--¡En seguida! ¡para que me hicieseis poner nuevamente de patitas en la

calle!

--¡Mis puertas estarán siempre abiertas para vos, lo mismo que mi

bolsillo, igual que mi corazón!

--¡Si siquiera me hubieseis dado cincuenta francos para comprarme un

tonel de ocasión!

--¡Pero, animal!... animal querido, quiero decir... ¡permíteme que te

maltrate un poco, como en los tiempos en que compartía contigo mi mesa

y mi lecho! no son ya cincuenta francos los que pienso darte, sino mil,

dos mil, tres mil... ¡diez mil! mi fortuna entera deseo compartirla

contigo... a prorrateo, naturalmente, de nuestras necesidades

respectivas. ¡Es preciso que vivas! ¡es menester que seas feliz! He aquí

la primavera que vuelve, con su cortejo de flores y la dulce melodía de

las aves que trinan en la enramada. ¿Serás capaz de abandonar todo esto?

¡Piensa en el inmenso dolor que ocasionarías a tus infelices padres, que

te aguardan en tu país! ¡piensa en tus pobres hermanos! ¡en tu madre,

sobre todo, amigo mío, que no podría sobrevivirte! ¡Volverás a verlos a

todos! O, mejor dicho, no: permanecerás en París bajo mi protección,

conviviendo conmigo en la intimidad más estrecha. Quiero verte dichoso,

casado con una mujer bonita y hacendosa, padre de dos o tres hermosas

criaturas. ¡Sonríe, hombre, sonríe! ¡Toma este plato de sopas!

--¡Gracias, señor L'Ambert. Guardaos esas sopas; ¿para qué las he de

tomar? ¡Hay tanta miseria en el mundo!

--Pero, hombre, ¿no te juro que se han acabado ya tus malos días para

siempre? ¿que me encargo de tu porvenir, bajo mi fe de notario? Si

accedes a vivir, se acabarán tus sufrimientos, no volverás a trabajar,

¡tus años constarán de trescientos sesenta y cinco domingos!

--¿Sin lunes?

--Y de lunes también, si lo prefieres. Comerás, beberás, fumarás buenos

habanos. Serás mi comensal, mi amigo inseparable, mi otro yo. ¿Quieres

vivir, Romagné, para ser un segundo yo?

--No, no; ya que he comenzado a morir, lo mejor es acabar cuanto antes.

--¡Ah, pedazo de alcornoque! ¡Voy a contarte, animal, el destino que te

aguarda! No se trata ya solamente de las penas eternales que en tu

obstinación endiablada acercas más a ti cada minuto; en este mundo, aquí

mismo, mañana, quizás hoy, antes de ir a pudrirte a la fosa común, te

llevarán al anfiteatro. Te tenderán sobre una mesa de piedra, y partirán

tu cuerpo en pedazos. Uno henderá, a fuerza de hachazos, tu abultada

cabeza de mulo; otro te abrirá el pecho en canal para ver si es posible

que exista un corazón dentro de tan estúpida envuelta; otro...

--¡Por favor, señor L'Ambert, que no quiero que me corten a pedazos!

¡prefiero comer las sopas!

Tres días de sopas y su robusta constitución arrancáronle de aquel

amargo trance, y fue posible transportarle en carruaje al hotel de la

calle de Verneuil. El mismo M. L'Ambert lo instaló con solicitud

maternal. Alojolo en la habitación de su propio ayuda de cámara, para

tenerle más cerca. Por espacio de un mes ejerció con verdadera

abnegación las funciones de enfermero, pasando bastantes noches en

claro, a la cabecera de su lecho.

Estas fatigas, lejos de alterar su salud, devolvieron a su rostro su

frescura y lozanía habituales. Cuanta mayor asiduidad desplegaba en el

cuidado de su enfermo, más lozana y vigorosa tornábase su nariz.

