La noticia arrancó a Juana, que estaba rabiando por reir, una carcajada

de alegría.

--Oye--dijo Luis en cuanto preparó los lápices y el álbum--, tú eres muy

guapa y quiero hacer un retrato bonito. Así no estás bien; en vez de

continuar sentada vas a echarte, saldrás mejor. Tu retrato será todo un

cuadro.

Así diciendo, la levantó del cesto, se le puso de cabecera, obligándola

a adoptar una postura caprichosa, le cruzó los pies después de acostarla

de lado y la hizo reclinar la cabeza sobre un brazo y rodeársela con el

otro. Satisfecho de la actitud de la joven, que temblaba a su contacto y

seguía con el recelo en los ojos y el carmín en la cara esta maniobra,

se fué a la silla sonriendo, sobrecogido por la inspiración de la

belleza extraordinaria de _la Reina_.

Dibujaba Luis con el arrobamiento del artista que se deja absorber por

su obra, y una tras otra, sin saberlo, dejaba escapar frases de

admiración ardiente cada vez que su análisis descubría un tesoro de los

mil de la belleza a la par atrevida y delicada de _la Reina_... ¡Sus

palabras clavábanse en el corazón de Juana como flechas de oro...! y

Juana (¿por qué no decirlo?) empezaba a impresionarse... Veía en el

pintor la adoración a su hermosura, y ella, que siendo mujer, nunca

había sido admirada, no se daba cuenta, la pobre, de que el amor

principia así. El amor, es decir, algo grande, algo que jamás sintió

junto a Chuco, en su cariño de hermanos, descuidadote y tranquilo, cuyas

raíces se perdían en el trato de la infancia.

Bien visto, el señorito Luis era un cabal mozo; tendría veinticinco

años, y Juana en su vida estuvo al pie de un hombre tan guapo, tan

simpático, tan amable... ¡Vaya si sabia decir algunas cosas...!

Decididamente ella se encontraba a gusto en la alameda. Hasta el

misterio del sitio, que al pronto le había causado un vago temor,

comenzaba a placerla. Un vientecillo juguetón rizaba la amplia

superficie del agua, prendiendo al sol en cabrilleos de oro y haciendo

temblar en la opuesta orilla la imagen de los pintorescos matorrales de

espinos y adelfas que la bordaban, por detrás de los cuales el cielo

extendía su fondo de puro azul. En mitad del río, como una gaviota

nadando, se destacaba la casita blanca del molino, al extremo de una

isleta vestida de sauces, cuyas ramas colganderas se derramaban y

mecían con languidez sobre la corriente apacible. Exceptuando el rumor

lejano de la presa, el susurro de las hojas y el atronador ruido de los

pájaros en los árboles, nada turbaba allí el silencio, si es que del

silencio no son también las armonías de las brisas, de las aves y de las

ondas.

Sólo necesitaba ya los últimos toques el dibujo; Luis lo terminó

mientras decía con su acento medio apasionado y medio ligero:

--¡Oh, chiquilla! ¡Si te vieras a ti misma...! Eres inimitable... Qué

diantre, la suerte anda muy mal repartida; de andar mejor, tú estarías

donde tu hermosura fuese el encanto de todos. Mujeres como tú no debían

nacer para morir como las margaritas del campo; no admito, no concibo

que Dios haya creado cosa tan linda para esconderla... ¡Ea! Ven a ver

esto; ya se acabó.

Juana se levantó y recibió el álbum que mostraba Luis, poniéndose a

contemplar el retrato con curiosidad. Se agradaba a sí misma. Nunca

había tenido ocasión de mirarse en un espejo mayor que la palma de la

mano, y no sabía cuánta era la gentileza de su talle. Dudaba de que la

hermosura aquella fuese un reflejo de la suya; el señorito Luis, sin

duda, había hecho la imagen tan graciosa únicamente por halagarla.

--¿Esta soy yo?

--Esa eres. Chuco gana contigo el ciento por ciento. ¡Qué diablo, no has

sabido escoger novio! ¡Qué muchacha más tonta! Ahora voy con la copia

para él: trae el álbum.

Por segunda vez colocó Luis bajo su lápiz un papel blanco, empezando a

copiar el boceto, del que pensaba hacer despacio una preciosa acuarela.

_La Reina_ no se saciaba de mirarlo.

Por encima del hombro del joven, rozándole alguna vez con los cabellos,

observaba la soltura con que trazaba líneas que iban reproduciéndola.

