frenético, resonante en su oído como una granizada de perlas, con la
nariz por la delicia dilatada en su carilla ideal de caprichosa, sintió
un vacío en las sienes cuando bajo el telón, a medio levantar, apareció
un cómico y le arrojó al palco, a modo de homenaje, el nombre de su
novio--lo cual arreció la tormenta de entusiasmo con un griterío
imperativo y tremendo de: "¡El autor! ¡el autor! ¡Que salga!" La prima
Berta la contemplaba con envidia...
"¡Que salga! ¡que salga!"
Volvieron a brillar sobre el telón las luces del proscenio, y empezó
aquél a subir lentamente. La escena apareció desierta, deslumbradora.
¡Oh, iba a verle allí, en la apoteosis de la multitud electrizada, en la
claridad de gloria de las luces invisibles de las bambalinas, ofreciendo
la ovación con enamorada sonrisa! ¡Cuánto le quería!
La dama, aquella actriz rubia y espléndida, hermosa como una reina de
cuentos, y un actor a quien el frac daba elegancia aparatosa, tiraban
del autor, que al fin asomó por el foro entre aquéllos, vistiendo una
levitilla antigua, pálido, con el asombro en los ojos y el pelo y el
bigote como erizados. Junto a las graciosas reverencias de sus
compañeros, las del pobre autor, muy serio y azorado, resultaban
verdaderamente ridículas.
Angeles oyó decir en el palco inmediato "¡Qué feo!"; y la burlona Berta,
la segunda vez que se alzó el telón, le comparó con un ratón recién
salido de una jofaina. En esto, al desaparecer el autor de espaldas al
fondo, tropezó con un mueble... y el público entero, sin dejar de
aplaudir, rióse.
Angeles estaba descompuesta. Desde el palco del _Veloz_, el húsar, en
actitud gallarda, la miraba y sonreía compasivamente... Se desvanecía la
joven. Se levantó con rapidez y se ocultó en el antepalco sin que lo
advirtiera apenas su familia, atenta a la ovación, que siguió ruidosa
mucho tiempo.
Cuando el padre de Angeles, vivamente emocionado, fué a felicitarla
estrechando su mano, encontró a la joven medio tendida en un diván,
temblorosos los labios y la mirada sin luz. ¡Pobre sensitiva, tronchada
por un huracán de felicidad!...
--Perdóname--le dijo--; ya comprendo tu cariño por ese hombre de
talento, y puedes decirle que desde hoy lo tendré a orgullo. ¡A orgullo!
¿sabes?
--Es inútil--respondió Angeles solemne de desprecio--; no pienso verle
más en mi vida. ¡Vámonos!
Y sin consentir en volver siquiera al palco, salieron del teatro, que
esperaba ebrio de entusiasmo el último acto del maravilloso drama.
VILLAPORRILLA
¿Aldeas? En buena hora. Pero en el lienzo para adornar mi gabinete o en
el libro para decorar mi estantería. Ni más ni menos.
Así las conocía yo. Y sabía de ellas que contempladas desde el último
cerro de su horizonte al caer el sol, cuando los senderos de la montaña
eran recorridos por los pacíficos campesinos que de vuelta de sus faenas
tornaban al hogar, azada o garrote al hombro, dejando oir canciones
llenas de melancolía, entremezcladas sus notas con el estruendoso
concierto de cigarras, grillos y ranas, meciéndose también por los
espacios el triste son de la campana de oraciones y el tintineo de las
esquilas del ganado; contempladas, decía, a la traslumbre del
crepúsculo, con su esbelta torre en silueta alzada en mitad de
blanquísimas casitas "que como ovejas rodeadas al pastor en apretado
conjunto circundaban la bonita iglesia", debían de ser el _non plus
ultra_ de las cosas de gusto, con aquellos arroyuelos lamiendo sus
viviendas, con aquellos álamos prestándolas sombra, con aquel
imprescindible pozo de limpio brocal, en que las muchachas del pueblo,
limpias como armiños y lindas como perlas, mostrando bajo la "corta y
honesta falda" su media como la nieve y su zapatito negro, escuchaban
idílicas declaraciones del garrido y apuesto zagal que entre fogoso y
ruborizado las miraba de soslayo, mientras en el viejo pilastrón de
cantería verdinegra con candilillos y hierbas en las junturas, bebía su
recua de borricos--alguno quizá dando también al viento su amorosa queja
en un rebuzno poderoso...