Repartía su vida entre el estudio, el auvernés y el espejo. En este

período fue cuando escribió, distraídamente, sobre el borrador de una

escritura de venta: «¡Qué dulce es hacer bien a su prójimo!» Máxima un

poco vieja en sí misma, pero nueva en absoluto para él.

Cuando entró Romagné en el período de franca convalecencia, su huésped y

salvador, que tantas veces le había trozado el pan y partido los

biftecs, le dijo:

--A partir de este momento, comeremos siempre juntos. Sin embargo, si

prefieres comer en la cocina, también serás allí perfectamente

alimentado, y es posible, tal vez, que te encuentres más a gusto.

Romagné, a fuer de hombre juicioso, obtó por la cocina.

Supo conducirse en ella de tal suerte, que se captó la simpatía y el

aprecio de todos. Lejos de prevalerse de la amistad que le unía con el

amo, mostrose más humilde y más modesto que el último marmitón. Era un

criado que M. L'Ambert había puesto a sus servidores. Todo el mundo

utilizaba sus servicios, se burlaba de su acento y le daba palmadas

amistosas a la espalda, sin que a nadie se le ocurriese darle nunca una

propina. M. L'Ambert lo sorprendió varias veces sacando agua, cambiando

de sitio los muebles más pesados, encerando los pisos de madera. En

tales ocasiones le tiraba de la oreja aquel amo ideal, y le decía:

--Entretente, si quieres, no hay en ello inconveniente por mi parte;

pero no te fatigues demasiado.

El infeliz muchacho, confundido por tantas bondades, se escondía en su

habitación y lloraba de ternura.

Pero no pudo conservar por mucho tiempo aquel cuarto tan cómodo y

aseado, contiguo a las habitaciones del amo. M. L'Ambert le hizo saber,

de un modo delicado, que echaba mucho de menos la vecindad de su ayuda

de cámara, y el mismo Romagné solicitó autorización para alojarse en

las buhardillas, adjudicándosele entonces un cuartucho que las

freganchinas no habían querido nunca.

«¡Dichosos los pueblos que no tienen historia!» ha dicho un sabio.

Sebastián Romagné fue dichoso por espacio de tres meses; pero, al

comenzar el verano, empezó a tener historia. Su corazón, largo tiempo

invulnerable, fue herido por las flechas del amor. El antiguo aguador

entregose, atado de pies y manos, al dios que perdió a Troya. Advirtió,

mientras preparaba las legumbres, que la cocinera tenía unos ojillos

grises muy bonitos, y unos mofletes rojos muy hermosos. Un suspiro,

capaz de echar a rodar las mesas, fue la primera manifestación de su

mal. Quiso explicarse, pero ahogó la emoción en su garganta las

palabras. Apenas si, en su excesiva timidez, se atrevió a aprisionar a

su Dulcinea por el talle, y a besarle los labios con pasión.

Esto bastó, sin embargo, para que lo comprendieran. Era la cocinera una

persona capaz, que le llevaba a él siete u ocho años, y ya bastante

ducha en las lides del amor.

--Ya me hago cargo--le dijo ella;--deseáis casaros conmigo.

Perfectamente, amigo mío; podremos entendernos si traéis algo por

delante.

Él respondió ingenuamente que traía por delante todo lo que puede

exigirse a un hombre, es decir: dos brazos vigorosos y acostumbrados al

trabajo. La señorita Juanita riósele en sus barbas y habló con más

claridad; el a su vez soltó la carcajada, y le dijo, con la más amable

confianza:

--¿Pero es dinero lo que deseáis? Deberíais haberlo dicho desde luego.

¡Tengo más dinero que peso! ¿Cuánto deseáis? Fijad vos misma la suma.

¿Os contentaríais, por ejemplo, con la mitad de la fortuna del señor

L'Ambert?

--¿La mitad de la fortuna del amo?

--Ciertamente. Me lo ha dicho más de cien veces. Yo poseo la mitad de su

fortuna; pero no hemos repartido el dinero todavía: me tiene guardada mi

parte.