En su propia cara sentía Luis respirar a Juana, que absorta en la

contemplación, no tenía conciencia de otra cosa. Luis sufría. El aliento

aquel le deleitaba como el perfume purísimo e intenso de la flor de jara

en las siestas de la solitaria montaña. "Cuando ya esté hecha la

acuarela--pensaba--, le pondré un título que será un perfecto recuerdo:

_Tentación_."

De improviso, alargando el papel y volviéndose, dijo:

--Toma.

Y le dió el retrato..., y un beso que estalló como una palmada en la

purpúrea mejilla de la Reina.

La sangre toda afluyó al rostro de la muchacha. Sintió que se

desvanecía, pero se repuso, y sin pronunciar palabra, rápida como la

luz, llevando el retrato en la mano y arrebatando el cesto al pasar,

desapareció entre los álamos.

* * * * *

Cuenta la fama... (es decir, no lo cuenta la fama, porque es un secreto

que sólo puede contar la que lo aguarda) que hará tres meses, la noche

de la boda de _la Reina_ y Chuco, cuando las amigas de aquéllas

atribuían su llanto a las naturales cosas que hacen llorar en estas

ocasiones, ella oprimía contra su corazón el retrato trazado en la

alameda de la Tabla Grande del río, y suspiraba acariciando los

recuerdos indelebles de las impresiones sentidas y de las palabras del

pintor, que habían hecho desfilar ante sus ojos fugaces visiones más

brillantes que una lluvia de estrellas.

PRUEBAS DE AMOR

Mi amigo César es un analista insoportable. Pudiera ser feliz, porque

tiene talento y buena fortuna, y es el más desdichado de los hombres.

Todo lo mide, lo pesa y lo descompone, el placer y el dolor, el llanto y

la alegría, el amor y la amistad. Su corazón, sensible hasta lo

infinito, se deja tocar por las más pequeñas cosas; pero el eco

levantado en el corazón, plácido o triste, grande o fugaz, es entregado

inmediatamente al pensamiento, que al profundizarlo por todas partes lo

deja destrozado.

Llorando ante el cadáver de su padre, pensaba si en su aflicción extrema

no habría algo de hipocresía consigo mismo. Y cesó de llorar. Pero en

seguida le pareció fanfarronada de fortaleza su dolor sin llanto. Y

lloró, llamándose miserable.

Estrenó una comedia. Y cuando el público le aclamaba, se encontró a sí

propio desmedidamente fácil de halagar por los aplausos. Para

evitarlos, se negó a salir a escena por segunda vez, se largó a su casa,

se metió en la cama y no pudo dormir, reflexionando que la brusquedad de

tal determinación tuvo mucho más de vanidosa que el haber seguido

recibiendo los aplausos.

Cuando saluda a un personaje aléjase meditando si en el saludo no puso

algún servilismo. Y, por si acaso, cuando le halla otro día, lo esquiva.

Vive solo, huraño, perpetuamente dedicado a vacilar, a destruirse las

ilusiones.

Es un loco, sin duda.

* * * * *

Recuerdo que hará tres años lo encontré una tarde en el Retiro, sentado

de espaldas a la gente, con la silla recostada en un árbol y entretenido

en mirar el desfile de los coches. Me senté con él y no hablamos. De

pronto, al paso lento de los carruajes enfilados, porque estaba en el

paseo el de la Reina, cruzó junto a nosotros una victoria, en cuyo

interior iban dos mujeres, saludando a César.

Una lindísima, elegante, joven.

--¿Ves aquélla?--me dijo señalándola, cuando ya no pudo vernos--. La

adoro. Estoy desesperado. La vi en la Comedia, en un palco. ¿Verdad que

es divina...? Tiene alma de artista. Después de la presentación, no he

vuelto más que dos días a su casa. ¡Oh, si yo pudiera llevarla a la

mía, hacerla mi mujer...! Créeme. El ideal es esa Aurora Rubí: pero es

hija de un hombre muy rico.

En seguida me contó que Aurora había estado con él atentísima, quizá más

que con nadie; pero que, sin embargo, y a pesar de que la quería cada

vez más, teniendo en cuenta la alta posición de aquella familia, no se

atrevería a intentar nada. Yo hícele notar a mi amigo que teniendo él

una carrera brillante y un nombre literario conocidísimo en Madrid,

debían tenerle sin cuidado los miles de duros del _suegro_. Mucho menos

cuando, a juzgar por el modo de saludar de Aurora, cuyos ojos se habían

fijado en César con mimosería singular, la niña estaba de su parte.

