--Doctor, mi hija está cada día más delgada, sin saber por qué. Come

poco, duerme mal y va quedándose blanca como la cera. Se cansa, se cansa

esta niña, que era antes infatigable. Reconózcala bien, y dígame con

claridad lo que padece. Estoy dispuesta a seguir un plan con el rigor

necesario...

--¿Qué edad tiene usted?

--Veintitrés años--replicó tímida la joven.

Francamente, al oirla yo, me entró un vivo deseo de mirarla, a fin de

comprobar si delante de los médicos, en cuestión de edades, no mienten

las mujeres... Enfilé un resquicio entre dos hojas del biombo... ¡Oh,

qué deliciosa criatura! ¡Qué hermoso pelo de ébano bajo el sombrero de

paja! Alta y esbeltísima, muy pálida, con los dientes como perlas entre

los labios pintados, sin duda. Si mentía, merecía disculpa en gracia a

su hechicero aspecto; y por mi parte diré que mi curiosidad, en cierto

modo psicológica, quedó borrada por mi admiración, en cierto modo

artística. La contemplé buen rato, sin parar mientes en el

interrogatorio, al que contestaba la madre casi siempre...

Pero comprendí de improviso que no debía seguir mirando. La encantadora

chiquilla se desnudaba... Su mamá habíale quitado el sombrero y la

estola, ayudándola a descorchetar el corpiño de seda, tirándola de las

mangas después, en tanto que el feliz doctor--¡felices los doctores que

pueden ver estas cosas!--distraíase discretamente preparando el

estetóscopo... ¡Qué diablo, perdóneseme la indiscreción! Resolví

quedarme atisbando... ¿Tenía yo la culpa?...

--Cuando guste--avisó la madre.

Al quitárseme de delante, vi a la joven en corsé, un pequeño y coquetón

corsé de raso color caña, desajustado como la cintura de la falda, al

aire los brazos y desabrochado en el hombro izquierdo el canesú de

encaje. Una garganta ideal, un escote divino.

La seductora enferma, ruborosa y con una mano extendida sobre el pecho,

no conseguía así más que revelar la exuberancia de sus senos, hundiendo

entre ellos la finísima y blanca tela. ¡Delgada, decían! Aunque sí: era

una de esas mujeres pasionales, delgadas con delgadez flexible, hecha

para el amor, de brazos finos y seguramente de muslos más gruesos que la

cintura.

El médico se acercó y empezó a auscultarla con atenta indiferencia,

oprimiendo de un modo que me parecía brutal, en la carne de nieve el

negro caucho del aparato, escuchando en todas partes mientras que la

joven entornaba los ojos y entreabría la boca respirando con creciente

adorable angustia. Contestaba rápida las breves preguntas del doctor, y

éste, interesado de pronto por algo anómalo que quería percibir mejor en

la punta del corazón, separó la camisa para volver a aplicar el

estetóscopo... Por encima surgía redondo y desnudo un bellísimo seno de

estatua...

Ella cerraba los ojos, caída al respaldo la cabeza en languidez que a

mí, profano, siendo de enferma, se me antojaba de amante... Él cerraba

los ojos también; atento siempre, inmutable, si bien hubiese yo jurado

que hubo un momento en que le vi sonreír con piedad y malicia.

--¿Es aquí donde más sufre?

--Sí--gimió la muy gentil, sintiendo que el joven doctor le posaba en el

corazón la mano.

Y alzó a él los ojos, con fijeza de suplicio, casi estrábicos.

--Puede usted vestirse.

Inmediatamente mi amigo fué a tomar notas en su diario de consulta,

hasta que la señora concluyó de ayudar a su hija.

Tornó entonces a sentarse cerca.

--Van ustedes a dispensar que me informe de algunos detalles.

--Un médico es un confesor, caballero--apuntó la dama, completamente

ganada por la actitud beatífica de Leandro.

--¿Tiene novio?

--Sí. ¡Cosas de muchachos! Ha tenido novios... Se vistió de largo muy

joven, a los quince años... y lo tiene ahora, según creo; pero esto no

le preocupa, que yo sepa al menos... ¿Verdad, Purita? ¿Te da disgustos

Marcial?