--¡Qué gran majadería!

--¿Majadería? Esperad, que ahora entra él. Voy a pedirle mi cuenta y os

traeré a la cocina todo mi capital.

¡Pobre inocente! sólo obtuvo de su amo una buena lección de gramática

parda. M. L'Ambert le enseñó que prometer y dar no son palabras

sinónimas; dignose explicarle (porque estaba de buen humor) los méritos

y peligros de la figura llamada hipérbole; y le dijo, por último, con,

tono dulce, es verdad, pero tan firme que no admitía réplica:

--Romagné, he hecho mucho por vos, pero quiero hacer más todavía al

alejaros de este hotel. El simple buen sentido os dice que no os halláis

en él en calidad de dueño; quiero llevar mi bondad hasta el extremo de

admitir que estéis en él como un ayuda de cámara; en fin, me parece que

os haría un gran perjuicio manteniéndoos en una situación mal definida

que pervertiría vuestros hábitos y falsearía vuestro espíritu. Llevando

un año más esa vida parasitaria y ociosa, perderíais por completo el

amor al trabajo. Os convertiríais en un vago, y los vagos, permitidme

que os lo diga, son el azote de nuestra época. Poneos la mano sobre

vuestra conciencia, y decidme si os agrada semejante perspectiva. ¡Pobre

Romagné! ¿No habéis echado de menos muchas veces el título de obrero,

que es vuestro más noble blasón? Porque vos sois de aquellos seres que

la Providencia ha creado para ennoblecerse con el sudor de su frente;

pertenecéis a la aristocracia del trabajo. Trabajad, pues; no ya como

otras veces, entre privaciones y dudas, sino con una seguridad que yo

garantizo y una abundancia proporcionada a vuestras modestas

necesidades. Yo saldré a los gastos de la primera instalación; yo os

procuraré trabajo. Si, lo que no considero posible, os faltasen los

medios de existencia, acudid a mí en seguida, que siempre os acogeré con

afecto paternal. Pero renunciad al absurdo proyecto de casaros con mi

cocinera, porque no debéis enlazar vuestra suerte a la de una simple

criada, y no quiero, por otra parte, chiquillos en mi casa.

El infeliz lloró copiosamente y se deshizo en protestas de sincero

agradecimiento. Debo decir, en descargo de M. L'Ambert, que hizo las

cosas con bastante generosidad. Vistió de pies a cabeza a Romagné,

amueblole un quinto piso, en la calle del Cherche-Midi, y le dio

quinientos francos para que fuese viviendo mientras le encontraba

trabajo. Aún no habían transcurrido ocho días, cuando le hizo entrar,

como peón de albañil, en una fábrica de espejos de la calle de Sèvres.

Transcurrió mucho tiempo, seis meses por lo menos, sin que la nariz del

notario sufriese la menor novedad digna de especial mención. Pero un día

en que nuestro funcionario descifraba, en compañía de su oficial mayor,

los pergaminos de una noble y rica familia, rompiéronsele por la mitad

las gafas, y cayeron sobre la mesa.

Este pequeño accidente no le causó grandes molestias. Púsose

provisionalmente unos quevedos con resorte de acero, e hizo cambiar el

armazón de sus gafas en el muelle de los Plateros. Su óptico, M. Luna,

apresurose a pedirle mil perdones, enviándole unas gafas nuevas, que se

rompieron también por igual sitio antes de transcurrir veinticuatro

horas.

Otras terceras sufrieron la misma suerte; trajeron por cuarta vez otras

nuevas, y les ocurrió en seguida otro tanto. El óptico no sabía ya cómo

excusarse. En el fondo de su alma, hallábase persuadido de que M.

L'Ambert tenía la culpa de todo.