Continuamos hablando del asunto mucho rato a la vuelta del paseo, y ya

de noche, en la Puerta del Sol, dejé a César con sus cavilaciones

eternas y eternas dudas y desconfianzas.

* * * * *

En Marzo volví a verle en una platea del Español, con Aurora y su

familia. En toda la noche cesaron de hablar, cubierta ella la cara con

el abanico de seda, sin importarles un pito la representación. Y

después, durante todo el verano siguiente, le encontré siempre

acompañándola en los teatros, en los paseos, enamoradísimos ambos, según

las muestras. Tenía ganas de hablar con César para darle mi enhorabuena,

y una tarde que yo estaba en la Moncloa, adonde fuí de puro

aburrimiento, le hallé sentado en un banco, la cara seria, entretenido

en golpear las piedrecillas del suelo con la contera del bastón.

--Te felicito--le dije.

--¿Por qué? ¿Por quién...? ¿Por Aurora? No, no; todo lo contrario.

--¿No es tu novia?

--Sí.

--¿No la quieres?

--Como un insensato, y su familia me acepta, y ella es adorable sin par;

y, por lo tanto, me tiene vuelto el juicio. Puedo casarme cuando se me

antoje; pero...

--Pero ¿qué?

--Pero... ¡no me da la gana!

Dijo esto con dureza extraña, como imposición hecha por su voluntad a su

invencible deseo.

--No quiero. No me da la gana de casarme--repitió enfadado.

Yo me reí. Él se calmó luego.

--Mira, tú--me dijo--, la quiero tanto que yo necesito a toda costa

saber que ella me quiere con delirio; necesito saber que me adora y que

me adora como una loca; que me adora por mí mismo, no por la vanidad de

mi nombre, ni siquiera por la gratitud de mi amor. En una palabra:

necesito que me sacrifique cuanto es y cuanto vale: su tranquilidad, su

orgullo, su porvenir y su honra.

--Estás chiflado.

--Chiflado o no, eso la he dicho: que quiero todos esos sacrificios, que

si yo soy su dios, como ella repite a cada instante, su dios le pide el

honor y la vida para hacer de ellos lo que guste: probablemente

devolverlos; pero ¡quién sabe si entregarlos hechos jirones a la

publicidad para ver si la adoración resiste a todo, hasta al martirio y

la deshonra!

--Pero ¿hablas formal?--no pude menos de preguntarle a mi amigo.

--Tan formal, que hace cuatro días que no la veo. La he jurado que la

amaré siempre, aunque probablemente nunca nos casaremos.

--¿Y ella?

--Lucha, la infeliz. Mira, al fin esta tarde me llama. Sí, sí, empiezo a

creer que me idolatra; que podremos casarnos...; después.

* * * * *

Al cabo de medio año, he vuelto ayer a tropezarme con César. Estaba en

un café y leía completamente absorto una carta de renglones cruzados.

Aurora está en Santander.

--Oye--me dijo César tras de contarme muchas cosas--. Es horrible mi

situación. Yo que tanto la adoro, no puedo acabar de convencerme de su

amor, y ya menos que nunca. Yo leo esas cartas llenas de ternura, de

confianzas dulcísimas, y pienso, a pesar mío, que aunque así deben ser

las que dicta el corazón de una mujer enamorada, así pueden ser también

las que dirige el miedo de una pobre niña a quien le guarda el tesoro de

su honra.

--Que entregó por amor.

--¡Y que puede obligarla a mentir en el olvido! ¡Oh, si así fuera, si

ella me hubiese olvidado, cuánto me estaría ofendiendo al creer que yo

no sería capaz de devolverle estas cartas, estos recuerdos de nuestra

escondida felicidad, que no tienen valor para mí de prendas de venganza

contra la ingratitud, sino de reliquias santas de la única mujer que he

querido y querré con toda mi alma, aun ante la confesión de su olvido...

Y si me ama--continuó César exaltado--, yo quiero saberlo. Pero cómo,

Dios mío, si me ha dado todas, todas las pruebas de amor que puede dar

una mujer... ¡y no son bastantes!

* * * * *

--Yo dejé a César por no decirle que es cruel, brutal, con la infeliz y

enamorada niña que así se ha hecho la esclava de un loco.

Porque no me cabe duda que César tiene una locura no estudiada en los

libros todavía.