Así las conocía yo... ¡Cuál me engañabais, oh caros novelistas y poetas!
Villaporrilla, enclavada con sus cincuenta casas en la abrupta falda de
Sierra del Gato, con alcalde coloradote y _brutote_ y de buen corazón (a
lo menos así lo había yo juzgado las veces que con su sombrero en la
corona y sus calzas de paño me visitó en la capital), es seguramente una
aldea en las mejores condiciones para serlo; quiero decir que, a causa
de estar alejada de todo centro de población, y de no ser Villaporrilla
"camino para ninguna parte", no cabe sospecharla corrompida en su
primitivo aspecto. Villaporrilla, aunque en el corazón mismo de España,
está alejada de la civilización como cualquier campamento de salvajes.
Pues bien: la primera sorpresa que llevé en Villaporrilla fué ver que
sus _casitas blanquísimas_ no eran ni _blanquísimas_ ni _casitas_, sino
especie de zahurdones del color del barro, medio ruinosos, de apariencia
imposible de poetizar. Hasta un momento antes de llegar, el paisaje es
bello; pero sus alrededores, como si la Naturaleza tuviera asco del
mísero pueblo y le formara corro a distancia, consistían en raquíticos
huertos y gran cantidad de estercoleros y lagunas cenagosas en que a su
placer embarrábanse los cerdos. La iglesia era una casa poco más grande
que las otras. Y el pozo del ejido, que no faltaba, verdaderamente,
sería de agradable parecer a no estar rodeado de charcos y constituir
como el cuartel general de los susodichos montones de basura.
¿Creéis que acudían ninfas en traje corto a sacar el agua? ¡Oh, qué
caras, Dios mío! Muchachas desgreñadas, sucias, feísimas, con el color
del paludismo, barrigonas, descalzas... Cerca estaba el cementerio.
Cuatro tapiales, desportillados por más de un sitio, y en paz.
En Villaporrilla dejó de parecerme "buen corazón" su señor alcalde,
aunque siguió pareciéndome coloradote, y _brutote_, sobre todo.
Además, a los pocos días me convencí de que su estado normal era el de
una borrachera continua. El concejo se reunía a discutir sobre si _El
Pelao_ debía o no continuar en su cargo de ministro (alguacil, en la
técnica de Villaporrilla), o si debía ya sustituirlo el actual regidor
síndico, que llevaba tres meses sin cobrar un céntimo; y además, se
reunía para tirarse los jarros y las sillas a la cabeza; lo cual hacía a
todos los concejales preferir la taberna a la sala de sesiones, porque
en ésta se tiraban los bancos y costábanle dinero al concejo.
--¿Y cómo no arregla esto el señor cura de la aldea?--pregunté, antes de
conocerlo, imaginándome al pobre señor escandalizado con tal estado de
cosas.
--¡Bueno está el cura!--me dijeron--; pero en fin, tras eso andamos,
tras de echarle. El capitanea el bando del Furraco, y el año pasado nos
llevó a la Audiencia en una causa a que le llaman la "causa madre",
porque ha dado lugar a otras once, hasta la fecha.
No me parecieron mejor los mozos que las mozas. En la casita donde me
hospedé, única que tenía cristales en el pueblo, los rompían todas las
noches las pedradas zagalescas.
Estos mozos rondaban hasta media noche en cuadrillas, con sendas porras
al hombro. La semana que no había un par de descalabros y el
subsiguiente empapelamiento en el juzgado municipal, podía rayarse con
piedra blanca.
--Pues mire usted, este pueblo es muy tranquilo--me decían--. El año
pasado no mataron más que a tres. En cambio, los de Cobarrubia a seis, y
de Maratón _dieron_ cinco al _presillo_.
LUZBEL
Entre los invitados al estudio de Rangel con motivo de su última obra,
estaban Jacinta Júver, una arrogante dama de ojos garzos, muy aficionada
a la pintura, casi una artista, y su esposo, el señor La Riva, hombre
que, según decía, desde hortera con sabañones, supo caer en marqués con
gabán de pieles, sin más que saltarse limpia y oportunamente el
mostrador de un comercio.
Habían desfilado los demás visitantes y quedaban estos dos; intranquilo
él porque se le hacía tarde para el Senado, y la bella marquesa ante el
lienzo absorta cada vez más, examinándolo a través de sus impertinentes
y celebrando los detalles con el pintor en voluble charla. Era un
_panneau_ decorativo: el arcángel maldito, caído bajo un cielo de
tempestad sobre una roca; Luzbel, con la túnica y el cabello rubio
azotados por el vendaval, con el codo en la rodilla y la sien en el
dorso de la mano, resplandecía aún de divinidad, en la hierática
rigidez de su soberbia, como el ascua que en su propia ceniza se va
apagando.