--Este señor no es razonable--decía a su mujer, mostrándole los estragos

de los cuatro últimos días;--usa gafas del número 4, que son

forzosamente muy pesadas; quiere por coquetería una montura muy

liviana, y tengo la seguridad de que trata a sus gafas como si fueran de

hierro forjado. Si le hago la menor observación se enfadará; lo mejor

será que le envíe otras nuevas con la montura más recia, sin decirle una

palabra.

La señora de Luna encontró la idea excelente; pero las quintas gafas

corrieron la misma suerte que las cuatro precedentes. Esta vez, M.

L'Ambert montó en cólera, a pesar de no habérsele hecho ninguna

observación, y mandó a buscar otras gafas a un establecimiento rival.

Pero hubiérase dicho que todos los ópticos de París se habían puesto de

acuerdo para que se rompiesen sus gafas en la nariz del pobre

millonario. Nada menos que doce sufrieron igual suerte, unas tras otras.

Y lo más maravilloso del caso era que los lentes de resorte de acero,

que reemplazaban a las gafas durante los interregnos, manteníanse

vigorosos y firmes.

Ya sabéis que la paciencia no era la virtud favorita de M. Alfredo

L'Ambert. Hallábase un día furioso, pateando sobre unas gafas,

haciéndolas pedazos con sus tacones, cuando le anunciaron la visita del

doctor Bernier.

--¡Demontre! llegáis a tiempo--exclamó el notario, colérico.--¡Estoy,

por lo visto, hechizado! ¡el diablo ha tomado posesión de mi persona!

Las miradas del doctor fijáronse en seguida en la nariz de su cliente;

pero encontrándola, al parecer, sana, de buen aspecto, y fresca como una

rosa.

--Me parece--observó,--que marcha todo muy bien.

--De salud, sí, en efecto: me encuentro perfectamente; pero estas gafas

endiabladas no hay forma de que se mantengan enteras.

Y refirió al doctor toda la historia.

Este se quedó pensativo, y dijo al cabo de un rato:

--El auvernés anda por medio. ¿Tenéis aquí alguna de las monturas rotas?

--Debajo de mis pies tengo la última.

Recogiola M. Bernier, examinola con una lente, y le pareció que el oro

estaba como argentado en los alrededores del sitio de la rotura.

--¡Diablo!--exclamó.--¿Habrá hecho Romagné alguna calaverada?

--¿Qué calaveradas queréis que haya hecho?

--¿Le tenéis todavía en vuestra casa?

--No; el pillo me ha abandonado. Trabaja en la ciudad.

--Espero, sin embargo, que esta vez habréis conservado sus señas.

--Sin duda. ¿Queréis verle?

--Cuanto antes.

--¿Hay algún peligro tal vez? ¡Yo me hallo perfectamente!

--Vamos, por lo pronto, a casa de Romagné.

Un cuarto de hora después nuestros dos personajes descendían a la puerta

de los señores Taillade y Compañía, en la calle de Sèvres. Una amplia

muestra, fabricada con trozos de cristal azogado, indicaba claramente el

género de industria a que se dedicaba la casa.

--Henos aquí--dijo el notario.

--¡Cómo! ¿está empleado el auvernés en este establecimiento?

--Sin duda alguna: yo mismo le he buscado esta colocación.

--Vamos, el mal no es tan grande como llegué a suponer. Pero, de todas

maneras, habéis cometido una imprudencia imperdonable.

--¿Qué queréis decir?

--Entremos.

La primera persona que encontraron en el interior del edificio fue al

auvernés, en mangas de camisa, los puños arremangados, azogando la luna

de un espejo.

--¡Hola!--exclamó el doctor,--lo que yo había previsto.

--¿Pero qué?

--Que se azogan las lunas con una capa de mercurio aprisionada bajo una

hoja de estaño, ¿comprendéis?

--Todavía no.

--Vuestro animal tiene los brazos embadurnados de mercurio hasta los

codos; ¿qué digo? hasta las axilas.

--Mas no veo la relación...