MUJERES PRÁCTICAS

Plegó Alfredo _La Correspondencia_ que a la luz del tranvía vino leyendo

desde Pozas, y miró dónde se encontraba: calle Mayor. ¡Oh! Y a fe que le

había ensimismado el periódico. El coche iba bien de mujeres. Lo que se

dice, cuando el día está de bonitas, se ve cada cara como una gloria.

Junto a él, mamá respetable, cincuentona y de libras, pero hermosa, y

con dos niñas a la izquierda... que hasta allí. Se advertía a la

pequeña, molesta en la estrechura del asiento, aguantada casi por aquel

empleadete de levitín raído, personilla de pelele medio oculta entre las

gasas de la joven por un lado y bajo el mantón de corpulenta chula por

el otro; ésta era la cuña de la tanda. En la de enfrente dos o tres

señoras todavía, una con su marido, guapa ella y retrechera. Pero a la

más hermosa fueron los ojos de Alfredo, guiados por la nariz, por un

rastro de heliotropo que le caía de muy cerca, envolviéndole en nube de

sutil voluptuosidad; alzó la vista y vió de pie a la puerta de la

plataforma delantera una rubia espléndida, de continente altivo de

princesa, buena moza, enguantada, llena de lujo, de brillantes.

Alfredo se levantó y le ofreció el sitio. Ella dió las gracias

sonriendo, clavándole los grandes ojos de oro también como el pelo

abundantísimo. Iban a llegar, no merecía la pena. Insistió Alfredo, y la

elegantísima dama se inclinó gentil, mostrando en la sonrisa la blancura

de papel de sus dientes; fué a dar un paso, y con la velocidad del

tranvía perdió graciosamente el equilibrio. Alfredo la sujetó por el

brazo, contacto leve que bajo la seda hizo constar carne resbaladiza,

elástica, tentadora.

Sola. ¿Quién sería?... El joven, que, emborrachándose de amor en su

perfume, la contemplaba, hubiese jurado que transparentaban algo de

suprema aristocracia aquella desenvoltura, aquella singular expresión de

aplomo, de experiencia y ansia de placer. Cintura delgada, caderas

anchas, pecho alto. Una delicia. Razón poderosa del vivir. Por dar un

beso en tal encanto de boca, se comprendía todo.

¡Oh! Y nunca podría dar Alfredo un beso en cada boca de mujer hermosa!

¡Nunca! Es decir, que se moriría habiendo deseado besar tantas

mujeres... ¡Qué pena!

Paró el tranvía. La dama pasó delante del joven, inclinándose llena de

gracia; sus ojos largos, de pupilas amarillas de oro, volvieron a

meterle en el corazón languideces de muerte. Descendió y atravesó,

rápida y garbosa, la Puerta del Sol, sorteando coches, hasta la acera de

enfrente. Allí su marcha fué un triunfo: los hombres se paraban, las

mujeres volvían la cabeza. Alfredo iba detrás, a distancia.

Imposible figura más gallarda. Vista de espaldas a las luces eléctricas

de las farolas y los escaparates, toda aquella arrogante hembra, con su

traje claro de seda, destellaba chispas: de sus brillantes, de los

plateados botones de su esbelto talle, de los hilillos de oro de sus

encajes, de las peinetas sepultadas en los rubios bucles de su peinado,

de los caireles de su sombrero verde, entre gasas y rizadas plumas. Su

andar era fácil, ondulado. Sus pies herían el suelo con todo el peso de

la buena moza. Bajo su aspecto delicado, casi aéreo, se adivinaba toda

la hermosura.

Torció por la calle de la Montera. Alfredo llegó a la esquina, se paró,

y parecía vacilar. Sí; por último, hasta el fin del mundo. Sabría su

casa. París bien valía una misa.

¿Casada?... Un mes, dos. Una labor de aproximaciones insensibles. ¿El

plan?... Resultaría después; por lo pronto, bastaba la voluntad. Querer

es hacer querer, tratándose de todo.

Alfredo, procurando no perder la linda cabeza rubia de sombrero verde,

que seguía con la vista por encima de las gentes, a lo lejos, para no

ser advertido, iba ya pensando en el portero que le facilitaría

detalles. El imaginaba también sus paseos a lo cadete, sus butacas

frente al palco, su insistencia ante el enojo; luego la mirada, la

primera mirada es decir, el triunfo. Desde que una mujer devuelve la

primera mirada de amor, está vencida. Lo demás es accidental, de

oportunidad y de tiempo.

