocida me

sacó de la abstracción en que estaba sumergido.

Di media vuelta, y como á unos seis pasos á retaguardia, vi al cabo

Gómez, cuadrado, haciendo la venia militar, doblándose para adelante,

para atrás, á derecha é izquierda así como amenazando perder su centro

de gravedad.

Sus ojos brillaban con un fuego que no les había visto jamás.

En el acto conocí que estaba ebrio.

Era la primera vez desde que había entrado en el batallón.

Por cariño y por las prevenciones que me había hecho Garmendia, le

dirigí la palabra así.

--¿Qué quiere, amigo?

--Aquí te vengo á ver, ché Comandante, pa que me des licencia usted.

--¿Y para qué quieres licencia?

--Para ir á Itapirú á visitar una hermanita que me vino de la Esquina.

--Pero hijo, si no estás bueno de la cabeza.

--No, ché Comandante, no tengo nada.

--Bien, entonces, dentro de un rato, te daré la licencia, ¿no te parece?

--Sí, sí.

Y esto diciendo, y haciendo un gran esfuerzo para dar militarmente la

media vuelta y hacer como era debido la venia, Gómez giró sobre los

talones y se retiró.

Pasó ese día, ó mejor dicho llegó la tarde, y junto con ella Garmendia.

Contéle que Gómez se había embriagado por primera vez, y me dijo que

debía haberlo hecho para perder el miedo de hablar con el jefe, que

cuando estaba en su batallón así solía hacer algunas veces.

Como él y yo nos interesábamos en el hombre, sobre tablas entramos á

averiguar cuánto tiempo hacía que estaba ebrio cuando habló conmigo.

Llamé al capitán de granaderos, le hicimos varias preguntas y de ellas

resultó exactamente lo que me acababa de decir Garmendia--que Gómez

había tomado para atreverse á llegar hasta mí.

Empezando por el sargento 1.º de su compañía y acabando por el capitán,

á todos los que debía, les había pedido la venia para hablar conmigo,

estando en perfecto estado; de lo contrario, no se la habrían concedido.

Al otro día de este incidente, Gómez estaba ya bueno de la cabeza. Iba

á llamarlo, mas entraba de guardia, según vi al formar la parada, y no

quise hacerlo.

Terminado su servicio, le llamé, y recordándole que tres días antes me

había pedido una licencia, le pregunté si ya no la quería.

Su contestación fué callarse y ponerse rojo de vergüenza.

--¿Por cuántos días quiere usted licencia, cabo?

--Por dos días, mi Comandante.

--Está bien; vaya usted, y pasado mañana, al toque de asamblea, está

usted aquí.

--Está bien, mi Comandante.

Y esto diciendo, saludó respetuosamente, y más tarde se puso en marcha

para Itapirú, y á los dos días, cuando tocaban asamblea, la alegre

asamblea, el cabo Gómez entraba en el reducto, de regreso de visitar á

su hermana, bastante picado de aguardiente, cargado de tortas, queso y

cigarros que no tardó en repartir con sus hermanos de armas.

Yo también tuve mi parte, tocándome un excelente queso de Goya, que me

mandaba su hermana, á quien no conocía.

¡En el mundo no hay nada más bueno, más puro, más generoso que un

soldado!

El tiempo siguió corriendo.

Marchamos de los campos de Tuyutí á los de Curuzú para dar el famoso

asalto de Curupaití.

Llegó el memorable día, y tarde ya, mi batallón recibió orden de

avanzar sobre las trincheras.

Se cumplió con lo ordenado.

Aquello era un infierno de fuego. El que no caía muerto, caía herido

y el que sobrevivía á sus compañeros contaba por minutos la vida. De

todas partes llovían balas. Y lo que completaba la grandeza de aquel

cuadro solemne y terrible de sangre, era que estábamos como envueltos

en un trueno prolongado, porque las detonaciones del cañón no cesaban.

Á los cinco minutos de estar mi batallón en el fuego sus pérdidas eran

ya serias--muchos muertos y heridos yacían envueltos en su sangre,

intrépidamente derramada por la bandera de la patria.

Recorriendo de un extremo á otro hallé al cabo Gómez, herido en una

rodilla, pero haciendo fuego hincado.

--Retírese, cabo, le dije.

--No, mi Comandante--me contestó,--todavía estoy bueno, y siguió

cargando su fusil y yo mi camino.

Al regresar de la extrema derecha del batallón á la izquierda, volví á

pasar por donde estaba Gómez.

Ya no hacía fuego hincado, sino echado de barriga, porque acababa de

recibir otro balazo en la otra pierna.

--Pero cabo, retírese, hombre, se lo ordeno, le dije.

--Cuando usted se retire, mi Comandante, me retiraré,--repuso, y

echando un voto, agregó:--¡paraguayos, ahora verán!

Y ebrio con el olor de la pólvora y de la sangre, hacía fuego y cargaba

su fusil con la rapidez del rayo como si estuviese ileso.

Aquel hombre era bravo y sereno como un león.

Ordené á algunos heridos leves que se retiraban que le sacaran de allí,

y seguí para la izquierda.

El asalto se prolongaba...

Yendo yo con una orden recibí un casco de metralla en un hombro, y no

volví al fuego de la trinchera.

Pocos minutos después, el ejército se retiraba salpicado con la sangre

de sus héroes, pero cubierto de gloria.

Para pasar el parte, fué menester averiguar la suerte que le había

cabido á cada uno de los compañeros.

Esta ceremonia militar es una de las más tristes.

Es una revista en la que los vivos contestan por los muertos, los sanos

por los heridos.

¿Quién no ha sentido oprimirse su pecho después de un combate, durante

ese acto solemne?

--¡Juan Paredes!

--¡Presente!

--¡Pedro Torres!

--¡Herido!...

--¡Luis Corro!...

--¡Muerto!...

¡Ah! ese «¡muerto!» hace un efecto que es necesario sentirlo para

comprender toda su amargura.

Según la revista que se pasó en el 12 de línea por el teniente 1.º D.

Juan Pencienati, que fué el oficial más caracterizado que regresó sano

y salvo del asalto de Curupaití, y según otras averiguaciones que se

tomaron, conforme á la práctica, resultó que el cabo Gómez había muerto

y por muerto se le dió.

En la visita que se mandó pasar á los hospitales de sangre, no se halló

al cabo Gómez.

Para mí no cabía duda, de que Gómez si no había muerto, había caído

prisionero herido.

Los soldados decían:--No señor, el cabo Gómez ha muerto. Nosotros lo

hemos visto echado boca abajo al retirarnos de la trinchera con la

bandera.

Yo sentía la muerte de todos mis soldados como se siente la separación

eterna de objetos queridos.

Pero, lo confieso, sobre todos los soldados que sucumbieron en esa

jornada de recuerdo imperecedero, el que más echaba de menos era el

cabo Gómez.

La actitud de ese hombre obscuro, tendido de barriga, herido en las

dos piernas y haciendo fuego con el ardor sagrado del guerrero, estaba

impresa en mí con indelebles caracteres.

Esta visión no se borrará jamás de mi memoria. Perderé el recuerdo de

ella cuando los años me hayan hecho olvidar todo.

Y por hoy termino aquí; y mañana proseguiré mi cuento.

Hoy te he narrado sencillamente la muerte de un vivo, mañana te contaré

la vida de un muerto.

Si lo de hoy te ha interesado, lo de mañana también te interesará.

Á los del fogón que me escucharon les sucedió así.

Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1 · 第 11 / 49 题