I
Dedicatoria.--Aspiraciones de un _touriste_.--Los gustos con el
tiempo.--Por qué se pelea un padre con un hijo.--Quiénes son los
Ranqueles.--Un tratado internacional con los indios.--Teoría de los
extremos.--Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los
Ríos 4.º y 5.º.--De dónde parte el camino del Cuero.
No sé dónde te hallas, ni dónde te encontrará esta carta y las que le
seguirán, si Dios me da vida y salud.
Hace bastante tiempo que ignoro tu paradero, que nada sé de ti; y
sólo porque el corazón me dice que vives, creo que continúas tu
peregrinación por este mundo, y no pierdo la esperanza de comer
contigo, á la sombra de un viejo y carcomido algarrobo, ó entre
las pajas al borde de una laguna, ó en la costa de un arroyo, un
_churrasco_ de guanaco, ó de gama, ó de yegua, ó de gato montés, ó una
picana de avestruz, boleado por mí, que siempre me ha parecido la más
sabrosa.
Á propósito de avestruz, después de haber recorrido la Europa y la
América, de haber vivido como un marqués en París y como un guaraní
en el Paraguay; de haber comido _mazamorra_ en el Río de la Plata,
_charquicán_ en Chile, ostras en Nueva York, _macarroni_ en Nápoles,
trufas en el Perigord, _chipá_ en la Asunción--recuerdo que una de
las grandes aspiraciones de tu vida era comer una tortilla de huevos
de aquella ave pampeana en _Nagüel Mapo_, que quiere decir «Lugar del
Tigre».
Los gustos se simplifican con el tiempo, y un curioso fenómeno social
se viene cumpliendo desde que el mundo es mundo. El _macrocosmo_, ó sea
el hombre colectivo, vive inventando placeres, manjares, necesidades, y
el _microcosmo_, ó sea el hombre individual, pugnando por emanciparse
de las tiranías de la moda y de la civilización.
Á los veinticinco años, somos víctimas de un sinnúmero de
superfluidades. No tener guantes blancos, frescos como una lechuga,
es una gran contrariedad, y puede ser causa de que el mancebo más
cumplido pierda casamiento. ¡Cuántos dejaron de comer muchas veces, y
sacrificaron su estómago en aras del buen tono!
Á los cuarenta años, cuando el cierzo y el hielo del invierno de la
vida han comenzado á marchitar la tez y á blanquear los cabellos, las
necesidades crecen, y por un bote de _cold cream_, ó por un paquete de
cosmético, ¿qué no se hace?
Más tarde, todo es lo mismo; con guantes ó sin guantes, con retoques ó
sin ellos «la mona, aunque se vista de seda, mona se queda.»
Lo más sencillo, lo más simple, lo más inocente es lo mejor; nada de
picantes, nada de trufas. El _puchero_ es lo único que no hace daño,
que no se indigesta, que no irrita.
En otro orden de ideas, también se verifica el fenómeno. Hay razas y
naciones creadoras, razas y naciones destructoras. Y, sin embargo, en
el irresistible _corso e ricorso_ de los tiempos y de la humanidad, el
mundo marcha; y una inquietud febril mece incesantemente á los mortales
de perspectiva en perspectiva, sin que el ideal jamás muera.
Pues, cortando aquí el exordio, te diré, Santiago amigo, que te he
ganado de mano.
Supongo que no reñirás por esto conmigo, dejándote dominar por un
sentimiento de envidia.
Ten presente que una vez me dijiste, censurando á tu padre, con quien
estabas peleado:
--¿Sabes por qué razón el viejo está mal conmigo? Porque tiene envidia
de que yo haya estado en el Paraguay, y él no.
Es el caso, que mi estrella militar me ha deparado el mando de las
fronteras de Córdoba, que eran las más asoladas por los ranqueles.