La hermosa rubia dobló por la calle del Caballero de Gracia. Alfredo,

que iba a cincuenta pasos, se apresuró hasta la esquina: allí se paró

contrariado. Ella, muy cerca, en la luz viva de un escaparate de modas,

resplandecía de belleza y de elegancia. Antes de seguirle vió: había

mirado hacia atrás. Una mirada particular, subrayada de sonrisa. Y

aceleró la marcha.

¿Fué aquella sonrisa leve la placentera emoción de toda mujer cuando

observa que interesa, puramente de vanidad y que nada promete, o fué el

_enterada y conforme de un proyecto de historia_? Difícil saberlo. Casi

seguramente lo segundo; sin embargo, al tratarse de una mujer de treinta

años, cuya hermosura debía de haberla ocasionado suficientes galanteos

para odiarlos por sistema o para gustarlos por hábito. Alfredo echó este

dato a su favor. No era poco.

Era... la primera mirada. Sólo que, aun dada por cierta, esto no era

todo, y los deseos iban más aprisa que las esperanzas. Quedaba siempre

la necesidad de verse y de hacerse rabiar, de la presentación y el

trato... de ese infinito juego de habilidad que exigen ellas para

engañarse desde que se proponen ser engañadas. Un tiempo lastimosamente

perdido en el prólogo, cuando espera un libro seductor--pensaba el

joven.

¡Ah, si las mujeres fuesen prácticas! ¡Tan prácticas como los

hombres!... Entonces, a aquella disparatadamente hermosa, de quien él

había visto embelesado la boca roja y la nuca blanquísima y vigorosa

cubierta de vello de oro; a quien él mirándola había desnudado con el

pensamiento y con su complacencia; que iba sola, y quizá a fastidiarse

en la soledad de su gabinete, nada le impediría en aquel mismo momento

aceptar su brazo y dejarse conducir a otro gabinete más reservado... de

Fornos, por ejemplo, que estaba ya a dos pasos. Dos horas. Hermosura

por pasión; luego, adiós para siempre, o hasta la vista.

En este momento, Alfredo se detuvo. Su amigo Alvarez saludaba

afablemente a la dama. Debían conocerse mucho, según las risueñas frases

cruzadas entre apretones de manos. Tan pronto como lo dejó, Alfredo le

salió al encuentro.

--Baja conmigo.

--No, sube tú; tengo prisa.

--Un momento.

--Pero, hombre...

Le arrastraba del brazo.

--¿Conoces a aquélla?

--¡Claro!

--¿Dónde vive?

--Allí. (Alvarez señaló un principal.)

--¿Quién es?

--Luisa.

--¿Qué Luisa? ¿Luisa de qué? ¿La mujer de quién?

--La mujer de nadie. Es decir, de todo el mundo. Tu mujer si quieres:

veinte duros.

Alvarez, aprovechando su brazo en libertad, salió disparado. Un segundo

después, Alfredo entraba en Fornos; pero solo.

Y se sentó, pidiendo un humilde café con leche.

--Caramba--pensaba mientras era servido--. Esa es más práctica que los

hombres todavía.

Y no, no era eso lo que deseaba. Alfredo hubiese querido que todas las

mujeres fuesen _muy prácticas_... para él únicamente.

GENIO Y FIGURA

El triunfo del autor iba siendo evidente. Pero un triunfo de sumisión,

que tenía algo de espantoso, como el del domador en la jaula de las

fieras. El teatro parecía contener una sola alma anhelosa y vencida, que

quitaba a los cuerpos la sensación de ahogo en aquel aire de polvillo de

luz, impregnado de sudor y esencias, a cuyo través, y contrastando con

la obscura e informe aglomeración de cabezas en el patio y los

anfiteatros, se veían los escotes y los trajes claros en las explosiones

brillantes de las cornucopias eléctricas, llenos de flores y destellos,

con abanicos que los brazos desnudos movían en silencio, como guirnalda

de mariposas.