--¿No veis que, siendo vuestra nariz una fracción de su brazo, y

poseyendo el oro una deplorable tendencia a amalgamarse con el mercurio,

jamás podréis evitar que se os rompan vuestras gafas?

--¡Demontre!

--Tenéis, sin embargo, el recurso de usar gafas con montura de acero.

--Me es lo mismo.

--En ese caso, no corréis peligro alguno, salvo, quizás, algunos

accidentes mercuriales.

--¡Ah, no! Prefiero que Romagné trabaje en otra cosa. ¡Ven, Romagné!

Deja lo que estás haciendo y vente con nosotros al instante. ¿Quieres

acabar de una vez, pedazo de zopenco? ¿No sabes a lo que me expones?

Habiendo acudido el dueño del taller al escuchar el rumor de la

conversación, dio el notario su nombre, con tono bastante infatuado, y

recordó que él había recomendado a aquel hombre por mediación de su

tapicero. M. Taillade respondió que lo recordaba muy bien, y explicole

que, para hacerse agradable a M. L'Ambert, y captarse su benevolencia,

había promovido al auvernés de peón de albañil a azogador.

--¿Hace quince días de eso?--preguntole el notario.

--Sí, señor, ¿lo sabíais ya?

--¡Demasiado, por desgracia! ¡Ah, señor! ¿cómo puede jugarse con cosas

tan sagradas?

-¿Yo...?

--No, nada. Pero por mí, por vos, por la sociedad toda entera, ponedle

nuevamente a trabajar de albañil; pero no, mejor será que me lo

devolváis; me lo llevaré conmigo. Pagaré lo que sea necesario, pero el

tiempo apremia. ¡Prescripción facultativa!... Romagné, amigo mío, es

preciso que me sigáis. Habéis hecho vuestra fortuna; ¡cuanto tengo os

pertenece!... ¡No! pero venid de todos modos; ¡os juro que no quedaréis

descontento de mí!

Y sin dejarle apenas tiempo para cambiarse de traje, llevóselo como

arrebata el ave de rapiña a su presa. M. Taillade y sus obreros

tomáronle por un loco. El bueno de Romagné levantaba los ojos al cielo,

y se preguntaba qué querrían de él otra vez.

Su destino fue decidido durante el camino, mientras él cazaba moscas al

lado del cochero.

--Mi querido cliente--decía el doctor al millonario,--es preciso que no

perdáis nunca de vista a ese muchacho. Comprendo que le hayáis arrojado

de vuestra casa, porque, a decir verdad, su trato no debe ser muy

agradable; pero no debisteis alejarle tanto, ni pasar tanto tiempo sin

procuraros noticias de él. Alojadle en la calle de Beaune, o en la de la

Universidad, próximo a vuestro hotel. Dedicadle a un oficio menos

peligroso para vos, o mejor, si queréis, pasadle una pequeña pensión sin

darle ningún oficio: si trabaja, se fatiga y se expone. No conozco

oficio alguno en que el hombre no exponga su piel ¡es tan fácil, por

desgracia, un accidente! Dadle lo suficiente para que pueda vivir sin

hacer nada. ¡Guardaos bien, sin embargo, de tenerle en la abundancia!

Volvería a beber, y ya sabéis las consecuencias fatales que os reporta a

vos ese vicio. Con cien francos al mes, y la casa pagada, creo que

tendrá suficiente.

--Tal vez sea demasiado... no porque me parezca la cantidad excesiva,

sino porque preferiría darle de comer sin que pudiera emplear un solo

céntimo en vino.

--Dadle, pues, cuatro luises, pagados en cuatro plazos: los martes de

cada semana.

Ofrecieron a Romagné una pensión de ochenta francos mensuales, pero el

auvernés respondió con desprecio, rascándose la oreja:

--¿Ochenta francos nada menos? ¡Para eso no valía la pena que me

arrancaseis de la calle de Sèvres! Allí ganaba tres francos y medio

diarios, y enviaba dinero a mi familia. Dejadme trabajar en los espejos,

o dadme tres francos y medio.