Hubo necesidad de explicarle este simbolismo al banquero, que se
acercaba nuevamente, después de entretener su impaciencia con estatuas y
desnudos. Y como su mujer, con cierta coquetería intelectual delante del
artista, le señalaba los grandes aciertos de color y de dibujo, aquellas
líneas onduladas de visión de ensueño, y aquellos tonos suaves que
velaban la figura con neblinas de lo fantástico, harto La Riva de
escuchar, exclamó:
--¡Hermoso! ¡Magnífico!
Añadió con franqueza mientras limpiaba los lentes:
--De todos modos... ¡yo no entiendo!, pero si es ángel, ¿por qué no
ponerle alas?
Jacinta, avergonzada, con una dulce súplica de piedad para el marqués,
miraba al pintor sonriendo. Éste, a pesar suyo, tenía en los labios una
contracción desdeñosa y compasiva, a cuyo estremecimiento le faltó poco
para romper en esta palabra: "¡Imbécil!" Pero le volvió la espalda,
cambiando con la gentil marquesa una mirada que se clavó en el orgullo
de La Riva como un florete.
En aquel hombre veía el artista la vulgaridad de que creía él haber
salido con vuelo de genio, al pintar un demonio sin rabo, sin cuernos,
sin alas de grulla siquiera...
Dió La Riva un paso, cogiendo por el brazo al pintor. Hubiérase creído
que lo iba a lanzar contra la pared... Mas no; ¡brusquedades de hombre
de negocio!... se sonreía.
--¿Cuánto vale ese lienzo?
Rangel respondió altivo:
--Veinte mil pesetas.
--Lo compro. Enviaré por él, y mañana tendrá usted la bondad de almorzar
con nosotros para colocarlo.
Ya en el coche, rodando hacia el Senado, le decía Jacinta:
--Has estado importunísimo. ¿Para qué hablas de lo que no entiendes?
--¡Oh!--respondía filosóficamente el banquero--. ¡Si no se hablase más
que de lo que se entiende bien!... ¡Bah, los artistas! ¡Sois vanidosos
como el mismo Luzbel, hija de mi alma! En fin, ya verás... Cada cual
tiene su vanidad, y... no había de estar yo sin la mía. Mañana quiero
dar a ese geniazo un banquete tan original y espléndido que no lo olvide
jamás...
* * * * *
El almuerzo, en verdad, había sido regio. Los tres solos, en jovial y
amena conversación, excitada por la abundancia de los mejores vinos, en
aquel gran comedor, confortable, con sus dobles cortinas ante las
policromas vidrieras de cristal cuajado, con sus plantas de hojas en
abanico entre los muebles, y en medio de cuyo lujo sólido parecía la
marquesita una figura de porcelana. Su pelo negro, partido en dos
bandas, con sencillez griega, hacía más transparente la blancura
"violeta" de su carne; y en su pálido traje heliotropo adivinábase una
gallardía de buen gusto brindada al pintor.
Obstinábase en relatar su historia el marqués a los postres, empuñando
la panda copa de champaña. Una biografía interesante, empezada en un
chiquillo con almadreñas que salió un día de su puebluco a mirar el
mundo, y que, en fuerza de años, de voluntad y de instinto de la vida,
realizó con brío su parte de trabajo, colocándose a los cincuenta en
blasonado palacio, para poder contemplar desde la altura de su corona de
marqués y de su senaduría vitalicia el bien que había hecho. Y
distinguía, en efecto, desde allí, aquellas tiendas humildísimas donde
enriqueció a los dueños con su laboriosidad honrada; aquel gran comercio
suyo más tarde; aquellas locomotoras, luego, corriendo en su país porque
él y otros como él habían puesto el dinero; aquellas fábricas que él
fundó; aquel...
--¡Siempre francote y un poco tosco, eso sí, pero orgulloso de todos
modos!--decía La Riva con una calma y un ritmo que recordaban el paso
del buey. Y observando a su mujer y al pintor, distraídos bajo la
seducción vaporosa del champagne y de la espiritual cháchara que él
había escuchado antes como un extraño, proseguía:--Mas a buen seguro que
si no entiendo de esas monadas que compro para adornar mi palacio--o
(con el ademán parecía incluir como un cuadro un _bibelot_ más a la
bella marquesa)--tampoco Rangel sabrá mucho de los negocios ni de los
ferrocarriles, en que viaja repantigadamente... ¡Cada cosa tiene sus
méritos... y sus misterios, que sólo Dios puede conocer en todas!