En uno de ellos, en el segundo palco de la izquierda, con sus padres y

su prima Berta, la burlona irresistible, estaba Angeles, la novia del

autor, vestida de celeste, admirablemente peinada, con un _esprit_ de

plumas y una flecha de brillantes en el negro pelo, quizás demasiado

rojos los labios y demasiado pintadas las ojeras en su carilla ideal de

caprichosa, blanca como el cuello, de esa blancura de leche de la

velutina. Callada y absorta, con una contracción nerviosa de triunfo en

los labios, era, sin embargo, la única que no llevaba la ilación del

drama. El codo, de guante blanco, en la balaustrada grana; el abanico en

la barba, y la cabeza medio vuelta hacia la sala, donde seguía en una

voluptuosa aspiración los estremecimientos del público, observándole,

recogiendo sus latidos que acentuaban la expresión singular, un poco

diabólica, de su sonrisa. De cuando en cuando flameaba en sus dormidos

ojos de gata un relámpago de satisfacción: era que sorprendía unos

gemelos mirándola; los pocos iniciados que asistían al teatro, habían

extendido la noticia de que _allí_ estaba la novia del nuevo autor, y la

noticia rodaba de butaca a butaca, de palco a palco... y Angeles la

seguía en sus zig-zag, y empezaba a sentirse heroina disimulada de la

fiesta, flechada por aquellos anteojos, a los que si guiaba la

curiosidad desde cada hermosura del drama, les contenía en arrobos de

contemplación la belleza de la joven.

De pronto se produjo un murmullo profundo de pasiones removidas. La

dama, con su lujo de reina, desde lo alto de su gran celebridad

artística, acababa de llamar "estúpidas" a las mojigatas burguesas que

habían pretendido burlarse de su libertad. Era la mujer del porvenir,

triunfante. Estalló un aplauso, el primero de la noche, enérgico y

nervioso, pero le cortó un siseo lleno de imperio. Fué un paréntesis de

la atención, y muchos gemelos se dirigieron hacia Angeles; con más

descaro que ninguno, el de un oficial de la Princesa, allá enfrente,

desde el palco del _Veloz_, guapo, arrogante, con su pelliza blanca de

pieles negras y cordones dorados. Estaba de pie, detrás de las sillas

ocupadas por unos caballeros calvos de gran pechera reluciente, y no

miraba sino de tarde en tarde al escenario, inclinándose sobre la

baranda.

¡Oh! ¡_El Veloz_!... Ese palco, cuyas miradas suelen consagrar en los

teatros la fama o la hermosura a la moda. También Angeles solicitaba su

interés, gracias a la actualidad que venía a prestarla aquella noche el

éxito ya indudable de su novio. Cogió sus gemelos, miró a cualquier

parte, al oficial luego, que la tenía clavada con los suyos, y los

abandonó en la falda de la prima Berta, que dijo entre maliciosa y

burlona:

--Te conquista el húsar.

Siguió la representación. Angeles, con los ojos muy abiertos sobre la

escena, no atendía. Recordaba la época en que, meses atrás, conoció a

Ricardo entre las brisas y alegrías del Sardinero. Una crónica melosa,

con su nombre entre flores; un deseo de pagar en sonrisas al

corresponsal; un afán de monopolizar sus elogios en letras de molde, y a

los ocho días, sin saber cómo, se encontró novia de Ricardo, a pesar de

sus corbatas arcaicas y de su figurilla insignificante. Pero le quería,

le quería, sobre todo desde que el papá de Angeles, fundándose en la

precaria situación del joven, se opuso a las relaciones.

¡Ah! Pero este estreno, esta victoria, que cada vez más claro advertíase

en la ansiedad del público, ganaba también al padre de la novia, que

aplaudía con cariñoso entusiasmo, como si estuviera presenciando allí el

azar que haría entrar a Ricardo en su familia. El mismo había deseado

asistir con su hija, porque tanto habían dicho del drama los periódicos,

que empezó a sospechar que su autor fuese, no sólo un hombre de talento,

sino de porvenir.

Un frenético "¡bien!" y un palmoteo que convirtió instantáneamente el

público entero en tempestad cerrada de aplausos y aclamaciones, volvió a

Angeles de su ensimismamiento. El telón caía. "¡Bravo! ¡Bravo!" se oía

gritar; y entre las voces trémulas que pedían al autor y el nutrido

resonar de las palmadas, que daban al teatro una apariencia extraña de

manos que se movían por todas partes, pudo ver Angeles que desde muchos

palcos se le asestaban gemelos, brillando delante de los ojos de mujeres

elegantísimas. También los del _Veloz_ la enfocaban como una batería

formidable, los de aquellos señores calvos de blanquísima pechera, los

del húsar, arrogante, con su rubio bigote a la borgoñona y su pelliza de

cordones de oro...

Cuentos ingenuos · 第 3 / 5 段