Y no hubo más remedio que acceder, puesto que era el dueño de la

situación.

Pronto comprendió el notario que había adoptado el partido más prudente.

El año transcurrió sin accidente alguno. Se pagaba a Romagné todas las

semanas, y se le vigilaba diariamente. Vivía honradamente, llevando una

existencia tranquila, sin más pasión que el juego de bolos. Y los

hermosos ojos de la señorita Irma Steimbourg se posaban con visible

complacencia sobre la rosada nariz del dichoso millonario.

Los dos jóvenes bailaron juntos todos los cotillones del invierno; por

eso el mundo daba ya por descontada su boda. Una noche, a la salida del

Teatro Italiano, el anciano marqués de Villemaurin detuvo en el

peristilo a L'Ambert.

--Y bien, amigo mío--le dijo,--¿cuándo celebráis vuestras bodas?

--Pero, señor marqués, si es la primera noticia que tengo sobre ese

particular.

--¿Esperáis, por ventura, que os pidan vuestra mano? ¡Al hombre toca

hablar, qué demontre! El joven duque de Lignant, un verdadero caballero

y un excelente muchacho, no ha esperado a que yo le ofreciese mi hija:

ha venido, ha agradado, y se acabó. De hoy en ocho días firmaremos el

contrato. Ya sabéis, querido amigo, que es asunto que os atañe.

Permitidme que acompañe a esas señoras hasta el coche, y nos acercaremos

al círculo. Por el camino hablaremos. Pero cubríos, ¡qué diablo! No

había visto que permanecíais con el sombrero en la mano. ¡Cuando menos

se piensa se atrapa un resfriado!

El anciano y el joven caminaron del brazo hasta el bulevar, uno hablando

y el otro prestándole atención. Y L'Ambert entró en su casa dispuesto a

redactar el contrato de matrimonio de la señorita Carlota Augusta de

Villemaurin. Pero había pillado un terrible constipado, que no le

permitió hacer nada. El acta fue redactada por su oficial mayor,

revisada por los encargados de los negocios de ambas familias, y

transcrita, por último, en un elegante cuaderno de papel timbrado, en el

que no faltaban más que las firmas.

Llegado el día, M. L'Ambert, esclavo de sus deberes, trasladose en

persona al hotel de Villemaurin, a pesar de una persistente coriza que

amenazaba saltarle los ojos de sus órbitas. Sonose las narices por

última vez en la antecámara, y los lacayos temblaron en sus asientos

cual si hubiesen oído la trompeta del juicio final.

Un criado anunció a M. L'Ambert. Llevaba puestas sus costosas gafas de

oro, y sonreía gravemente, cual convenía en semejantes circunstancias.

Con su historiada corbata, sus guantes impecables, sus zapatos de baile,

el sombrero debajo del brazo izquierdo, y el contrato en la mano

derecha, fue a presentar sus respetos a la marquesa, atravesó con

modestia el círculo formado por los que la rodeaban, inclinose ante

ella, y le dijo:

--Cheñora marquecha, aquí teneich el contrato de boda de vuechtra

cheñorita hija.

La señora de Villemaurin fijó en él sus ojos espantados. Un ligero

murmullo elevose entre los circunstantes. M. L'Ambert saludó de nuevo, y

añadió:

--¡Dioch mío! cheñora marquecha, que día tan felich va a cher echte para

todoch!

Una mano vigorosa asiole por el brazo izquierdo, haciéndole girar sobre

sí mismo. Volviose, y reconoció al marqués.

--Mi querido notario--le dijo éste, arrastrándole hasta un rincón,--el

carnaval permite indudablemente muchas cosas; pero recordad quien sois,

y cambiad de tono si os place.

--Pero, cheñor marquech...