En seguida dirigióse a un criado que traía el juego para el café:
--No, Gaspar. En mi despacho. ¿Has prendido la chimenea?
Salió el criado haciendo un gesto de confidencia, y manifestó el
banquero que servían el café en su despacho para que apreciaran la buena
colocación que por sí propio había dado a la gran obra de arte.
Y derecho invitándoles a salir, mientras su mujer y el pintor se miraban
presintiendo alguna nueva necedad artística del hombre de negocios,
añadió:
--¡Ah! ¡Se trata de mi hermosa chimenea con arco de roble, tallado por
Seriño!
Presenciaron un espectáculo extraño en el despacho.
--¡Vaya si lo entendía! ¿Qué se figuraban los dos?... ¿No era un lienzo
decorativo? ¿No representaba un diablo más o menos bonito?... Pues ¡su
pensamiento! en ningún sitio mejor que llenando el gran fondo de su
chimenea antigua, con el fuego en los mismísimos pies del mal arcángel.
Lo primero que vió Rangel fue su _panneau_ llenando el hueco negro de la
chimenea. Tocando al lienzo ardían los trozos secos de pino, y las
llamas y el humo habían obscurecido la pintura, levantada hasta la
rodilla del ángel.
La Riva, cruzado de brazos, con una sonrisa de agrado como quien espera
un pláceme, contemplaba al pintor, cuyos labios temblaban.
Esta vez se lo dijo el artista:
--¡Imbécil! ¡Imbécil!
Con toda su alma, con toda su rabia, y comprendiendo la situación, salió
como un loco.
* * * * *
--¿Qué significa esto?--preguntaba Jacinta irguiéndose frente a su
marido.
--Esto significa que le acabo de probar a un infeliz, prácticamente,
cómo yo sé hacer las cosas; que si él tiene orgullo de su fantasía para
pintar, yo tengo el orgullo de mi talento para hacer dinero, que vale y
puede más, porque vale y lo puede todo... todo...
Y concluyó, mirando a su mujer hasta la conciencia:
--...incluso destruir la gloria... y haberte traído a mi palacio desde
la estrechez, ¡no hay que olvidarlo, marquesa consorte de la Riva!...
JUGAR CON EL FUEGO
Pasaba por Madrid, donde veinticuatro horas debía detenerse, con
dirección a Tánger, León Demarsay, un diplomático con quien yo había
intimado en Manila, hombre de gran corazón y excelente tirador de armas.
Por mí advertidos de esas prendas del joven, quisieron algunos amigos
míos conocerle, y le invitamos a un almuerzo, para cuyo final teníamos
preparadas las panoplias.
Servido el café en el salón, Pablo Mora, que presume de floretista, le
brindó el azúcar con la mano izquierda y con la derecha un par de
espadas.
--Gracias--contestó León sonriéndome con dulzura al comprender que
defraudaba nuestras esperanzas--. Hace mucho que abandoné estas cosas.
No sé. Completamente olvidadas.
Y luego, defendiéndose de nuestra insistencia, y para que no creyéramos
falta de cortesía o fatuo desdén de maestro su negativa, añadió,
mientras se sentaba y empezaba a sorbos su taza, invitándonos a lo
mismo:
--Hace tres años, juré no volver a tocar la empuñadura de un arma.
Y quedó sombrío, delatando algún doloroso recuerdo. Respetándolo
nosotros, nos sentamos también, sin pensar en más explicaciones. Pero la
gentil María, esposa de Mora, en cuya casa estábamos, y otras dos
señoritas que nos acompañaban, una de las cuales, discípula de Sanz,
había pensado en el honor de un asalto con el francés (cosa que venía a
constituir quizás el caprichoso y principal atractivo de la reunión), le
seguían mirando curiosamente.
--¡Nada!--exclamó al fin Demarsay--. Como usted, Luciana (la discípula),
yo empecé la esgrima por receta de un médico. Usted, según me ha dicho,
contra una neuralgia; yo, contra un reuma. ¡Ojalá que en mí hubiera
podido continuar siendo un _sport_ saludable, como lo será en usted toda
la vida...! Pero los hombres--añadió envolviéndonos en una sonrisa de
irónica piedad--somos un poco más crueles que las mujeres.