Ya sabes que los ranqueles son esas tribus de indios araucanos, que
habiendo emigrado en distintas épocas de la falda occidental de la
cordillera de los Andes á la oriental, y pasado los ríos Negro y
Colorado, han venido á establecerse entre el Río 5.º y el Río Colorado,
al naciente del Río Chalileo.
Últimamente celebré un tratado de paz con ellos, que el Presidente
aprobó, con cargo de someterlo al Congreso.
Yo creía que siendo un acto administrativo no era necesario.
¿Qué sabe un pobre coronel de trotes constitucionales?
Aprobado el tratado en esa forma, surgieron ciertas dificultades
relativas á su ejecución inmediata.
Esta circunstancia por un lado, por otro cierta inclinación á las
correrías azarosas y lejanas; el deseo de ver con mis propios ojos ese
mundo, que llaman Tierra Adentro, para estudiar sus usos y costumbres,
sus necesidades, sus ideas, su religión, su lengua, é inspeccionar yo
mismo el terreno por donde alguna vez quizá tendrán que marchar las
fuerzas que están bajo mis órdenes--he ahí lo que me decidió no ha
mucho y contra el torrente de algunos hombres que se decían conocedores
de los indios, á penetrar hasta sus tolderías, y á comer primero que tú
en Nagüel Mapo una tortilla de huevo de avestruz.
Nuestro inolvidable amigo Emilio Quevedo, solía decirme cuando vivíamos
juntos en el Paraguay, vistiendo el ligero traje de los criollos é
imitándolos en cuanto nos lo permitían nuestra sencillez y facultades
imitativas:--¡Lucio, después de París, la Asunción! Yo digo:--Santiago,
después de una tortilla de huevos de gallina frescos, en el Club
del Progreso, una de avestruz en el toldo de mi compadre el cacique
Baigorrita.
Digan lo que quieran, si la felicidad existe, si la podemos concretar
y definir, ella está en los extremos. Yo comprendo las satisfacciones
del rico y las del pobre; las satisfacciones del amor y las del odio;
las satisfacciones de la obscuridad y las de la gloria. Pero ¿quién
comprende las satisfacciones de los términos medios; las satisfacciones
de la indiferencia; las satisfacciones de ser _cualquier cosa_?
Yo comprendo que haya quien diga:--Me gustaría ser Leonardo Pereira,
potentado del dinero.
Pero que haya quien diga, me gustaría ser el almacenero de enfrente,
don Juan ó don Pedro, un nombre de pila cualquiera, sin apellido
notorio,--eso no.
Yo comprendo que haya quien diga:--Yo quisiera ser limpiabotas ó
vendedor de billetes de lotería.
Yo comprendo el amor de Julieta y Romeo, como comprendo el odio de
Silva por Hernani, y comprendo también la grandeza del perdón.
Pero no comprendo esos sentimientos que no responden á nada enérgico,
ni fuerte, á nada terrible ó tierno.
Yo comprendo que haya en esta tierra quien diga:--Yo quisiera ser
Mitre, el hijo mimado de la fortuna y de la gloria, ó sacristán de San
Juan.
Pero que haya quien diga:--Yo quisiera ser el Coronel Mansilla,--eso no
lo entiendo, porque al fin, ese mozo, _¿quién es?_
Al General Arredondo, mi jefe inmediato entonces le debo, querido
Santiago, el placer inmenso de haber comido una tortilla de huevos de
avestruz en Nagüel Mapo, de haber tocado los extremos una vez más.
Si él me niega la licencia, me quedo con las ganas, y no te gano la
delantera...
Siempre le agradeceré que haya tenido conmigo esa deferencia, y que me
manifestara que creía muy arriesgada mi empresa, probándome así que
mi suerte no le era indiferente. Sólo los que no son amigos pueden
conformarse con que otro muera estérilmente... y en la obscuridad.