--¡Otra vez!... Ya veis que soy paciente, pero os ruego no abuséis.

Excusaos ante la marquesa, leednos el contrato de boda, y buenas noches.

--¿Pero de qué he de echcucharme, y por qué echach buenach nochech?

¡Cualquiera diría que he cometido una torpecha, cheñor mío!

El marqués no le respondió una palabra; pero hizo señas a los criados

que circulaban por el salón. Entreabriose la puerta, y escuchose una voz

que gritaba en la antecámara:

--¡La servidumbre del señor L'Ambert! Aturdido, confuso, fuera de sí, el

pobre millonario salió haciendo reverencias en todas direcciones y no

tardó en encontrarse en su carruaje, sin saber por qué ni cómo. Se

golpeaba la frente, se arrancaba los cabellos y se pegaba pellizcos en

los brazos para despertarse a sí mismo, por si, como creía, era juguete

de un sueño. Pero no; no dormía; veía la hora que marcaba su reloj, leía

los nombres de las calles, a la claridad de las luces del gas, y

reconocía las muestras de los establecimientos. ¿Qué había dicho? ¿Qué

había hecho? ¿Qué conveniencias había violado? ¿Qué inconveniencia o qué

majadería suya podía haber dado lugar a que le tratasen de aquel modo?

Porque, en fin, la duda no era posible: en la casa del señor de

Villemaurin lo habían puesto de patitas en la calle. ¡Y el contrato de

matrimonio estaba allí, en su mano! ¡aquel contrato redactado con tan

singular esmero, en tan brillante estilo, y cuya lectura no había sido

escuchada!

Sin haber podido dar con la solución a aquel problema, encontrose en el

patio de su hotel. El rostro de su portero inspiróle una idea luminosa.

--¡Chinguet!--gritó.

El escuálido Singuet no se hizo llamar otra vez.

--Chinguet, te daré chien francoch chi me dichech la verdad; y chien

puntapiech chi me ocultach alguna cocha.

Singuet le miró con sorpresa, y sonrió con timidez.

--¡Chonríech, dechalmado! ¿por qué? ¡Contechta encheguida!

--¡Dios mío!--dijo el pobre diablo;--el señor dispensará... que me haya

permitido... pero el señor imita perfectamente el acento de Romagné.

--¡El achento de Romagné! ¿quién? ¡yo! ¿Hablo como un auvernech?

--Demasiado lo sabe el señor. Hace ya ocho días de esto.

--¿Pero qué echtach dichiendo, pollino? ¿cómo he de chaber yo una cocha

chemejante?

Singuet elevó los ojos al cielo, pensando que su amo se había vuelto

loco; pero M. L'Ambert, aparte de aquel maldito acento, gozaba de la

plenitud de todas sus facultades. Interrogó por separado a toda su

servidumbre, y se persuadió de su desgracia.

--¡Ah, infame aguador!--exclamaba,--¡ah, criminal! Echtoy cheguro de

que habrá hecho alguna majadería. Que vayan a buchcarle; pero no, que

voy a buchcarle yo michmo.

Corrió a pie hasta la casa de su protegido, subió a saltos hasta el

quinto piso, llamó sin lograr despertarle, y, enfurecido y colérico, no

encontrando otro expediente, forzó a empujones la puerta de la

habitación.

--¡Cheñor L'Ambert!--exclamó Romagné.

--¡Tunante de auvernech!--respondiole el notario.

--¡Cheñor mío!

--¡Chinvergüencha!

Ya eran dos a destrozar el idioma.

La discusión prolongose por espacio de más de un cuarto de hora, en

medio de la mayor algarabía, sin que se aclarase el misterio. El uno se

quejaba amargamente, como víctima; el otro se defendía diciendo que era

inocente.

--Echpérame aquí--dijo, para acabar M. L'Ambert.--M. Bernier, el médico,

me dirá echta noche michma lo que hach hecho.

La nariz de un notario · 第 5 / 6 段