--Permita que me sorprenda en un hombre tal confesión--dijo María,
clavando los ojos en Demarsay, del mismo negro acero que su pelo.
--¡Necesita demostrarse!--añadió no sé quién de nosotros.
--La demostración resulta de mis pequeñas historias. Decía... que un
doctor me aconsejó, para unos dolores rebeldes, el campo y la gimnasia;
inmediato a la finca donde pensé instalarme, vivía retirado M.
Montignac, el más célebre duelista de Europa; propúsele al doctor, en
gracia a mi comodidad, sustituir la gimnasia con la esgrima; aceptó, y a
los seis meses yo estaba curado. Mas como por mis negocios permanecí en
la posesión algunos años, y como además, por gratitud al ejercicio y
deferencia a mi maestro, no abandoné las armas, resultó que cuando volví
a París, según Montignac, que se apresuró a comunicárselo a sus
compañeros, era el mejor discípulo que había tenido hasta entonces. A
consecuencia del aviso, sin duda, la _Sala Hervilly_ me invitó a un
asalto; y a consecuencia del asalto, en el cual desarmé cuantas veces
quise a un M. Murguer, tirador celoso de su fama, recibí al siguiente
día la visita de sus padrinos.
--¿Para otro asalto?--preguntó ingenuamente Luciana.
--Para un duelo--continuó Demarsay--. Pretendían que me batiera con
Murguer, porque éste deseaba saber si mi habilidad era la misma con
espada sin botón. Contesté que no tenía el menor deseo de prestarme a la
prueba, y que no encontrando odios ni ofensas que vengar, sino antes al
revés, habiendo tenido una complacencia en conocerle, le proponía un
jovial almuerzo con unas cuantas botellas de champagne. Almorzamos
juntos, tiramos y procuré dejarme alcanzar algunas veces, por calmar la
vanidad de aquel hombre. Sólo que una de ellas, cuando yo creía estar
ganando su simpatía, al oirme decir sonriendo: _¡Touché!_, arrojó su
espada y nos abandonó airadamente. Por la tarde los padrinos. Afirmaban
esta vez que le había ofendido con mi condescendencia, tratándole como a
un niño; lo que no estaba dispuesto a tolerar, porque aspiraba a ser
tratado en todo momento como hombre; que no aceptaba explicación
ninguna, y que conceptuaba preciso que nos midiéramos con armas
desnudas, a fin de que sus descuidos o mis galanterías, en caso que yo
me atreviera así a brindárselas, no resultaran una ridícula e inocente
burla.
--¡Qué tesón!--exclamó María.
Pablo, en su _punto de tirador_, advirtiendo que todos los que oíamos a
Demarsay hallábamos importuna la conducta de su adversario, se creyó en
el caso de encontrarla explicable.
--Al verdadero duelista--manifestó--velador constante de su prestigio,
no le es agradable, aunque involuntaria, una humillación de esa índole.
En esto se parece a la mujer con respecto a su honra. Ninguna tolera
con paciencia que otra mujer delante de ella aparezca más _honrada_.
--Pero yo, que no soy duelista, que no lo era--replicó Demarsay con su
acento ligero y fino de parisiense--, sino un pobre enfermo que se
curaba y se divertía jugando al florete igual que podía divertirse
jugando a la pelota, me asombré de la exigencia de aquel señor, a quien
juzgué un solemne majadero...
Miré a Pablo y le vi inmutarse. Iba a contestar, tal vez en defensa de
su falaz proposición, pero se contuvo.
--Y con plena franqueza tuve el gusto de participárselo a los
padrinos--continuó el diplomático--. Aseguro a usted que eché de menos
la ley de Schopenhauer contra el duelo: "Todo mantenedor y portador de
un cartel de desafío, recibirán veinte palos en público, a usanza
china."
Pablo no pudo contenerse.
--Castigo que no sufriría ningún hombre de honor sin pegarse un tiro.
--A lo cual contesta el filósofo, que lo prevé: "Es mejor que un loco se
mate a sí mismo que no que mate a otras personas."