La nueva línea de fronteras de la Provincia de Córdoba, no está ya
donde tú la dejaste cuando pasaste para San Luis, en donde tuviste la
fortuna de conocer aquel tipo que te decía un día en el Morro:--¡Yo no
deseo, señor don Santiago, visitar la Europa por conocer el Cristal
Palais, ni el Buckingham Palace, ni las Tullerías, ni el London Tunnel,
sino por ver ese Septentrión! ¡¡ese Septentrión!!
Está la nueva línea sobre el Río 5.º, es decir, que ha avanzado
veinticinco leguas, y que al fin se puede cruzar del Río 4.º á Achiras
sin hacer testamento y confesarse.
Muchos miles de leguas cuadradas se han conquistado.
¡Qué hermosos campos para la cría de ganados son los que se hallan
encerrados entre el Río 4.º y Río 5.º!
La cebadilla, el porotillo, el trébol, la gramilla, crecen frescos y
frondosos entre el pasto fuerte; grandes cañadas como la del Gato,
arroyos caudalosos y de largo curso como Santa Catalina y Sampacho,
lagunas inagotables y profundas como Chemeco, Tarapendá y Santo Tomé
constituyen una fuente de riqueza de inestimable valor.
Tengo en borrador el _croquis topográfico_, levantado por mí de ese
territorio inmenso, desierto, que convida á la labor, y no tardaré en
publicarlo, ofreciéndoselo con una memoria á la industria rural.
Más de seis mil leguas he galopado en año y medio para conocerlo y
estudiarlo.
No hay un arroyo, no hay un manantial, no hay una laguna, no hay
un monte, no hay un médano donde no haya estado personalmente para
determinar yo mismo su posición aproximada y hacerme baqueano,
comprendiendo que el primer deber de un soldado, es conocer palmo á
palmo el terreno donde algún día ha de tener necesidad de operar.
¿Puede haber papel más triste que el de un jefe con responsabilidad,
librado á un pobre paisano, que lo guiará bien, pero que no le sugerirá
pensamiento estratégico alguno?
La nueva frontera de Córdoba comienza en la raya de San Luis, casi en
el meridiano que pasa por Achiras, situado en los últimos dobleces de
la Sierra, y costeando el Río 5.º se prolonga hasta la Ramada Nueva,
llamada así por mí, y por los ranqueles _Trapalcó_ que quiere decir
agua de Totora. _Trapal_ es Totora y _có_ agua.
La Ramada Nueva son los desagües del Río 5.º, vulgarmente denominados
la Amarga.
De la Ramada Nueva, y buscando la derecha de la frontera Sur de Santa
Fe, sigue la línea por la Laguna N.º 7, llamada así por los cristianos,
y por los ranqueles _Potálauquen_, es decir, laguna grande: _potá_ es
grande y _lauquen_ laguna.
Siguiendo el juicioso plan de los españoles, yo establecí esta frontera
colocando los fuertes principales en la banda Sur del Río 5.º.
En una frontera internacional esto habría sido un error militar, pues
los obstáculos deben siempre dejarse á vanguardia para que el enemigo
sea quien los supere primero.
Pero en la guerra con los indios el problema cambia de aspecto; lo que
hay que aumentarle á este enemigo no son los obstáculos para entrar
sino los obstáculos para salir.
El punto ó fuerte principal de la nueva línea de frontera sobre el Río
5.º se llama Sarmiento. De allí arranca el camino que por la Laguna del
Cuero, famosa para los cristianos, conduce á Leubucó, centro de las
tolderías ranquelinas.
De allí emprendí mi marcha.
Mañana continuaré.
Hoy he perdido tiempo en ciertos detalles creyendo que para ti no
carecerían de interés.
Si al público, á quien le estoy mostrando mi carta, le sucediese lo
mismo, me podría acostar á dormir tranquilo y contento como un colegial
que ha estudiado bien su lección y la sabe.
¿Cómo saberlo?
Tantas veces creemos hacer reir con un chiste y el auditorio no hace ni
un gesto.
Por eso toda la sabiduría humana está encerrada en la inscripción del
templo de Delfos.