--No, mamá, ninguno; tú lo sabes.

--¿Por qué, pues, se desvela? ¿Tiene usted algún deseo no realizado?

¿Hay en sus ensueños alguna idea fija, dominante? ¿Qué suele soñar?

--¡Oh, nada! Tonterías. Mamá... dice que es por la debilidad.

La cariñosa madre intervino nuevamente.

--Se acuesta tarde. Noches de dejar a las amigas a las tres, después de

bailar como una loca. Yo creo que la desvela el mismo cansancio, porque

no hay otro motivo, y en casa no se le da el disgusto más leve. Es un

delirio por el baile, la chiquilla.

--¿Y quiere usted mucho al novio?

Aquí sonrió Purita por única respuesta.

--¿Son antiguas las relaciones?

--Tres años.

--¿No quiere casarse? ¿Por qué no se casan?

--¡Bah, no, doctor!--saltó la madre--. ¡No piense usted que la apena

eso! Mi hija es una chiquilla completa, que no se separaría de sus

padres por nada del mundo, y que prefiere su casa y su piano y su espejo

a todo. Su novio es un trasto, como ella: un chico de veinticuatro años,

que tardará cuatro o seis en llegar a capitán, siquiera. Sería locura

pensarlo.

--Sin embargo, puede que su hija, por respeto...

--¡Oh, no, no!--interrumpía testaruda la madre--. Sobre esto, doctor,

quede tranquilo. Nada influye en la enfermedad, que, por el contrario,

sería ahora un obstáculo más para la boda. Habrá que pensar primero en

cuidarse. Mi hija, y su novio igualmente, están demasiado hechos a las

comodidades de sus casas para tomar otra que no podría ser, hoy por hoy,

un palacio, con treinta y siete duros al mes...

Por segunda vez advertí en mi amigo una sonrisa, más francamente amarga

al alejarse de las damas.

Entregó luego una receta, diciendo displicente:

--Se trata de un padecimiento funcional, de puro desequilibrio nervioso.

Anemia... Quince gotas de ese elixir en cada comida, ejercicio, aire

libre... pero nada de campo ni de aislamiento para esta señorita: sería

peor... y... a su edad no hay inconveniente alguno en casarla, señora.

Todavía tres docenas de palabras entre cumplidos y seguridades acerca de

que la enferma tenía sano el corazón y el pecho, y concluyó la consulta.

Yo salí alborotadamente en cuanto se cerró la puerta.

--¡Bendita carrera, chico, que te permite contemplar tales encantos!

Y contra lo que esperaba, contestó indignado el médico:

--¡No! ¡Maldita carrera, que me obliga a contemplar tales miserias! ¡Esa

divina criatura morirá tísica antes que su novio ascienda!... Yo he

podido decirle a la madre: "Imbécil, tu hija no tiene falta de vida,

sino vida que le sobra, que la abrasa, que la ahoga una y mil veces

desde los quince años, agitándola enloquecida de ansia de amor, al

volver del baile a su lecho solitario de odiosa virgen, contemplando su

hermosura inútil... mientras que el novio que la enciende, va a concluir

la noche encima de alguna prostituta." Y ya lo ves: hierro, gotas de

hierro, y cobrar diez duros: porque si yo les diese la verdadera receta,

a las madres, para estas pobres vírgenes... y mártires, ya hace tiempo

que pasaría por un loco sinvergüenza y no vendría nadie a mi consulta.

¡Oh, qué farsa es la vida!

FIN

* * * * *

ÍNDICE

Páginas

La niña mimosa 5

Tu llanto y mi risa 13

El oro inglés 19

Paraíso perdido.--Recuerdos de Mindanao 25

La primera conquista 31

La tempestad 37

Paga anticipada 45

La toga 51

Por ahí 57

El suceso del día 63

Mi prima me odia 69

El recuerdo 77

Pruebas de amor 87

Mujeres prácticas 95

Genio y figura 103

Villaporrilla 111

Luzbel 117

Jugar con el fuego 125

La receta 133

Cuentos ingenuos · 第 5 / 5 段