Produjeron una carcajada, que puso en evidencia a Pablo, las palabras
del francés, quien siguió:
--Loco era aquél, y de remate, Me buscaba y me encontró una noche en el
Tívoli: me dió un bofetón y le tiré por la barandilla del palco; él, al
hospital desde el teatro, con una pierna rota; yo a la comisaría, donde
tuve que pagar dos sombreros y un abanico que estropeó al caer mi
hombre... Pierna curada a los dos meses, y ¡lo de siempre, señores! ¡el
duelo...! ¡Bah! Era preciso acabar, y acepté como quiso, permitiéndose
todo, a muerte. Aseguro que cuando contemplé mi espada ante aquel
infeliz que se defendía con torpeza, me pareció un instrumento infame
con el cual, y con habilidades de tahur, podía yo impunemente arrancar
una existencia. Pude matarle, y le desarmé varias veces. Esto aumentó su
coraje, y mi desprecio a mí mismo, y a él, y a cuantos presenciaban el
repugnante espectáculo como una fiesta. Al fin, para acabar, le herí en
la mano. No cedió, sino que se lanzó sobre mí con más furia. Entonces le
atravesé el brazo, y la espada cayó de su mano inerte... Antes que aquel
insensato pudiera curarse y provocarme de nuevo--concluyó Demarsay
dirigiéndose a mí--pedí mi traslado, y renegando de la esgrima que en
mala hora había aprendido, me embarqué para Sangay, y luego para las
Filipinas, donde tuve el gusto de conocer a usted.
--Pero ¿el juramento?...--interrogó Luciana.
--Porque no basta eso--añadió otro--; una temeridad excepcional no
significa que la esgrima no pueda servir en una causa justa.
--Y, en efecto--añadí yo--, cuando le conocí, todavía le vi manejar
prodigiosamente la espada.
--Sí--contestó mi amigo--, pero evitando a los profesionales. Aun así,
señores, después tuve que cerrarme a la banda para rehuir otros
encuentros con Tomegueux, en París, y con San Malato, en Florencia; y
hasta pude convencerme al fin, por mí propio, de que el conocimiento de
las armas, que no es indispensable nunca y que sirve rara vez para cosas
razonables, se pone fácil y malamente al servicio de la vanidad y de las
pasiones. La que es hoy mi mujer era mi novia en 1895. Estábamos en
Nápoles; el conde de Torino quería a mi novia, que me adoraba, y el
padre de ésta, un romano que conservaba la tradición del orgullo,
prefería al conde por su nobleza. Mi pobre Celsa se rebeló al afán de su
padre, poniéndome por causa; y cuando el conde me desafió un día, sentí
una alegría infinita, satánica. Tenía la seguridad de matar a mi rival,
y me complacía en el derecho que él mismo me daba para matarle.
Se interrumpió Demarsay un segundo, con tristeza, antes de proseguir:
--Pude cumplir con una pequeña estocada, como con Murger; pero no: fuí
tan miserable, que aproveché con saña y sangre fría todo mi arte para
buscarle el corazón... Ante aquel desdichado que se desplomaba,
comprendí repentinamente toda mi infamia... Y entonces fué mi juramento,
señorita... ¡jugar con las armas es jugar con el fuego!
* * * * *
Un poco después, León Demarsay se despedía de nosotros. Aun estaba en la
antesala cuando Pablo me cogió de un brazo, me llevó al comedor y dijo:
--¿Quieres ser mi padrino?
--¿Te bates?--le pregunté sorprendido.
--Sí.
--¿Con quién?
--Con León Demarsay. Me dijo antes _majadero_.
--¡Y tú lo confirmas!--repliqué con tal acento de convencido desprecio,
que se quedó en mitad del comedor con la cabeza baja, más abochornado
que ofendido.
LA RECETA
Terminada la consulta, pude entrar en el despacho, donde mi buen amigo
el doctor se ponía el abrigo y el sombrero, para nuestro habitual paseo;
pero el criado entreabrió la puerta.
--¿Más enfermos? ¡Estoy harto! Que vuelvan mañana.
--Traen esta tarjeta--contestó el criado, entregándola.
Y debía ser decisiva, porque Leandro la tiró sobre la mesa, volvió a
quitarse el gabán y gritó malhumorado:
--Que pasen.
Dirigiéndose a mí, que me disponía a dejarle solo, añadió:
--No; espera ahí, tras el biombo. Concluiré a escape.
El biombo ocultaba un ancho sillón de reconocimiento. Me senté y saqué
un periódico, viendo que el concienzudo médico alargaba la visita, a
pesar de su promesa.
Eran señoras.
Con ellas había inundado el despacho un fuerte olor a _floramy_ que se
sobrepuso al del ácido fénico. Sus voces bien timbradas me distraían, y
no pudiendo leer, escuché.